Capítulo 3.
Dos corazones rotos, la aparición del dragón.
-Esto… Bueno, yo quería invitarte esta noche, si te apetece… podríamos dar un paseo.- dijo un poco sonrojado.
Kimiko le miraba sorprendida. Nunca hubiera imaginado que Raymundo se sonrojara ante una chica, y mucho menos que la invitara a ella. Pero en el fondo sabía que le apetecía mucho ir con él.
-Claro, iré encantada- dijo sonriendo.
-Perfecto. Entonces iré a buscarte a tu habitación. Hasta luego- y en un instante besó su mejilla y se marchó rápidamente.
La joven sentía el lugar donde él la había besado, y sus ojos azules revelaban la felicidad que sentía en aquel momento. Fue hasta su habitación, cerró las puertas de golpe y corrió hasta su armario. Abrió las puertas de par en par, y comenzó a sacar ropa.
-Éste no me queda bien…-decía al tiempo que se probaba su ropa.
Mientras tanto, Raymundo caminaba contento por el templo. Su forma de andar lo decía todo. Mantenía las manos en los bolsillos, y un viento cálido lo acompañaba. Aunque en su rostro no se notaba, sus ojos decían lo feliz que se sentía. Por fin había conseguido una cita con Kimiko, y aquella era su oportunidad. Le diría lo mucho que había pensado en ella durante aquellos años en que los cuatro guerreros de los elementos habían estado separados.
Algo lo apartó de repente de sus pensamientos. Una sombra apareció desde una esquina, pasando rápidamente ante él. La sombra lo observaba desde las esquinas. El joven veía la sombra, y el aire le hablaba sobre sus movimientos. Salió al jardín seguido por la sombra de cerca. Raymundo se paró en medio del jardín, y mirando al cielo, dijo:
-Sé que estás ahí. Sal ya y deja de esconderte.
Tras unos matorrales apareció una joven, de más o menos la edad de Raymundo y Kimiko. Llevaba el traje de alumna del templo. Sus cabellos castaños resaltaban sus ojos negros. Raymundo la miró un instante. La joven era bastante guapa, pero no podía compararse con Kimiko… O al menos eso pensaba él.
-Hola Raymundo- dijo la chica tirándose encima de él y abrazándolo.
El joven tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no caer al suelo al tiempo que sonreía al ver a la chica. Había que admitirlo, era muy graciosa. Ella era la líder de las chicas que lo perseguían donde quiera que fuese. No le desagradaba estar con ella, pero ya había experimentado que solo sabía hablar de dos cosas, de ropa y de ella misma. Aquello sí que le molestaba. No podía evitar pensar que no era muy inteligente, y que no podría conseguir ser una gran Xiaolin.
-Hola Jein- dijo Raymundo mientras la apartaba un poco de sí mismo.
La chica lo observaba con una mirada pícara al tiempo que apoyaba sus manos en el pecho del joven.
-Me has tenido muy preocupada estos últimos días Raymundo. No te encontraba por ninguna parte. Empezaba a pensar que te había ocurrido algo.
-A mi no me puede ocurrir nada Jein. Recuerda que soy el poderoso guardián del viento- dijo Raymundo con su antiguo orgullo.
Sonreía con su habitual apariencia de superioridad.
-Sí, lo sé. Por eso me gustas tanto. Sabes… Raymundo…Yo…- decía la chica al tiempo que se acercaba al rostro del guerrero. Raymundo no podía creer lo que estaba ocurriendo.
-Lo siento, pero esto no puede ser así- dijo el chico. Una corriente de aire se acercó a la chica, rozó su rostro y calló dormida en el suelo.
El joven la vio un momento, la llevó hasta una silla del jardín y allí la acomodó. La miró un instante, y después dio un chasquido con los dedos y apareció frente a la habitación de Omi.
-Omi, amigo, ¿estás ahí?- preguntó entrando lentamente en la habitación.
El lugar estaba desierto. Salió del cuarto, y entró en la habitación de Clay. Allí vio a Omi en una pequeña cama, junto a Clay. Ambos dormían profundamente. Seguramente el entrenamiento que se habían puesto había sido muy duro. Sonrió un poco, y salió con sigilo de la habitación.
