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Los restos humeantes de Juuni, aquel administrador de la máscara tengu, yacían en el suelo. A medida que la espesa nube negra emanaba de su cuerpo, daba la impresión de volverse más pequeño. Esa fue la primera vez que Yuzu vio que uno de esos espectros malignos podía morir, aunque lejos de sentir alivio alguno, en su mente se extendió la condición y un extraño temor. Aquel ser no solo estaba encogiéndose, también su forma cambiaba.
El disparo le dio justo en el centro del torso y lo atravesó de un extremo a otro, dejando un agujero tan grande como su cabeza. A pesar de la herida, no había el mínimo rastro de sangre ni órgano alguno que indicara la naturaleza biológica del administrador. En cambio, su interior era más parecido a la tarjeta madre de una computadora. Pero nada de eso importaba ahora; el origen de los temibles enemigos que acechaban a las chicas mágicas se vio opacado por aquella salvadora misteriosa, esa silueta femenina que tanto Yuzu como Himeko reconocieron a la distancia. Aferrada a un oso de peluche, uno de los artículos más inocentes que podrían encontrarse en una tienda, aquella chica se acercó en silencio y la luz del edificio reveló su identidad a cada paso.
—Mei... —balbuceó Yuzu.
Se le dificultó respirar. El reencuentro no fue ni de cerca lo que esperaba. En su mente había dibujado el escenario ideal de ella como salvadora de Mei, motivada por un impulso heroico de protegerla tanto de los horrores del Sitio como las exigencias familiares. Tal vez era una imagen demasiado irreal, inspirada por la televisión y las películas, pero era la única situación que creía posible. En cambio, fue su amada hermanastra quien, tras semanas de distanciamiento, apareció desde las sombras para rescatarla de un enemigo temible. No solo eso. Cargaba con su propia varita mágica. Mei Aihara, en algún momento, se volvió una chica mágica víctima del Sitio y Yuzu no sabía que pensar al respecto. Ni siquiera podía creerlo; no confiaba en sus sentidos, aquello era demasiado. La desdicha parecía seguirles sin importar lo que hicieran por luchar en contra de esta.
Carente de toda expresión, Mei avanzó hacia las dos chicas que acababa de rescatar. No prestó atención alguna al cuerpo inerte a su lado. La forma de este había cambiado; ya no era una mujer adulta con rostro de tengu; sino que había sido reemplazado por una jovencita que si mucho tenía quince años. Yuzu, con las fuerzas que le quedaban tras dos enfrentamientos seguidos contra los administradores, pudo incorporarse. Los ojos le brillaban por las lágrimas que comenzaron a brotar sin control. Su corazón se oprimía con fuerza al ver como Mei terminó convertida en otra chica mágica envuelta en una guerra despiadada; pero también le alegraba verla de nuevo. Himeko, con todo el cuerpo temblando, logró levantarse y se arrojó directo a Mei, envolviéndola en un fuerte y desesperado abrazo.
—¡Meimei! Tú... tú —gimoteaba entre cada palabra—. ¡Nos salvaste! ¡Nos salvaste de esa cosa!
Aunque las llorosas palabras de Himeko estaban a un lado de su oído y sus lágrimas caían sin parar sobre su hombro, aunque sus brazos le oprimían con fuerza el cuerpo y respirar se volviera difícil, la mirada de Mei permanecía fija en el rostro de Yuzu. Ambas permanecían en silencio, solo contemplándose la una a la otra. Sus respectivas expresiones reflejaban sentimientos muy distintos. Los labios de Yuzu, a pesar del cansancio, temblaban para formar una sonrisa en respuesta al esperado reencuentro entre ambas a la vez que se apretaban con tal de soportar el nudo en la garganta, mismo que terminaría en un llanto tan poderoso como el de Himeko. Ni hablar de sus ojos; ahogados en lágrimas se deformaban con el brillo del alumbrado. Y Mei, aunque apenas había una variación en su fino rostro, no podía ocultar su sorpresa al verse de frente con Yuzu. La boca ligeramente entreabierta le delataba y los ojos fijos en la rubia eran sinónimo de desconcierto. Ninguna podía creer que estuviesen frente a frente después de tanto tiempo separadas. Ahora se reunían por primera vez en circunstancias inusuales.
—Yuzu… Himeko —dijo Mei tras el largo silencio—. ¿Qué están haciendo aquí?
—Mei… de verdad eres tú… —Yuzu parecía fuera de sí.
La repentina alegría que sintió se mezcló con la desconfianza. ¿Y si aquello era una treta más de los administradores? No sería extraño que recurrieran a un recurso tan bajo, sin embargo, el corazón pudo más que toda su desconfianza y prefirió creer que aquella era la verdadera Mei que tanto amaba. Poco importaron el cuerpo agujerado detrás suyo y el ataque de los Administradores al que sus compañeras se enfrentaban. En su cabeza escuchaba la lejana voz de Kiyoharu pidiéndole moverse, pues había más enemigos en los alrededores y detenerlos era imposible. Yuzu se acercó a Mei con pasos lentos, aun perdida en sus propios pensamientos. Estaba en un sueño, era imposible que de nuevo estuviesen juntas en tan singulares circunstancias. Apenas le alcanzó, se dejó caer en su brazo y la estrujó en un poderoso abrazo. Tenía que sentirla, saber que era ella y no una ilusión.
