¡HOLA A TODOS! Para referencias a mi estilo y a ciertos aspectos del fic, lean 'Littera Minima' y sus secuelas. Les ruego que se den una vuelta por el perfil de Ekléctica, donde encontrarán la línea de tiempo oficial: al principio de cada año aparecen las edades.

¡MUCHAS GRACIAS A MIS LECTORAS DE PRUEBA! Kala–neechan por reírse de mis locuras y a Yukime–chan por leer mis barrabasadas.

Un especial agradecimiento a Ekléctica, quien se dio el enorme trabajo de corregir el fic.

Una recomendación especial, si quieren ver este universo expandido, lean "Madness of Love", de Lady Seika Lerki y el omake "Lo que Sueño de ti" y las adorables miniserie "Familia" y "Futuro" de Ekléctica. Finalmente, y en este caso se recomienda mucho, "Luz Amatista", de Tsuyu Ryu, es una joya. Las conversaciones que las inspiraron a ellas, de paso me inspiraron a mí para retomar este hábito mío de escribir fanfictions. ¡VAYAN A LEER! =D

Saint Seiya, la trama y sus personajes pertenecen al Sr. Kurumada y a quienes han pagado por el derecho respectivo. No estoy ganando dinero con esto, nada más entretengo a mi imaginación y le doy más trabajo a mi Musa. D8 ¡NO TENGO FINES DE LUCRO!


ADVERTENCIA.

Principio 79 para ver y entender Manga o LEY TAKAHASHI #3: Cuando te peguen en la cabeza, es lo más natural del mundo caerse al suelo, dejar el tercer y cuarto dedo enroscados en tu palma y extender el resto.

Se pide criterio y discreción por parte de los lectores. No me hago responsable de castigos, lesiones, o penas capitales derivados de la lectura de este capítulo.


Capítulo 15: Ex Cordis (Desde el Corazón)

Santuario de Athena.

"¿Seguro no me estás haciendo trampa?" Preguntó Isabella con sospecha. Ikki puso cara de inocente y negó con la cabeza.

"Son ideas tuyas, mujer."

"Mi nombre es Isabella. No me digas mujer." La chica frunció el ceño. Resopló molesta. "Y si no me estás haciendo trampa… ¿Cómo es que yo tengo dos ases rojos y tú tienes un tercero?"

"Estas cartas se las pedí a Milo. ¿Qué esperabas?" Rezongó el santo de fénix, dando por concluido el juego. Isabella entrecerró los ojos. "Creo que Shun me llama. Disculpa." Ikki se puso de pie y desapareció con su característica celeridad.

"Hmpf." Isabella dejó las cartas a un lado y miró a su alrededor.

Kanon la había dejado sola hacia unos tres cuartos de hora, dado que había acompañado a Saga y a Dohko a una ronda de Santuario. La chica suspiró aburrida: jugar naipes no había sido tan buena idea después de todo. Ikki había sido el único que había accedido a jugar con ella, no más porque estaba tan aburrido él mismo, que cualquier cosa era buena para pasar el tiempo.

Lo peor de todo es que no tenía con quién conversar. Camus y Alsacia estaban echados en un sofá cercano, durmiendo una siestecita, muy abrazaditos. Milo y Alisa jugaban con su bebé y Kiki con Seiya. Mu leía unos libros y parecía demasiado concentrado en la lectura como para intentar molestarlo. Isabella estaba impaciente: mejor se buscaba algún sillón, tomaba un libro o intentaba dormir una siesta, o bien salía de aquella sala para hacer cualquier cosa que la ayudase a pasar el tiempo.

"¡Estoy Aburrida!" Gimió tras soplarse el flequillo. "Esto me pasa por hacerle caso al Tarado."

No lejos de allí, en el Salón Principal, Saori meditaba. Su cosmo flotaba tranquilo alrededor de ella, aunque la diosa tenía el ceño fruncido. Shaka y Shion supervisaban la meditación de la chiquilla, atentos a cualquier eventualidad que pudiera surgir. Afro observaba de cerca todo.

