Hola, hola, Luna de Acero reportándose.

Muy bien, hemos llegado al final. La idea de esta historia es de Hanasaki, ella comisionó esta historia y estoy feliz de que haya confiado en mi para vivir esta aventura.

Muchas gracias por haber elegido esta historia, gracias por seguir confiando, gracias por existir mis lunaceros amados!


Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de Isayama Hajime, la historia si es de mi completa invención.

Advertencias: Mención de muertes, muertes de personajes, escenas de violencia, leer con discreción, ya están debidamente advertidos. Si les han quedado dudas, tengan a bien escribirme un comentario, review y se las responderé. A disfrutar!


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"La condición de la vida es devorar lo que vive, y quien se sustraiga a ello,

por ese sentimiento al que llaman ternura, sucumbe siempre."

Wenceslao Fernández Florez

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El niño se carcajeó maravillado. Carla salió al patio de su casa, donde lo había dejado, para mirar qué era lo que lo hacía reír de esa manera.

La mujer tenía unos veintidós años, con su marido, un respetado cirujano, se habían mudado a esa casa enorme, llena de acres de terreno alrededor, después de todo había vivido la mayor parte de su vida en el campo, así que se sentía a gusto. Solo echaba en falta a su marido que debía manejar más de una hora de ida y vuelta cada día, de su trabajo en una clínica famosa de la ciudad, hasta allí.

Hace poco se había convertido en madre de un hermoso retoño que cumpliría dos años dentro de unos meses, tenía bonitos ojos color caramelo iguales a los de ella, aunque había momentos que por la luz llegaban a verse un poco verdes. Cualquiera que lo conocía se deshacía en halagos.

—¿Qué sucede, amor? —preguntó desde la puerta que daba a la cocina, el bebé estaba dentro de una cerca de maderas blancas y el perro de la casa, Ramón, un cachorro mastín napolitano, correteaba a su alrededor.

A veces el animal era demasiado bruto con su hijo, por lo que nunca dejaba de ir a echar un vistazo a cada minuto, pero también debía preparar el almuerzo.

Notó que su hijo miraba hacia el tejado de la casa y cada tanto estallaba en risas que a veces lo hacían caer de espaldas de lo escandalosas que eran. Salió limpiándose las manos en un repasador y miró hacia arriba, un apacible viento corría, apretó un poco los párpados por la resolana, sin embargo no vio nada extraño o inusual.

—¿Qué es, mi amor? ¿Una ardilla?

—Gobo, gobo —dijo el pequeño mientras levantaba sus brazos y aplaudía contento.

—¿Globo? ¿Dónde? Oh, será el sol... ¡Ramón! No le saltes encima, perro desobediente —regañó al cachorro, luego levantó un hueso de cuero que era del mismo, y se lo arrojó para que se fuera lejos y dejara en paz a su hijo.

Suspiró y volvió a la cocina. El infante siguió mirando con insistencia al mismo lugar y continuó riéndose.

La vida en la estancia era pacífica, había dos peones que se encargaban de algunos animales que tenían, no era la idea ser granjeros, pero eventualmente les gustaba salir a cabalgar, o que su hijo creciera en contacto con otros seres vivos, como patos, gallinas, había una vaca, una oveja y un cerdo. En un principio lo habían comprado para hacerlo a las brasas en Navidad, pero al ver que el niño se encariñaba con él, desistieron.

Ese día en la hora de la siesta, Carla arropó a su retoño en la cuna y decidió aprovechar para descansar un rato, fue apenas una hora, cuando se levantó fue a poner la tetera para un té, preparó una mamadera y regresó al cuarto del niño. Se sorprendió de que la ventana estuviera abierta, ¿la había dejado así sin darse cuenta? pero lo que le llamó la atención es que alrededor de la cuna y por encima del edredón del niño había flores silvestres. De seguro la ventisca las había traído de afuera.

Cerró la ventana y las recogió con diligencia, luego despertó a su hijo y le dio de comer.

