16:30 h

6 de diciembre


Es un problema grave.

Llevamos cuarenta minutos sin movernos.

Ha oscurecido rápidamente, y todo lo que nos rodea es de un color gris apagado. Apenas veo a dos metros de distancia porque la nieve lo impide. De vez en cuando, las luces rojas de los frenos de los coches destacan contra el blanco impoluto.

Edward deja caer la mano sobre el freno y agarra el mango con sus grandes dedos. Mientras conducía, se ha arremangado la camisa de franela porque he subido la calefacción al máximo, dado que mis dedos de los pies se han transformado en cubitos de hielo. Su antebrazo es masculino y musculoso y amenaza con hacerme recordar el resto de las partes de su cuerpo que también son perfectas. Es posible que ahora las lleve tapadas, pero las conozco de manera muy íntima, y tenerlas tan cerca es una receta perfecta para el desastre.

¿Cómo pude pensar que esto era una buena idea? Ah, sí. No se me ocurrió a mí.

Debería haber venido sola.

O quizá no debería haber venido jamás. ¿Por qué tuve que obcecarme en que todo fuera perfecto?

Los coches llegan lentamente desde el valle, pero no suben. A mi lado, Edward estira el cuello para intentar ver qué ocurre.

—¿Por qué no hemos parado a comer? Estoy muerto de hambre.

—Porque no nos soportamos y no quiero pasar más tiempo contigo del absolutamente necesario —murmuro, con el pie sobre el salpicadero mientras intento hacerme la pedicura—. Deja de moverte.

—Es el viento, idiota.

Lo sé. Pero reprochárselo me hace sentir mejor. Aunque no nos hemos movido en una hora, sigo sin poder aplicarme el pintaúñas porque el viento no hace más que bambolear el coche.

A esto me he visto reducida. Hoy me habría pasado el día en el balneario del hotel, donde me habrían dado masajes y aplicado un tratamiento corporal completo, y ahora lo único que tengo son medidas desesperadas. Es decir, una pedicura de tres al cuarto en el asiento del pasajero de mi Mini. Llevaba encima una lima y un poco de pintaúñas de color lavanda, que es mejor que nada. Mañana me levantaré un poco antes para estar perfecta cuando llegue la hora de la boda.

Trato de ignorar el hecho de que, aunque fuéramos a toda velocidad hacia el Midnight Lodge durante lo que queda de tarde, no llegaríamos a tiempo para el ensayo de la cena.

Justo cuando termino con el dedo meñique, en mi teléfono aparece un mensaje de Rosalie: «Dios mío, ¡esto es horrible!».

Contesto: «No pasa nada, solo es una borrasca. Terminará pronto». Luego llega un mensaje de Peter: «Date prisa, cariño. Te espero. Tengo ganas de que llegue mañana».

Sonrío mientras me soplo las uñas. ¿Por qué me preocupaba tanto?

Después leo el siguiente mensaje de Rosalie: «Siento decírtelo, pero tu madre estaba mirando el canal del tiempo en su habitación y dice que va a nevar toda la noche, hasta mañana por la mañana».

¿Qué? Casi se me cae el botellín de pintauñas que tengo en el salpicadero, y me apresuro a poner la radio.

—¿Puedes poner esa emisora que escuchabas? ¿La aburrida 105 FM?

Necesito saber qué dicen del tiempo.

Suelta un bufido.

—Olvídalo. Aquí no llega la cobertura de ninguna radio de Denver.

Agarro el móvil y compruebo qué dice del tiempo. Estamos cerca de Desesperación (menudo nombre tiene el pueblo, ni hecho a propósito), y dice que nevará hasta las siete de la mañana. También hay aviso de ventisca hasta las seis de la mañana.

Joder, joder, joder.

Voy a escribirle una carta bastante fuerte al hombre del tiempo del área metropolitana. Echo la cabeza hacia atrás y gimo. Al hacerlo, un fuerte remolino de viento sacude el coche y siento que el miedo me recorre la columna vertebral. ¿Es posible que el viento transporte un coche y lo haga volar por los aires, barranco abajo? ¿Un coche, digamos, como el mío?

Espero que no.

Cuando el viento se calma, doy un puñetazo en el salpicadero.

—¡Joder! ¡Muévete ya! Maldita sea, ¿me oyes?

