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Rina Shioi is online

Sus pasos resonaban entre los altos muros de los edificios y el persistente eco perforaba los oídos de Yuzu. En ciertos momentos de la vida, se suelen recordar cosas tan irrelevantes como aleatorias. Solía evitar caminar entre los callejones por más de una razón. En primera, desde pequeña aprendió lo peligrosos que eran esos lugares; tanto criminales como algún animal callejero podrían aparecer de pronto y atacar, tal y como le había pasado hacía unos días con aquel maleante que intentó asaltarla. Al estar en un lugar tan estrecho, habría pocas oportunidades de huir y aun menores de recibir auxilio alguno. En segundo lugar, salir de un callejón no pegaba para nada con su forma de ser, después de todo, ella es una gal y no podía salir de un lugar como ese ante las miradas de las personas. Eso rompería por completo con su imagen, provocaría una seria de rumores y hasta podría comprometer el prestigio de su familia. Pero había otro motivo para tener miedo, uno más poderoso que cualquier chisme o delincuente: la incertidumbre de ser atacada por una chica mágica.

No hacía mucho que Yuzu era capaz de caminar como si nada por las calles de la ciudad, mirar con sus intensos ojos las maravillas del progreso nipón y compartir, aunque fuera difícil, una sonrisa con las personas que más apreciaba. Pero todo había terminado con el poder mágico que le otorgaron. Ahora debía andar con cuidado, temerosa de una malvada chica mágica dispuesta a todo por conseguir más de un poder que terminaría por destruirla. ¿Por qué lo hacía? No podía comprenderlo. De pronto, un escalofrío recorrió su espalda, su corazón se aceleró con dolorosos golpes y un pensamiento terrible fue concebido en su cabeza. En ese momento era acompañada por Harumi; si por azares del destino era víctima de una mala jugarreta del destino, la cazadora mágica aparecería ante ellas. No solo tendría que huir de la agresora, también se vería obligada a que proteger a Harumi y explicar, en caso de salir vivas, lo que acababa de ocurrir. Sacudió la cabeza, no podía pensar en eso o corría el riesgo de volverlo realidad.

—¿Pasa algo? —preguntó su amiga al verla—. Parece que algo te preocupa.

—Ah, no es nada. Solo pensaba en una película que vi hace poco. No le des importancia.

—Aunque digas eso, hay algo en ti que me interesa bastante —agregó Harumi. Mostró una sonrisa llena de confianza que, gracias a la escasa luz del callejón, se tornaba espeluznante.

—¿Harumin? —preguntó la rubia extrañada. Estaba por voltear para ver a su amiga cuando, frente a sus ojos, apareció una barrera amarillenta para cortarles el paso. Se detuvo en seco. Parecía un muro hecho con luz, pero sólido y firme, perceptible al tacto. Aquello, por sus características y repentina aparición, solo podía ser producto de magia. El peor escenario se había vuelto realidad y ahora estaban atrapadas por culpa de la cazadora mágica. Yuzu intentó hablar, buscando la calma de su mejor amiga, cuando su cuerpo fue azotado por una descarga eléctrica que le hizo gritar de dolor. Cayó de rodillas, respirando con dificultad y las extremidades temblando sin control. Con dificultad logró mirar a su espalda.

—Que desafortunada, Yuzuchi, que desafortunada —decía Harumi con una voz burlona—. Déjame darte un consejo de una chica mágica a otra —agregó con una sonrisa. De su nariz salía un fino hilo de sangre—. No confíes en otra chica, aunque sea tu amiga.

—Harumi... —jadeaba. El cuerpo le dolía por dentro y a su nariz llegaba un aroma a carne quemada. Intentó levantarse, pero ni los brazos ni las piernas le respondían—. Tú... tú también eres una... chica mágica…

—Sí, también soy una chica mágica, pero te equivocas en algo. Yo no soy tu amiga —admitió sin dejar de sonreír. En sus ojos, brillantes ya de por si debido a las propiedades de la varita, podía notarse un destello asesino, despiadado—. ¡Yo soy Rina Shion!

