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Unable to connect to Himeko Momokino
Bragas. De todos los objetos que pudieron elegir para darle forma a una varita, de la inmensa variedad de artículos de uso cotidiano que existen en el mundo, los administradores eligieron unas bragas. Debía ser una broma de mal gusto, una burla para menospreciar a las chicas mágicas y así mofarse de ellas en medio de todos los actos atroces que se cometían en nombre del Sitio. También resultaba curioso que una varita tan poderosa, como afirmaba Matsuri, tuviera aquella forma.
El plan ideado por las chicas mágicas en contra de los administradores era sencillo en palabras, pero complicado en su momento de ejecución. En primer lugar, la sola idea de capturar a un administrador ya era una locura. Se trataban de entes sobrenaturales que, si bien actuaban de noche, no era posible adivinar por donde saldrían o en qué momento darían la cara. La reciente masacre de chicas fue un ataque sorpresa, cobarde y repentino. En palabras de Sayuki, el administrador apareció de la nada en una ventana antes de arremeter contra ella; sin embargo, Yuzu recordaba que Nana llegó de frente cuando caminaba junto a Kosame en medio de la calle. Matsuri, en cambio, siempre andaba con cuidado pues sus enfrentamientos contra administradores comenzaban con una emboscada. Por su parte, Harumi y Asahi contaban con experiencias variadas; en ocasiones habían sido emboscadas y en otras se topaban de frene con el enemigo. No había un patrón que pudiera darles pista alguna, ni alguna manera de obligar al administrador a aparecer. Atrapar a Nana requería de mucha suerte.
Había una segunda posibilidad. Si la varita estaba en manos del Sitio, era posible que ya tuviese una nueva dueña. En ese caso, de nada serviría atrapar a la administradora que tantas pesadillas causaba en Yuzu. Y aun cuando la dichosa varita estuviese en las manos del Sitio, tampoco había garantía alguna de recuperarla si capturaban a Nana. ¿No volvía esto inútil el plan de Kiyoharu? En cierta manera, sí. Sin embargo, había un detalle en el que todas sus colegas, más conocedoras del oscuro mundo de las chicas mágicas, coincidían: la administradora Nana era diferente a los demás.
Las funciones de los administradores se reducían a solo dos: entregar varitas y eliminar a las chicas mágicas problemáticas. No daban explicaciones de nada, ni siquiera se atrevían a mirar a sus víctimas; solo aparecían para cumplir con su labor, actuando como maquinas sin rastro alguno de voluntad propia. No hablaban más de lo necesario; cuando lo hacían solo era para su presentación, todos con el mismo guion programado, pero en el caso de dirigirle unas palabras a las chicas mágicas rebeldes, estas se limitaban a amenazas de muerte. Los dieciocho administradores conocidos actuaban de esa manera, a excepción de Nana. Esta actuaba según sus propias reglas. Engañó a Shioi para volverla la cazadora mágica bajo la promesa de sobrevivir al fin del mundo, se burlaba de sus oponentes y, según sus propias palabras, era diferente al resto de los otros administradores. Su conciencia era más parecida a la de un ser humano que a la de una máquina. En ese caso, ¿había posibilidad de negociar con ella?
Kiyoharu quería cubrir todas las posibilidades y el resto del equipo estuvo de acuerdo en seguir el plan. Por un lado, durante la noche, se dedicarían a la búsqueda de Nana por todos los rincones de la que sería su área asignada. Por su parte, durante el día se dedicarían a la búsqueda de la varita y su dueña. Con algo de suerte, podrían convencerla de unirse a ellas para derrocar al Sitio. Para esta labor, se les encomendó a las alumnas de la academia Aihara revisar los alrededores en busca de cualquier actividad sospechosa y, por supuesto, buscar entre sus compañeras a la posible nueva dueña de la varita con forma de bragas. En consecuencia, Yuzu fue obligada a revisar a las demás alumnas de la academia mientras se cambiaban durante las clases de deportes, incluyendo a las de otros grupos y grados. Lo anterior llevó a varias situaciones vergonzosas, aunque ese sentimiento era exclusivo de la rubia.
