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Sayuki Ringa is no longer available

—¡Sayuki! —gritó Harumi en un alarido de profundo terror. La risa descarada de Go desapareció y dio su lugar a los lamentos de una chica mágica que acababa de perder a una amiga y aliada. Las bajas fueron para ambos bandos.

Yuzu permaneció callada, con la mirada clavada en el cuerpo maltrecho de Sayuki. Aunque le conoció hacía poco tiempo, fue esa situación de peligro y el riesgo que significaba estar unidas por una causa común lo que hizo apreciarla como aliada. Si sus caminos se hubiesen cruzado bajo otras circunstancias, quizá fueran buenas amigas. No sería la primea vez que tratara con una chica seria, tampoco era la primera vez que sentía ira, ya antes había pasado por numerosos enojos y más de uno llegó a perdurar por días, pero esta era la primera vez que le frustraba tanto. Arrastró sus pies hasta el cuerpo humeante de Go. La máscara de geisha seguía intacta y su boca se cerró de nuevo para mostrar una sonrisa fina y recatada en el rostro del administrador. A ojos de Yuzu, ese gesto no era más que una burla para ella, para las demás chicas mágicas y, por supuesto, para Sayuki. Una aliada murió en manos de ese ente malvado y no podía hacer nada para remediarlo.

Se inclinó y tomó uno de los tantos pedazos de hormigón que la batalla dejó en el suelo. Estaba ante esa molesta sonrisa, un gesto que se tornaba cada vez más despreciable a medida que lo miraba. Su sangre hervía y las lágrimas, como si hubiesen sido evaporadas, dejaron de brotar. Ya no había ningún nudo en su garganta. Sujetó con fuerza el pedazo de escombro y lo dejo caer sobre la máscara de geisha, una, dos, tres veces. Cada impacto era más fuerte, a cada golpe era más notoria la frustración ante lo ocurrido. Sabía que no cambiaría nada con ese gesto, la muerte de Sayuki era algo irremediable, pero no podía parar. La máscara comenzó a romperse y en sus grietas podía verse un débil destello verdoso opacado por el denso humo negro que comenzó a emanar del rostro de Go.

—¿Por qué? —preguntó al aire; las palabras apenas pudieron salir entre sus dientes apretados. Tomó con ambas manos el trozo de hormigón y lo dejó caer con todas sus fuerzas. La máscara terminó por romperse—. ¡¿Por qué nos hacen esto?! Acabaré con el Sitio. ¡Tenemos que acabar con ellos!

—Estoy de acuerdo contigo, Yuzu.

Mei acababa de llegar a la zona de guerra, pero ya era demasiado tarde. Aunque tenía la firme intención de apoyar a Yuzu y compañía, estas acabaron mucho antes con su oponente. Se acercó en silencio hasta el cuerpo de Sayuki y le dedicó una rápida mirada. Harumi ya estaba de pie, aun con las lágrimas marcadas en el rostro y la katana mágica en sus manos. Antes perdieron una varita valiosa, no permitiría que pasara de nuevo. Como se esperaba, la presencia de Mei le pareció curiosa pero no consideró prudente interrogarle en el acto ni tenía ganas de hacerlo; las preguntas bien podrían ser en otro momento. Yuzu, con un esfuerzo sobrehumano, logró reincorporarse. Aún estaba furiosa, pero nada de lo que hiciera podría cambiar los hechos ocurridos.

—Creo que conozco a alguien que puede ayudarnos —mencionó Mei quien, para sorpresa de las otras dos, rompió con el silencio—. Yuzu, podemos acabar con esta pesadilla.

—¿Es la aliada que mencionaste antes?

—Sí. Se esconde en la casa de mi abuelo —respondió con un susurro precavido, no sabían si los administradores podían oírla—. Llevemos a tu equipo, pero debemos apresurarnos antes de que lleguen más administradores.

—Al menos Kiyoharu no ha avisado sobre más enemigos —comentó la rubia con voz plana. Le dirigió una mirada a Mei como nunca lo había hecho: sin brillo, sin ninguna emoción. El fantasma de la muerte se reflejaba en ambos ojos. Torció los labios en una débil sonrisa que resignación—. Eso significa que las demás están bien, ¿cierto?

