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—No cabe duda —dijo Sayuki con una voz grave—. Su amiga se encuentra bajo el efecto de esa varita.
—Vaya, Matsuri tenía razón de nuevo —mencionó Asahi con poco entusiasmo. Retiró el envoltorio de un caramelo y se lo llevó a la boca en un movimiento casi perezoso —. A veces me inquieta como logras acertar en estas cosas.
—Lo preocupante en esto no es que la varita de Nijimi esté en la academia, sino que esta chica tenga la orden de seguir a Yuzu —cada palabra aumentaba la tensión del grupo. La mirada fría de Sayuki y su solemne porte dotaban de cierto aire terrorífico a la habitación, sin mencionar que a pocos metros había un ejército de yakuza custodiando la casa de la familia Ringa—. Quien la controla sabe que eres una chica mágica y no solo eso. Eres su objetivo.
Ninguna de las chicas mágicas habló. No había que indagar mucho cuando la situación que enfrentaban era tan evidente a los ojos de cualquiera. Una nueva amenaza había surgido y Yuzu era su primera víctima. Pero ¿quién estaba detrás de ella y por qué? La rubia se dejó caer al suelo en un gesto desesperado provocado por la creciente intriga. Además de la espeluznante Nana y el grupo de administradores, surgió una nueva rival, alguien empeñada a lastimarle por motivos desconocidos. En su cabeza se arremolinaban pensamientos fugaces en busca de un nombre, al menos un rostro que le guardase suficiente rencor para utilizar a Himeko como una marioneta. Sin embargo, no encontraba a nadie. Si bien, su manera de comportarse y su aspecto fuera de los estándares de la institución le valieron muchas reacciones negativas entre sus compañeras estudiantes y el cuerpo docente, tampoco se metió con nadie para ser merecedora de rencores. Ese detalle volvía más complicado encontrar a una sospechosa.
A su mente solo venían tres personas que pudiesen guardarle el mínimo de rencor, al menos un pequeño resentimiento por acontecimientos del pasado, aunque ninguna opción le convencía. La primera sospechosa era Himeko Momokino, vicepresidenta del consejo estudiantil, amiga y pretendiente de Mei con quien Yuzu tuvo varios roces al inicio de su vida como estudiante de la Academia Aihara, sin embargo, el que estuviese bajo el control de la varita la volvía inocente al instante. En segundo lugar, pensó en Mitsuko, la hermana mayor de Harumi, aunque tampoco le convenció la idea. No había ningún motivo para la existencia de algún conflicto entre ambas; sus desacuerdos referentes a las reglas escolares habían quedado en el pasado y, aunque no podía decirse que fuesen amigas, tampoco les molestaba la cercanía de una y la otra. Por otra parte, estaba segura de que existía un límite de edad entre las chicas mágicas; al revisar el cuaderno de matanzas de Shioi notó que todas las víctimas del Sitio vestían uniformes escolares de secundaria o preparatoria. En último lugar, menos probable y hasta reprochable por solo pensarlo, estaba el abuelo Aihara. Un escalofrío le recorrió la medula de solo imaginarse la escena: un hombre mayor, con el semblante duro del viejo Aihara, vistiendo una pieza de ropa interior femenina era por demás desagradable. En definitiva, no podía tratarse de él. Ni accedería a algo tan ridículo ni había motivos para atentar contra ella. Su listado de sospechosos fue desechado tan pronto lo ideó. Solo quedaba una opción, tan evidente como aterradora.
—Apareció otra chica mágica —mencionó Matsuri—. Tal vez otra cazadora como Shioi.
—En ese caso ¿no me hubiese atacado al instante? —preguntó Yuzu tras incorporarse. No solo tuvo la maldición de ser elegida una chica mágica, también se volvió un objetivo para recibir cualquier ataque—. Momokino solo me estuvo espiando.
—Puede que esta nueva cazadora sea más estratega que Shioi —respondió al instante Matsuri. Su voz se tornó más grave a cada palabra.
—¿Y fijar a Yuzuchi como objetivo no es extraño? —intervino Harumi. No solo a ella le parecía extraño, a todas les resultaba curioso que la rubia llamase la atención de dos cazadoras, sin contar la manía que Nana desarrolló por ella—. Una vez es comprensible, ¿pero dos?
—Kiyoharu viene en camino, con suerte su varita nos aclara las cosas —comentó Asahi sin darle la mayor importancia. Encontró en el trance de Himeko una pequeña diversión: no importaba que hiciera, esta no reaccionaba. Podía fingir golpearla, invitarle un caramelo o hacerle cosquillas, su cuerpo permanecía inmóvil—. ¿Estas cejas son reales?
—Y cada día le crecen más —comentó Matsuri con un tono burlón. Su intención fue doble: burlarse de Momokino y romper con la tensión del ambiente. Aunque ella misma se tomaba los asuntos referentes al sitio con total seriedad, en ese momento tuvo la necesidad de distraer un poco a sus compañeras, aunque el resultado fue mínimo.
