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Harumi(arroba)Taniguchi

En días pasados hemos informado de una serie de misteriosas muertes y desapariciones de mujeres jóvenes, todas ellas menores de edad. A esta extraña ola de fallecimientos se suma la de Nijimi Anazawa, idol miembro del grupo Dog's Play. De momento las causas de su muerte son desconocidas, pues no mostraba signo alguno de violencia y las puertas de su apartamento se encontraban en buen estado. Cientos de fanáticos hacen largas filas frente al edificio departamental donde residía a fin de despedirse de ella por última vez…


El tiempo se sentía eterno. Habían pasado diez días desde que Yuzu conoció la terrible verdad del Mahou Shoujo Site y con ello su cabeza se volvió un lio aún peor de lo que ya era. Su percepción del mundo cambió de pronto y se repetía una y otra vez lo que lograba recordar de aquel discurso que hizo Matsuri sobre las chicas mágicas y los riesgos de utilizar las varitas mágicas que la Administradora del sitio le entregó por algún motivo desconocido. La información era demasiada, tanta que se vio obligada a transcribir todo lo que recordaba de aquella charla en un cuaderno. A pesar de eso, tenía la sensación poseer información incompleta. Algo, estaba segura, le había ocultado y era importante. ¿Qué sería? No solo era sobre los efectos de las varitas; según recordaba, Matsuri evitó hablar sobre los Administradores y su relación con las chicas mágicas. Cuando apenas había mencionado algo sobre los enigmáticos mensajeros del sitio, la chica de cabellos rosados cambió de tema.

También le llamaba la atención aquella aliada de Matsuri. ¿Quién era en verdad? Le parecía sumamente curioso que nunca le revelara su nombre y solo se refiriera a ella como "socia". ¿No debería saber de quien se trataba si estaban en el mismo equipo? Su cabeza era una maraña de pensamientos sin sentido y menos fundamento. Por un lado, entendía a la perfección el motivo que Matsuri tenía para mantener a su socia en el anonimato; la presencia de aquella cazadora de chicas mágicas era un riesgo para todas y mantenerse escondidas era la mejor estrategia para evitar un posible ataque. En todo caso, pensó, quizá ella también mantenía un halo de misterio con la socia y solo la pelirosada sabía las identidades de ambas. Si bien, esto comprendía un gran peligro para ella, resultaba un buen plan de supervivencia, incluso en el peor escenario que le vino a la mente: la verdadera identidad de esa "socia" era la cazadora mágica. Una idea descabellada, sin duda, pero posible. Mientras no se revelara la identidad de otras poseedoras de varitas, el riesgo de un ataque era bajo.

Un repentino escalofrío recorrió su espalda de punta a punta. Era una idea ridícula y temible al mismo tiempo, imposible de ocurrir según su razonamiento, pero, ¿no era poseedora de un artículo que le otorgaba un poder imposible? Se reprimió a ella misma por semejante ocurrencia, sin embargo, no era fácil de ignorar. ¿Y la cazadora de chicas mágicas era la misma Matsuri? En ese caso, todo aquello era una trampa para despojarla de su varita y hacerse con más poder. De ser así, se confirmaría la advertencia que Matsuri le hizo: no confíes en nadie. Pero ¿por qué le advertiría de todo? Se llevó ambas manos a la cabeza y se sacudió con desesperación. No comprendía nada. Maldito sitio, malditas varitas. Ella solo quería volver a ver a Mei y terminó envuelta en asuntos que iban más allá de su comprensión.

La mochila estaba en su rincón habitual y Yuzu se acercó. Solo se dedicó a mirarla por los siguientes minutos, como si en vez de su mochila aquella fuera una bestia peligrosa que podría atacarle en cualquier instante. Así fue durante los últimos días, sentía un gran temor por el contenido oculto en su mochila. En otro momento, ese miedo estaría inspirado por alguna tarea complicada, un proyecto que significara la mitad de su calificación, una pila de deberes escolares fastidiosos. Algo habitual para una adolescente como ella. Sin embargo, la causa de tanto terror era una pistola blanca que bien podría pasar por un simple juguete de plástico.

