IV
Meditación
Su cuerpo se estremeció; no había visitado ese sitio desde la muerte de su mejor y único amigo, declarándola casi una tierra maldita. El lugar equivocado en el momento equivocado; si tan sólo hubiera sido mayor, más fuerte, si tan solo hubiera podido luchar junto con él y ganarle a esas infernales máquinas…
Puso sus piernas en cuclillas, bajó su rostro y cerró los ojos. Dos líneas de pensamiento completamente opuestas aparecieron en su mente tan pronto como dejó su mente en blanco: el convencerse que así traspasaría sus poderes y el contrapuesto que debía comenzar a vivir. A pesar de su actual compromiso de entregarse a la vida con otros propósitos, una refinada tortura emocional se encargaba de promover sensaciones amargas cuando recuerdos de niñez y juventud resucitaron al puro concepto de vivir, pasando a redefinirse inconscientemente como infierno.
Estaba demasiado automatizado y culpó al lugar; pero se dio cuenta que esa sensación era la misma cuando despertaba de horribles pesadillas y de cavilaciones infructuosas, una sensación que terminó de moldearse y que él tituló miedo. Miedo a que su doloroso pasado lo afectara sin saberlo y que en un descuido comenzara a perder su salud mental. Miedo a la idea que no se conocía a sí mismo y que eso trajera consecuencias funestas tanto para él como para los demás. Miedo a que no tuviera el derecho de encontrar la felicidad...
En una forma eso era de esperarse, a lo largo de su corta vida sufrió una aguda convergencia a pensamientos, actitudes y reflejos de subsistencia, sobre todo con la responsabilidad de la salvación del mundo en sus hombros. No tenía tiempo para ser él mismo ni autoanalizar sus escapes de control producto del desenfreno, sin olvidar los serios daños que se crean en un niño el carecer de una figura paterna.
No era la primera vez que criticaba su personalidad, que su caballerosidad y buena voluntad no atendía más que a mecanismos de autodefensa a nocivas actitudes. Tenía que ser así, tenía la sangre de implacables guerreros corriendo por sus venas, el salvajismo de los Saiyajins escondido en partes que aún no conocía. ¿Era su proceso reverso al de Vejita, ¿donde su padre mostró su lado más malvado y luego su corazón moldeándose a un patrón más humano?
No, imposible, él ya era mitad humano.
Ahora plantaba cara ante un segundo enemigo: su mismo y desconocido ser interno. Quizás este era peor, intangible, subrepticio, el que atacaba de otras formas y usaba otras armas; muchas más poderosas de las que él podía neutralizar, y a tiempo. Apoyó en cansancio la palma izquierda en el extremo de su cabeza, buscando un punto de apoyo en medio de todo ese torbellino mental, una válvula de escape de nombre gritar pero que no se comunicaba con la garganta. La única respuesta que quería ahora era qué podría traer sosiego a su corazón y paz a su espíritu, casi una utopía al estilo de vida que tuvo que llevar por demasiado tiempo, a pesar de ya haber paz en la Tierra. Deseó por un momento que el suave viento que corría por la planicie se llevara sus sádicos razonamientos.
Pero entre los amargos recuerdos había algo más allí, algo que había escrito hace muchos años atrás, un estigma a todo su actuar: HOPE. Por un momento sintió que regresaba a la orilla después de nadar por el mar de la autocompasión, el concepto como un faro que lo guiaba a puertos más sólidos. Había esperanza; y mucha. Era joven, inteligente, apasionado; y una sensación tibia de tranquilidad reptó por su ser, apaciguando su tribulación. Alzo los ojos al cielo, percibiendo una sonrisa tocar sus labios. Ya encontraría la forma, ya conocería el medio que le ayudaría al fin a encontrar esa anhelada paz interna.
Despegó inconsciente de que la respuesta estaba más cerca de lo que él jamás se hubiera imaginado.