Durante los siguientes minutos, la sala de la familia Ringa quedó en total silencio con el grupo de chicas mágicas replanteando la situación, aunque era imposible llegar a una conclusión. No había sospechosos ni pistas de nada. Solo se limitaban a mirar a Yuzu como una chica con la peor suerte del equipo. Hasta ella lo pensaba. Ser de nuevo el objetivo a vencer, de la primera cazadora mágica, de Nana, de una atacante misteriosa. Por supuesto, se preguntaba a que se debía semejante interés. No era la más fuerte ni tenía la varita más poderosa, sí que era útil, pero no un objeto que pudiera usarse con facilidad en batalla.
Matsuri dio un salto de pronto. La sola idea era tan terrible como posible. Si ya había ocurrido en una ocasión, no era descabellado que volvieran a realizar el mismo plan. La administradora Nana ya había dado indicios de no seguir en su totalidad los lineamientos del Sitio; hablaba de más con las chicas mágicas, contactó a Shioi para que funcionara como cazadora, no le molestaba el contacto humano. ¿Y si de eso se trataba? No había motivos para no sospechar de algo así. Una nueva cazadora, pero solo enfocada a atrapar a Yuzu y a las demás chicas mágicas rebeldes. Era retorcido, pero posible, no había motivos para dudar de una estrategia similar. Ni siquiera debía tratarse de alguien con rencor hacia Yuzu, bastaba con hacerle promesas vacías igual que a Shioi.
—Yuzu… —intentó decirle apenas tuvo la ligera sospecha de la administradora, pero se arrepintió al instante.
—¿Sí? —respondió la rubia con un pesar inmenso en sus palabras. No sería buena idea torturarle con esas ideas, al menos, no por ahora.
—Ah… nada. Solo, ten por seguro que sabremos quien está detrás de todo.
—Eso espero.
La espera terminó en poco tiempo. Las puertas de la residencia Ringa se abrieron para dar paso al resto del escuadrón de chicas mágicas rebeldes, cuya aparición no dejó indiferentes a los guardias. Kosame y Kiyoharu ya era conocidas y sus peculiaridades bien sabidas por todo el clan Ringa, no así el caso de Shioi. Su comportamiento errático que mezclaba la simpatía con la ira, una tendencia a bromear y coquetear con los hombres, sumado al cuerpo copiado de Harumi, incomodaba a más de uno. Bastaba con la aparición de cualquier varón atractivo a sus ojos para que comenzara a insinuársele: un guiño de ojo, un beso al aire, sonrisas traviesas. Igual nadie le respondía, la mayoría de sus víctimas se sorprendían tanto que eran incapaces de reaccionar, otros se incomodaban y torcían la mirada, los menos le devolvían una sonrisa. Esto, por su parte, molestaba a Harumi más que las travesuras de Matsuri.
La relación de las ahora gemelas Taniguchi no podía ser peor. Mientras que Rina pasaba abusando del cuerpo copiado para incomodar a la gente y probarse todo tipo de atuendos, Harumi tenia a tope la paciencia. Era demasiado incomodo ver como su imagen era utilizada para cosas que ella nunca haría, como provocar a los hombres o presumir la talla de su sostén frente a cualquier persona. Las molestias provocadas por este actuar tan imprudente eran tales que, en más de una ocasión, Harumi fue confundida en la calle y recibió más de una insinuación o miradas de recelo. Deseaba que Shioi volviera a su aspecto verdadero, pero se negaba de manera burlona. Matsuri, en cambio, trataba de sacar todo el provecho que pudiera y tomaba varias fotografías.
—Vaya, miren el tamaño de esas cejas —exclamó Shioi al ver a Himeko—. ¿Son reales?
—Sí que lo son —respondió Matsuri con ese tono malvado que suele caracterizarla.
—Provoca depilar un poco —agregó Shioi moviendo los dedos en ansioso gesto.
—Un momento... —interrumpió Harumi. Se acercó a su copia con un paso fuerte y decidido, una mirada peligrosa en los ojos y los dientes apretados—. ¿Se puede saber qué demonios traes puesto?
—¿Te gusta el conjunto, hermana? —bromeó Shioi. A parte de la combinación de colores vibrantes, con unos shorts amarillos y un top rosado tan brillante que lastimaba a la vista, ambas prendas lucían tan ajustadas que daban la impresión de reventar al menor movimiento—. Creo que esto reluce muy bien tus curvas.
—¡Deja de usar ropa tan horrible! —gritó Harumi enfurecida. Pocas veces se le ha visto una expresión tan terrorífica—. O mejor aún, ¡deja de usar mi cuerpo!
—¡No quiero!
—¿Qué les parece si dejamos que ellas dos peleen mientras nosotras trabajamos? —sugirió Sayuki. Todas estuvieron de acuerdo.
