Imagínate el concierto más multitudinario que hayas visto jamás, un campo de fútbol lleno con un millón de fans. Ahora imagina un campo un millón de veces más grande, lleno de gente, e imagina que se ha ido la electricidad y no hay ruido, ni luz, ni globos gigantes rebotando sobre el gentío. Algo trágico ha ocurrido tras el escenario. Multitudes susurrantes que sólo pululan en las sombras, esperando un concierto que nunca empezará.
Si puedes imaginarte eso, te harás una buena idea del aspecto que tenían los Campos de Asfódelos. La hierba negra llevaba millones de años siendo pisoteada por pies muertos. Soplaba un viento cálido y pegajoso como el hálito de un pantano. Aquí y allá crecían árboles negros, Grover había dicho que eran álamos.
El techo de la caverna era tan alto que bien habría podido ser un gran nube, pero las estalactitas emitían leves destellos grises y tenían puntas afiladísimas. Intenté no pensar que se nos caerían encima en cualquier momento, aunque había varias de ellas desperdigadas por el suelo, incrustadas en la hierba negra tras derrumbarse. Supongo que los muertos no tenían que preocuparse por nimiedades como que te aplastará una estalactita tamaño misil.
Percy, Annabeth, Grover y yo intentamos confundirnos entre la gente, pendientes por si volvían los demonios de seguridad. No pude evitar buscar rostros familiares entre los que deambulaban por allí, pero los muertos son difíciles de mirar. Sus rostros brillan. Todos parecen enfadados o confusos. Se te acercan y te hablan, pero sus voces suenan a un traqueteo, como a chillidos de murciélagos. En cuanto advierten que no puedes entenderlos, fruncen el entrecejo y se apartan. Los muertos no dan miedo. Son ... Solo tristes.
Seguimos abriéndonos camino, metidos en la fila de recién llegados que serpenteaba desde las puertas principales hasta un pabellón cubierto de negro con un estandarte que rezaba: "JUICIOS PARA EL ELÍSEO Y LA CONDENACIÓN ETERNA. ¡BIENVENIDOS, MUERTOS RECIENTES!".
Por la parte trasera había dos filas más pequeñas. A la izquierda, espíritus flanqueados por demonios de seguridad marchaban por un camino pedregoso hacia los Campos de Castigo, que brillaban y humeaban en la distancia, un vasto y agrietado erial con ríos de lava, campos de minas y kilómetros de alambradas de espino que separaban las distintas zonas de tortura. Incluso desde tan lejos, veía a la gente perseguida por los perros del infierno, quemada en la hoguera, obligada a correr desnuda a través de campos de cactos o a escuchar ópera. Vislumbré más que vi una pequeña colina, con la figura diminuta de Sísifo dejándose la piel para subir su roca hasta la cumbre. Y vi torturas peores; cosas que no quiero describir.
La fila que llegaba del lado derecho del pabellón de los juicios era mucho mejor. Esta conducía pendiente abajo hacia un pequeño valle rodeado de
murallas: una zona residencial que parecía el único lugar feliz del inframundo. Más allá de la puerta de seguridad había vecindarios de casas preciosas de todas las épocas, desde villas romanas a castillos medievales o mansiones victorianas. Flores de plata y oro lucían en los jardines. La hierba ondeaba con los colores del arco iris. Oí risas y olor a barbacoa.
El Elíseo.
En medio de aquel valle había un lago azul de aguas brillantes, con tres pequeñas islas como una instalación turística en las Bahamas. Las islas Bienaventurados, para la gente que había elegido renacer tres veces y tres veces había alcanzado el Elíseo. De inmediato supe que aquél era el lugar al que quería ir cuando muriera.
Y al mismo tiempo sentí que no sería el lugar donde terminaría.
- De eso se trata. - Dijo Annabeth de repente, como si leyera la mente. - Ése es el lugar para los héroes. Pero entonces pensé que había muy poca gente en el Elíseo, que parecía muy pequeño en comparación con los Campos de Asfódelos o incluso los Campos de Castigo. Qué poca gente hacía el bien en sus vidas. Era deprimente. -
Sus palabras eran pesadas, pero no podía refutarlo.
Abandonamos el pabellón del juicio y nos adentramos en los Campos de Asfódelos. La oscuridad aumentó. Los colores se desvanecieron de nuestras ropas. La multitud de espíritus parlanchines empezó a menguar. Tras unos kilómetros caminando, empezamos a oír un chirrido familiar en la distancia. En el horizonte se cernía un reluciente palacio de obsidiana negra. Por encima de las murallas merodeaban tres criaturas parecidas a murciélagos: las Furias. Me dio la impresión de que nos esperaban.
- Supongo que es un poco tarde para dar media vuelta. - Comentó Grover,
esperanzado.
- No va a pasarnos nada. - Dijo Percy, intentando aparentar seguridad.