—Yuzu, ¿estás herida? —fue lo primero que a Mei le vino a la mente.
—De verdad eres tú, Mei —respondió Yuzu al fin. Con los ojos llorosos, mostró una sonrisa reconfortante, no para la pelinegra, sino para ella misma—. ¡Eres tú! ¡Sí eres tú!
—Es evidente —se limitó a contestar de la manera más breve posible. A pesar de encontrarse tan confundida como las otras dos, era ella quien debía consolarles. Sus manos estaban ocupadas por el abrazo grupal y el oso de felpa mágico.
—Meimei... ese oso... —balbuceó Himeko.
Hasta ese instante, Yuzu prestó atención al animal de peluche. Sabía que el potente rayo que mató al Administrador con cara de tengu, pero no prestó atención a su origen. Por el momento, el reencuentro con Mei era más importante y requería su absoluta atención. El dichoso oso era, a todas miras, una varita más del repertorio del Sitio, aunque su apariencia no distara mucho de cualquier juguete que podía comprarse en una tienda de regalos o una de esas populares máquinas de peluches. Su color no resaltaba, era un marrón tan ordinario y aburrido; pero le distinguía un lazo rosa en el cuello y unas alas blancas sobre la espalda, el indiscutible sello de las varitas mágicas.
—Como acaban de verlo, no es un simple oso de felpa. No lo creerán, pero...
—Eres una chica mágica, igual que yo —dijo Yuzu arrastrando sus palabras. Aunque no negaba la alegría del reencuentro, sentía el corazón oprimido con fuerza por el reciente descubrimiento. Nadie se salvaba del Sitio. En silencio, se dio la vuelta y tomó su pistola mágica para enseñarla con una mezcla de dolor y tristeza. Había unos rasgos de felicidad, pero estos eran mínimos—. Mira, esta es mi varita.
—También tú —balbuceó Mei al ver el extraño artefacto en posesión de la rubia. Dirigió la mirada a Himeko, que seguía aferrada a su brazo—. ¿Y qué hay de ti?
—No. Yo no tengo ninguna varita, solo me involucraron en esto —respondió tras aclararse la garganta. Las lágrimas aun caían de sus ojos y sus palabras temblaban al pronunciarlas—. Yuzu y su equipo me salvaron.
—¿Su equipo?
—Sí. Yo… —la rubia hizo una pequeña pausa. Se limpió una traicionera lagrima de la mejilla—. He pasado por muchas cosas desde que me volví una chica mágica.
—¿Cuánto tiempo llevas como chica mágica? —reaccionó de inmediato, sumamente interesada en la respuesta de Yuzu.
—Varias semanas. Han sido una locura —contestó con toda la sinceridad que cabía en sus palabras. Tal vez no era la más conocedora del escabroso mundo de las chicas mágicas, ni la más veterana en comparación con sus compañeras, pero igual había vivido momentos tan peligrosos como terribles—. ¿Y tú?
—Apenas un par de días. Aun intento comprender que pasa…
—¡Oh, Dios! ¡Miren el cuerpo de ese monstruo!
El repentino grito de Himeko Momokino sacó a las Aihara de su breve charla. Ni Yuzu ni Mei habían reparado en la condición del cuerpo a sus espaldas hasta ese instante. Una vez disipado en su totalidad el humo negro, se reveló una figura femenina mucho más pequeña con un gran agujero en el centro del cuerpo. Su interior era todo negro atravesado por unas brillantes líneas verdes. El rostro de la chica mantenía una rígida expresión de susto, como si presenciara al espectro más aterrador del mundo y sus ojos estaban por completo blancos, carentes de iris y pupila. Yuzu no pudo evitar un grito agudo que de inmediato intentó callar con ambas manos. Su cara adoptó una expresión similar a la de aquella chica. En cambio, Mei conservó la calma, como si el suceso no tuviese importancia alguna.
—¿Qué...? ¿Qué le pasó? —alcanzó a pronunciar Yuzu entre unos labios temblorosos—. ¿Y el administrador?
—Ella era el administrador —se limitó a responder Mei con una voz llana. Para ella no había nada espectacular ante sus ojos—. Esto es lo que pasa cuando agotas tu esperanza de vida. El Sitio te usa para dar vida a un administrador.
—Mei... entonces tú acabas de... —lo que parecía imposible en ese momento, ocurrió. Yuzu, a cada palabra, perdía más el color de su rostro—. ¿La mataste?
—No. Ya estaba muerta. El Sitio solo usa tu cuerpo vacío para que lo ocupe su administrador.
—Es horrible —chilló Himeko escondiendo su rostro en el brazo de Mei.
Yuzu se quedó callada, contemplando el cuerpo sin vida de esa pobre víctima del Sitio. El rostro de terror en aquella chica de nombre desconocido era hasta doloroso, como un vistazo directo a los ojos de la muerte. A pesar de la terrible impresión, no sintió miedo como hacía unos minutos. Se apoderó de ella una sensación de curiosidad combinada con una ira contenida; el Sitio, sin importar cual fuera su naturaleza, no tenía el mínimo respeto por la vida de sus víctimas. No solo las envolvían en una batalla que nunca pidieron, su ofrecimiento de una falsa esperanza solo acarreaba más dolor y, al terminar de exprimir la última gota de vida de las chicas mágicas, estas quedaban vacías y quedaban reducidas a un contenedor para albergar el espíritu de un administrador. Se acercó al cadáver, hizo una pequeña oración para pedir por el descanso de aquella muchacha y se atrevió a observar cómo era su cuerpo por dentro. No había rastro alguno de sangre, ni de órganos o huesos; todo su interior era una sola pieza de un material negro con algunas líneas verdes destellantes que daban la impresión de ser un circuito. Le llegó entonces una idea escalofriante. Tal vez ella y todas las chicas mágicas ya se estaban tornando así por dentro.
