21:06 h

6 de diciembre


Que quede claro: jugar a «Verdad o reto» no es tan divertido cuando uno está sobrio.

Sobre todo, cuando tratas de olvidar que te has acostado con el otro jugador que hay en la sala.

De algún modo, hemos terminado así: llevamos más de una hora jugando. Estamos sentados en el banco de madera, sorbiendo café y fingiendo que estamos interesados mientras tratamos de que el juego sea lo más decoroso posible, por motivos obvios.

Me he reclinado en el banco para estar más cómoda y he utilizado el cárdigan de almohada a la vez que me he tapado con la camisa de franela de Edward. Trato de ignorar que huele a su loción de afeitado, tan masculina y limpia que tengo ganas de hundir la cara en ella.

—Vale, ¿verdad o reto?

—Reto.

Pongo los ojos en blanco.

—¡Solo pides eso! Ya no tengo más ideas.

Se encoge de hombros y mira a su alrededor.

—Joder, ojalá tuviéramos un tablero de ajedrez. Podría fabricar uno.

—Dios, no. ¿Para que vuelvas a darme más palizas? —Me levanto y me froto las manos mientras pienso. Ya verás, te gustará este reto.

Para no cruzar ninguna línea, no le he pedido que haga nada que requiera despojarse de una prenda de ropa, decir palabrotas, hacer gestos obscenos, tocarme o hacer nada que tenga que ver con el sexo, ya sea pensar, hablar o imitar. De esta forma, básicamente le hemos quitado toda la gracia al juego. Así que la mayor parte de los retos que le he propuesto han sido atléticos o de ejercicio físico, como dar tres vueltas corriendo alrededor del edificio.

Los suyos tampoco han sido muy lúcidos. Ha llegado a pedirme que le cantara el alfabeto a partir del expositor de folletos turísticos.

Miro a mi alrededor y se me ocurre algo.

—Vale. Veinte flexiones.

Sonríe como si dijera «¿Solo eso?». Se pone de rodillas.

—Pero —anuncio, de pie frente a él— cada vez que hagas una, tienes que besarme los pies y decir «No eres Novzilla».

Se sienta sobre los talones y sacude la cabeza.

—Joder. Vale, elijo verdad.

Aplaudo.

—¿Sí? ¡Vale!

De hecho, eso hace el juego más interesante. Hay una multitud de pequeños misterios en el mundo de Edward. Cuando estaba en la universidad, todas mis amigas hablaban sobre él como si fuera una especie de famoso. Querían saber qué le interesaba.

Aunque tiene bastante ego, es sorprendentemente discreto acerca de su pasado. No estoy segura de que Peter sepa mucho sobre él.

Así que ahora tengo la ocasión de conocerlo mejor, y voy a aprovecharla.

—Vale. No dejas de burlarte de mi boda. Si fueras a casarte, ¿cómo lo harías?

Sonríe.

—Eso es un gran «si».

—¿No te ves casado?

—No —dice de manera automática.

Me inclino hacia delante.

—¿Porque no estás de acuerdo con la institución del matrimonio o no quieres atarte a una única mujer, o…?

—Todas esas razones.

—Ah. Pero si en un caso hipotético fueras a casarte…

Se ríe y se rasca la sien mientras mira hacia el techo, reflexionando.

Mmm. Supongo que solo querría una cosa.

—¿Qué?

Estoy en el borde del asiento, como si Edward fuera a abrirme su corazón con esta respuesta.

—Nieve. Mucha nieve.

Lo miro enfadada.

—Muy divertido, listillo. Como no has sido sincero, toca otra ronda de verdad.

—Era sincero.

Me cruzo de brazos y lo fulmino con la mirada.

Al cabo de un instante, acepta mis condiciones y asiente.

—Vale. Verdad. Mmm… Veamos. —Me acaricio la barbilla mientras repaso las posibilidades—. ¿Por qué te fuiste de D-Phi?

Me mira extrañado.

—¿Esa es la pregunta candente que te mueres por saber?

Asiento.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Porque esa fraternidad era la más popular y la gente que entraba en ella disfrutaba a fondo de la vida universitaria, con sus fiestas. Y luego estabas tú. Jamás ibas a las fiestas mixtas, pasabas más tiempo jugando conmigo al ajedrez que en el sótano de fiesta y, en cuanto te licenciaste, no volviste a pasar por allí ni de casualidad. ¿Por qué?

Levanta las manos y dice:

—No lo sé. No me iba ese rollo. No como a Peter. Pero ya sabes que es mi mejor amigo desde que íbamos al colegio. Como él se metió, yo también entré.