Kiyoharu y Kosame se acercaron a Himeko, cuya mirada vacía seguía centrada en la atormentada Yuzu. Lo más sencillo era romper con los efectos del control mental impuesto mediante la varita de Nijimi, en cambio, la parte complicada sería tratar de explicar cómo había llegado hasta ese lugar. Contaban con que la presencia de tres rostros conocidos pudiera reducir el impacto, pero no había seguridad de nada. Sin embargo, la petición del grupo fue muy distinta.
La varita de Kiyoharu le permite usar telepatía para entrar a las mentes de las personas que ella quiera, pero puede explotar la habilidad para hacer algo más que solo comunicarse. En otras ocasiones, logró controlar por un momento el cuerpo de otra chica mágica y no solo eso, pudo ver los recuerdos de sus compañeras aunque esto ultimo se le complicaba más. Como la situación lo ameritaba, se vio en la necesidad de usar ese recurso. Se plantó frente a Himeko y mirándole a los ojos, activó su varita. Al instante, en sus ojos brilló el emblema de la letra S y su frente comenzó a sangrar. Su conciencia se transportó a mente de Himeko Momokino.
Aunque las posibilidades de obtener información valiosa eran grandes, de inmediato se dio cuenta que en esta ocasión no obtendría nada. A donde buscara no podía ver nada más que oscuridad y voces entrecortadas. Estaba ante un enorme hueco en los recuerdos de Himeko, lo cual significaba que su memoria había sido borrada de alguna manera. Por más que buscara, no encontró recuerdo alguno después del timbre que indicaba el fin de las clases. Aquello solo podía significar malas noticias. Al verse superada por quien quiera que controlaba a la chica de cejas pobladas, contó el enlace y regresó a su propia mente. Miró a sus compañeras y negó con la cabeza.
Kosame, guardiana de la valiosa mochila de Shioi, sacó de esta la varita bolígrafo y apuntó hacia Himeko. Bastaría con activarla una vez para romper con los efectos del control mental. Resultaba curioso que ni las varitas pudiesen atravesar el campo de protección creado por el bolígrafo, pero dentro del mismo, si podían activarse los efectos de tan crueles instrumentos. La tensión se sentía en el aire, Yuzu ya estaba lista para los gritos descontrolados de la vicepresidenta. Kiyoharu, la chica mágica con mayor esperanza de vida, tomó en sus manos el bolígrafo mágico y lo accionó. Al instante, una barrera amarillenta se formó alrededor de Himeko Momokino. Ella se tambaleo, alcanzó a pestañear un par de veces antes de caer inconsciente en su asiento. Al ver esto, Kiyoharu desactivó la barrera y volteó con una sonrisa hacia sus compañeras.
—Está listo —dijo con un gesto amistoso.
—¿Eso fue todo? —preguntó Yuzu. Ya no estaba asustada, ni nerviosa. Se sentía defraudada.
—Sí. ¿Esperabas algo más? —contestó Kiyoharu.
—Que gritara o estuviera confundida por aparecer de pronto aquí. Ella puede ser muy escandalosa.
—Oh, claro que va a gritar cuando despierte —dijo Kiyoharu con un gesto divertido en su rostro—. Ahí es cuando ustedes tres entran para calmarla.
—Acaba de ser liberada de un control mental bastante poderoso, por eso quedó inconsciente —se apresuró a explicar Kosame—. Tardará unos segundos en despertar.
Poco a poco, Momokino recuperó la conciencia tras estar un tiempo desmayada. Si bien, para Yuzu terminaba la espera y podía comenzar el interrogatorio, sus aliadas con mayor experiencia miraron con preocupación el suceso. Otras víctimas del control mental despertaban a los pocos segundos, confundidas y con dolor de cabeza, pero en esta ocasión, tomó más tiempo en reaccionar. No querían decirlo, pero resultaba evidente que los efectos provocados por la varita eran más fuertes de lo que Nijimi había logrado en el pasado.
Ente quejidos, la chica de las grandes cejas recuperó el sentido. Apenas abrió los ojos, volvió a cerrarlos con fuerza y se llevó ambas manos a la cara. Estaba desorientada a causa del control mental y la cabeza le dolía como nunca en su vida. Cuando fue consciente de su entorno, comenzó la desesperación que Yuzu y compañía ya se esperaban. Los gritos no se hicieron esperar, acompañados por pataleos y algunos manotazos sin destino aparente. Tras un instante de escándalo y que este, de manera sospechosa, no llamara la atención de los guardias de Sayuki, las tres estudiantes de la Academia Aihara se decidieron a intervenir, aunque su presencia no fue del todo bien recibida por la escandalosa Momokino.
—¡Ustedes tres! —fueron sus primeras palabras coherentes—. Siempre que algo malo me pasa, están ustedes. ¿A dónde me trajeron?
—Deja de gritar y escúchanos —Harumi intentó imponerse a la serie interminable de gritos y reclamos.
—Momokino, tranquila —le pedía Yuzu en una súplica inútil—. Si nos dejaras explicarte con calma.