—Estoy segura de que Asahi y Matsuri han hecho todo lo posible —contestó Harumi. Sus palabras sonaron rasposas y desde hace unos minutos comenzó a carraspear. Tantos gritos terminaron por lastimar su garganta—. Ayúdame con esto. Al menos debemos llevarla a un lugar más adecuado.

Entregó la katana a Yuzu y, acto seguido, se inclinó ante el cuerpo de Sayuki. Le susurró un agradecimiento por luchar juntas hasta el final y enseguida la cargó. Aunque la complexión de la difunta espadachina parecía delgada, su cuerpo era más pesado de lo que podía creerse y no era de extrañar. Tenía los huesos duros y los músculos muy bien trabajados, algo que ayudaba mucho al momento de un combate. Ninguna de las chicas mágicas rebeldes llegó a preguntarle el porqué de tanto ejercicio, pero si tomaban en cuenta los negocios de la familia Ringa, tenían su respuesta.

Las tres bajaban por las escaleras en completo silencio. No había quien se atreviera a hablar ni realizar el mínimo comentario, aunque las dudas eran muchas. Tampoco era de extrañar que los ánimos estuviesen por los suelos tras lo sucedido. Sobrevivir a varios ataques, una compañera caída en batalla, la sensación de peligro constante. Debian escapar de la academia cuanto antes; no solo para huir de los tenebrosos administradores, también por la inminente llegada de la policía. Era obvio que, entre rayos y derrumbes, alguien a la distancia notara los extraños sucesos en las instalaciones y su única reacción fue alertar a las autoridades. ¿Cómo explicar a los uniformados lo sucedido? Lejos de ayudarles, las someterían a un innecesario interrogatorio que solo consumiría su valioso tiempo, sin mencionar que nadie les creería y podrían acusarles del asesinato de Sayuki, después de todo, ellas cargaban con una espada y un cuerpo herido por arma blanca.

El ambiente calmado les mantenía más alerta que antes. Durante las batallas contra los administradores, estaban seguras de que estos estaban ocupados con alguien más; si bien era cruel pensarlo de esa manera, tenían la seguridad de poder avanzar pues la atención de los malvados espectros ya se encontraba enfocada. En cambio, aquel silencio solo les provocaba miedo. Era imposible saber si alguno de los administradores estaba cerca, si las demás se encontraban en aprietos o algo peor. Kiyoharu no advertía sobre ningún peligro. Mediante telepatía pudo decirles a Yuzu y Harumi que el resto del equipo estaba a salvo y esperándoles para irse. Un pequeño respiro que debía darse con precaución. Su compañera podía encontrar aliadas, pero le era imposible rastrear a sus agresores.

—Así que... —balbuceó Harumi. El cuerpo de Sayuki comenzaba a enfriarse, aunque en su rostro había quedado una expresión de satisfacción—, también la presidenta es una chica mágica. Es algo que no esperaba.

—El sitio no tienen ningún límite —respondió Mei—. Dicen acercarse a chicas desafortunadas, pero es algo muy ambiguo. Creo que, en verdad, se aprovechan del momento.

—Entonces tú también... —Yuzu comenzó a hablar sin pensar en sus palabras. Escuchar a Mei bastó para que su cabeza comenzara a idear un escenario similar al que ella misma vivió. Quizá Mei nunca lo aceptaría, pero su decisión por abandonar el departamento y cumplir con las obligaciones impuestas por el abuelo solo sirvieron para hundirle en un pozo de miseria compartido con Yuzu. Ambas se extrañaban y sufrían por no poder estar juntas.

—Como dije, son muy ambiguos —le cortó la pelinegra sin dar opción a continuar con el tema.

—Ya que no es muy agradable hablar sobre desgracias, tengo una pregunta sobre todo esto —Harumi suavizó la voz tanto como le fue posible. No quería provocar malentendidos ni realizar ninguna acusación. Todo debía quedar como simple curiosidad—. Presi, ¿qué hacía en este lugar tan tarde? Las clases terminaron hace horas.

Con la presión de las batallas y la ilusión provocada por el reencuentro con Mei, Yuzu no había reflexionado al respecto. Su oportuna aparición se debió a que ella se encontraba en ese edificio, pero la pregunta de Harumi se refería a un detalle bastante importante. Aun cuando Mei fuera la presidenta del consejo estudiantil y casi directora de la Academia, ya era demasiado tarde para que cualquier persona estuviese al interior del inmueble. Al menos desde la perspectiva de Harumi. Yuzu sabía que no era la primera vez que Mei tiene un turno tan extenso.