La falsa Harumi soltó una risotada abominable y por primera vez en todo el tiempo que tenían de conocerse, el rostro de su mejor amiga le produjo un profundo temor. Estaba consciente de lo que ocurría; esa chica que se hacía pasar por Harumi debía ser la temida cazadora mágica, solo que estaba disfrazada, seguramente, gracias a alguna varita mágica. No había límites para los poderes otorgados por el sitio. Alzó la mirada con dificultad. ¿Cuánto tiempo llevaría espiándoles para llegar a ese momento? Y aún más importante, ¿cómo sabía que ella también tenía una varita? Lo mismo se había preguntado de Matsuri, que descubrió su nueva condición por cuenta propia. Los parloteos de Rina continuaban, dándose aires de grandeza. Volvió a reír con ganas y, solo para divertirse, lanzó unos rayos cerca de la indefensa Yuzu. Otra carcajada estalló cuando la rubia dejó escapar un grito ahogado, mezcla de dolor y miedo.

—¡Vamos, senpai! Al menos muéstrame tu varita —gritó frenética Rina—. O dime que hace, antes de que te mate.

A Yuzu la cabeza le daba vueltas; el corazón le golpeaba el pecho con furia y sus oídos palpitaban con tal intensidad que podrían reventar en cualquier momento. Hablar con la chica frente a ella no tendría sentido, pues su ceguera y hambre de poder eran más que obvias. Solo podía hacer una cosa y esa era atacar. ¿Tendría el valor para hacerlo? Ella no tenía la intensión de lastimar a alguien, pero el asunto era de vida o muerte. Además, su varita no era ofensiva. Bien podría disparar contra Shioi y mandarle a la cima de algún edificio o a mitad de la calle; de ocurrir esto, la suerte sería la encargada de todo lo que sucedería después. Quiso moverse. El cuerpo apenas le respondió cuando otra descarga cayó cerca de ella. De nuevo la risa frenética de Shion, estridente, despiadada. Solo se divertía con su víctima antes de darle el impacto final. Se sentía triunfadora y eso era algo que Yuzu podría usar como ventaja. Metió su mano a la bolsa y tomó su pistola para accionarla; no le importaba a donde mandaría a su agresora, solo quería alejarla lo más posible. Estaba por apuntarle cuando otra descarga eléctrica le recorrió el cuerpo, obligándole a soltar su varita mientras se retorcía de dolor.

—Lo siento, fuiste muy lenta Yuzuchi —se mofó Shioi una vez más. Dio un paso hacia su inerte víctima y guardó el bastón en el bolso. Rebuscó en este hasta sacar un pequeño martillo con alas. De inmediato, sus ojos cambiaron y en lugar del símbolo de la estrella, en estos apareció un diamante—. Qué más da. Yo misma descubriré el poder de tu varita. Por ahora debo irme. Fue divertido escucharte gritar, pero ya tuve suficiente. Aquí termina tu vida como chica mágica.

—¡Yuzuchi! —resonó la voz de Harumi en el callejón. La aludida alzó la mirada con las fuerzas que le quedaban y logró ver a una segunda Harumi corriendo hacia ellas. En sus manos parecía tener algo que no lograba distinguir. Más atrás, celular en mano, le seguía Matsuri—. ¡Aléjate de ella!

Apenas consciente de lo que ocurría, Yuzu, con la mirada nublada y aturdida por las descargas, distinguió un lazo luminoso, muy delgado, salir de la mano de Harumi y dirigirse hacia la barrera que les rodeaba a ella y a Rina. Al acercarse más, notaron que se trataba de un yoyo alado. Este golpeó las paredes de luz y rebotó de vuelta a las manos de su dueña.

—¿Qué demonios?

—¡Ni creas que con eso podrás detenerme! —rugió Rina en un nuevo alarde de superioridad. Le dio la espalda a Yuzu y en un gesto de burla, mostró un bolígrafo amarillo también con un par de alas en su punta—. Mientras mi campo de fuerza esté activo, ¡soy invulnerable a todo!

—¿Una varita de defensa? —señaló Harumi. El yoyo había vuelto a su mano y sus oídos comenzaron a sangrar por el uso de aquel articulo mágico.