- Nosotros podemos, hemos superado varias cosas para llegar hasta aquí. No podemos desistir ahora. - Dije yo.
- A lo mejor tendríamos que buscar en otros sitios primero. - Sugirió Grover con una sonrisa nerviosa. - Como el Elíseo, por ejemplo ... -
- Venga, pedazo de cabra. - Annabeth lo agarró del brazo.
Grover emitió un gritito. Las alas de sus zapatillas se desplegaron y lo lanzaron lejos de Annabeth. Aterrizó dándose un buen golpe. ¿Que clase payasadas son esas? Entiendo que no quiera ir, pero esto es demasiado.
- Grover. - Lo regañó Annabeth. - Basta de hacer el tonto. -
- Por favor, no te pongas así. Hay que permanecer unidos, además, esos ruidos pueden atraer mucha atención indeseada. - Le advertí, pero entonces empecé a notar el pánico y desconcierto en el rostro del chico cabra. Y sentí que no tenia nada que ver con enfrentar al Dios del Inframundo.
- Pero si yo no ... - Intento decir pero salió otro grito de sus labios.
Sus zapatos revoloteaban como locos. Levitaron unos centímetros por encima del suelo y empezaron a arrastrarlo.
- ¡Maya! - Gritó, pero la palabra mágica parecía no surtir efecto alguno. - ¡Maya! ¡Por favor! ¡Llamad a emergencias! ¡Socorro! -
Intente tomarlo por una de sus piernas, pero lo que conseguí fue una patada en la cara y una nariz sangrante.
- ¡Ow! ... Patea como burro. - Murmuré. Percy y Annabeth llegaron a mi lado t me ayudaron a reincorporarme.
Mientras tanto, Grover empezaba a cobrar velocidad y descendía por la colina como un trineo.
Corrimos tras él.
- ¡Desátate los zapatos! - Vociferó Annabeth alarmada.
Era una buena idea, pero supongo que no muy factible cuando tus zapatos tiran de ti a toda velocidad. Grover se revolvió, pero no alcanzaba los cordones.
Lo seguimos, tratando de no perderlo de vista mientras zigzagueaba entre las piernas de los espíritus, que lo miraban molestos. Estaba seguro de que Grover iba a meterse como un torpedo por la puerta del palacio de Hades (lo cual hubiese sido la mejor entrada al trono de Hades en toda la historia), pero sus zapatos viraron bruscamente a la derecha y lo arrastraron en la dirección
opuesta.
La ladera se volvió más empinada. Grover aceleró. Percy, Annabeth y yo tuvimos que apretar el paso para no perderlo. Las paredes de la caverna se estrecharon a cada lado, y yo reparé en que habíamos entrado en una especie de túnel. Ya no había hierba ni árboles negros, sólo roca desnuda y la tenue luz de las estalactitas encima.
- ¡Grover! - Grito Percy, y su voz hizo eco que resonó por todo el túnel. - ¡Agárrate a algo! -
- ¿Qué? - Gritó él a su vez.
Okay, no estamos progresando.
Grover se agarraba a la gravilla, pero no había nada lo bastante firme para frenarlo.
El túnel se volvió aún más oscuro y frío. Se me erizó el vello de los brazos y percibí una horrible fetidez. Me hizo pensar en cosas que ni siquiera había experimentado nunca: sangre derramada en un antiguo altar de piedra, el aliento repulsivo de un asesino. Al instante el miedo volvió a surgir de mi, pero intenté aplacarlo centrandome en ayudar a Grover.
Entonces vi lo que teníamos delante y me quedé clavado en el sitio. El túnel se ensanchaba hasta una amplia y oscura caverna, en cuyo centro se abría un abismo del tamaño de un cráter. Con solo verlo por un segundo fui capaz de discernir lo que era ... Una de las cosas que más me ha atormentado en mis sueños.
Su nombre era ...
El Tártaro.
Y Grover patinaba directamente hacia el borde.
- ¡Venga, Percy, Dio! - Chilló Annabeth, tirándo de la muñeca a Percy y a mi.
Parpadeé un par de veces al percatarme de que Aquaboy estaba a mi lado, al parecer el sabia tan bien como yo lo que teníamos enfrente.
- Pero eso es ... - Balbucee.
- ¡Ya lo sé! - Grito ella. - ¡Es el lugar que describieron ustedes en sus sueños! Pero Grover va a caer dentro si no lo alcanzamos. -
Tenía razón, por supuesto. La situación de Grover fue lo suficientemente grande para ponernos en movimiento nuevamente. Teníamos que salvarlo de caer en el peor sitio de la existencia.
Grover gritaba y manoteaba el suelo, pero las zapatillas aladas seguían arrastrándolo hacia el foso, y no parecía que pudiéramos llegar a tiempo. Lo que lo salvó fueron sus pezuñas. Las zapatillas voladoras siempre le habían quedado un poco sueltas, y al final Grover le dio una patada a una roca grande y la izquierda salió disparada hacia la oscuridad del abismo. La derecha seguía tirando de él, pero Grover pudo frenarse aferrándose a la roca y utilizándola como punto de anclaje.