—Trabajo atrasado del consejo —se limitó a responder. Tras unos segundos de silencio, agregó—: Que ahora sea una chica mágica no significa que desatienda mis responsabilidades. Hay muchos pendientes y como Himeko desapareció toda una tarde...

—Eso es porque ella ha estado con nosotras —la respuesta de Yuzu no se hizo esperar. Aunque su voz al inicio sonó muy baja, tomó fuerza a cada silaba—. Momokino era controlada por otra chica mágica que, no sabemos por qué, está detrás de mí. Eso investigábamos antes del ataque.

—¿Controlada por otra chica mágica? —de inmediato su atención se dirigió a Yuzu, como si aquello fuese una revelación divina—. ¿De verdad existe una varita así?

—Sí —quien respondió en ese momento fue Harumi—. Es una larga historia, pero conocemos el poder de esa varita y creemos que puede ayudarnos con los administradores.

—Ya veo. Por eso Himeko actuaba raro —volvió a tornar la mirada en Yuzu—. ¿Por qué te persigue?

—No tengo idea —exclamó la rubia en un suspiro—. No me he metido con nadie, por eso la buscábamos. Quizá podíamos convencerla de algo o... ¡Cuidado!

Yuzu interrumpió sus palabras. Mientras miraba a Mei alcanzó a notar un brillo en el pasillo que resultó llamativo. A cada paso se tornó más claro y la silueta de un hacha enorme se distinguió entre la penumbra. Esta cayó desde lo alto cuando Mei estaba distraída atendiendo las explicaciones de Yuzu, quien tuvo que tirarle de la ropa para evitar un golpe fatal. El arma de incrustó en el suelo con un fuerte retumbar y un brazo gordo la tomaba por el mango. Este último era tan grande que iba de un extremo a otro del pasillo.

—No... —balbuceó Harumi retrocediendo unos pasos. Su rostro perdió todo rastro de color y las piernas comenzaron a temblarle—. No puede ser. Está aquí.

—¿Harumi? ¿Qué pasa? —preguntó Yuzu envuelta en la confusión. Aunque el susto por el repentino ataque aun no pasaba, ya buscaba su varita. Mei, apenas estuvo a salvo, se aferró al cuerpo del oso mágico y apuntó al frente.

—Es... Juuroku —alcanzó a responder con un hilo de voz. Era la primera vez que Yuzu veía a su mejor amiga reaccionar con tanto terror hacia un admirador del Sitio.

—Al fin las encuentro, niñas fastidiosas —habló el espectro mientras salía de su escondite. Su voz, aunque femenina, era gruesa y a diferencia de los demás, no se dirigió a sus víctimas con el típico canturreo de los demás administradores—. Acabaré con esto de una buena vez.

Su cuerpo era más grande y voluminoso en comparación con el administrador rapero. Aun así, no parecía tener el mayor problema en moverse por un espacio tan reducido. Su apariencia era igual de extraña. Vestía solo un overol que cubría la mayoría de su cuerpo y cara regordeta tenía la boca y nariz fruncidas acompañadas por unos ojos alargados. Avanzó cargando su gran hacha con una sola mano, bloqueando el paso de las chicas mágicas hacia la salida. Tanto Mei como Yuzu estaban listas para pelear, la primera con su propia varita mientras que la rubia cambió su arma y empuñó la katana que hasta hacía poco pertenecía a Sayuki. No estaba segura de cómo usarla, pero sin duda era más adecuada para el combate. Solo Harumi se dejó vencer por el miedo; retrocedía a medida que el tiempo pasaba y en vez de alistarse para un enfrentamiento, buscaba una manera de huir. El pasillo no daba otra opción más que regresar por donde vinieron y subir de nuevo hasta el techo. Tragó saliva con dificultad. Era evidente que sus compañeras no sabían el gran peligro que representaba Juuroku.

—Ustedes son un fastidio —repitió con un enojo marcado en cada letra—. Nana solo sabe dar problemas.

—¡Yuzu! Por favor, ¡sácanos de aquí! —imploró Harumi con la esperanza de ser escuchada, pero su voz quedó solo como un eco distante. Las Aihara estaban decididas a luchar.

