23:36 h
6 de diciembre
De algún modo, logro dormir un poco, que no es lo mismo que descansar.
Al menos me olvido de dónde estoy y desconecto de verdad. Pero lo malo es que en cuanto cierro los ojos, sueño con aquella noche.
Después de que Peter se fuera, pensaba que Edward hablaría conmigo. Pero otro chico de la fraternidad ocupó el lugar de Peter, y el Sargento Edward se concentró otra vez en el juego mientras le daba instrucciones al nuevo sobre cómo debía tirar la pelota. Me quedé allí, algo incómoda y con el bajón, mientras me mordía el labio y me preguntaba cuándo volvería Peter.
A mi alrededor la gente jaleaba la partida de birra-pong, reían y celebraban cada punto. Traté de fingir interés, pero, al mirar a mi alrededor para buscar a mis amigas, me percaté de que no conocía a nadie. Empecé a alejarme y miré hacia arriba.
Edward me miraba fijamente.
Se inclinó, pero no lo bastante como para tocarme.
—¿Cómo dijiste que te llamabas?
—Bella.
Se sentó en un taburete, con los codos sobre las rodillas, y me hizo una seña con el índice, como si fuera a contarme un secreto. Esperé las preguntas de rigor: qué estudiaba, cuántos años tenía.
Su voz sonó profunda cuando dijo:
—No te quedes ahí de pie. Ven aquí.
Fruncí el ceño. ¿Pretendía decirme dónde debía ponerme, como si fuera un perrito faldero? Aun así, me moví, confusa, porque no entendía el motivo.
—¿Por qué?
Señaló el juego y, justo entonces, una pelota de ping-pong saltó hacia la jarra de cerveza que había a mi lado hacía tan solo un momento. Las dos chicas que estaban allí chillaron al empaparse.
Ah. Eso respondía a mi pregunta.
Esperé a que dijera algo más, pero no lo hizo. Tal vez Peter se había ido a Europa a buscar esa cerveza, o quizá no iba a volver. Me sentí como una idiota allí sentada, sin hablar con nadie, e hice ademán de irme.
—Espera. —Se hizo oír por encima de la música—. No te vayas.
Me extrañé.
—¿Por qué? ¿Para que no me hables durante un rato más?
—¿Por qué quieres hablar? Hay demasiado ruido. ¿No podemos quedarnos así?
Me puse roja.
—¿Por qué?
Ladeó la cabeza y me miró como si fuera la primera vez.
—Haces demasiadas preguntas.
—Porque…
Se llevó un dedo a los labios y me dio la sensación de que yo era un proyecto científico para él, como un animalito al que quería diseccionar. Así que me quedé allí con él, durante unos veinte minutos más, y observé cómo daba indicaciones a los demás miembros de la fraternidad para que jugasen al birra-pong hasta que el sótano se vació un poco y las cosas se calmaron.
Entonces, se acercó y dijo:
—Estás sola.
Menuda novedad.
—No sé dónde están mis amigas.
—Mándales un mensaje.
Arrugué la nariz.
—No llevo el móvil encima.
Me recorrió los hombros con la mirada, absorbió mi piel desnuda y mi largo pelo. No lo hizo con admiración; solo con curiosidad.
—¿Por qué no me sorprende que no tengas bolsillos en ese conjunto?
De repente me sentí desnuda. Bueno, estaba casi desnuda, o más desvestida de lo que solía, pero había escogido la ropa para encajar con mis nuevas amigas. Eran los últimos días del verano, todavía hacía calor, así que todas llevábamos pantaloncitos cortos y camisetas de tirantes para lucir nuestras pieles bronceadas. Crucé los brazos y me tapé el pecho.
Se levantó del taburete y dejó la cerveza en la barra. Ni siquiera la había probado.
—Vámonos.
Sé que no era seguro irme con el primer chico que había conocido. Pero, por alguna razón, no me lo planteé. Había entrado en el sótano directamente desde la entrada de la calle, así que no había visto el resto de la casa. Subimos por una escalera estrecha hasta llegar a una sala masculina y de paredes de madera, como si fuera el salón de un castillo medieval. Había una enorme lámpara de madera, puertas de arco y tapices.