Sin embargo, Yuzu no estaba convencida de sus propias palabras. ¿Cómo explicarle a Himeko sobre el hechizo que la controlaba hasta hace poco? Para ella misma, como chica mágica, ya resultaba difícil de comprender el poder de las varitas y todas las posibilidades que estas ofrecían, no quería ni imaginar lo que implicaba explicar desde cero a una persona ajena al Sitio.
—Lo dejare simple —agregó Matsuri parándose justo frente a Himeko. Aun cuando su físico no impone ni posee la voz más fuerte, solo ella logró detener los quejidos de la vicepresidenta del consejo—. Fuiste víctima de control mental. Nosotras te liberamos.
—¿Control mental? ¡Como si eso fuera verdad! —respondió más alterada—. Será mejor que me digan donde estamos y qué está pasando aquí, o yo...
—Estamos en la propiedad de mi familia —contestó Sayuki con una voz tranquila, hasta diplomática. Con todo lo que ha pasado con su familia, lidiar con una estudiante de preparatoria era sencillo—. Soy Sayuki Ringa, heredera del grupo Ringa. Disculpa que te trajéramos en condiciones tan inusuales.
—¿El grupo Ringa? ¿No es esa familia de...? —intento terminar su frase, pero pudo detenerse, no quería incomodar a nadie. En total silencio, tornó la mirada a las tres chicas de la academia y con una voz más tranquila acompañada por una cara de espanto, agregó—: ¿Ahora se relacionan con... esta familia? ¿Al menos saben quiénes son?
—Lo sabemos muy bien —respondió Harumi—. Ahora si nos dieras cinco minutos para decirte lo que pasa...
—¡No puedo creerlo, Yuzu Aihara! —explotó de nuevo Himeko. La aludida dio un salto ante tal grito, más furioso de lo que estaba acostumbrada a recibir por parte de esa chica con grandes cejas y rizos ridículamente definidos—. Sé que estás desesperada por lo de Mei Mei, pero no puedo creer que llegaras a este extremo.
Todas quedaron calladas de pronto y las miradas que en un principio se dirigían a la escandalosa huésped, se giraron hacia una nerviosa rubia incapaz de dar una explicación. Solo Matsuri sabia a que se refería, pero no era el momento para revelarlo ni quería traicionar de esa manera la confianza de Yuzu. Harumi podía tener una ligera sospecha, aunque su conocimiento sobre la relación entra Mei y Yuzu no llegaba a tanto. Por otro lado, las chicas mágicas restantes no podían ni imaginar a que se refería. Solo Asahi pareció percatarse de algo, pero prefirió callarlo.
—Cielos, que escandalosa es su amiga —comentó Shioi acercándose. Aunque Harumi intentó detenerla, reaccionó demasiado tarde. Himeko Momokino experimento en una sola tarde tantos cambios de ánimo que ni ella misma sabía cómo pudo procesar.
—Ta-Ta-Taniguchi —dijo Himeko con dificultad. La expresión en su rostro era diga de una película de terror; los ojos desorbitados, las pupilas dilatadas, su piel palideció tanto que podían verse las venas bajo esta—. No entiendo… ¿por qué? ¿Por qué son dos?
—¿Mi hermana no te habló de mí? —contestó Shioi con una voz cargada de sorna a la vez que intentó abrazar a una furiosa Harumi.
—¡Basta! Esto es importante —rugió Harumi. Su entonación y su enojo fueron tales que hasta Yuzu, quien mejor la conocía entre las presentes, quedó sorprendida. No sabía que su mejor amiga pudiera reaccionar de esa manera.
—Solo danos unos minutos para explicarte todo —alzó su voz la única chica mágica que hasta el momento había permanecido en silencio. Asahi le ofreció una paleta de carmelo a Himeko para que se calmara y pasando al lado de Harumi, le susurró—: Deja de hacer eso, te dejará marcas.
Desde ese momento, Himeko Momokino, una total ignorante de las acciones del Sitio de las Chicas Mágicas escuchó con total silencio y atención un relato que a primera instancia le pareció digno de un manga, pero no de esos que ganan premios o se vuelven especialmente populares. Durante la siguiente hora le fueron revelados los oscuros secretos que cada noche ocurrían en las calles de la ciudad, sucesos que solo unas cuantas almas desafortunadas conocían y vivían. Conoció la historia detrás de numerosas desapariciones de varias jóvenes estudiantes, la explicación a sucesos extraños que durante los últimos meses se dieron en la urbe. Todo era culpa de un extraño sitio de internet al cual no cualquier persona podía acceder; sus misteriosos y tenebrosos administradores aprovecharon un momento de debilidad, de profunda tristeza o la desesperación causada por las tragedias personales de sus víctimas para sumergirlas en el cruel y despiadado mundo de las chicas mágicas. Todas fueron condenadas en cuanto tocaron las malditas varitas mágicas, esos artefactos tan prodigiosos como abominables capaces de robarles la vida. Entonces, solo quedaban tres opciones: matarse entre ellas, usar la varita hasta que esta las consumiera o ser desechadas por los mismos seres que les otorgaron sus poderes.