Mei no quiso esperar un segundo más. Activó y en un parpadeo disparó un poderoso rayo idéntico al que acabó con otro administrador. Para su sorpresa, el ataque no obtuvo resultado alguno; la gran hacha cargada por Juuroku fue suficiente para defenderse. Bastó algo tan simple para comprender que el miedo de Harumi estaba más que justificado; el administrador que tenían ante sus ojos era diferente a los anteriores. No había mostrado nada, solo un golpe con su arma y soportar el embate de un rayo fueron suficientes para dejar en claro cuan poderoso era. Estaban en aprietos. Hubo una pequeña pausa, apenas perceptible en la cual sus miradas se cruzaron. Mei mantuvo la vista concentrada en aquel tanque llamado Juuroku, buscando una debilidad que explotar. Este pareció notar la mirada, pues en respuesta arremetió con un rápido tajo horizontal, obligando a la pelinegra a alejarse tanto como pudiera. En seguida, el administrador volvió a maniobrar su pesada arma y con un movimiento circular ascendente provocó una lluvia de cristales y escombro sobre Mei. La pelinegra tuvo que cubrir su rostro para que no salir lastimada con las astillas y los pedazos de vidrio, pero el polvo logró entrar a su garganta, provocándole una fuerte tos.

Yuzu, en un arranque de valentía mezclada con furia, arremetió contra Juuroku. Sabía que la katana podía cortar cualquier cosa y, aunque no tuviera idea de cómo usarla más allá de lo visto en televisión, pensó que cualquier movimiento bastaría para lastimar al ente malvado. Realizó una amplia abanicada contra el hacha gigante y su voluminoso portador, sin ningún resultado. En un instante, la imagen de Juuroku se desvaneció ante sus ojos, descubriendo que no cortó nada más que el aire frente a ella. El administrador a la vez de fuerte era tan rápido que dejaba imágenes residuales. Sin saber en qué momento ocurrió o cómo llegó ahí, el enorme cuerpo del Juuroku ya estaba a un costado suyo.

—Que lenta —se burló.

Entonces sintió un fuerte golpe en el costado; el sonido producido fue seco y llegó acompañado por el crujido de algo en el interior de su cuerpo. El impulso recibido fue tal que terminó por golpear en el muro cerca de donde Harumi miraba aterrada al administrador. Yuzu intentó levantarse apenas impactó con la pared, pero le resultó imposible. La cabeza le daba vueltas y la vista se le nubló entre los golpes, la velocidad y las lágrimas que irremediables comenzaron a desbordar sus ojos; las piernas no respondían a sus órdenes mientras que uno de sus brazos estaba inmovilizado por el dolor, le llegó una tos intensa que le obligó a escupir una mezcla alarmante de saliva y sangre. No tenía los grandes conocimientos en medicina ni había experimentado una herida similar, pero estaba segura de que su repentina limitación física y la dificultad al respirar eran un síntoma de sus costillas rotas. Imposibilitada a cualquier ataque, se dejó caer de rodillas.

—¡Yuzuchi! —Harumi se acercó a ella. Le puso una mano sobre la espalda y extendió la otra, agitándola con desesperación—. Tenemos que huir. Anda, dame tu varita.

—Pero… Mei… —jadeaba Yuzu. Apenas era posible hablar; cada bocanada de aire era una fuerte punzada en su pecho—. Ella… ella está…

—Yuzuchi…

Harumi se aferró al yoyo mágico con unos ojos de desilusión. Sentía una impotencia enorme que le apretaba el corazón y se anudaba en su garganta; también quería salvar a Mei del administrador, pero sabía que era algo imposible. Ella sola no podía hacer nada contra un monstruo como Juuroku, menos con solo una varita de corte. Y mientras pensaba en ello, solo era testigo de sucesos horribles: su mejor amiga estaba de rodillas ante ella, jadeando con dolor para respirar y escupiendo sangre; al otro extremo la presidenta del consejo estudiantil era amenazada por un monstruo. Juuroku alzó su arma sobre la cabeza de Mei y de una violenta tajada lo dejo caer con fuerza sobre su víctima. El estruendo fue feroz, en el suelo quedó un agujero con el hacha incrustada pero no había ni una sola gota de sangre o rastro alguno de muerte. Mei apareció ante Harumi, aun tosiendo y con una gruesa capa de polvo en su cabello. Le acompañaba una chica de cabello castaño en cuyos labios había una paleta de caramelo.

—Asahi… llegaste —le dijo Harumi con un hilo de voz.