—¿Y esto les pasa a todas? —la voz de Himeko volvió a escucharse. Si ella y Mei siguieron hablando, Yuzu no se percató.
—No tengo los detalles —su respuesta fue rápida, sin rebuscar sus palabras—. Solo sé que al usar tu varita en exceso, el Sitio se lleva tu cuerpo. Pero eso no garantiza que lo usarán.
—Mei —Yuzu se puso de pie y le interrumpió. Había pasado por muchas cosas desde la noche en que se topó con Nana en la pantalla de su celular; los sucesos inexplicables y espantosos le persiguieron, tuvo que luchar por su vida en más de una ocasión y ahora se enteraba de esto. Estaba furiosa y, aun así, sentía que algo estaba mal. Por primera vez en mucho tiempo, su voz dejó de temblar y se tornó seria—. ¿Cómo sabes eso?
Se giró en el acto con una velocidad ajena a ella. Su mirada se cruzó una vez más con Mei, pero ya no había rastro alguno de lágrimas ni de alegría alguna. Todo brillo que alguna vez desprendió de sus ojos se desvaneció. Entonces hizo algo que nadie, ni ella misma esperaría. Empuñó su varita mágica y apuntó directo a la cabeza de Mei. Tal información despertó una profunda desconfianza. Himeko reaccionó antes que cualquiera de ellas; sin soltar a su amiga de la infancia, alzó el brazo pidiendo calma a la rubia; Mei permaneció quieta, sin demostrar sorpresa o temor.
—Haces bien en dudar de mi —contestó. Se soltó del agarre de Himeko y avanzó despacio con dirección a Yuzu. El oso mágico aún estaba en su poder, pero lo sujetaba por la cabeza en una seña de paz; no estaba lista para dispararlo—. Aunque llevo poco tiempo como chica mágica, sé que es un ambiente hostil. Está bien Yuzu, no oculto nada.
Alzó el brazo izquierdo en seña de rendición y el derecho, en el cual cargaba con el oso mágico, lo extendió hacia Yuzu con la intención de entregar su varita. No existía manera alguna de atacar a traición, pues los ojos del muñeco de felpa miraban a su portadora. Yuzu dejó de ver con desconfianza a Mei, suspiró y bajó de inmediato su arma.
—Lo siento. He pasado por tantas cosas en los últimos días —admitió la rubia con una voz sin vida. Ya no le quedaban ánimos ni para llorar.
—Lo comprendo a la perfección —la respuesta de Mei vino acompañada por un inesperado abrazo que duró apenas un instante—. No eres la única con aliadas. También conocí a alguien con experiencia.
—Una aliada —musitó Yuzu. Había una pequeña esperanza entre tanta oscuridad que les rodeaba, su equipo no eran las únicas chicas mágicas que se rebelaron contra el Sitio. Tenían que existir más, no era posible que aceptaran como si nada el cruel destino. Quiso decir algo más, pero un grito le interrumpió.
—¡Yuzu! ¡Tienen que salir de ahí! —aunque aquella voz solo estaba dentro de su cabeza, podía percibir como la garganta de Kiyoharu se desgarraba a causa del poderoso grito—. ¡La escuela se está llenando de administradores y no sé cuánto podamos resistir!
—No puede ser… —pensó su respuesta. Aunque sus compañeras no podían escucharla, era evidente que en su rostro se reflejaban las emociones que Kiyoharu despertó con tal revelación. Mei dirigía una mirada afilada, intentando leer las expresiones de su hermanastra. Himeko, perdió todo el color de su rostro y no paraba de temblar. En momentos como ese le gustaría ser tan discreta como Mei—. Debemos irnos, esto se llena de administradores.
—¿Cómo lo sabes?
—Una de mis aliadas. ¡Rápido, debemos huir!
De manera instintiva, Yuzu tomó de las manos a ambas chicas y las obligó a correr hacia la salida. No tenía idea de cuantos ni cuales administradores estaban invadiendo la academia, pero ese detalle poco importaba. El equipo debía reunirse de nuevo para escapar del ataque y mientras antes lo hicieran mejor. Una pequeña parte de su ser, la más egoísta y que no creía tener, le gritaba con todas sus fuerzas. Le pedía tomar de una buena vez la varita mágica para huir lejos de la Academia Aihara junto a Mei; daba igual el destino de Himeko y el resto de las chicas, aunque dadas las circunstancias, este sería fatal. Solo debía llevarse a su hermanastra a algún lugar apartado de todo, lo más retirado de la ciudad para que ni otra chica mágica ni los administradores pudiesen encontrarlas. Y aunque no era la primera vez que tenía un pensamiento similar, le sorprendió que llegara en un momento tan angustioso. Ella era la única que tenía la habilidad necesaria para poner distancia entre sus agresores y el grupo de rebeldes, era una pieza vital en el escape.