Su hijo era un poco travieso, por lo que a medida que fue creciendo decidió que sería mejor que jugara dentro de la casa, si llegaba a saltar la cerca sería fácil que se perdiera. Un día estaba limpiando en la sala cuando lo escuchó cantando en la habitación de juegos, tarareaba un poco y soltaba palabras al aire, se acercó sigilosamente y lo escuchó desde la puerta.

—Pom, Pom, muñeco... la, la, la y cartón, la, la, arita, con pagua y con pavón...

Carla se rio de lo que balbuceaba y le pareció muy tierno, luego entró, lo encontró garabateando en una hoja con sus lápices de colores.

—¿Qué haces, mi amor? ¿Estás pintando?

—Sí.

—¿Qué dibujas? Oh... —exclamó agarrando una de las hojas, aunque no se entendía mucho, aún no manejaba muy bien la motricidad fina y todo eran puros garabatos—. ¿Es Ramón?

—No, Ramón, no, perro tonto.

—Hey, no digas eso, él es pequeño como tú, está aprendiendo. ¿Qué es esto?

—Levi —dijo señalando con su manito a un manchón en la hoja.

—¿Qué cosa? ¿Levi?

—Sí, gobo, Levi.

Carla frunció el ceño y miró alrededor, había algunos peluches de colores grises, tal vez se refiriera a eso.

—Bien, recuerda que una vez que termines de jugar debemos acomodar, ¿sí? Mamá estará en la sala, sé un buen niño.

—Sí.

Por la noche, cuando el niño ya estaba dormido en su cuna, fue a acostarse con su marido. Estaban agotados ambos, se abrazaron en las penumbras y se besaron con cariño.

—Vida... —dijo la mujer mirando con amor a su esposo—. ¿Cuándo fue que le enseñaste al pequeño la canción de Pin Pon?

—¿Qué canción? —dijo el doctor quitándose las gafas y dejándolas sobre la mesa de noche a su costado.

—Ya sabes, la que trata de cantar nuestro hijo, hoy lo escuché en la tarde. Grisha estaba cerrando sus ojos y carraspeó antes de susurrar una respuesta.

—No tengo idea de lo que me hablas, querida.

—No te hagas, yo no se la enseñé, la debes conocer, esa que dice "Pin Pon es un muñeco, muy guapo y de cartón, se lava las manitos con agua y con jabón", ¿no la conoces?

—Mmm, sí, sí la conozco, pero yo no le enseñé ninguna canción, estoy seguro. Carla se quedó preocupada, ella tampoco lo había hecho, entonces, ¿cómo?

—Ya, tranquila, de seguro Mauro o Jhonnie se la habrán cantado —indicó refiriéndose a los peones contratados.

Una que otra vez se habían acercado a la casa por agua o para almorzar, no era imposible, pero... de alguna manera no le convencía la explicación, pero tampoco podía encontrar otra, por lo que decidió no ser tan obsesiva y se acurrucó para descansar.

Aunque prefería encargarse ella misma de las tareas de la casa, era prácticamente una mansión de dos plantas, de manera que terminaba muy agotada con el mantenimiento, eventualmente aceptó una ama de llaves, una señora mayor, amable y muy eficiente con la limpieza y a veces con la comida, doña Clara. Además, se llevaba de maravillas con su hijo. La mujer tenía sangre indígena,

a veces cantaba en lengua mapuche a sus deidades, o le enseñaba sobre el uso de hierbas medicinales a Carla, quien estaba deslumbrada con esa sabiduría ancestral.

—Señora, no sé cómo se tomará esto pero... —dijo un día que estaban ambas en la galería abanicándose porque hacía un calor insoportable, el bebé estaba dormido sobre el sofá dentro.

—Pero… ¿qué? —la animó a seguir al ver que se detenía.

—Hay espíritus que habitan los bosques, sé que tal vez usted o su marido no son muy creyentes de estas cosas que le estoy diciendo, pero en verdad existen, se lo digo por experiencia.

—Bueno, supongo que hay de todo en este mundo, ¿por qué lo mencionas? ¿Hay algo que debería saber?

—Sí, hay un espíritu que ronda la casa —dijo la mujer mirando a Carla, pero no había preocupación en su mirada.