—Produce una barrera que anula los efectos de las varitas... —murmuró Matsuri al detenerse. Pese a la situación de emergencia, era la única que conservaba la calma. Contempló los alrededores y al prestar atención a la barrera, dijo—: Esa barrera. La amiga de Nijimi también podía hacerla —dio un respingo y señaló a la falsa Harumi—. ¡Tú eres la cazadora mágica!

—Ese sobrenombre… —comenzó a decir. Miró con sumo desprecio a Matsuri y la señaló con su martillo—. ¡Lo detesto! ¡Ah!

Y con las pocas fuerzas que le quedaban en el cuerpo, Yuzu se lanzó contra la cazadora, impactando ambas con la barrera de luz. El golpe fue sólido, como si hubieran estrellado sus cuerpos en un muro de concreto y, para su sorpresa, el cuerpo de Rina era más débil de lo que parecía. Quizá era el zumbido en sus oídos o un efecto colateral de las descargas eléctricas, pero a Yuzu le pareció escuchar algo inusual dentro de su agresora. El bolígrafo y el martillo cayeron de las manos de Shioi; si la rubia lograba hacerse con uno de esos objetos, podría voltear las cosas a su favor y escapar.

—¡El bolígrafo! ¡Toma el bolígrafo! —gritó Matsuri en una arriesgada estrategia. Ya daba igual que Shioi escuchara su plan improvisado, tenían que jugarse todo en un espacio reducido en el que apenas cambian las dos.

La rubia reaccionó tan rápido como su lastimado cuerpo lo permitía. Buscó con la mirada la varita con forma de bolígrafo y estiró su mano para tomarla. Rina, con una mueca de ira, se incorporó con dificultad; un hilo de sangre le recorría la boca y parecía lastimada por la embestida. Aun en el suelo, logró estirar su pierna para alejar la varita de las manos de Yuzu y hacerse de nuevo con el martillo. Se levantó para tomar el impulso necesario y así aplastar a su víctima, pero antes de poder hacerlo, vio que Yuzu le apuntaba con su pistola. Los ojos de la gal resplandecieron en un color carmesí y jaló del gatillo. Al instante salió disparada la nube de humo rosado que hizo desaparecer a Rina y la llevó al otro extremo de la barrera sobre la cual golpeó el martillo. El golpe retumbó, pero no tuvo ningún efecto sobre el muro luminoso. Yuzu estiró de nuevo su brazo hasta hacerse con el bolígrafo y lo oprimió. Al instante, la jaula mágica desapareció en el aire. Al fin podía huir de la enloquecida chica que estaba empeñada en robar su varita.

—¡Lo hiciste, Yuzuchi! —gritó Harumi corriendo, con lágrimas en los ojos, hacia ella para darle un abrazo que casi le roba el poco aliento restante—. Pudiste escapar. Pensé que esa loca te… te…

Sin embargo, contrario a la emoción de su mejor amiga, Yuzu permanecía en silencio, con la mirada perdida en su propia confusión. Cuantas revelaciones había recibido en tan poco tiempo y con unas fuerzas tan escazas. Las palabras de Harumi rebotaban en sus oídos; percibía algún sonido pero no podía comprenderlo del todo. En su cabeza solo había imágenes de su agresora que, disfrazada de su mejor amiga, intentó eliminarla tras divertirse con la tortura eléctrica. Se estremeció. Miró hacía atrás con espanto, temiendo encontrarse ante la falsa Harumi de nuevo, empuñando sus varitas y lista para atacar de nuevo. Suspiró aliviada al verla de pie, con el martillo en sus manos, pero totalmente paralizada. Matsuri estaba cerca de ella. Le quitó todas las armas y el bolso donde las guardaba, dejando al final el bolígrafo.

—Una varita tan útil —dijo Matsuri mirando el bolígrafo en su mano—, en manos de esa chica loca. Así que Nijimi te buscaba a ti...

