Diomedes.

[Bueno, volvemos conmigo. Dejemos las tonterías para Percy y Leo, y empecemos]

[¡HEY!]

[¡Y aquí vamos!]

Estábamos en las sombras del bulevar Valencia, mirando el rótulo de letras doradas sobre mármol negro: "ESTUDIOS DE GRABACIÓN EL OTRO BARRIO". Debajo, en las puertas de cristal, se leía: "ABOGADOS NO, VAGABUNDOS NO, VIVOS NO". Era casi medianoche, pero el recibidor estaba bien iluminado y lleno de gente. Tras el mostrador de seguridad había un guardia con gafas de sol, porra y aspecto de tío duro.

No se ustedes, pero no quería causar un conflicto para rebasar a aquel sujeto.

Me volví hacia mis amigos.

- Muy bien. ¿Recuerdan el plan, no? - Interrogué a los tres.

- ¿El plan? - Grover tragó saliva. - Sí. Me encanta el plan. -

- ¿Qué pasa si el plan no funciona?- Preguntó Annabeth.

- No pienses en negativo. - Le dijo Percy.

- Vale. - Dijo ella rodando los ojos. - Vamos a meternos en la tierra de los muertos y no tengo que pensar en negativo. -

- Si … Creo que nadie se entusiasma mucho por ir al reino de los muertos. - Murmuré también asustado.

Entonces, Percy sacó las perlas de sus bolsillos, las cuatrl que la nereida me había dado en Santa Mónica.

- Realmente no parecen de mucha ayuda. - Vociferó Percy mientras las miraba.

Annabeth y yo le pusimos una mano en cada uno de sus hombros.

- Descuida, hermanito. Se que todo saldrá bien. - Dije para darle apoyo.

- Lo siento, Percy, los nervios me traicionan. Pero tienes razón, lo
conseguiremos. Todo saldrá bien. - Y luego ella le dio un codazo a Grover.

- ¡Oh, claro que sí! - Dijo él, asintiendo con la cabeza. - Hemos llegado hasta aquí. Encontraremos el rayo maestro y salvaremos a tu madre. Ningún problema. -

Percy nos miró agradecido. Hace poco morimos por unas camas de agua lujosas, pero ahora vamos a la tierra de los muertos.

- Gracias, chicos. - Dijo Aquaboy antes de guardar las perlas en su bolsillo. - Ahora, vamos a repartir un poco de leña subterránea. -

Entramos en la recepción de EOB. Una música suave de ascensor salía de altavoces ocultos. La moqueta y las paredes eran gris acero. En las esquinas había cactos como manos esqueléticas.

El mobiliario era de cuero negro, y todos los asientos estaban ocupados. Había gente sentada en los sofás, de pie, mirando por las ventanas o esperando el ascensor. Nadie se movía, ni hablaba ni hacía nada. Con el rabillo del ojo los veía a todos bien, pero si me centraba en alguno en particular, parecían transparentes. Veía a través de sus cuerpos.

No sabía porque, pero algo de todo esto se me hacía familiar.

El mostrador del guarda de seguridad era bastante alto, así que teníamos que mirarlo desde abajo.

Era un negro alto y elegante, de pelo teñido de rubio y cortado estilo militar. Llevaba gafas de sol de carey y un traje de seda italiana a juego con su pelo. También lucía una rosa negra en la solapa bajo una tarjeta de identificación.

Intenté leer su nombre, pero la dislexia no me era de mucha ayuda.

- ¿Se llama Quirón? - Pregunto Percy confundido.

Él se inclinó hacia delante desde el otro lado del mostrador. El solo miraba a Aquaboy, pero su sonrisa era dulce y fría, como la de una pitón justo antes de comerte.

- Mira qué preciosidad de muchacho tenemos aquí. - Tenía un acento extraño, británico quizá, pero también como si el inglés no fuera su lengua materna. - Dime, ¿Te parezco un centauro? -

- N-no. -

- Señor. - Añadió con suavidad.

- Señor. - Repitió.

Agarró su tarjeta de identificación con dos dedos y pasó otro bajo las letras.