Pese a su aspecto, no había nada de simple en esa pistola. Se trataba de un objeto más poderoso de lo que creía, misterioso y problemático en varios aspectos. Con las manos temblorosas, heladas como témpanos de hielo, abrió la mochila y esperó. Desde esa charla con Matsuri, introducir la mano para sacar un cuaderno o su espejo le provocaba pavor al no saber que pasaría con ella si alguien se enteraba de aquel objeto. ¿Y si realizaban una inspección de mochilas en la academia? En primer lugar, no habría manera de justificar la posesión de aquel objeto tan extraño y que pasaría por un juguete el cual, dicho sea de paso, está prohibido por el reglamento escolar. Sin embargo, la verdadera preocupación iba más allá de una simple amonestación por parte de los profesores, ¿qué importaba una más en su historial? La varita era peligrosa y no podía imaginar las consecuencias posibles en caso de caer en manos de personas ajenas al Mahou Shoujo Site. ¿Cualquiera podría usarla o solo las chicas mágicas? No tenía la menor idea de lo que podría ocurrir. Poco a poco, sacó la pistola. Se sentía fría al tacto, como cualquier trozo de plástico y costaba creer la verdadera naturaleza de ese objeto parecido a un juguete. Alzó su muñeca. Al instante se hizo visible el símbolo de corazón que representaba su esperanza de vida. Como no había utilizado el poder de la varita desde el primer día, el indicador no presentaba cambio alguno. Eso le alegró un poco, al menos tenía certeza de que el simple contacto con esta no le afectaba.

Yuzu se sentó en la cama, aun contemplando la pistola. No la quería, no aceptaría tan peligroso objeto en su poder y en definitiva se negaba a utilizarla de nuevo. Tan solo de imaginar que su simple uso podía costarle la vida, le hacía temblar de miedo, en especial porque la descripción que hizo Matsuri sobre el proceso era terrible. Por otro lado, también estaba la cazadora, alguien de quien debía cuidarse. No quería ser atacada por ella, pero tampoco quería lastimar a otra persona; sin embargo, una situación desesperada requeriría acción de su parte para salir con vida del asunto. Pero, pensó, si aquella varita era el problema, ¿la solución no sería deshacerse de esta? Sin ese artilugio, no tendría que gastar su esperanza de vida ni sería objetivo de la cazadora. Simplemente volvería a su vida ordinaria. Lo mejor, entonces, era entregarle la varia a Matsuri. Al menos, creía, la joven pelirosada tendría una mejor idea de qué hacer con esa cosa, ya fuera para esconderla o sacarle provecho.

Se pasó una mano por el cabello para retirar los mechones que le caían sobre la cara. Entonces reconoció que estaba pensando de más las cosas y se dejó caer en la cama. No había otra opción, solo quería deshacerse de esa maldición y la única manera de lograrlo era con la desaparición de esa varita. Ella no pidió ese poder, ni sabía la manera de sacarle provecho. Cerró los ojos, aun debatiendo que decisión tomar. De pronto, los abrió y se levantó de un salto sin soltar la varita. Con todas las preocupaciones por la cazadora, los administradores y mantener en secreto su condición de chica mágica, no había caído en cuenta de las posibilidades otorgadas por el misterioso sitio web. En sus manos estaba un artefacto maravilloso, cuyo poder era transportarla de un lugar a otro en un abrir y cerrar de ojos. Se sintió torpe por no pensar en eso antes.