—Bien, ninguna de las chicas de mi clase tiene la varita —le había dicho Matsuri durante el descanso. Habían pasado varios días desde la reunión en el karaoke y sus investigaciones dieron inicio de inmediato—. Tampoco hay sospechosas en las clases vecinas.
—Con nosotras tampoco hay sospechosas —respondió Harumi en ese momento—. Aunque comienzo a sospechar que equivocamos la estrategia. ¿Cuántas posibilidades hay de que la volvieran a entregar? Además, esas alas llaman mucho la atención como para no haberlas visto en estos días.
—No podemos descartar esa posibilidad —Matsuri hizo una pequeña pausa. Se llevó las manos a la nuca y miró al cielo. Estaba despejado y, contrario al panorama que vivían, brillaba como pocas veces—. Pero recuerda que Nijimin la usaba todo el tiempo, sin importar nada. No la culpo, si yo tuviera semejante poder, tampoco me quitaría la varita de encima.
—Me aterra imaginar lo que harías con esa varita —comentó Harumi con un tono despectivo en su voz.
Yuzu, por su parte, no podía evitar sentirse fuera de la conversación. No sabía cuál era ese poder tan temible del que hablaban. Durante la reunión en el karaoke, preguntó a sus nuevas colegas sobre la varita que buscaba, sin embargo, tanto Harumi como Matsuri les prohibieron revelar tal información. Como era de esperarse, aquella postura de sus amigas le hizo sentirse traicionada. Pero también pensaba que era para protegerla de algo. Si algo hicieron por ella hasta la aparición de Nana, fue protegerla cuento pudieron de las atrocidades existentes en el mundo de las chicas mágicas. ¿Sería el caso?
—Terminar con esto sería mi primera opción. Aunque no niego que me gustaría sacarle provecho —la pelirosada mostró una sonrisa malévola a su senpai. De inmediato recibió una mirada de molestia como respuesta—. ¿Tú no le sacarías provecho?
—Esa varita siempre me pareció desagradable y antihigiénica. Nunca entendí cómo solucionaba Nijimin el asunto del sangrado.
—¿Eh? ¿Pues por donde sangraba? —preguntó Yuzu sorprendida por aquella declaración, pero también en un intento por unirse a la conversación.
—No es agradable hablar de eso —se limitó a decirle Matsuri con un canturreo divertido. En un instante, su voz se tornó más solmene y le dirigió una mirada fija a Yuzu—. Mejor dinos que ha pasado con tu parte de la búsqueda. ¿Alguna pista o una sospechosa?
—Sobre eso... bueno, yo... —la seguridad de Yuzu se había desplomado en un instante. Su voz se entrecortaba por el nerviosismo y sus mejillas se sonrojaron por la vergüenza de lo que estaba por decir—. No he avanzado mucho.
Sus dos amigas suspiraron y a una sola voz le dijeron:
—Lo esperaba.
Yuzu no supo cómo reaccionar al comentario. ¿Aquello era una burla o una decepción? Examinó por un instante las miradas de sus amigas solo para confirmar lo que ya sospechaba. Matsuri se burlaba y Harumi estaba decepcionada. Esto le molestó, aunque prefirió no decirles nada. ¿Tan malo era ser decente y no realizar las vergonzosas y pervertidas tareas que le fueron encomendadas? Ya se sentía lo suficientemente incomoda espiando a sus compañeras de clase mientras se cambiaban de ropa antes y después de la clase de deportes. Sus labores de espionaje no terminaban ahí. Con el fin de cubrir todas las posibilidades, se decidió inspeccionar a todos los equipos deportivos y a cada alumna de la academia Aihara más de una ocasión. Si bien, Yuzu les propuso usar el cuaderno de masacres que Shioi recibió, nadie podía asegurar que dicho registro sirviera de algo. La fotografía de Nijimi no se encontraba en este, pero según las palabras de la cazadora mágica, lo recibió poco después de la muerte de la joven idol. Aun así, el grupo decidió conservarlo con la finalidad de conseguir a posibles reclutas. Sin la ayuda del cuaderno, Yuzu no tenía más opción que acatar la decisión popular y seguir con el plan: revisar la ropa interior de todas las estudiantes de la academia.
