18:34 h

6 de diciembre


Soy una estúpida.

Estoy sentada en el coche; los limpiaparabrisas se mueven a toda velocidad y los faros iluminan un abeto nevado cuyas ramas están apretadas contra el parabrisas. No estoy segura de dónde estamos, porque al mirar por el espejo retrovisor no veo nada excepto la luz roja y apagada de los faros posteriores. Tengo la calefacción al máximo porque no dejo de temblar.

Un segundo más tarde, se abre la puerta. Edward mete la cabeza.

—Buenas noticias. No creo que el coche esté averiado. Solo ha sido una carrera.

Se comporta como un ser humano, y lo aprecio porque me siento como una mierda.

Me sorbo la nariz. Creo que me estoy resfriando. Genial. Han pasado casi quince minutos del accidente y todavía no he soltado el volante.

—¿Qué hacemos ahora?

Se desliza dentro del coche, cierra la puerta y se sacude la nieve de la cabeza. Un segundo más tarde, me doy cuenta de que sostiene un Milky Way. Es para mí. Lo acepto y me lo meto en la boca.

Jamás he probado nada tan delicioso en toda mi vida. Dulce néctar de los dioses.

—¿Mejor?

Asiento mientras lamo el chocolate con fruición.

—¿Más?

—¡Dios, no! No puedo. Tengo que meterme en un vestido mañana, ¿recuerdas?

Suelta un bufido.

—Si comieras desde ahora hasta la boda, seguirías sin tener el menor problema. Date permiso para vivir.

Todavía huelo el chocolate. Tiene suerte de que no me abalance sobre sus manos y lama el chocolate que tiene en los dedos.

—No me tientes. Estoy satisfecha.

Se mete la barrita en la boca y la miro con deseo hasta que desaparece.

—Vale, esto es lo que vamos a hacer. El parador no está lejos. Apaga el motor y cierra el coche. Esperaremos allí, y cuando pase una máquina quitanieves, preguntaremos si nos pueden ayudar a sacar el coche de aquí. ¿Te parece bien?

—¿Dejar el coche? Pero…

—Nadie te lo robará. Vamos.

Apago el motor y guardo las llaves en mi bolso. El aire frío se filtra en el interior del coche. Miro hacia abajo y digo, abatida:

—Llevo sandalias.

—Es verdad —dice entre risas—. Vamos, no está tan lejos.

—Espera… —Miro el asiento de atrás para asegurarme de que no me dejo nada. Quizá no soy una dejada como Peter, pero tampoco una obsesa del orden como Edward. En el asiento del Mini tengo un puñado de cosas que siempre terminan ahí y nunca guardo. Encuentro un cárdigan gigante y un sombrerito de lana que me olvidé en octubre, cuando fui a recoger calabazas con Peter e hizo demasiado buen tiempo. Pero no hay ningún par de botas extra, por desgracia.

Me pongo el jersey y el gorro y le hago una seña a Edward, que tiene la mano en la puerta listo para abrir.

—Ya. Vamos.

Edward mira mi gorrito y sacude la cabeza. Lo observo, enfadada.

—¿Tienes algo en contra de las borlas?

—No, si tienes tres años.

—Cuando lleguemos al parador hazme un favor, mete la cabeza en el lavabo y tira de la cadena. ¿Vale?

Sonríe irónico y ahí está esa sombra de sonrisa, como si fuera demasiado bueno como para ofrecer al mundo una de verdad. Pero, ¿qué lo hace tan atractivo? ¿Aunque sea una sonrisa con un aire engreído, como si se sintiera orgulloso de ser capaz de sacarme de mis casillas?

Joder, necesito dejar de dar a Edward el poder de hacerme… El poder de hacerme nada. Si voy a pasar las próximas horas en ese parador con él, tengo que buscar mi equilibrio interior y no dejar que me altere.

Abrimos la puerta a la de tres. Aquí abajo no hace tanto viento porque estamos en la ladera de la colina, pero en cuanto se me hunden los pies en la nieve helada, suelto un chillido.

Dios mío, está muy fría y me llega hasta las rodillas.

Pugno por cerrar la puerta. Me aprieto el bolso contra el pecho y levanto el pie lo bastante para dar un paso en dirección a la parte trasera, hacia la fuerte pendiente.