—¡Debería regañarte por dejarte engañar por esa loca! Pero no puedo… estaba tan asustada, si algo te pasaba yo no sé qué haría —decía con desesperación la verdadera Harumi, estrujando a Yuzu con fuerza. Por un momento creyó que no volvería a verla.

—¡No tan fuerte! —pedía Yuzu entre quejidos de dolor—. Me duele todo.

—¿Esa malvada te hizo mucho daño? Deberíamos llevarte a un doctor; con esas descargas podrías tener heridas internas.

—No creo que sea bueno. Harán preguntas y… —se detuvo al distinguir la sangre en los oídos de su mejor amiga. Recordó que ella había lanzado un yoyo contra la barrera de energía y, estaba segura, sus ojos brillaban al usarlo. Se limpió las lágrimas rojas de las mejillas con cierta repulsión. Solo era sangre, pero le resultaba un tanto desagradable al contacto—. Harumi, tú también eres una… una chica mágica.

—Sobre eso —balbuceó y desvió la mirada a un bote de basura. Resultaba increíble que estuviera vacío—. Yo… debí decírtelo antes, pero preferí dejarlo en secreto porque… esto… no quería darte más preocupaciones y...

—¿Por qué no hablamos de eso en otro momento? —les interrumpió la chica de cabello rosado dejando a un lado el bolso lleno de varitas—. Detener el tiempo gasta mucha esperanza de vida y aun no me quiero morir.

Las tres amigas se encargaron de inmovilizar a Rina; le ataron de manos y pies con las correas de sus bolsos y alejaron la colección de varitas que estaban en su poder. Serían al menos diez, pero no dudaban de que hubiera más en algún escondite. La rodearon. Harumi y Yuzu le apuntaban con sus respectivos artículos mágicos mientras que Matsuri daba fin al efecto de su celular. Presionó la pantalla y el tiempo volvió a su curso habitual. El viento volvió a soplar con sus suaves brisas, los pájaros en el cielo recuperaron el movimiento al igual que las personas quienes, ajenas a todo lo ocurrido, continuaron con sus vidas.

—¡Muere! —gritó Shioi al recuperar el movimiento. Se sacudió con fuerza pensando que aún estaba armada con el martillo, pero quedó perpleja al notar el repentino cambio en su entorno. Ahora estaba amarrada y rodeada por otras tres chicas que le miraban con desconfianza—. ¿Pero qué? ¿Qué está pasando? ¡¿Qué fue lo que hicieron?!

—No estás en posición para hacer preguntas —respondió Matsuri señalándola con el martillo mágico. Tomó su celular de uso regular y tecleó algo—. Nosotras queremos respuestas y tendrás que dárnoslas.

—¡No tengo nada que decirles!

—¿No? Yo creo que sí —dijo. Sus ojos hicieron la transformación de las pupilas al mismo tiempo que alzaba el martillo sobre la cabeza de Rina. Yuzu miraba la escena aterrada, mientras que Harumi parecía resignada a lo que podría ocurrir, dando a entender que ya sabía lo que estaba por venir y, aun mas escalofriante para la rubia, no sería la primera vez que lo presenciaba—. Yo siempre encuentro la manera de obtener lo que quiero.

Se inclinó ante Rina sin soltar el martillo, meciéndolo peligrosamente desde su empuñadura. Fingió dejarlo caer un par de veces sobre la ahora cautiva, provocándole saltar de miedo en cada ocasión en que percibía peligro. Harumi se mostraba incomoda; no decía nada pese a su expresión de molestia. Con la mirada pedía a gritos que su copia hablara en vez de resistirse, o bien, que Matsuri acabara con todo de una sola vez y cortara con la situación tan tensa. Pero Yuzu no podía ver eso. No toleraba ver a la chica con la que compartió su infancia actuando de esa manera, convertida en una persona despiadada, torturando a otra joven en una posición indefensa. Empuñó su varita y giró, apuntando directo a la pelirosada.

