Percy.
[¿Así que me toca narrar a mi?]
[Si. No quiero recordar lo que pasó en esta parte]
[Oh, vamos. ¡No fue tan malo! Quiero decir, ¡Creciste un par de pulgadas!]
[ … Ese fue el único beneficio de aquello, Percy. Sin importar que, seguirás siendo bajito para mí]
[¡Hey!]
[Solo narra la historia]
[Bien … Gruñón]
[¿Dijiste algo?]
[¡Que iba a comenzar a narrar! ¡Hehehe!]
Habia sido idea de Annabeth.
En Las Vegas nos hizo subir a un taxi como si realmente tuviéramos dinero y le dijo al conductor: - A Los Angeles, por favor. -
El taxista mordisqueó su puro y nos dio un buen repaso. - Eso son quinientos kilómetros. Tendréis que pagarme por adelantado. -
- ¿Acepta tarjetas de débito de los casinos? - Preguntó Annabeth esperanzada.
Debo de admitir que también estaba cruzando los dedos para que aceptara.
El hombre asintió mientras se encogía de hombros. - Algunas. Lo mismo que con las tarjetas de crédito. Primero tengo que comprobarlas. -
Annabeth le tendió su tarjeta verde LotusCash. El taxista la miró con escepticismo.
- Pásela. - Le animó Annabeth. El taxista pareció notar algo ominoso con la tarjeta, pero … Aun así pasó la tarjeta.
El taxímetro se encendió y las luces parpadearon. Marcó el precio del viaje y, al final, junto al signo del dólar apareció el símbolo de infinito. Al hombre se le cayó el puro de la boca. Volvió a mirarnos, esta vez con los ojos como platos.
- ¿A qué parte de Los Ángeles … Esto, alteza? - Logro balbucear el taxista.
Al lado de mi escuche a Dio resoplar. ¿Quien diría que tanto dinero podía cambiar la actitud de las personas? Bueno, aquí había un claro ejemplo de eso.
- Al embarcadero de Santa Mónica. - Annabeth se irguió en el asiento, muy
ufana con lo de "alteza". - Si nos lleva rápido, puede quedarse el cambio. -
- ¿Por qué tengo un mal presentimiento? - Dijo Dio tensó.
- Yo también. - Dijimos tanto Grover como yo al unísono.
Y el infierno comenzó.
Las sospechas de Dio fueron correctas. El cuentakilómetros del coche no bajó en ningún momento de ciento cincuenta por el desierto del Mojave.
En la carretera tuvimos tiempo de sobra para hablar. Les conté mi último sueño, y resulta que Diomedes había tenido un sueño similar al mío, pero ninguno de los podíamos recordar con exactitud los detalles. El Casino Loto parecía haber provocado un cortocircuito en nuestras cabezas que hizo que nuestros recuerdos se volvieran difusos. No recordaba de quién era la voz del sirviente invisible, aunque estaba seguro de que era alguien que conocía, un sentimiento compartido con Dio. Entonces, Diomedes menciono que el sirviente había llamado al monstruo del foso algo más aparte de "mi señor". Había usado un nombre o título en especial para referirse a el ahora que lo recordaba …
- ¿El Silencioso?. - Sugirió Annabeth. - ¿Plutón? Ambos son apodos para Hades. -
- A lo mejor. - Dijo mi hermano, pero no parecía muy convencido al respecto. Y sinceramente yo tampoco.
- Ese salón del trono se asemeja al de Hades. - Intervino Grover. - Así
suelen describirlo. -
Pero Dio meneo la cabeza en un gesto negativo.
- Aquí falla algo. El salón del trono no era la parte principal del sueño. Y la cosa del foso … No sé. Es que no se veía como un dios, sino un monstruo. -
Los ojos de Annabeth se abrieron como platos ante las palabras de mi primo.
- ¿Qué piensas? - Le pregunté. Esa expresión parecía indicación de saber algo.