—Yo me encargo de Juuroku, ustedes huyan —ordenó con una firmeza digna de un alto militar.

—Pero… es muy fuerte —balbuceó Yuzu.

—Yo también lo soy. ¡Váyanse ya! —repitió en un grito autoritario antes de esfumarse.

Lo que a ojos de Yuzu fue una desaparición, era algo por completo distinto. De inmediato escuchó un choque metálico que le hizo alzar la mirada. Asahi y Juuroku se estrellaron unos pasos más adelante y comenzaron un intercambio de golpes apenas perceptible. La velocidad en sus movimientos resultaba hasta ridícula, solo podían saber que se atacaban por el sonido del hacha y los constantes daños sufridos en el pasillo. Con ambas manos temblando y el cuerpo helado, Harumi tomó la varita pistola de Yuzu. La activó tirando del gatillo lo que provocó el disparo de una nube rosa que le cubrió a ella junto a las Aihara y el cuerpo sin vida de Sayuki. Mientras el humo se disipaba, Asahi asestó un golpe directo a la cara de su rival.

Una nube en forma de corazón apareció en la entrada del instituto y con esta el trio de chicas mágicas vio finalizado su escape de las garras de Juuroku. Harumi fue la primera en levantarse; cayó apenas sus pies sintieron el suelo, pero no tenía ni un segundo para descansar. Con la mirada buscó entre las sombras a sus demás aliadas mientras Yuzu seguía con sus dolorosos jadeos; Mei, tras sacudirse el polvillo del cabello, se acercó a la rubia con una gran preocupación por su estado de salud. Le tomó de la mano en signo de compañía y tranquilidad mientras que, en un susurro gentil, pedía calmar su respiración.

—¡Aquí están! —gritó Matsuri corriendo hacia ellas—. ¡Muévete Kosame!

—Ya… ya voy —balbuceó la chica del parche. Aunque intentaba seguirle el paso a Matsuri, la diferencia en su condición física era evidente—. No corras así.

—¡Yuzu está herida! Debemos apresurarnos.

—Voy tan rápido… como puedo.

Entre quejas de dolor, Yuzu y Mei se alejaron de la entrada al colegio para no ser un blanco fácil de los administradores; Harumi adoptó un papel de guardia y con su varita en la mano, miraba a todos lados en busca de algún enemigo, aunque los constantes vistazos a uno de los edificios evidenciaban su preocupación por Asahi. El grupo de chicas mágicas se reunió por fin tras uno de los muros. Mantenían la firme esperanza de tener un minuto de calma, apenas el tiempo suficiente para que la magia de Kosame hiciera efecto en las múltiples heridas de Yuzu. Con sumo cuidado, recostaron a Yuzu en el suelo para que pudiese apoyar su cabeza en la pared y la chica curandera utilizara su varita. El procedimiento, aunque ya era conocido por la rubia, no dejaba de parecerle un espectáculo horrible y desagradable; tampoco ocultaba su disgusto al saborear la sangre sanadora de Kosame. En unos segundos el dolor de Yuzu fue cediendo a los efectos de la curación, en cambio, el silencio y la tensión surgidos entre Mei y Matsuri no parecían tener fin. Ambas intercambiaron miradas, pero ninguna se atrevía a tomar la palabra.

—Mira que sorpresa —intervino Yuzu tratando de sonar lo más casual que pudiera. Aunque sus palabras aun iban cargadas de dolor, la tos había parado—. Mei también es una de las nuestras.

—Entonces la cejona no mintió —respondió Matsuri con total seriedad—. No pensé que nos encontraríamos aquí, Mei.

—Tampoco creí encontrarme a nadie esta noche —contestó Mei con calma, pero su voz estaba cargada de firmeza—. O que todas ustedes sean chicas mágicas.

—No es algo que quieras presumir a todo el mundo —Matsuri se encogió de hombros. Llevó ambas manos a los bolsillos de su chaqueta y avanzó hacia la entrada de la academia. Con la prisa por atender a Yuzu todas olvidaron el cuerpo de Sayuki—. Para nada lo quieres compartir.

—Lamento lo que pasó con su amiga.

—Todas sabemos que esta es nuestra única salida —sentenció Matsuri tras lo cual se puso la capucha. Estaba dando la espalda al equipo. Se arrodilló ante los restos de Sayuki, a quien agradeció por su determinación. No era necesario que le explicaran lo ocurrido, ya Kiyoharu se había encargado de ello.