Doy un paso torpe, luego otro.

Y me quedo quieta. Miro a mi espalda, las huellas en el suelo ya se están llenando de nieve.

—¡Oh, no! —grito, mientras los copos de nieve me azotan la cara—. ¡No, no!

Edward me ha alcanzado y ya está más arriba. No veo dónde termina la pendiente y se allana, pero podría quedar a miles de kilómetros. Porque entonces…

Dios mío.

Edward se da la vuelta con las manos en los bolsillos. Para él parece un simple paseo dominical.

—¿Sabes que solo llevas quince segundos fuera, verdad?

—Sí, pero… Joder. He perdido una sandalia. En algún sitio.

Me mira como si fuera patética. Tengo ganas de llorar.

—Y —gimo, sin poder evitarlo—, no puedo. Los pies… Me duelen.

Suelta un bufido y dice:

—Vamos, querida. No es tan grave.

—No, no lo entiendes. Por eso odio la nieve. Tengo el síndrome de Raynaud. —Hago una mueca de dolor. Me duele, me duele mucho. El dolor es insoportable, como si caminara sobre un tapiz de agujas.

Tengo ganas de morirme. No, no puedo seguir.

Me contorsiono para volver a la puerta del coche, meterme dentro y crear un agujero de hobbit para mí, donde esperar a que pase la tormenta. Que se vaya a su refugio, con su café, su calefacción, la comida y la televisión. Quizá me merezco esperar en el coche, helada de frío.

Antes de que me dé cuenta, una mano se desliza por detrás de mis rodillas y otra bajo las axilas, y me levantan del suelo. Me mareo, el mundo me da vueltas y, de repente, estoy en el refugio de sus brazos.

—¿Qué…?

—No soporto tus gimoteos, enana. —Su voz no suena forzada, no le cuesta nada llevarme en brazos. Su cuerpo es cálido y me hundo en la franela suave y húmeda a la vez que dejo que el calor que desprende me reconforte.

Sube por la ladera con pasos seguros y medidos, como si llevara toda la vida haciendo esto, y, además, no se queda ni una vez sin aliento. Mis pies están pálidos y blancos, casi azules, pero las mejillas me arden cuando abre la puerta del refugio.

Me deja en el suelo y me aparto con torpeza de su olor delicioso y masculino. En cambio, el recinto apesta como una mezcla de lejía y orina. El estómago me da un vuelco.

—Eh, gracias. —Me sacudo la nieve de la ropa. Me saco la gorrita y parpadeo a la luz del brillante fluorescente. Entonces, todo empeora.

Empiezo a sentir un terrible dolor en los pies, como si alguien los apuñalara y quemara al mismo tiempo.

—¡Ahhhh! —Con una sandalia puesta, me tambaleo hasta un banco en el centro de la sala y me dejo caer.

Ahora están rojos, peor que si me los hubiera quemado en la playa. Los dedos son de color púrpura, casi del mismo tono que la pedicura. Pero nada de eso es grave en comparación con el fuerte y palpitante dolor que siento.

Edward se acerca y me inspecciona.

—¿De verdad?

—Mírame los pies. —Se los muestro—. ¡Es un síndrome de verdad! Por eso odio la nieve. No puedo salir y pisarla, o… ¡Ay!

Lágrimas de agonía acuden a mis ojos mientras los froto para tratar de aliviar los pies, pero las manos también me arden. Tenía un par de guantes en la parte de atrás del coche, maldita sea. ¿Por qué no me los he puesto?

—Estás hecha un desastre, enana —murmura y se sienta a mi lado—. Vamos. Dámelos.

Me enderezo. No lo dirá en serio. Tiene TOC. No le gusta que lo toquen, ni tocar a los demás.

—¿Cómo?

Me levanta un pie y giro el torso para acomodarme. Luego se pone el otro sobre los tejanos. Noto sus muslos bajo mis pies. Me quita la sandalia y la tira al suelo.

Baja las manos para cubrirlos. Las tiene grandes y calientes.

—¿Qué hac…?

—¿Te gusta?

Está calentándome los pies. Genial.