Estaba a tres metros del borde del foso cuando lo alcanzamos y tiramos de él hacia arriba. La otra zapatilla salió sola, nos rodeó enfadada y, a modo de protesta, nos propinó un puntapié en la cabeza (como si mi nariz sangrante no fuese suficiente castigo) antes de volar hacia el abismo para unirse con su gemela.
Nos derrumbamos todos, exhaustos, sobre la gravilla de obsidiana. Sentía todo mi cuerpo como una roca hundida en el fondo del mar. Incluso la mochila me pesaba más, como si alguien la hubiese llenado de ladrillos. Afortunadamente, mi nariz dejó de sangrar y al parecer no estaba rota, así no todo era tan malo.
Grover tenía unos buenos moretones y le sangraban las manos. Las pupilas se le habían vuelto oblongas, estilo cabra, supongo que estaba muy aterrorizado.
- No sé cómo ... - Jadeó el pobre. - Yo no ... -
- Espera. - Dije interrumpiendolo en el proceso. - Escucha, solo escucha. -
Oí algo: un susurro profundo en la oscuridad.
- Dio, este lugar ... - Dijo Annabeth al cabo de unos segundos.
- Chist. - Me puse en pie.
El sonido se volvía más audible, una voz malévola y susurrante que surgía desde abajo, mucho más abajo de donde estábamos nosotros. Provenía del abismo.
Grover se incorporó. - ¿Q-qué es ese ruido? -
Al parecer Percy y Annabeth también lo oía.
- El Tártaro. Ésta es la entrada al Tártaro. -
Invoque al instante a Diathikes. La lanza con hoja de bronce se extendió, emitió una débil luz en la oscuridad y la voz malvada remitió por un momento, antes de retomar su letanía. Ya casi distinguía palabras, palabras muy, muy antiguas, más antiguas que el propio griego. Como si ...
- Magia. - Dije y luego cometí el peor error de mi vida.
Mire al abismo ...
Mis ojos ardieron y enfoqué mi mirada en el foso ...
Si miras por mucho tiempo el fondo del abismo, el abismo concluirá en el mirar en el fondo de ti.
¡No! ¡No! ¡NO!
Lo vi. Mi mayor pesadilla ... Aquel hombre que solo podía encontrarme en sueños, estaba en frente de mi ...
Sus ojos dorados convergieron con los míos y me paralizó hasta la médula.
El sonrió fríamente.
- Tenemos que salir de aquí. - Repuso Annabeth. Su voz hizo que saliera de esa ensoñación.
Mire de nuevo el foso, pero no vi nada ... Decidí olvidarme de lo que pasó, pero ...
- Si. Mejor vayámonos rápido ... -
Juntos pusimos a Grover sobre sus pezuñas y volvimos sobre nuestros pasos, hacia la salida del túnel. Las piernas no me respondían lo bastante rápido. La mochila me pesaba. A nuestras espaldas, la voz sonó más fuerte y enfadada, y echamos a correr.
Y no nos sobró tiempo.
Un viento frío tiraba de nuestras espaldas, como si el foso estuviera absorbiéndolo todo. Por un momento terrorífico perdí el equilibrio y cai al suelo junto a Percy cuando nuestros pies se resbalaron con la gravilla, pero Annabeth y Grover nos ayudaron a ponernos de nuevo en pie. No pude evitar pensar que si hubiésemos estado más cerca del borde, nos habría tragado.
Seguimos avanzando con gran esfuerzo, y por fin llegamos al final del túnel, donde la caverna volvía a ensancharse en los Campos de Asfódelos. El viento cesó. Un aullido iracundo retumbó desde el fondo del túnel. Alguien no estaba muy contento de que hubiésemos escapado.
- ¿Qué era eso? - Musitó Grover, cuando nos derrumbamos en la relativa seguridad de una alameda. - ¿Una de las mascotas de Hades? -
No pude evitar resoplar ante sus palabras. Supuse que a "eso" no le gustaría ser descrito como la "mascota de Hades".
Percy, Annabeth y yo nos miramos. Estaba claro que ella tenía alguna idea, probablemente la misma que se le había ocurrido en el taxi que nos había traído a Los Ángeles, pero le daba demasiado miedo para compartirla. Eso bastó para asustarme aún más.
Y ya tenia suposiciones de quien era.
Guarde la lanza y volví a colocarme el anillo.
