La inocencia de Egipto

Capítulo 2: Un nuevo esclavo

Disclaimer: Yugioh no me pertenece, ni ninguno de sus personajes

Cinco años habían pasado ya desde que el príncipe Yami subió trono. La economía de Egipto había mejorado notablemente. Si continuaba así, el país podría convertirse de nuevo en el gran imperio que fue en el pasado. Pero aun así nadie sonreía, al contrario, el semblante de tristeza no había abandonado sus rostros. Para ellos todo seguía igual; las sombras que habían cubierto la ciudad no habían desaparecido. El ambiente seguía siendo frío y tenebroso, definitivamente era como estar en una ciudad muerta.

El príncipe Yami resultó ser un tirano igual o peor que su padre. Era cruel y desalmado con todos los que le rodeaban, especialmente con los esclavos.

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-Mi señor faraón. El rey de Nubia le envía sus más cordiales saludos y le desea muchas felicidades en su decimoctavo cumpleaños.- Yami, ya harto de tanta presentación, solo asintió. Si había algo que odiaba era tener que oír a un montón de viejos rancios hablar sobre asuntos del estado, pero lo peor era que ahora también tendría que oírlos dar presentaciones en su cumpleaños! –"Demonios¿por qué no pueden ser mujeres jóvenes y hermosas las que hagan las malditas presentaciones? Eso sería tan placentero!"- pensó mientras que una sádica sonrisa se formaba en sus labios.

-…y le manda este presente como muestra de su gratitud- finalizó el hombre haciéndose a un lado para que el faraón pudiera ver su obsequio.

Yami abrió sus ojos en impresión al ver lo que era. Por su aspecto parecía un niño de 11 o 13 años que además tenía una curiosa semejanza física con el soberano. De hecho era como ver a Yami cuando tenía 10 años. La única diferencia estaba en el cabello y en los ojos que, a diferencia de los de Yami, eran de un color amatista y estaban llenos de inocencia. Era como estar frente a un ángel. –"Un ángel… esas malditas criaturas de la luz que no saben hacer otra cosa más que andar por ahí diciéndole a todos que aun hay esperanza…La esperanza no existe, son solo ideas estúpidas que el hombre ha inventado para pintar las cosas de un color diferente."- pensó mientras sentía como la rabia iba creciendo en su pecho.

Esperanza? Él siempre tuvo esperanza cuando era un niño débil e inocente. Siempre tuvo la fe de que todo cambiaría y de que sería feliz y amado. Pero solo eran estupideces… la fe y la esperanza no existen, solo sirven para engañar a los débiles… pero él no era débil, tal vez antes lo fue pero ya no, nunca más.

Por otra parte, el pequeño esclavo estaba más que aterrado. Había escuchado los rumores sobre el faraón Yami y ciertamente no eran nada buenos. Primero, había oído sobre la crueldad del joven; se decía que no tenía sentimientos. Pero por alguna razón, él no podía encontrar crueldad o maldad en los ojos del faraón, al contrario, lo único que podía ver en esos ojos era una profunda tristeza. –"No lo entiendo, había oído que el faraón era frío y cruel pero… más bien parece una persona amable y cariñosa"- pensó mientras miraba detenidamente a su futuro amo.

-Señor, qué quiere que hagamos con el chico?- preguntó uno de los sirvientes.

-Llévenselo y enciérrenlo en uno de los calabozos. Me encargaré de él después.- respondió el faraón mirando a su nuevo esclavo con odio. El chico no dijo nada, solo dejó que lo llevaran a donde su amo había dicho. –"Pero… tal vez me haya equivocado"- fue su último pensamiento.

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Más tarde ese día, Yami caminaba tranquilamente hacia los calabozos. En todo el día no había dejado de pensar en el pequeño esclavo que le había mandado el rey de Nubia. La inocencia del chico hacía que su corazón se llenara de ira. –"Nadie puede ser tan inocente y puro, ni siquiera un niño, todos los demás aprovecharían esto para beneficiarse. Todas las personas son iguales, solo piensan en ellas mismas y en su bienestar. La amistad no existe, ni tampoco el amor. Creer en ellos solo nos hace más débiles y vulnerables. El único que triunfa es el que no tiene sentimientos "- se dijo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que ya había llegado. Frente a él, se encontraba una celda, en su interior se encontraba el chico de ojos amatista, con las piernas pegadas al pecho mientras que su cabeza descansaba en ellas.

Lentamente, el faraón abrió la cerradura y entró. El pequeño, al escuchar el ruido, alzó su cabeza encontrando sus ojos con los de Yami. –"Son realmente hermosos"- pensó mientras miraba los ojos carmesí del otro. En verdad eran hermosos, vivos como la sangre; aunque les faltaba ese brillo especial que solo la felicidad puede dar. Estaba triste, él lo veía muy bien. Detrás de esos ojos fríos como el hielo se encontraba un alma que anhelaba ser amada, aunque en verdad no conociera que era ese sentimiento. Esa crueldad que demostraba solo era un escudo.

-Cuál es tu nombre?- le preguntó al chico.

-Yugi, señor-respondió el aludido, mientras bajaba su cabeza en señal de respeto. El faraón lo siguió mirando con odio reflejado en sus ojos de fuego. Sacó el látigo que traía consigo. Yugi solo cerró sus ojos. Él sabía lo que venía, y estaba preparado. –"Solo serán unos cuantos latigazos y palabras ofensivas, nada más. Estoy seguro de que el faraón ni siquiera va a tocarme"- se dijo.

Y así fue, Yugi fue azotado hasta quedar inconsciente. Pero el faraón nunca lo tocó.