"Su Excelencia." Habló de pronto Afro. "¿Todo va bien? La princesa parece algo cansada." Shion asintió con la cabeza.

"Tranquilo, hijo. Hasta ahora no han surgido problemas." Aclaró Shion, quien se notaba muy expectante. "Mientras Gran Fuego no decida atacar a la diosa, tal como lo hizo conmigo, todo estará bien."

"Si lo intenta, se las verá conmigo." Anunció Shaka. "Hoy me levanté con un karma poco favorable, que me tiene de mal humor: estoy esperando que me den una excusa para liberar tensiones."

"¿Quieren callarse los tres?" Rezongó de pronto Saori de mala gana a través de su cosmo. "Me están desconcentrando."

Una gran gota orbitó por las cabezas de los presentes.


Reino de Auralis.

Las puertas del palacio fueron abiertas de par en par por los pocos escuderos que aún quedaban. Los senescales y los santos de Athena cruzaron las puertas y por inercia caminaron hasta el centro del enorme salón del trono. Como era de esperarse, se encontraron con un salón muy romano, aunque con algunas ideas de inspiración bárbara y otras cuyo origen no pudieron identificar. No correspondía, pero los santos no podían evitar hacer comparaciones con los rasgos culturales que les eran más familiares.

Ante el trono, había una pira, en donde ardía una llama de color azul pálido. Era evidente que el lugar había sido usado como dormitorio, lugar de descanso, centro estratégico e improvisada enfermería los últimos días, a juzgar por los implementos que podían distinguirse. Una vez allí… todos se quedaron quietos mirándose las caras. Hora de las presentaciones, pero antes…

"¡Serra Querida!"

"¡Veros con Bien Me Alegra El Corazón!"

"Creímos lo peor."

En alegre entusiasmo, los senescales rodearon a su compañera, saludándola con el cariño propio de los hermanos de armas que no se ven en mucho tiempo y que ansiaban el reencuentro. Los santos de Athena observaban la situación con respeto y sana alegría. Ellos sí sabían lo que se sentía reencontrarse con tus amigos tras largos e inciertos combates. Serra correspondió los saludos con cariño y alegría.

"No me iba a morir tan fácil, no cuando debía cumplir aquella misión." Serra explicó con cautela. Echaba en falta a dos de sus compañeros, pero no preguntó por ellos. Los sabía muertos y no quería remover aún ese recuerdo. Entonces miró a los santos. "Aunque si no hubiera sido por ellos, os aseguro que no estaría aquí."

"Yo tampoco." Aseguró Danju, que aún sostenía su costado. "También les debo una."

"Dama Serra. Has traído aliados poderosos, mas no tengo el gusto de saber con quienes he combatido." Dijo otro senescal, que aunque herido, tenía un aire simpático.

"Disculpadme, me dejé llevar." Dijo Serra algo sonrosada. "Ellos son…"

"Del Santuario de la diosa Athena, en el planeta Tierra, si no me equivoco." Dijo otra voz.

Un hombre salió entre unos cortinajes, más bien bajo y corpulento. Tenía una barba muy bien cuidada, aunque desatendida debido a los combates. Un parche le cubría el ojo derecho y al caminar rengueaba un poco. Llevaba una armadura magníficamente labrada, que lo cubría de pies a cabeza, al igual que una espada que no deslucía del resto del atuendo. Una capa azul purpúreo, abrochada con una fíbula en forma de águila, por sobre uno de sus hombros completaban el atuendo. Debía rondar los cincuenta o cincuenta y cinco años. Al verle, todos los senescales y escuderos, estuviesen heridos o no, se hincaron ante su presencia.

"Salve, Wamba, Rex de Auralis." Saludó uno de los Senescales, al tiempo que golpeaba su armadura con un puño, a la altura de corazón.

Los santos hicieron una respetuosa reverencia con la cabeza. Algo protocolar, pues no se iban a arrodillar ante esta persona. Ellos sólo se arrodillaban ante su diosa. Wamba asintió con la cabeza.