Empuñó con fuerza su varita. La habilidad mágica que le fue concedida podría traerle el fin definitivo a sus penas. No tardó mucho en decidirlo, tan pronto como la idea llegó a su cabeza supo que debía actuar. Usaría el poder de la varita para aparecer frente a Mei y llevársela con ella a un lugar donde nadie pudiera separarlas nunca más, a donde pudieran permanecer juntas y vivir en paz, sin más obstáculos ni rivales. Sonaba egoísta y quizá lo era, pero solo así podría terminar con tanta tristeza. Pero antes debería realizar algunos preparativos y eso incluía dominar el poder de su pistola mágica. Apuntó a su mochila; sus ojos brillaron con el símbolo del corazón en sus pupilas, el cabello le creció y en su muñeca apareció el indicador de esperanza de vida. Uno o dos ensayos bastarían, no tendría más oportunidades. Si esto funcionaba como creía, bastaría con pensar en el lugar donde quería aparecer. Imaginó su cama, tal y como estaba en ese momento; ese sería el punto en el cual la mochila debería aparecer. Respiró hondo. Tenía que saber si era posible cumplir con la idea que acababa de concebir, después de todo, si eligieron ese poder para ella, debió ser por algo. Estaba decidida a tirar del gatillo.

—¡Yuzu! —se escuchó la voz de su madre al otro lado de la puerta. La aludida se estremeció del susto y soltó la varita, misma que terminó en el suelo—. La cena está lista.

—Gra-gracias. Ya voy, mamá —dijo, realizando un gran esfuerzo por sonar tranquila.

Esperó hasta que los pasos de su madre dejaran de escucharse. Solo así se atrevió a moverse y tomar de nueva cuenta la misteriosa pistola transportadora. Miró de nuevo el indicador con su esperanza de vida y, para su alivio, comprobó que no había agotado nada por su intento fallido. Al menos, entendió en ese momento, no perdería vitalidad hasta accionar el gatillo de su varita. Solo faltaba comprobar su funcionamiento, pero podría esperar hasta pasada la cena. Yuzu se miró al espejo antes de salir de la habitación y con una mirada dura se prometió a si misma entregar la varita a Matsuri una vez que lograra su objetivo de vivir feliz con Mei. Una vez consumada su misión, se alejaría de cualquier cosa relacionada con el Mahou Shoujo Site.

O al menos, eso quería creer.


Algo había cambiado en las calles de Tokio o, quizá y dada su condición de chica mágica, la percepción de Yuzu era lo que había cambiado. Ya fuera de día o de noche, no se sentía segura. Un aura de muerte y desesperación se podía sentir en la ciudad; el aire se volvió pesado con el paso de los días, al grado que era difícil respirar con normalidad y se obligaba a hacerlo más despacio. Incluso la gente parecía distinta, algunos indefensos e inocentes, incapaces de lastimar a alguien; pero otros tantos, especialmente las mujeres más jóvenes, despertaban un sentimiento de desconfianza, una ola de miradas amenazantes, un peligro latente. Temía que en cualquier esquina apareciera una chica extraña para atacarla y reclamar su varita. Sabía sobre la cazadora mágica y su solitario acecho en contra de las otras chicas elegidas por el sitio, pero no tenía idea de cuál era su cara, ni siquiera algún rasgo que le permitiera identificarla entre el resto. Incluso era posible que estuvieran en la misma escuela, tan cerca que el peligro resultaba inminente. Por eso mismo se veía obligada a cargar con su varita todo el tiempo, para escapar de cualquier amenaza. Se detuvo frente a la cafetería donde solía comprar crepas con Mei. ¿Cómo había pasado? El lugar que una vez fue feliz, en donde podría morir de ternura se volvió en poco tiempo un punto lleno de nostalgia, cuyos recuerdos le producían un nudo en la garganta. Apretó los puños con determinación. Ni los siniestros Administradores, ni la cazadora ni nada le detendrían de lograr su objetivo; así tuviese que huir del país, Yuzu recuperaría esa felicidad y la volvería permanente.

