Capítulo 8.
Recuerdos
Raymundo volaba lo más rápido que podía, guiado por el viento hacia donde ella se encontraba, donde estaba cautivo todo su mundo. Detrás suyo, y ayudados por el poder del joven, lo seguían Omi y Clay. Sus rostros demostraban determinación y fiereza. Querían ayudar a su amiga y lo conseguirían costara lo que costara.
Al fin, tras varios días de viaje, se acercaron al lugar donde los vientos avisaban a su Señor que se encontraba la Guerrera del Fuego. Era una pequeña isla en medio del extenso océano. Y allí, en aquella tierra de arena blanca, se elevaba una imponente montaña de piedra oscura.
-Es un volcán- murmuró Omi, quién estaba al lado de Raymundo.
-Está dentro- dijo Raymundo sin apartar la vista de la imponente montaña volcánica.
-¿Dentro?- repitió extrañado Clay- Por eso es muy peligroso, puede ocurrirle algo.
-Ese idiota de Jack Spicer no sabe lo que ha hecho- dijo Raymundo apretando los puños con fuerza y echando a correr hacia el volcán.
Sus amigos se miraron preocupados, pero casi un segundo después lo siguieron. Los tres subieron al fin hasta la boca del volcán. Un intenso humo negro de horrible olor a azufre emanaba del interior.
-Seguidme, parece que hay un camino en la roca- dijo Clay al observar la pared interior del volcán-. Pero con cuidado. Es muy estrecho y podríamos caer.
Omi pasó primero, y después Raymundo. Al guerrero del agua no le gustaba en absoluto aquella situación. No le gustaba el calor y menos aún que aquel enorme volcán estallara. Pero el pensar en Kimiko lo ayudaba a seguir adelante. Ella era su amiga y necesitaba su ayuda.
Cuando al fin llegaron al final del estrecho camino, llegaron a una extraña explanada en el interior del volcán. Olía a azufre, pero contrariamente a la parte de arriba, se veía muy bien.
Avanzaron con cautela. Omi y Clay sacaron sus objetos, que como esencias tratarían de protegerlos. Raymundo iba delante. El viento lo envolvía y le seguía indicando una dirección. Solo encontraron algunos robots a su paso, pero los destrozaron sin a penas hacer ningún ruido.
Tras un rato de camino hacia las entrañas del volcán, al fin llegaron a una abertura en la roca. Pasaron por ella, y aparecieron en una especie de habitación esculpida en roca. Se colocaron en posición de ataque por si aparecía algún robot, pero nada ocurría.
-Raymundo, aquí no parece que haya nadie- murmuró Omi.
-Es cierto, vaquero. Quizás deberíamos volver atrás y mirar por los alrededores- dijo Clay, pero sin tratar de presionarlo mucho.
-Deberíais mirar más atentamente- dijo de repente Raymundo, y acto seguido un pequeño haz de viento destrozó en una esquina a un grupo de robots.
-¿Qué? ¡Pero si hace un instante no había nadie!- dijo Omi sorprendido.
-Deberías escuchar más a menudo a tu amigo, Omi. Te iría mucho mejor- dijo entonces una conocida voz-. Así no acabarías tan mal.
De entre las sombras apareció un joven pelirrojo con ojos de color sangre. Vestía de negro y miraba divertido a los tres guerreros, como si le divirtiera el hecho de que estuvieran allí.
-¡Jack!- dijo lleno de odio Raymundo.
Se lanzó a por él, pero a su encuentro salieron más robots, que le cortaron el paso.
-No, no, no…- dijo el joven pelirrojo riéndose- Eso no se hace.
Los tres guerreros comenzaron entonces su pelea. Parecía que no terminaban nunca. No cesaban de aparecer más y más robots.
-¡Son muchos!- dijo Clay, tratando de quitarse a dos de encima.
-Lo sé, pero podemos acabar con ellos- dijo Omi.
En el mismo instante en que Omi pronunció aquellas palabras, los robots se alejaron de los tres guerreros. Los tres jóvenes los observaban extrañados por la forma de actuar de aquellas chatarras metálicas.
-Les hemos dado miedo- dijo Omi, seguro de sí mismo.
Entonces, apareció un fantasma de color violáceo junto a Jack que susurró algo al oído de este.
-¡Wuya!- dijeron Raymundo, Omi y Clay al mismo tiempo.
-Así es, chicos. Y tengo un regalito para vosotros- y con una orden, aparecieron del suelo místicos guerreros.
Eran fantasmas, cientos de ellos. Los habían rodeado y separado de sus compañeros. De aquel modo, cada guerrero se encontraba sólo y únicamente se valdrían de sí mismos para salir de aquella situación.
-¡Poder del objeto del agua, ayúdame!- gritó Omi.
-¡Objeto de la tierra, acude a mi llamada!- rugió Clay.
Ambos guerreros clamaron por el poder de los objetos pero cuando trataron de utilizarlos contra los fantasmas, nada parecía surtir efecto. Los dos jóvenes retrocedieron. No comprendían que ocurría. Lo fantasmas se abalanzaron sobre ellos, y en un instante estaban atados con cadenas especialmente creadas para ellos, y sus objetos fueron entregados a Jack Spicer.