La cruzó con la cabeza gacha sin dar muestras de fijarse en ella, pero yo casi tropecé con material deportivo que alguien había olvidado allí mientras admiraba la casa. No se detuvo y cuando se cruzó con más chicos con la camiseta de D-Phi, no los saludó. Me fijé en que ellos sí lo miraban, como si fuera un misterio tan grande para ellos como para el resto del mundo.
También me observaron como si dijeran: «¿Qué demonios haces con él?».
Al subir otra enorme escalera de madera de caoba, forrada con una moqueta de color rojo sangre, miré brevemente las leyendas de las fotos de cada generación de clases de D-Phi, que se remontaban hasta 1911. Para cuando llegué a la más reciente, oí un silbido. No lo localicé en la foto. Me giré y lo vi al final de un largo pasillo.
—Vamos, no te pierdas.
Miré por unas puertas que estaban abiertas al pasar por delante. Había pósteres en las paredes, de películas y de mujeres semidesnudas, estanterías llenas de botellas de alcohol vacías, porquería en el suelo y ropa desperdigada por todas partes. Los miembros de la fraternidad eran unos cerdos desordenados. La moqueta estaba manchada con un arcoíris de sustancias extrañas y el pasillo olía a queso y sudor. Era el resultado exacto y previsible de veinte tíos que convivían juntos. Se oía música desde una habitación, y en algún lugar había un ruido rítmico y persistente. No comprendí qué era hasta que oí los gemidos de una chica.
Eso me quitó de golpe cualquier atisbo de borrachera.
Tenía dieciocho años y había tenido sexo exactamente dos veces. Una solo para perder la virginidad, y la otra, porque como la primera vez fue tan horrible, había decidido que me habría equivocado y tenía que probar de nuevo.
La segunda vez había sido todavía peor.
Así que no estaba demasiado interesada en una tercera vez. Al menos hasta que encontrara a un chico que supiera deslumbrarme y lograra, con un poco de romanticismo, quitarme las bragas. Alguien a quien conociera de verdad. Alguien, incluso, de quien estuviera enamorada.
Abrió la puerta de su habitación y se apoyó en el quicio. Me detuve en el pasillo, vacilante.
—¿Vienes? —Me retó con la mirada.
Di un paso, y él golpeó la puerta y exclamó:
—¡Eh, Alec!
Me giré para ver a un tipo en calzoncillos que salía a trompicones de una de las habitaciones del pasillo mientras se rascaba la entrepierna.
—Si vuelves a tirarte a una chica en la sala común, te daré una paliza. Dejaste manchas de semen en la tapicería. Límpialas. ¿Me oyes?
El chico murmuró algo por lo bajo, abrió la puerta del baño y le mostró el dedo corazón.
Volvió a golpear la puerta con el puño, y luego puso los ojos en blanco.
—Si te quedas ahí toda la noche, tienes un noventa y seis por ciento de posibilidades de que una joya como Alec intente llevarte a su habitación. Tú eliges.
Bien visto. Entré en su cuarto.
Su habitación no solo era diferente. Era otro mundo.
Estaba limpia y ordenada. Había un futón con las sábanas perfectamente ajustadas. La alfombra estaba recién aspirada, porque todavía se veían las marcas. En las paredes no había pósteres de mujeres semidesnudas o bandas de música de cuarta categoría. Lo único que había en su escritorio era un ordenador portátil y en la estantería que estaba sobre la mesa, un montón de trofeos de natación y rugby. Había toda una pared llena de libros cuyos lomos estaban ordenados… alfabéticamente.
Me quedé tan sorprendida que olvidé para qué había ido a su habitación. Al cabo de un minuto, me tendió un móvil.
—¿Tu residencia está en Williams, verdad?
Asentí y miré el teléfono.
—Es que… no me sé el número de nadie. Acabo de conocerlos.
—Entonces tienes un problema. —Miró el móvil. El reloj indicaba que eran las tres de la mañana. ¿Cómo había pasado tanto tiempo? —A esta hora de la noche ya no funciona el transporte en el campus.
Miré a mi alrededor y me sentí un poco desesperada. No era así como imaginaba el final de mi primera fiesta universitaria: atrapada en la casa de una fraternidad, sin poder volver. Genial. ¿Qué iba a hacer, echarme a la calle de madrugada?