—¿Supiste lo que ocurrió? —escuchó la voz de un par de señoras. Disimuladamente, tomó su celular y se detuvo cerca de ellas, fingiendo escribir un mensaje. Si la suerte estaba a su favor, ellas ni notarían su presencia—. Hubo otro asesinato. De nuevo una jovencita.

—¿Otra? ¿Y fue en condiciones igual de extrañas que las anteriores?

—Sí. A esta la encontraron aplastada en su habitación.

—¿Qué? ¿Aplastada? ¿Segura que escuchaste bien?

—Estoy segura que escuché eso. Dijeron que su cama también estaba destrozada pero no pueden explicar que ocurrió.

—Es como el caso de esa secundaria, en la que apareció el cráter.

—Oh, lo recuerdo.

Yuzu también lo recordaba. Hacía unos días, cuando aún no tenía conocimiento alguno sobre el sitio de chicas mágicas, escuchó el rumor de un cráter misterioso que, sin existir una razón aparente, apareció en el área de casilleros de una secundaria cercana. Por más que las autoridades escolares quisieron ocultar el suceso, los testimonios de sus estudiantes y las fotografías publicadas en redes sociales dieron a conocer el extraño hecho a todo el país. Si bien, en su debido momento aquello le pareció anormal, nunca se detuvo a meditar sobre las causas para tal prodigio, las cosas parecían una mala broma demasiado elaborada; pero ahora, conocedora del oscuro mundo que existía a su alrededor, solo podía sospechar de una chica mágica y un uso desmedido de su varita. Sintió un escalofrío recorrerle todo el espinazo. Un cráter, una joven aplastada, teletransportación y detener el tiempo; ¿cuáles eran los otros poderes concedidos por las demás varitas? Parecía que la imaginación era el límite.

—¿Estas espiando a esas señoras, Yuzu-chan? —la repentina voz de Matsuri le regresó a la realidad y, en respuesta, solo pudo lanzar un grito del susto—. Supongo que es una buena manera de obtener información.

—¡Ma-matsuri! No me asustes de esa manera.

—Eso es malo. Pareces estar muy distraída y te dije que tuvieras cuidado —tomó a la rubia del brazo y la llevó por la calle hasta llegar a un parque, el mismo en el que solían reunirse para comer helado—. Es mejor hablar de estas cosas en un lugar más privado.

—No estoy segura que este lugar sea adecuado —repuso Yuzu. Se detuvieron frente a los columpios y Matsuri no esperó ni un segundo para ocupar uno—. Cualquiera podría oírnos.

—Tal vez eso sea mejor —respondió la pelirosada para asombro de Yuzu. Matsuri comprendió que sus palabras no fueron entendidas al inicio y procedió a explicarse. Por un momento se llevó las manos a la nuca y miro el cielo. Estaba limpio y el sol brillaba con todo su esplendor—. Sí más personas conocieran los horrores del Mahou Shoujo Site, estoy segura que nadie aceptaría las varitas. Es solo una idea que me vino a la mente, quizá y no funcione aunque divulgamos la verdad.

—Acaso… ¿quieres detener al sitio? ¿Eso es posible?

—No lo sé. Pero esta es una maldición que nadie más debería recibir, ¿no lo crees?

—Realmente no estoy segura de que se trata todo esto pero… —estaba confundida y era evidente. Apenas la noche anterior tenía pavor de tocar su mochila, pero, a la vez, se había armado de valor para utilizar la varita con un objetivo muy claro—. Nadie debería vivir con el miedo de ser atacado por poseer una de las varitas. Ni siquiera puedo ir a la escuela sin sentirme amenazada.

—Justo a eso me refiero, Yuzu-chan. Estos artefactos solo han traído locura y más desgracias de las que sus portadoras pueden soportar.

