14:45 h

6 de diciembre


El apartamento que Peter tiene en Boulder está frente al parque de bomberos y a una manzana del campus universitario. También está a tiro de piedra de la fraternidad D-Phi. Aunque nos graduamos hace diecinueve meses, todavía es el invitado de honor de las fiestas. Cursaba una carrera de siete años y se graduó al mismo tiempo que yo, aunque tiene tres años más.

¿Qué puedo decir? Ya no va a la universidad, pero sigue conectado a ese mundo. Todavía considera esa época la mejor de su vida, y puede que ese sea el motivo por el que siempre habla de lo que hicimos allí.

Eso sí, no le ha ido mal desde que se licenció. Es ingeniero eléctrico, y su padre, el presidente de una empresa de ingeniería en el centro de Boulder, así que le consiguió un muy buen trabajo. En un par de años podría llegar a ser directivo, si sigue trabajando bien. Lleva tiempo ahorrando para comprarnos una casa.

¿Y yo? Bueno, esa es otra historia. Me licencié en Literatura inglesa y no encontré trabajo. Envié currículums a todas partes, pero nada. Así que decidí matricularme en un máster de Biblioteconomía, para arruinarme todavía más con préstamos de estudios. Vivo en el mismo apartamento que tenía cuando fui a la universidad, pero se me acaba el contrato a final de año. Cuando nos casemos, me iré a vivir con Peter.

Ese es el plan.

Y lo estoy deseando, la verdad. Mi apartamento en el campus es como un dormitorio universitario. La idea de compartir su piso, de empezar nuestra vida como marido y mujer, me encanta. Quizá, por fin me sentiré como en casa.

A mi lado, Edward tamborilea las manos en sus muslos. Solo lo hace cuando está nervioso, me he fijado.

Mmmm. ¿Por qué será?

Edward es el mejor amigo de Peter, pero no vivió la fraternidad D-Phi como él. Se transformó de manera sutil cuando salió del campus. Se graduó summa cum laude en cuatro años, con una doble licenciatura de Matemáticas y Económicas, y prácticamente no mantiene el contacto con D-Phi ni con nadie de la universidad, excepto Peter. Luego, encontró trabajo como director de inversiones en una importante empresa de Denver, y allí ascendió rápidamente hasta el cargo de vicepresidente. Le va muy bien, aunque no lo parezca, ya que le gusta más vestirse como un leñador que con trajes y corbatas. Peter siempre dice que es un «hijo de puta afortunado», pero creo que es más que suerte.

En primer lugar, es un genio. No lo digo por decir.

Aquella noche, cuando lo vi por primera vez, mientras miraba absorto el juego de ping-pong, no había fumado ni bebido, como creía. Más tarde, al ver todas las servilletas que había esparcido a su alrededor, descubrí que trataba de calcular una fórmula para determinar la trayectoria y la velocidad exacta, o lo que fuera (no prestaba atención cuando lo explicó) para que uno de los miembros de la fraternidad le diera al vaso de cerveza, todas las veces. Había hecho la prueba con Peter, y por eso había logrado emborrachar a todas las pobres chicas que lo retaban.

En algún momento de mi borrachera recuerdo que le pregunté por qué no jugaba él y comprobaba sus teorías en persona, y me contestó:

—Porque no me interesa lo suficiente.

Le pregunté qué le interesaba.

—Tú —respondió, justo antes de besarme.

El corazón me late con fuerza al pensar en aquel momento, pero me obligo a calmarme.

No, no, no. Es el tipo equivocado. Totalmente equivocado.

Mientras entro en el aparcamiento de Grammercy Acres, el edificio donde vive Peter, trago saliva varias veces y trato de olvidar el sabor de Edward en mi boca. Aunque estaba borracha, conservo muchos recuerdos intactos de aquella noche. Seguro que es una maldición. Es más que probable que él no recuerde nada.

Entro en la plaza de Peter, que está frente al edificio, apago el motor y le tiendo una mano a Edward. Pero ya está abriendo la puerta y, al salir, dice:

—Voy a buscarlos yo, quédate aquí.

—¿Cómo? No. —Abro la puerta, salgo y lo sigo por el estrecho camino.

Tras recorrer unos metros, se gira y agita el índice hacia mí.

—¿Qué haces? Vuelve al coche.

Me cruzo de brazos con intención de discutir y tratar de amilanarlo aunque me saca una cabeza.

—No, quiero asegurarme de que no se olvidó nada más. Y también necesito ir al baño. Llevo cinco horas sin ir.