—¿Porque no querías quedarte atrás? —Imito una carita triste—. Pobrecito.

—No lo sé. —Bosteza y parpadea como si estuviera a punto de quedarse dormido. Sí, el juego está muy aburrido—. Quizá. Fue hace mucho tiempo.

—Peter me dijo que os conocisteis en el patio del colegio. Que tú y él erais los únicos chavales que estabais en forma de la clase, y que cuando se hacían equipos, siempre jugabais el uno contra el otro. Y que, por eso, no os soportabais al principio. ¿Es verdad?

Asiente, un poco sorprendido porque sepa eso de él.

—Verdad. ¿Qué más te ha contado Peter de mí?

Arqueo las cejas y me hago la misteriosa. La verdad es que poco más, pero me gusta que se interese.

—Que tu padre había venido con la familia a Boulder desde Nueva Jersey cuando tenías diez años como parte de un programa de protección de testigos o algo así.

Me mira, sorprendido.

—Algo así.

—Entonces, ¿es cierto?

Se encoge de hombros.

—Eso es muy emocionante. ¿Tu padre fue testigo de un crimen o algo similar?

—No. Casi toda mi familia está implicada en el crimen organizado. Mi padre quería salirse, así que hizo un trato con el FBI para testificar contra ellos a cambio de que nos protegieran.

Me quedo boquiabierta.

—¿De verdad? Espera, ¿Edward Cullen es tu verdadero nombre?

—¿Qué quieres decir? Es mi nombre, sí. ¿El primero que tuve? No. Ahora sí que me ha dejado sin palabras.

—¿Qué? —Me acerco a él—. Eso es muy interesante. Entonces, ¿cómo te llamas?

Sacude la cabeza con aires de misterio.

—Guau. Vale, vale, lo entiendo. Entonces, espera, ¿deberías contarme esto? ¿No se supone que es un secreto? ¿Como esos que si me cuentas tendrías que matarme?

Se ríe.

—No. Quiero decir que sí que es un secreto, pero ¿a quién se lo contarías? No es muy grave. Además, la familia se fue al cuerno después del testimonio de mi padre. El negocio familiar, quiero decir. La mayoría están en la cárcel. Mi abuelo, mis tíos… Dudo que nadie me busque, y si lo hacen, no querrán matarme. Soy sangre de su sangre.

Me echo hacia atrás.

—¿Pero todavía buscan a tu padre? Porque gracias a él terminaron en la cárcel, ¿no?

Se pone muy serio.

—Mis padres murieron en un accidente de coche cuando tenía dieciocho años —me cuenta, y se mueve un poco en el banco—. ¿Peter no te lo ha dicho?

Niego con la cabeza, asombrada.

—Lo lamento. —Me siento como una idiota por sacar el tema. No me extraña que condujera con prudencia por la carretera nevada—. Pero eso quiere decir… que estás solo.

Asiente.

—¿No te importa?

—En lo más mínimo. Porque me gusto. No pasa nada porque uno disfrute de la compañía de uno mismo, antes que de la de los demás. Y no estoy solo del todo. Tengo gente, amigos.

—Pero no tienes novia.

—No. —Me mira con curiosidad—. ¿Por qué te preocupa tanto?

—No me preocupa, solo soy curiosa —digo con ligereza.

—Pues lo que te decía: tengo gente. Tengo a Peter.

—Sí, pero apenas quedáis últimamente.

Asiente y mira el suelo pensativo.

—Es lo que te he dicho. Estoy a gusto conmigo mismo.

—¿No te sientes solo?

—Muy pocas veces.

—¿Y qué haces cuando eso pasa?

Se encoge de hombros:

—Me recuerdo que la raza humana suele ser bastante insoportable.

Mmm, ya. Y tú no eres nada insoportable.

—Exacto.

Dios, es un bastardo engreído. Me gustaría borrar esa mirada de superioridad de su cara. Sin embargo, no me muevo y digo:

—Pero ¿por qué ya no invitas a Peter que te visite en Denver?

Me mira fijamente.

—Eh, ¿qué pasa? Esto es un tercer grado. Creo que me toca a mí.

Supongo que me he pasado con las preguntas. Pero en cuanto he empezado, no he podido parar. ¡La mafia, por el amor de Dios! Cada detalle fascinante que descubro acerca de él me hace querer saber más. Somos personas de caracteres totalmente opuestos. Mi historia es el equivalente histórico a ver cómo se seca la pintura: un aburrimiento.

Me recuesto contra la pared y doblo las piernas contra mi pecho a la vez que hundo los dedos en la suave franela de su camisa para no tener frío.

