15:06 h
6 de diciembre
No estoy loca. Al menos, demasiado.
Bueno, vale, soy un poco paranoica. Y posesiva. Y quizá neurótica. Pero juro que hasta hace diecinueve meses no lo era.
Otra fecha que vivirá en la infamia: el 14 de abril.
Era mi último curso y me faltaba un mes para graduarme en Literatura inglesa. Llevaba tiempo enviando currículums sin obtener respuesta. Tenía muchos exámenes y trabajos que entregar, y acababa de recibir una carta que me informaba de los pagos mensuales a los que tenía que hacer frente para abonar el préstamo con el que me había pagado la carrera.
Así que mi vida era más o menos una mierda.
Lo único bueno era Peter. Llevábamos cerca de cuatro años juntos, así que era una constante en mi vida, bastante increíble. Claro que habíamos tenido nuestros problemas, habíamos roto y nos habíamos reconciliado al cabo de una semana unas cuantas veces. Yo me pasaba casi cada fin de semana en la residencia de su fraternidad, y siempre tenía alguna fiesta a la que asistir, así que como era la novia de Peter, era muy popular. Ya prácticamente no recordaba cómo había sido mi vida antes de él, cuando era una don nadie asustada que pasaba desapercibida.
Peter solo tenía dos asignaturas ese semestre, así que estaba disfrutando de su último curso en la universidad. Yo me pasaba horas preparando trabajos, y él, en cambio, se las pasaba en el sótano de la casa de la fraternidad, bebiendo y jugando a los dardos.
Estuve una semana entera estudiando para mi examen final sobre Chaucer, y apenas lo vi. Lo echaba muchísimo de menos y pensaba en él constantemente, pero tuve que ignorar todas las invitaciones a las fiestas de fin de año, porque había sacado muy malas notas a mitad de semestre y tenía que sacar un diez en este para obtener una mención de honor.
En cuanto terminé, estaba tan aliviada y feliz que ni siquiera pasé por mi apartamento, sino que me fui directa a la residencia de Peter.
Recuerdo que caminaba por la moqueta roja y mullida hacia su habitación, lista para arrojarme en sus brazos.
Edward se había graduado hacía tres años y, quizá, si hubiera estado allí, habría sacado la cabeza para proteger a su mejor amigo. Pero Peter no tuvo esa suerte.
Abrí la puerta y lo encontré estirado en la cama, con una rubia desnuda botando sobre su polla, en mitad de un orgasmo enorme. Resulta sorprendente que no los oyera desde fuera, teniendo en cuenta los chillidos que daba ella.
Se me ocurrieron dos cosas absurdas en ese momento. Una, que Peter no parecía tan excitado cuando era yo quien lo cabalgaba. Y dos, que la rubia tenía las tetas más grandes que las mías.
Y en un segundo, todo lo que era bueno en mi vida se desvaneció.
Di la vuelta y salí de la habitación sin sentir nada, excepto incredulidad. Tenía que ser un error. Hacía apenas dos horas que me había llamado para desearme buena suerte en el examen. Me dijo que tenía resaca por la fiesta de la noche anterior, así que se iba a dormir temprano. No se me había pasado por la cabeza que lo fuera a hacer acompañado.
Segundos más tarde, oí sus pasos detrás de mí. Me alcanzó en la enorme escalera de caoba, la que daba al vestíbulo con ventanas de vidrieras de colores, demasiado bonitas para una casa de fraternidad. Me agarró del brazo:
—Bella.
Fue lo único que dijo, no hacía falta más. Era lo que parecía. No podía escabullirse con una excusa barata.
Pero, aun así, yo me negaba a creerlo. Así que dije la estupidez más grande del mundo:
—¿Me estás engañando?
Peter levantó la mirada hacia el rellano, donde un puñado de compañeros de la hermandad disfrutaban del sórdido intercambio con sonrisas burlonas en sus caras.
Él se había puesto los calzoncillos pero todavía tenía el pene erecto, lo cual creaba el efecto tienda de campaña en su ropa interior. En un minuto, había pasado de serlo todo a ser alguien a quien no reconocía. Dijo:
—No es nadie. Te echaba de menos.
—Estoy aquí —murmuré. Pero en ese momento quería estar en cualquier otra parte—. Creo que me voy.
Me alejé torpemente, y esta vez no trató de impedírmelo. Recuerdo pensar que era el fin. Sin Peter, me sentía perdida, devastada. Solo tenía ganas de meterme en la cama y morirme.