Como era de esperarse, las explicaciones no eran sencillas ni creíbles al inicio. Una mente tan quisquillosa como la de Himeko no caería tan fácil antes un relato tan fantasioso como tenebroso, antes acusaría a las presentes de ingerir sustancias ilícitas. Pero las pruebas irrefutables desfilaron ante sus ojos una por una. Eso y la extraña sensación de que algo estaba mal. Ante su mirada incrédula, desfilaron tanto las varitas como los emblemas que representaban la esperanza de vida restante de sus usuarias. Aun con las pruebas, todo era demasiado confuso pero real, no quedaron dudas al aire una vez que Harumi demostró el poder de su yoyo y Kiyoharu utilizó su telepatía para hablar directamente en su cabeza. Al inicio se asustó, como era de esperar, pero con cada minuto que pasaba, las cosas cobraban sentido. Aun así, había algo incomodo.
—De acuerdo —habló al fin. Su voz temblaba. Antes tales revelaciones, tenía miedo no solo de la situación por la que pasaban las chicas mágicas, también ella presentía algo malo hacia su persona—. Ya no puedo dudar de ustedes, pero sigo sin comprenderlo del todo.
—No te preocupes, nosotras tampoco terminamos de entenderlo —le respondió Yuzu.
—Solo tengo una última pregunta —se notaba el temor en sus palabras. Era algo que debía saber desde que comenzaron a hablar sobre el sitio—. ¿Existe alguna varita con el poder de… borrar la memoria?
—Sí —contestó Kosame—. Una de nuestras aliadas la tenía, pero los administradores la recuperaron después de su muerte.
—Sin embargo —agregó Kiyoharu—. Es posible usar la varita de Nijimi para eso. Cuando el control mental se apodera de ti, te pueden dar órdenes para cualquier cosa, incluso olvidar.
—Fue lo mismo que hizo Nijimi con su familia —agregó Asahi.
—Ya veo…
Himeko se quedó callada de una manera desolada. Tan solo verla causaba tristeza a las presentes. Sin pensarlo mucho y sin una idea clara de la razón para tal reacción, Yuzu se acercó a ella y se arrodilló. La miró con ternura y una sonrisa cálida que buscaban ofrecer un pequeño consuelo.
—Momokino, ¿tienes algo más que decirnos? —le preguntó con una voz suave, tan reconfortante que cualquiera podría romper en llanto al escucharle.
—Yo... no recuerdo nada desde que terminaron las clases esta tarde.
Las pistas sobre esa nueva chica mágica terminaron incluso antes de aparecer. La investigación quedó suspendida por el momento, pero aún no terminaba. Solo tenían por seguro que la misteriosa enemiga pertenecía a la Academia Aihara y era precavida, pues como medida de seguridad para no ser descubierta le ordenó a Himeko olvidar sus últimas vivencias hasta antes de ser controlada. Era necesario idear un plan adecuado para atrapar a la nueva amenaza y recuperar esa varita.
La reunión terminó ya entrada la noche y cuando se llegó a un acuerdo entre todas las chicas mágicas rebeldes. Para atrapar a su misteriosa enemiga, usarían a Himeko de la misma manera que ella quiso hacerlo. Dejarían fluir la rutina escolar como si nada hubiese pasado, siguiendo sus vidas normales, pero cuando llegara el momento de asistir a la sala del consejo, Himeko no estaría sola. Le acompañarían a la distancia las tres estudiantes de la academia mientras las demás esperarían a las afueras de la institución para funcionar como refuerzos en caso de ser necesario. El único inconveniente era sobrevivir a la noche. Si los administradores intentaban hacer algo, estarían en graves problemas.
Yuzu lo sabía. El riesgo era grande y un ataque a traición podía ocurrir en cualquier momento, los administradores realizaban sus limpias sin dar tregua, aprovechando el elemento sorpresa y ellas eran sus principales objetivos en ese momento. Con esa idea en mente, pasó más tiempo cerca de su ventana con la varita en mano que durmiendo. Debía estar lista para cualquier ataque, ya fuera contra su persona o el de alguna de sus compañeras. De ser necesario, acudiría al rescate de cualquiera que así lo necesitara.
Pero había algo más, una preocupación que le apretaba el corazón y no dejaba de torturar su mente. Temía por la seguridad de Mei. En el fondo, a pesar de la guerra entre chicas mágicas y administradores, lo que más le importaba era la seguridad de su amada hermanastra. Que la misteriosa chica mágica interceptara a Himeko cuando se dirigía a la sala del consejo, prendió una alarma en Yuzu. Ya que ella era el objetivo, no resultaba descabellado imaginar que Mei corría peligro y sería utilizada como carnada para atraerla. No quería verla envuelta en esa locura del Sitio. Aun cuando Mei utilizó toda su influencia para acercarse lo menos posible a la Academia, sabía que ciertas gestiones requerían su forzosa presencia. Bien se podía tender una trampa o, por otra parte, alguien en una academia tan grande debía saber el domicilio donde la heredera de la familia Aihara se encontraba. No sería difícil obtener información al poder controlar la mente de cualquier persona. Debian actuar cuanto antes. Por la seguridad de Mei, por sus vidas, para dar fin al macabro Sitio de las Chicas Mágicas.