- Sigamos. - Dijo Percy, antes de mirar a Grover. - ¿Puedes caminar? -
Tragó saliva en respuesta. - Sí, sí, claro. - Dejo salir un suspiro para calmarse. - Bah, nunca me gustaron esas zapatillas. -
Intentaba mostrarse valiente, pero temblaba tanto como nosotros. Fuera lo que fuese lo que había en aquel foso, no era la mascota de nadie. Era inenarrablemente arcaico y poderoso. Ni siquiera Equidna me había dado
aquella sensación. Casi me alivió darle la espalda al túnel y encaminarme hacia el palacio de Hades.
Casi, cabe recalcar.
Envueltas en sombras, las Furias sobrevolaban en círculo las almenas. Las murallas externas de la fortaleza relucían negras, y las puertas de bronce de dos pisos de altura estaban abiertas de par en par. Cuando estuve más cerca, aprecié que los grabados de dichas puertas reproducían escenas de muerte. Algunas eran de tiempos modernos, una bomba atómica explotando encima de una ciudad, una trinchera llena de soldados con máscaras antigás, una fila de víctimas de hambrunas africanas, esperando con cuencos vacíos en la mano, pero todas parecían labradas en bronce hacía miles de años. Me pregunté si eran profecías hechas realidad.
En el patio había el jardín más extraño que he visto en mi vida. Setas multicolores, arbustos venenosos y raras plantas luminosas que crecían sin luz. En lugar de flores había piedras preciosas, pilas de rubíes grandes como mi puño, macizos de diamantes en bruto. Aquí y allí, como invitados a una fiesta, estaban las estatuas de jardín de Medusa: niños, sátiros y centauros petrificados, todos esbozando sonrisas grotescas.
En el centro del jardín había un huerto de granados, cuyas flores naranja neón brillaban en la oscuridad.
- Éste es el jardín de Perséfone. - Explicó Annabeth brevemente. - Sigamos avanzando. -
Entendí por qué quería avanzar. El aroma ácido de aquellas granadas era casi embriagador. Sentí un deseo repentino de comérmelas, pero recordé la historia de Perséfone: un bocado de la comida del inframundo y jamás podríamos marcharnos. Tiré de Grover para evitar que agarrara la más grande.
Subimos por la escalinata de palacio, entre columnas negras y a través de un pórtico de mármol negro, hasta la casa de Hades. El zaguán tenía el suelo de bronce pulido, que parecía hervir a la luz reflejada de las antorchas. No había techo, sólo el de la caverna, muy por encima.
Supongo que allí abajo no les
preocupaba la lluvia.
Cada puerta estaba guardada por un esqueleto con indumentaria militar.
Algunos llevaban armaduras griegas; otros, casacas rojas británicas; otros, camuflaje de marines. Cargaban lanzas, mosquetones o M-16. Ninguno nos molestó, pero sus cuencas vacías nos siguieron mientras recorrimos el zaguán hasta las enormes puertas que había en el otro extremo.
Dos esqueletos con uniforme de marine custodiaban las puertas. Nos sonrieron. Tenían lanzagranadas automáticos cruzados sobre el pecho.
- ¿Saben? - Murmuró Grover. - Apuesto lo que sea a que Hades no tiene problemas con los vendedores puerta a puerta. -
Tu lo dijiste.
La mochila me pesaba una tonelada. No se me ocurría por qué. Quería abrirla, comprobar si había recogido por casualidad alguna bala de cañón por ahí, pero no era el momento.
- Bueno, chicos. - Comenzó Percy a decir. - Creo que tendríamos que ... Llamar. -
Un viento cálido recorrió el pasillo y las puertas se abrieron de par en par. Los guardias se hicieron a un lado.
- Supongo que eso significa entrez-vous. - Comentó Annabeth.
La sala era igual que en mi sueño, salvo que en esta ocasión el trono de Hades estaba ocupado. Era el tercer dios que conocía, pero el primero que me pareció realmente divino.
Para empezar, medía por lo menos tres metros de altura, e iba vestido con una túnica de seda negra y una corona de oro trenzado. Tenía la piel de un blanco albino, el pelo por los hombros y negro azabache. No estaba musculoso como Ares, pero irradiaba poder. Estaba repantigado en su trono de huesos humanos soldados, con aspecto vivaz y alerta. Tan peligroso como una pantera. Inmediatamente tuve la certeza de que él debía dar las órdenes: sabía más que yo y por tanto debía ser mi amo. Y a continuación me dije que cortase el rollo. El aura hechizante de Hades me estaba afectando, como lo había hecho la de Ares. El Señor de los Muertos se parecía a las imágenes que había visto de Adolph Hitler, Napoleón o los líderes terroristas que teledirigen a los hombres bomba. Hades tenía los mismos ojos intensos, la misma clase de carisma malvado e hipnotizador.
- Eres valiente para venir aquí, hijo de Poseidón. - Articuló con voz
empalagosa. El me miró por un segundo, pero de nuevo se centró en Percy. - Después de lo que me has hecho, muy valiente, a decir verdad. O puede que seas sólo muy insensato. -
El entumecimiento se apoderó de mis articulaciones, tentándome a tumbarme en el suelo y echarme una siestecita a los pies de Hades.