Sólo quedaba en pie Raymundo, que luchaba sin descanso. Era extraño, pero su poder, el viento, sí parecía hacer efecto sobre los fantasmas, que iban cayendo rápidamente a manos del sagaz Dragón del Aire.
-Vaya, así que Raymundo quiere jugar en serio- dijo Jack, mirándolo con su típica sonrisa.
-Ya me esperaba esto de su parte. Se ha convertido en una cuestión personal, y por eso debemos tener más cuidado con él- dijo Wuya-. Traeré algo para vencer esta batalla. Tú ocúpate de que los fantasmas lo mantengan ocupado un poco más.
-Está bien, pero no tardes mucho Wuya- contestó Jack Spicer sin quitar los ojos del combate.
El fantasma de Wuya desapareció en la oscuridad de las sombras. Mientras Raymundo seguía luchando. No podía permitirse perder, y estaba empeñado en acabar con aquellos molestos seres. Cuando ya le quedaban muy pocos para acabar, lo seres de ultratumba desaparecieron en los suelos del volcán. Al ver que había desaparecido, miró en dirección a Jack Spicer.
No pudo evitarlo, se sorprendió. Allí, junto a aquel tipo despreciable, estaba Kimiko. Tenía los pies y las manos atadas con cadenas iguales a las de Omi y Clay, y estaba metida dentro de una jaula como a un pájaro al que le han robado su libertad.
-Kim- murmuró. Al fin la había encontrado.
-Kimiko, mira quién está aquí- dijo Jack a la joven.
Ella miró en la dirección que su captor le señalaba, y abrió mucho los ojos al ver que era Raymundo. Pero un instante después miró en otra dirección.
-Basta ya. No es él. Solo quieres engañarme con otro de tus trucos. Dejadme en paz. No es él. ¡No es él!- gritó la joven en un grito desesperado.
Raymundo la observaba perplejo. ¿Qué le habían hecho? Tenía que haber sido horrible para que ni siquiera creyera que él era una persona de verdad ni que había ido a buscarla. Quizás habían tratado de engañarla, y ella había decidido que nada de lo que ellos le dijeran era verdad, que él no iría a buscarla…
Pensando en todo esto, al joven Guerrero del Viento le dolía el corazón, el alma. Tenía que hacer algo para que ella confiara en él de nuevo, en su palabra, en lo que él le decía, ¿Pero cómo?
-Kimiko, ¿Pero qué te ocurre?- reía Jack- No deberías ser tan descortés con nuestro invitado.
La joven se esforzaba en no dejar que lágrimas escaparan de sus ojos al tiempo que trataba inútilmente de romper las cadenas que la apresaban. Ya no podía más. Wuya se había encargado de mostrarle horribles imágenes, y de decirle sin control que sus amigos la habían olvidado, y ella había empezado a creerlo, a pesar de que se había dicho a sí misma una y mil veces que todo eran mentiras.
-¡Ellos no son mis amigos! ¡Basta ya de trucos! ¡Dejadme en paz!- gritó de nuevo la joven cerrando los ojos, casi pensando que así todos desaparecerían.
-¡Kimiko!- la llamó una voz más que conocida para ella- ¡Escúchame por favor!
Era Raymundo quien la llamaba, desde el patio de la extraña sala volcánica. Ella aún estaba en aquella especie de palco, enjaulada y escoltada por Jack Spicer y Wuya a ambos lados.
La joven se dio la vuelta sin quererlo, y miró con sus hermosos ojos azules a los ojos verdes del joven que la miraba suplicante pero seguro de sí mismo.
-Escúchame por favor, y mírame. Soy yo, Raymundo. ¿Acaso no me reconoces?- dijo con voz dulce y suave hacia la joven.
-No… Yo no… Tú no eres él. Tú no eres Raymundo- dijo la joven tratado de pesar en otra cosa- Él no vendría a buscarme. Yo… Me porté muy mal con él, no me perdonará, él no va a venir...- dijo la joven notando como una lágrima furtiva escapaba de sus ojos.
-Kimiko, soy yo. De verdad, no te miento. Olvídate de todo lo que te hayan dicho, olvídate de las mentiras de Wuya y de Jack Spicer. Mírame entonces y verás que soy yo.
-Kimiko, ¿Es o no es él?- dijo en tono de burla Wuya.- ¿Quieres que yo se lo pregunte?- rió con malicia.
-Entiendo tu duda. Si yo fuera él, después de todo lo que te ha hecho, no vendría a buscarte- dijo Jack, tratando de confundirla aún más.
-¡Kimiko, escúchame!- repitió Raymundo, Se le había ocurrido algo- ¿Recuerdas el día en que tuvimos que conseguir el Shen Gong Wu del Peine telaraña? Todos hicimos una apuesta, y Omi y Clay pensaron que tú no podrías conseguirlo porque eras una chica.
Kimiko, sorprendida, lo miró. ¿Cómo podía saber él eso, si no era el verdadero Raymundo?