—¿Qué pasa, Yuzu-chan? ¿Te da pena ver la ropa interior de otras chicas? —le provocaba Matsuri. Desde el primer día en que comenzaron con aquel plan, se empeñó a fastidiarla con esa pregunta aun a sabiendas de la respuesta—. No hace mucho vivías con Mei. Supongo que siempre la veías en ropa interior, incluso desnuda.
—Eso es diferente —balbuceó Yuzu con las mejillas encendidas. ¿Le daba pena que Matsuri dijera aquello o era que tenía razón? En más de una ocasión pudo ver a Mei en ropa interior o sin prenda alguna, pero en esos momentos su cerebro se bloqueaba y era incapaz de actuar. Quizá lo que le impedía responder como quería era la imagen de Mei sin ropa.
—No la fastidies, ya sabemos que Yuzuchi puede ponerse muy nerviosa cuando se trata de cosas así —la respuesta de Harumi fue inmediata. Aunque sus palabras parecían defender a Yuzu, había cierto tono de molestia en su voz que le mostraban a la rubia su verdadero sentir sobre la situación—. A diferencia de otra, ella aun es inocente.
—Esto no se trata de inocencias o vergüenzas. ¡Debemos olvidarnos de eso! —estalló Matsuri—. No tenemos tiempo para esa basura, es urgente encontrar esa varita antes de otro ataque sorpresa.
—Tal vez sería más fácil si me ayudaras con tu varita —sugirió Yuzu. Aunque Matsuri no lo notara, ella en verdad estaba consciente de la delicada situación en la que vivían; comprendía la importancia de conseguir la dichosa varita antes del siguiente movimiento de los administradores. Sin embargo, la naturaleza de su encomienda era suficiente para detenerla. ¿En verdad era capaz de hacer algo así? Mirar de reojo a sus compañeras antes de la clase de deportes no era muy difícil, pero espiar a las chicas de los clubes deportivos le provocaban una sensación de incomodidad tremenda, pues se sentía como una pervertida. ¿Y si alguien la descubría? No podría soportar las miradas acusadoras ni ser catalogada como una degenerada.
—Ni lo pienses —la respuesta llegó de inmediato, seca y tajante. La voz de Matsuri se endureció, dando a entender que no habría manera de negociar con ella—. Mi varita consume mucha esperanza de vida comparada con las suyas. No pienso desperdiciar ni un solo uso.
—¿Y sí me la prestas? —insistió Yuzu. A veces, su forma de ser no le permitía entender las negativas; en otras ocasiones, ella misma optaba por no aceptarlas—. No tardaré mucho en...
—¡Que no! —replicó Matsuri con más fuerza en sus palabras. El resultado fue un tono agresivo que hasta ella desconoció. Se hizo un silencio entre las tres, tan pesado que ninguna podía apartarlo.
Harumi carraspeó antes de tomar la palabra. Hasta ese momento no había hablado más que lo necesario, pues no tenía nada que reportar a sus amigas y prefirió matar el tiempo con su celular. Desde que comenzó su vida como chica mágica, había descuidado por completo sus cosméticos. O se perdían en batalla o estaban por terminarse. Era momento de buscar ofertas en internet y pescar algún cupón. No quería morir, pero si le llegaba el momento o el mundo en verdad enfrentaba su fin, quería despedirse de la mejor manera posible.
—¿Y qué hay con las demás? ¿No han encontrado nada? —preguntó en un cambio de tema que fue agradecido por sus dos amigas.
—Shioi ha buscado a Nana sin resultado alguno. Las demás han investigado a varias chicas del área, pero ninguna tiene la varita —se cruzó de brazos y apoyó la espalda en un muro—. Sabía que el plan era difícil, pero en verdad esperaba que la varita estuviera aquí.