—¿Están todas en posición? —preguntó la voz de Kiyoharu directo en la cabeza de Yuzu.
La sensación era extraña, había un pequeño eco que resonaba con cada palabra, pero todo se entendía tan claro como si estuvieran hablando de frente.
—Sí —respondió Yuzu con toda la decisión que pudo reunir. No podía escuchar a sus colegas, pero era seguro que todas estuviesen listas para actuar.
—Oye Yuzu, sé que no es el momento para esto —continuó Kiyoharu. A pesar de la tensión propia del momento, se escuchaba cierta emoción en su voz—, pero me emociona estar en esta escuela. Nunca había estado en una academia solo para chicas. Me gustaría estudiar aquí, todo se ve tan bonito y los uniformes tan bonitos.
—Kiyo-chan, cuando todo esto termine, quizá pueda hacer algo para que te inscribas.
—Gracias, pero me temo que eso no es posible.
—No te preocupes, estoy segura de que si lo hablo con... con... bueno, algo podré hacer.
—No es necesario. Para mí es muy complicado. Espera, parece que Matsuri ha visto algo.
La comunicación entre ambas se vio interrumpida de pronto. Aunque Kiyoharu podía mantener su conexión telepática con todas a la vez, no podía funcionar como una sala de chat que permitiera a las demás comunicarse entre sí. Una pequeña debilidad compensada con una mente rápida.
El plan elaborado por el grupo rebelde de chicas mágicas no era muy complicado, tampoco garantizaba el éxito en su ejecución ni en atrapar a la misteriosa poseedora de la varita de control mental, pero no perdían nada con intentarlo. A manera popular, se dice que un delincuente siempre vuelve a la escena del crimen y ellas se aferraron a esa creencia. Tampoco tenía más opciones. De alguna manera sabría que Himeko fue liberada de su control y cualquiera, por más precavida que fuera, querría saber que pasó. Se aferraban a una pequeña posibilidad, no tenían más opción.
Las horas pasaron, las instalaciones de la reconocida academia poco a poco se quedaron vacías y el día se rindió a la noche. Ya eran horas peligrosas y las respuestas aun no surgían. Himeko no había sido atacada en toda la tarde, cumplió con sus deberes del consejo sin el menor contratiempo. Las revisiones de las actividades de cada club, archivar los reportes, incluso las solicitudes de las alumnas encontraron su respectivo cajón.
Todo marchaba en orden y la misión ya se daba como un fracaso. Por su parte, ninguna de las chicas mágicas que estudiaba en la academia notó actividad extraña alrededor de Himeko. La seguían a la distancia, la suficiente para vigilarle sin despertar sospechas de nadie. A pesar de eso, ninguna encontró a alguna estudiante sospechosa. En tanto, Shioi, aprovechando el cuerpo que robó de Harumi, consiguió un uniforme y logró escabullirse hasta la sala del consejo estudiantil. Tampoco obtuvo resultado alguno. Cuando llegó estaba vacía, ocupada solo por papeles de la institución. No hubo pista alguna de la chica mágica que buscaban.
—En verdad no esperaba atraparla con esto —le dijo Matsuri a Kiyo-chan. Tenían toda la intención de dar por terminada la misión y regresar a sus casas—. Pero al menos quería ver su cara.
—Ya deberíamos estar acostumbradas a que... momento.
Kiyoharu endureció la voz en el acto. Kosame, que le acompañaba en su punto de control le miró con cierto temor. Su expresión se había deformado en una cara que reflejaba una mezcla de sorpresa y miedo. Podía ver como sus labios temblaban y sobre su frente se mezclaba la sangre que brotaba por el uso de su varita con el sudor helado. Intentaba hablar, pero solo producía balbuceos sin sentido alguno.
—Kiyo-chan... ¿qué pasa? —le preguntó temblando de miedo.
—No puede ser... —alcanzó a decirle—. ¡Es Juu! ¡Momokino se ha encontrado con Juu! ¡Deben ir con ella de inmediato!
—Nosotras tenemos otro problema por aquí —gritó Asahi para alertar a sus compañeras. El asedio comenzó en el peor momento posible—. ¡Shi nos está atacando!
—¿Qué? —tartamudeó Kosame—. Entonces… ¿nos tendieron una trampa?
—Eso parece. ¡Rápido! ¡Tenemos que llevar las demás varitas!
Kosame tomó la mochila y se la llevó a la espalda. Su cuerpo tal vez no era él más atlético, pero tenía que exigirse en un momento de emergencia como ese. Junto a Kiyoharu, buscaría la entrada más cercana a la academia. Dos chicas mágicas con la capacidad de combate de Sayuki y Asahi estarían bien, pero dentro de la escuela, solo Harumi poseía una varita ofensiva, además que Shioi permanecía desarmada. Pero su mayor preocupación en ese momento era proteger a Momokino y mandar refuerzos a la encargada de protegerla.