Caminaba por los pasillos, pensativo, cuando vio un enorme reloj en la pared. Ya era la hora. El momento en que había quedado con Kimiko había llegado. Notaba cómo algo que no le ocurría nunca recorría su cuerpo. Le sudaban las manos, y su cuerpo se negaba a caminar.
Nervios.
Por fin llegó a la habitación de la chica. Se paró frente a la puerta, levantó la mano, y notó que le temblaba un poco. Respiró hondo y volvió a ser el mismo Raymundo de siempre. Llamó con fuerza. Algo se movió bruscamente en el interior de la estancia.
Kimiko oyó los golpes en la puerta. Se acercó rápidamente, con lo que casi se cae. La oscuridad en que estaba sumido el cuarto impedía verla bien. Se paró frente a la puerta, y abrió sonriente.
-Buenas noches, Kimiko. He venido a buscarte para el paseo en que habíamos quedado- pero el joven no pudo seguir la frase. Al ver a Kimiko quedó sin habla durante un momento.
La joven llevaba una falda de tablas vaquera, junto a una camiseta de color blanco con algunos colores. Su pelo era ahora rojo, lo que combinaba a la perfección con sus brillantes ojos azules.
-Buenas noches, Raymundo. Empezaba a pensar que te habías olvidado de nuestra cita- comentó sonriendo.
-Jamás me olvidaría de algo tan importante- contestó Raymundo, haciendo que la chica se sonrojase un poco-. Estás muy hermosa así vestida- comentó.
-¡Ah! Muchas gracias… Tú también te ves muy bien- dijo Kimiko, a lo que el joven se llevó la mano a la cabeza sonriendo un poco.
-Bueno, ¿Vamos?- preguntó el chico ofreciéndole su brazo. Ella asintió y aferrándose a su brazo, ambos guerreros se encaminaron hacia los jardines del templo. No hablaban, solo se mantenían un poco abrazados al tiempo que andaban por los caminos, perdiéndose entre los distintos jardines del templo.
Ambos llegaron a un pequeño templo, antiguo y en ruinas, que se tragaba la maleza. Subieron al tejado, que se mantenía en pie. La luna se levantaba en el cielo, blanca, iluminándolo todo.
-Sabes Kimiko… Durante todo este tiempo he estado mucho tiempo observando la luna- dijo de repente el joven brasileño. Kimiko lo miró extrañada-. Sí… pensaba en lo que ocurriría cuando nos encontráramos todos de nuevo. Pensaba… Que me estaba haciendo poderoso a pesar a veces de que no entrenaba demasiado duro en algunas ocasiones, y sentía cosas que a mi no me estaban ocurriendo. A veces era miedo, otras veces me quemaba la piel, y no podía explicarlo.
Seguía mirando al cielo, mientras en sus ojos verdes se reflejaba el brillo de la luna.
-Yo también sentía cosas extrañas…-dijo de repente la joven, atrayendo la atención del chico- Muchas veces me ponía enferma por el frío, o mi pelo se alborotaba como si hubiera viento cuando todo estaba en calma.
Ambos ahora se miraban intensamente. Los dos expresaban lo que sentían con la mirada, en aquellos momentos no necesitaban de las palabras. Ambos entendían ahora muchas cosas.
-Kimiko, durante estos años… Nunca te he olvidado. Siempre he pensado en ti, muchas cosas hacían que te recordara, y no me gustaba la idea de no poder verte durante tanto tiempo. Mientras estuvimos aquí, con Omi y Clay… Yo me enamoré de ti. Me preocupabas mucho siempre, pero cuando llegó el momento no me atreví a decirte nada. Por eso ahora…
-Lo sé-dijo ella dulcemente-. Yo he sentido lo mismo desde el primer día.