Acurrucarme allí y dormir para siempre. Luché contra la sensación y me percaté que Percy pasaba por lo mismo que yo. Le di un leve empujón, insistiendo en que avanzará.
- Señor y tío, vengo a hacerle dos peticiones. - Dijo Aquaboy sorprendentemente firme.
Hades levantó una ceja. Cuando se inclinó hacia delante, en los pliegues de su túnica aparecieron rostros en sombra, rostros atormentados, como si la prenda estuviera hecha de almas atrapadas en los Campos de Castigo que intentaran
escapar. La parte de mí afectada por el THDA se preguntó, distraída, si el resto de su ropa estaría hecho del mismo modo. ¿Qué cosas horribles había que hacer en la vida para acabar convertido en ropa interior de Hades?
En realidad, creo que sería mejor no saberlo.
- ¿Sólo dos peticiones? - Preguntó Hades. - Niño arrogante. Como si no te hubieras llevado ya suficiente. Habla, entonces. Me divierte no matarte aún. -
Tragué saliva. Aquello iba tan mal como me había temido. Miré el trono vacío, más pequeño que el que había junto al de Hades. Tenía forma de flor negra ribeteada en oro. Deseé que la reina Perséfone estuviese allí. Recordaba que en los mitos sabía cómo calmar a su marido. Pero era verano. Claro, Perséfone estaría arriba, en el mundo de la luz con su madre, la diosa de la agricultura, Deméter. Sus visitas, no la traslación del planeta, provocan las
estaciones.
Annabeth se aclaró la garganta y le hincó un dedo en la espalda a Percy.
- Señor Hades. - Comenzó Percy a decir. - Veréis, señor, no puede haber una guerra entre los dioses. Sería ... No genial. -
- Para nada genial. - Añadió Grover para echarle una mano.
- Absolutamente no genial. - Comente.
- Devuélveme el rayo maestro de Zeus. - Pidió Percy. - Por favor, señor. Déjame llevarlo al Olimpo. -
Los ojos de Hades adquirieron un brillo peligroso. - ¿Osas venirme con esas pretensiones, después de lo que has hecho? -
Todos nosotros nos miramos, muy confundidos.
- Esto ... Tío. - Intervine yo, y al instante recibí la atención de Hades. - Has hablado mucho sobre; "Después de lo que hiciste". Pero, ¿Qué ha hecho exactamente mi primo? -
El salón del trono se sacudió con un temblor tan fuerte que probablemente lo notaron en Los Angeles. Cayeron escombros del techo de la caverna. Las puertas se abrieron de golpe en todos los muros, y los guerreros esqueléticos entraron, docenas de ellos, de todas las épocas y naciones de la civilización occidental. Formaron en el perímetro de la sala, bloqueando las salidas.
- ¿Crees que quiero la guerra, mestizo? - Espetó Hades con frialdad.
Quería contestarle; "Bueno, eres el dios de la muerte, no el de la vida pacífica", pero la consideré una respuesta peligrosa para el momento. Quizás en otra visita familiar.
- Eres el Señor de los Muertos. - Dijo Percy con cautela. - Una guerra expandiría tu reino, ¿No? - Aunque sonaba inseguro al final.
- ¡La típica frasecita de mis hermanos! ¿Crees que necesito más súbditos? Pero ¿es que no has visto la extensión de los Campos de Asfódelos? - Exclamó Hades con cansancio y exasperación. Por un momento me sentí preocupado.
- Bueno ... - Intente hablar, pero no sabia como responder el arrebató de nuestro tío.
- ¿Tienes idea de cuánto ha crecido mi reino sólo en este último siglo? ¿Cuántas subdivisiones he tenido que abrir? -
Abrí la boca para responder, pero Hades ya se había lanzado a explicar sus preocupaciones y problemas con su reino. Parecía un jefe de una gran compañía internacional, pero que no tenia el tiempo ni la habilidad de estar al pendiente de todos los problemas y asuntos de la compañía.
- Más demonios de seguridad. - Se lamentó. - Problemas de tráfico en el pabellón del juicio. Jornada doble para todo el personal ... Antes era un dios rico, Percy Jackson, Diomedes Wilson. Controlo todos los metales preciosos bajo tierra. Pero, ¡Y los
gastos! -
- Caronte quiere que le subáis el sueldo. - Y tuvimos la mala fortuna en que Aquaboy recordó ese detalle.
Le di un golpe en el brazo, ¡No era el momento!
- ¡No me hagas hablar de Caronte! - Se rompió Hades, bramando de furia. - ¡Está imposible desde que descubrió los trajes italianos! Problemas en todas partes, y tengo que ocuparme de todos personalmente. ¡Sólo el tiempo que tardo en llegar desde palacio hasta las puertas me vuelve loco! Y los muertos no paran de llegar. No, diosecillo. ¡No necesito ayuda para conseguir súbditos! Yo no he pedido esta guerra.-
- Pero se ha llevado el rayo maestro de Zeus. - Vociferó Percy.