—Vale, verdad.

Se toca la barbilla, pensativo. En todas las preguntas que me ha hecho, me ha obligado a reflexionar mucho, porque eran cuestiones bastante profundas. Creo que por eso me duele un poco la cabeza.

—Vale. Imagínate que Peter no existe. Si pudieras salir con cualquier personaje literario o de una película, ¿con quién lo harías? ¿Quién sería tu pareja ideal?

—Oh, eso es fácil. Andy Dufresne.

Arquea las cejas, impresionado.

—¿El protagonista de Cadena perpetua, eh? Interesante.

—Me encanta. Cuando dice que amaba a su mujer, pero ella contaba que era un hombre difícil de conocer. Que era callado y reservado y un gran misterio y…

Me callo. Porque me escucha con atención, asintiendo, y, de repente, me doy cuenta de que Andy Dufresne y Peter no se parecen en nada.

Y en cambio, Andy Dufresne es clavado a Edward. Incluido que sepa de números y de ajedrez.

Me ruborizo. Encuentro un hilo de lana suelto en mi cárdigan y tiro de él.

—Bueno… ¿Verdad o reto?

Se endereza y se estira.

—Vale. ¿Quieres saber por qué no le pido a Peter que venga a visitarme?

Me quito la goma del pelo y lo sacudo mientras asiento.

Pasea la mirada por mi pelo mientras los mechones me caen sobre la cara, y por un brevísimo instante, me pregunto cómo sería si alargara la mano y los apartara. Ha pasado mucho tiempo desde que me miró como si me deseara: cinco años exactamente. Y, sin embargo, nunca había sentido nada tan emocionante hasta el momento en que me miró así.

Antes de él, el sexo era algo torpe. Con él aprendí que podía ser una fuente de placer infinita, de intimidad y de diversión. Fue como si esa noche hubiera abierto un capítulo nuevo de mi vida. Me pregunto si lo sabrá.

Le miro los labios y los imagino sobre mi piel cuando dice:

—Supongo que podría decirse que lo he superado.

Pienso en cómo puso su dedo en mi barbilla y acercó mi boca a la suya, hasta que sus palabras llegan a mi cerebro.

—¿Qué quieres decir?

—Al salir de la universidad le di algo de tiempo. Pensaba que se le pasaría cuando estuviéramos en el mundo real, hará unos dos años. Mírame: tengo veinticinco años. Llevo fuera de la universidad casi cinco. Me he pasado cinco años esperando a que madure y sigue igual. Estoy bien como estoy, y no quiero que me arrastre a su estilo de vida. Me gusta ser un adulto.

Abro mucho los ojos.

—Pero Peter va a casarse. Eso es un paso muy adulto.

—Sí, y quizá lo cambie. Y si lo hace, estáis más que invitados a venir a verme a Denver. Pero ahora mismo… No quiero pedir a la señora de la limpieza que se encargue del vómito en el baño de los invitados después de una noche de juerga. Yo ya no soy así.

Parpadeo. Supongo que tiene sentido. Por eso lo he visto mucho menos.

—¿Se lo has dicho?

Se pasa las manos por el pelo.

—Sí, a menudo. Y me llama viejuno y me dice que tengo que aprender a disfrutar de la vida.

—¿Es lo que te dijo la noche de la despedida de soltero?

—Sí, y quizá tenga razón, no digo que no. Quizá estoy viviendo mi vida de manera equivocada. Pero soy feliz con mi elección. Es lo que soy, y soy distinto a él.

Sí, lo sé. A la perfección. Es posible que sean mejores amigos, pero son muy diferentes.

Me observa con curiosidad.

—Está claro que no te preocupa.

—Bueno, no… Yo…

—Todavía eres muy joven.

Lo dice como si yo fuera un bebé y él, un sabio anciano.

—Solo tengo tres años menos que tú. Y sí que me preocupa.

—Pero nunca se lo has dicho. Jamás. Dejaste que fuera por ese camino y te sumaste a él.

—Sí. —Y no he logrado gran cosa—. Em… ¿Qué pasó exactamente la noche de la despedida de soltero? ¿Por qué volvisteis tan tarde? Quiero decir… ¿Cuánto se relajó Peter, exactamente?

Frunce los labios, sacude la cabeza y agita el dedo índice frente a mí.

—Creo que ya me has preguntado demasiadas verdades, enana. Me toca.

Vale, ya. Aunque no esté en la misma onda que Peter, sé que Edward no lo traicionará. Pero no es ningún mentiroso. Si le hago una pregunta directa, me dirá la verdad. Solo tengo que esperar a que llegue mi turno.