Con ayuda de Harumi, Matsuri cargaba el cadáver de su aliada hasta el improvisado centro de mando que las chicas mágicas rebeldes habían designado. Ahí les esperaban Kiyoharu, cuya mirada estaba perdida en un muro y su frente sangraba por el uso de su varita, Himeko y Shioi, esta última sentada en el suelo. En su rostro se notaba una gran fatiga, los ojos ya presentaban unas ojeras negras bastante marcadas y en su boca se distinguían los restos de sangre que no pudo limpiar.

El ánimo general no era el mejor. Se respiraba un aire de desesperanza, los ojos de las chicas ya no brillaban con su luz propia, sino por las lágrimas contenidas. Su improvisada misión terminó sin resultado alguno, se vieron envueltas en una intensa cacería dirigida por el sitio de la cual apenas pudieron escapar, perdieron a una aliada y otra seguía en el frente, quizá dándoles tiempo o luchando con todo su ser por conservar la vida. Las cosas no pintaban bien para las chicas mágicas rebeldes; ni siquiera tenían tiempo para replantear una estrategia, en cualquier momento podrían recibir la visita de otro administrador y su agotamiento tanto físico como emocional les jugaría en contra. Harumi y Matsuri intercambiaban miradas en silencio, ambas se preguntaban qué seguía, pero no eran capaces de articular ni una sola palabra. Shioi tenía ambos ojos fijos en el suelo, su piel se había tornado tan pálida que podía notarse con el escaso alumbrado nocturno además de presentar constantes temblores en todo el cuerpo. Himeko, apenas llegaron las Aihara, se acercó a amabas y las tomó por el brazo. No les soltó desde entonces. Mei permanecía callada, con unos ojos que analizaban a sus nuevas compañeras. Yuzu, en cambio, si bien le sorprendió el trato de Himeko, lo aceptó de buena gana; necesitaba una pequeña muestra de afecto para no romper en llanto. Al menos el dolor por aquella patada de Juuroku había desaparecido y podía respirar sin complicación alguna. Kiyoharu dejó salir un suspiro, apoyó la espalda en un árbol y se llevó una mano al cabello. Kosame, en un pequeño gesto de amabilidad, le limpió la sangre de la frente.

—Pensé que ya se habían ido —escucharon todas. Asahi apareció ante ellas sin más herida que un pequeño corte en la mejilla derecha—. ¿Hice tiempo para nada?

—Ya no tenemos a donde ir —respondió Kiyoharu—. ¿Cómo vamos a explicar lo de Sayuki a su familia?

—Tienes razón… no será nada sencillo explicarlo —concluyó Matsuri.

—Podemos ir a la casa de mi abuelo —sugirió Mei con una voz tan alta que procuraba ser escuchada por todas las chicas mágicas que le rodeaban. La reacción del equipo no se hizo esperar, aunque los gestos de la mayoría no fueron del todo agradables.

—Ah, disculpen que no les presentara de la manera adecuada —intervino Yuzu en un intento por calmar el ambiente. Puso una de sus manos sobre el hombro de Mei y con una sonrisa, más agotada que feliz, siguió hablando al resto del grupo—. Ella es mi hermanastra, Mei Aihara.

—Un gusto conocerlas —agregó Mei con una pequeña reverencia—. Sé que no es el momento más adecuado, pero quiero agradecerles por ayudar a Yuzu todo este tiempo.

—Ella es una de nosotras, debíamos ayudarle —respondió Kosame, luego se hizo el silencio.

—Mei dice que tiene una aliada escondida en casa —agregó Yuzu. Su tono de voz era parecido al de una vendedora que haría todo lo posible por convencer a un cliente indeciso—. Puede ser de ayuda.

—¿Es la chica mágica que buscamos? —Kosame hacia lo posible por mantener la charla.

—Lo dudo —Mei contestó de inmediato, sin dar tiempo a más preguntas—. Yuzu me dijo que buscaban una varita que controla mentes, pero ella no la tiene.

