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Admin Nana is now following you!
—Que desafortunadas, que desafortunadas —canturreó la voz de Nana, burlándose de sus potenciales víctimas a la vez que les amenazaba con sus manos. Simulaba tener un par de pistolas y dada su misteriosa naturaleza, Yuzu no sabía que esperar de la administradora del sitio. Sus ojos vacíos solo miraban al par de chicas mágicas frente a ella, apuntando a cada una con sus dedos—. Hay cosas en las que ustedes no deberían entrometerse. ¿Por qué no solo siguieron usando sus varitas para su propio beneficio sin preguntarse nada?
Pánico. Era la única sensación que aquella voz burlona le provocaba. Ni siquiera molestia o irritación por la manera en que se escuchaba el tono de sus palabras o el tono de mofa con el cual se dirigía a ellas. Desde la primera noche que escuchó a ese extraño ente hablar desde la pantalla del celular, el solo hecho de recordar el timbre de su voz bastaba para erizarle la piel. Ahora no había pantalla ni monitor de por medio, la administradora estaba frente a ella. ¿Qué debía hacer? A pesar de ser la mayor, su experiencia en peleas era nula y el pánico le paralizaba el cuerpo. Pudo ver a Kosame, aferrada a su varita curativa como si su vida dependiera de ello, aunque ambas sabían que era inútil hacer algo. Despacio, movió su mano hasta introducirla en su bolso, buscando su varita.
—Ah, volvemos a vernos Yuzu Aihara. Tenía muchas esperanzas de que fueras una buena chica mágica, pero veo que me equivoqué contigo. Bueno, ya saldrá otra capaz de cumplir con mis expectativas.
—¡¿Por qué están haciendo esto?! —gritó Yuzu forzando su garganta. No estaba segura si intentar hablar con la administradora serviría de algo, aunque fuera ganar unos instantes de vida—. ¿Por qué reparten varitas?
—¿Oh? ¿De verdad ver quieres saber eso? No tengo porqué responderte —contestó Nana entre risas—. Pero lo hare. Tienen suerte de que yo no sea cómo los demás administradores.
—Te escucho —dijo Yuzu. Había encontrado su varita dentro del bolso, pero ¿tendría tiempo de usarla? Era obvio que sus intenciones resultaban evidentes y al menor movimiento, la administradora le atacaría.
Kosame también miraba aquella situación con una mezcla de pánico y curiosidad. Por un lado, estaba la repentina valentía de Yuzu. Hace poco, estaba en una habitación de hospital, aterrada por todo lo que le contaban sobre la lucha contra el Mahou Shoujo Site y lamentándose por todo el daño que sus administradores estaban causando. Sin embargo, ahora mostraba una cara muy distinta, tenía el suficiente valor para interrogar a uno de esos entes. Pero aún más extraño era el proceder de Nana. En todos sus encuentros anteriores con administradores, estos nunca habían mostrado piedad alguna con las chicas mágicas; cada vez que alguno se tomaba la molestia de aparecer, era sinónimo de una masacre instantánea, no lo pensaban dos veces antes de atacar y, en caso de librar el primer asalto, se necesitaba a más de dos chicas mágicas para hacerle frente y tener escasas probabilidades de sobrevivir. Lo había visto tantas veces, a tantas aliadas valientes caer en batalla por un ataque a traición, por un descuido o por confiarse demasiado en sus habilidades. Un administrador dispuesto a matar no perdería el tiempo respondiendo las preguntas de una chica mágica. ¿Qué motivaba a la administradora Nana entonces?
—Porque esa es nuestra labor —respondió al fin Nana. En seguida, sus pulgares bajaron y el sonido de un balazo se produjo.
De la punta de sus dedos, dos proyectiles invisibles salieron disparados en dirección al par de chicas mágicas con la intención de eliminarles. Fue un instante que se volvió eterno, Kosame permaneció de pie sin poder reaccionar y de la nada sintió que caía, pero no víctima del ataque de la administradora del sitio. En vez de caer de espaldas impulsada por la bala invisible, su cuerpo caía de lado, rodeado por un par de brazos que dirigían su trayectoria al suelo. En la silenciosa oscuridad se escuchó un agudo grito de dolor. Unas gotas de sangre cayeron al suelo junto a ambas chicas. Kosame miro a su salvadora; aun sobre ella, Yuzu apuntaba a la administradora con su varita a pesar de que su brazo temblaba a causa de una mezcla de dolor y miedo. La bala de Nana apenas le tocó la parte superior del brazo, aunque el que debería ser solo un roce alcanzó a lastimarla lo suficiente para abrir una herida que mermaría a Yuzu.