"Poneros de pie." Dijo tras caminar hasta su trono, sobre el cuál se sentó con pesadez. Su voz se oía muy severa y su único ojo se veía muy agotado… aunque eso no era raro, dadas las circunstancias. "Serra de Secrela, venid aquí." Pidió con una sonrisa.

La Senescal, sin dudarlo un segundo, se acercó al Rex hasta quedar junto al trono, ante el cuál se agachó, mirando a su señor hacia arriba. Wamba le tomó las manos y acarició con cariño: el mismo gesto que un padre dispensaría a su hija.

"Casi no cabía en mi de gozo cuando sentí vuestro regreso." Le dijo el Rex. "No creí que os vería de nuevo. Estoy orgulloso: habéis cumplido vuestra palabra y cumplisteis diligentemente la misión que os había encomendado."

Serra le sonrió y asintió con la cabeza. El Rex le indicó que ya podía retirarse, al tiempo que recorría con su único ojo a los santos de Athena.

"Vuestra señora refresca con su juvenil despreocupación." Admitió con una sonrisa. "Estuve hablando con ella. Vuestra señora está en contacto con Auralis y os envía sus bendiciones. Sin duda tiene un gran poder: si no se hubiera hecho cargo del campo, no habría podido conjurar aquél poder. ¿Quién de ustedes es Aioros de Sagitario?" El aludido dio un paso adelante y nuevamente hizo una reverencia con la cabeza.

"Yo soy. Aioros, Santo dorado de Sagitario. Athena nos pidió que ayudásemos en lo que pudiéramos."

"Así se me dijo. No sabes, muchacho, lo bienvenida que es vuestra ayuda… aunque dudo que podamos prevalecer por mucho tiempo más." El Rex se veía apesadumbrado. Aioros tragó saliva. "En Fin. ¿Quién os acompaña?"

"Los santos dorados Aioria de Leo y Shura de Capricornio, y la amazona de Plata Marín de Águila."

"Sed bienvenidos a lo que queda de Síax y Auralis." Anunció el Rex. Wamba sonrió con complicidad al descubrir la inocente mirada que Serra le dedicaba a Aioros. Al verse descubierta por su señor, la chica de inmediato fijó su vista en sus pies, roja como tomate. Wamba tan solo incrementó la complicidad que motivaba su sonrisa. "Me gustaría poder ofreceros mayor hospitalidad, pero las circunstancias me lo impiden." El Rex se puso de pie. "Disculpadme ahora… tengo que prepararme para el próximo combate."

Wamba se alejó y desapareció tras los mismos cortinajes por los que había aparecido. Los santos quedaron solos con los senescales, dos de los cuáles se dejaron caer al suelo. Inmediatamente la atención se volcó a ellos, dado que estaban ambos mal heridos, y hacia el resto de los Senescales, que también precisaban algo de ayuda.


Santuario de Athena.

Lo que empezó como un inocente estornudo, terminó como un fuerte y doloroso acceso de tos. Se sintió como si le hubieran raspado los pulmones y esófago desde adentro con un rallador. Saga se llevó las manos al cuello y al pecho, intentando con esta sencilla acción aplacar en algo las molestias que sentía. Kanon le dio algunas palmaditas en la espalda y Dohko le puso la mano en la frente para ver si tenía fiebre.

"¡Por Athena, Hijo!" Exclamó el santo de Libra tras retirar las manos. "¡Qué tos más fea! Por lo menos no tienes fiebre."

"¡No me digas que te vas a resfriar otra vez!" Chistó Kanon con el ceño fruncido. "Se supone que yo debería ser el enfermizo, no tú."

"Les agradezco la preocupación, pero no es nada." Saga no pudo evitar verter un poco de sarcasmo en sus dichos. El mayor de los gemelos se enderezó. "Es por la temporada de alergia, eso es todo."

Dohko y Kanon lo miraron con cara de circunstancias. Por alguna razón, desde que había sido revivido, Saga estaba muy propenso a tener fuertes resfriados, y más de tres al año. Esto no afectaba su desempeño como santo, en lo más mínimo, pero sí lograba mantenerlo en cama más de lo que él quería. Al menos no era un paciente difícil. El trío continuó con su ronda de Santuario tras unos momentos de silencio, la cuál ya estaba por terminar.