No, mejor que genial. Peter jamás ha hecho nada parecido. La última vez que tuve un ataque de Raynaud fue durante la época más dulce de nuestra relación, cuando los dos fingíamos que nos gustaban las cosas que le gustaban al otro y demostrábamos lo divertidos y agradables que éramos. Habíamos ido a Winter Park a esquiar y casi me morí en el primer descenso cuando se me salió un guante. Peter se burló y me dijo que me fuera al hotel a sentarme frente al fuego mientras él esquiaba.

—Oh, sí. Es que no sabía que pudieras tocar a los demás… Pensaba que te resultaba problemático.

Se encoge de hombros.

—Parecía un asunto de vida o muerte. Además, haré lo que sea con tal de que te calles. —Me obsequia con una irónica ceja enarcada.

—¿Lo que sea? Mmmm —digo, en broma. Sus labios casi me ofrecen una media sonrisa.

Lentamente, presiona el arco del pie y trabaja el músculo. No solo me está calentando los pies, también me está dando un masaje lento, con movimientos rítmicos que aceleran mi corazón. A continuación, se concentra en cada uno de los dedos.

Sigue con ello durante los próximos cinco minutos, con mucho cuidado y de manera metódica. Jamás pensé que yo tuviera un fetiche con los pies, hasta ahora. No puedo evitar sentir una extraña vibración en la piel, en el estómago y en el pecho, donde debería estar el corazón, pero ahora parece haber un pájaro que no hace más que aletear.

Mis pies están bien. Más que bien. Están calentitos y alerta, como otras partes de mí que probablemente no deberían estarlo. Se me corta el aliento y mis pensamientos vuelven a aquella noche, cuando él y yo…

No. No puedo.

—Qué agradable. ¿Eres profesional? —digo, para romper el momento.

Parpadea y veo que fuera lo que fuera que lo tenía cautivado, ha pasado. Me levanta los pies y se aparta un poco, dejándolos caer al suelo.

—Creo que ya está.

—Sí, mucho mejor. Gracias.

Me siento con las piernas entrecruzadas en el banco y miro a mi alrededor. No hay gran cosa aparte de lo que Edward ha mencionado. El vestíbulo está vacío, excepto por el banco, un expositor con folletos de las atracciones más cercanas, un dispensador de plástico de muestrarios inmobiliarios, cubos de basura y reciclaje y una televisión que cuelga de la pared. ¡Y una máquina de café!

Supongo que no me fijé al principio porque el olor a lejía y orina es mucho más fuerte que el del café.

Casi tropiezo al levantarme para acercarme a la máquina. Es una cafetera barata, como las de oficina. La tapa está rota y no queda mucho café, pero tomo una taza de plástico y me sirvo lo que queda. Es horrible y maravilloso a la vez. Dejo que el amargo sabor me cubra la lengua y el calor entre en mis huesos.

Edward ha llevado a cabo un examen detallado de la estancia. Ha probado a abrir todas las puertas y ahora mira el escaparate de una tienda de regalos, cuya puerta está protegida por una persiana de seguridad. Parece algo nervioso.

—No me digas que querías comprar un imán de recuerdo de Colorado—digo y me acomodo como puedo en el banco de madera.

Señala el televisor.

En ese momento, veo el motivo de su preocupación. El presentador habla de un accidente con un camión de gran tonelaje en Dunn's Landing, que está a mitad de camino entre nosotros y el Midnight Lodge.

Me llevo un dedo a la boca para mordisquearme la uña y lo aparto de inmediato.

—Bueno, seguramente mañana por la mañana ya habrán retirado los restos del accidente que obstruyan la carretera.

—Quizá.

O quizá no. Sé lo que está pensando. Este viaje ha sido un infierno desde el principio. Con la suerte que tenemos, no retirarán el camión a tiempo.

Y no llegaremos a la boda. Me niego a pensar en ello. Todo saldrá bien.

El pasillo que sale del vestíbulo conduce a los dos lavabos, uno a cada lado, y a dos máquinas expendedoras con bebidas carbonatadas, barritas, chocolatinas y demás porquerías. El suelo es de cemento y frío, y me duele caminar sobre él con los pies desnudos. Me arrastro como puedo a la máquina más cercana y lo primero que veo es una bolsa de palomitas. Levanto el bolso, pero, entonces, recuerdo que casi nunca llevo suelto. Utilizo la tarjeta de débito para casi todo.

—¿Tienes un dólar? —pregunto. No hay respuesta.