Se sentó en el futón, se recostó y reparó en una bola de polvo en la alfombra. La tomó y la tiró a la papelera. Luego me observó con su mirada curiosa y relajada. No creo que ningún chico me mirara jamás así, con tanta confianza.
—Así que Bella, pareces un poco preocupada. Algo me dice que no estás acostumbrada a tener problemas. ¿Es la primera vez que vives lejos de casa?
¿De verdad era tan obvio? Debía de ser por cómo me temblaban las rodillas. Tenía la ventana abierta y entraba aire frío. Se me puso la piel de gallina. Me abracé para reconfortarme.
—Tranquila, no voy a hacerte daño. Puedes pasar la noche aquí y, por la mañana, te acompaño a la parada de autobús a las seis, que es cuando pasa el primero.
¿Quedarme aquí? Mis ojos se posaron sobre el estrecho futón. Parecía tan limpio como el resto de la habitación, pero aun así…
—Puedes dormir en la cama. Yo me las apañaré.
Dejé escapar un suspiro de alivio sin darme cuenta de que había contenido la respiración.
—Gracias.
Todavía me observaba, y me hacía sentir incómoda. Tanto que me giré con brusquedad y me tambaleé un poco. Me fijé en los libros de la estantería. Eran todos clásicos. Como estaba planteándome hacer un máster en Literatura inglesa, había leído bastante, pero allí había obras menos conocidas de grandes autores. La peste de Albert Camus, Pálido fuego de Nabokov y algunos títulos de Jack London que no conocía. Eso y mucho ensayo.
Me pregunté si era consciente de que parecía superpretencioso. Escogí uno de los libros, lo hojeé y volví a dejarlo en su lugar, con el lomo hacia abajo, para ver si se fijaba.
—Tienes una colección interesante. ¿Estudias Literatura inglesa?
Negó con la cabeza.
—Matemáticas y Empresariales. Doble licenciatura.
—Yo estoy pensando en estudiar Literatura. —Solo porque sí. Me gustaba leer. No estaba segura de qué hacer con mi vida.
—¿Ah, sí? —Sus ojos sobrevolaron la estantería—. Segunda fila desde arriba. El tercero a la izquierda. Léete ese, no te arrepentirás.
Me puse de puntillas para leer el lomo. Era El lobo estepario de Herman Hesse.
—No lo conozco. —Lo miré de reojo y vi que me recorría el cuerpo con la mirada de una manera que me hacía sentir como si me estuviera desnudando—. Eres la primera persona que no ha tratado de convencerme de que no estudie Literatura.
Se encogió de hombros, con desdén.
—Lee el libro.
Lo miré, dubitativa.
—¿Terminas en primavera?
—Ese es el plan.
—¿Y después?
—Me mudaré a Denver. Ya tengo un trabajo esperándome, llevo tres veranos haciendo prácticas en una empresa. No volveré aquí.
No sabía por qué, pero eso me entristeció. Era la primera persona que había conocido en la universidad a quien le importaba un comino beber o actuar como si fuera mayor. Seguía su propio ritmo, un ritmo que solamente él oía. Sentía que con él no tenía que fingir, y que si lo intentaba, no me lo permitiría.
—¿No vas a volver? ¿Por qué no?
—No hay ningún motivo.
—No parece que les caigas demasiado bien a tus compañeros de fraternidad.
Se rio y se levantó. Se metió las manos en los bolsillos, sacó la cartera, las llaves y el móvil, y los puso encima de la mesa, como si fuera a irse a dormir.
—No es una gran pérdida.
—Mmmm. —Traté de no demostrar lo impresionada que estaba. A mi edad, quería gustar a todo el mundo. Me sentía como en mi primer día en el instituto, hablando con el primer adulto de verdad. Pasé el dedo por la estantería. Ni una brizna de polvo.
—Eres muy limpio.
Caminó hacia mí y se detuvo tan cerca que pensaba que me tocaría. Luego, fue a la estantería y puso bien el libro que yo había guardado con el lomo al revés.
—Así me gustan las cosas.
—Pero en cambio no te gusta la gente, está claro. ¿Por qué no?
—Me gusta alguna gente. —Sonrió irónico—. Pero no me gusta socializar. Prefiero quedarme sentado y observar.
