17:46 h

6 de diciembre


Bueno, la cosa fue bien durante un rato.

Pero la alegría no duró mucho.

Cuando Edward dijo que se daría prisa, tendría que haber comprendido que era un término relativo. Es cuidadoso y calculador. Es lento y decidido. Jamás será un piloto de carreras.

Por enésima vez, me imagino alargando la mano y apretando el acelerador. Pero es tan posesivo con el pedal como con la bocina.

No debería haberle dejado conducir.

La parte buena es que no hemos derrapado ni una sola vez. Y seguro que la carretera está resbaladiza, porque hay coches en los arcenes, aparcados contra los guardarraíles en ángulos poco naturales.

La parte mala es que todavía estamos a cuatro horas del hotel.

La radio no tiene cobertura, así que nos hemos quedado sin hilo musical. Sin el cargador, al móvil solo le queda un treinta por ciento de batería. No es que importe: tampoco tendría señal, aquí arriba.

Y la peor parte de todo es que estoy atrapada en esta montaña a solas con Edward.

Bienvenidos al infierno.

—¿Tienes cobertura? —le pregunto con un suspiro.

Chasquea la lengua.

—No lo sé, déjame mirarlo —murmura, pero su voz rezuma sarcasmo.

Vale, debería darle un respiro. No es el trayecto más fácil del mundo y es una imprudencia que aparte la vista de la carretera para comprobar el teléfono que tiene en el bolsillo. Las luces del Mini solo alumbran unos tres metros por delante del coche, y la nieve cae, implacable. Debe de haber unos veinte centímetros de nieve acumulada, y no tiene pinta de que vaya a aminorar. Edward parece relajado, pero la verdad es que siempre está así, con una mirada distante, como si no estuviera aquí. Jamás lo he visto animado por nada.

Bueno, una vez sí. Pero no voy a pensar en aquella noche.

Llevamos media hora conduciendo sin ver un alma. Conozco el camino, por lo general hay bastante tráfico. De hecho, he pasado por aquí una docena de veces, sobre todo en los últimos meses, para repasar detalles de la boda. Pero ni siquiera yo estoy segura de dónde nos encontramos. Todo está oscuro y no se ve nada.

Cuando diviso el cartel del Parador Overlook Pines, suspiro. Estamos tan lejos de nuestro destino que ni siquiera es divertido.

De repente, el ritmo que llevamos parece el de un caracol.

—¿Te importaría acelerar un poco más? —Me muevo en el asiento del pasajero, inquieta, como si montara un caballo de carreras y eso fuera a ayudarnos a ir más deprisa.

Se frota un ojo.

—Creo que deberíamos tomarnos una pausa en este parador.

Lo miro furiosa.

—¿Qué? ¡No!

—Sí. Casi derrapo por el barranco en esa última curva. La tracción de este coche es nula. Deberías llevar cadenas. No podremos con la siguiente subida. Prefiero esperar a que pase la tormenta en un sitio caliente, donde podamos tomar un café, en lugar de quedarme atrapado en el coche.

Empiezo a hiperventilar.

—¿Estás diciendo que te das por vencido? Si no seguimos, me voy a perder mi propia boda.

—No, no digo eso. Hemos llegado bastante más lejos que si hubiéramos dado la vuelta. Si esperamos un poco en la siguiente parada, es posible que las máquinas quitanieves pasen por la mañana a primera hora y podamos irnos entonces. ¿A qué hora te casas?

¿Cómo es posible que no lo sepa? Ha recibido una invitación escrita a mano y en papel verjurado, como todos los demás.

—A las once.

—Exacto. Sí, hay tiempo de sobra.

Sacudo la cabeza con vehemencia. Tengo una maquilladora y una peluquera programadas a las ocho de la mañana para doblegar a mis rizos rebeldes y lograr que mis cejas parezcan perfiladas. El día en el balneario era el aperitivo, pero antes de que pudiera caminar por el pasillo hasta mi prometido, tenían que pasar muchas cosas.

—No, no lo hay. No lo entiendes. Ya me he perdido el día en el balneario. Tengo que ponerme a punto. Si llego a las once menos cuarto, ¡tendré un aspecto horrible!

No lo niega.

—Pero llegarás a tiempo. Seguro que eso es mejor que estar muerta en un barranco.

Me imagino la escena. Yo, corriendo hacia mi boda con mis rizos de loca y las cejas sin depilar, como si fuera una neandertal. Las fotografías que enseñaremos a nuestros nietos demostrarán que el abuelo se casó con una mujer de las cavernas. No, gracias.