-Y tú fuiste el único que me apoyó. Que estaba seguro de mi triunfo y apostó por mí- dijo Kimiko recordando aquella aventura.
-Así es- dijo el joven, y prosiguió- ¿Y recuerdas aquella vez que tuvimos que conseguir un Shen Gong Wu bajo el agua? Aparecieron un grupo de tiburones, y tú y yo nos quedamos solos. Tú tenías miedo a los tiburones, y se te había acabado el oxígeno.
-Y tú me dejaste respirar contigo, y me defendiste de los tiburones cuando estaba atrapada en la roca- respondió la joven mirándolo fijamente.
-Seguro que también te acuerdas de aquella ocasión que nos enviaron a buscar otro Shen Gong Wu a la selva.
Kimiko lo miró sorprendida, y pensando, se acordó de aquella aventura que tuvieron cuando eran más jóvenes.
Flash Back
Kimiko y Raymundo caminan rápidamente por la selva. La joven Guerrera del Fuego caminaba por delante de su compañero, quemando la vegetación para abrirse camino. Solo están ellos dos, ya que Omi y Clay estaban enfermos, y no habían podido acompañarlos.
-Aquí hay demasiadas plantas- decía Kimiko- y estoy agotada.
-Déjame a mí ahora. Yo me encargo de hacer camino- dijo Raymundo.
Así comenzó el joven a hacer camino. La chica, agotada por utilizar tanto tiempo su poder lo seguía. Al fin llegaron a una especie de templo, que rodeado por matorrales y enredaderas, se camuflaba con el paisaje.
-¡Al fin hemos llegado!- dijo Kimiko al verlo.
-Sí, ya empezaba a pensar que nos habíamos perdido- dijo enfadado Raymundo.
-Entremos- dijo la joven.
Ambos entraron en la extraña estructura. Anduvieron por corredores, pasillos y salas, sorteando trampas y esquivando cuerpos sin vida de antiguos guerreros mayas. Al fin llegaron a una enorme sala. En la pared más lejana, descansaba el Shen Gong Wu, pero rodeado por una círculo de fuego.
-Kimiko, tú calma al fuego, y yo cogeré el Shen Gong Wu- dijo Raymundo a la chica.
-Está bien- dijo la joven-. Pero ten cuidado- añadió en un susurro.
Kimiko se dispuso entonces a calmar al fuego, haciendo que éste casi desapareciera. Así, Raymundo pudo saltar sobre aquella línea roja, atrapó el Shen Gong Wu y consiguió salir de allí. Pero cuando fue junto a Kimiko, se encontró con una sorpresa.
-Hola, Raymundo- dijo Jack Spicer flanqueado por sus robots al tiempo que sujetaba a Kimiko por el cuello- Dame el Shen Gong Wu y no le haré nada a Kimiko. Si no… tendrás problemas.
-Está bien- dijo sin oponer extrañamente resistencia.
Les dio el Shen Gong Wu, y con gran rapidez Wuya mandó a por él a los robots. Éstos le arrebataron el Shen Gong Wu y volvieron a filas.
-Ahora suéltala, Spicer- dijo Raymundo mirándolo fijamente.
-No, de eso ni hablar- rió Jack mientras Kimiko forcejeaba-. Ella se viene conmigo.
El joven Guerrero del Viento, al escuchar esta respuesta, se llenó de ira. Apretó los puños, y rápido como las corrientes de aire que surcan los mares mandó oleadas de aire congelado a los robots que flanqueaban a Jack Spicer y a Wuya destrozándolos.
Después saltó, y apoyándose en una pared, se impulsó, dio una patada en la cara a Jack, y tomó a Kimiko de la cintura y con la otra mano en el objeto mágico.
-Yo me voy de aquí- dijo Wuya al ver que por los choques de los robots, el templo se desmoronaba.
-¡Wuya, no me dejes sólo!- gritó Jack volando a gran velocidad hacia su pequeño avión y saliendo disparado al cielo.
-Vamos Kim, debemos salir de aquí- dijo Raymundo.
-No puedo, estoy agotada- dijo Kimiko, que a penas podía tenerse en pie.
Raymundo la tomó en brazos y con los dientes sujetó el Shen Gong Wu. Corrió lo más que pudo, y después, impulsado por el Viento, salió volando de allí. Aterrizaron en el interior de la espesa vegetación de la jungla.
-¿Estás bien Kimiko?- preguntó preocupado el joven a su compañera.
-Sí eso creo. ¿Pero y tú? ¿Estás bien?- dijo la joven.
-Sí, pero eso no importa. ¿No estás herida?- preguntó de nuevo, preocupado.
-No- respondió ella, sonrojándose por la pregunta cargada de preocupación- Muchas gracias por salvarme. Has sido muy valiente. De verdad te lo agradezco mucho.
Y para la sorpresa de ella misma y de la del joven, lo abrazó con ternura terminando sobre él.
-No ha sido nada-respondió el joven-. Yo siempre te protegeré. Pase lo que pase. Yo siempre estaré a tu lado para cuidar de ti.