—Bien hecho. Siempre es más divertido cuando se resisten —mencionó Nana, felicitando con ironía a sus víctimas.
Alzó ambos brazos de nuevo y disparó una ráfaga de balas invisibles hacia las chicas. El estruendo fue tan grande que podría confundirse con una batalla entre dos ejércitos rivales, aunque el culpable de tal ruido estremecedor fuera un solo ente. Yuzu, se sintió morir en ese momento, rodeada de proyectiles que no podía ver. Moriría en ese lugar, tan lejos de Mei y sin lograr ninguno de los objetivos que se había planteado. Cerró los ojos al escuchar el zumbido de la primera bala e instintivamente se cubrió la cabeza con ambas manos, aunque resultase en una protección inútil. Una tras otra, como una lluvia violenta, las balas impactaban frente a ella con un ruido capaz de reventar sus tímpanos; sin embargo, no sentía nada. Abrió los ojos y ante ella estaba una barrera luminosa que retenía el embate de la administradora Nana. Era la misma barrera que había usado Shioi para atraparla en el callejón.
—Yuzu —alcanzó a escuchar la voz de Kosame entre el escándalo—. Esto nos dará tiempo.
—Pero... ¿cuánto soportarás?
—Eso no importa.
—¿Oh? Así que tienen más varitas. No esperaba eso, pero me pregunto… ¿podrá resistir su esperanza de vida? —se burló la administradora y celebrando su propio comentario comenzó a reírse de ambas chicas mágicas.
Los proyectiles habían parado, pero no por eso Nana había dejado de apuntar. Todas sabían que la barrera protectora no duraría mucho tiempo, era cuestión de esperar a que la vida de Kosame fuera consumida por el terrible instrumento mágico que les mantenía a salvo. Yuzu pensó en ser relevo y activar ella la barrera, pero solo sería una solución temporal hasta que Harumi volviera. Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Y si Harumi no volvía a tiempo? Aun cabía la posibilidad de que hubiese otro administrador cerca y ella le estuviera enfrentando a solas. Tenía que actuar rápido, pensar en un plan que les permitiera a ambas salir con vida del lugar con el menor daño posible, de lo contrario, ya fuera por la varita o por Nana, ambas chicas mágicas caerían ahí mismo.
Una idea llegó a su mente. Era arriesgada, con una probabilidad de éxito mínima, pero bien valía la pena intentarlo. Se puso de pie. El brazo aun le sangraba, aunque no era una herida considerable. Le dio la espalda a Nana, procurando no dejar ver lo que hacía con sus manos. Empuñó su varita y apunto hacia su pecho. Ambas manos estaban heladas y le temblaban por el miedo a fallar, pero su deseo de sobrevivir era mayor. Aun si todo salía mal, estaba dispuesta a salvar la vida de Kosame.
—El martillo, dámelo —susurró a la menor tratando de no ser escuchada por la administradora Nana. Sin entender muy bien que tramaba, Kosame se lo entregó—. Solo tenemos una oportunidad. Quiero que quites la barrera y te alejes. En cuanto desaparezca, actívala de nuevo para protegerte.
—¿Qué? ¿Y tú?
—Estaré bien. Solo hazlo.
—Oigan —canturreó la administradora—, ¿qué están diciendo? No es muy educado murmurar frente a alguien más.
—Hazlo… ¡ahora!
Kosame, aun insegura de las indicaciones y a punto de sufrir un ataque de histeria, actuó según las indicaciones de Yuzu. Desactivó la barrera protectora al presionar el mecanismo del bolígrafo mágico y rodó por el suelo para alejarse de las balas que Nana dispararía en su contra. En el acto, Yuzu se adelantó a la administradora y accionó el gatillo de su pistola; sus ojos se iluminaron y una nube de humo en forma de corazón la rodeó al momento que los proyectiles invisibles salieron disparados, disipando la nube. Kosame, aterrada y con una duda si Yuzu había sido alcanzada por el ataque de la administradora, activó de nuevo la barrera protectora tal como se lo pidió. Un alivio inmenso se presentó en su corazón al notar la ausencia de Yuzu. La administradora Nana ladeó la cabeza, sorprendida por el rápido actuar de la rubia, pero adivinando sus planes dio un salto lateral para esquivar el ataque que estaba por llegar. Empuñando el martillo en su mano izquierda, Yuzu apareció detrás de Nana, lista golpearla con todas sus fuerzas.