Vuelvo al vestíbulo y miro. Edward no está.

Un segundo más tarde, aparece por una puerta trasera con el teléfono en alto.

—Aquí hay algo de cobertura, una barra.

—¿De verdad? —Lo dejo todo y me abalanzo con el móvil hacia la puerta trasera—. ¿Dónde?

—A unos tres metros de la puerta. A la izquierda.

Voy hacia la puerta y aprieto la nariz contra ella, tratando de ver el exterior. Hay un pequeño porche, montañas y montañas de nieve y poco más. No quiero que se me congelen los dedos de los pies otra vez, así que suspiro y levanto el móvil en un arco por encima de la cabeza. Quizá la cobertura llegue al interior del refugio.

—¿Has podido enviarle un mensaje a Peter? —pregunto mientras me paseo como una confusa Estatua de la Libertad que trata de lograr cobertura.

—Sí.

Espero a que me diga más, pero supongo que tendré que interrogarlo.

—¿Y?

—¿Y qué? Dice que te verá cuando llegues.

Arrugo la nariz. ¿Nada más?

—¿Y por qué no le decimos dónde estamos y que tenemos el coche en una zanja? Puede que llame a la policía estatal para que vengan a ayudarnos cuando la tormenta amaine.

Asiente y dice:

—No, no le he dicho eso.

Genial. ¿Por qué soy la única persona a la que esto le parece grave? Ojalá Edward tuviera un corazón de verdad o Peter fuera el tipo que se ha gastado todo el dinero de su padre en un solo día. Tampoco estaría de más que hubieran pasado las noches en vela y mordiéndose las uñas como yo. Entonces, quizá, les importaría.

Ugh. Hombres. Siempre tan despreocupados con las cosas importantes.

Me subo al banco y levanto el teléfono casi hasta el techo, manchado de humedad. No hay cobertura. Claro.

Salto del banco y vuelvo a la puerta de atrás. Correré al exterior y le enviaré un mensaje rápido a Rosalie. Los hombres de mi vida no saben cómo comunicarse.

Empujo la puerta y me lanzo hacia el viento despiadado, que atraviesa todas las capas de ropa que llevo. El suelo de cemento está cubierto con una fina capa de nieve barrida por la ventisca. El edificio no tiene el menor recodo donde refugiarse. Inclinada sobre el móvil, me acerco al borde del porche para encontrar la barra de cobertura y tecleo a toda velocidad:

«Estamos en el refugio Overlook Pines. El coche se ha quedado en la colina, pendiente abajo. ¿Puedes llamar a la policía por si pueden mandar una grúa lo antes posible? Aquí no hay cobertura».

Un segundo más tarde:

«¡Cariño! Por supuesto. Pero dicen que ha habido un accidente con un camión».

Suspiro.

«Lo sé. Quizá la grúa pueda venir mañana por la mañana. Y entonces todavía llegaré a la boda».

Me estremezco mientras el frío viento me despeina de manera desastrosa. Edward tiene razón: tengo un aspecto horrible con la manicura de batalla, las cejas sin depilar, el pelo suelto y despeinado y una única sandalia.

Y todo por mi culpa.

Solo porque no me conformé con anillos de alambre, porque quería que todo fuera perfecto.

No.

Aun así, lo será. ¿Qué había dicho Mimi? No es la boda, es el hombre. Ella se lo pasó divinamente en el paseo de Santa Mónica, partiendo el pastel con mi bisabuelo. Yo también puedo pasarlo bien con Peter, aunque tenga aspecto de mujer de las cavernas. Después de todo, de eso se trata en un matrimonio. Para lo bueno y para lo malo, ¿no? Además, si llego un poco tarde, puedo pedir a la peluquera y a la maquilladora que hagan algo sencillo en lugar del elaborado tocado que tenía en mente. Todo irá bien.

¿Ves, Edward? No soy Novzilla. Me dejo llevar.

Otro ramalazo helado me golpea. Tiemblo mientras tecleo:

«Siento haberme perdido el ensayo. ¿Cómo están todos? ¿Muy tristes?».

Unos momentos más tarde, responde:

«No pasa nada. Todo el mundo se lo está pasando bien. Peter ha sacado el karaoke».