Pero quizá no quiera saber la verdad.

—Vale. —Miro a mi alrededor—. Me siento valiente. Reto.

—Vale. —Se mete la mano en el bolsillo y saca un billete de un dólar—. Necesito un pañuelo.

Levanto una ceja y le señalo el gorro.

—Si me tapo los ojos con esto, no veo nada.

—Vale, hazlo.

Así lo hago.

—Levántate.

Me pongo de pie con cuidado y extiendo las manos frente a mí. Al hacerlo, noto que roza las borlas del gorrito.

—Espera. Adónde…

Noto su mano en la parte baja de mi espalda y me conduce con suavidad hacia delante. Doy un par de pasos. Nos dirigimos por el pasillo hacia los lavabos y las máquinas expendedoras. Oigo el zumbido eléctrico de una, frente a mí, cuando me pide que me detenga.

—Vale. Extiende la mano y presiona un botón.

—Pero…

—Ese es el reto. Elijas lo que elijas, te lo comerás.

Frunzo el ceño.

—Eres un idiota.

—Así que asegúrate de que tiene calorías, porque mañana tendrás que ponerte ese vestido y llevas mucho sin comer.

Podría decirle que prefiero elegir verdad, como ha hecho él, pero lo cierto es que tengo hambre. Ojalá recordara a qué altura quedaban las palomitas. Extiendo la mano con demasiada fuerza, choco contra el cristal y me hago daño en los nudillos.

—¡Ay!

—Buena elección. —Oigo el ruido de la máquina mientras se traga el billete de un dólar, a Edward que aprieta un botón y el ruido del producto que cae. Suena sospechosamente pesado en el cajón de recogida.

Me guía de vuelta al banco. Me siento y no tengo ni idea de lo que va a meterme en la boca. Soy un poco maniática en lo que respecta a la comida, en especial desde que estoy a dieta. Casi no he probado la comida basura desde…

—Abre la boca.

Oigo que abre el envoltorio y obedezco. Estoy un poco asustada y noto algo duro entre los labios.

Cierro la boca y muerdo.

Y casi vomito. Me llevo la mano a la boca y con la otra me subo el gorrito.

—¡Qué asco!

—¿No te gusta el regaliz?

—¡No, para nada! —Corro a la basura, escupo y luego tomo un sorbo de café para quitarme el sabor—. ¡Es asquerosa!

Se mete una en la boca y mastica.

—No está tan mal.

—Eres muy raro.

—No es verdad.

—Como un perro verde. Todas mis compañeras de primer año hablaban de ti, me hacían un montón de preguntas. Pensaban que estabas como una regadera.

—¿Ah, sí? —No parece ofendido, solo interesado—. ¿Qué tipo de preguntas te hacían?

Sonrío.

—Básicamente, como no estabas interesado en ninguna de ellas, querían saber si eras gay.

Se queda inmóvil con un pedazo de regaliz a medio camino hacia su boca. Luego se la mete y frunce el ceño.

—Bueno, tú mejor que nadie sabes que no lo soy.

Ahora soy yo la que se queda inmóvil. Cuando levanto la mirada, sus profundos ojos azules están clavados en mí. Me ha dejado sin palabras y de repente noto que me arden las mejillas.

Me aparto un poco.

—¿Te acuerdas de eso?

Se ríe, con un sonido suave y bajo.

—Claro. ¿Tú no?

—Bueno, sí… Pero… —Trato de controlarme, pero fracaso de manera estrepitosa. Me pongo roja como un tomate.

Sonríe irónico.

—Y debió de ser memorable para ti, porque lo siguiente que pasó fue que empezaste a salir con Peter.

No sé por qué, pero mi estómago está en caída libre. Farfullo sin sentido, como siempre que estoy nerviosa.

—Bueno, creo recordar que después de aquello desapareciste durante dos meses. Y no tenía ni idea de que te acordases porque habíamos bebido.

No parece incómodo cuando lo digo y responde como si nada:

—Yo no estaba borracho. No me he emborrachado en mi vida.

¿Cómo? No lo dice en serio.

—¿Tú sí?

Lo miro. Por supuesto que lo estaba. No me habría acostado con él si… Una vocecita interior me corrige.

«Oh, sí. Claro que lo habrías hecho».

La voz tiene razón. Habían pasado horas, Peter había desaparecido sin traerme la cerveza prometida y yo estaba de bajón. No encontraba a mis amigas y me había olvidado el móvil en la residencia, así que me había llevado a su habitación para que usara el suyo. Y con todas mis facultades intactas, había entrado en su dormitorio y había caído completa e irrevocablemente bajo su hechizo.