No tengo ni idea de qué hizo Peter después. Quizá subió a la habitación y acabó de correrse con la rubia. Pero una hora más tarde, empezaron a llegar los mensajes de texto. Me mandó cerca de un centenar. Al principio, me negué a responder. Gradualmente, me ablandé. Para cuando llegó el fin de curso, ya volvíamos a hablarnos y me estaba planteando darle otra oportunidad, a pesar de que mi hermano Garret decía que merecía algo mejor.
Cuando se arrodilló y me pidió matrimonio en cuanto bajé del estrado con mi diploma… Bueno, la cosa quedó clara.
No me enseñó un anillo y me hizo estremecer. Solo se arrodilló y tomó mis manos entre las suyas, como si me adorara. Pronunció un largo discurso sobre cómo había cambiado. Que la «etapa oscura» de nuestra relación era lo que le había hecho falta para demostrarle lo mucho que yo significaba para él. Que no era nada sin mí.
Peter sabía cómo hacer las cosas. También se le daba bien actuar delante de mucha gente, y el día de la graduación tuvo un público inmejorable, de más de mil personas, que esperaba mi respuesta.
Así que para cuando le dije que sí, estaba sollozando.
Y después de irnos a comprar el anillo de compromiso y de que me lo deslizara en el dedo, me sentí como si hubiéramos pasado de la noche al día.
El Peter que salió de la universidad era atento y no veía a sus amigos en la residencia universitaria tan a menudo, ni tampoco se hinchaba a beber, o tonteaba y hacía estupideces. Ese Peter no quería ser el alma de la fiesta. Hablaba de todo eso, sí, pero hizo un esfuerzo por dejar atrás esa etapa de su vida.
Cambió de manera radical, y cuanto más cerca estábamos de la fecha de la boda, más segura me sentía de que había tomado la decisión correcta.
Por eso, tras nueve meses de buen comportamiento, le dije que no pasaba nada si volvía a ver a sus amigos de D-Phi. Sabía que le apetecía y no quería ser una esposa sargento que lo tuviera atado.
Pero ahora, no sé qué pensar. No sé nada.
Lo más probable es que esté exagerando. Al menos eso espero.
Agarro el volante con tanta fuerza que me tiemblan las manos, y no tiene nada que ver con lo mucho que nieva a medida que nos acercamos a las montañas.
Edward no lo sabe. Dice:
—¿Seguro que no prefieres que conduzca yo?
—No, estoy bien. —Enciendo la radio y trato de distraerme con una canción de Carrie Underwood.
A pesar de lo que piense, mi Mini Cooper no es un coche tan terrible para la nieve. Siempre se ha comportado. Y aunque yo no soporto la nieve, no me importa conducir en una nevada. El único problema que tengo es con la aplicación meteorológica de mi teléfono. La que indicaba que la tormenta no llegaría hasta por la noche.
Los copos de nieve son grandes y húmedos, así que activo el limpiaparabrisas. Por suerte, a esta hora del viernes por la tarde hay pocos coches en la carretera, así que si seguimos a este ritmo, llegaremos sin problemas.
Todo está bien. La boda será perfecta. ¿Qué importa si nieva un poco antes? ¿Y qué más da si Peter tiene una actitud sospechosa? ¿QUÉ DIANTRES IMPORTA?
—Eh— dice Edward, chasqueando los dedos en mis narices— Despierta.
Miro fijamente hacia delante.
—¿De qué hablas? Estoy despierta —replico.
—Ya. ¿Seguro que no quieres que conduzca yo?
Me doy cuenta de que estamos ascendiendo por la montaña y que solo voy a treinta por hora. No me extraña que haya una camioneta pegada a mi parachoques.
Suspiro. Hay un giro suave antes de emprender el delicado tiovivo de subidas y bajadas.
—De acuerdo.
Pongo el intermitente y me detengo en el lateral de la carretera. Edward se quita el cinturón. Sentada, veo cómo la nieve cae, cae y CAE SIN PARAR, JODER, y de alguna manera pienso que, tal vez, es Dios, que trata de decirme algo.
Estoy perdiendo los papeles.
Dejo caer la cabeza sobre el volante.
Edward no se mueve y tampoco dice nada. Jason Aldean suena en la radio y el viento silba en el exterior, meciendo un poco el coche.
—Tú sabes que me ha engañado —digo—. ¿Verdad?
Me giro para mirarlo. Asiente con la boca cerrada y dice:
—Sí. Me lo dijo.
Se lo dijo. ¿En serio? Me pregunto qué más le contó.
Qué más podría contarme Edward. Las cosas que de verdad necesito saber antes de comprometerme de por vida con su mejor amigo.
Inspiro profundamente.
—Sé que tú y yo nos odiamos. Pero, al ser la novia de Peter, los dos venimos en el mismo paquete, y como sé que él te importa, espero que, por extensión, yo también te importe un poco.