El presentimiento de Nana había resultado correcto y antes de recibir el impacto del martillo ya estaba por alejarse, sin embargo, la rápida reacción de Yuzu le permitió desviar el trayecto de su golpe y alcanzar la pierna de su enemiga. Si bien, no hubo señales de alguna lesión en el cuerpo de la administradora, el impulso fue suficiente para mandarle lejos de su alcance, rodando por el suelo sin control. Yuzu no lo podía creer, su improvisado plan había dado resultados a pesar de las grandes dudas que tenía. Sin perder el tiempo, volteó de nuevo hacia Kosame y comenzó a correr en su dirección. Tenían que huir cuanto antes, ya fuera para ocultarse en un lugar seguro o volver al hospital a pedir ayuda a Matsuri y su varita capaz de detener el tiempo.
Sin mirar atrás, Yuzu estuvo a punto de llegar hasta su compañera de batalla; un grito de esta última le alertó que algo andaba mal, un zumbido le siguió y mucho antes de poder reaccionar, un dolor agudo y ardiente atravesó por su pierna. Inevitablemente cayó al suelo, inmovilizada por la herida. Se dio la vuelta para ver qué había pasado, descubriendo bajo su rodilla un agujero tan grande y profundo que le atravesaba de lado a lado la extremidad. El shock provocado por la impresión de ver su pierna agujerada y el intenso dolor de la herida le desconectaron del mundo. En ese instante no era capaz de comprender lo que ocurría a sus alrededores, solo contemplaba su terrible herida aun sangrante a través de la cual podía ver el hueso destrozado y sus tejidos musculares perforados.
—¡Yuzu, Yuzu!
El grito de Kosame le parecía lejano, hasta irreal. ¿Aquello sería una pesadilla? Tenía que serlo, pues hasta el momento, todo lo que había pasado superaba la realidad. No había manera de que los administradores ni las chicas mágicas existieran, eran cosas sacadas de la ficción y por eso mismo no estaba ocurriendo; tenía que ser una mentira. Pero ahí estaba ese dolor intenso en su pierna para regresarle a la cruel realidad. Aparte estaban las heridas provocadas por la administradora y la misma Nana, ese ente sobrenatural que se acercaba con intenciones asesinas quien, a pesar de su expresión inmutable, parecía disfrutar lo que estaba haciendo. Kosame había abandonado la seguridad de la barrera mágica para ir en su auxilio; sin embargo, pese a su cercanía, Nana fue más rápida. Estaba por alcanza a Yuzu cuando un hilo brillante apareció entre ambas, obligando a la tenebrosa administradora a modificar su trayectoria.
—¡Yuzuchi! —resonó la voz de Harumi. Había lanzado su yoyo mágico para repeler el ataque de Nana, aunque esto solo funcionó como una distracción menor—. ¡Tienen que irse!
—¿Haru…mi? —balbuceó Yuzu.
Recuperó la conciencia al ver a su amiga salvándole la vida. Lo que estaba pasando en ese momento era real, tanto que había tres vidas en juego y una amenaza que debían alejar cuanto antes. Incapaz de ponerse de pie, se estiró para tomar su varita mágica, la misma pistola que le había condenado a esta maldición llamada ser chica mágica era ahora la única alternativa para salir con vida. Escuchó a Nana decirle "tú de nuevo" a Harumi antes de lanzase en su contra. Ahora era su turno de salvar a su mejor amiga. Pensó en un solo lugar, el más lejano que se le ocurrió, y aunque no estaba segura si era buena idea mandarle ahí, jaló del gatillo. Al instante, la administradora desapareció envuelta en una nube de humo con forma de corazón, poniendo fin temporal a la pesadilla. Exhausta y aturdida por el dolor, Yuzu se dejó caer al suelo; se pasó ambas manos por la cara, limpiándose las gotas de sangre provocadas por el uso de los terribles artefactos. La sensación pegajosa en su piel resultó por completo desagradable.