- Eh … Nada. Sólo que … No, tiene que ser Hades. Quizá envió al ladrón, esa
persona invisible, por el rayo maestro y algo salió mal … -
- ¿Como qué? -
- No … No lo sé. - Dijo en respuesta. - Pero si robó el símbolo de poder de Zeus del Olimpo y los dioses estaban buscándolo … Me refiero a que pudieron salir mal muchas cosas. Así que el ladrón tuvo que esconder el rayo, o lo perdió. En cualquier caso, no consiguió llevárselo a Hades. Eso es lo que la voz dijo en el sueño tuyo y de Dio, ¿No? El tipo fracasó. Eso explicaría por qué las Furias lo estaban buscando en el autobús. Tal vez pensaron que nosotros lo habíamos recuperado. - Mientras decía todo eso Annabeth había palidecido un par de tonos.
- Pero si ya hubieran recuperado el rayo. - Contesté. - ¿Por qué habrían de enviarme al inframundo? -
- Para amenazar a Hades. - Sugirió Grover. - Para hacerle chantaje o sobornarlo para que te devuelva a tu madre. -
Dio dejó escapar un silbido impresionado. - Menudos pensamientos malos tienes para ser una cabra hippie. - Comentó el, y tuve que estar de acuerdo.
- Oh, vaya, gracias. - Resopló G-Man.
- Pero la cosa del foso dijo que esperaba dos objetos - Repuse. - Si el rayo maestro es uno, ¿Cuál es el otro? -
Grover meneó la cabeza. Annabeth me miraba como si supiera mi próxima pregunta y deseara que no la hiciese.
- Tú sabes lo que hay en el foso, ¿Verdad? - Le pregunté. - Vamos, si no es Hades. -
- Percy … No hablemos de ello. Porque si no es Hades … No; tiene que ser Hades. -
- Si tu lo dices. - Murmuró Dio a mi lado, el se dedicó a reflexionar mientras miraba por la ventana.
Dejábamos atrás eriales. Cruzamos una señal que ponía: "FRONTERA ESTATAL DE CALIFORNIA, 20 KILÓMETROS".
Tenía la impresión de que me faltaba una parte de información básica y crucial. Era como cuando miraba una palabra corriente que debía saber, pero no podía entenderla porque un par de letras estaban flotando. Cuanto más pensaba en mi misión, más seguro estaba de que enfrentarnos a Hades no era la respuesta. Estaba pasando otra cosa, algo incluso más peligroso.
El problema era que estábamos dirigiéndonos al inframundo a ciento cincuenta kilómetros por hora, convencidos de que Hades tenía el rayo maestro.
Si llegábamos allí y descubríamos que no era así, no tendríamos tiempo de corregirnos. La fecha límite del solsticio habría concluido y la guerra empezaría.
- La respuesta está en el inframundo. - Nos aseguró Annabeth. - Tu y Dio Han visto espíritus de muertos, Percy. Sólo hay un lugar posible para eso. Estamos en el buen camino. -
Intentó subirnos la moral sugiriendo estrategias inteligentes para entrar en la tierra de los muertos, pero Dio no le prestaba mucho atención y yo lograba concentrarme. Había demasiados factores desconocidos. Era como estudiar para un examen del que no conoces la materia. Y créeme, eso lo he hecho unas cuantas veces. El taxi avanzaba a toda velocidad. Cada golpe de viento por el Valle de la Muerte sonaba como un espíritu. Cada vez que los frenos de un camión chirriaban, me recordaban la voz de reptil de Equidna.
Al anochecer, el taxi nos dejó en la playa de Santa Mónica. Tenía el mismo aspecto que tienen las playas de Los Ángeles en las películas, aunque olía peor. Había atracciones en el embarcadero, palmeras junto a las aceras, vagabundos durmiendo en las dunas y surferos esperando la ola perfecta.
Dio, Grover, Annabeth y yo caminamos hasta la orilla.
- ¿Y ahora qué? - Preguntó Annabeth.
El Pacífico se tornaba oro al ponerse el sol. Pensé en cuánto tiempo había pasado desde la playa de Montauk, en el otro extremo del país, donde contemplaba un océano diferente. ¿Cómo podía haber un dios que controlara todo aquello? Mi profesor de ciencias decía que dos tercios de la superficie de la tierra estaban cubiertos por agua. ¿Cómo podía yo ser el hijo de alguien tan poderoso?
Me metí en las olas.