—No —mascullo—. Quiero que Peter me mire y piense «Guau», no «¿Qué demonios es ese adefesio?».

—¿Te refieres a Peter el Distraído?

—¿Qué insinúas?

No contesta. No hace falta. A menos que llegue con un barril de cerveza a cuestas o desnuda, lo más probable es que Peter no se fije en mí.

Aun así, la incongruente imagen de la cara de horror de Peter flota en mi mente y sacudo la cabeza.

—No, tenemos que llegar antes. No podemos parar.

Exhala un suspiro torturado junto con algo que suena como «Novzilla».

¿De verdad ha vuelto a insultarme con eso? No lo soporto más.

—Escúchame, pedazo de alcornoque engreído. No soy Novzilla. Es el día más importante de mi vida. Peter es la persona más importante de mi vida. Quiero estar guapa para él. ¿Lo entiendes?

No contesta.

Me cruzo de brazos.

—Claro que no lo entiendes. Me olvidaba de quién eres. ¿Alguna vez te ha importado alguien excepto tú mismo? Vamos, si ni siquiera tienes novias. Nunca has salido con nadie.

Me mira de reojo.

—Eso no es cierto.

—¿De verdad? ¿Cuánto ha durado tu relación más larga?

No responde.

—Ajá. Lo que quieres decir es que te has tirado a un puñado de chicas. Eso es todo. ¿Alguna vez has repetido con alguna? ¿Eh?

Observo su rostro, dibujado contra el pálido resplandor del salpicadero.

Se pasa la lengua por los dientes.

—Claro que sí.

—Seguro. ¿Con quién?

Se aparta de mí para que no pueda verle la cara. Espero la respuesta. Sigue sin decir nada.

—Admítelo. Es imposible que entiendas lo que siento porque nunca has intentado estar guapo para nadie. Tienes suerte porque estás bueno; de otro modo, jamás conseguirías que las chicas te hicieran caso.

Sonríe.

—¿Crees que estoy bueno?

Me muerdo la lengua. Me pongo roja. ¿Acabo de decirle eso? Acabo de decirle eso.

—No importa. —Intento disimular—. Actúas como el imbécil creído que eres, y la gran mayoría de mujeres no te soporta. Las inundas con tus opiniones y tu ego y haces que lamenten el día en que te conocieron.

Ladea la cabeza hacia mí y aparta la mirada de la carretera para observarme. Veo algo distinto en sus ojos. No dice una palabra, pero quizá he logrado penetrar esa coraza exterior, porque parece… enfadado.

Tanto, que tengo que desviar la mirada.

Por primera vez, creo que quizá he ido demasiado lejos.

Hay una flecha que señala el parador. La parte superior está cubierta de nieve y solo se lee STOP SALIDA. Las líneas de la carretera están ocultas bajo una espesa capa blanca, y el viento ha borrado las huellas de los coches que han pasado antes que nosotros, así que no se ve demasiado bien dónde está la carretera.

Cuando empieza a desviarse hacia la salida, agarro la manecilla de la puerta. Señalo.

—Eh, la carretera está por ahí.

Asiente.

—Vamos a parar para turnarnos. Si quieres volver al hotel esta misma noche, conducirás tú.

—Vale —respondo y levanto el mentón—. No hay problema.

Cree que es muy listo. Bueno, puedo conducir tan bien como él. Puede que incluso mejor. Así dejaremos de perder el tiempo y ganaremos kilómetros.

Nunca he estado en este refugio porque jamás he tenido que enfrentarme a una tormenta de nieve. No es un parador muy grande, la verdad. Hay una zona de aparcamiento enorme y vacía, y en un rincón, un edificio pequeño y cuadrado de ladrillo, iluminado por una única farola. Un cartel que dice «Lavabos» está casi oculto por la nieve.

—¿Cómo es que no hay nadie? —me pregunto en voz alta. Seguro que habrá más gente que se haya quedado atrapada por la tormenta.

—Porque todos han tenido el sentido común de volver a Boulder.

Aparca el coche en mitad del aparcamiento.

—Fantástico —murmuro, a la vez que me dispongo a abrir la puerta para cambiar de asiento—. Vamos.

Señala al edificio.

—¿Te importa si voy al baño?

Pongo los ojos en blanco.

—Si no puedes aguantarte.

Se pone la gorra, abre la puerta y un remolino de viento helado y nieve entra al interior del coche. Dice algo antes de cerrar la puerta, pero el viento sopla con demasiada fuerza.