Asahi y Kiyoharu no decían nada, solo contemplaban a Mei. Su oportuna aparición les parecía un tanto extraña, ¿por qué una chica estaría a esas horas en la escuela? Sabían, entre lo contado por Yuzu y algunos chismes de Matsuri, que la situación en dicha academia no era la habitual: un director anciano y enfermo en busca de esposo para su nieta, la presidenta del consejo estudiantil realizando labores que no le corresponden y una gran herencia rodeaban a la institución educativa más conservadora de la ciudad. Todo era una serie de irregularidades que bien justificaban su presencia en el edificio. Ambas bajaron los hombros, no había mucho que preguntar y, en verdad, antes conocieron a otras aliadas en situaciones igual o más extrañas, incluso tristes y deplorables. La diferencia era que, en una sola noche, Mei salvó a Yuzu, Himeko y Shioi en sus respectivas batallas, además de intentar auxiliar en la pelea contra Go, aunque llegó muy tarde para hacer algo al respecto. Por un momento, los ojos de Mei y Kiyoharu se encontraron. Ambas parecían analizarse.

—Dejen de discutir por telepatía —gruñó Shioi. Aunque conservaba el aspecto de Harumi, sus voces no se parecían en nada—. Me salvó la vida sin conocerme y más de la mitad aquí la conoce. No puede ser peor que yo.

—Supongo que tiene razón. Cualquiera que pueda ayudarnos debe ser bienvenida, ¿cierto Kiyo-chan? —Asahi llegó a la conclusión más sensata dado el momento. Todo apuntaba a que Mei solo era una víctima más del sitio. Sin embargo, Kiyoharu no respondió.

—¿Kiyo-chan? —Kosame se le acercó y le tiró de la blusa. Al instante, la aludida dio un pequeño respingo y volteó hacia su amiga del parche en el ojo.

—Lo siento yo estaba... estaba pensando en que haremos con Sayuki.

Pasaron unos minutos de tenso y pesado silencio, deliberando cada una por separando en una solución a su problema. Lo único que tenían seguro, era del poco tiempo disponible. No podían solo abandonar el cuerpo de alguien que dio su vida en la batalla contra un administrador, pero el acecho constante de esos entes malvados era un impedimento para llevar a Sayuki a un lugar digno y luego acercarse a la casa Aihara. Separarse, como más de una pensó, sería un error fatal.

Matsuri alzó la cabeza y se quitó el gorro; esto dejó al descubierto su rostro en el cual se notaban, ya secas, las lágrimas derramadas por la pérdida de su compañera. Sin decir nada, se acercó a Yuzu y le arrebató la pistola mágica para entregársela a Harumi. Las chicas mágicas rodearon el cuerpo de Sayuki Ringa, agradecieron por su valor y decisión en la guerra contra el Sitio. Incluso Mei, quien no le conocía de nada, se unió a las oraciones de sus nuevas compañeras. Harumi, que sabía en donde quedaba la casa del Clan Ringa, jaló del gatillo y tras verse rodeada por una nube en forma de corazón, la valiente Sayuki desapareció. Era duro actuar así, no podían ni imaginar la reacción que su familia tendría al ver a su hija en tan mal estado, pero no tenían muchas opciones. Lo único que estaba en sus manos para honrar la memoria de Sayuki era ponerle fin a la espiral de sufrimiento. Yuzu tomó su varita mágica, la accionó sobre ella y sus aliadas para desaparecer de la Academia. Su última esperanza era esa misteriosa aliada que Mei escondía en casa de su abuelo.

El grupo de las chicas mágicas rebeldes avanzaba por la calle solitaria. Yuzu, dominada por una mezcla irreconocible de emociones, falló al teletransportar a su equipo y aparecieron unas cuantas casas lejos de su destino. El ambiente estaba inusualmente callado y solitario, no esperaban ver mucha gente caminando por ahí, pero si algunas señales de actividad humana, tal vez alguna televisión encendida o rumores de una familia charlando. Les parecía extraño, pero bien podía ser producto de su propia preocupación ante la situación lo que daba una sensación tenebrosa en los alrededores; hasta la más ligera brisa bastaba para alertar al grupo.