La madre sintió escalofríos, era respetuosa de esas creencias, aunque algo escéptica, sin embargo, algo en su intuición le indicaba que Clara le decía la verdad.

—No puedo asegurar que es exactamente lo que busca, pero algo es seguro, vela por el bienestar del niño. No busca hacerle daño, estoy segura de eso.

—Cómo... ¿cómo es que sabes eso? Dime todo, Clara, yo, te creo.

—Verá, a veces luego de la siesta, he encontrado pequeños "regalos" que le deja en la habitación

—revolvió entre sus ropas y sacó algo, extendió su palma hacia Carla.

Eran pequeñas bellotas, lustrosas y bonitas, dos piedritas blancas y una margarita algo machucada.

—Oh, Dios mío —exclamó la madre mientras se persignaba.

—No, no señora, no sienta miedo, se lo digo, no busca hacer daño. El niño lo llama y a veces lo dibuja.

—Levi —susurró llevándose una mano al pecho.

—Algo así, yo creo que es un espíritu bueno, no debe preocuparse.

En la cena le comentó sobre la charla a su marido, quien le dijo que eran inventos de viejas, que no creyera en esos cuentos. Su lado racional le indicaba que debía hacer caso a las palabras de su esposo, pero a la vez, muy en el fondo, no dejaba de preocuparse.

Cierto día, cuando el niño ya contaba con tres años, se encontraba en la sala y llamó a su hijo para que bajara a merendar, el niño, imprudente como era, salió corriendo a su llamado y al querer bajar las escaleras, el peso de su cabeza lo venció hacia adelante, fueron escasos segundos, pero Carla sintió que duraba una eternidad. Gritó asustada, corriendo hacia su hijo, segura de que no podría evitar que rodara, solo rogaba que no se lastimara de gravedad, y entonces, ocurrió un... milagro.

Cuando el niño cayó hacia adelante, a pocos centímetros de que su rostro impactara con una de las escalas, quedó suspendido en el aire, como si flotara o como si algo invisible lo sostuviera. Carla estaba en shock, subió los escalones a trompicones y al llegar abrazó a su hijo que seguía en el aire, sus pies no tocaban el suelo, ni sus manos, ni nada...

Lo abrazó contra su pecho mientras sentía que el corazón le explotaba dentro, sus piernas le fallaron y cayó sentada en las escalas mientras se largaba a llorar, aliviada de que el bebé estuviera a salvo, pero a la vez en su cabeza no podía procesar lo sucedido. Su cuerpo aún temblaba. Reaccionó cuando su hijo le tocó el rostro con sus manitos y lo miró.

—Mamá, mamá, ¿mamá triste?

—Mi amor, oh —volvió a abrazarlo y le llenó el rostro de besos.

Luego con extremo cuidado bajó los escalones hasta el sofá donde se desplomó, miró de nuevo hacia arriba, no había nada, mejor dicho, nada que ella pudiera ver al menos.

—Levi, si es que ese es tu nombre —dijo con la voz doblegada por las lágrimas anteriores—, gracias, gracias de verdad.

El tiempo fue pasando, su hijo fue creciendo, ya no faltaba mucho para que tuviera que ir a la escuela, era un niño fuerte, inquieto, apasionado. Iba como un ventarrón de un lado al otro, gritando y riéndose entre los animales, los peones, haciéndoles bromas (como esa vez que había escondido un sapito debajo de su almohada, lo que le valió un castigo). Carla amaba verlo feliz, ya no le daba miedo cuando exploraba los alrededores, aunque nunca dejaba de echarle un ojo. Era intrépido.

El niño se trepó a un árbol pequeño y se colgó de una de sus ramas, levantó la vista hacia arriba y sonrió contento cuando vio a su amigo observándolo desde allí.

—¡Vamos a juntar hormigas! —dijo mientras sorbía sus mocos, la fuerza de sus manos falló y se fue al suelo, pero la sombra lo atrapó antes de que su trasero rebotara en el mismo.

—No, las hormigas pueden lastimar tus manos —le susurró muy bajito y lo soltó, luego se apostó detrás del tronco y sacó parte de su cabeza para observar, como si se escondiera.