- ¿Sabes leer esto, chaval? Pone C-A-R-O-N-T-E. Repite conmigo: CA-
RON-TE. -

- Caronte. -

- ¡Impresionante! Ahora di: señor Caronte. -

- Señor Caronte. -

- Muy bien. - Volvió a sentarse. - Detesto que me confundan con ese viejo jamelgo de Quirón. Y bien, ¿En qué puedo ayudaros, pequeños muertecitos? - La pregunta me golpeó en el estómago como un puño. Miré a Percy y a Annabeth, vacilante. Ellos me dieron dieron miradas de ánimo.

- Queremos ir al inframundo. - Dije yo.

Caronte emitió un silbido de asombro. - Vaya, chico. Eres toda una novedad, ¿No es así? -

- ¿Así? - Cuestioné.

- Directo y al grano. Nada de gritos. Nada de "¡Tiene que haber un error, señor Caronte!". - Se nos quedó mirando interrogante. - ¿Y cómo han muerto entonces? -

Vi de reojo como Percy le soltó un codazo a Grover para que respondiera el.

- Bueno … - Respondió G-Man. - Esto … Ahogados … En la bañera. -

- ¿Los cuatro? - Caronte alzó una ceja.

Asentimos.

- Menuda bañera. - Caronte parecía impresionado. - Supongo que no tendréis monedas para el viaje. Veréis, cuando se trata de adultos puedo cargarlo a una tarjeta de crédito, o añadir el precio del ferry a la factura del cable. Pero los niños … Vaya, es que nunca mueren preparados. Supongo que tendrán que esperar aquí sentados unos cuantos siglos. -

- No, si tenemos monedas. - Puse cuatro dracmas de oro en el mostrador, parte de lo encontrado en el despacho de Crusty.

- Bueno, bueno … - Caronte se humedeció los labios. - Dracmas de verdad, de oro auténtico. Hace mucho que no veo una de éstas … - Sus dedos acariciaron codiciosos las monedas.

Entonces Caronte me miró fijamente y su frialdad pareció atravesarme el pecho.

- A ver. - Dijo. - Ese chico de allí. - Apunto hacia Percy. - No pudo leer mi nombre, tiene dislexia. Son semidioses, ¿No es así? -

- No. - Mentí. - Somos unos muertos. -

Caronte se inclinó hacia delante y olisqueó.

- No eres ningún muerto. Debería haberme dado cuenta. Eres un Mestizo. -

- Tenemos que llegar al inframundo. - Insistió Percy con prisa.

Caronte soltó un profundo rugido. Todo el mundo en la sala de espera se levantó y empezó a pasearse con nerviosismo, a encender cigarrillos, mesarse el pelo o consultar los relojes como resultado.

- Váyanse mientras puedan. - Nos dijo Caronte. - Me quedaré las monedas y olvidaré que los he visto. - Hizo ademán de guardárselas, pero Percy se las arrebató antes.

- Sin servicio no hay propina. - Dijo Aquaboy con seriedad y un tono desafiante.

Caronte volvió a gruñir, esta vez un sonido profundo que helaba la sangre. Los espíritus de los muertos empezaron a aporrear las puertas del ascensor.

- Es una pena. - Suspiré con apatía. - Teníamos más que ofrecer. Mucho más. -

Le enseñé la bolsa llena con las cosas de Crusty. Saqué un puñado de dracmas y dejé que las monedas se escurrieran entre mis dedos. El gruñido de Caronte se convirtió en una especie de ronroneo de león.

- ¿Crees que puedes comprarme, criatura de los dioses? Oye … Sólo por curiosidad, ¿cuánto tienes ahí? -

- Mucho. - Contesté con una sonrisa inocente.

- Apuesto a que Hades no le paga lo suficiente por un trabajo tan duro. - Dijo Percy, usando el mismo truco que utilizo con Crusty, ser empático con las personas.

- Uf, si te contara … Pasar el día cuidando de estos espíritus no es nada agradable, te lo aseguro. Siempre están con "¡Por favor, no dejes que muera!", o "¡Por favor, déjame cruzar gratis!". Estoy harto. Hace tres mil años que no me aumentan el sueldo. ¿Y te parece que los trajes como éste salen baratos? -

- Se merece algo mejor. - Coincidí comprensivo, ignorando el tirón de la boca de mi estómago y el como Caronte parecía un poco más amable. - Un poco de aprecio. Respeto. Buena
paga. -

A cada palabra, apilaba otra moneda de oro en el mostrador.