- ¡Percy! - Me llamó Annabeth.
- ¡Aquaboy! ¿Qué estás haciendo? - Me gritó Dio.
Seguí caminando hasta que el agua me llegó a la cintura, después hasta el
pecho.
Annabeth gritaba a mis espaldas: - ¿No sabes lo contaminada que está el agua? ¡Hay todo tipo de sustancias tóxicas!
- ¡Que asco! - Grito Grover, mientras escuchaba reír a mi primo.
En ese momento metí la cabeza bajo el agua.
Al principio aguanté la respiración. Es difícil respirar agua intencionadamente. Al final ya no pude aguantarlo. Tragué … No había duda, respiraba con normalidad.
Bajé hasta los bancos. No se veía nada con aquella oscuridad, pero de algún modo sabía dónde estaba todo. Sentía la textura cambiante del fondo. Veía las colonias de erizos en las barras de arena. Incluso distinguía las corrientes, las frías y las calientes, así como los remolinos que formaban.
Sentí una caricia en la pierna. Miré hacia abajo y por poco subo hasta la superficie como un misil. Junto a mí había un tiburón mako de un metro y medio de longitud. Pero el bicho no atacaba. Tan sólo me olisqueaba. Me seguía como un perrito.
Le toqué la aleta dorsal con cautela y el tiburón corcoveó un poco, como invitándome a agarrarme con fuerza. Me así a la aleta con las dos manos y el escualo salió disparado, arrastrándome con él.
Me condujo hacia la oscuridad y me depositó en el límite mismo del océano, donde el banco de arena se despeñaba hacia un enorme abismo. Era como estar al borde del Gran Cañón a medianoche, sin ver demasiado pero consciente de que el vacío está justo ahí.
La superficie brillaba a unos cincuenta metros por encima. Sabía que la presión debería haberme aplastado y que, desde luego, tampoco debería estar respirando. Sin embargo … Me pregunté si habría algún límite, si podría zambullirme directamente hasta el fondo del Pacífico.
Entonces algo brilló en la oscuridad de abajo, algo que se volvía mayor a medida que ascendía hacia mí. Una voz de mujer muy parecida a la de mi madre me llamó: - Percy Jackson. -
Siguió acercándose y su forma se hizo más clara. La melena negra ondeaba alrededor de la cabeza y llevaba un vestido de seda verde. La luz titilaba en torno a ella, y sus ojos eran tan bonitos y llamativos que apenas reparé en el hipocampo que montaba.
Desmontó el caballo marino y el tiburón mako se apartaron y empezaron a jugar a algo similar al tú la llevas.
La dama submarina me sonrió. - Has llegado lejos, Percy Jackson. Bien hecho. -
No estaba muy seguro de cómo comportarme, así que hice una reverencia.
- ¿Eres la mujer que me habló en el río Mississipi? -
- Sí, niño. Soy una nereida, un espíritu del mar. No fue fácil aparecer tan río arriba, pero las náyades, mis primas de agua dulce, me ayudaron a mantener mi fuerza vital. Honran al señor Poseidón, aunque no le sirven en su corte. -
- ¿Y tú sí le sirves en su corte? - Pregunte y ella asintió en respuesta.
- Hacía mucho que no nacía un niño del dios del mar. Te hemos observado con gran interés. -
De repente recordé los rostros en las olas de la playa de Montauk cuando era un niño, reflejos de mujeres sonrientes. Como en tantas otras cosas raras en mi vida, no había vuelto a pensar en ello.
- Si mi padre está tan interesado en mí. - Comencé a decir. - ¿Por qué no está aquí? ¿Por qué no habla conmigo? -
Una corriente fría se alzó de las profundidades.
- No juzgues al Señor del Mar demasiado severamente. - Me aconsejó la nereida. - Se encuentra al borde de una guerra no deseada. Tiene muchos problemas que resolver. Además, se le prohíbe ayudarte directamente. Los dioses no pueden mostrar semejantes favoritismos. -
- ¿Ni siquiera con sus propios hijos? - Cuestioné apretando los puños.
