Capítulo 5.

El sueño de fuego

-¡Cuidado!- dijo Omi mientras movía las aguas haciendo que éstas parasen la flecha.

Entonces, salieron de entre las aguas varios robots que ya les eran conocidos. Los cuatro guerreros comenzaron su lucha contra los objetos metálicos. La cueva comenzaba a derrumbarse, y las grietas daban paso al agua que entraba rápidamente.

-Rápido Omi, ve en busca de tu objeto- le dijo Clay mientras destrozaba dos robots de un golpe.

-¡Sí, voy!- dijo Omi, saltando entre los restos de algunos ya destrozados. Buscaba nervioso con la mirada por las paredes de la cueva. Nada, ¿por qué no aparecía?

Procuró concentrarse cerrando los ojos. Los nueve puntos de su frente comenzaron a brillar, mostrándole entonces dónde se ocultaba el objeto mágico.

El chico abrió los ojos mirando bajo él. El agua corría rápidamente.

-A dentro- dijo el monje entrando en las profundidades.

Comenzó a nadar cada vez más y más profundamente, atento al latido que escuchaba proveniente del objeto del agua. Cuando llegó al fondo lo vio. No era un objeto, sino más bien una gota de agua brillante que se movía. El guerrero del agua se acercó a ella despacio, llamándola. Al oír la voz de su señor, la gota se acercó y se colocó entre sus manos. El cuerpo del chico despidió entonces un color azulado.

Mientras tanto…

-Escuchad chicos, estos robots se me hacen familiares- dijo Kimiko aún destrozando a algunos que la atacaban.

-Es cierto, a mi me parece que son iguales a los de…- dijo Raimundo.

-Sí, chicos. Yo también me alegro mucho de veros. Mis robots han venido a daros la bienvenida– dijo un joven de cabellos rojos saliendo de entre las aguas y acompañado de un fantasma.

-Son Jack Spicer y Wuya- dijo Clay señalándolos sorprendidos.

-Hola guerreros Xiaolin- dijo la vieja fantasma sonriendo diabólicamente.

Un estallido bajo ellos los despistó un instante, apareciendo entonces Omi. Su cuerpo brillaba con un fulgor azulado mientras los miraba triunfante.

-Es tarde, Wuya. Ya tengo el objeto mágico, y no me lo podrás quitar- decía como un niño.

De repente las paredes de la cueva comenzaron a desprenderse. El techo caía en forma de enormes rocas, y las paredes comenzaban a tapar la única salida de la cueva submarina.

-Vamos chicos- dijo Omi, y ayudado por el objeto metió a sus amigos en una burbuja que los llevó al exterior.

Al salir, los cuatro tomaron aire agradecidos. El aire enrarecido de la cueva los había aturdido un poco, y se sentían mareados. Todos menos Omi, quien contento jugaba con su objeto.

-Basta ya Omi, empiezas a ponerme nervioso- dijo Raymundo fastidiado.

-Soy "lenial"- decía Omi sin parar.

-Estate quieto. Y no es "lenial", se dice genial- dijo ya quemado de tanta tontería el joven guerrero del viento.

-Bravo Omi. Me alegro de que hayas conseguido tu objeto- dijo Kimiko sonriéndole.

-Gracias Kimiko- dijo el chico echándose en sus brazos-. Creo que me merezco un abrazo de premio- dijo un poco rojo.

-Creo que alucinas, Omi. Te lo daré cuando de verdad te lo merezcas- dijo la chica dándole un pequeño golpe cariñosamente en su enorme cabeza.- Dojo, aparece.

El enorme dragón de color verdoso apareció ante ella, elevado en el aire y acercándoles su cola para que subieran. Cuando los cuatro estuvieron en su lomo, comenzaron el viaje de vuelta.

Al llegar al templo, el maestro Fung les recibió contento por su llegada, y aun se alegró más al ver el poder del agua en manos de Omi.

-Bien hecho Omi. Buen trabajo- dijo el maestro- Ahora debes cuidar bien del objeto del agua, y asegurarte de darle buen uso.

-Así lo haré, maestro- dijo Omi orgulloso.

Aquella noche los cuatro guerreros durmieron plácidamente. Había sido un día muy duro y necesitaban el descanso. Kimiko era la única que no tenía un buen sueño. Una horrible pesadilla la atormentaba. Se repetía de nuevo una y otra vez, y hacía que algo se removiera en su interior.

-No, basta- decía la chica con la cara contraída de miedo.- Por favor, no. Los necesito, no me hagáis esto. Es mío, me está llamando.- decía sin cesar-. ¡No!

La habitación comenzó entonces a incendiarse lentamente. El fuego manaba descontrolado de sus manos y ella no podía despertar. El calor comenzaba a subir por las paredes.

Un ruido se oyó en la habitación. Alguien había abierto la puerta.

-¡Kimiko!- llamaba Raymundo desde la puerta.- Kimiko, ¿Qué te ocurre?