—Desde un principio sabíamos que era casi imposible —comentó Harumi. En su rostro se dibujó una momentánea sonrisa y el brillo de sus ojos volvió por un instante, pues encontró varias ofertas interesantes que debía aprovechar cuanto antes—. Mira esto Yuzuchi, tenemos que ir.
—Oh, ¿esos precios son de verdad? —respondió Yuzu al ver la pantalla del celular. Pese a todas las adversidades y el creciente disgusto de Matsuri que podía sentirse aun sin verla ni escucharla, le daba gusto tener un poco de normalidad en su vida. Extrañaba esos momentos que hasta hacia poco tiempo eran tan cotidianos pero que ella misma alejó por su estado de ánimo ante la partida de Mei. En cierto modo, le sorprendía aun tener la capacidad de sorprenderse por cosas tan sencillas.
—Sí. Es la página oficial de la tienda.
—¡Entonces vamos! —exclamó Yuzu con entusiasmo, uno que duraría apenas unos segundos antes de verse interrumpido.
Matsuri era una chica que no temía decir cosas incomodas para quienes le rodean. Sus comentarios, la mayoría de las veces, tenían una doble intención y no se tocaba el corazón al momento de expresar su verdadero sentir ante una situación ni como sus palabras podrían hacer sentir a sus amigas. La situación ameritaba un actuar inmediato, era necesario terminar con las distracciones y de paso castigar a Yuzu por dudar en un momento tan importante como ese. Sin hacer ningún ruido se acercó y de un rápido movimiento se interpuso entre ellas, dándole la espalda a Yuzu.
—¿A dónde vamos a ir, senpai? —preguntó con una fingida voz inocente—. Oh, conozco esa tienda, pero queda un poco retirada.
—Oye, yo estaba... —intentó hablar Harumi, pero fue interrumpida por un fuerte jalón a su mano. Antes de reaccionar, Matsuri ya había dado unos pasos hacia adelante, alejándose ambas de Yuzu.
—Debemos darnos prisa si queremos llegar antes de que cierren.
—¡Oigan! ¡Espérenme! —gritó Yuzu detrás de ambas. Quiso correr para darles alcance, pero apenas dio los primeros pasos se encontró con la mano extendida de Matsuri y una expresión seria y helada.
—Tú no vas a ningún lado —dijo la pelirosada—. Tienes un deber que cumplir y no te iras de aquí hasta investigar a esas chicas.
—Pero...
—Nada —repuso al instante Matsuri. Tomó la mano de Harumi con mayor firmeza y juntas avanzaron lejos del alcance de Yuzu—. Nos vemos más tarde cuando encuentres esa varita.
—No tan fuerte, que me lastimas —se escuchó el reclamo de Harumi hasta que ambas dieron vuelta tras un edificio y sus voces se apagaron. Juntas avanzaron rumbo al pasillo principal donde el flujo de estudiantes comenzaba a ser escaso. En las instalaciones de la Academia Aihara solo quedaban aquellas alumnas pertenecientes a algún club o al respetado y hasta temido consejo estudiantil—. ¿De verdad estas molesta con Yuzuchi o solo quieres estar a solas conmigo?
—Yo siempre quiero estar a solas contigo, senpai. Pero —hizo una pequeña pausa. De utilizar un tono juguetón y hasta atrevido, pasó a endurecer la voz—, no puedo negar que Yuzu-chan me molestó. Tenemos el tiempo en nuestra contra y viene con sus vergüenzas tontas...
—Sabes tan bien como yo que un es tímida con esos temas.
—Eso no ayuda en este momento.
—Pudimos mandarla a las calles con Shioi, pero fuiste la primera en negarte a eso —agregó Harumi cruzándose de brazos—. Tampoco quiero que Yuzu termine lastimada, aunque debes reconocer que ella puede pelear sola.