- Especialmente con ellos. Los dioses sólo pueden actuar por influencia indirecta. Por eso yo te daré unos avisos, y un regalo. - Extendió la mano y en su palma destellaron cuatro perlas blancas. - Sé que te diriges al reino de Hades. - Prosiguió diciendo. - Pocos mortales lo han hecho y sobrevivido para contarlo: Orfeo, que tenía una gran habilidad musical; Heracles, dotado de enorme fuerza; Houdini, que podía escapar incluso de las profundidades del Tártaro. ¿Tienes tú alguno de esos talentos? -
- Yo … Pues no, señora. - Si ella lo ponía así, mis esperanzas de salir con vida del inframundo fueron aplastadas.
Pero al momento siguiente una luz de esperanza brillo con lo siguiente que dijo la nereida.
- Ah, pero tienes algo más, Percy. Posees dones que sólo estás empezando a descubrir. Los oráculos han predicho un futuro grande y terrible para ti, si sobrevives hasta la edad adulta. Poseidón no va a permitir que mueras antes de tiempo. Así pues, toma esto, y cuando te encuentres en un apuro rompe una perla a tus pies.
- ¿Qué pasará? -
- Eso dependerá de la necesidad. Pero recuerda: lo que es del mar siempre regresará al mar. -
- ¿Qué hay de las advertencias? - Dije recordando que la nereida había mencionado algo al respecto de unos avisos.
Sus ojos emitieron destellos verdes. - Haz lo que te dicte el corazón, o lo perderás todo. Hades se alimenta de la duda y la desesperanza. Te engañará si puede, te hará dudar de tu propio juicio. En cuanto estés en su reino, jamás te dejará marchar voluntariamente. Mantén la
fe. Buena suerte, Percy Jackson. -
- ¿Y la otra … ? - Pregunté.
Los ojos de ella se oscurecieron. - Ten mucho cuidado con Diomedes Wilson. - Dijo dejándome sin palabras.
Pero antes de que pudiera cuestionar sus palabras, la nereida llamó a su hipocampo, montó y cabalgó hacia el vacío.
- ¡Espera! - Grité. - En el río me dijisteis que no confiara en los regalos. ¿Qué regalos? ¿Y a qué te refieres a que tenga cuidado con Dio? -
- ¡Adiós, joven héroe! - Se despidió mientras su voz se desvanecía en las profundidades. - ¡Escucha tu corazón! - .Se convirtió en una motita de luz verde y desapareció.
Quise seguirla, conocer la corte de Poseidón y poder entender que tiene de malo Dio, Serás traicionado por quien se dice tu amigo, ¡NO! Dio es más que mi amigo, es mi familia, mi hermano. Pude haber seguido pensando al respecto pero miré hacia arriba, al atardecer que oscurecía la superficie. Mis amigos esperaban.
Teníamos tan poco tiempo … Así que nadé hasta la superficie.
Cuando llegué a la playa, mis ropas se secaron al instante. Les conté a Dio, Grover y Annabeth todo lo ocurrido y les enseñé las perlas, con la excepción con la advertencia referente a mi primo.
Annabeth hizo una mueca. - No hay regalo sin precio. -
- Éstas son gratis. -
- No. - Sacudió la cabeza. - "No existen los almuerzos gratis". Es un antiguo dicho griego que se aplica bastante bien hoy en día. Habrá un precio. Ya lo verás. -
- Que entusiasta. - Comento Dio con una sonrisa sarcástica.
Con tan feliz comentario, le dimos la espalda al mar.
Con algunas monedas que quedaban en la mochila de Ares subimos a un autobús hasta West Hollywood. Dio le enseño al conductor la dirección del inframundo que habíamos sacado del Emporio de Gnomos de Jardín de la tía Eme, pero jamás había oído hablar de los estudios de grabación El Otro Barrio.
- Me recuerdas a alguien que he visto en la televisión. - Nos dijo. - ¿Eres un niño actor o algo así? -
- Bueno, actuamos como dobles en escenas peligrosas … Para un montón de niños actores. - Respondió Dio de manera ambigua.
- ¡Oh! Eso lo explica. - Pero el señor se lo tragó como si tuviese sentido. ¿Cosa de Los Ángeles?
Le dimos las gracias y bajamos rápidamente en la siguiente parada.