El joven no obtenía respuesta, y comenzó a preocuparse. Avanzó un poco más abriéndose camino entre las llamas y por fin pudo verla Algo le ocurría, y aún estaba dormida. Movió ligeramente sus manos y dos esferas de color azul oscuro aparecieron en sus manos. Se extendieron por toda la habitación empujando el fuego hasta un solo punto, donde vientos fríos del norte terminaron con el fuego.

Acto seguido se acercó a la chica, preocupado. Su cama no se había quemado, ya que el fuego jamás dañaría a su ama, pero ella aún susurraba.

-¡No! Por favor, me está llamando. No, déjame…- murmuraba sin cesar.

-Kimiko, Kimiko.- la llamaba el joven- Vamos Kim, despierta.

La chica abrió entonces se despertó de golpe. Sus ojos azules mostraban miedo y confusión, aquello había sido más que una pesadilla, y eso la inquietaba. Había pasado tanto miedo, no podía despertar…

-Ray…- murmuró la chica, y de sus ojos comenzaron a brotar lágrimas que resbalaban por su rostro- No me dejaba despertar. Me amenazaban y no me dejaban conseguirlo, me lo quitaban no podía, yo…- pero la joven no podía seguir. Atemorizada, tenía miedo.

Se abrazó al joven, quién ya la tenía entre sus brazos acariciándola tiernamente. Algo le había ocurrido, y no había sido solo una pesadilla. Kimiko jamás había perdido el control de sus poderes. Ella sollozaba apoyada en él, escondiendo el rostro entre los pliegues del pijama del joven.

La dulzura con que él la abrazaba contra sí comenzaba a hacer efecto en la joven, que comenzaba dejar de sollozar aunque no lo soltaba de su abrazo. Él la apretaba cariñosamente contra sí, sintiéndose a gusto al igual que ella.

Ray se sentó con ella aún abrazada a él, cuidadosamente, se colocó para no molestarla. Ella lloró un rato más mientras él le sonreía y acariciaba su pelo negro. Finalmente la joven comenzó a dormirse lentamente cerrando sus ojos poco a poco. El miedo había pasado, y ahora se sentía… Segura.

-Gracias. No te vayas…- murmuró antes de caer rendida entre los brazos de Morfeo.

-No te dejaré sola… Te lo prometo- susurró el joven a su oído.

Con cuidado, separó a la joven un poco de su cuerpo, y dulcemente la dejó en su cama. La arropó para que no tuviera frío, y se quedó sentado, mirándola mientras dormía. Realmente era hermosa… Fiera, pero dulce y cálida, como el fuego.

Al día siguiente Raymundo se levantó al sentir la luz del sol en su rostro. Poco a poco volvían a él los recuerdos de la noche anterior. Ella dormía plácidamente aún en su cama, y la pareció que no debía molestarla. Sin hacer ruido, se acercó a ella, besó su mejilla y salió sigiloso de la habitación dirigiéndose a la suya. Se cambió de ropa y trató de peinarse (misión imposible). Cuando se vio un poco presentable, bajó a desayunar. Allí se encontró con la joven guerrera del fuego, que aquel día llevaba el pelo rojo oscuro. Ella lo miró y le sonrió dulcemente, a lo que él no pudo contestar, ya que enrojeció ante el saludo.

Cuando los cuatro guerreros terminaron de desayunar, fueron a ver al maestro Fung, quién los esperaba de nuevo en los jardines. Ellos se acercaron lentamente hasta él.

-Buenos días, maestro Fung- dijeron los cuatro a la vez.

-Hola a todos. Hoy iréis en busca del objeto de la tierra, que se encuentra en el norte de África. Según lo que me contasteis ayer, Wuya anda ya tras los objetos de los elementos, por lo que debéis daros prisa.

-Sí maestro- dijeron los cuatro, mientras montaban rápidamente en Dojo, y se alejaban del lugar.

El maestro Fung los vio marchar mientras meditaba. El aire y el fuego seguían sin encontrar la armonía que antes poseían y les caracterizaba. El poder de ambos disminuía, y aunque la noche anterior sintió que ambos poderes recuperaban parte del esplendor, seguía habiendo cierta lejanía entre sus auras.

El maestro comenzó a bajar hacia su sala de reuniones con el resto de maestros Xiaolin. Temas muy importantes debían ser tratados aquel día sin más retraso. El destino de la tierra podía estar en juego, si Wuya descubría la brecha que se había formado entre las dos partes de un mismo todo. Por fin llegó a la sala. Diez hombres ya en edad avanzada se encontraban allí, y saludaron al maestro Fung al entrar.

-Maestros Xiaolin. Debemos tratar un tema importante, la ruptura entre los dos poderes mayores, el fuego y el aire. Ambos se separaron hace varios días, y no parece que se avance mucho en la reconciliación. Ambos guerreros, del fuego y el aire, han perdido parte de su potencial y poder ante este cambio, y debemos hacer algo en seguida. Si Wuya lo descubre… Podría utilizar ambos elementos manipulando a los dos guerreros.

-Creo que ya es tarde para eso, Fung- dijo uno de los ancianos-. Según he podido notar esta noche, el espectro de Wuya ha entrado en los sueños de la joven guerrera del fuego, consiguiendo que no pudiera controlar sus poderes ni pudiera despertar de su sueño.