Capítulo 4.

El primer objeto… El agua

-¡Kimiko, no, espera!- dijo el joven, corriendo hacia ella.

Pero en aquel momento una imponente figura le cortó el paso, impidiendo que avanzara más. El joven lo miró estupefacto.

-Eres tú…-dijo hacia la figura. Entonces aquel ser salió de entre las sombras, mostrando su verdadera forma. Un enorme dragón verde se dejó ver al tiempo que miraba fijamente a Raymundo.

-Dojo- dijo el joven.

-Sí, Raymundo, soy yo… Me alegro de verte, a pesar de las circunstancias.-dijo el dragón suavizando un poco su expresión.

-Dojo, no es lo que ella cree, todo a sido una confusión- dijo Raymundo tratando de ir hacia la joven que salía entonces por las puertas de los baños.

-Lo sé, puedo sentir que dices la verdad, pero ella no me creerá-dijo cerrándole el paso de nuevo.- No puedo dejarte pasar, mi ama me ha ordenado que te mantenga aquí un momento.

-¿Tu ama?- dijo él, sorprendido.

-Raymundo…-susurró una voz por detrás- No le hagas caso, solo está celosa. Ya se le pasará.

Oír la voz de Jein en aquel momento lo llenó de rabia.

-Cállate- la interrumpió él lleno de ira- No vuelvas a dirigirme la palabra. No te atrevas a hablar mal de ella en mi presencia.

Un viento fuerte sopló hacia la chica, que se vio acorralada por masas de agua que el viento hacía subir en espiral, impidiéndole salir. El dragón miró a Raymundo, quien le susurró un "hasta luego", y desapareció, evaporándose en el aire. El enorme dragón, al ver que había desaparecido, sonrió, y volviendo a las paredes como una sombra se alejó buscando a su ama.

El viento que hacía moverse las aguas paró entonces, permitiendo que Jein saliera. Estaba muy enfadada, su plan había fracasado en parte, aunque había conseguido que el fuego y el aire se separaran. Miró a su alrededor, el lugar estaba vacío excepto por otra persona que la miraba apoyado en la puerta.

-¿Lo has hecho?- le preguntó la voz.

-Por supuesto, ya te dije que lo conseguiría sin problemas.- dijo ella molesta.

El joven vio cómo Jein se acercaba a él. Realmente tenía ganas de saber que había ocurrido, pero ella no iba a contarle nada.

-No te preocupes, Ido, todo está arreglado. Tan solo haz tu parte, vigílalos y todo habrá terminado. Conseguiremos lo que Wuya nos ha pedido, y gobernaremos con ella…

Ambos salieron del ligar en direcciones opuestas, sonriendo ante su eminente triunfo.

OOOOOOOOOOOOOOO

Kimiko seguía corriendo. No lloraba, solo corría. La imagen se le repetía una vez tras otra en la mente… No la dejaba escapar, y le dolía cada vez más, entraba dentro de ella cada vez más profundamente y ni siquiera el fuego de su interior lograba quemar aquella imagen…

-Por qué me hace esto- pensaba mientras corría-. Ayer, él… Me besó, y hoy besa a esa chica… Sí, seguramente yo solo era una más. Una prueba en su larga lista de chicas, la única que hasta el momento no se le había insinuado. Yo era un reto para ponerlo a prueba… O quizás para dar celos a esa chica.

La joven siguió corriendo. Sin saber cómo, llegó al jardín. Vio unos altos setos de color verde oscuro. Pasó entre ellos, y allí quedó tumbada, mientras lágrimas caían descontroladas de sus ojos.

OOOOOOOOOOOOOO

-Vamos Kimiko, dónde estás- murmuraba Raymundo mientras recorría el templo empujado por el viento-. Dónde puedes estar…- paró un instante y subió el tono de su voz- Viento, busca a Kimiko, dime dónde se esconde el fuego.

Ráfagas de aire se movieron a su alrededor escuchando sus órdenes, y a gran velocidad se esparcieron por el templo. Raymundo esperó unos instantes a que el viento volviera. Llegó silbando entre las rendijas, acercándose a su señor. Muchos le susurraron que no habían visto nada, pero los que vinieron del jardín le susurraron llanto, tristeza, enfado…

Supo al instante que se trataba de ella. Le dijo al viento que lo guiara, y éste lo llamó silbante. Lo siguió hasta los jardines. Allí el viento paró. El joven miró en todas direcciones. Sus ojos verdes barrían el lugar. Al fin se fijaron en el seto robusto y de color verde oscuro. Uno de sus lados estaba chafado, y sus hojas aun caían al suelo.