Caminamos a lo largo de kilómetros, buscando El Otro Barrio. Nadie parecía saber dónde estaba. Tampoco aparecía en el listín. En un par de ocasiones tuvimos que escondernos en callejones para evitar los coches de policía.
Me quedé atónito delante de una tienda de electrodomésticos: en la televisión estaban emitiendo una entrevista con alguien que me resultaba muy familiar: mi padrastro, Gabe el Apestoso. Estaba hablando con la célebre presentadora Barbara Walters; quiero decir, en plan como si fuera famoso. Ella estaba entrevistándolo en nuestro apartamento, en medio de una partida de póquer, y a su lado había una mujer joven y rubia, dándole palmaditas en la mano.
Una lágrima falsa brilló en su mejilla. Estaba diciendo: - "De verdad, señora Walters, de no ser por Sugar, aquí presente, mi consejera en la desgracia, estaría hundido. Mi hijastro y su amigo se llevó todo lo que me importaba. Mi esposa … Mi Cámaro … L-lo siento. Todavía me cuesta hablar de ello". -
- "Lo han visto y oído, queridos espectadores." - Barbara Walters se volteó hacia la cámara. - "Un hombre destrozado. Un adolescente con serios problemas. Permítanme enseñarles, una vez más, la última foto que se tiene del joven y perturbado fugitivo, tomada hace una semana en Denver." -
En la pantalla apareció una imagen granulada de Dio, Grover, Annabeth y de mi de pie fuera del restaurante Colorado, hablando con Ares.
- "Podemos reconocer a Diomedes Wilson en esta imagen, pero, ¿Quiénes son los otros niños de esta foto?" - Preguntó Barbara Walters dramáticamente. - "¿Quién es el hombre que está con ellos? ¿Es Percy Jackson y Diomedes Wilson unos delincuentes, unos terroristas o las víctimas de un lavado de cerebro a manos de una nueva y espantosa secta? Tras la publicidad, charlaremos con un destacado psicólogo infantil. Sigan sintonizándonos."
Sentí una mano apoyarse en mi hombro. - Vamos. - Me dijo Dio. Tiró de mí antes de que destrozara el escaparate de un puñetazo.
Annabeth y Grover no dijeron nada, pero nos miraron con simpatía.
Cayó la noche y los marginados empezaban a merodear por las calles.
A ver, que no se me malinterprete. Soy de Nueva York y no me asusto fácilmente. Pero Los Angeles es muy distinto de Nueva York, donde todo parece cerca. No importa lo grande que sea la ciudad, se puede llegar a todas partes sin perderte.
La disposición de las calles y el metro tienen sentido. Hay un sistema para que las cosas funcionen. En Nueva York, un niño está a salvo mientras no sea idiota. Los Angeles no es así. Es una ciudad extensa y caótica en la que resulta difícil moverse. Me recordaba a Ares. No le bastaba con ser grande; tenía que demostrar que era grande siendo además escandalosa, rara y difícil de navegar.
No sabía cómo íbamos a encontrar la entrada al inframundo antes del día siguiente, el solsticio de verano. Nos cruzamos con miembros de bandas, vagabundos y gamberros que nos miraban intentando calibrar si valía la pena atracarnos, pero la mayoría retrocedían por una mirada de los ojos de Dio. Que conveniente. Al pasar por delante de un callejón, una voz desde la oscuridad me llamó.
- Eh, tú. - Como un idiota, me detuve.
Antes de que nos diéramos cuenta, estábamos rodeados por una banda. Seis chicos con ropa cara y rostros malvados. Como los de la academia Yancy: mocosos ricos jugando a ser chicos malos y parecían ser lo suficientemente idiotas como para enfrentarnos a pesar de la mirada fulminante de mi Mowgli. Instintivamente destapé el bolígrafo, y cuando la espada apareció de la nada los chavales retrocedieron, pero el cabecilla era o muy idiota o muy valiente, porque siguió acercándose hacia mi empuñando una navaja automática.
- ¿Es en serio … ? - Murmuró Dio, y yo estaba de acuerdo. Estábamos perdiendo mucho tiempo aquí.