—Por todos los cielos… ¡Yuzuchi! —gritó Harumi acercándose a su mejor amiga. No sabía si dejarla así, tumbada sobre el suelo, ayudarle a sentarse o atender de alguna manera las heridas.
—Debo verme terrible en este momento, ¿verdad? —intentó bromear, aunque el comentario no le causara risa ni a ella ni a sus compañeras quienes, evidentemente, estaban más preocupadas por su integridad física que ella misma. La única reacción al comentario vino de parte de la misma Yuzu, que les ofreció una leve y forzada sonrisa.
—Nada que un pañuelo no solucione —respondió Harumi con la intención de animar a su amiga—. Tenemos que atender esa herida…
—Ya voy —agregó Kosame, alistando su varita sanadora—. Esto puede ser… um… un poco desagradable.
—No te preocupes —le dijo Yuzu, aunque en su mente repetía para sí misma "no puedo creer que haré esto".
Cerró los ojos con fuerza. En ese momento, el disgusto por recibir la curación de Kosame era mayor que su preocupación por las arrugas provocadas al realizar ese gesto. No era que nunca hubiese sentido el sabor de la sangre en su boca anteriormente. La primera vez que tuvo aquella sensación fue hace muchos años cuando aún era una niña. En aquel momento aprendía a andar en bicicleta y las caídas eran comunes durante el proceso. Sin embargo, una de estas fue muy diferente. A causa de un perro inquieto que escapó de sus dueños, Yuzu perdió el control de su bicicleta, provocando una caída directo al pavimento. Si bien no sufrió de heridas considerables, el golpe que recibió fue suficiente para aflojarle un diente que a los pocos días se cayó. Por suerte era un diente de leche que solo había cumplido con su destino. Esa fue la primera vez que sintió el sabor a sangre en su paladar, esa sensación ferrosa que perdura tanto en la lengua como en la garganta por unos minutos. Esta ocasión era muy distinta a ese accidente de bicicleta, pero todo era a fin de recuperar la movilidad cuanto antes.
Abrió la boca sin pensarlo, esperando a que las gotas de sangre cayeran por sí solas. No tenía intención alguna por ver a Kosame cortarse con su varita una vez más; tampoco quería presenciar como el fino hilo rojo caía desde la muñeca de la chica hasta su lengua, de hacerlo estaba segura que se apartaría. A ciegas pudo sentir como el líquido espeso caía dentro de su boca, con ese sabor a hierro característico de la sangre, pero acompañado por una sensación distinta que se deslizó por su garganta y recorrió todo su cuerpo. El dolor en su pierna aumentó por un instante y desapareció tan repentino como llegó, acompañado por una sensación de calidez en donde hasta hacia un segundo había un agujero que le permitía ver a través de su extremidad. Se sentó por su propia cuenta y para creer lo que acababa de pasar, palpó con sus dos manos la pierna antes herida. No solo se había sanado, también recuperó la energía perdida en el combate y lo único que hizo fue soportar la sensación de sangre en su paladar. Estaba en deuda con Kosame.
—Asombroso… no quedó ni una marca.
—Curación al instante. Por suerte solo tenías esa herida —comentó Harumi ayudándole a levantarse.
—¿Uh? Entonces… ¿la curación depende de la cantidad de heridas?
—Algo así. Mientras más grave sea la condición, será mayor la cantidad de sangre que debo usar —explicó Kosame—. A veces… las demás me ayudan.
—Ya veo… ¡Ah! En ese caso —exclamó Yuzu, espantando con su voz a Kosame y recibiendo de Harumi una reprimenda inmediata. Lo peor que podían hacer en ese momento, era ruido—. Lo siento. Quería decir que, a la próxima vez, yo te ayudare a hacer la curación.
—Es-está bien —respondió nerviosa la menor. Nunca alguien se había mostrado de esa manera ante ella y menos tras la pelea contra un administrador. Lo usual era el predominio de un ambiente frustrante y triste motivado por las bajas.
—Chicas, lamento interrumpir, pero es mejor movernos cuanto antes. No sea que a esa administradora le dé por volver.
—Debería tardar un poco en encontrarnos. La mandé muy lejos de aquí —dijo Yuzu tomando tanto su varita pistola como el martillo del suelo.