—¿A qué quieres llegar con esto? —preguntó Yuzu impaciente. Estaba por practicar su tirón con Matsuri si no dejaba su repentina palabrería—. Hablas como si quisieras enfrentar a esos Administradores

—De eso se trata —agregó Matsuri con una sonrisa tristona pero temible. Yuzu sintió, por alguna razón, que todo a su alrededor se congelaba— Te dije sobre mi socia, ¿verdad? Pero ella no es la única —siguió hablando como si aquello fuera lo más cotidiano—. Hay muchas chicas mágicas en la ciudad y algunas nos hemos organizado para descubrir la verdad del Mahou Shoujo Site y...

Yuzu desconoció a Matsuri en ese momento. La risa de los niños a su alrededor se notaba lejana, aunque no estaban a más de diez pasos. No importaba si ellos escuchaban hablar de la página web, pensarían que se trataba de algún juego o una cosa de adolescentes. Los ojos azules de Matsuri seguían clavados en el cielo y estos carecían de su acostumbrada malicia; parecían desamparados, ávidos de una solución divina a un conflicto que se escapaba de sus manos. Ella estaba acostumbrada a salirse con la suya; pese a los imprevistos, era capaz de volverlos una situación ventajosa a la cual podía sacarle una ventaja, un beneficio, incluso dinero. Pero había llegado una fuerza mayor a la cual no sabía cómo voltear a su favor. No sabía qué hacer y eso era grave.

—¿Y?

—Destruirlo —concluyó y Yuzu no supo que responder a eso. Se limitó a contemplar el rostro de su amiga, cuyos ojos seguían fijos en el cielo. Algo estaba distinto en Matsuri; parecía sumamente determinada en sus palabras, se podía sentir el resentimiento hacia el sitio y un auténtico deseo por terminar con este, pero había algo más. Si sus miradas se cruzaran, estaba segura, rompería en llanto. Al menos, es impresión le daba; más que frustrada parecía estar herida en el alma. ¿Acaso una de las víctimas de la extraña página de internet era una persona cercana? ¿Su socia, quien quiera que fuese, era ya una víctima fatal de aquella locura provocada por las malditas varitas? Quería preguntarle y aclarar sus dudas, sin embargo, no se atrevía a hacerlo.

—Matsuri, necesito que hables claro —repuso Yuzu tratando de hacer valer su autoridad como supuesta hermana mayor—. Si necesitas hablar de algo, solo hazlo, pero se directa. No puedo ayudarte de esa manera.

—¿Prometes ayudarme sea lo que sea?

—No puedo prometerlo si no me dices lo que quieres, pero haré lo mejor que pueda.

Por fin le regresó la mirada. De nuevo estaban esos ambiciosos ojos azules, brillantes como zafiros. Pero a la expresión triunfante de Matsuri le faltaba la sonrisa pícara habitual.

—Necesitamos tu ayuda para derrotar a los Administradores.

—¿Qué? ¡Pero dijiste que eran peligrosos!

—Por eso necesitamos tu ayuda, Yuzu-chan —se le acercó y le tomó ambas manos en un gesto suplicante. La desesperación debía ser grande para que una chica como la pelirosada hiciera semejante acto—. Conozco a chicas con varitas perfectas para pelear, incluso tenemos a una para curarnos, pero pocas sirven para nuestros escapes. La tuya es perfecta para eso, necesitamos la manera de lograr un escape seguro y tú eres la única que podría conseguirlo. Seguro que con un poco de practica bastará.

—¡Espera un momento! —interrumpió las palabras de su interlocutora. Su corazón le golpeaba con fuerza el pecho. Ella no quería tener relación alguna con el sitio, ni los Administradores, así fuera amistad o una confrontación—. Matsuri yo… entiendo que me necesites pero… pero la verdad es que yo no quiero seguir con esto.

—Ya te lo dije, no puedes escapar.

—¡No me importa! —repuso con un grito enérgico—. ¡No quiero saber nada de ese sitio! Perdona que lo diga así pero no puedo con eso. Usaré la varita para solucionar algo y luego… te la daré.