Caronte le echó un vistazo a su chaqueta de seda italiana, como si se imaginara vestido con algo mejor.

- Debo decir, chaval, que lo que dices tiene algo de sentido. Sólo un poco, ¿Eh? -

- 'No puedo creer que manipular a un ser inmortal sea tan fácil.' - No pude evitar pensar asombrado. Apilé unas monedas más.

- Podríamos mencionarle a Hades que usted necesita un aumento de sueldo … - Propuso Percy.

Caronte suspiró. - De acuerdo. El barco está casi lleno, pero intentaré meteros con calzador, ¿Vale? - Se puso de pie, recogió las monedas y dijo: - Síganme. -

Se abrió paso entre la multitud de espíritus a la espera, que intentaron colgarse de nosotros mientras susurraban con voces lastimeras. Caronte los apartaba de su camino murmurando: "Largo de aquí, gorrones".

Que efectivo.

Nos escoltó hasta el ascensor, que ya estaba lleno de almas de muerto, cada una con una tarjeta de embarque verde.

Caronte agarró a tres espíritus que intentaban meterse con nosotros y los devolvió a la recepción.

- Vale. Escúchenme: que a nadie se le ocurra pasarse de listo en mi ausencia.- Anunció a la sala de espera. - Y si alguno vuelve a tocar el dial de mi micrófono, me aseguraré de que pasen aquí mil años más, ¿Entendido? -

Entonces, cerró las puertas. Metió una tarjeta magnética en una ranura del ascensor y empezamos a descender.

- ¿Qué les pasa a los espíritus que esperan? - Le preguntó Annabeth con curiosidad.

- Nada. - Repuso Caronte aburrido.

- ¿Durante cuánto tiempo? -

- Para siempre, o hasta que me siento generoso. -

- Vaya. - Dijo Annabeth. - Eso no parece … Justo. -

Caronte arqueó una ceja.

- ¿Quién ha dicho que la muerte sea justa, niña? Espera a que llegue tu turno. Yendo a donde vas, morirás pronto. -

- Saldremos vivos. - Le respondí.

- Ja. -

De repente sentí un mareo. No bajábamos, sino que íbamos hacia delante. El aire se tornó neblinoso. Los espíritus que nos rodeaban empezaron a cambiar de forma. Sus prendas modernas se desvanecieron y se convirtieron en hábitos grises con capucha. El suelo del ascensor empezó a bambolearse. Cerré los ojos con fuerza. Cuando los abrí, el traje de Caronte se había convertido en un largo hábito negro, y tampoco llevaba las gafas de carey. Donde tendría que haber habido ojos sólo había cuencas vacías; como las de Ares pero totalmente oscuras, llenas de noche, muerte y desesperación.

Notó que lo miraba y preguntó: - ¿Qué pasa? -

- No, nada. - Conseguí decir.

Pensé que estaba sonriendo, pero no era eso. La carne de su rostro se estaba volviendo transparente, y podía verle el cráneo.

El suelo seguía bamboleándose.

- Me parece que me estoy mareando. - Dijo Grover.

Cuando volví a cerrar los ojos, el ascensor ya no era un ascensor. Estábamos encima de una barcaza de madera. Caronte empujaba una pértiga a través de un río oscuro y aceitoso en el que flotaban huesos, peces muertos y otras cosas más extrañas: muñecas de plástico, claveles aplastados, diplomas de bordes dorados empapados.

- El río Estigio. - Murmuró Annabeth perpleja. - Está tan … -

- Contaminado. - Terminó Caronte por ella. - Durante miles de años, ustedes los humanos han ido tirando de todo mientras lo cruzan: esperanzas, sueños, deseos que jamás se hicieron realidad. Gestión de residuos irresponsable, si vamos a eso. -

La niebla se enroscó sobre la mugrienta agua. Por encima de nosotros, casi perdido en la penumbra, había un techo de estalactitas. Más adelante, la otra orilla brillaba con una luz verdosa, del color del veneno. El pánico se apoderó de mi garganta. ¿Qué estaba haciendo allí? Toda aquella
gente alrededor … estaba muerta.