—No estamos seguras de cómo es que aparecen siempre cerca de nosotras —le desalentó Kosame en el acto. La poca seguridad que Yuzu había ganado al desaparecer a Nana se desvaneció de pronto—. Aun puede alcanzarnos.
—¿De verdad? —preguntó la rubia. Sus mejillas perdieron su color y todo su cuerpo comenzó a temblar.
—De eso no estamos seguras, pero es mejor no esperar a que ocurra —respondió Harumi comenzando a caminar—. También les debo una disculpa. Llegue demasiado tarde y tuvieron que lidiar solas con esa cosa.
—No te preocupes, logramos salir bien libradas de ese ataque.
—Actuaste de manera correcta —dijo Kosame. Cargaba con el bolso de Shioi—. Los administradores son tan listos como fuertes. Cualquiera pudo caer en su trampa.
—¡Exacto! Y lo importante es que llegaste a tiempo para detenerla —agregó Yuzu con la firme intención de animar a su amiga. De no ser por si oportuna aparición, Nana hubiera logrado su objetivo—. ¡Me salvaste la vida!
—Viéndolo de ese modo… sí, logré lo más importante. Aunque me hubiese gustado deshacerme de esa administradora. En verdad la detesto…
Yuzu se quedó callada ante semejante comentario. Recordó entonces que la administradora Nana se mostró molesta al ver a Harumi llegar. Ahora estaba segura de haberla escuchado decir "tú otra vez" cuando el hilo apareció. Al parecer entre ambas había más historia que solo la batalla entre ambos bandos. Una cuestión llegó a la cabeza de Yuzu de manera inevitable. ¿Cuántas veces se habían enfrentado? Sin dudarlo y tomando en cuenta las reacciones de ambas al verse frente a frente, ya tenían un historial de peleas lo suficiente serias como para crear un resentimiento entre ambas. Pensó en preguntarle sobre lo ocurrido, pero guardar silencio al respecto le pareció la opción más prudente. Ya podrían hablar de ello en otro momento.
—Por cierto, esta noche me quedaré a dormir en tu casa, Yuzuchi —le dijo Harumi. Por estar perdida en sus pensamientos, no había notado que hablaba por teléfono. Seguramente con su hermana—. No es conveniente andar solas en este momento.
—No te preocupes, llamaré a mamá para decirle. Y… Kosame también podría…
—Lo siento —interrumpió la aludida—. Aún tengo que hacer algo, pero agradezco la invitación.
—Entonces… podemos acompañarte hasta casa.
—No es necesario —agregó Kosame. Abrazó el bolso como si se escondiera tras este y siguió hablando—. Ya le pedí a alguien que venga por mí. Y… será mejor que se queden con esto —dijo entregándole la varita bolígrafo a Yuzu—. Será más útil para ustedes.
Yuzu tomó en sus manos el artefacto y lo guardo en su bolso, colocándolo a la mano para casos de emergencia. La barrera mágica que antes pudo costarle la vida al ser atacada por Shioi, ahora le salvó del feroz asalto de la administradora, aunque, de manera irónica, también era una amenaza para su vida. Las varitas al necesitar la esperanza de vida de su usuario para activar sus poderes son un arma con un doble filo terrible; se necesitan para pelear contra otras chicas mágicas y los administradores, pero el costo por usarlas era reducir la misma vida que se buscaba salvar. Miró la marca en su brazo. El corazón apenas había gastado un cuarto de su capacidad, aunque este no era un motivo para descuidarse. Si quería permanecer con vida y ayudar en la batalla, tenía que moderar el uso de las varitas.
Al poco tiempo llegaron al hospital donde vieron un par de autos negros cerca de la entrada. La presencia de estos vehículos soltó una señal de alarma en la cabeza de Yuzu; no solo el color, también la reluciente pintura y los vidrios oscurecidos eran señales de que pertenecían a alguien considerado peligroso. Ella quiso rodearlos lo más lejos que fuera posible, pero tanto Harumi como Kosame le sorprendieron al acercarse. Una de las puertas se abrió y un hombre corpulento salió del automóvil. Kosame se acercó a él y tras un saludo, subió al vehículo. El hombre volteó para mirar a Harumi. Su expresión era dura, con el rostro atravesado por una cicatriz vertical sobre su ojo.