- ¡Mentiras! - Más temblores. Hades se levantó del trono y alcanzó una
enorme estatura. - Tu padre puede que engañe a Zeus, chico, pero yo no soy tan tonto. Veo a través de su plan. -
- ¿Su plan? -
- Tú robaste el rayo durante el solsticio de invierno. - Siseó el con odio. - Tu padre pensó que podría mantenerte en secreto. Te condujo hasta la sala del trono en el Olimpo y te llevaste el rayo maestro y mi casco. De no haber enviado a mi furia a descubrirte a la academia Yancy, Poseidón habría logrado ocultar su plan para empezar una guerra. Pero ahora te has visto obligado a salir a la luz. ¡Tú confesarás ser el ladrón del rayo, y yo recuperaré mi yelmo! -
- Pero ... - Terció Annabeth, desconcertada. - Señor Hades, ¿Tu yelmo de oscuridad también ha desaparecido? -
- No te hagas la inocente, niña. Tú, el hijo de mi querida hermana y el sátiro han estado ayudando a este héroe, han venido aquí para amenazarme en nombre de Poseidón, sin duda han venido a traerme un ultimátum. ¿Cree Poseidón que puede chantajearme para que lo apoye? ¡Pues se equivoca! -
- ¡No! - Repliqué. - ¡No, tío! ¡Poseidón no ha ...! - Intenté hablar, pero era imposible aplacar la ira de Hades.
- No he dicho nada de la desaparición del yelmo. - Gruñó Hades. - Porque no albergaba ilusiones de que nadie en el Olimpo me ofreciera la menor justicia ni la menor ayuda ... Excepto por mi hermana Hestia, pero ... No puedo permitirme que se sepa que mi arma más poderosa y temida haya desaparecido. Así que te busqué, y cuando quedó claro que venías a mí para amenazarme, no te detuve. -
- ¿No nos detuviste? Pero ... -
- Devuélveme mi casco ahora, o abriré la tierra y devolveré los muertos al
mundo. - Amenazo Hades. - Convertiré tus tierras en una pesadilla. Y tú, Percy Jackson, tu esqueleto conducirá mi ejército fuera del Inframundo. -
Los soldados esqueléticos dieron un paso al frente y prepararon sus armas. Empecé a preocuparme. Mire a Percy ... Y empecé a preocuparme más.
Aquaboy, quien debería estar preocupado, parecía enojado muy ofendido. Si había algo que lo molestará de verdad, era que lo acusarán de algo que no había hecho.
- Eres tan molesto como Zeus. - Le dijo Percy sin preocuparse de las consecuencias. - ¿Crees que te he robado? ¿Por eso enviaste a las Furias por mí? -
- Por supuesto. - Respondió Hades con obviedad. Parecía ignorar el hecho de que Percy lo insulto.
- ¿Y los demás monstruos? - Pregunté curioso.
Hades torció el gesto en una expresión confundida. En verdad parecía desconcertado al respecto.
- De eso no sé nada. No quería que tuvieras una muerte rápida: quería que te trajeran vivo ante mí para que sufrieras todas las torturas de los Campos de Castigo. ¿Por qué crees que te he permitido entrar en mi reino con tanta facilidad? -
- ¿Tanta facilidad? - Dijimos todos estupefactos.
Creo que los dioses tienen un erróneo concepto de "facilidad".
- ¡Devuélveme mi yelmo! - Bramó Hades.
- Pero yo no lo tengo. He venido por el rayo maestro. - Intento aclarar Percy.
- ¡Pero si ya lo tienes! - Gritó Hades. - ¡Has venido aquí con él, pequeño insensato, pensando que podrías amenazarme! -
- ¡No lo tengo! -
Entonces, Hades me miró. - Abre la bolsa que llevas. -
Me sacudió un presentimiento horrible. Mi mochila pesaba como una bala de cañón ... No podía ser. Me descolgué la mochila y abrí la cremallera. Dentro había un cilindro de metal de medio metro, con pinchos a ambos lados, que zumbaba por la energía que contenía.
Escuche los jadeos colectivos de mis amigos.
- Dio. - Dijo Percy perplejo.
- ¿Como ... ? - Dijo Annabeth de igual forma.
- N-No lo sé. No lo entiendo. -
- Todos los héroes son iguales, incluso si eres el hijo de Hestia, no eres muy diferente. - Apostilló Hades. - Su orgullo los vuelve
necios ... Mira que creer que podías traer semejante arma ante mí. No he pedido el rayo maestro de Zeus, pero, dado que está aquí, me lo entregarás. Estoy seguro de que se convertirá en una excelente herramienta de negociación. Y ahora ... Mi yelmo. ¿Dónde está? -
Me había quedado sin habla. No tenía ningún yelmo. No tenía idea de cómo había acabado el rayo maestro en mi mochila. De alguna forma, ¿Hades había hecho algo? Se supone que el era ... No, Hades parece muchas cosas, pero no necesariamente un tramposo o maligno ser de oscuridad. Solo parecía alguien cansado de tantos problemas y desprecio como ... Yo.