No. No había motivo alguno para comportarse de esa manera. Ninguna de ellas le dio motivos para darles la espalda en ese momento, ni siquiera las nuevas amigas que había hecho. Tal vez solo Shioi, quien intentó matarla en su momento, era la única persona que se pensaría dos veces antes de salvar, pero no podía evitar la culpa tan solo por pensar en abandonarla. Harumi y Matsuri eran sus grandes amigas, quienes, de una manera u otra, siempre estuvieron ahí para brindarle su apoyo, aunque este fuese muy a su manera particular. Incluso le guiaron en el mundo cruel de las chicas mágicas cuando no sabía absolutamente nada. Luego estaban sus nuevas colegas. Si bien, no podía llamarles amigas, eran compañeras con un objetivo en común. Apenas y se conocían, pero se confiaban sus vidas en el momento de una emergencia. Quizá la más cercana a ella era Kosame, esa chica de aspecto frágil que no duda en sacrificar su propio cuerpo para curar a las demás. En definitiva, no podía dejarles a un lado.
Apenas salieron del edificio, se encontraron con un panorama desalentador. Cuando Kiyoharu avisó sobre la cercanía de los administradores no era una exageración su pánico ni su orden inmediata para huir. El puente de muros cristalinos, ese que conectaba los edificios entre sí, estaba lleno de huecos humeantes, los muros de las construcciones estaban dañados de tal manera que era sorpréndete ver como se mantenían de pie. En el suelo había un gran cráter cerca a la entrada principal y algunas manchas negras a su alrededor. Se escuchó un grito que las hizo girar la cabeza de inmediato. A lo lejos combatían una figura humana delgaducha vestida con un uniforme escolar de hombre, el administrador Ni, y Shioi. Ella se sujetaba con fuerza de su pequeño bastón de madera mientras lanzaba descargas eléctricas contra su rival. Más lejos, en una de las azoteas, se distinguía el brillo despedido por el yoyo mágico de Harumi y unas pequeñas chispas provenientes de la espada de Sayuki. Juntas se enfrentaban a una extraña administradora; su atlético cuerpo vestía un uniforme deportivo femenino pero su cabeza era una máscara de geisha con el cabello adornado por grandes flores. Era el administrador Go. Y lo más aterrador no era su aspecto, sino el arma que sus manos blandían. Podía ser una espada cualquiera solo que de su guarda surgían cuatro tentáculos que terminaban en unas bocas similares a unas plantas carnívoras.
—¿Dos Taniguchi? ¿Por qué son dos? —preguntó Mei al aire, se quedó sin respuesta pues para sus compañeras había algo más aterrador. Cuando notó la espada de la administradora geisha, no volvió a hablar.
—¿Qué demonios es esa cosa? —chilló Himeko al distinguir tan espantosa arma.
—Esto ya no tiene sentido —murmuró Yuzu. Estaba aterrada ante la escena, además, temerosa por las chicas mágicas restantes. Aun a la distancia, se notaba que tanto Harumi como Sayuki tenían grandes problemas contra ese administrador. Shioi, en cambio, parecía tener más control de la situación—. Tengo que ayudarlas. ¡Mei! ¡Momokino! Tengo que ir con Harumi.
—¿D-de verdad piensas enfrentar a esa cosa? —chilló Himeko. Aunque había una distancia considerable entre ellas y tan aterrador administrador, sus particularidades destacaban con facilidad—. Acabas de sobrevivir a dos de esos monstruos.
—Lo sé, pero Harumi me necesita. ¡No puedo abandonarla ahora!
—Pero esa cosa es...
—Hazlo —interrumpió Mei para asombro de las otras dos. Permanecía inmóvil, con la vista fija en la pelea que se desarrollaba sobre la azotea. Por más que Harumi y Sayuki pudieran cubrirse, aquella arma tan horrorosa no parecía detenerse ante nada. No solo eran las estocadas ni los tajos, también los tentáculos se lanzaban feroces contra ambas chicas mágicas con la intención de morderles—. Yuzu, debes hacerlo. No sé qué hace tu varita, pero si puedes pelear contra ese administrador, hazlo.
—Mei... —balbuceó la rubia. Miró la marca de su esperanza de vida: tenía poco más de la mitad. Debía reservar sus disparos—. Volveremos pronto. Ah, y cuida de Momokino.
Ella respondió con una cabezada. En verdad, para ser nueva en el ámbito de las chocas mágicas, Mei estaba tomando las cosas con demasiada calma. Tampoco era algo que sorprendiera a Yuzu o a Himeko, ambas la conocían desde hacía un tiempo y sabían muy bien que la heredera Aihara podía ocultar su verdadero sentir bajo una expresión de total seriedad, aunque por dentro su cabeza fuera un embrollo. Se mantendría firme cuando fuera necesario y solo dejaría salir el mar de emociones cuando estuviese sola.
Yuzu se encaminó rumbo al edificio que tenían enfrente, pasó de largo la pela entre Shioi y el administrador Ni. Vio un par de rayos salir de aquella varita mágica y dirigirse con violencia hacia el espeluznante ser. Las cosas para Shioi daban la impresión de estar bajo control, por lo que siguió adelante en su trayecto. Sin embargo, la verdadera situación no era tan alentadora. Por más veloces que sean los rayos, el administrador Ni lograba evadirlos con facilidad y por apenas unas milésimas de segundo. Su velocidad era suficiente para anticipar los movimientos de la chica mágica que enfrentaba y esto la frustraba.