El grito de terror que exclamó Himeko caló hondo en Yuzu. Con solo escucharla, pudo sentir su pánico y desesperación, era la misma sensación producida por la macabra presencia de la administradora Nana. Por un segundo dudó en cómo actuar, pero no tenía otra opción. Himeko era su responsabilidad, ella no era una chica mágica ni tenía una varita con la cual defenderse. El encuentro con cualquiera de esos espectros resultaría fatal para ella. Se aferró a su valor, empuñó con fuerza su pistola mágica y salió al encuentro del administrador.
Lista para disparar, se plantó a medio pasillo. Ante ella había una escena poco agradable. Himeko estaba en el suelo, arrastrándose con todas sus fuerzas mientras se alejaba de un hombre gordo de gran tamaño. Este apenas cabía por los pasillos. La cabeza de ese ser, demasiado inflada, parecía la de un bebe de juguete con ambos ojos cerrados, pero su cuerpo era el de un adulto vestido con una camisa negra y pantalones abombados. Esperaba que ese administrador atacara a la indefensa Himeko, pero no era así. Solo la miraba o eso se daba a entender por su actuar pasivo.
—¡Hey! Tú no eres la que busco —exclamó con una voz gruesa y potente. Había cierto ritmo de rap en su habla—. ¿Si quiera eres una chica mágica? ¡Jo! Hay algo extraño en ti.
—No... yo... yo... —balbuceaba Momokino.
—¡Oye, barrigón! —gritó Yuzu con todas sus fuerzas—. ¡Yo soy la chica mágica que buscas!
—¡He! ¡Oh! ¡Tú eres de esas molestas chicas mágicas! —respondió el administrador Juu—. No, no eres la que busco, pero igual eres un estorbo.
—¿Qué? —la declaración de Juu le dejó confundida.
Hasta donde sabía, ella junto a todo su equipo, eran la prioridad del Sitio, eran las rebeldes que estaban en la mira y debían ser capturadas de inmediato. Por eso atacaron a las otras aliadas que tenían esparcidas por la ciudad, por eso Nana se les apareció aquella noche saliendo del hospital y Sayuki tuvo un enfrentamiento en su residencia. Sin embargo, ahora las cosas cambiaron. Había alguien aún más peligrosa para el sitio y se encontraba en la Academia Aihara. ¿Acaso era la poseedora de la varita de Nijimi? De ser así, solo había certeza de una cosa: su dueña era una amenaza para el Sitio. La distracción le costó caro a Yuzu.
—¡Everybody say! —gritó el administrador Juu con fuerza—. ¡Hey! ¡Ho!
La voz del espectro se volvió más potente en un instante, llegando a un volumen ensordecedor que de inmediato provocó un fuerte dolor en las dos chicas. La nota cantada por Juu solo se volvía más poderosa y extensa, soportar su voz se tornaba una tarea imposible de lograr. Yuzu apenas y pudo mantenerse de pie ante el ataque sonoro, trataba de cubrir sus oídos con sus manos, aunque esto era inútil; sin importar como las colocara, el dolor no paraba. Tampoco podía usar su varita; estaba inmovilizada a causa del ruido. Con lo poco que podía ver, pues el sufrimiento le obligaba a cerrar los ojos, notó como Himeko estaba en las mismas condiciones que ella. En el suelo, la vicepresidenta se retorcía mientras trataba de cubrir sus oídos.
Era un ataque cruel, invisible e imposible de parar, tan potente que sentía como sus tímpanos estaban a punto de reventar. Entonces ocurrió. Apenas entendible, un segundo grito fue percibido en medio de tal escándalo. Pudo distinguir un hilo de sangre que se escurría entre los dedos de Himeko y su oído derecho. Debía actuar rápido, de lo contrario las consecuencias serían más graves, no sabía hasta que grado podían ser dañadas por el enemigo o si este solo ganaba tiempo para llamar a otro administrador. Apretó los dientes y recargando la cabeza sobre su hombro, se incorporó para apuntar su varita. Aunque la cabeza le dolía a tal grado de nublar su visión y sus oídos estaban por explotar, debía seguir adelante. Apretó los dientes con fuerza, a duras penas consiguió concentrarse y activar la varita; tiró del gatillo antes de caer al suelo y la nube en forma de corazón salió disparada hacia el administrador Juu. Este intentó evadirla, pero víctima de su propio volumen, se vio atrapado en el pasillo y desapareció al instante. Por fin silencio. Nunca le había gustado tanto que su entorno estuviera callado.
Se levantó tan rápido como pudo. La cabeza aun le daba vueltas y sentía ambos oídos lastimados. Por suerte, aun podía escuchar su propia respiración, aunque al revisar notó que sangraba del oído izquierdo. Apenas pudo caminar, se acercó a Himeko, quien no parecía estar lesionada más allá de un leve sangrado en la oreja derecha. Por otra parte, el susto que se llevó no era para menos.