—¿Observar el qué?
—A la gente y el modo en que se comportan. Gente como tú.
Arqueé una ceja.
—Si ni siquiera me estabas mirando.
Sus ojos buscaron los míos y me sostuvo la mirada.
—Eso no importa. No se observa solamente con los ojos.
¿Así que se había fijado en mí? De repente, sentí como si me conociera mejor que yo a él. Como si comprendiera que me había pasado gran parte de las últimas horas tratando de entender su forma de ser.
—¿Y qué has observado sobre mí?
—Quizá no quieras saberlo. Puede que no te guste.
Arrugué la nariz. ¿Que tenía el culo grande? Sabía que no era fea, pero tampoco la chica más guapa del planeta.
—Vaya, muchas gracias.
—Tranquila, no tiene nada que ver con tu aspecto físico.
Creo que fue la primera vez de prácticamente un millón en que sospeché que Edward Cullen era capaz de leer las mentes. Aparté la mirada y me mordí el labio inferior.
—Yo también he observado cosas acerca de ti.
—¿Ah, sí?
—Te gusta decir a tus compañeros de fraternidad cómo jugar al birra-pong, pero no te gusta hacerlo en persona.
Ladeó la cabeza.
—Me gusta la física del birra-pong. El juego en sí no me interesa lo bastante.
Dios, definitivamente era muy pretencioso. Me maravillaba que lo hubieran aceptado en esta fraternidad, porque estaba claro que los chicos con los que nos habíamos cruzado no le tenían mucha simpatía.
—¿Y qué te interesa lo bastante?
La sonrisa desapareció.
—Tú.
Alargó la mano y me colocó un mechón detrás de la oreja.
—¿Yo? ¿Por qué?
Clavó los ojos en mis labios.
—Porque eres enloquecedoramente hermosa y tengo la sensación de que eso es lo menos interesante de ti.
Si era la frase que utilizaba para ligar, era francamente buena.
No le hacía falta, sin embargo. Cualquier mujer estaría dispuesta a ser suya en cuanto la mirase como me miraba.
Me puso un dedo bajo la barbilla y me levantó la cara hacia la suya. No lo bastante rápido, para mi gusto. Me puse de puntillas y fui al encuentro de sus labios.
Pareció sorprenderse, pero en el buen sentido. Igual que a mí me sorprendió que su sabor no fuera el de la cerveza. Su boca era deliciosa, masculina, como debía ser. Sus manos se deslizaron bajo mi pelo y me acarició el cráneo. Abrí más los labios. Su lengua entró y se entrelazó con la mía. No fue suave ni delicado, entró de golpe, con brusquedad.
Juro que la Tierra se estremeció. Vi y sentí cosas que jamás había sentido. Ni entonces ni después. Era muy bueno. Sabía y me hacía sentir muy bien.
Gemí ligeramente y nos besamos con más intensidad. Pronto exploramos nuestras bocas con total abandono.
Todavía me besaba cuando cruzamos la habitación. Se apartó un poco, me mordisqueó el labio inferior, una vez, dos. Luego, me acarició la cabeza con sus enormes manos y volvió a entrar, pegando su boca a la mía y empujando la lengua hasta el fondo en una imitación de la penetración sexual. Este hombre sabía besar. Fue lo más parecido a que me besara un verdadero adulto, como en las películas, como hacer el amor.
Choqué contra el futón con las piernas, me envolvió con un brazo y me depositó sobre él, como si fuera un objeto preciado. Al hacerlo, se apartó de mi boca con un ligero sonido, como si lo lamentara.
Mis ojos se posaron sobre el bulto de su erección bajo sus pantalones. Pasé la mano por encima y exhalé un gemido. No me extrañaba que tuviera tanto ego. Era enorme.
Se me aceleró el pulso.
Fui a por su camisa y la levanté. Traté de desabrocharle los pantalones pero me agarró las muñecas y las sostuvo, respirando con fuerza.
—Eh, espera. ¿Estás segura? ¿Cuántos años tienes?
Asentí mientras respondía:
—Dieciocho.
—Dieciocho —repitió—. ¿Y sabes lo que quieres?
—Sí. Te quiero a ti.