Cometí el error de atacar debido a mis apuros.
El chico gritó. Debía de ser cien por cien mortal, porque la hoja lo atravesó sin hacerle daño alguno. Se miró el pecho.
- ¿Qué demo … ? - Dijo el chico.
Supuse que tenía unos tres segundos antes de que la consternación se convirtiera en ira.
Antes de pudiera decir algo, Dio le propinó una patada al chico en su pierna dejándolo aturdido. Nosotros aprovechamos la distracción de todos.
- ¡Corred! - Grité a Annabeth y Grover.
Apartamos a dos chavales de en medio y los tres corrimos por la calle, sin saber adonde nos dirigíamos. Giramos en una esquina.
- ¡Allí! - Exclamó Annabeth.
Sólo una tienda del edificio parecía abierta, los escaparates deslumbraban de neón. En el letrero encima de la puerta ponía algo como: "ALPACIO LEDAS SACAM DE AUGADE CRSTUY".
- ¿Al Palacio de las Camas de Agua Crusty? - Nos tradujo Grover.
No sonaba como un lugar al que yo iría a menos que me encontrara en un serio aprieto, pero de eso se trataba precisamente. Entramos en estampida por la puerta y corrimos a agacharnos tras una cama de agua. Un segundo más tarde, la banda de chicos pasó corriendo por la acera.
- Los hemos despistado. - Susurró Grover.
Una voz retumbó a nuestras espaldas. - ¿A quién habéis despistado? -
Los cuatro dimos un salto.
Detrás de nosotros había un tipo con aspecto de rapaz y ataviado con un traje años setenta. Medía por lo menos dos metros y era totalmente calvo. De piel grisácea, tenía párpados pesados y una sonrisa reptiloide y fría. Se acercaba lentamente, pero daba a entender que podía moverse con rapidez si era preciso.
El traje, del todo propio de los setenta, habría podido salir del Casino Loto. La camisa era de seda estampada de cachemira, y la llevaba desabrochada hasta la mitad del pecho, también lampiño. Las solapas de terciopelo eran casi pistas de aterrizaje y llevaba varias cadenas de plata alrededor del cuello.
- Soy Crusty. - Gruñó con una sonrisa manchada de sarro.
- Perdone que hayamos entrado en tropel. - Le comenzó a decir Dio. - Sólo estábamos … Mirando. -
- Quieres decir escondiéndose de esos gamberros. - Rezongó el extraño sujeto. - Merodean por aquí todas las noches. Gracias a ellos entra mucha gente en mi negocio. Díganme, ¿Les interesa una cama de agua? -
Iba a decir "No, gracias", pero él me puso una zarpa en el hombro y nos condujo a la zona de exposición. Había toda una colección de camas de agua de las más diversas formas, cabezales, ornamentos y colores; tamaño grande, tamaño supergrande, tamaño emperador del universo …
- Éste es mi modelo más popular. - Orgulloso, Crusty nos enseñó una cama cubierta con sábanas de satén negro y antorchas de lava incrustadas en el cabezal. El colchón vibraba, así que parecía de gelatina. - Masaje a cien manos. - Informó. - Venga, probadlo. Acuéstense en plancha, echad una cabezadita. No me importa, total hoy no hay clientes. -
- Pues … - Musité.
- No creo que … - Parlo Dio, pero fue interrumpido.
- ¡Masaje a cien manos! - Exclamó Grover, y se lanzó en picado. - ¡Eh, chicos! ¡Esto está genial! -
- Hum. - Murmuró Crusty, acariciándose la coriácea barbilla. - Casi, casi. -
- Casi ¿Qué? - Le pregunté.
Miró a Dio y a Annabeth. - Háganme un favor y prueba ésta, pequeños. Podría irles bien. -
- Pero … - Intento decir Annabeth.
- ¿Que? - Dijo Dio confundido.
Él le dio unas palmaditas en la espalda a ambos para darle confianza y los condujo hasta el modelo Safari Deluxe, con leones de madera de teca labrados en la estructura y un edredón de estampado de leopardo. Annabeth y Dio no querían tumbarse en la cama, pero Crusty los empujó.
- ¡Eh, oiga! - Protestó la listilla.