—Esto tiene que ver con Mei —señaló Matsuri con notable disgusto. Una repentina brisa sopló y con ella se fueron varias personas que disfrutaban del parque. El silencio a su alrededor se volvió pesado—. Ella tomó una decisión, deberías respetarla. ¡Por favor, esto es más importante!

—¡Que me lo diga ella en persona, entonces! Sé que es egoísta de mi parte… pero no puedo con esto. Ya tomé una decisión y esa fue entregarte mi varita después…

Una risa incomoda la interrumpió. ¿Por qué Matsuri se reía de esa manera ante tal situación? Una carcajada amarga, tan difícil de escuchar e interpretar. Por un momento, Yuzu pensó que la menor se arrojaría contra ella en un arrebato de ira provocado ante la negativa. Sabía, incluso, que aquello podría terminar enfrentándolas a ambas y la ganadora sería aquella capaz de usar su arma más rápido que la otra. De pronto, igual que como empezó, la risa se apagó.

—Eso no importa. Tengas o no una varita, ellos te estarán siguiendo. Por eso te dije que no hay escapatoria; ya sabes sobre la existencia de las chicas mágicas, del sitio, de todo. ¿En verdad crees que te dejaran en paz solo por qué lo pidas? No. Te perseguirán hasta acabar contigo.

Sus palabras se sintieron pesadas. Que fácil se pueden derribas las esperanzas de una persona cuando se utiliza la manera exacta de hablar. El objeto mágico que le fue entregado, un extraño artefacto que bien podría servirle para conseguir su tan anhelada felicidad al lado de Mei, resulto ser una maldición que jamás la abandonaría hasta su muerte, la cual percibía muy pronto. Y si las cosas serían de esa manera, ¿que importaba luchar? Si de todas maneras el resultado sería el mismo. Respiró profundo para armarse de valor. Encararía a Matsuri, sería egoísta y necia hasta el final. Su vida era la que estaba en juego y la gastaría como ella quisiera; así solo fuera una semana o un año, estaba resuelta a sacarle provecho a la pistola que le entregaron. Al menos sería feliz los últimos días que le quedaran. Estaba a punto de hablar, cuando una voz le detuvo.

—¡Yuzuchi! —dijo Harumi a sus espaldas—. Ah, y tú también estas aquí.

—Taniguchi-senpai —saludó Matsuri de inmediato. Yuzu la miró con atención y fue testigo de una repentina transformación. Ya no había rastro alguno de frustración o enojo, su rostro deformado por la incomprensible carcajada volvió a mostrar la expresión confianzuda que solía tener.

—No esperaba verte, Harumin —Yuzu intentó sonar lo más natural que fuera posible, aunque sentía que su voz podría romperse en cualquier momento. Con lo que ahora conocía, era difícil mantenerse serena. Pese a todo, debía mantener la compostura, actuar como solía hacerlo y la única manera de hacerlo era despejando un poco su mente con un momento de la vida cotidiana que quizá no podría recuperar—. Bueno, ya que estamos aquí, podríamos ir a la cafetería y…

—Lo siento, pero eso tendrá que esperar —de inmediato, Harumi le arrebató la palabra. Yuzu se quedó callada y confundida—. Pero podemos ir más tarde, Yuzuchi. Solo tengo que hablar de algo con ella —agregó, refiriéndose a Matsuri y las cosas no podrían ser más extrañas.

—Ah, claro —respondió la rubia con una sonrisa desconcertada. A su entender, el trato entre ambas no era el más amistoso pese a convivir con frecuencia. Tomó su bolsa y señaló una de las bancas cercanas—. Me da gusto ver que ya se llevan mejor. Bueno, las estaré esperando por allá.

—No tardaremos mucho —escuchó hablar a Matsuri con su habitual calma. Por un segundo, las cosas habían vuelto a la normalidad.