"Hmpf. Para estar seguros, dile a Astrea que te revise de pasada." Ordenó Dohko amistosamente. "No es el momento para caer resfriado."

"No estoy resfriado." Protestó Saga, quien dicho sea de paso, detestaba desde lo más profundo de su ser resfriarse con tanta facilidad. "Estoy sano como lechuga." Kanon le dio un empujón.

"No, no lo estás. Pero lo estarás." Le dijo su gemelo, no muy contento: no solo era un molesto que su hermano se resfriase, sino que a veces lograba preocuparlo y él no estaba para esos trotes. "Mejor te haces de la idea y previenes: una inyección hace maravillas."

"¡Pero Si Estoy Sano!" Gruñó Saga con más energía. Dohko le puso una mano sobre el hombre.

"Ya terminamos aquí." Anunció el santo de libra. "Ya que no tenemos nada qué hacer en lo inmediato, vamos a ver a Astrea ya que estamos cerca." No era una pregunta. Kanon sujetó a su hermano por el otro hombro.

"No hagas berrinche y obedece al Anciano Maestro y vamos por medicinas, hermano mayor." Le dijo Kanon con determinación. "No es divertido escuchar tus quejas de nena."

"¡No Quiero Ir Y No Me Quejo Como Nena!"

Así, y a regañadientes, Saga fue llevado a la rastra por su gemelo y el santo de Libra, en busca de Astrea de Erídano, quien debería estar en los alrededores. Después de todo, más vale prevenir que curar.


Reino de Auralis.

Flopsi, Revientatripas y cuatro criaturitas más de su misma especie, jugueteaban por todo el salón del trono, sirviendo de cuando en cuando de ayuda y para aliviar el estrés reinante. Los senescales se tomaron con prudente cautela la llegada de los santos en un comienzo, pero poco a poco se mostraron más abiertos, y ahora les miraban con amable curiosidad. Dadas las circunstancias, no podían ser más efusivos, pero nadie podía culparlos: habían pasado por mucho.

Aioria de Leo causó bastante sensación, debido a su habilidad de curar huesos rotos. Serra y Marín atendían heridas, las que Aioria no podía curar y que requerían vendajes. Shura había salido del salón junto con un senescal y dos escuderos para hacerle guardia a Gran Fuego. Aioros se mantenía ocupado siendo simpático y levantando el ánimo. De cuando en cuándo, su mirada se encontraba con la de Serra… lo cuál le granjeó algunos simpáticos comentarios.

"Tan Atenta como siempre Serra." Le dijo uno de sus compañeros, que tenía unos cortes bastante serios en ambos brazos, sin mencionar las quemaduras. "Decidme: ¿quién os acompaña?"

"Vos tan adulador como siempre." Le sonrió Serra. "Marín, él es Gondebaudo de Aíralguj, Senescal de los Trovadores."

"Mucho gusto, señor Gondebaudo." Le saludó Marín. Si bien no estaba acostumbrada al trato que se daban los senescales, ni a hablar parecido a ellos, prefería pasar por precavida. "No te muevas y deja que asegure este vendaje."

"Si se mueve y se lastima, merecido se lo tiene." Se burló Serra, ayudando a Marín en su tarea. "Bastantes me debe ya y si le duele, puedo dar la deuda por cobrada."

"¡Me herís con vuestras palabras, mi querida Dama Serra!" Gondebaudo fingió tristeza. Alzó una ceja al descubrir por accidente que Aioros volvía a mirarla de reojo. "Tenéis un picaflor rondándoos: ¿Sabéis si es digno de vos?" Serra se puso como tomate.

"Aioros es muy buena onda… digo, un gran hombre, un gran guerrero. Se ve despreocupado, pero esa es pura apariencia." Explicó Marín, sólo para sacar de apuro a Serra. El senescal asintió con suavidad, mirándola a la cara.

"Ya veo. Decidme, mi bella dama. ¿Por qué ocultáis el rostro tras aquella mascara?"