—¡Ya basta, Matsuri! —espetó con una voz firme que la sorprendió a ella misma. No iba a permitir que continuara con esas acciones, aun cuando se tratase de una chica que recién había intentado asesinarla. No podía asegurar si lo hacía porque ver a Rina tan vulnerable le provocó una gran incomodidad o si era por ver a Matsuri a punto de cometer una tortura que seguramente terminaría en fatalidad. Estaba de acuerdo en que Matsuri podía ser algo siniestra y malvada en ocasiones, pero no era una criminal que lastimaría de esa manera a otra persona—. Baja esa cosa ahora mismo. No me obligues a usar mi varita contra ti.

—Esta loca estuvo a punto de matarte y tú ¿quieres salvarla? —respondió de manera enérgica—. ¿Por qué harías algo así?

—¡Porque no quiero que tú seas una asesina!

—Ella ha matado a nueve chicas antes, quizá sean más, y ahora quieres defenderla. ¡No puedes actuar así, Yuzu! Esa actitud te traerá problemas.

—Entiendo eso, que ha lastimado a otras antes... pero aun así, no puedo permitir que te rebajes a su nivel.

—Oh por Dios —les interrumpió Rina desde el suelo. Comenzó a reírse con fuerza en una carcajada con la cual se burlaba de sus captoras—. Ustedes ni siquiera son capaces de ponerse de acuerdo. ¿Cómo pudieron atraparme?

—Mira quien habla, la que está amarrada en el suelo —contestó Harumi mirándola con seriedad.

—Es una suerte que pudieran atraparme. Pero me vengaré, ¿oyeron? ¡Me vengaré…!

Las amenazas quedaron inconclusas por una repentina y poderosa tos que se escuchaba dolorosa. A Shioi le costaba respirar y no podía descansar; cada vez las sacudidas eran más fuertes, daba grandes bocanadas para recuperar un poco de aire, cuyo único resultado era una inmediata tos desgarradora. Rina se giró en el suelo con dificultad a causa del malestar en su pecho y continuó carraspeando cada vez más fuerte hasta tal punto que de su boca salieron varias gotas de sangre, dejando un rastro en el suelo que crecía poco a poco. Yuzu dio un paso atrás, asustada por lo ocurrido e incapaz de comprender la causa de aquella tos con sangre. Harumi, en cambio, se acercó a la cautiva y le revisó el brazo, descubriendo su medidor de vida en un nivel peligrosamente bajo.

—Miren esto… —dijo Harumi mostrando el brazo de Rina—. ¿Cuántas varitas has usado?

Pero su doble no dijo nada; estaba más concentrada en recuperar el aliento. Los espasmos continuaron y terminaron con otro ataque de tos ensangrentada que terminó en poco tiempo. La mancha roja en el suelo ya era tan grande como la cabeza de Shioi. Matsuri suspiró resignada y se alejó del grupo con el teléfono en la mano. No le gustaba la idea, pero tenía que resguardar a Rina si quería conseguir información de ella. Yuzu, en cambio, conmovida por el sufrimiento ajeno de quien fuera su agresora, se acercó a esta y le limpió los hilos de sangre que salían de sus labios. Aun le resultaba extraño mirar a dos Harumi, aunque esperaba una solución a eso.

—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó a Rina al terminar de limpiarle la cara—. ¿Por qué robar tantas varitas? ¿Qué no sabes lo peligrosas que son?

—Claro que lo sé —balbuceó la cazadora al borde de la inconciencia—. Pero la administradora dijo… que así sobreviviré…

—¿Sobrevivir? Casi se agota tu esperanza de vida —señaló Harumi, quien no recibió respuesta alguna. Rina acababa de quedar inconsciente—. Ni hablar, tendremos que esperar.

—Solo así sobrevivirá. ¿Robando varitas? —se preguntó Yuzu poniéndose de pie—. Eso no tiene sentido. Es lógico que usar más varitas agota tu esperanza de vida más rápido. ¿Cómo eso podría ayudarle a sobrevivir? No lo entiendo.

—Seguramente fue engañada por los administradores. Pero, ¿por qué?

—No tiene caso pensar en eso por ahora —interrumpió Matsuri volviendo al grupo. Miró con disgusto a Rina—. Ya podremos interrogarla en un lugar seguro. Llamé a Sayuki, le harán lugar en el hospital de su familia.