Decido que no voy a salir con las sandalias, así que trepo con cuidado por el salpicadero, y eso en mi coche de juguete implica un despliegue de movimientos digno de una contorsionista. Para cuando llego allí, todavía camina en dirección al edificio, a través de la nieve que le llega hasta la pantorrilla, con el cuello de la camisa de franela subido para protegerse la cara.

Toco la bocina.

No se gira, solo extiende el brazo y me muestra el dedo corazón en un gesto obsceno. Veo su silueta perfectamente dibujada bajo el brillo de la única bombilla frente al edificio.

Qué imbécil redomado. No puedo creer que le haya dicho que pienso que está bueno. Me sorprende que se hunda en la nieve: su ego hiperinflado debería hacer que flotase hacia los lavabos.

Mientras desaparece al entrar en el edificio, pienso en el resto de cosas que le he dicho: que repele a las mujeres en cuanto abre la boca. Jamás lo había visto tan enfadado. Quizá he sido dura, pero es la verdad. Y si tanto le preocupa, podría cambiar. No es tan difícil ser amable de vez en cuando. Ni siquiera necesita serlo siempre. Dios sabe que yo tampoco soy perfecta, pero…

Es imposible que sepa qué significa querer a alguien como yo quiero a Peter. Durante el primer año de relación, cada noche veía una hilera de hermosas mujeres abandonar la habitación de Edward en la casa de fraternidad, dando el mismo paseo de la vergüenza que yo el día después de mi primera fiesta. Después de que él se licenciase, cada vez que quedábamos, solo éramos tres en el restaurante o en el bar. Edward jamás trajo a ninguna chica. Ni siquiera cuando lo invitamos a la boda, aunque extendimos la invitación por si quería venir con alguien. Pero solo confirmó su asistencia, nada más.

Es un lobo solitario. Eso es. El tipo de hombre que se quedará soltero para siempre.

Un imbécil, un idiota y un estúpido.

No, no del todo. Rectifico al recordar los GRE.

Era marzo, hace más de dos años, y aún no había tenido lugar el incidente que casi terminó con Peter y conmigo. Edward había venido a la ciudad, y como yo acababa de cumplir los veintiuno, habíamos salido a tomar una copa en Gritty's, el bar local al que por fin podía ir. Me estaba quejando a Peter de que probablemente tendría que sacarme los exámenes de acceso al posgrado para intentar entrar en el programa de másteres de la Universidad de Colorado, los GRE, porque no estaba segura de que mi licenciatura fuera suficiente. Pero no sabía por dónde empezar, en especial en lo relativo a las matemáticas.

Edward me dijo que él se los había sacado hacía unos años, cuando había cursado su máster en Administración de empresas, y que me ayudaría si lo necesitaba.

Me quedé boquiabierta ante su ofrecimiento. Estaba muy ocupado con el trabajo, o eso creía yo. Pensé que lo hacía porque le encantaba alardear de su capacidad mental. Así que no le di más importancia.

Siempre supe que Edward era muy inteligente, pero entonces descubrí que era un genio. Él y las matemáticas estaban hechos el uno para el otro, como la mantequilla de cacahuete y la mermelada. Era capaz de calcular ecuaciones complejas mentalmente, y sabía la respuesta incluso antes de que yo hubiera terminado de leer el enunciado.

Venía a mi residencia y nos instalábamos en el área común. Conducía desde Denver para venir a darme las clases de repaso, y solo hablábamos de matemáticas. Pero claro, las chicas enseguida se fijaron en él. Siempre que estábamos juntos, aparecían todas con cualquier excusa para mirarlo y tratar de llamar su atención, sobre todo cuando les decía que no era mi novio.

Pero él jamás mordió el anzuelo. Cuando venía a las sesiones, se comportaba casi como si fueran reuniones de trabajo. Una vez, una de las chicas se lanzó a flirtear con él cuando se iba, y él la cortó de raíz.

Más tarde, Peter me dijo que Edward había sacado la máxima puntuación en todas las pruebas de los GRE. Ni siquiera sabía que eso fuera posible.

Por cierto, yo no saqué la máxima puntuación, pero obtuve notas mucho mejores de las que habría tenido sin su ayuda.

No solo eso, Edward siempre había sido un amigo leal para Peter. Recuerdo una vez, durante mi primer año, en que fuimos todos juntos a una fiesta en TKE solo para robarles algunas cosas, que es lo que hacían los estudiantes de los últimos años. Peter se lo pasó genial, porque, además, era el presidente de la fraternidad, pero Edward no parecía muy interesado. El plan era que yo distrajera a los chicos de TKE jugando a cartas y chupitos con ellos, mientras Peter y el resto se llevaban lo que quisieran.