Sonrío. Bueno, eso está bien. No me gustaría pensar que se aburren y se preguntan por qué no estoy allí. Pero ya no tengo de qué preocuparme, Peter es el alma de todas las fiestas. Allá donde va, todo el mundo está entretenido.

Mi sonrisa se desvanece.

Se supone que debería estar allí con ellos. Es donde quiero estar. Con mi familia, mis amigos y mi prometido.

Es mi boda, algo que llevo esperando casi toda mi vida. Y ni siquiera estoy allí para disfrutarlo.

Hago un esfuerzo por controlar el remolino de emociones que se apodera de mí y vuelvo al refugio. Edward está estirado en el banco, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, mientras mira la televisión como si estuviera en el sofá de su casa. Empieza una vieja serie de televisión con una sintonía demasiado animada. Las palabras Las cosas de la vida aparecen en la pantalla.

Edward la mira absorto, con una taza de café que ha dejado encima de su pecho. El boy scout ha hecho una cafetera nueva.

Los pies me queman de nuevo, pero tengo otros problemas en los que pensar. Voy a la puerta delantera y miro fuera. Hay al menos medio metro de nieve acumulada. Me envuelvo en el enorme cárdigan y me giro hacia él.

—¿No crees que deberíamos intentar avisar a la policía de que estamos aquí? —pregunto—. Quiero decir, el coche no se ve desde la carretera.

—¿Qué sugieres? —murmura, sin despegar la vista de la pantalla—. ¿Señales de humo?

Me encojo de hombros.

—No lo sé. ¿Tienes alguna idea?

—Sí. Esperamos. Es un refugio. Alguien vendrá.

—Pero es que no tengo tiempo. —Dejo caer la cabeza entre las manos—. Esta situación requiere que hagamos un esfuerzo por pensar en alguna solución distinta. Tiene que haber alguna forma de volver al hotel. Venga, ayúdame. ¿Crees que si mi padre alquilara un helicóptero…? ¿O…? No sé. Quizá una escolta policial. Un policía podría sacarnos de aquí. El que vimos en la carretera parecía amable. ¿Qué te parece?

No contesta. Ni siquiera me mira.

Chasqueo los dedos frente a él y, por fin, lo distraigo.

—¿Hola? ¿Alguna perla de sabiduría, oh gran ser brillante?

—Sí. —Asiente, mira por la ventana y casi pienso que va a esbozar un plan genial para que salgamos de aquí lo antes posible. Luego dice—: Te quedas con lo bueno. Te quedas con lo malo. Te quedas con todo. Y eso es… «Las cosas de la vida».

Lo miro incrédula.

—¿En serio?

—Sí, es un buen resumen. —Me obsequia con esa sonrisa irónica que me saca de quicio.

Y no puedo más.

—¡Te. Odio! —exclamo y me abalanzo sobre él, dispuesta a sacudirlo hasta que recuerdo que no soporta que lo toquen.

Que se aguante. No me importa. Lo tocaré tanto como me dé la gana. Le golpeo en el pecho y no se inmuta. Su expresión sigue relajada.

Eso me enfurece todavía más. Grito:

—¡Te odio, joder, joder, joder!

Se levanta y se cruza de brazos tranquilamente mientras me observa pasear arriba y abajo con los nervios a flor de piel. Me ha hecho estallar y juro que soy capaz de matarlo.

—Eres un idiota, Edward, ¿lo sabías? Aquí sentado, con tu expresión creída, como si fueras mejor que nadie.

—¿Quieres sabiduría? ¿Para qué? Harás lo que te dé la gana de todos modos.

—¡No es verdad! Yo…

—Sí que lo es. Te dije que deberíamos haber elegido el todoterreno de Peter. Te dije que habría una tormenta de nieve. Te dije que valía la pena parar en el refugio. ¿Y me hiciste el menor caso? No.

Aprieto los labios y me llevo los puños a las caderas. Quiero gritarle hasta que se le caigan las orejas. No falla, siempre me saca de mis casillas. Porque está aquí, en lugar de Peter. Porque hace que me enfurezca y ni siquiera entiendo por qué. Y porque dice la verdad. Tiene razón. Es culpa mía, todo, de cabo a rabo. Y odio que lo sepa.

Se ríe al percatarse de mi desdén.