—No es eso lo que me preocupa —murmuró Matsuri. Con la cabeza baja y la mirada fija en el suelo detuvo su acelerada marcha. Apretó ambos puños en una búsqueda desesperada de fuerza, pues su garganta tenía un nudo que apenas le dejaba respirar, en sus ojos se reunían las lágrimas y su cabeza era bombardeada por las imágenes de una tragedia pasada pero reciente, de una herida que aún no sanaba. Aquello era lo más difícil de soportar—. Temo que se sacrifique por nosotras… y no quiero que se repita lo de Shiraho.
—Nadie quiere eso —y sorprendiendo a la pelirosada, Harumi se acercó a ella y le ofreció un abrazo tan cálido como necesario—. Demasiado caro nos costó saber lo que ocurre con una chica mágica que agota su esperanza de vida.
Los murmullos no esperaron para hacerse escuchar. ¿No eran esas dos las amigas de Yuzu Aihara? Esas chicas que siempre estaban molestándose la una a la otra, gritándose cada vez que estaban cerca, peleando hasta por los mínimos detalles. Y, aun así, siempre estaban cerca, aunque lo único que tuviesen en común era la amistad con la rubia que había llegado a revolucionar la academia más estricta de la ciudad. Ahora, frente a todas, estaban abrazadas a la mitad del pasillo central, a la vista de cualquiera. Ese era el detalle más impactante, verlas en paz. ¿Cuánto tiempo pasaron abrazadas? Poco importaba, era algo que ambas necesitaban en un momento tan delicado.
—Bien... —suspiró Matsuri tras romper el abrazo—, supongo que podemos ayudarla con el club de natación.
—Nunca creí que me obligarían a buscar unas bragas —comentó Harumi llena de resignación. No importa como quisiera decirla o cual era la circunstancia, la frase por si sola ya era muy extraña.
Yuzu se quedó parada justo donde mismo. No habían usado en su contra el efecto de ninguna varita mágica, ni siquiera le paralizó el terror de enfrentarse a un administrador del sitio. Lo verdaderamente aterrador en aquel mundo fue la expresión de enojo que le mostró Matsuri, una mezcla aterradora de decepción y enojo, tan aterradora como los mismos entes oscuros a los que enfrentaban. Ya sabía que su amiga de la infancia podía provocar miedo en las personas, ella incluida; pero nunca había experimentado un terror tan grande como en aquel momento. Dejo caer los hombros en señal de derrota. A pesar de todo, ella tenía razón. Todas ponían de su parte en la lucha contra el sitio, excepto la misma Yuzu. No era momento para sufrir de pánicos o vergüenzas; se enfrentaba a algo más grande que una sanción escolar o agregar una etiqueta más a su ya manchada fama. Eso se trataba de muchas víctimas que se vieron involucradas con las misteriosas intenciones del Sitio de las Chicas Mágicas. Se dio un par de palmadas en las mejillas para motivarse y, enseguida, apretó los puños.
—¡Hagámoslo! —grito para animarse.
Con las energías renovadas y una nueva visión de su incomoda tarea, la rubia comenzó su andar hacia el gimnasio, donde las integrantes del club de volibol estaban realizando su entrenamiento. Lo que Yuzu no sabía, es que alguien andaba tras sus pasos y, en absoluto silencio, le seguía desde la mañana.