Pero, por desgracia, era muy mala jugando a cartas y terminé tan bebida que apenas me tenía en pie.

Lo último que recuerdo de esa noche, mientras me tendía en el sofá del salón común, era que Edward hablaba con uno de los chicos de TKE, que había dicho:

—¿Y a quién tenemos aquí? —Con intención, como si fuera a aprovecharse de mí.

Edward replicó:

—A la novia de mi mejor amigo. Tócala y te romperé todos los dedos.

Mmmm. Quizá sí había sido demasiado dura con él. Se había ofrecido a ayudarme. No era tan malo, después de todo.

Mientras rememoro su aspecto, con gafas y la cara hundida en un libro a la vez que trataba de ayudarme a resolver una ecuación, aparece en el umbral del refugio y vuelve a caminar hacia mí. Recuerdo cómo olía: de manera masculina y limpia, y, entonces, algo dentro de mí se enciende, por mucho que intente evitarlo.

«Cálmate de una vez. Vas a casarte con su mejor amigo».

Para cuando Edward llega a la puerta del Mini, mi mente está donde no debería: en aquella noche, en su habitación inmaculada, en las sábanas de color blanco de su futón, donde hicimos cosas muy traviesas que ningún chico con miedo a que la gente lo toque debería ser capaz de hacer.

Luego, abre la puerta y me estremezco. La cierra y me tiende una chocolatina Milky Way.

—¿Tienes hambre?

Parpadeo. Gruñe, con el ceño fruncido:

—Lo siento, el solomillo a la pimienta no estaba en el menú.

Sacudo la cabeza. Me sorprende que me haya traído una chocolatina. Sí que estoy hambrienta, pero quiero que mañana el vestido me quede como un guante. Y estoy decidida a ponérmelo. Porque mañana habrá una boda. Es lo que he decidido, con o sin tormenta de nieve.

—Como quieras —contesta, y abre la barrita.

Trato de no pensar en Edward mientras se come la deliciosa chocolatina, y pongo en marcha el coche para salir, intentando ver la carretera.

Pero no puedo.

Es un mar de color blanco.

No se distingue dónde termina la carretera y dónde empieza la montaña.

No pasa nada. Puedo hacerlo.

No voy a dejar que el genio que tengo al lado, don Exámenes Perfectos, vuelva a tener razón.

Mordisquea el Milky Way y se me hace la boca agua al oírlo masticar. No he comido nada calórico desde que Peter me pidió matrimonio, y no voy a empezar ahora, cuando estoy en los últimos cien metros de la carrera.

—El parador no estaba mal. Había calefacción y café. Una televisión, también. Decían que la tormenta amainará al amanecer.

Suspiro. Eso no va a ayudarnos ahora, cuando está oscuro como si fuera medianoche, aunque apenas son las seis de la tarde. Y no me sentaría mal un poco de café. Pienso en parar y tomarme una taza, pero sería perder el tiempo. Si salimos ahora, llegaremos a tiempo de descansar bien durante la noche, aunque seguro que me habré perdido la cena de ensayo.

Se pone el cinturón sobre su ancho pecho y oigo el clic. Luego dice:

—Sabes, enana… Creo que eso no es la carretera.

Parpadeo, agotada, demasiado alterada para pensar.

—¿Qué? No, seguro que sí.

Señala en una dirección totalmente distinta hacia la que voy.

—La carretera está ahí.

Aminoro la velocidad y me acerco al parabrisas, para tratar de limpiar el hielo.

—¿Entonces, adónde lleva esto?

Sus labios se curvan hacia arriba y por un segundo creo que ha sonreído.

—No estoy seguro de que queramos descubrirlo.

Se me hace un nudo en el estómago a causa de su sutil y estúpida sonrisa, activo los limpiaparabrisas y acelero un poco.

Sacudo la cabeza al ver el guardarraíl frente a nosotros, así como una línea blanca recta que debe de ser la carretera. Voy directa hacia ella.

—Es por ahí.

—Ahh… No, es…

No puede decir nada más porque antes de darme cuenta, notamos un enorme golpe y, de repente, vamos hacia abajo.

Piso el freno, pero el coche resbala, damos una vuelta y un montón de nieve cae sobre el parabrisas.

Edward me grita órdenes.

—¡Suelta el embrague! ¡Gira el volante!

Pero yo solo quiero frenar y no tengo ni idea de hacia dónde girar el volante.

Oigo tres ramas que rasgan las ventanillas, piedras bajo el chasis, y el coche no deja de deslizarse hacia lo desconocido. En mi mente, hay una caída de trescientos metros al final del recorrido.

Chillo y me tapo la cara con las manos.