El regalo

Ameria balanceaba las piernas. Bajo ella se extendía la hermosa Capital de Seyluun pero los pensamientos de la joven estaban bastante lejos de allí, centrados en la conversación que había tenido con Aidan y la más reciente con Zelgadis. Nada más Aidan la pidió en matrimonio el quimera abandonó la sala con la excusa de dejarles a solas para que discutiesen sus asuntos¡y un rábano, aquello había sido a todas luces una huida, elegante pero huida al fin y al cabo...

- ¿Qué respondes? – preguntó Aidan.

Y ella, lo más suavemente que pudo, lo rechazó.

- No puedo aceptar, eres un gran amigo Aidan pero... -.

- Pero no tanto como el señor Graywords -.

- ¿Qué, esto... yo... no... él... -.

- No soy tonto Amechan, tengo ojos y oídos – sonrió con acritud – Desde que llegué he escuchado los rumores de palacio, el mejor consejero a la hora de saber que ocurre entre sus muros, y la verdad es que no quise darles mucho crédito... hasta ahora -.

- ¿Tanto se nota? – inquirió avergonzada.

- Eres demasiado sincera y espontánea, nunca serás capaz de esconder lo que piensas o sientes – agitó la cabeza – Te desearía suerte pero no puedo, ese quimera no te merece, debió de hacer algo horrible para que lo transformaran en algo tan repugnante -.

- Te puedo asegurar que no hizo nada que mereciera ese castigo, fue traicionado por alguien de su propia familia -.

Y sin permitirle a Aidan responder, Ameria abandonó la habitación. Preguntando a todo aquel con el que se cruzaba siguió los pasos de Zelgadis, encontrándolo al final en los jardines. Se había sentado en un banco de piedra dando la espalda a la recién llegada.

- Zel -.

- ¿Ameria? – se volvió ligeramente sobresaltado, o eso le pareció a ella.

- Esto... ¿puedo sentarme? -.

El quimera asintió. Ella se sentó a su lado. Incómodo silencio.

- ¿Y bien? – Zelgadis le dirigió una mirada interrogante.

- Te has enfadado -.

- No... bueno, quizás un poco – reconoció ante la expresión acusadora de Ameria.

- ¿Por qué? -.

Evitó los ojos de la princesa. No podía afirmar en voz alta lo que ni siquiera era capaz de reconocer ante sí mismo.

- No me gustaba la actitud de Aidan, eso es todo -.

- ¿Qué es lo que te ha molestado, es de los pocos caballeros que no te ha desafiado nada más ver tu aspecto y se ha mostrado simpático en todo momento -.

- Ameria... sé a donde estás intentando llevar la conversación y sinceramente no quiero discutir contigo – Zelgadis se levantó bruscamente del banco.

- No te entiendo¿de qué huyes¿a qué le tienes miedo? – la princesa le persiguió.

- Yo tampoco te entiendo, esa maldita preocupación por alguien como yo de la que haces gala a todas horas -.

- ¿Cuántas veces tendré que repetirte que no me importa tu aspecto? -.

- ¡No es sólo mi apariencia, Ameria! – gritó el quimera - ¡Es también todo lo que hice¡hasta que os conocí era un ladrón y un asesino, mataba gente por orden de Rezo o a veces porque me apetecía¡despierta a la realidad de una maldita vez! -.

El rostro de la princesa se contrajo en un intento de reprimir el llanto, finalmente se echó a llorar y corrió al interior de palacio...

- ¡Es un idiota! -. Ameria contempló su ciudad al atardecer.

El sol prácticamente había desaparecido. Para poder continuar con su lectura Zelgadis encendió un candelabro y lo llevó a la mesa. Junto a la puerta de su habitación se enfriaba la cena que hacía poco más de 5 minutos le trajera un criado.

El quimera procuró concentrarse en el libro, sin embargo las letras bailaban ante sus ojos y su mente sufría los efectos de una horrible jaqueca.

- Quizás me he pasado... -.

Cerró los ojos. No podía seguir así, su razón contradiciendo a sus sentimientos.

- No debería haber venido desde un principio, sabía que algo así ocurriría – suspiró cerrando el libro - ¿Cómo lo llamó Rina?... ah, sí, "acoso y derribo"; y con lo cabezota que puede llegar a ser Ameria a veces, cuando se le mete algo entre ceja y ceja es que no hay quien pueda con ella -.

Cerró el libro y fue junto a la ventana. Poco a poco las luces se encendían en las calles y la agitación diurna de la Capital se reducía. Sin duda Seyluun era uno de los lugares más tranquilos y hermosos que había visitado.

- Podría quedarme aquí para siempre –. Peligroso pensamiento. Frunció el ceño.

Llamaron suavemente a la puerta. Ameria levantó la vista del documento que tenía entre manos.

- Adelante -.

- Disculpe que la moleste, ha llegado un paquete para usted -.

- ¿Un paquete¿quién lo manda? -.

- Proviene de Suiravidartse, del Imperio Elmekia y, por desconcertante que parezca, lo envía una tienda de música -.

