XI
Purificación
Para finales de la lección Nº 10 ya había comenzado a enseñarle artes marciales, la chica absorbiendo todo con inusitada rapidez. Tenía ganas de aprender.
Bostezó en aburrimiento, estirando los brazos al cielo y luego dejó caerlos pesadamente sobre el cuaderno en su regazo. Mientras luchaba contra la somnolencia observó el precalentamiento de su alumna en lo entrecerrado de sus ojos, una rutina que le había enseñado hace poco para mejorar su rapidez.
-Suficiente.-
-¿Y tú terminaste el problema?- Preguntó entre el elegante balanceo de sus combos y el equilibrio de sus patadas, lanzándolos hacia un enemigo hecho de aire.
Trunks mostró la cara de la hoja demostrándole que ya estaba listo. La chica relajó su pequeña silueta terminando la sesión.
-Creo que yo también haré un pequeño precalentamiento, me siento agarrotado… ¿me esperas mientras lo revisas?-
El Saiyan comenzó lentamente a proyectar en el aire sus brazos y piernas tal como comenzaba un duro entrenamiento, pero esta vez sin exigencias ni presiones. Sólo disfrutaba del inercial movimiento de sus extremidades, la liberación de su cuerpo en movimientos, la danza que despejaba su mente y entonaba el cuerpo con el espíritu. Esta ocasión fue especialmente espectacular, podía sentir el alma del bosque otorgándole nuevas energías a sus balanceos y haciendo caer las barreras de sus restricciones. Estos eran los momentos en que se sentía como él mismo, su cuerpo comenzando a drogarse de palpitantes emociones, el fuego de su segunda raza alcanzando los más recónditos lugares a través de la calidez de su sangre.
Dana podía percibir sus movimientos en el margen fuera del cuaderno; un patrón en su ejercicio llamando poderosamente su atención. Dejó caer el apunte en sus piernas y se dedicó a observar a ese especial muchacho, absorta tanto como él en la tarea.
Todo era tan fácil, tan liviano, podía pasar a Super Saiyajin sin siquiera pensarlo, hasta que una voz, un timbre, una corazonada le dijo que no lo hiciera. Sin quererlo volvió al allí y al ahora, y se vio saltando y apareciendo de un lugar a otro metros más lejos, volviéndose borroso por super velocidad. Aterrizó en un punto con la sangre golpeteándole las orejas y las piernas pesándole como dos sacos de plomo. Se dio cuenta que por primera vez en mucho tiempo no estaba solo.
Abrió los ojos no hallando nadie a la vista, quizás había aterrizado tan lejos que se encontraba en otra parte. Se equivocó rotundamente, el único ki humano del lugar estaba mucho más cerca de lo que hubiera querido, su sola presencia quemándole la espalda.
-¿Tú fuiste verdad?-
Esas palabras directas y penetrantes lo tensaron como en mucho tiempo. Sabía exactamente a qué se refería. Su mente buscó una y otra manera de evadir su significado.
-Tú eliminaste a los androides 17 y 18.-
No podían ser más precisas. Era tiempo de enfrentarla y por un momento sintió que necesitaba compartir su secreto, necesitaba descargar su pesado carro.
-¿Qué te hace pensar eso?- Volteaba; sus signos jugando entre ignorancia y sorpresa.
No ocurrió inmediatamente, una pausa de silencio preparaban las palabras de la chica. Cuando se sintió lo suficientemente confiada volvió a hablar.
-Una vez, cuando tenía 12 años fui en busca de víveres a la ciudad. No sé de dónde salieron, pero los androides aparecieron a tan solo metros de distancia y extendieron sus manos para lanzarme dos bolas luminosas. Yo cerré los ojos esperando mi muerte pero nada pasó, y cuando los abrí una persona, un joven de imponente figura se interpuso. Me gritó que me fuera de allí mientras pudiera y yo corrí obedeciéndole, pero no pude evitar mirar hacia atrás. A pesar de la rapidez de sus movimientos pude ver masivas ondas de choque que producían al enfrentarse una y otra vez, y pude ver también que el valiente joven cambió su apariencia. Un aura, una ola violenta y dorada enmarcaron su cuerpo…
…Ese joven hizo tus mismos movimientos, lo sé, porque esa imagen aún está muy fresca en mi mente…
… incluso sentí su misma fuerza, pero ahora emanaba de ti… -
Trunks no pudo hablar, pero no era necesario. Sus cejas se convulsionaron sobre unos ojos inusualmente brillantes y bajó la cabeza, quizás en derrota, quizás en respeto o incluso tristeza. Un invisible viento salió de los límites de su cuerpo levantando su hebroso cabello y dividiéndolo en gruesos mechones rubios, un inexplicable campo dorado lo rodeó entero.
-Su nombre era Gohan, y esto es lo que viste.-
No supo si fue miedo, sorpresa o admiración, lo que sí supo es que no pudo moverse un milímetro, hipnotizada en esa figura más alta que ella, fornida y perfectamente distribuida. Ahora su curiosidad científica no dejó quedarse quieta, necesitaba acercarse, tocarlo, probarlo. Sin embargo, algo más fuerte que ella la detuvo a pocos pasos, como quien teme acercarse a un cable eléctrico serpenteante. Su atención se volvió eterna apenas coincidieron sus ojos con los de él, conocía aquellas mismas emociones demasiado bien.
Fue la piedra más transparente, el vidrio más nítido. Por alguna razón pudo ver el disfraz de hombre usado por un niño; la más amarga frustración y una perenne tristeza. Marcas, arrugas y expresiones daban cuenta suficiente de su terrible pasado, quizás tanto o más doloroso que el propio y que todavía afectaba su profunda psicología. En un clímax de empatía su corazón sangró a la transmisión de su dolor, sintiendo unas ganas rabiosas de abrazarlo y llorar por ambos.
Sus ojos se humedecieron y su mentón comenzó suavemente a temblar, la debilidad de sus piernas haciéndola caer paulatinamente sobre la hierba. Dos tibias perlas descendieron por sus mejillas, sus manos cubrieron su rostro y su boca para ahogar los débiles sollozos. La pequeña figura se arqueaba como una boya, víctima de una pena incontenible.
Trunks avanzó hasta su lado sentándose sobre la hierba en silencio, envolviendo sus piernas dobladas con los brazos y apoyando el mentón sobre sus rodillas.
-Sólo éramos unos niños.- Dijo Dana entre atribulados gimoteos. Él sólo cerró los ojos e imágenes como el cuerpo de Gohan tumbado en el suelo sin vida, la tumba que cavó para él y las noches ineficaces de tanto sacrificio y esfuerzo que no traían frutos vinieron a su mente.
Quiso detenerlo, pero ese pasado tatuado a sangre y fuego en su alma era difícil de olvidar. La dolorosa indiferencia de un padre que esperó conocer toda la vida, las veces que caía presa de los androides mientras golpeaban su cuerpo sin piedad, la impotencia de no poder evitar la muerte de la gente, la soledad irreversible de luchar solo y el pavor de ser descubierto en un estado semiinconsciente; escondido para salvar su vida y apretando los dientes para dejar de temblar y evitar las lágrimas…
Se enrolló como un cachorro muerto de frío, la garganta ardiente en ahogados espasmos. Los gritos y las lágrimas que evitó gran parte de su vida eran ahora el proceso de catarsis, el camino necesario para vencer a su propio enemigo interno, a ese enemigo escondido allí por tantos años.
Desde ese momento ambos supieron que ya nada sería igual.
