La princesa justiciera

- Veamos, creo que ya está todo -.

Ameria revisó su ligero equipaje. El reloj de su habitación dio las ocho. El sol hacía apenas una hora que había empezado a iluminar la Capital de la Magia Blanca y en el palacio aún no se notaba la típica agitación.

Mochila al hombro, Ameria se dirigió a las cuadras. Salió por las cocinas procurando en todo momento que nadie la viese abandonar el lugar, tendría que dar demasiadas explicaciones.

- Hola amigo¿qué tal estamos esta mañana? -.

La princesa palmeó el cuello de su corcel mientras le ofrecía un terrón de azúcar. A continuación procedió a ensillarle y ajustar las alforjas.

- ¿Vas a alguna parte? -.

Ameria se giró sobresaltada.

- ¡Zel! -.

- Disculpa si te he asustado, sólo quería saber dónde vas tan temprano –.

- Asuntos de Estado – respondió ella, le dio la espalda y terminó de preparar su montura.

- Que más o menos quiere decir que vas a Enver a intentar detener a esos demonios de los que ayer llegaron noticias -.

- ¿Vas a impedírmelo? -.

- No – una media sonrisa iluminó su severa expresión – Pero no deberías ir sola -.

- ¿Quieres acompañarme? -.

Zelgadis asintió.

- ¡Eso es magnifico!... esto, quiero decir... que muchas gracias por venir conmigo, la verdad es que no me hacía mucha gracia ir sola – sonrió abochornada.

- Entonces, en marcha, antes de que tu padre se dé cuenta y te obligue a llevarte a todos los magos de Atlas para ayudarte -.

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Enver era una bonita ciudad a unos tres días a caballo de la capital de Seyluun, su vida se fundamentaba en el comercio textil, al menos hasta la aparición de un grupo de demonios haciendo estragos por la zona.

- Que silencio – murmuró Ameria.

- Tienen miedo -. Zel sentía cientos de ojos observándolos mientras atravesaban las calles de Enver.

- Aquella es la residencia del gobernador -.

- Apresurémonos, la noche se acerca y el mensajero decía que es el momento en que aparecen esos demonios -.

Fueron recibidos de una manera fría aún cuando conocieron la identidad de Ameria, los habitantes y sus dirigentes esperaban que les enviarían un ejercito no una princesa de 16 años y un hechicero que no mostraba su rostro.

- ¿Cómo son esos demonios? -.

- Sombras con sustancia, no hay otra definición – explicó cabizbajo el gobernador – Hasta que cambian y se muestran como unos seres de piel negro brillante con cuatro cuernos en la cabeza y otros tantos a lo largo de su espina dorsal, ojos verdes que relucen en la oscuridad y poderosas mandíbulas... son aterradores -.

- ¿Tienen algún líder? -.

- Creemos que es uno cuya piel es de un rojo muy oscuro, es al único al que le hemos oído hablar y su presencia es mucho más imponente que la de los otros... tenéis que hacer algo, devoran nuestras ovejas, destruyen nuestros hogares y ya han muerto varias personas -.

- No se preocupe, hemos venido para detener a esos monstruos cueste lo que cueste, la Paz y la Justicia volverán a reinar en su ciudad dentro de poco – afirmó toda una convencida Ameria.

- Casi resulta ridículo enfrentarse a unos mazoku de pacotilla después de derrotar a Estrella Oscura – pensó Zelgadis.

- ¡Señor, ya están aquí! – informó uno de los escasos soldados de que disponían.

Ameria y Zelgadis abandonaron el edificio. Las calles habían sido literalmente tomadas por los seres que describiera el gobernador, entraban en las casas, saqueando y matando a aquel que se cruzara en su camino.

- Son demasiados – masculló el quimera.

- Nos hemos enfrentado a cosas mucho peores – le animó Ameria.

- Descarga de Magiddo -.

- ¿Qué? -.

- Si conseguimos reunir a todos esos demonios el hechizo de la Descarga de Magiddo hará el resto – explicó Zelgadis – La plaza es un buen lugar -.

- Me parece una buena idea, yo iré por este lado, tú encárgate de esa otra zona -.

- En caso de encontrarte con problemas hazme una señal -.

- Tranquilo, no me pasará nada -.

Su compañero la miró no muy convencido antes de separarse.

- ¡Eh¡vosotros! -.

Uno grupo de aquellos demonios dejaron sus tareas de robo y asesinato para atender a la jovencita que les amenazaba con el dedo.

- ¿No sabéis que lo que hacéis está muy mal, exijo que os detengáis en nombre de la Justicia -.