Deja escapar un suspiro.

—Vale. Como quieras.

Se dirige al apartamento, apretando la marcha, y casi tropiezo al intentar seguirle el paso. Malditas piernas largas. Cuando llego a la puerta, ya está dentro y la ha dejado entreabierta.

Empujo la puerta y miro a mi alrededor. Sí, está igual que el día que se fue, cuando pasé por aquí antes de emprender nuestro viaje en caravana a las montañas. Hay ropa tirada por todas partes como resultado de su tempestuosa expedición por el apartamento para hacer las maletas. Hay tanta ropa que apenas se ve el enorme sofá rojo, cubierto de cosas.

Mientras voy hacia el dormitorio, Edward aparece en la puerta con un saquito de terciopelo en la mano.

—Tus anillos.

Los tomo y miro dentro de la bolsita. Ahí están. Me estremezco al notar el frío tacto del platino. La tensión que sentía en el cuello desde el principio del viaje desaparece.

—Dios, esto es una pocilga.

Levanto la cabeza y veo que Edward contempla el piso con una mirada de desdén. Jamás he estado en su apartamento en el centro de Denver, pero imagino que su personal de limpieza debe de odiar trabajar para él.

Aun así, tiene razón. Es un piso de soltero. No hay cuadros en las paredes ni ningún elemento decorativo.

—Bueno, no es Martha Stewart. Ya lo arreglaré cuando me mude.

—¿Estás segura? —duda.

Bueno, seguro que no estaremos a la altura de sus estándares. A veces, me sorprende que yo fuera capaz de hacer que se corriera tantas veces.

¡Dios! ¿Por qué pienso en eso? Le doy los anillos.

—Deberías quedártelos. No los perderás, ¿verdad?

Toma el saquito, se abre el bolsillo de la camisa de franela y los guarda con cuidado.

—No.

Es triste que, a pesar de que lo odie, confíe en él. Edward es un hombre que cumple con su palabra. Hace lo que promete. Si Peter le hubiera dado los anillos desde un principio, nada de esto habría sucedido.

Cruzo el campo de minas de ropa apilada sobre la alfombra y me dirijo hacia la puerta del baño, que está al otro lado del vestíbulo, frente al dormitorio de Peter.

De repente, Edward dice, en un tono un poco más alto que de costumbre:

—Espera, ¿adónde vas?

—Al baño, ya te lo he dicho —respondo.

—Ah, vale. —Se relaja. Se mete las manos en los bolsillos y se pasea por el salón, mirando a su alrededor. Le da un puntapié a una pila de zapatillas de Peter y sacude la cabeza.

«Don Limpio no aguanta más».

Mientras voy hacia el baño, tengo un presentimiento extraño. Y al sentarme en la taza, la sensación se intensifica.

Peter insiste en que Edward me acompañe.

Edward intenta que no suba al apartamento y que me quede en el coche. Edward se pone nervioso al ver que voy hacia el dormitorio.

Termino, busco jabón y una toalla para lavarme las manos.

Y entonces se me enciende la bombilla.

En el dormitorio hay algo que Edward no quiere que vea.

Me seco las manos como puedo, porque no hay ninguna toalla, y me digo que eso es una estupidez. Edward actúa de manera extraña, como si estuviera nervioso, porque es un tipo extraño.

Pero para cuando abro la puerta y salgo, sé que no me iré hasta estar segura.

Inspiro profundamente y abro la puerta del baño, que da al vestíbulo.

No veo a Edward, así que cruzo sin hacer ruido hasta el dormitorio.

No sé qué espero encontrar. ¿Una mujer desnuda durmiendo allí?

¿Cabellos rubios y largos en la cama? La última vez que dormí aquí (que fue, de hecho, la última vez que nos acostamos) fue hace casi dos meses. Le sugerí a Peter, y él estuvo de acuerdo, que nuestra noche de bodas sería más excitante si practicábamos un poco de abstinencia.

Todo está como debería. Las paredes blancas y sin pintar, con alguna que otra grieta. Solo hay un cuadro de las montañas Flatiron en la cabecera de la cama. Se lo regalé hace un mes, para su cumpleaños. Lo compré en la galería de un artista local y le hice una promesa: que cuando me mudase a este apartamento, lo convertiría en un hogar. Se convertiría en nuestra casa, no en cuatro paredes y un techo.

Más allá de eso, su inmensa cama, con las sábanas arrugadas en una pila amontonada en el centro. Hay un cajón abierto en su cómoda que vomita ropa.