—Buenas noches, señorita Taniguchi —saludó a Harumi—. ¿No acompañará a la señorita Amagai esta ocasión?
—Hoy no, Kenta. Me quedaré con mi amiga esta noche —respondió. Tomó de la mano a Yuzu y la acercó. La rubia, sin salir de su impresión, apenas pudo presentarse.
—Yuzu Aihara —balbuceó—. Un gusto.
—Kenta, del grupo Ringa —dijo el hombre—. ¿Necesitan que las llevemos a alguna parte?
—No te preocupes, iremos por nuestra cuenta —contestó Harumi. Al igual que Yuzu, solo quería terminar con la conversación.
—Entiendo. Pasen una buena noche.
El hombre subió de nuevo al vehículo. Los dos autos arrancaron al mismo tiempo y emprendieron su marcha por la calle hasta perderse de vista tras dar vuelta en la primera intersección. Una vez más, el cerebro de Yuzu hizo cortocircuito a causa de la gran cantidad de información recibida en tan poco tiempo. Al escuchar el nombre Ringa, sus sospechas quedaron confirmadas.
—Harumi… este… ¿esos autos eran de…?
—Un mafioso, sí —le respondió sin darle la mayor importancia. Ambas comenzaron a caminar con destino a la parada de autobuses—. El grupo Ringa. La hija de su jefe es una chica mágica como nosotras. Se llama Sayuki, creo que podría caerte bien, aunque tú tienes la facilidad de relacionarte con cualquier persona.
—Un mafioso… —murmuró. Nunca creyó que terminara relacionándose con el mundo criminal, aunque esto fuera de manera indirecta. Si bien, ya tenía sospechas de que otra de sus amigas, Suzuran Shiraho, venía de una familia de mafiosos, nunca pudo verificarlo ni tenía ganas de hacerlo. Se detuvo por un momento en sus pensamientos. Hacía tiempo que no sabía nada de Shiraho.
Cuando llegaron al departamento de Yuzu, las luces estaban apagadas y no había señales de actividad alguna. Por consejo de Harumi, ambas tomaron sus varitas y revisaron cada habitación juntas para asegurarse de que no hubiese intrusos en su interior. Armadas con sus respectivas varitas, inspeccionaron cada uno de los rincones. El único cuarto ocupado era el de su madre, quien dormía tranquila y ajena al desastre que rodeaba a su hija. Yuzu respiró aliviada por primera vez en horas. Apenas entraron a su habitación, se dejó caer de cara a la cama, sin ganas de moverse en mucho tiempo. Para su mala suerte, esa no era una opción. A pesar de encontrarse en la seguridad de su hogar, no podía bajar la guardia un solo segundo.
—Harumi… ¿de verdad es seguro estar aquí? —pregunto al cabo de un rato. Estaba sentada al borde de la cama, con el pijama puesto y una varita en cada mano.
—Claro que no —respondió Harumi al instante. A diferencia de su mejor amiga, ella no se había cambiado de ropa y tampoco mostraba intención de hacerlo, a pesar de haberle ofrecido una pijama—. Los administradores pueden entrar a las casas con facilidad. Solo estaremos seguras hasta el amanecer.
—Solo actúan de noche.
—Así parece. Nadie los ha visto durante el día —dijo. Tanto su expresión como el tono de su voz denotaban una seriedad poco común en ella. La mayor parte del trayecto al departamento estuvo callada, lo mismo en la habitación de Yuzu. Lo único que hacía era mirar el celular con una mirada melancólica—. Pero tampoco creo que veamos a ninguno por esta noche. Saben que estaremos alertas —volteó a verla. Le dirigió una sonrisa forzada, misma que distaba mucho de la alegría con la cual solían hablar—. No te preocupes, estaremos bien por un día o dos.
—No es eso. Hay otra cosa que me tiene… inquieta —comentó la rubia. Con un semblante tan serio como el de su amiga se acercó a ella y sin apartar la vista de sus ojos se atrevió a compartir su duda—. Oí que la administradora se molestó al verte. Yo solo quería preguntarte… ¿cuántas veces te has enfrentado a ella?
La respuesta tardó en llegar. Harumi no apartó la mirada, pero tampoco era claro su sentir en ese momento. Esto impresionó más a Yuzu, pues no esperaba semejante reacción. Bastaría con decir un número, un acercamiento aproximado a las veces que ambas se habían encontrado a lo largo de la batalla entre chicas mágicas y administradores. Sin embargo, esto no fue así. Harumi dio la impresión de reflexionar más de lo debido su respuesta; aquella pausa tan larga fue solo para elegir sus palabras con sumo cuidado.