Edward me mira.

—Eh, locuela.

—Es algo más que una ventisca —digo, compungida.

—No me digas.

Sí, exacto. No se lo había dicho yo, era él quien repetía lo de la tormenta de nieve. Nota mental: cuando el tipo con el que viajas es un genio y un mago de las matemáticas y nunca se ha equivocado en su vida, hazle caso.

Los anillos de alambre no parecen tan mala idea, desde donde estamos.

La esperanza brota en mi interior cuando los coches que están delante empiezan a moverse.

Sí. Sí. Sí. Muévete, sigue así.

Parpadeo como si me hubieran dado un puñetazo cuando se detienen. Debería haber adivinado que era demasiado bonito para ser verdad. Hemos avanzado seis metros en sesenta minutos. A este paso, llegaremos a Midnight Lodge cuando lleve dentadura postiza.

Se me han secado las uñas de los pies, al menos. Tienen un aspecto terrible pero están mejor que antes. Empiezo con las manos. Me gustan las uñas cortas, para no mordérmelas. Al menos, no las tengo mordidas hasta la carne, como de costumbre. Últimamente he tenido que dormir con bolsas en las manos, porque me muerdo las uñas incluso dormida. Y quería estar bien para la boda.

Pero como dice Edward, todavía están horrorosas.

Mientras me limo las uñas, aparecen luces rojas y azules en el espejo retrovisor. Es un coche de policía que asciende por el arcén, seguido de una ambulancia.

—Un accidente. —Suspiro y rezo una breve oración por los accidentados.

Edward se pasa la mano por la cara y bosteza.

—Bueno, si retiran los coches implicados en el accidente, quizá nos dejen seguir.

—¿Tú crees? —Compruebo el móvil. Si pudiéramos saltarnos el límite de velocidad, quizá no llegaríamos tan tarde.

—No lo sé.

—Si podemos avanzar y aprietas el acelerador, quizá nos dé tiempo a llegar al ensayo.

Me mira, escéptico.

—¿En serio?

Asiento.

—Déjame que te haga una pregunta. ¿Sabes cómo es una boda?

Asiento.

—¿Te has imaginado tu boda desde que eras una niña pequeña?

—Pues sí.

—¿Sabes cómo caminar derecha y decir «Sí, quiero»? Ya veo por dónde va.

—Sí, pero…

—Entonces, ¿por qué demonios necesitas ensayar?

Agarro la lima de uñas y la agito frente a él como si fuera un arma.

—Obviamente porque necesito saber dónde ponerme y cómo proceder y todo eso.

—Así que prefieres que nos matemos en esta montaña tratando de llegar a tiempo a tu ensayo, en lugar de ponerte en el sitio equivocado mañana en el altar —dice, rascándose la sien—. Muy lógico, de verdad.

Lo odio, de verdad que lo odio. Pero, por algún motivo, me echo a reír, quizá para ocultar que me hace saltar más veces de lo que debería.

—No seas estúpido. Además, mañana no habrá ningún altar. Es una ceremonia laica. Y es la ceremonia de mi vida, así que tiene que ser perfecta.

Se ríe, y la flota de vehículos de emergencia nos deja atrás y desaparece más allá de la curva de la carretera.

—Exacto. Mala suerte. Porque si estuviera en tu lugar, ahora mismo estaría rezando para que pudiéramos cruzar la colina esta noche.

Mi corazón da un vuelco nervioso, aunque obviamente sí que estoy rezando para salir de aquí.

—¿Cómo? Has dicho que una vez dejemos atrás el accidente, no debería haber problema.

—Trataba de evitar que me apuñalases con eso que tienes en la mano—gruñe, mirando al frente.

Los coches empiezan a moverse. Ascendemos un poco más. En el carril en dirección opuesta pasan bastantes coches. Espero que signifique que han dejado atrás el accidente. Empiezo a aplaudir cuando arrancamos y nos movemos a dieciséis kilómetros por hora.

Pero al rodear la montaña, me vengo abajo.

Todos los coches que avanzan hacia las luces rojas y azules se ven obligados a dar media vuelta. Un oficial de policía les indica que deben volver a bajar y deshacer el camino recorrido.