Reparé en que estaban jugando con nosotros desde el comienzo. Zeus, Poseidón y Hades se enfrentaban entre sí, pero incitados por alguien más. El rayo maestro estaba en la
mochila, y la mochila me la había dado ...
- Ares ... - Susurré como si de repente hubiese tenido una revelación divina.
- Señor Hades, esperé. - Dijo Percy de repente, al parecer había llegado a la misma conclusión que yo. - Todo esto es un error. -
- ¿Un error? - Rugió el dios en respuesta.
Los esqueletos apuntaron sus armas. Desde lo alto se oyó un aleteo, y las tres Furias descendieron para posarse sobre el respaldo del trono de su amo. La que había golpeado en la cara en el autobús nos miraba a Aquaboy y a mi, ansiosa, e hizo restallar su látigo.
- No se trata de ningún error. - Prosiguió Hades. - Sé porqué has venido; conozco el verdadero motivo por el que has traído el rayo. Has venido a cambiarlo por ella. -
De la mano de Hades surgió una bola de fuego. Explotó en los escalones frente a mí, y allí estaba Sally, congelada en un resplandor dorado, como en el momento en que el Minotauro empezó a asfixiarla. No podía hablar. Percy se acercó para tocarla, y yo lo seguí de cerca pero la luz estaba tan caliente como una hoguera.
- Sí. - Dijo Hades con satisfacción. - Yo me la llevé. Sabía, Percy Jackson, que al final vendrías a negociar conmigo. Devuélveme mi casco y puede que la deje marchar. Ya sabes que no está muerta. Aún no por lo menos. Pero si no me complaces, eso puede cambiar. -
Mordí mi lengua con frustración, ya estábamos en muchos problemas, pero con Sally en medio de todo esto ...
- Ah, las perlas. - Dijo Hades de repente, y se me heló la sangre. Percy palideció a casi el mismo tono de piel que nuestro tío. - Sí, mi hermano y sus truquitos. Tráemelas, Percy Jackson. -
La mano de Percy se movió hacia su bolsillo y sacó las perlas. Pero su mano temblaba, como si Hades le estuviera obligando contra su voluntad.
- Sólo cuatro. - Comentó Hades. - Qué pena. ¿Te das cuenta de que cada perla sólo protege a una persona? Intenta llevarte a tu madre entonces, diosecillo. ¿A cuál de tus amigos dejarás atrás para pasar la eternidad conmigo? Venga, elige. O dame la mochila y acepta mis condiciones. -
Todos nos miramos. Sus rostros estaban sombríos.
- Nos han engañado. - Nos dijo Percy. - Nos han tendido una trampa. -
- Sí, pero, ¿Por qué? - Preguntó Annabeth. - Y la voz del foso ... -
- Aún no lo sé. - Contesto. - Pero tengo intención de preguntarlo. -
- Yo también. - Dije mientras miraba el rayo.
Una parte de mí quería dárselo a Hades y que Sally pudiese irse, pero otra parte de mi decía que no era lo correcto, y no importa que tan doloroso fuese, sabia que tenía razón a la final.
- ¡Decídete, chico! - Nos apremió Hades.
- Percy, Dio. - Grover nos puso una mano a cada uno en nuestros hombros. - Saben muy bien como yo que no pueden darle el rayo. -
- Eso ya lo sé. -
- Déjame aquí. - Dijo la cabra loca. - Usa la cuarta perla para tu madre. -
- ¡No! - Gritamos tanto Percy como yo al unísono.
- Soy un sátiro. - Replicó Grover. - No tenemos almas como los humanos. Puede torturarme hasta que muera, pero no me tendrá para siempre. Me reencarnaré en una flor o en algo parecido. Es la mejor solución. -
- No. - Annabeth sacó su cuchillo de bronce. - Váyanse ustedes tres. Grover, tú debes proteger a Percy y a Dio. Además, tienes que sacarte la licencia para buscar a Pan. Saca a su madre de aquí. Yo los cubriré. Tengo intención de caer luchando. -
- Ni hablar. - Respondió Grover. - Yo me quedo. -
- Piénsatelo, pedazo de cabra. - Replicó Annabeth.
- ¡Basta ya! - Me sentía como si me partieran en dos el corazón. Ambos me habían dado mucho. Recordé a Grover bombardeando a Medusa en el jardín de estatuas, y a Annabeth salvándonos de Cerbero; habíamos sobrevivido a la atracción de Waterland preparada por Hefesto, al arco de San Luis, al Casino Loto. Percy y yo habíamos pasado cientos de kilómetros preocupados por un amigo que nos traicionaría, pero aquellos amigos jamás podrían hacerlo. No habían hecho otra cosa que salvarnos, una y otra vez, y ahora querían sacrificar sus vidas por Sally.