"Porque soy una amazona. Uso máscara para que los hombres no me menosprecien por el hecho de ser mujer en un combate."

"Tened Cuidado, Marín: Gondebaudo es hábil con las palabras y puede confundiros."

"No digas más Serra, arruinaréis mi reputación." Gondebaudo sonrió con coquetería, antes de volverse a Marín. "Quisiera ver vuestro rostro si no os molestáis: quien posee tan bella voz ha de ser igualmente hermosa." Marín se quedó estática con estas palabras, pero superada la sorpresa, respondió.

"Entonces te quedarás con la duda: las amazonas no podemos permitir que un hombre nos vea el rostro sin nuestro permiso." Explicó Marín. Aioria, algo celoso, se acercaba a paso lento hasta el trío. "Si vieras mi rostro, tendría que matarte o amarte."

"Pero os vería el rostro con vuestra venia." Insistió Gondebaudo. Serra reprimió una risita: ella sabía que la ley de la máscara se había suavizado, pero su compañero no tenía porqué saber eso. "No me importaría morir por tu mano… Qué linda cara que tienes, valgate Dios por muchacha, que si te miro me rindes, y si me miras, me matas."

Entonces, Aioria tomó a la fuerza el lugar de Marín y se quedó viendo al senescal con cara de haber bebido leche agria. Serra carraspeó y terminó de asegurar su vendaje. Marín en cambio se puso de pie con las manos en las caderas… y con varios sentimientos encontrados en el pecho.

"¿Algo en lo que pueda ayudar?" Gruñó el león. "¿Algún hueso roto?" La cara que tenía el santo de Leo fue demasiado evidente. Gondebaudo la interpretó enseguida.

"Disculpad, no sabía que estabais cortejando a esta bellísima doncella." Se disculpó el senescal, ante la intervención de Aioria. Marín se sentía halagada por el súbito interés que el León había demostrado en intervenir, pero al mismo tiempo no pudo evitar sentirse molesta, y vaya que lo hizo saber.

"Aioria de Leo NO me está cortejando." Afirmó cruzándose de brazos.

"AIORIA DE LEO está cortejando a Marín de Águila."

"Aioria de Leo ESTUVO cortejando a Marín de Águila, pero eso está en el pasado." La amazona se agachó junto a él de brazos cruzados. "Como no quiero cosas pasajeras, le desautoricé a que me siguiera cortejando." Añadió con firmeza. "Fue algo pasajero sin ataduras de ningún tipo." Dijo haciendo mofa de cierto tono usado por Aioria no hacía mucho. Esto enojó al león.

"Eso no era algo pasajero y lo sabes bien." Afirmó apretando los puños. "¿Cómo puedes llamarle a eso algo pasajero? ¡Maldita Sea! Tú sabes que Te Amo, no te voy olvidar eso nada más porque estás de caprichosa y quieres que siga la estúpida burocracia."

"¿Amarme tú? No me amas. Si me amaras, no te importaría firmar un estúpido papel." Gruñó Marín, tratando de tragarse el nudo en su garganta. La pareja se enfrascó en un concurso de miradas. Entonces Gondebaudo miró a Serra, quien se encogió de hombros.

"Creo que me metí a un nido de serpientes." Comentó con una gran gota en la cabeza.

Entonces, de improviso, se encendieron varios cosmos, entre ellos el de Shura, que advertían la proximidad de un nuevo ataque. El Rex Wamba salió precipitadamente de entre las cortinas, y los demás se asumieron una posición de batalla. Quienes habían estado sentados, ahora estaban de pie, listos para atacar. Nili, la joven escudera del senescal Galieno, entró a trastabillones.

"Mis señores, Gran Fuego ataca de nuevo. ¡Id A Las Murallas!"

Sin esperar más advertencia que esa, todos salieron del salón lo más rápido que pudieron. El Rex meneó la cabeza con preocupación, y se mordió los labios. Antes que Serra se alejase demasiado, la detuvo. Aioros, al notar esto, decidió esperarla en la puerta: podían arreglárselas algunos momentos sin él. Ya extrañaba estar junto a su querido Fantasma.