- ¡Pésimo servicio! - Exclamó Mowgli irritado.
Crusty chasqueó los dedos. - ¡Ergo! -
Súbitamente, de los lados de la cama surgieron cuerdas que amarraron a Dio y a Annabeth al colchón. Grover intentó levantarse, pero las cuerdas salieron también de su cama de satén y lo inmovilizaron.
- ¡N-n-no m-m-me g-gu-u-usta-a-a! - Aulló, la voz vibrándole a causa del masaje a cien manos. - ¡N-n-no m-m-me g-gu-u-usta-a-a na-a-a-da! -
El gigante miró a Annabeth y a Dio, quien le fulminaba con la mirada con sus ojos en forma de cruces doradas totalmente furioso. Crusty se estremeció por su mirada, y debo de admitir que yo también. Luego el gigante se voltio hacia mí y me enseñó los dientes mientras ignoraba la mirada hostil de Mowgli.
- Casi, mecachis. - Lamentó. Intenté apartarme, pero su mano me agarró por la nuca. - ¡Venga, chico! No te preocupes. Te encontraremos una en un segundo. -
- Suelte a mis amigos. -
- Oh, desde luego. Pero primero tienen que caber. -
- ¿Qué quieres decir? -
- Verás, todas las camas miden exactamente ciento ochenta centímetros. Tus amigos son demasiado cortos. Tienen que encajar. - Se explicó el gigante.
Annabeth y Grover seguían forcejeando. Dio se mantenía tranquilo, excepto por su ceño fruncido. Mowgli parecía estar planeando empalar al gigante con su lanza, o darle una buena golpiza con sus nudilleras.
- No soporto las medidas imperfectas. - Musitó Crusty. - ¡Ergo! -
Tres nuevos juegos de cuerdas surgieron de los cabezales y los pies de las camas y sujetaron los tobillos y hombros de Dio, Grover y Annabeth. Las cuerdas empezaron a tensarse, estirando a mis amigos de ambos extremos.
- No te preocupes. - Me dijo Crusty. - Son ejercicios de estiramiento. A lo mejor con ocho centímetros más a sus columnas … Puede que incluso sobrevivan, ¿Sabes? Bien, busquemos una cama que te guste. -
- ¡Percy! - Gritó Grover.
La cabeza me iba a cien por hora. Sabía que no podía enfrentarme solo a aquel grandullón. Me rompería el cuello antes de que la espada se desplegase.
- En realidad usted no se llama Crusty, ¿Verdad? -
- Legalmente es Procrustes. - Admitió el gigante.
- El Estirador. - Dije. Recordaba la historia: el gigante que había intentado matar a Teseo con exceso de hospitalidad de camino a Atenas.
- Exacto - Respondió el vendedor. - Pero ¿quién es capaz de pronunciar Procrustes? Es malo para el negocio. En cambio, todo el mundo puede decir "Crusty". -
- Tiene razón. Suena bien. -
Se le iluminaron los ojos. - ¿Eso crees? -
- Oh, desde luego. - Contesté. - Y estas camas parecen fabulosas, las
mejores que he visto nunca en mi vida … -
Esbozó una amplia sonrisa, pero no aflojó mi cuello.
- Yo se lo digo a mis clientes. Siempre se lo digo, pero nadie se preocupa por el diseño de las camas. ¿Cuántos cabezales con antorchas de lava incrustadas has visto tú? -
- No demasiados siendo sincero. -
- ¡Pues ahí lo tienes! -
- ¡Percy! - Vociferó Annabeth. - ¿Qué estás haciendo? -
Dio me miró, apretaba los dientes mientras sus extremidades eran estiradas pero no dejó salir ningún ruido.
- "Creo en ti." - Dijo moviendo los labios, pero sin producir sonido. De alguna forma comprendí lo que quería decir.