Las paredes de los pasillos se sentían distintas. ¿El silencio siempre fue tan abrumador? Quizá era la sensación de peligro, quizá la soledad del edificio, pero nunca se sintió tan incomoda en las instalaciones de la academia Aihara como hasta ese momento. Sus propios pasos le parecían insoportables de escuchar, los muros y el mismo pasillo se volvieron un lugar frio, incomodo y sumamente vulnerable, pero, sobre todo, le incomodaba ser vista por otras alumnas de la academia. ¿Qué pensarían de ella? Acababa de decidir prestarle poca atención a los señalamientos que podría sufrir, aunque la incomodidad siempre estaba presente. Las voces de las chicas entrenando y los rebotes de los balones se volvían más cercanos con cada paso. Su objetivo estaba al alcance. Con el mayor silencio posible, avanzó cuidando sus pasos hasta la puerta, asomó la cabeza lentamente para no ser descubierta y comprobó que todas las chicas del club estaban ocupadas. El problema era acercarse a las duchas del gimnasio. No había manera de pasar desapercibida; aunque entrara sin levantar sospechas, no tenía nada que hacer ahí y eso llamaría la atención de todas las presentes. Entonces una idea llegó a su cabeza; era tan sencillo como argumentar que había dejado algún objeto en los vestidores durante su clase de deportes. ¿Quién podía objetar a algo como eso? Esa clase de incidentes son comunes en todas las escuelas del mundo, nadie notaria algo extraño. Sin embargo, tan pronto como la idea se presentó, tuvo que descartarla. Si estaba buscando unas bragas, sería muy descuidado de su portadora el dejarlas en su casillero aunque fueran solo unos minutos. De tener a una nueva usuaria, era obvio que no se separaría de su varita en ningún momento, menos al conocer su poder el cual, en palabras de todas sus aliadas, era muy grande. Necesitaba pensar en algo más.
De nueva cuenta, su mente se iluminó a la luz de una nueva idea. Dio media vuelta y corrió por el pasillo hacia la salida. Era un plan típico de un adolescente dominado por las hormonas, pero no se le ocurría otra cosa. Tendría que mirar desde la ventana de los vestidores y con algo de suerte se distinguiría la dichosa varita. No era lo más optimo, pero tampoco tenía más opciones a tomar en cuenta. En su frenética marcha, tan sonora como los sonidos de los balonazos en el gimnasio y los gritos del club de volibol, se encontró con un rostro familiar. Las cejas tan llamativas y los rizos a cada extremo de la cabeza eran inconfundibles en toda la institución.
—¡Lo siento, Momokino! —se disculpó apenas la reconoció y siguió su marcha.
Esperaba el típico grito "¡Yuzu Aihara!" de Himeko o alguna amonestación por incumplir con el reglamento escolar, pero no recibió ninguno. ¿No le dijo nada o no escuchó? En ese momento tenía cosas más importantes en las cuales pensar y debatir si Himeko le dirigió la palabra no era una de ellas. Siguió corriendo hasta salir del edificio. No sabía de cuánto tiempo disponía, así que era mejor darse prisa; debía encontrar un punto en el cual pudiera ver toda la habitación o la mayoría de esta.
Llegó al muro trasero del edificio que, para su buena suerte, se encontraba a solas. Nunca faltaban aquellas estudiantes que buscaban el refugio de algún árbol para protegerse del sol o necesitaban un lugar tranquilo para descansar del arduo día de clases. Pero en esa ocasión, la fortuna fue amable con Yuzu. La ventana estaba algo elevada, para alcanzarla tenía que saltar y aferrarse a esta con sus manos, algo no tan difícil de lograr, aunque prefería no hacerlo para evitar dañarse las uñas. Con la mirada busco algún bote de basura que sirviera de base o alguna cubeta abandonada. Por desgracia, no había ningún objeto cercano y todo dependía de la fuerza de sus propias manos.
—Está bien —suspiró resignada. Si sus manos se veían dañadas, Matsuri tendría que pagar por eso.