Me entró el pánico. Estaba oscuro, ¡M-Muy oscuro! ¡Yo odio la oscuridad! Empecé a temblar sin control. Fue en este momento que me percaté en que estaba en un reino donde dominaba la oscuridad y la muerte.

Este era … El lamento de Hestia resonando en mi. Ella estuvo años, quizás décadas o incluso siglos aislada de cualquier interacción en el abismo que había en el estómago de su padre Kronos que la devoró por ser diferente. Fue luego, en la llegada de Demeter, Hera y sus demás hermanos que su miedo fue amortiguado.

Y ahora yo estaba padeciendo el mismo …

De repente, un tirón de la boca del estómago me sacó de aquellos pensamientos. Entonces, me percaté que Percy y Grover tomaron cada uno una de mis manos, mientras Annabeth agarró de la mano a Aquaboy. En circunstancias normales, me resultaría extraño, pero entendía cómo se sentían. Querían asegurarse de que alguien más estaba vivo en el barco, y al parecer se sentían más calmados conmigo.

Al igual que Hestia que se sentía sola en el estómago de su padre, yo me sentía solo aquí. Sin embargo, al igual que mi madre, tenia personas con la cual compartir un pequeña y cálida compañía. Como una vela que iluminaba una habitación oscura.

Estos chicos … Eran mi luz.

Descubrí a Percy murmurando una oración, aunque no estaba muy seguro de a quién se la rezaba debido a que no podía escucharlo con claridad. Pero había que destacar que allí abajo, sólo un dios importaba, y era el mismo al que debíamos enfrentarnos.

La orilla del inframundo apareció ante nuestra vista. Unos cien metros de rocas escarpadas y arena volcánica negra llegaban hasta la base de un elevado muro de piedra, que se extendía a cada lado hasta donde se perdía la vista. Llegó un sonido de alguna parte cercana, en la penumbra verde, y reverberó en las rocas: el gruñido de un animal de gran tamaño.

- El viejo Tres Caras está hambriento. - Comentó Caronte. Su sonrisa se volvió esquelética a la luz verde. - Mala suerte, diosecillos. -

- Gracias por el ánimo, señor Caronte. - Murmuré entre dientes. ¿En serio no es pariente de Quirón? Ambos saben animar una fiesta sin duda.

La quilla de la barcaza se posó sobre la arena negra. Los muertos empezaron a desembarcar. Una mujer llevaba a una niña pequeña de la mano. Un anciano y una anciana cojeaban agarrados del brazo. Un chico, no mayor que yo, arrastraba los pies en su hábito gris.

- Te desearía suerte, chaval. - Dijo Caronte. - Pero es que ahí abajo no hay ninguna. Pero oye, no te olvides de comentar lo de mi aumento. -

Contó nuestras monedas de oro en su bolsa y volvió a agarrar la pértiga.
Entonó algo que parecía una canción de Barry Manilow mientras conducía la
barcaza vacía de vuelta al otro lado.

- Que agradable sujeto. -

Seguimos a los espíritus por el gastado camino.

No estoy muy seguro de qué esperaba encontrar: puertas nacaradas, una reja negra enorme o algo así. La verdad es que la entrada a aquel mundo subterráneo parecía un cruce entre la seguridad del aeropuerto y la autopista de Nueva Jersey.

Había tres entradas distintas bajo un enorme arco negro en el que se leía:
"ESTÁ ENTRANDO EN EREBO". Cada entrada tenía un detector de metales con cámaras de seguridad encima. Detrás había cabinas de aduanas ocupadas por fantasmas vestidos de negro como Caronte.

El rugido del animal hambriento se oía muy alto, pero no vi de dónde procedía. El perro de tres cabezas, Cerbero, que supuestamente guardaba la puerta del Hades, no estaba por ninguna parte.

Los muertos hacían tres filas, dos señaladas como "EN SERVICIO", y otra
en la que ponía: "MUERTE RÁPIDA". La fila de muerte rápida se movía velozmente. Las otras dos iban como tortugas.

- ¿Qué les parece? - Nos pregunto Percy.

- La fila rápida debe de ir directamente a los Campos de Asfódelos. - Respondió Annabeth. - No quieren arriesgarse al juicio del tribunal, porque podrían salir mal parados. -

- ¿Hay un tribunal para los muertos? - Pregunte sorprendido.

