PROFECÍAS

por
Jerm

Capítulo 2
"Cabo Norte"


Janus caminó lentamente a la cima del Cabo Norte. No podía entender porqué el extraño querría algo tan vano y fácil de obtener como la nieve. ¿Porqué? Obviamente había algo mucho más profundo en este trato que el extraño ofrecía. Pero Janus no podía imaginar qué.

Cuando llegó a la orilla, escuchó algo atrás de él. Era indescifrable, así que meramente lo ignoró como si fuera el viento. Pero el sonido persistió, y pronto se volvió más fuerte y distinguible.

Eran las voces, habían regresado.

"Zeal, toda su gloria y riquezas, barridas al vacío por un criatura oscura…"

Janus reconoció su voz instantáneamente. Se detuvo sobre sus huellas y escuchó ansiosamente. No podía entender esas voces tampoco, ni lo que querían decir ni porqué venían ahora.

"Tú eras ese niño, Janus. ¿O no?"

Janus sonrió amargamente.

—No, ahora soy Janus.

"Alguna vez lo fui. Pero ahora soy Magus; Janus está muerto, desaparecido."

—No he desaparecido —murmuró Janus, discutiendo absurdamente con las voces—. Estoy justo aquí.

Janus entendió de repente lo que estaba haciendo. Estaba dejando que las voces llegaran a él. ¿Porqué haría eso?

Sólo consigue la nieve y sal de aquí, Janus. Estás recordando cosas desagradables, se dijo Janus a sí mismo, inclinándose para levantar un pequeño puñado de nieve.

"… Janus está muerto, desaparecido. Destruido por todo lo que soy y todo lo que he causado…"

—Cállate, Magus —replicó Janus al aire—. Todavía estoy aquí y siempre estaré aquí.

Tomó un poco de nieve y se incorporó, preparándose para marchar. Mientras se volvía para abandonar el cabo, las voces regresaron una última vez.

"Eso es lo que tú crees."

Janus cerró sus ojos y respiró profundamente. Sin una sola palabra, se fue. Por un momento, sintió que podía escuchar risas bajas tras él, pero lo atribuyó a su imaginación.

——

—¡Tengo tu encargo! —gritó Janus, azotando las puertas que daban al sótano y entrando rápidamente.

Como era de esperarse, el cuarto estaba vacío y oscuro. Janus ignoró eso y caminó hacia su lugar original, entre los braseros apagados. Había estado así el viaje entero por el castillo, sin dar a las voces un momento para burlarse de él. Aún con su paso rápido, podía escucharlas, hablando a lo lejos atrás de él, y desvaneciéndose antes de que pudiera descifrar las palabras que llegaban a sus oídos.

Janus se detuvo finalmente en el centro de ese quasi-templo. Nada se movió a su alrededor, pero se quedó donde estaba, esperando pacientemente. Pasaron vario minutos, pero nada más.

Janus miró con furia al vacío a su alrededor.

—¡Tengo tu "encargo"! — repitió, más alto que antes—. ¡Muéstrate para que podamos acabar con este estúpido asunto de una vez!

"¿Qué asunto?", preguntó una voz. Janus casi respondió, cuando se dio cuenta de que no se dirigían a él. Las voces habían regresado. Agitó su cabeza con furia.

—¡Deja las alucinaciones, no me afectan!

"Un pequeño asunto de asesinato, mi joven aprendiz", contestó otro, que Janus identificó como Ozzie.

Flash-backs. Eso era lo que estaba pasando. Era solamente el terreno familiar lo que traía cosas a su mente…

"¿A quién vamos a matar?"

"Humanos… ¿Te parece divertido… Janus?"

Janus sacudió su cabeza al escuchar su nombre. El cuarto estaba oscuro, pero podía distinguir a una figura ante él. Y no era el misterioso encapuchado.

—Ozzie… —dijo Janus con desdén, preparándose para pelear—. ¿Qué estás haciendo aquí?

La figura no respondió. En vez de eso, se le quedó viendo por un momento más, y entonces empezó a desvanecerse lentamente. Janus estrechó los ojos, tratando de seguir al fantasma, y después cerró los ojos completamente y trastabilló hacia atrás cuando los braseros se encendieron repentinamente. Janus ahogó un grito por el choque repentino a sus ojos, que escocían por el resplandor repentino. Se llevó la mano involuntariamente a sus dolidos orbes.

—Aquí estoy —dijo una voz familiar desde un lugar frente a él—. ¿Dónde está la nieve?

Janus abrió sus ojos lentamente, ajustándolos al brillo de la luz. Sin embargo, no se ajustarían lo suficiente como para que pudiera distinguir la silueta del alguien frente a él. El alguna vez mago bajó su mano y se irguió.

—Aquí la tengo —dijo fríamente, buscando algo en su capa y sacando un pequeño puñado de ella.

Janus empezó a avanzar para entregársela, pero una mano se tendió ante él, haciendo que se detuviera.

—No te me acerques. Lánzamela —indicó la figura con su mano. Janus miró con furia a la persona, pero hizo como le dijeron. Arrojó el puñado, que atravesó el aire. Empero, se detuvo de repente, con un pequeño movimiento de la mano del extraño.

Magia.

—¿Cómo… —empezó Magus, mirando a la persona con suspicacia renovada.

—Silencio —murmuró sombríamente el extraño, girando su manos y haciendo que el puñado hiciera eso, aún flotando por la magia. La semi-derretida nieve fue liberada del poder, y cayó al suelo y se derritió rápidamente por el ardiente calor de los braseros.

Janus observó calmadamente cómo se evaporaba el agua a los pies del extraño, y entonces se volvió otra vez a la figura indivisable.

—¿No es suficientemente buena para ti?

—Me servirá. —respondió la figura, agitando su mano y causando que lo que quedaba del montón regresara rápidamente a Janus.

Golpeó a Janus en el pecho, y él la atrapó antes de que cayera. Regresó el saco al interior de su capa, y repitió su pregunta.

—¿Cómo es que puedes usar magia?

—¿Es tan asombroso para ti? —parecía que la figura inclinó su cabeza; Janus imaginó que estaba sonriendo.

—Si no lo fuera, no preguntaría —asintió Janus.

—Seguramente —el extraño enderezó su cabeza, pero no mostró la más leve intención de responder la pregunta.

—¿Vas a…? —empezó Janus, cuando comprendió que la persona no iba a responder así como así.

—Tengo tu próximo encargo. Estoy seguro de que es más importante para ti que sólo un asunto que me concierne sólo a mí.

Janus miró con furia a la persona, y el extraño le correspondió. Era casi como ver a alguien mirarse en el espejo; así de similares eran los ceños de ambos.

—Dame mi encargo —asintió Janus finalmente.

—Ve a las ruinas del castillo de Zeal. Allí tomarás un libro de la biblioteca y me lo traerás.

Janus esperó que prosiguiera, pero la figura estaba callada como siempre.

—¿Qué libro querrías específicamente?

—Confío en que encontrarás alguno que me gusta. Simplemente pido un libro… nade en específico. Ése es tu encargo.

Entonces las flamas se extinguieron y Janus se encontró con que estaba solo otra vez. En vez de desperdiciar tiempo maldiciendo la oscuridad, se volvió y dejó su castillo.