—Vale. Sabiduría. ¿Qué te parece esto? Pon los pies en la tierra, princesa. No vendrá ningún caballero andante con su armadura reluciente a sacarte de aquí para tu «día especial». Lo has jodido, a pesar de todas las advertencias, y ahora descubres que no eres tan especial, ni siquiera en tu «día especial». Bueno, pues apechuga con ello. No hay más.

Lo miro fijamente. Casi no puedo respirar.

Sus palabras se clavan en mi cerebro, como siempre, porque tiene el don de hacer que me atraviesen hasta lo más profundo de mi ser.

Porque, como de costumbre, tiene razón.

No quiero hacerlo. Ya me encuentra insoportable de todos modos, pero no puedo evitarlo. Se me desmorona la cara, me arden los ojos y se me nublan; sé lo que va a suceder.

Pero no dejaré que me vea llorar. No puedo mostrarle que tiene ese poder sobre mí. Le encanta picar a la gente, pulsar sus teclas e incomodarlos.

Sin mediar palabra, echo a correr y salgo fuera, donde me aprieto contra la pared de ladrillos y me hundo en el suelo, cubierto de nieve.

Esta vez no me importan ni el viento ni el frío. Da igual si se me caen todos los dedos de los pies a causa de la congelación. Que se me lleve un remolino de viento, montaña abajo. Es mejor que estar aquí con él.

Un segundo después, se abre la puerta.

—Eh. Vuelve dentro.

Hundo la cara en mis rodillas y me limpio las lágrimas con los tejanos.

Respondo con voz seca:

—No pasa nada, estoy bien. Tengo que hacer algunas llamadas…

Camina hasta ponerse frente a mí. Sus enormes botas de escalada están delante de mis pies desnudos. Se acuclilla y suspira.

Luego, se quita la camisa de franela y deposita el tejido cálido y grueso sobre mí, como si fuera una manta, y me envuelve los dedos helados.

No puedo mirarlo o sabrá que he estado llorando.

—Oye… Creo que me he pasado ahí dentro… —empieza a hablar mientras se rasca la nuca—. No sé qué más decirte.

—Has dicho bastante —murmuro, con la vista clavada en mis rodillas. Sigo sin mirarlo—. ¿Y sabes qué? Tienes toda la razón, Gran Sabelotodo. Genio de la Comarca. Pero hay una cosa que no sabes. No sabes lo que es ser como yo. Ser alguien completamente normal y corriente, porque tú eres especial en muchos sentidos. Pero yo no lo soy. Esta boda es mi vida. Sí, puede que te parezca patético, pero es así. No tengo una carrera exitosa ni un talento asombroso como tú. Soy aburrida, me llamo Isabella Swan y es lo que hay. Así que sí, había depositado todas mis esperanzas en esta boda. Llámame Novzilla, venga. No me importa lo que pienses.

No dice nada durante un buen rato. Luego:

—¿Y después de la boda?

—Pues… Luego estaré casada con Peter. Seré la señora de Peter Eberhart.

—¿Y entonces? ¿Abandonarás tu propia identidad? —parece molesto.

—No —mascullo—. Pero juntos, formaremos una identidad nueva. Mejor que si estuviéramos solos, cada uno por nuestro lado. Y quizá tengamos hijos y los criemos y todo eso. Y quizá descubriré que mi talento es ser una gran madre y una esposa espléndida. Estoy deseando que llegue ese día. Significa que… Bueno, Peter lo es todo para mí.

—¿De verdad lo quieres? ¿En lo bueno y en lo malo?

Lo miro fijamente y mi cabeza viaja hacia el futuro que siempre he creído que podría tener.

—Claro. Voy a casarme con él, ¿no?

—Ya —murmura. Se levanta y se va a la puerta—. Sí, vale. Entra. Se te van a enfriar los pies.


Perdón por lo irregular que está siendo la actualización de esta historia pero la Universidad apenas me deja tiempo para mi misma. Intentaré hacerlo cada dos día a partir de hoy, pero no puedo prometer mucho. Eso sí, la historia ya está terminada y solo me queda subirla, por lo que sí o sí no la dejaré a medio terminar; a eso sí me comprometo.

¡Muchas gracias por vuestros comentarios, me encanta leer lo que pensáis de la historia!

PD: ¿Alguien más desea golpear a Bella para que abra por fin los ojos de una vez por todas?