- Sí. Tres jueces. Se turnan los puestos. El rey Minos, Thomas Jefferson, Shakespeare; gente de esa clase. A veces estudian una vida y deciden que esa persona merece una recompensa especial: los Campos Elíseos. En otras ocasiones deciden que merecen un castigo. Pero la mayoría … En fin, sencillamente vivieron, son historia. Ya sabes, nada especial, ni bueno ni malo. Así que van a parar a los Campos de Asfódelos. -

- ¿A hacer qué? - Indagó Percy.

- Imagínate estar en un campo de trigo de Kansas para siempre. - Contestó Grover.

- Qué agobio. -

- Tampoco es para tanto. - Murmuró Grover. - Mira. - Un par de fantasmas con hábitos negros habían apartado a un espíritu y lo empujaban hacia el mostrador de seguridad. El rostro del difunto me resultaba vagamente familiar ahora que lo miraba con más atención. - Es el predicador de la tele, ¿Te acuerdas? -

- Anda, sí. - Dijo Percy sorprendido.

En ese momento mi mente hizo clic. Ya me acordaba del hombre. Lo había visto en la televisión un par de veces, en el orfanato. Era un telepredicador pelmazo que había recaudado millones de dólares para orfanatos como el mío, Hermanas de la Caridad, y después lo habían sorprendido gastándose el dinero en cosas como una mansión con grifos de oro y un minigolf de interior. Durante una persecución policial su Lamborghini se había despeñado por un acantilado.

- Castigo especial de Hades. - Supuso Grover. - La gente mala, mala de verdad, recibe una atención personal en cuanto llegan. Las Fur … Las Benévolas prepararán una tortura eterna para él. -

Pensar en las Furias me hizo estremecer, pero sacudí esos pensamientos rápidamente.

- Pero si es predicador y cree en un infierno diferente … - Objeté, pero en cambio Grover se encogió de hombros.

- ¿Quién dice que esté viendo este lugar como lo vemos tú y yo? Los humanos ven lo que quieren ver. Son muy cabezotas … Quiero decir, persistentes. - Respondió el.

Nos acercamos a las puertas. Los alaridos se oían tan alto que hacían vibrar el suelo bajo mis pies, aunque seguía sin localizar el lugar del que procedían. Entonces, a unos quince metros delante, la niebla verde resplandeció. Justo donde el camino se separaba en tres había un enorme monstruo envuelto en sombras. No lo había visto antes porque era semitransparente, como los muertos. Si estaba quieto se confundía con cualquier cosa que tuviera detrás. Sólo los ojos y los dientes parecían sólidos. Y estaba mirándome. Casi se me desencajó la mandíbula. Lo único que se me ocurrió decir fue:

- Es un rottweiler. Uno muy grande … Y rabioso. ¿Habrá que preguntarle a Hades si está vacunado? -

- Bruh. - Dijo Percy.

Siempre me había imaginado a Cerbero como un enorme mastín negro. Pero evidentemente era un rottweiler de pura raza, salvo por el pequeño detalle de que también era el doble de grande que un mamut, casi del todo invisible, y tenía tres cabezas.

Los muertos caminaban directamente hacia él: no tenían miedo. Las filas en servicio se apartaban de él cada una a un lado. Los espíritus camino de muerte rápida pasaban justo entre sus patas delanteras y bajo su estómago, cosa que hacían sin necesidad de agacharse.

- Ya lo veo mejor. - Murmuró Percy, tragando saliva audiblemente. - ¿Por qué pasa eso? -

- Creo … - Annabeth se humedeció los labios. - Me temo que es porque nos encontramos más cerca de estar muertos. -

- Y todo mejora cada vez más … - Me lamenté. -

La cabeza central del perro se alargó hacia nosotros. Olisqueó el aire y gruñó.

- Huele a los vivos. - Supuso Percy.

- Pero no pasa nada. - Contestó Grover, temblando a mi lado.

- Cierto. Porque tenemos un plan. - Dije yo.

- Ya. - Musitó Annabeth. - Eso, un plan. -

Nos acercamos al monstruo. La cabeza del medio nos gruñó y luego ladró con tanta fuerza que me hizo parpadear.