Se dispuso a dar el primer salto cuando un inexplicable y repentino escalofrío le recorrió la espalda. La sensación incomoda de sentirse observada le hizo voltear de inmediato y buscar a quien le estuviese mirando. Sacó la varita de su mochila escolar, alistándose para un posible combate contra un enemigo misterioso. Hasta donde sabían, los administradores eran seres malvados, crueles y sin el menor rastro de humanidad, pero no eran tontos ni les cegaba el cumplimiento de su deber. Preferían actuar bajo el manto de la noche, en lugares solitarios para no llamar la atención. No había motivos para atacar en ese momento, a plena luz del día y con el instituto lleno de testigos. La segunda opción, era el enfrentamiento contra otra chica mágica. Recorrió el lugar de un extremo a otro del muro, sin encontrar a nadie. Dio unos pasos al frente para buscar entre los pocos arboles del patio, aunque el resultado fue el mismo. Estaba completamente sola. Aun con la incomodidad dominando su mente, regreso a la ventana. Saltó apenas lo suficiente para aferrarse al muro y comprobar el ángulo de visión que tendría. Por suerte, no había nadie dentro del vestidor, así que pudo echar más de un vistazo con calma, hasta que al cuarto salto descubrió en el cristal un reflejo familiar. Al instante, Yuzu se soltó del muro y se dio la vuelta con el rostro pálido, la frente bañada en un sudor helado, el corazón a punto de salirse de su pecho y una sonrisa tan nerviosa que hubiese asustado a cualquiera. Extendió sus manos, comenzó a agitarlas como si fuesen alas en un intento por distraer a la persona que le hacía compañía; no tenía como justificar esa actuación de espía.
—¡Mo-momokino! ¡Que sorpresa verte por aquí! —gritó como si le hubiesen descubierto a la mitad de un crimen—. No es lo que piensas, ¿bien? Yo solo estaba... este... haciendo un ejercicio que vi en unas revistas. Como si fuese practica de escalada, ¿sabes? Es bueno para todo cuerpo... este, porque fortaleces todo de… ¿Um? ¿Momokino?
Mientras hablaba, Yuzu notó que Himeko no actuaba como de costumbre o, mejor dicho, no actuaba en absoluto. En cualquier momento, esta le hubiese gritado al instante de verla colgada frente a la ventana, ni siquiera hubiese esperado a que se diera la vuelta; el regaño comenzaría de inmediato al notar un acto tan deplorable. En cambio, en ese momento, Himeko solo estaba parada frente a ella, sin expresión en su rostro ni dirigirle palabra alguna. Se limitaba a contemplarla en absoluto silencio.
—¿Momokino? ¿Hola? —insistía Yuzu en hablarle.
Sin importar lo que intentara, no había respuesta alguna. Se acercó a ella y le pasó ambas manos frente a los ojos; tiró de sus coletas rizadas, algo que Himeko detestaba, pero no hubo reacción alguna. Entonces Yuzu se decidió a usar su arma infalible. Si aquello se trataba de una broma para incomodarle, no se dejaría vencer tan fácil. Se llevó ambas manos a la cara y comenzó a hacerle muecas graciosas. Nada. Ni una risa, ni un reclamo. Hasta Mei se comportó más animada cuando le hizo lo mismo. Yuzu se cruzó de brazos, notablemente confundida. Comenzó a caminar en círculos alrededor de Himeko y, para su sorpresa, descubrió que esta seguía su andar. Solo por curiosidad, la rubia caminó hacia los árboles. De inmediato notó como Momokino la seguía de cerca sin importar cuanto caminase, sin embargo, no le dirigía la palabra. La extraña actitud mostrada por la chica de las coletas rizadas levantó una sospecha que, con toda seguridad, sería la respuesta correcta a tan extraño comportamiento. Tomó su teléfono y llamó a Matsuri.
Al poco tiempo, tanto la pelirosada como Harumi llegaron a la parte posterior del gimnasio para presenciar un suceso de lo más extraño. A pesar de todo el desastre ocasionado por las varitas, de cada poder revelado ante sus ojos que resultaba más extraño que el anterior y las espeluznantes apariciones de los administradores, aun existían hechos capaces de sorprenderlas. Jamás pensaron que vivirían lo suficiente para ver como Himeko Momokino se dejaba despeinar por Yuzu Aihara mientras le hacía caras graciosas. Tanto Matsuri como Harumi tuvieron que frotarse los ojos para convencerse de no estar soñando. Cuando Yuzu notó su presencia, las saludó con la misma energía de siempre.
—Entonces... esta es la anormalidad que decías —comentó Harumi. Dejó a un lado el asombro para comenzar a reírse. Ya una vez asimilado, todo lucía gracioso a sus ojos—. Jamás pensé que vería algo así.