Se acercó con cuidado al lugar. Allí vio a una hermosa joven de cabellos oscuros acurrucada en el suelo. Parte de la tierra estaba húmeda.

-De las lágrimas que ha derramado- pensó el joven- por mi culpa.

Se sentía tan mal que no se atrevía a llamarla. Finalmente se armó de valor, se agachó a su lado, la miró un instante con mirada dulce y tierna, y acariciando su brazo, la llamó.

-Kimiko, Kim- la llamó suavemente Raymundo.

La joven paró su llanto en seco. No podía ser él, no podía ser. Secó sus lágrimas con un pequeño pañuelo que llevaba en la manga. Cuando se las hubo secado dio media vuelta. Sí, era él, que la miraba preocupado y triste. No podía creerlo. La furia del fuego bullía en su interior. Se levantó sin darle tiempo a explicarse. Estaba enfadada, lo odiaba por haberle hecho aquello. Se alejó un paso de él, al tiempo que sus ojos azules brillaban.

-Kimiko, escucha. Lo que ha pasado en los baños, ha sido todo un error, yo…- pero no pudo terminar.

Kimiko lo miraba fría. Ni en su expresión ni en su rostro se reflejaban el cariño y la dulzura con la que lo habían mirado el día anterior.

-No te acerques-dijo Kimiko- ¡No te acerques!- gritó.

De sus manos salieron dos llamas que se alzaron poderosas. Su color rojo brillante impactó al joven. Miró a la chica, que lo miraba fuera de sí. Esa era la pasión del fuego, el poder más indomable de todos, pensó entonces el joven.

Las llamas de las manos de la joven salieron disparadas hacia Raymundo, que se protegió con una barrera de aire frío. Los setos de aquel color verde oscuro estaban ahora convertidos en cenizas a los pies de ambos. Alrededor de Kimiko se extendía una línea roja: fuego.

-Vientos del norte- susurró entonces Raymundo.

Vientos fríos venidos del norte llegaron veloces colocándose frente a su señor para protegerlo. Él no quería hacer daño a la chica, pero no quería salir herido. Kimiko desapareció entre las llamas, y casi en el mismo instante, apareció tras Raymundo, que tuvo que saltar para esquivar las llamaradas al tiempo que un fuerte viento era lanzado contra ella, que dio una voltereta hacia atrás y terminó con una rodilla en el suelo.

Mientras todo aquello ocurría, la mitad del templo se había congregado a su alrededor. Era impresionante verlos a ambos luchando de aquella manera. Omi y Clay llegaron rápidamente haciéndose paso entre la multitud. Cuando llegaron a la primera fila, casi no podían creerlo. Nunca habían visto pelear a Raymundo y a Kimiko, nunca.

-Raymundo, Kimiko, ¿pero que estáis haciendo?- les preguntó a gritos Omi, triste por el espectáculo.

-No te metas Omi-le dijo Kimiko.

Omi se calló en aquel instante. ¿Cómo podía decirle Kimiko aquello? Ella nunca era así con él… Siempre había sido muy dulce y cariñosa, casi como una hermana o una madre, pero ahora… Debía de haber ocurrido algo realmente horrible para que estuviera así. Ella, que solía ser muy calmada, tranquila, dulce, y ahora estaba que daba escalofríos mirarla a los ojos.

Se fijó en Raymundo, el joven que antes gustaba tanto de reír y hacer bromas, y ahora miraba a Kimiko con una mirada… ¿Suplicante? Todo aquello le parecía extraño

En aquel momento Kimiko se lanzó sobre Raymundo, quién a duras penas conseguía esquivar las patadas que la joven le lanzaba sin cesar. Finalmente él no tuvo otra opción, la sujetó del pie y la empujó. Ella salió despedida hacia arriba. Entonces juntó sus manos, al tiempo que el otro joven lo hacía.

-¡Fuego! ¡Viento!-gritaron ambos a la vez.