No sólo no obedecieron si no que salieron en persecución de la muchacha en cuestión.

Al llegar a la plaza Ameria llevaba un centenar de demonios persiguiéndola, después de todo qué mazoku no iba a intentar matar a una chica que cantaba como la princesa de Seyluun. Allí la esperaba Zelgadis conteniendo a duras penas otra horda de aquellos engendros.

- ¡Ameria, el hechizo! -.

- ¡Descarga de Magiddo! -.

Una inmensa columna de luz llenó toda la plaza arrastrando a los demonios para desterrarlos al plano astral.

Ameria se sentó en uno de los bancos, se encontraba exhausta.

- Buen trabajo – elogió el hechicero.

- Sigo perdiendo demasiada energía cuando realizo este hechizo, a Shilfild se le da mejor que... -.

La frase murió bruscamente en los labios de la princesa cuando Zelgadis la cogió en brazos y saltó a un lado. Desde el suelo Ameria observó espantada como el banco, en que estaba hacía un instante, ahora era un agujero en el pavimento. Una siniestra risa resonó en toda la plazoleta.

- ¡Da la cara! – gritó el quimera incorporándose.

- Te alteras con mucha facilidad, hechicero -.

De una callejuela surgió una sombra rojiza que se transformó en un imponente demonio. Era muy semejante a los anteriores pero de mayor envergadura, su piel rojo oscuro, a su espalda se desplegaban unas amplias alas membranosas y en sus ojos verdes brillaba una inteligencia de la que carecían sus otros congéneres.

- ¿Quién eres? – interrogó Ameria.

- Shurak, señor de los demonios sombra -.

- ¿Eso debería asustarnos? -. Zelgadis enarcó una ceja.

- No más de lo que tú asustas a la gente, quimera -.

La cólera invadió a Zelgadis.

- Shurak, abandona inmediatamente esta ciudad, te lo ordeno en nombre de la Paz y la Justicia, no voy a permitir que la buena gente de este lugar siga sufriendo por tu culpa -.

- ¿Y si no quiero? – el mazoku sonrió mostrando unos afilados dientes.

- Me obligaras a usar la fuerza -.

Shurak levantó ambas manos y lanzó un poderoso rayo de energía. Cuando los escombros se asentaron Ameria y Zelgadis comprobaron horrorizados como varias hileras de casa se habían volatilizado.

- ¡Eres un monstruo! -.

- Ameria no puedes razonar con él, es un demonio – gruñó el quimera.

- Eso sonó a Filia -.

- Tengo varios puntos en común con ella, sobre todo la "consideración" que le merecen los mazoku -.

Esquivaron un segundo ataque ocultándose entre las ruinas de las casas.

- No podemos seguir así, destruirá toda la ciudad -.

- Combinaremos hechizos -.

- Cobardes¿dónde os habéis metido? -.

Shurak avanzó entre los muros derruidos dispuesto a eliminar ese par de alimañas tan molestas.

- ¡Bendición Sagrada! -.

- ¡La-Tilt! -.

Una estrella arcana se formó bajo el demonio atacando directamente a su energía negativa mientras el hechizo más poderoso de la magia astral le daba de lleno.

- ¡Sí! – aplaudió la princesa al ver como se derrumbaba su enemigo.

- No cantéis victoria tan rápido – bramó Shurak, apenas estaba herido.

- Creo que tenemos serios problemas -.

Volvieron a esconderse ante una nueva descarga lanzada por el demonio.

- ¿Y ahora qué? – interrogó Ameria.

- El poder de Shurak como mínimo iguala el de Kanzel y Mazenda, con el inconveniente de que no tenemos ni la Espada de Luz de Gaudy ni la Espada Ragna de Rina – Zelgadis permaneció pensativo unos instantes antes de añadir – Nuestra única posibilidad es debilitarle hasta que podamos destruirle con un La-Tilt doble -.

- De acuerdo -.

Ambos saltaron de su escondite justo a tiempo de evitar convertirse en barbacoa.

- ¡Lanza Elmekia! -.

- ¡Vaina Astral! -.

Aprovechando el hechizo de la princesa como escudo Zelgadis se arrojó contra el mazoku espada en mano con terribles resultados, una de las garras de Shurak sujetó la mano que portaba el arma mientras con la otra lanzó una bola de energía al quimera.

- ¡Zel! -.

Ameria se arrodilló junto al cuerpo de su amigo, éste sangraba profusamente y no respondía.

- Ahora vas a ver... ¡Descarga de Magiddo! -.