Rina Shioi apretó lo dientes con tanta fuerza que parecía estar a punto de romperlos, su cara se tornaba de un color rojizo y sus ojos, más allá de mostrar el brillante emblema de una estrella, destacaban por un profundo odio. La sangre de su nariz bajaba cada vez con mayor abundancia y sus movimientos se volvían más torpes con el paso del tiempo. Gruñía molesta ante la situación y gastaba el aire en maldecir a Ni. Sin notarlo, de su boca comenzó a salir algo más que palabras. Entre sus labios brotó un hilo de sangre, tan espeso y oscuro como la noche.
—Himeko —le llamó Mei. Su voz aun reflejaba una total tranquilidad a pesar de tan irreal situación—. ¿Quién es ella? Es claro que no se trata de la Taniguchi que conozco.
—¿Cómo sabes que no es ella?
—Nunca vestiría ropa tan vulgar.
—Se llama Rina Shioi —respondió Himeko. Aun le costaba modular la voz por el daño recibido en su oído, pero trataba de hablar lo más bajo posible para no llamar la atención del administrador cercano—. Tiene una de esas malditas varitas que le permite copiar el cuerpo de otras personas y… ¿qué estás haciendo?
Los pasos de Mei, aunque cortos y cautelosos, se acercaron a la batalla entre Rina Shioi y el Administrador Ni. Aquello era una catástrofe de relámpagos golpeando tanto suelo y muros acompañados por trozos de concreto, cristales y alguna barra metálica. Mei se aferró a su oso mágico, lista para lanzar un ataque en caso de ser necesario mientras los dos combatientes seguían en su intercambio de agresiones. Cada rayo esquivado por el espectro provocaba una mirada de odio en Shioi, que no paraba de insultarlo.
—Debo intervenir —mencionó Mei con esa voz fría que siempre utilizaba en situaciones serias. Todo el tiempo estuvo analizando la situación—. Ella no aguantará mucho.
—¿Eh? ¿Cómo sabes eso?
—Solo mírala con atención. Sus movimientos se vuelven lentos cada vez que usa la varita y parece que algo le sale de la boca. Debe estar por agotar su esperanza de vida.
Himeko sintió un escalofrió recorrerle la espalda. Recordó todas las explicaciones que el grupo de chicas mágicas rebeldes le ofreció cuando despertó de su trance. Las varitas confieren habilidades asombrosas, algunas más irreales que otras, pero todas con un terrible cobro a cambio de su uso. Sin embargo, lo peor venia con el reciente descubrimiento. Si Shioi agotaba lo poco que le quedaba de vida, su cuerpo podría ser ocupado por uno de esos entes oscuros conocidos como administradores. No solo perdían a una aliada, también ganarían un enemigo. Mei, en un acto decidido, siguió su marcha hasta quedar a unos pasos de Ni. Le apuntó con el oso de felpa y siguiendo sus movimientos, disparó un poderoso rayo cuando el enemigo estuvo arrinconado. De nada sirvieron los cálculos y toda la observación dedicada a aquel ser malvado; como si tuviese algún sentido especial para detectar el peligro, Ni giró la cara en dirección a Mei y antes de ser alcanzado por su ataque, logró evitarlo saltando hacia un árbol.
—Vaya, vaya, otra chica mágica —alardeó el administrador. En respuesta, Mei solo le miró sin expresión alguna—. Interesante, eres la otra Aihara. ¡Muy interesante!
Al instante, Ni cambió de objetivo. Ya no le importaba Shioi. Ella estaba de pie, pero con mucha dificultad podía mantenerse. Sus piernas temblaban y de su boca brotaban un par de gruesos hilos de sangre que caían al suelo; cada bocanada de aire se complicaba y el dolor al aspirar aumentaba. Miró la marca de su esperanza de vida. Quedaba menos de un cuarto; si se mantenía por más tiempo en la pelea, sin duda alguna caería muerta. Cuando alzó la mirada, distinguió a una chica mágica de cabello negro sosteniendo un oso y solo pudo preguntarse quién sería ella antes de desplomarse por el dolor.
Durante su vuelo, Ni preparó el puño con toda la intención de golpear a Mei. Ella, al verlo acercarse, dio un salto lateral salvando su vida por poco. El golpe causó un estruendo que resonó en las instalaciones de la academia y dejó un cráter en el suelo de al menos quince centímetros de profundidad. De alcanzarla, su cuerpo terminaría aplastado. Debía mantener la distancia entre ambos a toda costa.
—Eres un fastidio, Mei Aihara —dijo Ni. Sus grandes ojos negros, carentes de cualquier rastro de vida, parecían mirar fijamente a su objetivo—. Todas ustedes lo son.
—El error es de ustedes —contestó Mei sin demostrar miedo alguno. Su voz permanecía firme—. Deben elegir mejor a quien le entregan sus varitas.
—Engreída. ¡El Sitio no comete errores!