—Se llama Nana —dijo al fin— y es la administradora que me entregó la varita. Creo que ese ya es motivo suficiente para odiarla, pero hay más cosas. No solo fue ella quien me dio esta cosa, te hizo lo mismo a ti y ya ha asesinado a varias chicas mágicas con las que trabajé. Soy la única que le falta eliminar de aquel grupo, pero no pienso darle el gusto.
—Supuse que ambas tenían algo así cuando las escuché —admitió Yuzu. Aunque agradecía la respuesta, estaba segura de que aún faltaban detalles por revelar—. Parecían viejas rivales de un…
—Espera… Yuzuchi, por favor… —Harumi interrumpió con una expresión de terror en el rosto, abrió la boca como si fuese a gritar, pero en el acto se cubrió con ambas manos para ocultar su desesperación. Yuzu buscó por todos lados la causa de aquel ataque de pánico sin ver nada extraño en su habitación, hecho que solo le asustó más.
—¿Harumi? ¡¿Qué pasa?!
—Los administradores… están… están atacando a otras chicas mágicas —cayó de rodillas mirando a Yuzu con la mirada llorosa—. A nuestras aliadas…
En la oscuridad total se encontraba la oficina del director Aihara, tan limpia y ordenada como si él estuviese ahí todos los días. Era un secreto que tanto docentes como alumnas supieron mantener dentro de los muros de la Academia. De saberse en el exterior, el prestigio de la reconocida institución estaría en duda. Por todos era bien sabido que el señor director solía ausentarse de su trabajo a causa de su delicado estado de salud y, ante la ausencia de su hijo cuyo paradero era desconocido, era su nieta quien aun siendo una estudiante de preparatoria debía cargar con el peso de la institución a sus espaldas.
El silencio era total. El reloj movió sus manecillas cuando en medio de la oficina apareció una nube de humo con forma de corazón y al disiparse apareció la administradora Nana. Aún tenía los dedos en posición de pistola. Expresó su desconcierto al verse en un lugar distinto al que estaba hacia un segundo. Bajó los brazos, pues ya no tenía caso estar lista para el ataque. La misma varita que entregó hacía un tiempo le transportó a esa oficina. Suspiró a su manera. De nuevo había fallado al momento de eliminar a sus objetivos y todo era culpa de esa entrometida chica de las coletas. Eso le valdría un regaño por parte de los otros administradores. No era que en verdad le importara lo que ellos pensaran de su trabajo, ya quería verlos enfrentarse a ese equipo de chicas mágicas que tantas molestias le causaban. Además, ella no fue asesinada como Kyu.
Sin nada que hacer y con los pocos ánimos que tenía por volver a la cede de los administradores del Mahou Shoujo Site, Nana recorrió la oficina para matar el tiempo. Sabía muy bien en donde estaba, no era la primera vez que pisaba esa escuela que tantas chicas mágicas ofrecido al mundo. Todas fueron buenas en su momento y nunca dieron los mayores problemas; la mayoría ha sido discretas y usan su varita ocasionalmente para salir de alguna dificultad, otra abusó del artefacto hasta agotar su vida. Pero había tres chicas que se volvieron un fastidio: Matsuri Misuzawa, Harumi Taniguchi y, recientemente, Yuzu Aihara.
—Aihara —dijo la administradora. Se acercó al escritorio del director y leyó la placa con su nombre—. Me pregunto… ¿qué pasará?
La computadora en el escritorio era vieja, pero igual le serviría. Si ella no podía atacar directamente a esas tres chicas, solo debía agregar a otro elemento para volver inestable al equipo. O podría empeorar las cosas para el sitio de las chicas mágicas. ¿Y a ella que le importaba? Mientras las chicas mágicas siguieran usando sus varitas, lo que pudieran hacer en su contra poco importaba. La tempestad no tardaría en comenzar y si podía agitar las aguas para acelerar la recolección de energía negativa, lo haría sin dudarlo.
—Que desafortunada —canturreó mientras desaparecía entre las sombras hasta que solo quedó el eco de su voz—. Que desafortunada.