Había empezado a pintarme las uñas de las manos, pero sin querer hago un puño y me embadurno.

—No —gimo—. ¡No, no, no!

—Relájate —murmura Edward—. Y aparta esa lima antes de que se la claves en el ojo a alguien.

La agarro con tanta fuerza que me sorprende que no se haya fusionado con la palma de mi mano. Aflojo la presión.

—¿Crees que esto es ridículo? ¿Que soy ridícula? ¿Porque no quiero alambre?

—¿Alambre?

—Sí. Peter dijo que no debía ir a por los anillos, porque solo son un símbolo. Dijo que podíamos usar alambre. Pero yo quería que todo fuera perfecto, y… —Me cubro la cara con las manos—. Soy una idiota.

—No se puede utilizar alambre —masculla.

Giro la cabeza para mirarlo, asombrada. Por una vez en su vida, ¿me da la razón?

—Pero jamás habría sido tan estúpido como para olvidar los anillos de mi boda en casa. Al menos, si significaran algo para mí.

Me pongo rígida porque sus palabras son como un punzón de hielo que me atraviesa el corazón.

—¿Qué insinúas? ¿Que a Peter no le importa casarse conmigo?

Se encoge de hombros.

—No. Solo digo que él y yo somos distintos.

Ya. Lo sé perfectamente. Esas diferencias son la razón por la cual amo a Peter y odio al hombre que está sentado a mi lado.

Pero no me gusta admitir que Edward tiene razón. Él jamás se habría olvidado los anillos de boda.

Un policía en medio de la carretera organiza el tráfico. Edward acerca el coche y baja la ventanilla. Su tono de voz cambia; habla con el policía como si fuera un humano de verdad.

—Hola, ¿alguna posibilidad de cruzar?

El policía niega con la cabeza.

—No lo aconsejamos. Los coches resbalan a partir de este punto.

Rechino los dientes.

—Edward, si tenemos que dar la vuelta y volver a Boulder, no llegaré a tiempo para la boda.

En cuanto pronuncio las palabras, me doy cuenta de lo que acabo de decir.

Voy a perderme mi propia boda. Empiezo a temblar.

Edward me mira y tamborilea los dedos sobre el volante otra vez. Es posible que esté nervioso porque intenta ser agradable con el policía, y no suele ser agradable con nadie.

Yo estoy tan histérica que ni siquiera puedo parpadear. Detrás de nosotros, los coches dan la vuelta y regresan hacia Boulder. Sus luces dibujan arcos en mi parabrisas.

Me señala.

—Escuche, su boda es mañana por la noche. En Midnight Lodge. Si no llega, se montará una buena. Tiene quinientos invitados esperándola.

El policía se acerca y me enfoca con la linterna. Le ofrezco mi mirada más desamparada.

—¿En serio? ¿Os vais a casa? Mazel tov.

Edward no se molesta en sacarlo de su error.

—¿Cree que podríamos pasar?

—Si van poco a poco, no debería pasar nada. Hay un puñado de paletos que van demasiado deprisa y bastantes coches atrapados. Tómenselo con calma. Les dejaré pasar.

Me agarro las manos y digo:

—¡Oh, muchísimas gracias! ¡Muchas, muchas gracias!

Edward sube la ventanilla y lo saluda mientras el primero hace señas a otro policía. Juntos nos guían a través de los vehículos de emergencia y dejan atrás una camioneta estampada contra la valla de contención.

Y volvemos a estar en marcha.

Al cabo de unos minutos, tengo que decírselo. A regañadientes, murmuro:

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por decirle al policía que teníamos que pasar y no darte por vencido.

—Bueno, no me parece lo más sensato —responde, con la mandíbula tensa—. Y no lo hago por ti. Lo hago porque creo que prefiero caerme por un barranco antes que pasar la noche contigo en Boulder.

Lo miro furiosa.

—Lo mismo digo.

Gruñe como si estuviera de acuerdo con lo dicho.

El coche no parece tener tracción. Se desliza por la carretera cubierta de nieve, y no hay marcas por las que guiarse.

—Creo que deberíamos ir despacio —sugiero mientras me froto las manos a la vez que le da más gas al coche para subir la montaña.

—Ya. Voy a ir tan lento como pueda.

Sonrío. Quizá no lo odio tanto, después de todo.