—De nuevo le pedimos un favor a la mafia —suspiró Harumi con resignación. Se acomodó una de las coletas tras el hombro y volvió a un lado de Yuzu—. No me gusta estar ahí, pero no tenemos opción. Así nos evitaremos muchos problemas.

—¿Mafiosos? —preguntó la rubia. En su mente no podía con más información tan repentina y cada vez más pesada. Ahora también conviviría con mafiosos además de chicas mágicas despiadadas. ¿En qué lio se había convertido su vida?

Horas después del incidente con Rina Shioi, Yuzu y Harumi esperaban en la cafetería de un hospital del centro de Tokio. La noche les sorprendió mientras esperaban los resultados de los análisis aplicados a Shioi, quien, por idea de Matsuri, fue registrada como Rina Taniguchi, hermana gemela de Harumi. Como era de esperarse, el tener a una nueva y falsa hermana no le causó gracia a la verdadera Taniguchi, aunque dadas las circunstancias, eso agilizaría las cosas y evitaría preguntas tan innecesarias como imposibles de responder. A sus alrededores, todo estaba callado a excepción de una mesa al fondo en la cual, desconsolada, lloraba una mujer sin revelar su rostro.


Yuzu miró con atención la cafetería. Era distinta a la ubicada en el hospital al cual solía acudir el abuelo a sus consultas habituales; esta era mucho más espaciosa y hasta tenía un aire lujoso. Apenas llegó, miró la lista de precios; poco faltó para dejarse caer al suelo de rodillas al encontrar el exagerado costo de un café. Se había decidido a no pedir nada, no estaba dispuesta a pagar tanto por una simple bebida que podría hacer en su casa, pero Harumi insistió en que lo hiciera. Ya la conocían en ese hospital y los dueños se encargarían de pagar todos sus gastos, ya fueran médicos o alimenticios. Quince minutos después, ambas estaban sentadas en una mesa, con su respectiva taza de café y un plato de patatas fritas que compartían en silencio. Harumi no despegaba los ojos del teléfono con un gesto distinto al habitual. No había entusiasmo alguno por las ofertas en las tiendas de ropa y accesorios, los videos cómicos tampoco le producían ni una mínima sonrisa; a su alrededor el ambiente se percibía tenso e incómodo, motivado por los secretos que ambas se habían guardado por igual. El silencio era difícil de soportar y Yuzu ya no soportaba más. Tendría que jugarse la carta maestra para romper con las situaciones de esa naturaleza. Dejó salir un suspiro para llamar la atención. Se llevó ambas manos a las mejillas y las aplastó para deformar su cara mientras dejaba los ojos en blanco. Harumi, inconscientemente, volteó a verla y soltó una sonora carcajada al descubrir la mueca de su mejor amiga. Si había algo imposible de soportar, era una de las caras graciosas de Yuzu.

—Basta, Yuzuchi —dijo Harumi con esfuerzo. La risa apenas le daba tregua para hablar, pero la rubia respondió con otra mueca que solo provocó una carcajada aún más potente que la anterior—. Nos van a regañar por tu culpa.

—Ni que fuera la primera vez —al fin, tras notar las miradas enojadas de las últimas empleadas del área, Yuzu alejó ambas manos de su cara—. Siempre te regañan o castigan por mi culpa.

—Eso es verdad. Pero también es lo mejor que pudo pasarme en la vida —le dijo con una sonrisa sincera y radiante. Ambas guardaron silencio un momento, alargando la espera para hablar de un tema que ninguna quería, pero estaban obligadas a tratar.

—Así que… —titubeó Yuzu. Harumi bajó su taza ya vacía, imaginando lo que estaba por preguntar su mejor amiga—. Tú también eres una chica mágica.

—Sí. Lamentablemente lo soy —admitió con la mirada baja—. Supongo que Matsuri te dijo sobre una socia. Bien, esa socia soy yo.

—Al menos es alguien que conozco. Tenía miedo de que Matsuri estuviera aliada con la cazadora o algo así —admitió avergonzada. En ese momento se sentía tonta por sospechar de su amiga—. Pero, ¿qué otra cosa podía pensar? Todo esto es tan extraño y cruel.