- Magnifico, lo estaba esperando – afirmó Ameria – Nantrans, haz que lo lleven a mis aposentos, aún tengo que terminar de revisar algunos informes -.

- Enseguida, majestad -.

Ameria se apresuró en concluir sus tareas de la mañana y corrió a su habitación. Sobre la cama encontró el paquete con una nota.

- "A su majestad, la princesa Ameria Will Tesla Seyluun, le deseamos larga vida, prosperidad y salud...", que formales – sonrió divertida – "Hemos cumplido el encargo que nos hizo, los mejores artesanos han trabajado en el instrumento que tiene entre sus manos utilizando la más hermosa de las maderas, y esperamos que sea de su agrado. Si encontrase cualquier defecto o no le gustase el diseño haga el favor de comunicárnoslo y fabricaremos uno nuevo. Atentamente, el Maestro de maestros del gremio musical de Suiravidartse" -.

Desató las cuerdas y desgarró las múltiples envolturas del objeto, todo era poco para protegerlo. Finalmente las manos de Ameria cogieron la guitarra más hermosa que jamás había visto, tallada sobre una pieza de madera oscura, el artesano había usado las propias vetas negras de la madera como motivos decorativos.

- Es una maravilla, había oído hablar de los instrumentos musicales tan excepcionales que se fabricaban en Suiravidartse pero esto... – deslizó su mano por las cuerdas.

Alguien llamó a la puerta.

- ¿Ameria¿estás ahí? -.

- Shilfild, entra -.

La sacerdotisa sonrió ampliamente a su amiga nada más asomarse.

- ¿Molesto? -.

- No digas tonterías, entra de una vez y mira esto -.

Shilfild cogió la guitarra que le tendía Ameria.

- Seguiste mi consejo, no podías haber encontrado mejor regalo para Zelgadis -.

- ¿Crees que le gustará? – preguntó inquieta.

- Sí, es muy bonita, seguro que le va a gustar mucho – la tranquilizó su amiga.

- Espero que funcione, lleva casi dos semanas sin dirigirme la palabra -.

- Bueno, algo sí te ha dicho -.

- "Hola", "adiós" y monosílabos no cuentan Shil – replicó Ameria – Yo tengo la culpa de que la situación llegara a este punto -.

- Tú me dijiste que él te gritó -.

- Sí, pero sé porque lo hizo y en lugar de intentar arreglar las cosas opté por enfadarme, debe pensar que soy de lo más infantil -.

La princesa miró sorprendida a su compañera cuando ésta se echó a reír.

- ¿Qué es tan gracioso? -.

- Vosotros dos, esto es lo más parecido a una trifulca entre enamorados que he visto -.

Ameria enrojeció.

- He de volver a casa a preparar la comida antes que llegue mi tío, vendré luego a la tarde para que me cuentes que tal te fue -.

- Deséame suerte -.

- No la necesitas Ameria, sólo un consejo, olvídate del papel de regalo con corazoncitos al que tan aficionada eres; hasta la tarde – sonrió Shilfild antes de abandonar la habitación.

- Esto sí que es dejar a alguien solo ante el peligro... pero no pasa nada, el Amor y la Justicia están de mi lado – saltó sobre la cama adoptando una de sus apoteósicas poses para, casi de inmediato, dejarse caer sentada – Voy a morirme de vergüenza -.

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Esa mañana Zelgadis había decidido practicar un rato con la espada, tanto tiempo en una biblioteca le estaba agobiando. En el patio de armas había un puñado de guardias ejercitándose, le recibieron como a un compañero más y le invitaron a entrenar con ellos. Al principio aquella actitud sorprendió al quimera, entonces recordó que llevaba en palacio aproximadamente un mes y que aquellos hombres le conocían y sabían la amistad que le unía a la princesa.

Después de casi dos horas de esgrima su humor mejoró notablemente, llegando a reírse con algunas de las bromas de los soldados. Finalmente los guardias se marcharon a darse una ducha y cumplir con sus obligaciones, Zel prefirió quedarse un poco más.

- Hola -.

Al quimera por poco se le cae la espada del susto.

- ¡Ah, hola Ameria -.

- Disculpa, creo que molesto... ya volveré más tarde... – dijo ella empezando a retirarse.

- No, no, ya estaba terminando¿querías algo? -.

- Pues... -.

- ¿Qué llevas ahí? – inquirió el quimera al ver el paquete envuelto en tela gris oscuro.

- Es para ti – Ameria se lo tendió nerviosa a más no poder.

- ¿Para mí¿qué es? -.

- Ábrelo – le animó.

Zelgadis se sentó en uno de los bancos del patio mientras que Ameria, víctima de la ansiedad, permanecía de pie mirándole. Al retirar la tela los ojos de Zel se abrieron de par en par, aquella era la mejor guitarra que había visto nunca.

- ¿Te gusta? – preguntó la princesa.

- Es magnifica, una auténtica obra de arte – dijo él al tiempo que deslizaba una de sus manos por la madera.

- Es tuya -.