Mire a Percy, mis ojos ardieron. - Sabes que hacer, ¿No? -
- Si ... Sé qué hacer. - Dijo con voz grave. - Tomen estas tres. - Nos dio una perla a cada uno.
- Pero, Percy ... - Protestó Annabeth.
Pero no la escucho y volteó para mirar a su madrevolví. Se que el quería sacrificarse y usar con ella la última perla y yo también lo hubiera hecho, pero se que ella jamás lo permitiría. Nos diría que nuestro deber era devolver el rayo al Olimpo, contarle a Zeus la verdad y detener la guerra. Nunca nos perdonaría si la eligieramos a ella por encima del mundo. Pensé en la profecía que Percy me había dicho, parecía haber transcurrido un millón de años: "Al final, no conseguirás salvar lo más importante".
- Lo siento mucho. - Susurré entre dientes.
- Volveré. Encontraré un modo. - Murmuró Percy.
La mirada de suficiencia desapareció del rostro de Hades. - ¿Diosecillo ... ? -
- Encontraré tu yelmo, tío. - Le dijo Aquaboy. - Se lo devolveré. -
- Ah, y que no se te olvide aumentarle el sueldo a Caronte. - Comente yo, pero pareció gustarle.
- No me desafíen ... -
- Y tampoco pasaría nada si jugaras un poco con Cerbero de vez en cuando. - Prosiguió diciendo Percy.
- De hecho, le gustan mucho las pelotas de goma roja. - Y volví hablar.
- Percy Jackson, no vas a ... -
- ¡Ahora, chicos! - Grito Aquaboy.
No necesitaba que me lo dijeran dos veces.
- ¡Destrúyanlos! - Exclamó Hades iracundo.
El ejército de esqueletos abrió fuego, los fragmentos de perlas explotaron a mis pies con un estallido de luz verde y una ráfaga de aire fresco. Quedé encerrado en una esfera lechosa que empezó a flotar por encima del suelo. Percy estaba frente a mí, mientras que Annabeth y Grover estaban justo detrás de mí. Las lanzas y las balas emitían inofensivas chispas al rebotar contra las burbujas nacaradas mientras seguíamos elevándonos. Hades aullaba con una furia que sacudió la fortaleza entera, y supe que no sería una noche tranquila en Los Ángeles.
- ¡Mira arriba! - Gritó Grover. - ¡Vamos a chocar! -
Nos acercábamos a toda velocidad hacia las estalactitas, que supuse
pincharían nuestras pompas y nos ensartarían como brochetas. No genial.
- ¿Cómo se controlan estas cosas? - Preguntó Annabeth a voz en cuello.
- ¡No creo que puedan controlarse! - Grito Percy.
Gritamos a medida que las burbujas se estampaban contra el techo y ... De
pronto todo fue oscuridad.
¿Estábamos muertos?
No, aún tenía sensación de velocidad. Subíamos a través de la roca sólida con tanta facilidad como una burbuja en el agua. Caí en la cuenta de que ése era el poder de las perlas: "Lo que es del mar, siempre regresará al mar", lo que la nereida le había dicho a Percy.
Por un instante no vi nada fuera de las suaves paredes de mi esfera, hasta que mi perla brotó en el fondo del mar junto la de Percy. Las otras dos esferas lechosas, Annabeth y Grover, seguían mi ritmo mientras ascendíamos hacia la superficie. Y de pronto ... Estallaron al irrumpir en la superficie, en medio de la bahía de Santa Mónica, derribando a un surfero de su tabla, que exclamó indignado: - ¡Eh, bruh! -
Agarré a Grover y tiré de él hasta una boya de salvamento. Percy había hecho lo mismo por Annabeth. Un tiburón de más de tres metros daba vueltas alrededor, muerto de curiosidad.
- ¡Largo! - Le ordenó Percy.
El escualo se volvió y se marchó a todo trapo. El surfero gritó no sé qué de unos hongos chungos y se largó, pataleando tan rápido como pudo.
De algún modo, sabía qué hora era: primera de la mañana del 21 de junio, el día del solsticio de verano. En la distancia, Los Angeles estaba en llamas, columnas de humo se alzaban desde todos los barrios de la ciudad. Había habido un terremoto, y había sido culpa de Hades. Probablemente acababa de enviar a un ejército de muertos detrás de nosotros. Pero de momento el inframundo era el menor de mis problemas.
Teníamos que llegar a la orilla. Teníamos que devolverle el rayo maestro a Zeus en el Olimpo. Y sobre todo, teníamos que mantener una conversación importante con el dios que noz había engañado.
Ahora mismo tengo muchas ganas de pelear.