—No te culpo —le habló Harumi con una voz tierna. Tomó una de las patatas y se la ofreció a la rubia en la boca—. Pensaste de la manera correcta. No puedes confiar en cualquier chica mágica.

—No lo entiendo. Sería mejor que todas se unieran para investigar el sitio, no para matarse entre ellas.

—Es más difícil de lo crees, Yuzuchi. No todas esas chicas son buenas; hay algunas que son tranquilas y han preferido esconderse. Pero otras no piensan así. He conocido a muchas en estos últimos meses. Algunas son tranquilas, se niegan a usar sus varitas, pero la mayoría enloquece al comprender el gran poder que han recibida —con cada palabra, la voz de Harumi se apagaba; se tornaba más seria y bajaba la mirada. Yuzu, en vez de preguntarle algo, prefirió guardar silencio. Hasta donde podía entender, también fueron días complicados para su mejor amiga quien, sin duda alguna, escuchó y, aún peor, debió ver cosas terribles—. Supongo que tener el poder suficiente para vengarse de quienes las hirieron terminó por consumirles.

—Harumin...

—No tienes idea de lo que son capaces, hay muchas chicas que pueden ser monstruos con un poco de poder. Por eso no quería involucrarte en esto. Se lo dije a Matsuri, que te mantuviera alejada de nuestra lucha contra el sitio.

—Luchar contra el sitio —repitió Yuzu. Sintió un peso en su cuerpo, un resentimiento con ella misma por pensar de manera egoísta. Contempló a su amiga, notándole incomoda y sombría por recordar los sucesos provocados por el Mahou Shoujo Site. Y ella que solo quería usar su varita para el beneficio propio. Llevarse a Mei lo más lejos posible aun en contra de su voluntad, en ese instante, sonaba egoísta y hasta cobarde. Por más que sintiera la necesidad de hacerlo, por ella y por su hermanastra, no podía darle la espalda a su mejor amiga, ni a Matsuri, ni a quienes, igual o peor que ellas, habían sufrido por el misterioso sitio. Comparado con la maldición del sitio, su deseo egoísta parecía tan pequeño—. Lucharé con ustedes…

—¿Qué dijiste?

—Que luchare contra ese sitio. No importa lo terrible que sea o lo difícil que se pueda volver. No voy a dejarlas solas en esto.

—Pero… ¡pero Yuzuchi! No sabes lo que es; hemos perdido aliadas y otras tantas estuvieron cerca de morir —contestó Harumi alarmada. Debía actuar rápido si quería sacarle la idea a Yuzu, porque cuando algo hecha raíz en su cabeza, es difícil arrancarlo—. Es algo horrible que no quisiera…

—Gracias por preocuparte por mí, pero no puedo dejarlas lidiar con esto solas —interrumpió en un arrebato de valor. Escondió sus manos bajo la mesa en donde comenzaron a temblar. Estaba horrorizada por su encuentro con Rina y, hasta donde comprendía, había cosas mucho peores que la cazadora mágica. Sonrió llena de confianza, con la firme intención de brindar calma a Harumi, aunque por dentro se derrumbaba. Mei podía esperar un poco más; antes de ir por ella debía librarse de cualquier obstáculo que se interpusiera entre ambas y el sitio de las chicas mágicas era uno muy grande en ese momento—. Las ayudaré a ambas y a cualquier chica mágica que lo requiera. Aunque ya había tomado mi decisión, creo que era un plan egoísta. Esto es más importante.

—No quisiera que lo hicieras, pero sé que de nada servirá prohibírtelo —contestó Harumi con una sonrisa que intentaba ser alegre y animada, aunque solo transmitía resignación. Ya no podría hacerle cambiar de opinión—. No puedes alejarte de los problemas.

—Es imposible —sonrió tras sus palabras.