Dos columnas salieron de las manos de ambos dirigiéndose hacia el otro. Se unieron, y chocaron con fuerza. Pero aquella vez fue diferente. Las dos columnas no se abrazaron ni se unieron en espiral. Ambas luchaban una contra la otra, tratando de ganar terreno.

-No entiendo qué está ocurriendo- pensaba Clay extrañado-. Los poderes de los dos son menos poderosos que los últimos días, a pesar de que luchan con todas sus fuerzas… Sus poderes son ahora inferiores a los míos. Qué extraño… ¿Será verdad lo que nos dijo el maestro Fung acerca de la leyenda?

El maestro Fung llegó entonces alarmado por los gritos, los rugidos y la fuerte energía que emanaba de aquel lugar. Cuando vio a Kimiko y a Raymundo peleando, sintió cçomo todas sus esperanzas comenzaban a desvanecerse, cómo podía haber ocurrido aquello… El fuego y el aire jamás debían pelearse.

-¡Alto!- gritó con voz potente y dura.

Los dos jóvenes pararon en aquel instante al ver al maestro Fung. Ninguno lo había visto nunca tan triste ni tan furioso, y eso los conmovió a ambos.

-¿Cómo podéis estar peleando? ¿Qué clase de ejemplo es este por parte de dos guerreros de los elementos? Esto no me lo esperaba por parte de ninguno de los dos… Como castigo limpiaréis todo el templo, para mañana- dijo rudo.

Ambos jóvenes agacharon la cabeza en señal de aceptación del castigo. El maestro dio media vuelta sin mirar a ninguno de sus alumnos y se dirigió al templo. Aquello debía tratarse entre los más ancianos monjes Xiaolín, era un asunto muy delicado.

Kimiko se dirigió entonces al ala oeste, mientras Raymundo iba al ala este. No quería molestar más a la chica. ¿Cómo podía haber sido tan idiota? Él podía haber parado a Jein si hubiese querido, pero no lo hizo…

-¿Por qué no la detuve?- se preguntaba enfadado mientras limpiaba los suelos- Quizás quería probarme a mi mismo, demostrarme que de verdad la quiero, y tonto de mi, me he dado cuenta de que la necesito más que a nada… Demasiado tarde- aquellas palabras se repetían incesantes en su mente, torturándolo sin descanso.

Mientras tanto, en el ala oeste, Kimiko limpiaba una columna frotándola furiosamente mientras las lágrimas aún caían de su rostro.

-¿Cómo has podido hacerme esto Ray?- se preguntaba la chica. Su corazón estaba roto, le pesaba y le dolía… Estaba lleno de espinas que se cerraban para que nada pudiera llegar a él. Sólo pensaba en él… En el joven que la enamoró, pero que solo la había utilizado- ¿Entonces por qué vino a consolarme a los jardines?- se preguntaba.- Quizás quería decirme que todo era una mentira, y que yo creía demasiado, que solo fue un beso sin importancia…

Clay la observaba desde lejos entre las sombras. Aquello era muy extraño… Los había visto salir juntos, agarrados de la mano la noche anterior, y ahora Kimiko odiaba a Raymundo. Algo no encajaba, y él se encargaría de descubrirlo, alguien había tendido una trampa a los dos guerreros…

Al día siguiente los cuatro guerreros se levantaron temprano. Ninguno hablaba mucho. Kimiko se puso al lado de Clay, y Raymundo, por no molestarla, se colocó al lado de Omi. El maestro Fung les había mandado llamar aquella mañana. Algo importante había ocurrido, porque todos los ancianos monjes Xiaolín estaban en la sala cuando ellos llegaron. Todos ellos los saludaron con una inclinación de cabeza.

Los cuatro guerreros se sentaron frente al maestro Fung, que miraba al fuego que se mantenía encendido en el centro de la enorme sala.

-Escuchadme bien, guerreros de los cuatro elementos- dijo el maestro con voz seria- Ha llegado la amenaza que todos temíamos. Wuya ha vuelto, y trata de encontrar una nueva arma. Con los cuatro Shen Gong Wu pertenecientes al agua, la tierra, el fuego y el aire, pretende conseguir de nuevo su poder. Debéis ir en su busca, y guardarlos para que Wuya no pueda utilizarlos y recuperar su forma humana.