Yuzu, aun desconcertada, se alejó de ellas y fue a sentarse a una de las bancas cercanas. Tomo su celular para matar el tiempo mientras esperaba, necesitaba distraerse con algo para no atormentarse con las ideas que su amiga le había provocado, aunque poco funcionó. Pasaba las publicaciones de moda sin prestarles atención, las ofertas en cosméticos y ropa no le llamaban la atención, mucho menos servían para despejar su cabeza de los terribles pensamientos que la inundaban. Tanto le tomó idear un plan para escapar de todo, para armarse de valor y con solo un par de palabras, aquello se derrumbó y le mandó a la desesperación, pues ahora sabía que no podía salir del oscuro mundo al que fue arrojada solo por sentirse desdichada. ¿Y de quién era la culpa? Apretó uno de sus puños. Si tan solo Mei la hubiese elegido por sobre las responsabilidades, si tan solo no existiera la presión familiar y le pusieran tantos peros con tal de heredar el control de la academia. Si su madre no se hubiese casado, solo así se habría salvado de ser una chica mágica.

—¡Listo! —le dijo Harumi abrazándole la espalda con fuerza y Yuzu dio un salto del susto que provocó la risa de su mejor amiga—. No te asustes, Yuzuchi.

—¡No esperaba eso! —rio nerviosa, tratando de calmarse. Por un momento pensó que alguien estaba por atacarla. Recuperó el aliento y se contagió de la sonrisa que le dirigía Harumi—. No tardaste nada.

—Te dije que sería rápido. Solo iba a entregarle un par de cuadernos a esa chica.

—¿Cuadernos?

—Parece que tiene problemas con un par de cosas, ya sabes cómo es esto.

—Cierto, aunque pudo pedirme ayuda a mi para eso —afloró su sentido de hermana mayor, aunque su apoyo académico con cualquier estudiante de un grado inferior sería de poca o nula ayuda—. En fin. ¿Se fue?

—Tuvo que irse. No me dijo nada pero salió corriendo.

—Que extraño —comentó Yuzu, aunque en verdad no le parecía nada raro. Matsuri parecía estar concentrada en otro asunto relacionado con el sitio, algo que le absorbía toda la atención y tiempo. No iba a perder valiosos minutos en una cafetería. Pero Yuzu sí lo haría con tal de volver a su vida cotidiana por un momento—. Ni hablar —suspiró—. ¡Vamos por ese café!

—¡Sí, vamos!


—¿Se puede saber que le estabas diciendo? —reclamó Harumi con una enérgica voz. Sus brazos estaban cruzados y su rostro se deformaba en una expresión de coraje contenido. Si no golpeaba a Matsuri, era solo porque estaban en público y no quería provocar un escándalo, además, eran aliadas que debían mantenerse unidas de alguna manera—. Se veía asustada.

—Debería estarlo. Solo le dije la verdad.

—La verdad —repitió aun molesta. Su mirada expresaba el rechazo a cada una de las palabras que la pelirosada decía con tanta calma—. ¿Y cuál es esa verdad?

—Tú también pasaste por eso, ¿no? Te dio pánico al saber que no existe una escapatoria para esta maldición y que hagas lo que hagas, tu vida depende de los Administradores. Eso fue todo lo que dije.

—¿Esperas que te crea? Ya le habías dado a entender eso, así que debe ser algo más.

El silencio se hizo entre ambas. Sus miradas gélidas, desconfiadas como las de una presa y su depredador se cruzaron. La convivencia entre ambas siempre estuvo llena de roces, sus diferencias personales estaban muy marcadas y Harumi no se molestaba en disimular su desagrado por la menor. Ya fuera por su comportamiento o ideas, el conflicto entre ambas siempre estaba presente.

—No voy a mentir entonces. Dije que la necesitamos para la batalla contra los Administradores. Y tú lo sabes, senpai. Necesitamos esa varita a nuestro servicio.

—Eso no es lo que acordamos. Quedamos en mantenerla al margen de esto, que no la involucraríamos.

—Viendo nuestra situación actual, eso no es posible. Nos hemos quedado sin alguien que nos pueda sacar de las áreas peligrosas. ¡Necesitamos a Yuzu en el equipo!