—Momokino —le llamó con un tono amable—. Ya pasó. Me encargué del administrador.
—Esa cosa... era horrible —balbuceó Himeko. Todo su cuerpo temblaba y no podía alejar su mano del oído—. Yuzu... no escucho nada de este lado.
—Tranquila —intentó aliviarla. Le ayudó a pararse, aunque ambas estaban igual de mareadas. Era la primera vez que la veía tan vulnerable, algo que chocaba con la siempre gruñona Himeko—. Te prometo que podemos curarte.
—Gracias...
En silencio, pero apoyándose mutuamente, avanzaron por el pasillo con rumbo a la salida. Lo último que Yuzu supo de Kiyoharu fue que abandonó su puesto junto a Kosame y se dirigían al edificio central de la academia. Debía reunirse cuanto antes con el resto del equipo para así escapar o poder enfrentarse al administrador, pues Yuzu solo pudo alejarlo por el momento mandándolo al primer lugar que le vino a la cabeza: el parque en el cual solía perder el tiempo con Harumi después de clases. Estaba lo suficiente alejado para poder huir de él y a esa hora ya se encontraba vacío. Menos mal que pudo dominar el uso de su varita para la ocasión.
—Yuzu —habló Himeko. Su voz comenzó alta, pero la bajó de inmediato. Le costaba modular su tono por el daño en sus oídos—. Ese monstruo... dijo buscar a otra chica mágica. ¿Crees que sea la misma que me controló?
—No estoy segura. Pero si es más peligrosa que nosotras quizá deberíamos unirnos a ella —intentó sonar segura de sí misma, aunque no se creía del todo sus palabras.
Era complicado buscar aliadas y aún más cuando estas actúan de manera misteriosa, pero a Yuzu eso no le detenía. Si pudieron unir a Shioi a su grupo poco después de ser una enemiga de temer, podían hacer lo mismo con esa chica mágica desconocida. Si bien, no podía asegurarlo, las coincidencias entre la búsqueda de los administradores y la manifestación de la varita de Nijimi hacían pensar que ambos grupos buscaban a la misma chica mágica. Solo faltaba encontrarla. Yuzu recordó las palabras de Juu. ¿Qué quiso decir con que había algo extraño en Himeko? Aunque sus grandes cejas resultan llamativas, no debía referirse a eso. Tal vez era a la influencia de la varita de Kiyoharu, pues también había usado su poder para vigilarla. Quedó pensativa un momento, no le convencía su razonamiento.
—Que desafortunadas —escucharon una voz acercarse por el pasillo central. La puerta de un aula se abrió para dar paso a otro administrador. ¿Cuántos había en la academia? Su imagen era más grotesca que la de Juu, pues tenía el cuerpo definido y exuberante de una mujer vestida de gala, pero su rostro era una máscara tengu—. Ustedes no son la que busco, pero te conozco, Yuzu Aihara. ¡Eres de esas molestas chicas mágicas rebeldes!
—¡Corre! —gritó Yuzu dando la vuelta con violencia y tirando del brazo a Himeko, cuyo miedo le paralizó.
—¡Te eliminaré! —rugió el administrador.
Extendió sus manos al frente, al instante apareció un agujero negro frente a Yuzu y Himeko que apenas pudieron evadir. Al sentir el peligro, la rubia reaccionó con un instinto de supervivencia y detuvo la marcha. Dio un paso hacia atrás y se arrojó sobre Himeko para alejarla del ataque enemigo, provocando que ambas terminaran en el suelo. Al comprobar los estragos causados por el ente con rostro de tengu, sintió como el aliento se le iba. Gran parte del pasillo fue devorada por aquel agujero negro, dejando un perfecto corte circular en el edificio y el piso. Quiso reaccionar y empuñar su varita de nuevo, pero era muy tarde. El administrador estaba frente a ambas y se preparaba para atacar de nuevo.
De la nada, como una luz milagrosa en el momento adecuado, un resplandor llegó desde la puerta principal y atravesó el pasillo hasta impactar con la espalda del monstruoso ser. No hubo grito de dolor, solo uno de ira desmedida cuando esa luz en forma de rayo atravesó su cuerpo, dejándole un agujero que atravesaba todo su torso. El ente con rostro de mascara tengu cayó de rodillas ante Yuzu y Himeko mientras un espeso humo negro brotaba de su cuerpo. En segundos se desplomó al suelo, inerte, pesado, mientras su cuerpo se desvanecía en esa nube negra. Las dos chicas alzaron la vista en busca de su salvadora. Al extremo del pasillo se distinguía una silueta femenina de cabello largo que en sus manos sostenía un oso de felpa. Era inconfundible, a pesar de la oscuridad de la noche y el humo negro que emanaba del cuerpo muerto, ambas la reconocieron. Con un nudo en la garganta, apenas con la posibilidad de hablar, Yuzu logró decirlo.
—Mei...