-Dinos, maestro-dijo Omi- ¿Dónde debemos comenzar a buscar?

-Comenzaréis en el arrecife coralino de Australia, dónde se ha localizado tu objeto Omi, el Shen Gon Gu del agua. Cuando estés cerca podrás sentirlo, y acercarte así con más facilidad a él.

-Sí, maestro Fung. Partiremos en seguida.-dijo Omi inclinando la cabeza. Los otros tres hicieron lo mismo.

Salieron del templo acercándose al jardín. Allí se quedaron los cuatro durante un instantes. De repente, escucharon que alguien los llamaba, o más bien…

-¡Raymundo!- gritaba una chica desde lejos- ¡Buena suerte! ¡Te estaré esperando!- decía sonriendo mientras agitaba su mano.

Era Jein, que lo despedía desde la puerta del templo. Omi y Clay lo miraban enfadados. Ya se habían enterado del problema que causó la pelea. Raymundo no hacía caso de sus miradas, si no que observaba a la joven que ocupaba su mente y su corazón, que los acompañaba, quién ni siquiera desviaba la vista hacia él a pesar de sentir su mirada en sobre ella. No iba a mirarlo, no, no debía…

-¿Cómo llegaremos al lugar dónde se encuentra el objeto del agua?- preguntó Omi ansioso por encontrarlo y demostrarles a todos lo poderoso que era.

-No lo sé. Lo cierto es que no tenemos modo de llegar – contestó Clay ajustándose su sombrero de cowboy.

-Sí tenemos modo- dijo entonces Kimiko. La guerrera del fuego aún les daba la espala- Dojo- susurró Kimiko.

De su sombra se alargó en espiral la de otro ser, que se convertía poco a poco en un enorme dragón de color verdoso.

-¡Dojo!- dijeron Omi y Clay al mismo tiempo abalanzándose sobre él.

-Hola chicos, me alegro de veros- contestó el dragón contento-. Subid, rápido. Comenzaremos nuestro viaje en seguida.

Los cuatro subieron al dragón. El enorme animal salió a gran velocidad del lugar, dejando el jardín dónde había estado posado en cenizas.

-¡Adiós Raymundo!- gritaba Jein desde abajo.

Raymundo no contestó a su saludo, pero Kimiko la miró un instante, y así su falda comenzó a arder. Jein entró en el templo corriendo, gritando al tiempo que trataba de apagar el fuego. Raymundo rió ante aquello, divertido. Kimiko también reía discretamente. Se miraron un momento, y Kimiko le regaló una media sonrisa a la que él correspondió.

-Dime Dojo-dijo Clay- ¿Cómo es que ahora estás a las órdenes de Kimiko?- preguntó curioso.

-Bueno, ahora que ella es la guerrera del fuego, es también nuestra señora y protectora, de todos los dragones.

-¡Guau! Kimiko, es impresionante- dijo Clay. Ella solo sonrió un poco.

Al fin llegaron al arrecife de Australia. El coral se dejaba ver a través de las claras aguas en miles de colores, entre los que resaltaba el rojo."Como el fuego" pensó Kimiko.

-¡Vamos a buscar mi objeto mágico!- dijo Omi eufórico.

-Vuelve Dojo- susurró Kimiko, y el dragón volvió a su sombra.

Los cuatro se internaron en el agua protegidos por Omi, quien les permitía respirar. Algo sentía el guerrero en su interior, algo que lo llamaba desde las profundidades. Indicó a sus amigos que lo siguieran con un gesto, al que ellos asintieron y obedecieron. Se dirigían cada vez más a las profundidades. Cientos de peces de colores, formas y tamaños diferentes se veían al pasar. Finalmente llegaron ante una enorme cueva submarina. Entraron en ella, donde una enorme burbuja de aire les permitía respirar. Entraron a través de un pequeño hueco internándose cada vez más en la cueva.

A Kimiko no le agradaba en absoluto la oscuridad, siendo ella la guerrera del fuego, e instintivamente se acercó a Raymundo, quien siempre le inspiraba seguridad. Al darse cuenta de lo que hacía se alejó de él, un poco sonrojada. De repente una flecha salió disparada hacia ellos.

-¡Cuidado!- dijo Omi mientras movía las aguas haciendo que éstas parasen la flecha.

Entonces, salieron de entre las aguas…