—Oye, ven, ven aquí, ¿qué haces?

El niño trató de perseguirlo y lo correteó alrededor del árbol hasta cansarse, tirándose de espaldas en el pasto y resoplando cansado.

—¡Eren! —lo llamó en un tonito musical, casi como un silbido muy divertido. El niño se rio fuerte y se sentó para mirarlo feliz.

—Levi tonto, ya te dije que no me llamo Reren.

La sombra se acercó con tanta velocidad que produjo un sutil revoloteo de hojarascas tras sus pasos, el niño entrecerró sus ojos y luego rio

—Sí, tú eres E-REN, EEEE-RENN. Después de tantos años, te encontré, eres tú, mi corazón lo sabe

—dijo apoyando sus extremidades sobre su pecho negro.

—Uuuuh, bueno, soy Eren entonces —concluyó el niño sin prestarle mucha importancia y luego observó detenidamente el rostro de su amigo—. ¡Vaya! Tú tienes ojos muy grandes, muy azules, me gustan.

La sombra sonrió complacida. Escucharon pasos cerca, era Mauro, uno de los peones que venía con una pala sobre el hombro, venía de la plantación, la sombra se replegó contra el suelo y lo miró con insistencia, sus grandes ojos azules no se movían de su objetivo, parecía refulgir, a Eren le recordó a un gato que había visto cerca de su escuela, en la ciudad, que luego saltó encima de una paloma. Llamó a su amigo muchas veces, pero parecía como si no lo escuchara, lo tocó en la cabeza con uno de sus dedos, se sentía frío y viscoso, como una rana, recién entonces el ente pareció reaccionar y giró su cabeza y lo observó.

—Hazme volar, anda, volemos, Levi, ¡volemos!

El empleado desapareció al doblar hacia el granero, de manera que se extendió como una alfombra, el niño se subió encima y lo hizo flotar alrededor del árbol, el infante reía a más no poder, el movimiento le hacía cosquillas en el estómago.

—¡Más alto, más alto!

Cuando regresó a su casa, entrada la tarde, su madre ya lo estaba llamando y el sol se estaba ocultando, vino lleno de barro en la ropa, la cara y el cabello lleno de hojitas y palitos.

—¡Será posible! Mírate nada más, siempre vienes en esas fachas, anda, te vas a bañar.

—¡Ay, no, mamá!

—Nada de no, a bañarse, tremendo cochino.

Se giraron al sentir como Ramón ladraba como desquiciado hacia el lugar de donde había venido el pequeño, tenía el lomo erizado y gruñía y aullaba.

—¡Basta, perro tonto! —lo regañó el niño con molestia.

Ese animal había intentado morder a Levi en varias ocasiones, Eren una vez le había pegado con un palo. Carla tomó al perro de la correa y lo arrastró a la casa para encerrarlo en el garage.

Esa noche, Mauro no regresó a la cabaña junto con su compañero. Jonnie fue hasta la casa de los patrones bien entrada la noche, preocupado porque había sentido ruidos raros y un grito desgarrador providente del bosque. Grisha tomó su rifle, le dio otro a su empleado y tomando un par de linternas salieron a buscarlo por los alrededores. Solo encontraron la camisa de Mauro, ensangrentada y un zapato, temieron lo peor, varios árboles estaban marcados con rasguños, al parecer de algún animal salvaje, encontraron pisadas de oso y decidieron regresar. Al día siguiente reportaron el hecho con la policía local, buscaron al hombre por alrededor de tres semanas, pero nunca dieron con su paradero, lo que, si confirmaron, era la presencia de osos pardos, a los que trataron de alejar con pirotecnia.

El niño estaba aburrido, todos esos días tuvo que pasar encerrado en su casa, su madre temiendo que corriera la misma suerte del peón. Una tarde, por la siesta, destrabaron la ventana de su cuarto y se escabulló al bosque, hambriento de libertad y aventuras, caminó y corrió feliz con Levi siguiéndole los pasos de cerca.

—Y si el oso tonto viene, le dispararé con mi arma —decía mientras empuñaba una rama entre sus manos—. Yo te protegeré, Levi, ya verás —le habló a la sombra que se acercó hasta él.