—Es muy extraño, ¿no? No importa que haga, Momokino no reacciona —explicó Yuzu alzando la voz sobre las risas de su mejor amiga—. Lo único que hace es seguirme, miren.
La rubia comenzó a marchar entre los árboles y, de inmediato, era perseguida por la chica de cabello rizado y cejas pobladas. Aunque era un suceso extraño, Harumi se divertía con la ridícula escena y Yuzu no paraba de andar. La única que parecía preocupada por el estado de Himeko era Matsuri. Le pidió a Yuzu que se detuviera para poder examinar a la chica de cerca. De inmediato notó algo importante; los ojos inexpresivos de Himeko parecían vacíos y sin vida, carentes de todo sentimiento, pero lo más extraño de todo era que no se apartaban ni un solo momento de Yuzu. No había duda, la razón de ese estado resutaba evidente.
—Se encuentra bajo los efectos de una varita —sentenció Matsuri con una voz grave. Llevó su mano al bolsillo para buscar su teléfono.
—¿Será acaso...? —preguntó Harumi. La sonrisa divertida se le borró de la cara en un parpadeo.
—Sí. No hay otra explicación. Está bajo los efectos de la varita de Nijimi.
—¿Está hipnotizada o algo así? —preguntó ahora Yuzu. En parte le alegraba haber encontrado una pista sobre la dichosa varita que con tanto esfuerzo y vergüenza buscó. Lo mejor era que no arriesgó su ya mellada reputación, pues la clave para dar con el paradero de las bragas mágicas se acercó a ella. Sin embargo, el efecto de aquella varita le causaba que curiosidad.
—Es algo peor que eso, Yuzuchi —le respondió Harumi dejando atrás todo rastro de diversión. Las risas estuvieron bien por un momento, pero ya habían quedado atrás al tener esa revelación—. Su mente... alguien la está controlando.
—¡¿Qué?! ¿En verdad existe una varita capaz de eso? —se alarmó Yuzu apenas comprendió las palabras de su amiga. Harumi le respondió con un gesto afirmativo
—Y no solo eso. Quien esté detrás de esto, va tras de ti, Yuzu-chan —concluyó Matsuri.
Fue un golpe definitivo. Alguien más, otra chica mágica que no sabía quién era, había fijado su atención en ella y para vigilarla optó por controlar a Himeko. ¿Qué pretendía? Y más importante aún, ¿quién podría ser? Recién se enteró del poder otorgado por la famosa varita de la difunta idol y esto vino acompañado con una noticia aterradora: le estaban siguiendo. Las preocupaciones no hacían más que aumentar con cada día que pasaba y no estaba segura de hasta qué punto podría soportarlas. Aún estaba perdida en sus pensamientos cuando sintió un tirón en su mano. Matsuri le jalaba con fuerza para hacerla correr, seguidas por Himeko cuyo rostro seguía inexpresivo y al final Harumi.
—¡Rápido! —les dijo la pelirosada—. Tenemos que llevarla con Kosame. Si podemos anular el efecto de la varita, sabremos quien está vigilándote.
Yuzu no pudo decir nada. Sus pensamientos eran, de nuevo, un caos silencioso. Por el momento prefirió actuar como Himeko y callar todos sus temores, todas las preocupaciones y las dudas que pudiera tener. El grupo avanzó a toda prisa por el camino principal de la academia, abandonando las instalaciones ante la vista de varias alumnas que, aunque curiosas por la carrera de las cuatro, no le dieron la mayor importancia. No era la primera vez que la severa Momokino se veía arrastrada por la tropa de Yuzu. Lo que no tomaron en cuenta, era la mirada más importante y pesada de todas. Sobre la azotea del edificio central, los ojos negros de la administradora Nana les seguían a detalle.
—Que desafortunadas —canturreó. Se llevó una mano a la cara y, usándola como mascara, se cubrió con está dejando vía libre para que sus ojos no perdieran detalle de la desesperada carrera que las chicas llevaban a cabo—. Que desafortunadas. Corran tan rápido como puedan, pero ¿podrán detener la tempestad?