—Eh, claro —dice, relajado.
No estoy segura de si lo creo, pero sigo hablando de todos modos porque me siento desesperada.
—Así que, aunque me odias, si vieras que estoy a punto de meterme en terreno peligroso, me avisarías, ¿verdad? ¿Pisarías el freno, por decirlo de alguna manera?
Empieza a comprender. Su voz es dura, pero aparta la mirada por un segundo. Como si no quisiera dejarme ver algo en sus ojos. Por favor. Nadie es capaz de descifrar a este tipo.
—Ya sabes dónde te metes.
—¿Y si no es así? ¿Y si estoy ciega? —grito, mirando el reloj del salpicadero. Tenemos que irnos. Pasan los segundos y cada vez nieva con más fuerza—. Mira, yo quiero a Peter. Lo quiero más de lo que jamás he querido a nadie. Pero si no es capaz de controlarse y ser fiel, y voy a tener que aguantar sesenta años de una mierda como esta, quiero saberlo.
Me estudia con atención y, al principio, creo que va a llamarme loca otra vez.
—¿Te importaría?
Parpadeo, sorprendida. ¿Cómo puede pensar que algo así no iba a importarme?
—¿Cómo?
—Ya me has oído.
Suelto una risa amarga.
—Por supuesto que me importaría. ¿Cómo se te ocurre?
Asiente lentamente.
—Lo que quiero decir es que tienes a quinientos amigos y familiares al otro lado de esta cordillera que te esperan para celebrar la boda del siglo. La has planeado durante casi dos años y te has gastado la pasta de tu padre. Digamos que descubres que Peter te engañaba desde el primer día. ¿De verdad vas a decirme que lo mandarías todo al cuerno? ¿Así como así?
Lo miro anonadada.
—Pues… ¿sí?
Mi voz tiembla con indecisión.
Tiene razón. Estoy metida en esto hasta el cuello. No siento que tenga opción, aun sí…
Dios mío.
—Mira, Peter me envió un mensaje y me pidió que te acompañara a recoger los anillos. Eso es todo. No tengo ni idea del porqué. Quizá quiso protegerte, o quizá pensó que si veías el lubricante te pondrías como una furia. No lo sé. Solo hice lo que me pidió, ¿vale?
Inclino la cabeza, incapaz de hablar.
—Y también creo que los dos sabéis muy bien dónde os metéis. Tú has elegido. Las invitaciones se enviaron y la gente está esperando. ¿Entiendes? —Se encoge de hombros—. Así que por eso, incluso si supiera algo concreto acerca de las actividades extracurriculares de Peter en las que no participas, y no digo que así sea, tampoco te lo diría. Porque. No. Importa.
En la radio salta un anuncio de colchones con una melodía publicitaria irritante. Fuera, la nieve que asalta el coche se parece cada vez más al granizo. El vehículo se balancea a causa de los empellones del viento.
Por supuesto, una vez más, Dumbledore tiene razón. Dios, lo odio.
—Así que muévete y cambiemos de asiento de una vez —murmura.
Sí. Abro la puerta con cuidado, pero el viento se hace con ella y la abre por completo. Antes de salir fuera, me doy cuenta de que las cosas se han puesto serias.
Ya hay cinco centímetros de nieve en el suelo. El viento helado me atraviesa los pantalones. Me arrebujo en la sudadera, me pongo las sandalias (que no son lo más adecuado para salir a la intemperie) y casi me resbalo y caigo sobre mi trasero para cuando llego al asiento del pasajero.
Estoy helada. Pongo la calefacción y apunto la salida de aire hacia mí.
Como Edward es el Dios de la Nieve, se toma su tiempo y pasea por la nieve, sin que le afecte el viento frío. Abre la puerta y se desliza dentro sin prisas.
—Por el amor de Dios, ¡cierra la puerta! —chillo.
Lo hace, se saca la gorra y la sacude. Tiene estática en el pelo y las mejillas enrojecidas por el frío. Le sienta bien. En cambio, es muy probable que yo tenga tan mal aspecto como me siento.
Me repasa de arriba abajo y sonríe.
—Sandalias. Eres de lo que no hay, Novzilla.
Frunzo los labios y me concentro en volver a erigir el muro entre nosotros y en refugiar mi mente en un lugar feliz, lejos de aquí.
—Y además —dice, a la vez que estira la manilla y separa el asiento lo bastante como para estirar sus largas piernas—, creo que vas a tener una tremenda tormenta de nieve para la boda.
No digo nada porque es probable que Dumbledore tenga razón. Otra vez.