- No le hagas caso. - Le dije a Procrustes. - Es insufrible. -
El gigante se echó a reír. - Todos mis clientes lo son. Jamás miden ciento ochenta exactamente. Son unos desconsiderados. Y después, encima, se quejan del reajuste. -
- ¿Qué haces si miden más de ciento ochenta? -
- Uy, eso pasa a todas horas. Se arregla fácil en verdad. - Me soltó, pero antes de que yo pudiera reaccionar, del mostrador de ventas sacó una enorme hacha doble de acero. - Centro al tipo lo mejor que puedo y después rebano lo que sobra por cada lado. -
- Si … - Dije tragando saliva y poniéndome tenso. - Muy práctico. -
- ¡Cuánto me alegro de haberme topado por fin con un cliente sensato! -
Las cuerdas y a estaban estirando de verdad a mis amigos. Annabeth había
enrojecido. Grover hacía ruiditos de asfixia, como un ganso estrangulado. Los ojos de Dio se veían más peligrosos cada segundo, y por un segundo pensé que rompería la cuerdas.
- Bueno, Crusty … - Comenté, intentando sonar indiferente. Miré la etiqueta con forma de corazón de la cama especial Luna de Miel. - ¿Y ésta tiene estabilizadores dinámicos para compensar el movimiento ondulante? -
Jamás me sentí más agradecido de haber ido a la tienda de camas con mamá y Dio una vez.
- Desde luego. Pruébala. -
- Sí, puede que lo haga. Pero ¿Funcionan incluso con un sujeto grande como tú? ¿No se produce ni una sola onda? -
- Garantizado. -
- Venga, no te creo, hombre. -
- Que sí. -
- Enséñamelo. -
Se sentó gustoso en la cama y le dio unas palmaditas al colchón. - Ni una onda, ¿Ves? -
Chasqueé los dedos. - Ergo. -
Las cuerdas rodearon a Crusty y lo sujetaron contra el colchón.
- ¡Eh! - Chilló el gigante conmocionado.
- Centradlo bien. - Ordené.
Las cuerdas se reajustaron rápidamente. La cabeza de Crusty entera sobresalió por la parte de arriba y sus pies por la de abajo.
- ¡No! - Decía sobresaltado el vendedor de camas asesinas. - ¡Espera! ¡Esto es sólo una demostración! -
Destapé el bolígrafo y Anaklusmos se desplegó en toda su gloria.
- Bien, prepárate … - No sentía ningún escrúpulo por lo que iba a hacer. Si Crusty era humano, no podría hacerle daño. Si era un monstruo, merecía convertirse en polvo durante un tiempo.
- Eres un regateador duro, ¿Eh? - Dijo en tono persuasivo, pero eso no funcionaría. - ¡Vale, te hago un treinta por ciento de descuento en modelos especiales! -
Levanté la espada.
- ¡Sin entrega inicial! ¡Ni intereses durante los seis primeros meses! - Asesté un golpe. Después Crusty dejó de hacer ofertas.
Corté las cuerdas de las otras camas. Dio, Annabeth y Grover se pusieron en pie, entre temblores, gruñidos y maldiciones.
- Parecéis más altos. - Comenté con una sonrisa divertida.
- Cállate, foca enana. - Murmuró Dio estirándose, sus huesos resonaron ruidosamente en un sonido un tanto perturbador. Sus ojos volvieron a ser pupilas doradas comunes, bueno, "comunes". - Menos mal que soy flexible. -
- Uy, qué suerte. Algunos no somos tan elásticos. - Resopló Annabeth antes de mirarme. - Y tú. La próxima vez date un poquitín más de prisa, ¿Vale? -
Miré en el tablón de anuncios detrás del mostrador de Crusty. Había un anuncio del servicio de entregas Hermes, y otro del Nuevo y completo compendio de la Zona Monstruo de Los Angeles: "¡Las únicas páginas amarillas monstruosas que necesita!". Debajo, un panfleto naranja de los estudios de grabación El Otro Barrio ofrecía incentivos por las almas de los héroes. "¡Buscamos nuevos
talentos!", que gran premisa. La dirección de EOB estaba indicada justo debajo con un mapa.
- Vamos. - Dije con firmeza.
- Danos un minuto. - Se quejó Grover. - ¡Por poco nos estiran hasta convertirnos en salchichas! -
- Venga, no se quejen. Dio se ve bien. Además, El inframundo está sólo a una manzana de aquí. -
- ¡Que genial! - Dijo Mowgli con claro sarcasmo.