- ¿Lo entiendes? - Le pregunté a Grover.

- Sí lo entiendo, sí. Vaya si lo entiendo. - Respondió él.

- ¿Qué dice? -

- No creo que los humanos tengan una palabra que lo exprese exactamente. -

- Vaya … -

Percy saco un palo de su mochila: el poste que había arrancado de la cama de Crusty modelo safari. Lo sostuvo en alto, intentando canalizar hacia Cerbero pensamientos perrunos felices: anuncios de exquisiteces para perro, huesos de juguete, piensos apetitosos. Trataba de sonreír, como si no estuviera a punto de morir. Algo muy difícil de hacer en la Tierra de los Muertos, pero lo intentaba.

- Ey, grandullón. - Lo llamó. - Seguro que no juegan mucho contigo. -

- ¡GRRRRRRRRR! -

- Buen perro. - Contesto débilmente haciendo que me preocupara.

Movió el palo. La cabeza central siguió el movimiento y las otras dos concentraron sus ojos en Percy, olvidando a los espíritus. Toda su atención se hallaba puesta en él. No estaba muy seguro de que fuera algo bueno.

- ¡Agárralo! - Lanzó el palo a la oscuridad, un buen lanzamiento. Oí el chapoteo en el río Estigio.

Cerbero le dedicó una mirada furibunda, no demasiado impresionado. Tenía unos ojos temibles y fríos.

El mejor plan de la historia de los planes jamás creados.

Cerbero emitió un nuevo tipo de gruñido, más profundo, multiplicado por tres.

- Esto … - Musitó Grover. - ¿Chicos? -

- ¿Sí? -

- Creo que les interesará saber algo. -

- ¿Que cosa? -

- Cerbero dice que tenemos diez segundos para rezar al dios de nuestra elección. Después de eso … Bueno … El pobre tiene hambre. -

- ¡Esperen! - Dijo Annabeth, y empezó a hurgar en su bolsa.

- 'Por favor, que sea un plan B mejor que el fabuloso plan A.' - Pensé.

- Cinco segundos. - Nos informó Grover. - ¿Corremos ya? - Parecía ansioso por hacerlo.

Entonces, Annabeth sacó una pelota de goma roja del tamaño de un pomelo. En ella ponía: "WATERLAND, DENVER, CO". Antes de que pudiera detenerla, levantó la pelota y se encaminó directamente hacia Cerbero.

- ¿Ves la pelotita? - Le gritó ella. - ¿Quieres la pelotita, Cerbero? ¡Siéntate! -

Cerbero parecía tan impresionado como nosotros. Inclinó de lado las tres cabezas. Se le dilataron las seis narinas.

- ¡Siéntate! - Volvió a ordenarle Annabeth.

Estaba convencido de que en cualquier momento se convertiría en la galleta de perro más grande del mundo. En cambio, Cerbero se relamió los tres pares de labios, desplazó el peso a los cuartos traseros y se sentó, aplastando al instante una docena de espíritus que pasaban debajo de él en la fila de muerte rápida. Los espíritus emitieron silbidos amortiguados, como una rueda pinchada.

Pobres almas en pena.

- ¡Perrito bueno! - Dijo Annabeth, y le tiró la pelota.

Él la cazó al vuelo con las fauces del medio. Apenas era lo bastante grande para mordisquearla siquiera, y las otras dos cabezas empezaron a lanzar mordiscos hacia el centro, intentando hacerse con el nuevo juguete.

- ¡Suéltala! - Le ordenó Annabeth.

Las cabezas de Cerbero dejaron de enredar y se quedaron mirándola. Tenía la pelota enganchada entre dos dientes, como un trocito de chicle. Profirió un lamento alto y horripilante y dejó caer la pelota, ahora toda llena de babas y mordida casi por la mitad, a los pies de Annabeth.

- Muy bien. - Recogió la bola, haciendo caso omiso de las baba del monstruo. Luego se volvió hacia nosotros y dijo: - Avencen ahora. La fila de muerte rápida es la más rápida. -

Si, creo que por eso se llama muerte rápida … ¡No ahora, dislexia!

- Pero … - Vociferó Percy.

- ¡Ahora! - Ordenó, con el mismo tono que usaba para el perro. ¿Ahora somos perros para ella?

