XVI

Confesión

La llave hacía un perfecto contacto con las ranuras interiores del cerrojo, quitando el seguro y abriendo a puerta. Una voz profunda y grave venida de la oscuridad resonaba en compañía con la desengrasada visagra, completando un cuadro semi tétrico.

-¡Trunks, ¡¿Qué haces aquí tan tarde! ¡Me asustaste!-

-Pues, me preocupé un poco por ti y decidí venir a visitarte- Resumió mientras salía de las tinieblas y se acercaba a su lado.

-¿Chocolate?-

Asintió gustoso sin antes mirar con disimulada curiosidad el elegante traje que Dana llevaba puesto. Una blusa blanca escondida tras el blazer contrastaba con una ajustada falda negra, la que cortaba centímetros más abajo de la rodilla. Continuando con su poco ortodoxo estudio se dio cuenta que era lo bastante limitado para ejercer tareas domesticas, la chica tuvo que sacarse el blazer para moverse en la pequeña cocina con más libertad.

-Ahora entiendo por qué no fuiste a la visita.-

-¿Ah? ¡Ah, es que tenía que hacer unos trámites importantes.- Contestó titubeante.

Pudo sentir las fluctuaciones de su ki; lisa y llanamente estaba mintiendo. Sin embargo no se preocupó, habría una mejor oportunidad para las desmentidas y salvó la situación con un comentario más mundano.

-Me encantaría que las damas en mi futura compañía se vistieran así, lo que sí…- Ladeó la mirada -… preferiría la falda más corta.-

- ¿Por qué?-

-Para que se muevan más libremente y no como tú que pareces empaquetada.-

-Y tú crees que teniéndola a esta altura hace alguna diferencia.- Contestó en un falso enojo mientras subía la falda más arriba de la rodilla.

-Pues sí, te veo más las piernas.-

¿Qué era todo aquello, ¿por qué actuaba como una especie de payaso? ¿Qué era este juego que a primeras parecía apelar a la espontaneidad? Esta vez, su mente fue lo suficiente aguda para darse cuenta que estaba pasando allí, algo tan elemental como la pirámide de Masllow: la estrategia del macho en la conquista; la necesidad de aprobación al cortejo amoroso. Pero justamente así se patentaba la diferencia de sus formas; esa cándida personalidad a pesar de ser un hombre hecho y derecho: no pudo evitar sonrojarse a su carnal comentario. Dana le devolvió el favor, una desenvuelta broma casi en serio para hacerlo sentir que no estaba tan desubicado.

-Por lo menos ahora sé que no eres gay.-

Trunks quedó para sus adentros y sonrió con malicia. El puritanismo desapareció rápido, mucho más que en otras ocasiones La forma en que evolucionaba este juego le hacía sentir algo que nunca había experimentado, el rompimiento de esa delgada línea, la merecida jubilación de la inocencia con la venida de la madurez sicológica sexual. Decidió que el otro Trunks que acababa de descubrir lo relevara.

Esperó unos momentos antes de responder, era delicioso aliñar sus palabras con algo de adulta suspicacia.

-¿Y cómo puedes estar tan segura de eso?- Sintetizó casi dejando un halo de duda. Los ojos de la chica se agrandaron mientras un pensamiento que pesaba sobre todo lo demás, como un aviso enorme de luces de neón rezara '¡pues sería una terrible pérdida!'

Una pequeña pausa se hizo presente y no se rompió hasta que la chica insinuó casi para sí que todo aquello comenzaba a parecerse a un juego de la verdad.

- Un desafío interesante… ¿tres preguntas de sí o no…?-

Ambos se miraron con cara de niños cómplices en el crimen de sacar desobedientemente un trozo de caramelo extra. Dana paró de agitar la cuchara en la taza, apoyando una mano en su cintura. Lo miró por otros escasos momentos antes de hablar.

-¿Eres gay?

-No.-

-¿Lo serías?-

-Para nada.-

-Entonces te gustan las mujeres.-

-Sí- Respondió escuetamente

¡Tonta Tonta!

Era cosa de inferirla de la anterior. Tenía que hacer la próxima pregunta, no importaba si se estaba pasando del límite.

-¿…Te gusta alguien?-

Trunks quedó pensativo como si fuera una pregunta con trampa.

-Sí. Y mucho.-

-¿Quién?-

- Lo siento, sólo son respuestas de sí o no-

Una mirada de decepción se hizo notar en la chica, la que camufló rápidamente. Lo que no sospechó fueron las preguntas que seguían para ella.

-¿Trabajas para las Empresas Nagura?

No era justo que la persona que menos debía saberlo lo preguntara. Reconoció que había sido mucho más inteligente, había utilizado un juego que a primera vista parecía tan azaroso. Dana temió responder, se sintió endeble y descubierta a través del libro abierto que era su rostro.

-Sí.- Respondió bajando levemente la cabeza. La segunda pregunta fue más aguda.

-Sentiste mi presencia cuando estabas en los ascensores, ¿no es así?-

No tenía escapatoria. Este era el peor momento para verlo a los ojos.

-Sí- Respondió inclinando más la cabeza. Rogaba porque la próxima no fuera más intimidante.

-¿Y por qué no volteaste para yo saludarte?... lo esperaba de ti.-

Una especie de vergüenza y timidez se apoderaban de ella, la respuesta aún inmadura para ser dicha.

-… No puedo decírtelo.-

-¿Por que?-

-… Porque no es una respuesta de sí o no-

Le dio la espalda a lo que percibía como su torturador emocional, él seguía teniendo ventaja. Todavía le quedaba una pregunta por hacer y decidió no arriesgarse.