Nada más.

Pero mis ojos se detienen en la mesita de noche. Jamás he mirado allí, pero debe de ser donde guarda las cosas importantes. Los anillos estaban allí.

Me acerco y la abro de golpe.

Lo primero que veo es una foto gastada de nosotros dos, en una recepción de la D-Phi, hace años. Es mi foto favorita, yo también tengo una copia enmarcada en mi apartamento. Me siento en la cama y la contemplo. Parecemos muy jóvenes.

Vuelvo a mirar en el cajón de la mesita. Y veo el paquete de condones.

Controlo mi primer impulso, que es perder los papeles. Hace años que tomo la píldora y dejamos de usar preservativos hace cuatro años. Quizá es un paquete viejo. Peter jamás tira nada.

Aunque se mudó aquí hace solo un año y medio… Tiene que haber una explicación.

Levanto el paquete y busco la fecha de caducidad.

Y al hacerlo, encuentro un tubo de lubricante medio lleno.

Medio lleno. Sé perfectamente que jamás lo ha usado conmigo. Siempre intenta que lo hagamos por detrás, pero he sido bastante firme en ese punto. De verdad, es que no lo entiendo. ¿Qué tiene de especial el sexo anal?

Bueno, es posible que usara ese lubricante para masturbarse, ¿no? Así que no debería preocuparme. Pero eso, los condones, y el hecho de que Peter haya enviado a Edward para evitar que curiosee entre sus cosas…

De repente, veo la silueta de Edward en el umbral.

Me mira y ve los condones y el lubricante en mi regazo. No logro descifrar su expresión.

Luego dice:

—¿Estás lista?

Dejo las cosas de nuevo en el cajón y digo:

—Sí.

Lo sigo a la puerta y no puedo respirar. Pensaba que había solucionado este tema con Peter. Y ahora tengo un millón de dudas, a menos de veinte horas del día en que se supone que voy a casarme con él.

Necesito aire.

Necesito hablar con Rosalie. Necesito tranquilizarme.

Y lo que no necesito es el hombre sarcástico de metro ochenta con el que me toca pasar las próximas cinco horas. Es el amigo de toda la vida de Peter, y es probable que su cómplice a la hora de ocultarme todo esto.

Camino por el apartamiento detrás de Edward, confusa y desorientada.

Una parte de mí tiene ganas de golpearlo.

Abre la puerta, pero me adelanto y la cierro con un portazo.

—¿Por eso has venido?

Me mira, enfadado.

—¿Qué?

—Los condones. El lubricante. Jamás lo hemos usado, y…

—¿Cómo? Apártate, enana, o vas a…

Está tirando pelotas fuera. No voy a permitirlo.

—No. Sabes de qué hablo. ¿Te ha pedido Peter que vinieras conmigo para que no viera lo que he visto?

Me mira, furioso, durante un momento que se hace eterno. Me preparo para lo que tenga que decirme. Casi presiento lo que va a decir, como un bofetón.

Pero no lo dice.

Me aparta con suavidad de la puerta y la abre.

—Ya estabas loca, pero tus próximas nupcias han agravado tu caso.

Sale por la puerta, baja las escaleras y me deja sola.

Quizá tenga razón.

Quizá me esté imaginando cosas.

Pero me juego el resto de mi vida. Y…

Salgo fuera y cierro la puerta. Cuando Edward llega al rellano de abajo, grito desesperada:

—¡Edward!

Se detiene y se gira para mirarme mientras se pone las gafas de sol.

—Por favor. Tú me lo dirías, ¿verdad? Si estuviera… —No quiero decirlo en voz alta—. Ya sabes.

Aprieta la boca en una línea recta. Sé lo que significa.

«Soy el amigo de Peter, no el tuyo. No me hagas esa pregunta».

Mete las manos en los bolsillos y mira hacia el cielo. Exhala lentamente.

—¿Quieres que conduzca yo?

Trago saliva y bajo las escaleras hasta donde está. No, no me dirá nada.

Solo es leal a una persona: Peter. Es su mejor amigo. Su único amigo.

—No, conduciré yo.

No me fijo en las nubes ni en el aire que se enfría. Cuando llego al coche, un remolino de viento helado atraviesa el aparcamiento y hace que me estremezca. Abro la puerta del coche de un tirón y entro en la calidez del coche.

Y por si fuera poco, en cuanto enciendo el motor, caen los primeros copos de nieve sobre el parabrisas.