El impulso sonó igual que una explosión; el administrador expresó toda su ira ante tal cuestionamiento al Sitio. Apenas lo escuchó, Mei se alejó todo lo posible sin apartar la vista del monstruo. Se aferró al oso de felpa y no titubeo un solo momento. Disparó un rayo tan potente como el anterior, pensando que su velocidad igualaría a la de Ni y ambos colisionarían; sin embargo, su cálculo fue erróneo. El malvado ente tocó tierra antes, creando otro cráter tras su caída y aprovechó para esquivar el ataque de Mei. El rayo pasó de largo estrellándose con el suelo tras lo cual apareció un agujero mayor, pero no todo estaba perdido. Ni, por más rápido que fuera, no evitó daños y perdió parte de su pierna derecha.
—Maldita chica mágica. Pero no importa, aun puedo acabarte.
—Hablas demasiado —sentenció Mei apuntando a su enemigo con el oso.
—¿Oh? Eso dejará de ser un problema para ti —sentenció el administrador.
Estaba a punto de arremeter una vez más cuando una descarga eléctrica le alcanzó, inmovilizándole y provocando un alarido de dolor. Aquellos rayos eran más poderosos de los vistos hace poco, pero Mei no prestó atención en ese instante; era más importante aprovechar la repentina ventaja que se presentó ante ella. Apuntó de inmediato el oso mágico contra Ni y activó su efecto. En sus ojos brilló el símbolo zodiacal de géminis. Su cara permaneció inexpresiva y de la boca de aquel inocente animal de felpa, se disparó otro potente rayo de energía. El administrador no pudo hacer nada al encontrarse atrapado en una prisión electica, solo esperar el inminente final. El ataque de Mei golpeó directo su cabeza, evaporándola al contacto. Metros más adelante, el cuerpo decapitado del espectro cayó inmóvil, envuelto en esa neblina negra que emanan los restos de un administrador eliminado. Ni había caído.
Mei, hasta no ver que Ni estaba desapareciendo, bajó la guardia. Aun cuando le voló la cabeza con su ataque, no quería descuidarse; sabia tan bien como cualquier otra chica mágica, que los monstruosos administradores eran seres traicioneros. Suspiró tranquila al confirmar su victoria. Miró su oso con gran satisfacción; sintió un impulso por abrazarlo, pero se contuvo. Era tan peligroso como vergonzoso. Hasta ese momento recordó la oportuna ayuda que tuvo para inmovilizar a Ni. La descarga eléctrica que apareció era muy distinta a la disparada por Shioi; la pérdida de su esperanza de vida ya afectaba su salud y con ello los efectos de la varita. Alguien más tuvo que usarla. Giró la cabeza para ser testigo de una imagen inesperada. Himeko, contra todo pronóstico posible, cargaba en su mano el pequeño báculo de Rina Shioi mientras un hilillo de sangre brotaba de su nariz. Con su mano libre intentaba ser un apoyo útil para la maltrecha Rina, quien apenas lograba respirar.
—Himeko —murmuró Mei.
Una fuerte tos se apoderó de Shioi; se llevó la mano a la boca en un movimiento reflejo, pues sintió que algo iba mal con su cuerpo. No solo respirar era doloroso. Cada extremidad le gritaba afligida, las piernas apenas y respondían. Un último arranque de tos llegó tan repentino como el anterior, tan fuerte que sentía como la garganta se desgarraba hasta que, sin soportarlo más, expulsó una cantidad preocupante de sangre por la boca. Su barbilla quedó manchada de sangre, su mano estaba cubierta de rojo. Apretó los dientes, aunque solo consiguió marearse. Ya no tenía energías ni para enojarse. Himeko, aun con el estómago revuelto por aquel espectáculo tan visceral y el cuerpo empapado en un sudor helado, se mantuvo firme al lado de Shioi. No podía abandonar a alguien en un estado tan deplorable, menos cuando acababa de enseñarle como usar el arma con la cual fue capaz de auxiliar a su amiga.
—Gracias —le dijo Mei apenas estuvo cerca de ellas. Le ofreció una mano a Shioi para ser su apoyo—. De no ser por las dos, Ni me hubiese ganado.
—Agradécele a ricitos —respondió Rina con un esfuerzo sobre humano. Su voz sonó cansada, áspera; cada palabra parecía ser arrastrada por un camino empedrado—. Ella hizo todo.
—Himeko… no esperaba que hicieras algo así. Ahora tú también…
—Ya estaba involucrada en esta locura de todas formas —la respuesta de Himeko reflejaba una gran resignación. Su voz estaba apagada, pero aun había algo de firmeza en sus palabras—. Solo vámonos con las demás.
—Ustedes vayan —ordenó Mei. En un instante, recuperó esa actitud de autoridad que usaba cuando debía ponerse al frente de la academia—. Iré por Yuzu y las demás.
—Pero Mei… esa cosa… —no hubo tiempo para esperar. Antes de que siquiera Himeko comenzara a hablar, Mei ya había comenzado su carrera.
Shioi, en silencio y con las pocas fuerzas que le quedaban, no apartaba la mirada de Mei Aihara.
Yuzu corría tan rápido como las piernas lo permitían. Llegar hasta la azotea de aquel edificio no era cosa sencilla; había demasiados escalones de por medio además de un sendero de destrucción. El camino fácil era usar la varita mágica para llegar a su destino, pero no debía caer ante la tentación; estaba consciente del riesgo que esa medida conllevaba. Por una parte, estaba el gasto de su esperanza de vida; para cada varita era distinto. Algunas como las de Harumi consumían poca vida y podían utilizarse de manera más frecuente; en cambio, otras con efectos que modificaban las leyes de la física, requerían un gasto mayor, como era su caso o el de Matsuri. El otro riesgo era no saber en donde aparecería; lo mismo podía llegar a un lugar seguro y apartado de la pelea, como interponerse a mitad del combate y recibir algún ataque. La mejor opción era subir las escaleras por su propio pie tan rápido como pudiera.