"Mi señor. ¿Pasa algo que me detenéis?" Preguntó Serra mientras se arrodillaba ante su señor. Wamba negó con la cabeza, y le acarició la mejilla.

"Serra, mi querida niña." Wamba dudó algunos instantes, pero se sacudió aquello que le incomodaba de la cabeza. Prosiguió. "¿Entendéis lo que dice la tradición?" Preguntó el Rex, quien se apresuró a añadir. "La Tradición restaura el genio creador de las culturas. Cuando se olvida, entonces vienen la crisis y los imperios caen."

"Eso le comprendo a medias mi señor." Confesó Serra, quien se veía impaciente por entrar en batalla. "Disculpad que sea tan poco paciente, pero no es momento de abstraerse en asuntos de esa naturaleza."

"Lo sé y lo entiendo, pero es necesario que lo comprendas ahora. Dijo Wamba con mucha calma. "Os lo explicaré: La tradición restaura el genio creador. Cuando se recurre a ella, las cosas resultan nuevas. Serra… hay algo dentro de ti, de las técnicas que tu Padre te enseñó, un secreto que bien comprendido, puede destruir a Gran Fuego." Wamba se detuvo a propósito. Sentía una ligera angustia por Serra… que sólo se incrementó cuando le echó un rápido vistazo a Aioros, que seguía esperando en la puerta. "Es la técnica del corazón. ¿Estarías dispuesta a sacrificar tu alma, por impedir que Gran Fuego aniquile todo cuánto existe?"

"No os entiendo, mi señor. Hablad claro: si hay algo que pueda hacer para eliminar esa calamidad, debo saberlo." Fantasma derramó algunas lágrimas. "¡Os ruego que habléis claro! Si hay algo en mi que pueda hacer para aniquilar esa PESTE, debo saberlo, mi señor."

"Más claro no puedo hablaros, mi niña." El Rex estaba visiblemente angustiado. "¡Entendedlo con estas palabras! Es lo que sale desde vuestro corazón. Ex Cordis Serrae." Serra no entendió palabra… o si lo hizo, no alcanzó a meditarlo en o inmediato. El Rex le hizo la seña que se pusiese de pie y le puso la mano sobre su hombro. "Vuestro caballero os espera. Id con él."

"¡Mi Señor! No es lo que vos…"

"No perdáis el tiempo, no me discutáis y haced lo que os ordeno. Id a la batalla." Ordenó el Rex, dándole la espalda. Avanzó unos cuantos metros antes de detenerse. "Vuestros ancestros han de estar orgullosos de vos." Dijo antes de desaparecer tras los cortinajes.

Serra se rascó la cabeza, visiblemente confundida, pensando en lo que su señor acababa de decirle. Entonces sintió la mano de Aioros que tomaba la suya.

"Vamos… o no quedará nada qué golpear."

"Os sigo, mi señor." Le sonrió la chica.

Tomados de la mano, se dirigieron al campo de batalla, el cuál ya resonaba con los ruidos del combate.

Continuará.

Por
Misao–CG


Próximo Capítulo: La Despedida

"¡ME LLEVA, MARÍN! Yo estoy bien." Aioria intentó incorporarse por sus propios medios. Sus manos estaban quemadas y de pronto escupió mucha sangre. "Es no más un raspón, ¡SAL, por amor a Athena, SALTE de aquí!" Marín le sujetó por los hombros, alterada por el estado de Aioria, y furiosa por la resistencia de éste a la ayuda…


PS: Tengan en mente lo del resfrío de Saga… el mayor de los gemelos será mi próxima víctima y el ligero resfrío que se pescó va a jugar una parte muy importante en el próximo fic. Ahora, los versos que Gondebaudo le dice a Marín y que provocaron los celos de Aioria, son de un poeta ecuatoriano del S. XVII, llamado Juan Bautista Aguirre. ¡GRACIAS POR LEER!

No creo necesario recordarles el significado de 'Ex Cordis Serrae'… pero por si las moscas, según yo significa 'Desde el Corazón de Serra.'