Si bien, el camino no era extenso, la sensación de acecho no les permitía andar con tranquilidad. Cada una de las chicas mágicas se aferraba con fuerza a su varita. Incluso Kosame, quien no estaba acostumbrada al combate por sus habilidades de curación, pasó a la ofensiva con la katana de Sayuki. No daban paso sin vigilar cada rincón, aunque Mei permanecía indiferente a cualquier señal de alarma. Después de la corta caminata por la calle, Yuzu distinguió en las cercanías la casa Aihara. No había cambiado nada desde la última vez que estuvo ahí, aunque no podía esperarse mucho. Estaba por declarar su arribo triunfal cuando el sonido de un balazo se escuchó desde la casa. Los cristales de una ventana se rompieron y un cuerpo salió volando desde ahí acompañado por los restos de vidrio. En un instante aterrizó ante las chicas mágica los que quedaba de un administrador del Sitio. Si el ataque recibido le destrozó buena parte de la cabeza, el impacto con el concreto del suelo terminó por despedazarlo, aun así, la neblina negra emanaba de cada extremidad arrancada y de cada herida. Lo que parecía una mujer vestida como oficinista comenzaba a reducir su tamaño.

—Es… ¿es Juugo? —musitó Kosame. La noche, el humo negro y su parche le impedían ver con claridad. La confusión en el grupo era evidente.

—Eso creo… —respondió Kiyoharu por completo desconcertada. Alzó la vista, pero no logró ver nada en la ventana—. Eso quiere decir que…

—La encontraron —Mei terminó la frase. Echó a correr hacia la casa mientras otro balazo se escuchó. Ambos sucesos causaron alarma entre las chicas mágicas rebeldes, que de inmediato siguieron a Mei.

Yuzu recordó la última vez que estuvo en ese lugar. Su relación con el viejo Aihara nunca fue la mejor; aunque les unía el apellido, ella le salvó la vida en una ocasión y le llamaba abuelo, nunca lograron un vínculo familiar a pesar de varios intentos. El problema era el anciano Aihara, nunca vio en Yuzu a una verdadera integrante de su familia. Por eso mismo, la rubia apenas y recordaba el interior de aquella casa tan grande. Todo le parecía nuevo y aterrador en la misma medida. Sin embargo, no había tiempo que perder en un paseo innecesario. A medida que avanzaban, se escucharon más disparos y una serie de golpes tan fuertes que estremecían la casa entera hasta sus cimientos. Mei las guio a todas hasta el segundo piso, corrieron por un pasillo repleto de habitaciones y se detuvieron de pronto. En una de las puertas había un gran agujero, producto de los disparos que habían escuchado.

Cada una de las chicas preparó sus respectivas varitas; si los administradores querían pelea, la encontrarían, quien fuera la persona que corría peligro tendría apoyo de parte de las rebeldes. Mei, aferrada a su oso, se paró al frente de todas y llevó la mano a la perilla. A pesar de la situación, mantenía su templanza y expresión de seriedad, algo admirable para cualquiera. De un empujón abrió la puerta. Entró lista para atacar y le siguieron Yuzu, Asahi y Harumi, todas en guardia. Pero el arranque de valentía terminó en un segundo. Mei bajó la guardia de inmediato, no así sus compañeras que siguieron listas para atacar, aunque la confusión de apoderó de ellas. El escenario que descubrieron era desolador; agujeros por todas partes, muebles reducidos a astillas y una ventana destrozada eran de esperar, pero lo que nadie contaba era ver la densa nube negra despedida por los administradores caídos. En la pared del fondo, cerca de la ventana, estaba un ser surreal conformado por un gran cuerpo humano vestido como una monja y la cabeza de un cerdo. Dos grandes agujeros sobre su corazón expedían humo negro como si de sangre se tratase. Sobre las tablas rotas que alguna vez fueron un librero, estaban los restos de una mujer con cabeza de calavera y, a media habitación, una criatura humanoide con cabeza de serpiente recibió el tiro de gracia justo entre ambos ojos. Su victimaria se dio la vuelta lentamente, reveló una sonrisa petrificada y unos ojos negros tan profundos como la noche misma.

—Bienvenida a casa, Mei Aihara —saludó la inconfundible voz rasposa de anciana que tantas pesadillas provocó en Yuzu—. Veo que trajiste compañía.

—No puede ser —exclamó Harumi.

Yuzu casi cae de rodillas ante tal aparición. No podía creer que estuvieran frente a frente de nuevo, pero en una situación inesperada. Retrocedió unos pasos, aturdida por la escena ante sus ojos. Los administradores atacaron a un objetivo inesperado, a alguien que no se consideraría posible. La misteriosa aliada, aquella de la que Mei no reveló su nombre, no era la poseedora de la varita con forma de ropa interior, ni siquiera se trataba de una chica mágica. Los labios de Yuzu temblaron y con un agudo hilo de voz pudo decir su nombre.

—Nana…