-OK…,- Contestó en un ataque de decisión. -…te la diré, pero con la condición que me tienes que responder la última pregunta que te hice…-

El chico sintió la garganta seca y casi tosía de la sorpresiva aspereza.

-…no volteé para verte porque… porque…-

Cerró sus ojos confesando algo que era tan delicado como una declaración, lo más audaz a lo que jamás podría admitir.

-… porque cada vez que te miro a los ojos siento una desnudez…física y almática…-

¿Qué debía hacer ahora, ¿Esperar? ¿Salir arrancando? ¿Correr a sus brazos?

¡Qué estoy haciendo, no puedo, ¡no puedo darle cabida, no debo permitir que esto pase!

Un fantasma de decepción y culpabilidad mellaban en la sana ansiedad de un acercamiento físico, su instinto indicándole que era lo correcto, su conciencia no. Las lastimosas cavilaciones cesaron tan pronto como fue distraída con el sonido de pasos que se acercaban. Su natural y posterior maldiciente reacción fue voltear para sólo encontrarlo frente a frente.

La camisa negra de seda que realzaba la piel bronceada y abierta en los primeros botones no ayudó en nada para tranquilizarla. Tampoco la visión de un grácil cuello desapareciendo en las tinieblas de un invitante escote lo fue para él.

-¿Quieres conocer ahora mi respuesta?-

Sus ahora imperturbables y fulminantes ojos azul oscuro la hicieron olvidarse de su atribulado juicio, dejando su mente en blanco. El pulgar contorneando delicadamente sus labios y mentón no la hicieron desear más que sentir sus grandes manos explorando cada rincón de su cuerpo, cerrando los ojos al puro concepto y hacerla temblar de desvergüenza. Todo aquello se sublimó al sentirlo peinar su nuca para llegar a la horquilla que soltara las abundantes fibras rubias. Suave y pausadamente hasta que la otra mano bordeara su pequeña cintura para ser contenida por un ancho brazo, apegándola con fuerza a su cuerpo. El perfume magnificado por la atropellada perspiración y la liberación de su voluminoso cabello lo obligó a probarlo directamente de su cuello; su débil resistencia no hizo más que tomarla con mayor propiedad.

-No Trunks, nooooo…-

Trataba de alejarlo con sus brazos, pero era imposible resistirse al roce de sus labios y cómo su respingada nariz cosquilleaba la sensible piel de su cuello; su mano acariciando la extensión de su tensa columna bajo la blusa. Tomó fuerte pero sutilmente sus muñecas para terminar su forcejeo y enredó su mano en los cabellos sueltos; empujando con calculada tirantez su cabeza hacia atrás para seguir bajando hasta el escote.

Ahora marearse de su aroma ya no era suficiente. Una fuerza inexplicablemente familiar lo zarandeó de pies a cabeza, y un foráneo apetito que nunca antes había experimentado se volvió uno con él. Era la misma sensación de cuando su vida pendía en la batalla, esa sed de sangre y castigo que hacía vibrar cada músculo y coyuntura para dar en la batalla el 300 y que él conocía muy bien. Pero en esta ocasión era diferente, era la misma sed pero trastocada, igual de intensa pero obligándolo a actuar en otros campos.

Nunca pensó en detenerse hasta que un audible quejido de dolor despertó su conciencia humana de lo que estaba haciendo. Sus blancos dientes se enterraban en la delicada piel de la muchacha, siguiendo una especie de rito escrito en sus genes. Se detuvo asustado, asustado de él, de lo que pudiera llegar a hacer; miedo a lo nuevo y al paroxismo que llevaba todo aquello. Las palabras de su padre no pudieron haber llegado en mejor momento.

"…además vas a ver cómo los instintos de Saiyajin te sirven para otras cosas…"

Ahora lo entendió. Nunca se burló de él ni lo despreció. Sólo le estaba recordando una verdad inalienable en cualquiera de su raza. La verdad de que no podría liberarse de su avasalladora excitación ni la imperiosa necesidad de hacer suya a esa mujer.

El sonido del teléfono nunca fue más molesto que en esa ocasión, su cuerpo ya no contorneaba la femenina silueta que segundos antes estaba a su merced.

Imposible, en vez de menguar la sensación se hizo casi incontrolable.

-Trunks, será mejor que te vayas.-

Su yo, el humano gentil y caballeroso apenas le decía que debía acatar la orden; su otro yo, el Saiyan impulsivo e inflexible le decía que no debía detenerse. La chica no miró hacia atrás, señal inequívoca que su orden no había declinado. Dos contra uno. Debía irse.

Los pasos se dirigían sin premura a la puerta de salida. Allí Dana pudo levantar la vista viendo sus espaldas. No pudo acallarlo, su mente recitó una frase a tan viva voz que podía escucharse en el reino de los pensamientos.

Si voltea, si tan sólo voltea…

Antes de reprochar su deseo Trunks se detuvo estando a un paso de la puerta.

¿Acaso lo dije en voz alta, ¡Imposible! yo sólo lo pensé…

Y miró hacia atrás. La muchacha ya había bajado la vista otra vez, atrapada entre su íntimo condicional y el dilema que no la dejaba vivir en paz. No tardó en escuchar la puerta cerrarse y un silencio que ensordecía, recordándole que estaría sola una noche más.

Pensó escuchar su nombre pero prefirió no martirizarse más, culpando quizás a la zona límbica de su cerebro. Imposible que fuera ella la que lo llamaba.

-¿Qué piso joven?-

-Vestíbulo, es hora de irme a casa.-