La columna de luz envolvió a Shurak sin ningún resultado.

- ¿Eso pretendía ser un hechizo? – se burló su enemigo.

- Estoy demasiado débil – masculló Ameria – Pero no voy a rendirme... ¡Ah! -.

Haciendo uso de sus alas el mazoku se plantó ante la joven sacerdotisa, sin darle tiempo a reaccionar la mandó a volar de un brutal golpe.

- Siento como si me hubiera destrozado todas las costillas – pensó la princesa, incapaz de mover un músculo.

- Además de cobardes sois débiles – un sonriente Shurak se detuvo junto a su victima, lo que no hacía más que acrecentar su terrible aspecto – Muy pronto te reunirás con tu amigo en el otro mundo -.

Viendo como aquellas garras se aproximaban a despedazarla Ameria hizo un último esfuerzo, sacando fuerzas de donde no había se puso a cantar. Su voz se hizo más fuerte a medida que veía retroceder a Shurak, el demonio se cubría los oídos en un intento inútil de no escucharla.

- ¡Vaina Astral! -.

La espada se enterró en el cuerpo del mazoku hasta la empuñadura.

- Vete al infierno... ¡La-Tilt! -.

Shurak fue consumido por el hechizo en medio de agónicos rugidos. Zelgadis se desplomó agotado, desde el suelo sonrió a su compañera.

- ¿Estás bien? -.

- No puedo moverme, creo que no me queda ni un hueso sano – musitó Ameria – ¿Y tú? -.

- Algo chamuscado -.

- Necesito dormir... -.

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Parpadeó. Contempló un familiar dosel. Giró la cabeza, estaba en su habitación. Despacio se levantó de la cama, sentía como si la hubiesen molido a palos... entonces cayó en la cuenta de que eso era exactamente lo que había pasado. Comprobó que no tenía ni una herida, seguramente la llevaron de vuelta a la Capital para que trataran sus lesiones con magia.

- Debo llevar durmiendo una eternidad – se estiró y fue por un vestido que ponerse.

Lo primero que hizo fue ir a ver a su padre. Enarcó una ceja sorprendida al encontrar un par de guardias custodiando la sala de estar privada del príncipe Phil.

- Buenos días majestad, nos alegramos de su recuperación -.

- Muchas gracias – sonrió Ameria - ¿Mi padre está ocupado? -.

- Una importante reunión, apenas llevan un cuarto de hora ahí dentro, será mejor que vuelva más tarde princesa -.

- De acuerdo, en cuento termine avisadle de que me he despertado -.

- Descuide -.

Ameria se alejó por el pasillo camino de la Biblioteca. Asomó su cabeza, no había ni un alma a esas horas de la mañana.

- ¿Zel? -.

- Estoy aquí -.

A la vuelta de una de las estanterías la princesa encontró a su amigo bajando de una escalera con dos libros en la mano.

- Hola, ya veo que tú te recuperaste más rápido que yo -.

- Es por la piel, soporto mejor los hechizos, sin embargo tú llevas tres días durmiendo más los dos que tardamos en llegar a Seyluun -.

- ¡Cinco días! – exclamó Ameria – Así estaba de atrofiada... ¿has desayunado? -.

- Un té -.

- Pues ya me estás acompañando para desayunar en condiciones -.

Sin dejarle oportunidad de protestar Ameria le quitó los libros a Zelgadis, los depositó en una mesa y le arrastro del brazo hasta el comedor.

Los cinco días en ayunas habían convertido a la princesa en una Rina en potencia. Pidió un abundante desayuno y dio buena cuenta de él.

- Majestad, hay alguien que desea veros – informó un mayordomo.

- ¿A mí¿de quién se trata? -.

- Del príncipe de Calendom -.

- ¿Aidan, hazle pasar enseguida -.

Zelgadis frunció el ceño detrás de su taza.

El sirviente volvió con un joven de unos veinte años, su presencia no podía ser más aristocrática con aquellos caros ropajes y una magnífica espada al cinto; sin embargo el revoltoso cabello rubio oscuro, sus vívidos ojos castaños y aquella expresión desenfadada en su juvenil rostro rompían con su imagen de noble distinguido.

- ¡Aidan, qué alegría verte! – Ameria corrió a abrazarle.

- ¡Amechan! – el príncipe la recibió en sus brazos y devolvió el efusivo abrazo – Vaya, has crecido desde la última vez -.

La expresión del quimera se volvió más siniestra, si es que eso era posible. ¿A qué venía eso de Amechan?.

- Sí, fue hace unos cuatro años – respondió Ameria a la pregunta de Aidan.