Raymundo sonrió cariñosamente a la chica. Se acercó un poco más a ella, entrelazó su mano con la de ella al tiempo que la joven cerraba sus ojos azules. Estaban tan cerca que ambos sentían la respiración del otro. Entonces Raymundo se lanzó, y la besó dulcemente en los labios, acariciando su rostro suavemente y haciendo que la joven sintiera escalofríos.
OOOOOOOOOOOOOOO
El día siguiente amaneció nublado. Nubes oscuras anunciaban tormenta, haciendo que el templo pareciera triste y solitario. La joven guardiana del fuego se dirigía hacia los baños del templo. Su sonrisa cálida hacía que el lugar por donde pasara pareciera más alegre. Su cabello aquel día era de color negro. Había decidido dejarlo al natural. Llegó ante una enorme puerta de roble con hermosas imágenes de dragones talladas en ellas.
-Dojo- murmuró entonces la joven.
De su sombra comenzó a aparecer otra, que se movía serpenteante de la pared. De repente, de la sombra comenzó a aparecer la enorme figura de un dragón de color verdoso.
-Ama Kimiko- dijo el dragón, agachando levemente la cabeza.
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Aquella mañana, Raymundo se levantó antes de lo habitual. Su cuerpo se movía enérgico mientras cogía una toalla para dirigirse a los baños del templo. Se dirigió a través de largos pasillos hasta llegar frente a unas enormes puertas con hermosos dragones tallados. Abrió la puerta y entró en el lugar. Una pequeña niebla de vapor le impedía ver las cosas bien. Se dirigió a la pared del fondo, donde normalmente no iba nadie por ser los baños más pequeños. Se metió en el agua lentamente, estaba caliente. Se apoyó en un lado de la pequeña piscina, cerró los ojos, y se dispuso a disfrutar de los chorros de agua.
-Que bien se está aquí- murmuró.
-Es cierto, es un lugar muy tranquilo y apartado- dijo una voz femenina frente a él.
El guerrero del viento abrió los ojos, extrañado por escuchar aquella voz. La joven que se encontraba frente a él no era Kimiko, era Jein. Su cabello castaño estaba sujeto en una coleta. Dejó su toalla al lado de la del joven, y entrando en el agua, se colocó a su lado, casi encima de él, colocando una mano sobre su pecho. Raymundo se sentía muy mal en aquella situación. No quería que aquella chica se le acercara tanto, aquello le daba mala espina.
-Hola Raymundo-dijo la joven, acercándose aun más a él.
-Hola Jein, buenos días-dijo Raymundo, tratando de ser cortés.
-Cuando te vi entrar solo, pensé que necesitarías compañía, es mucho mejor estar con alguien que solo, y yo… Puedo ser esa compañía.
-No Jein- dijo él apartándola. Ella lo miró llorosa-. No pienses mal. No es que me desagrade estar en tu compañía, es solo que no quiero que creas algo que en verdad no existe.
-Créeme Raymundo. Esta que ocurre ahora es muy real… Y existe-contestó ella.
Jein se abalanzó sobre Raymundo y lo besó. Lo besó con furia, mientras que él atónito, trataba de apartarla de encima. De repente, justo frente a su baño, vio a la persona que en aquel momento menos le gustaría ver. Kimiko estaba frente a ellos, mirándolos sin decir ni hacer nada. Sus ojos expresaban miles de sentimientos a la vez. Por fin Raymundo consiguió quitarse a Jein de encima.
-Vaya, tú eres Kimiko ¿Verdad?- dijo Jein de repente acercándose hasta ella-. Me alegra conocerte, pero vienes en mal momento.
-Kimiko…-dijo el joven, acercándose un poco hacia ella.
-No te acerques-dijo la guerrera del fuego tajante- No…
Acto seguido la joven dio media vuelta y se marchó corriendo, al tiempo que cientos de lágrimas surcaban su rostro tiñéndolo de tristeza.
-¡Kimiko, no, espera!- dijo el joven corriendo hacia ella.
Pero en aquel momento, una imponente figura le cortó el paso, impidiendo que avanzara más. El joven lo miró estupefacto.
-Eres tú…-dijo hacia la figura.
Entonces aquel ser se alzó enorme y peligroso cortándole elpaso…