- ¿Qué? -.

- La encargué especialmente para ti, pensé que te gustaría... y que perdonarías mi actitud de estos últimos días – explicó Ameria, la cabeza baja, esperando nerviosa la reacción de su amigo.

Una dulce melodía invadió el patio. La princesa levantó la vista, Zelgadis se había decidido a estrenar su regalo.

- No tenías por qué regalarme la guitarra Ameria – dijo el hechicero dejando de tocar.

- No te entiendo -.

- Porque yo no tengo nada que perdonarte, soy yo el que debe disculparse, es más, te devuelvo la guitarra -.

- Ni hablar, es tuya -.

- Insisto -.

- No seas cabezota, la guitarra es un regalo y te lo vas a quedar como que me llamo Ameria Will Tesla Seyluun – replicó la princesa con tono autoritario.

- Con una condición -.

- ¿Cuál? -.

- No me presentes a más príncipes -.

Ella estalló en carcajadas.

- Trato hecho – aceptó, estrechando su mano para sellar el pacto - ¿Te apetece una comida al aire libre? -.

- De acuerdo -.

Unos criados les prepararon un improvisado picnic en un discreto lugar de los jardines. Zelgadis llevó su guitarra y Ameria todo el papeleo que no había terminado.

- ¿Qué problema hay? -.

- ¿Qué? – la princesa miró a su compañero.

- Tienes expresión de ir a golpear a alguien con el pesado puño de la Justicia – bromeó Zelgadis.

- Estoy atascada con este caso, es tan complicado que los tribunales han decidido pasárselo a la monarquía, para que luego digan que pertenecer a la realeza es un chollo – respondió ella, completamente frustrada.

- Déjame ver, a lo mejor puedo echarte una mano -.

Una hora después todos los documentos y problemas habían sido zanjados.

- En verdad funciona eso de que dos cabezas piensan mejor que una – afirmó Ameria – Muchas gracias por la ayuda, a veces esto parece interminable, yo no sé como hay a quien le divierten los problemas burocráticos -.

- Ahora sé porque aprovechas la menor oportunidad para irte de aventuras, defender la Justicia por ti misma es más divertido que tramitar todos estos documentos -.

- Lo peor es lidiar con el Consejo, la mayoría son ancianos demasiado conservadores y obstaculizan las ideas de mi padre – se tumbó sobre la hierba y cerró los ojos – Olvidemos un rato las obligaciones¿te parece? -.

Como respuesta escuchó las primeras notas de una nueva melodía tocadas en la guitarra. El suave calor del sol y la música terminaron por adormecerla.

- Ameria, he terminado de registrar la biblioteca de palacio -.

- Con el pase que te di tienes acceso a las bibliotecas de toda la ciudad – murmuró soñolienta.

- ¿Incluidos los templos? -.

- Sí -. Ameria giró su cabeza y observó como su amigo tañía hábilmente las cuerdas de la guitarra. – Eso parece difícil -.

- ¿Tocar la guitarra, es cuestión de práctica – dijo Zelgadis restándole importancia - ¿Quieres probar? -.

- Claro -.

La princesa cogió la guitarra, siguiendo las instrucciones del hechicero consiguió tocar algunas notas pero los acordes se resistían.

- No, así no –.

- Pues no sé cómo entonces -.

Exasperado Zelgadis se sentó detrás de Ameria y, tomando sus manos, la guió por los tres acordes básicos que pretendía enseñarle.

- Inténtalo sola -.

Esa vez lo consiguió, el sonido fue más o menos correcto.

- ¡Lo logré! – exclamó satisfecha.

- Un poco de práctica y podrás tocar alguna melodía sencilla -.

- Enséñame algunos acordes más, por fa -.

- Veamos... -.

- Hola chicos¿interrumpo algo? -.

Los dos levantaron la vista sobresaltados, no se habían percatado de la llegada del príncipe Phillionel. Entonces cayeron en la cuenta de la impresión que debían dar, Ameria en el regazo de Zelgadis, y se apartaron el uno de la otra lo más rápido posible y completamente rojos.

- Papá, no es lo que... -.

- Hija, no tienes que explicarme nada, sólo lamento haberos interrumpido – Phillionel sonrió malicioso – Te necesito en palacio un momento... y tú, señor Graywords, no te muevas de aquí, enseguida te devuelvo a mi hija -.

- ¡Papá! – protestó Ameria, abochornada.

- ¿Qué, no he dicho nada malo¿o sí? -.

- Vamos dentro antes de que me pongas más en ridículo -.

Phillionel fue implacablemente arrastrado hasta palacio por su hija mientras Zelgadis se quedaba en un estado de consternación absoluta.

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N. de A.: Perdón si resulte algo borde con lo de los reviews, no era mi intención. Ahora con el medidor de hits veo que lo lee bastante gente aunque no dejen mensaje; es algo curioso, pero en la sección de anime se dejan muy pocos en comparación a la de libros. Muchas gracias a todos los que os habéis molestado en tomaros un par de segundos y darme vuestra opinión.