—¡Me niego! Ya encontraremos a otra…

—¡No hay tiempo! Faltan veinte días para la tempestad, no sabemos que significa eso y hemos tenido bajas.

—Aunque lo digas así, no voy a dejar que la involucres en esto.

—¡Deja de protegerla así! Es mejor tenerla de nuestro lado a que ande sola por ahí. Si tan solo tuviera la varita de Nijimi…

—¡Basta! —repuso Harumi con fuerza. Al instante, sus ojos mostraron la letra griega Phi (Φ). En sus manos se apreció un yoyo cuya cuerda comenzaba a brillar. Matsuri se quedó callada, contemplando el rostro que tenía ante ella. El emblema se desvaneció de las pupilas de Harumi y de sus ojos comenzaron a brotar lágrimas de inmensa frustración—. Realmente no quiero que Yuzuchi… experimente toda esta locura…

—No podemos evitarlo, senpai. En algún momento los administradores la alcanzarán, como a cualquiera de nosotras —respondió. Cómo en pocas ocasiones, mostraba una emoción diferente a la habitual. Se encontraba harta de lidiar con esas fuerzas inexplicables que de la noche a la mañana le cambiaron la vida—. Pero solo así podemos cuidarla de ellos.

—Al menos ya pensaste —siguió hablando. Se limpió las lágrimas con sumo cuidado, no fuera a arruinar su maquillaje—, ¿ya pensaste en cómo decirle?

—No hay manera fácil de hacerlo. Supongo que lo primero es revelarle que tú también eres una chica mágica.

—Si no tenemos otra opción —suspiró resignada—. En este momento quisiera volver a usar la máscara de A. Así no sabría que yo también estoy involucrada.

—¿Y que ella es la causa de que seas desgraciada? —sonrió con mala intención. Esperaba una nueva discusión como respuesta, pero solo obtuvo una mirada de molestia.

—Que graciosa —ambas pusieron marcha hacia las bancas que Yuzu había ocupado, sin embargo, en su lugar encontraron a un joven de lentes que no dejaba de leer. Ambas buscaron con la mirada a su amiga, pero no pudieron encontrarla—. ¿Se fue? No la veo por ningún lago.

—Oye tú —Matsuri se dirigió al chico de lentes, quien levantó la mirada de su libro con una expresión de enojo—. Perdón que interrumpa, pero ¿no viste a una chica rubia por aquí?

—¿La rubia? —respondió. Pasó la vista a Harumi y con cierta extrañeza agregó—: Se fue por allá con una chica… igual a ella.

Ninguna dijo nada. Se miraron por un instante y se aferraron a las correas de sus respectivos bolsos antes de salir corriendo. Era imposible que Harumi se hubiese ido con Yuzu, pues estaba ocupada. Si acaso existía otra chicas tan parecida a ella solo podía significar una cosa: era una trampa. Pero, ¿de quién?


Yuzu y Harumi caminaban rumbo a una cafetería que, según palabras de la última, recién había abierto en la ciudad. La rubia intentaba mostrarse alegre aunque era difícil con todas las cosas que tenía en mente y quizá por ello solo se dejaba llevar por el repentino entusiasmo de su mejor amiga. Torcieron en un callejón poco concurrido a modo de atajo. La separación entre los edificios era considerable y a juzgar por la cantidad de cajas vacías en perfecto estado, era la parte trasera de muchos establecimientos comerciales. Al final de este camino se distinguía la calle principal y, sobre la acera contraria, se miraba un segundo callejón ocupado por numerosos contenedores de basura.

—¿Estas segura que es por aquí?

—Claro, Yuzuchi —sonrió Harumi a sus espaldas. Abrió su bolso y de este sacó un pequeño bastón retorcido, con un par de alas en su mango. Sus ojos brillaron y en sus pupilas apareció una estrella—. Muy segura.