Llegó a sus oídos el inconfundible sonido de una batalla a muerte. Gritos a voces frenéticas, golpes potentes, un alarido de dolor. Debía apretar el paso si quería intervenir a favor de sus aliadas. Subió los últimos escalones a brincos y cuando abrió la puerta tuvo que hacerlo con un fuerte empujón. Al salir se encontró con un panorama desolador; el suelo estaba partido en varias secciones que ya comenzaban a colapsar bajo sus pies, un rastro de sangre atravesaba de un extremo a otro el lugar marcando un camino irregular, a veces interrumpido por pisadas, otras por trozos de hormigón fracturado. Cerca de la barandilla de protección, Harumi torcía la cuerda de su yoyo mágico tanto como podía en busca de una defensa efectiva ante los tentáculos de aquella espada portada por el administrador Go. Tras ella, Sayuki, con una expresión descompuesta a causa del dolor, se aferraba a su espada con una sola mano. El rastro de sangre provenía de su cuerpo. Su pierna derecha y el brazo izquierdo tenían unos agujeros sangrantes; su piel y músculos habían sido arrancados por aquella arma tan monstruosa a la cual ya le faltaba uno de los tentáculos.
—¿Qué es eso...? —murmuró Yuzu para ella misma. Sin embargo, su débil voz llegó hasta oídos de Go.
—Vaya, otra chica mágica —dijo Go con una voz aguda. Aunque estaba de espaldas, giró por completo la cabeza en dirección a Yuzu. Esto provocó una sensación helada de terror; aquella imagen de una mujer girando su cabeza 180 grados era algo de película—. Pero eres la equivocada.
—¡Aléjate de ellas, monstruo! —ordenó a la vez que su varita apuntó a Go. El símbolo del corazón brillo en sus ojos, señal de que estaba a punto de disparar.
—Que niña tan insolente. En un momento me encargaré de ti.
—¡Yuzuchi! ¡¿Qué crees que haces?! —rugió Harumi ya agotada.
—¡No lo sé!
Tenía que hacer algo. Mandar a Go lejos de la academia solo retrasaría su enfrentamiento. De alguna manera, estaban obligadas a derrotarle en ese momento. La cabeza del administrador regresó a su posición inicial, ignorando a Yuzu como si su presencia no fuera una amenaza. Esto le molestó, pero hasta cierto punto estaba en lo correcto; su varita mágica no era ideal para la batalla, la habilidad concedida era buena para un escape apresurado o para el transporte. En un combate estaba en clara desventaja.
Yuzu se aferró a su pistola mágica; ya había sobrevivido antes a otros enfrentamientos. Armada solo con esa varita pudo sobrevivir a Rina cuando trató de robarle, se las ingenió para confrontar a Nana, defendió a Himeko del administrador gordo. Bajó el cañón hacia los pedazos de hormigón y jaló del gatillo. Esta no era una batalla que se ganara con fuerza o con artefactos extraños, solo requería ingenio.
Una nube de humo rosado salió disparada de la pistola, desapareciendo el hormigón a su paso. Al instante, una segunda nube apareció sobre Go y comenzó una mortal lluvia de material rocoso sobre aquel espectro con rostro de geisha. En cuestión de segundos, el administrador quedó sepultado bajo una pila de escombros rodeados por un pesado cúmulo de polvillo grisáceo. Entre jadeos de cansancio y toses irritadas, avanzaron con dificultad ambas chicas mágicas. Harumi funcionaba como un soporte a Sayuki, cuya herida en la pierna no le dejaba moverse con facilidad. Estaban tan sorprendidas como agradecidas por aquel repentino rescate. Yuzu se les acercó con la varita en mano, lista para activarla de nuevo si era necesario. Estaba segura de que un ataque tan simple no acabaría con un enemigo como Go o cualquier administrador.
—Yuzuchi, ese ataque fue... fue brillante. Pudiste con...
—No —le interrumpió. Se limpió las lágrimas de sangre que caían por su mejilla. Su dedo permanecía firme sobre el gatillo—. No creo que esto lo matara. ¡Cuidado!
Los escombros se movieron con violencia. Algunos trozos del edificio volaron por los aires muy cerca de golpear a las tres chicas mágicas, otros, lo más pesados, solo rodaron hasta el suelo. Go, aun con la espada en su mano, se alzó entre el desastre apenas con daños en su cuerpo. Solo la hoja de su espada parecía mellada y uno de los tentáculos terminó con la boca aplastada, los dos restantes mordían los restos de hormigón sin dificultad.
—Ustedes las Aihara —habló el administrador. Se llevó el dedo meñique a su nariz y hurgó con este hasta retirar una pequeña piedra—. Son muy molestas.