No puedo pensar en eso ahora. Tenemos que cambiar de tema.

—Bueno… Esa vez no demuestra nada. Aquella noche te podrías haber convencido de que te gustaban los hombres.

—No. Créeme, no.

Me doy cuenta de que tengo la boca abierta y totalmente seca.

—Bueno, no tenías novias. Sé que mantenías relaciones esporádicas, pero nunca repetías con ninguna.

—¿Lo sabes?

No admitiré que cada vez que me iba de la habitación de Peter, mientras Edward aún vivía en la casa de la fraternidad, lo seguía y veía a todas aquellas chicas preciosas que se iban de su habitación igual que yo, de buena mañana. Me preguntaba, hasta casi perder la razón, si a ellas también les había abierto un mundo de placer, si también se habían corrido gracias a él y si también les había dicho que eran «enloquecedoramente hermosas».

Sus ojos me queman y no puedo sostenerle la mirada. Incluso cuando la aparto, la siento sobre mí.

Cuando vuelvo a abrir la boca, mi voz suena débil.

—Peter siempre decía que tenías expectativas poco realistas. Que querías una modelo con tetas enormes. Y como jamás hablamos después de eso, pensé que estabas borracho y que habías cometido un error.

Se inclina hacia delante y pone los antebrazos en las rodillas mientras asiente.

—Bueno, sí. Eso es verdad. —Ojalá supiera de qué habla—. Lo de las tetas enormes no sé, pero sí tengo estándares muy elevados.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Cómo puedes tener un ego tan grande? ¿Por qué piensas que nadie es lo bastante bueno para ti?

Se mete las manos en los bolsillos del pantalón y camina tranquilamente hacia mí, así que cuando se detiene, es como si una torre humana, de atractiva piel masculina, se hubiera plantado frente a mí.

—No es cierto. Sí que hay alguien lo bastante bueno para mí.

No sé por qué, pero mi corazón se entristece al oírlo.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué no la has traído a la boda?

—Oh, estará en la boda. —Sus palabras me hacen levantar la mirada y sus ojos capturan los míos. Están oscuros, más de lo que jamás los había visto—. Es la novia.

Mi corazón deja de latir por un instante y, durante unos segundos, me olvido de respirar. Su expresión no cambia. Tiene la mandíbula firme y los ojos desafiantes, como si acabara de retarme y esperara mi respuesta.

Mi primera reacción es agarrarlo de la camisa y poner los labios sobre los suyos, perderme en su cuello y en su barba de dos días y hundir mi lengua en su boca.

Pero eh, eh. Espera. ¿De qué va eso? Sería algo horrible y un error, y no puede ser.

Mi segunda reacción no es mucho mejor: empujarlo sobre el banco y subirme a horcajadas sobre su cuerpo duro y musculoso.

Es bueno que no tengamos que obedecer a nuestros instintos, porque si no ahora estaría metida en un buen lío.

Antes de que mi tercera reacción llame a la puerta, noto que sus ojos han cambiado de color. Ahora bailan y son de un azul vibrante y juguetón.

Era broma. Trataba de hacerme saltar. Su especialidad. Lo empujo con fuerza. Tanta, que da un paso hacia atrás. Se ríe, casi por lo bajo.

—Deberías haber visto tu cara.

—Joder, eres imbécil. De verdad que te odio —gruño y le golpeo el pecho con los puños—. Claro, has superado a Peter, claro que sí. ¡Eres tan inmaduro como él!

Ya no se ríe. Levanta las manos para bloquear mis golpes y, como ve que no me detengo, se aleja.

Me largo, sintiéndome avergonzada y estúpida. ¿Cómo se me ocurre? Son casi las diez y debo de estar agotada porque, por un instante, he considerado la posibilidad de besar a Edward Cullen, el Gran Mago. Si ni siquiera se llama así. El día anterior al que se supone que me voy a casar con su mejor amigo.

¿Qué demonios me pasa? Cuando imaginaba el día previo a mi boda, pensaba en una noche agradable en familia, preparándome para la aventura de mi vida.

Pero no esto. No esta cadena de errores de mierda que hace que tenga ganas de salir fuera, hundir la cara en la noche nevada y gritar como una loca que no puedo más. No. Puedo. Más.

Edward Cullen no puede seguir jugando conmigo como si fuera una canica. Si seguimos así, no resistiré mucho más tiempo. Y quizá ya sea demasiado tarde.