—Eren, ven conmigo, vamos a recorrer el mundo —le dijo entre susurros y le señaló el cielo—, hay muchas cosas por descubrir, a mi lado nada te faltará, tu y yo, juntos, de nuevo, como antes.

—¿Mamá puede venir?

—No, no necesitas a tu madre, me tienes a mí.

—Pero... yo si la quiero.

—Ella estará bien, lo prometo.

—Quiero volver —dijo el niño retrocediendo un paso, la sombra achicó sus ojos y apretó sus dientes.

No necesitas a nadie más que a mí, te haré feliz, te daré todo lo que me pidas.

—Quiero ir a casa —suplicó con la voz temblorosa, Levi suspiró molesto.

—Bien, no es necesario apresurarse, cuando ellos no estén, vendrás conmigo, pequeño, ya lo verás.

Cuando regresaban podían escuchar las voces de la niñera y su madre llamándolo a los gritos,

¿cuánto tiempo había pasado?

—¡Quieto! —ordenó Levi de repente y el niño lo miró asustado, detrás de la sombra vislumbró la bestial figura de un enorme oso greasly, era aterrador.

Carla levantó la vista cuando escuchó los gritos desaforados de su hijo y con el rifle en mano corrió desesperada a su encuentro, escuchó los bufidos y gruñidos de un oso y casi colapsa ahí mismo del miedo, pero su instinto materno fue más fuerte, corrió cuesta arriba, jadeando de manera brutal, Clara iba por detrás a mucha menos velocidad. Cayó de rodillas cuando llegó hasta la escena. El oso peleaba de una manera feroz con... algún animal de color negro, de extremidades largas y ojos azules, era en verdad espeluznante. Gateó hasta su hijo que tiritaba en un costado y lo abrazó contra su pecho, buscó refugio detrás de un árbol y allí se quedaron apostados, escuchando a esas criaturas pelear. No supo cuánto duró aquello, pero fue mucho, hasta que finalmente escuchó al oso gruñir sofocado y caer con todo el peso al suelo para no moverse más.

Clara la sostuvo de los hombros y la hizo volver a sus cabales, cuando se puso de pie y miró ambas quedaron estupefactas, el oso tenía el vientre abierto de par en par, cubrió los ojos de su hijo para que no presenciara esa masacre, el niño lloraba y pedía por Levi, pero no había rastros de la otra criatura, ¿habría sido su imaginación? Regresaron lo más rápido posible a la casa. Esa semana toda la familia durmió junta en la cama matrimonial, y paulatinamente las cosas volvieron a su curso habitual.

La sombra se subió al tejado, que había esperado por largos días, cuando escuchó a Eren entrando a la habitación para acostarse se deslizó y se metió por la ventana, se quedó en un rincón oscuro mientras sus ojos brillaban como brasas encendidas de color azul.

—¿Levi? —dijo el niño somnoliento—, ¿qué haces ahí? Ven que tengo sueño —dijo mientras golpeaba a su lado en la cama.

Ambos se acostaron de costado y se observaron, la sombra peinó con suavidad algunas hebras amarronadas del bonito cabello del niño y cantó para él su canción favorita, el niño le sonrió. Con sus dedos regordetes tocó el rostro de la sombra, tres cicatrices feroces de color verduzco le cruzaban por un lado de la cara, seguramente obra de las garras del oso.

—¿Te duele? —dijo el infante con tristeza, pero el ser negó—. Gracias por salvarnos.

—Por supuesto, yo daría mi vida por ti, mi pequeño, Eren.

Una vez que estuvo profundamente dormido, se acercó y aspiró el dulce vapor blanco que expedía su suave y rítmica respiración, sus ojos volvieron a refulgir. Carla observó desde la cama al pasillo, la habitación de su hijo permanecía a oscuras, sus ojos no se despagaban de las penumbras, entró como en un trance y pronunció las mismas palabras que salieron de la boca de la sombra en ese preciso momento:

—Te amo, Eren, ahora no volveremos a separarnos nunca, y siempre estaremos juntos por la eternidad.

Fin

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By Luna de Acero