- He venido otras veces pero nunca estabas en palacio, pensé que habías decidido imitar a tu hermana -.

- No, conocí a los que ahora son mis mejores amigos y he pasado mucho tiempo viajando con ellos – le agarró de la mano y le llevó junto al quimera que, a duras penas, consiguió suavizar su expresión – Aidan te presento a Zelgadis Graywords... Zel, éste es Aidan Dalfiros -.

Se estrecharon la mano a modo de saludo. El príncipe no ocultó la sorpresa que le causó el aspecto del quimera.

- Es un placer conocerle -.

- Igualmente -.

- ¿Vas a contarme algo de tus aventuras, Amechan? – interrogó Aidan – Supongo que habrás impartido la Paz y la Justicia allí por donde pasabas -.

- Lo intenté, pero es más difícil de lo que creía -.

- ¿Acaso derrotar a Gaarv, Fibrizo, Valgarv y Estrella Oscura te parece poco? – comentó Zelgadis, serio como de costumbre.

- ¡Qué¿¡eso es cierto? -.

- Sí... – la princesa se llevó una mano tras la cabeza.

- Pero ¿con quién has viajado para hacer eso? – Aidan la miraba perplejo.

- Con Zel, Gaudy Gabriev, Rina Invers... -.

- ¡Invers! -.

- ¿La conoces? -.

- Conozco a su hermana, la Caballero de Ceiphed – afirmó pensativo – Si esa Rina es la mitad de poderosa que su hermana debe ser temible -.

- Temible es poco para definir a Rina, sobre todo cuando le da por lanzar Drag Slave a diestro y siniestro – replicó Ameria recordando todas las catástrofes que había presenciado desde que conocía a la impulsiva pelirroja – Bueno¿y qué hay de ti, veo que ya te han ordenado caballero -.

- Fue fácil, ya sabes cuanto me gustaba combatir con la espada desde que era un crío, afición que tú odiabas y por lo que siempre acababas convenciéndome para jugar a la princesa justiciera -.

- Sí, recuerdo cuando te disfrazaste de dragón¡qué susto se llevo la baronesa Alianora! -.

Zelgadis permaneció en silencio mientras aquellos dos se contaban lo que les había pasado en los últimos años y compartían viejos recuerdos. Así descubrió que Aidan y su familia habían vivido en Seyluun como refugiados de guerra tras un golpe de Estado en el pequeño reino de Calendom, fue inevitable que Aidan y Ameria se convirtieran en compañeros de juegos de ahí que él la llamase Amechan.

- ¿Cómo es que de tus amigos sólo se quedó el señor Graywords? – preguntó el joven noble.

Ante semejante pregunta Ameria enmudeció, la cosa era complicada de explicar y no quería molestar al quimera.

- Busco una cura, Ameria me está ayudando a registrar todas las bibliotecas de la Capital -.

- ¿Una cura? -.

- Este no es mi aspecto real, cuando era joven fui engañado y transformado en quimera -.

Aquello sí que era raro¿Zelgadis contestando amablemente a preguntas sobre su pasado formuladas por un completo desconocido?; Ameria echó un breve vistazo a la ventana, no le hubiera extrañado nada que estuvieran lloviendo rábanos o que una vaca pasara volando.

- Parece que los tres no hemos tenido una niñez muy alegre que digamos – comentó con amargura el príncipe.

- Lo que no nos impide tener un espléndido futuro, desde que conocí a mis compañeros de aventuras soy la persona más feliz del mundo – sonrió Ameria – Así que anima esa cara, eres el heredero de un hermoso reino y una magnífica persona -.

- Pero sigue faltando algo... -.

- ¿Algo, no te entiendo -.

- Como ese "algo" sea lo que me estoy imaginando... -. La expresión de Zel volvió a ser del tipo "ni me mires o te tiro por la ventana".

- Mis padres están hablando con el tuyo, se supone que debería ser una sorpresa y hacerlo todo de manera formal pero ya sabes lo poco que me gusta el protocolo... -.

- Aidan, deja de dar vueltas y habla de una vez o acabaré trepando por las paredes – exigió la princesa, muerta de curiosidad.

- De acuerdo¿quieres casarte conmigo? -.

¡PLOF! Ameria con silla incluida acabó esturreada por el suelo.

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N. de A.: Arigato gozaimasu por vuestros reviews! Me he tirado mucho sin actualizar este fic, gomen, pero es que me daba pereza maquearlo y he andado bastante ocupada, además el cd donde estaba guardado fue absorbido por ese agujero negro que es mi habitación XP