Las bocas de ambos tentáculos dejaron caer los pedazos de escombro, apuntaron sus fauces directo a Yuzu. Se convirtió en el objetivo principal tras hacer enojar al administrador. Con un sonido parecido a un disparo de arma de fuego, Go comenzó su carrera contra el grupo de chicas mágicas. Yuzu quedó paralizada en el momento, no podía repetir su ataque con escombros desde su posición sin comprometer la estabilidad del techo; Sayuki apenas lograba mantenerse de pie, el dolor en sus heridas se acrecentaba y la pérdida de sangre no tardaría en provocarle un mareo. La única en reaccionar a tiempo fue Harumi. Al notar el momento adecuado, lanzó su yoyo y el hilo comenzó a brillar al acercarse a la cabeza de Go. El impacto parecía inevitable, hasta que una nueva habilidad del ente maligno les sorprendió; antes del contacto, dobló la cintura en un ángulo de noventa grados hacia atrás, por lo que pudo seguir avanzando.
—¡¿Qué demonios?! —exclamó Yuzu. No solo su aspecto era extraño, también sus habilidades resultaban más escalofriantes que el resto de los administradores.
Go avanzó unos pasos mientras Harumi hacia regresar su yoyo mágico. La idea era golpearle por la espalda una vez que volviera a su posición normal, pero fue imposible. Con un violento movimiento, la espalda de Go regresó a su posición original y se impulsó con ambas piernas hacia las tres chicas que enfrentaba. Su avance fue tan rápido que apenas daba lugar a una reacción; el yoyo aun no volvía y Yuzu no lograba apuntar bien. Sayuki, con un último esfuerzo, se adelantó a sus compañeras, interponiendo su espada a la de Go. El choque de ambas hojas resonó entre el caos imperante; el tentáculo cuya boca había sido aplastada aún se sacudía inquieto y golpeó a Yuzu en un costado, arrojándole lejos. Harumi se dejó caer al suelo para evitar una mordida mortal que iba dirigida a su cuello y, en respuesta, tiró agresiva de su yoyo para desviar el curso del hilo, provocando que se doblara sobre el tentáculo que le atacó, logrando cortarlo a la mitad. Este se desvaneció en el aire antes de tocar el suelo.
Sayuki Ringa, a pesar de las profundas heridas, permanecía de pie como la única que soportó el embate de Go. El último tentáculo de la monstruosa espada se lanzó contra su pecho, aferrándose a este en una dolorosa mordida. El castigo se tornaba algo insoportable; estaba llegando a su límite, pero no podía flaquear en ese momento. Solo necesitaba una abertura más en la defensa de Go para cortarla a la mitad de una vez por todas. Todo estaba en eliminar ese tentáculo tan molesto.
—Que desafortunada, Sayuki Ringa, que desafortunada —se mofó Go. Su boca rígida se abrió mostrando su interior negro. Un pequeño brillo se vio entre el vacío y creció al poco tiempo, revelándose como la punta de una espada—. Pero admito que fuiste una digna rival. Será un gusto acabar contigo.
—Seré yo quien tenga ese gusto —gruñó Sayuki con las pocas fuerzas que le quedaban.
Sus ojos brillaron con el símbolo de la X, el representativo de su varita mágica. Solo requería un segundo, un solo movimiento para cortar al administrador Go con la habilidad especial de su varita, pero hasta el momento los embates de su enemigo no le habían permitido realizar el ataque necesario. Hasta ahora solo pudo cortar uno de los tentáculos con mucha dificultad. El dolor de sus heridas ya mermaba su rendimiento, el brazo comenzó a temblar y su visión desenfocaba apenas parpadeaba; las fuerzas le abandonaban y la cuchilla en la boca de Go se sentía cada vez más cerca.
—¡Monstruo! —chilló Yuzu con furia.
Entonces, un pedazo de escombro golpeó la cabeza de Go; en respuesta, giró en dirección a Yuzu para atacarla. Apenas se distrajo, el yoyo de Harumi voló hacia los brazos del administrador, rebanándolos por la mitad. Era el momento esperado por Sayuki. Hizo a un lado la espada aun suspendida en el aire. No importó que aquellas mandíbulas monstruosas aun estuviesen aferradas a su cuerpo; reunió la poca fuerza que le quedaba y de un solo tajo cortó a la mitad el torso de Go. Parecía el final de la batalla. Yuzu y Harumi esperaban un suspiro de alivio, celebrar una pequeña victoria en esta guerra contra el Sitio, pero la alegría duró solo un pestañeo. Aun en su caída, con el cuerpo desplomándose y expidiendo ese humo negro que anunciaba la muerte de un administrador, Go volvió la cabeza hacia Sayuki y dejó salir la cuchilla contra la chica mágica, atravesándole el pecho de un extremo a otro sobre el corazón.
—¡No! —gritó Yuzu, mientras una risotada proveniente de la monstruosa geisha inundaba sus oídos.
Cuando ambos cuerpos tocaron el suelo, ninguno mostraba señales de vida. Sayuki Ringa, murió luchando por sus aliadas, llevándose consigo a uno de los administradores más retorcidos que el Sitio de las Chicas Mágicas pudo crear.
¡Hola! Buen tiempo sin vernos, ¿verdad?
No hay muchas cosas que decir. La vida sigue su curso y a veces, por una razón u otra, uno se atrasa con los capítulos. Ya sea mi animo o el entorno, el tiempo y otras cosas. O la misma historia, que a veces requiere un replanteamiento. Lamento hacerles esperar tanto, pero en otras noticias, ya casi acabamos con esta historia. Espero no demorar mucho con lo que viene.
¡Nos leemos luego!