Pero, sin importar lo radiantes que fueran sus máscaras, ambas sabían que solo estaban ocultando el miedo a lo desconocido y al alto riesgo de morir en manos de otra chica mágica enloquecida o durante el ataque a un administrador. La situación sería difícil, pero estaban decididas a no dejarse vencer por el temor, a no preocuparse la una a la otra. Golpearon son sutileza sus puños en un sólido gesto de mutuo apoyo, aunque sus manos estuviesen heladas ante la incertidumbre del porvenir.

—Y... —habló Harumi con curiosidad—. ¿Cuál era ese plan? ¿Tenía algo que ver con la presidenta?

—¿Eh? —Yuzu saltó del asombro. No esperaba que Harumi acertara con tanta facilidad, aunque, por otro lado, era demasiado obvia en sus actos—. Pues yo...

—Los planes pervertidos de Yuzu-chan pueden esperar —les interrumpió Matsuri acercándose con un cuaderno en sus manos y acompañada por una chica que, a juzgar por su estatura, era una estudiante de secundaria.

Ambas se detuvieron frente a la mesa que compartían Yuzu y Harumi. Esta última saludó a la chica de secundaría con un ademan, en cambio, a la rubia le llamó la atención su aspecto. No podía decidir si lo más extravagante era su cabello blanco o el parche sobre su ojo izquierdo. La mirada analítica de Yuzu no pasó desapercibida, provocando un estremecimiento en la chica de secundaria. Retrocedió un paso y se escondió detrás de Matsuri.

—Tranquila, Yuzu-chan es inofensiva.

—Su mirada —dijo con una voz tímida—. Era algo incomoda.

—¡Lo siento! —se disculpó de inmediato la rubia—. No quería incomodarte. Es solo que… el parche me llamó la atención.

—Yuzu-chan es una aficionada a la moda. Es normal que se fije en el aspecto de las personas.

—¡Matsuri! Haces que suene muy mal —reclamó Yuzu sin que alguien prestara atención a sus reclamos.

—Igual que Taniguchi-san —dijo la chica en voz baja. Se alisó el cabello que caía sobre su parche y tornó la mirada a Yuzu—. Mucho gusto. Me llamo Kosame Amagai. Matsuri me dijo que viniera.

—Es un gusto. Yuzu Aihara, creo que a partir de ahora somo aliadas —dijo con una sonrisa amplia, la habitual cada vez que conocía a una persona.

—Suficientes presentaciones —interrumpió Matsuri. Tomó del brazo a Kosame y se la llevó a paso rápido—. Tenemos mucho que hacer y poco tiempo.

—Espera… ¿A dónde van? —preguntó Yuzu levantándose de su silla. Harumi, sin decir nada, hizo lo mismo.

—¿No es obvio? Vamos a sacarle información a Shioi.

—Pero está inconsciente y los doctores dijeron que…

—Para eso le pedí a Kosame-chan que viniera. Ella podría hacerla despertar.

El grupo avanzó por los pasillos hacia la habitación donde habían internado a Rina Shioi. Yuzu no pasó por alto el detalle de las lujosas instalaciones ni el aroma típico a desinfectante; pero más allá de eso, era la actitud de los pocos empleados lo que más llamaba su atención. Enfermeras, doctores, incluso el personal de limpieza, actuaban como si ellas no estuviesen ahí; no les dirigían la palabra ni volteaban a verles. ¿Qué significaba eso? Primero pensó en el efecto de alguna varita, aunque ninguna de ellas tenía sus ojos brillando o con la pupila deformada por el símbolo de su respectiva arma. Recordó las palabras de Harumi sobre los mafiosos y la vino a la mente una idea. Quizá, solo quizá, la existencia de las chicas mágicas no era del todo un secreto y era algo de lo que, o bien, la mafia obtenía algún beneficio o la hija de algún mafioso era una chica mágica. Cada vez le gustaba menos el rumbo que había tomado su vida, pero ya era muy tarde para escapar. Solo quedaba avanzar.


—Que desafortunadas, que desafortunadas —canturreó la administradora Nana desde la acera frente al hospital. Sus ojos negros e inexpresivos, como un par de manchas de tinta, se fijaron en una ventana—. Las chicas mágicas deberían matarse entre ellas, no investigar sobre sus orígenes. Me temo que es hora de poner orden.