Percy, Grover y yo avanzamos poco a poco y con cautela.

Cerbero empezó a gruñir.

- ¡Quieto! - Ordenó Annabeth al monstruo. - ¡Si quieres la pelotita, quieto! -

Cerbero gruñó, pero permaneció inmóvil.

- Pero, ¿Qué pasará contigo? - Le pregunté a Annabeth cuando cruzamos a su lado.

- Sé lo que estoy haciendo, Dio. - Murmuró en respuesta. - Por lo menos, estoy bastante segura … -

Percy, Grover y yo pasamos entre las patas del monstruo.

- 'Por favor, Annabeth.' - Recé en silencio. - 'No le pidas que vuelva a
sentarse, o yo mismo te mató.' -

Conseguimos cruzar. Cerbero no daba menos miedo visto por detrás.

- ¡Perrito bueno! - Le dijo Annabeth.

Agarró la pelota roja machacada, y probablemente llegó a la misma conclusión que yo: si recompensaba a Cerbero, no le quedaría nada para hacer otro jueguecito. Aun así, se la lanzó y la boca izquierda del monstruo la atrapó al vuelo, pero fue atacada al instante por la del medio mientras la derecha gruñía en señal de protesta. Así distraído el monstruo, Annabeth pasó con presteza bajo su vientre y se unió a nosotros en el detector de metales.

- ¿Cómo has hecho eso? - Le preguntó Percy alucinando.

- Escuela de adiestramiento para perros. - Respondió sin aliento, y me sorprendió verla hacer un puchero. - Cuando era pequeña, en casa de mi padre teníamos un doberman … -

- Eso ahora no importa. - Interrumpió Grover, tirándome de la camisa. - ¡Vamos! -

Eso fue un poco grosero, pero tenia razón.

Nos disponíamos a adelantar la fila a toda prisa cuando Cerbero gimió lastimeramente por las tres bocas. Annabeth se detuvo y se volvió para mirar al perro, que se había girado hacia nosotros. Cerbero jadeaba expectante, con la pelotita roja hecha pedazos en un charco de baba a sus pies.

- Perrito bueno. - Le dijo Annabeth con voz de pena.

Las cabezas del monstruo se ladearon, como preocupado por ella.

- Pronto te traeré otra pelota. - Le prometió Annabeth. - ¿Te gustaría? -

El monstruo aulló. No necesité entender su idioma para saber que Cerbero se quedaría esperando la pelota.

- Perro bueno. Vendré a verte pronto. Te … Te lo prometo. - Annabeth se
volvió hacia nosotros. - Vamos. -

- Lo hiciste bien. - Le dije tratando de animarla. Ella asintió, pero aún tenía un rostro de pena.

Percy, Grover y yo cruzamos el detector de metales, que de inmediato accionó la alarma y un dispositivo de luces rojas.

"¡Posesiones no autorizadas! ¡Detectada magia!".

Cerbero empezó a ladrar.

Nos lanzamos a través de la puerta de muerte rápida, que disparó aún más alarmas, y corrimos hacia el inframundo.

Unos minutos después estábamos ocultos, jadeantes, en el tronco podrido de un enorme árbol negro, mientras los fantasmas de seguridad pasaban frente a nosotros y pedían refuerzos a las Furias.

- Bueno, chicos. - Murmuró Grover. - ¿Qué hemos aprendido hoy?

- ¿Que los perros de tres cabezas prefieren las pelotas rojas de goma a los palos? - Respondió Percy.

- No. - Contestó Grover. - Hemos aprendido que tus planes son perros,¡Perros de verdad! -

Yo no estaba tan seguro. Creía que Percy y Annabeth habían tenido una buena idea. Incluso en ese mundo subterráneo, todos, incluidos los monstruos, necesitaban un poco de atención de vez en cuando. Un pequeño pedazo de calidez que nadie de este lugar podían darle.

En esta tierra de los muertos, irónicamente, necesitaba la vida para poder prevalecer.

Pensé en ello mientras esperaba a que los demonios pasaran. Fingí no darme cuenta de que Annabeth se enjugaba una lágrima de la mejilla mientras escuchaba el lastimero aullido de Cerbero en la distancia, que echaba de menos a su nueva amiga.