—¿Ah, sí? —Me regaló una sonrisa sexy llena de puro orgullo masculino. Sus ojos me miraron con deseo—. Dios mío. ¿Y estás segura?
Jadeando, lo miré exasperada. Actuaba como si nunca antes hubiera ligado con una chica.
—Edward, cállate y hagámoslo.
Se desabrochó el pantalón y con las dos manos me señaló:
—De acuerdo. Dime dónde quieres que vaya. Lo agarré por la cintura y lo puse sobre mí.
Me cayó encima, me atrapó bajo su cuerpo y me besó. No sabía que no le gustaba que lo tocaran porque esa noche no dio señales de ello. Lo acaricié por todas partes: por el pecho, por la espalda y por todo lo demás.
Pero él seguía con las manos en mi pelo y la cara, en zonas respetables. Comprendí que esperaba una invitación. Porque solo tenía dieciocho años. Era algo bastante dulce.
—Edward, tócame, por favor.
—Dime dónde.
—Donde quieras. Por todas partes.
Me deslizó las manos por los hombros, por debajo de la camiseta, sobre las costillas y siguió hasta alcanzar mis pechos y pellizcarme los pezones.
En cuanto empezó a tocarme, fue como si no pudiera parar. Yo estaba algo acomplejada, en especial por los pechos. Eran bastante pequeños en comparación con los de las demás chicas.
Me levantó las tiras de la camiseta y me puse un poco nerviosa. Se detuvo al instante y me miró:
—¿No?
—Es solo que… Odio mis tetas.
Besó la parte superior de mi pecho.
—Joder, ¿qué dices? Cada pedazo de ti es como un caramelo. Solo dime si quieres que pare.
No quería que parase. De ninguna manera.
Deslizó mi camiseta hacia abajo y hundió su rostro entre mis pechos. Me lamió y me chupó los pezones e hizo que arqueara la espalda y le pidiera más. Nadie me había hecho algo parecido, jamás. Me removía bajo su cuerpo mientras él se daba un festín, lamiendo y chupando y
mordiéndome los pezones una y otra vez hasta que estuvieron duros e hipersensibles.
Los acarició una vez más.
—Creo que son perfectos, Bella. Podría pasarme toda la noche haciendo esto.
Se echó hacia atrás, se arrodilló entre mis piernas frente al futón, me desabrochó los pantaloncitos y me los quitó.
Los arrojó por encima de su hombro y me miró con los ojos llenos de deseo. Ya no tenía actitud de superioridad: en su mirada leía hambre.
—Eres increíble —murmuró—. Joder, no hay ni una parte de ti que no sea perfecta. Eres preciosa.
Me levantó una pierna, besó con suavidad la parte interior del tobillo y luego recorrió con la lengua la sensible zona del interior de mis muslos.
Casi me muero en ese momento.
Solo llevaba unas braguitas de color rosa y la camiseta de tirantes, bajada hasta la cintura. Estaba segura de que podía verme el corazón, que latía a toda velocidad. Jamás me había sentido tan sexy.
Le desabroché los botones de la camisa, uno por uno.
Se la terminó de abrir y, de inmediato, sentí que me mojaba todavía más. Tenía el cuerpo de un nadador, los pectorales enormes, el pecho bronceado y la cintura estrecha. Dios, estaba buenísimo.
Rugió:
—¿Esto es lo que quieres?
Sí. Sí, oh, sí. Sí.
De repente parpadeo y vuelvo al presente. Entreabro los ojos, adormilada. Estoy echada en el banco de madera. El hombre que en mi sueño me pellizcaba los pezones con lujuria en los ojos es mayor, tiene más pelo, es más duro y es mucho más sexy… y me mira con sospecha, en lugar de deseo.
Veo que sostiene una botella de agua frente a mí.
—Eh, enana. Despierta. ¿Quieres?
Me desperezo y trato de olvidar la última escena de mi sueño. Me siento.
—Yo…
¿De qué estamos hablando? Ah. Una botella de agua.
—¿No la quieres tú?
—No. Creo que acaba de pasar una quitanieves y me parece que tienes razón. Deberíamos poner un cartel o algo en la puerta, una señal para cuando vengan a despejar la carretera, para que sepan que estamos aquí.
—¿Ha pasado una máquina quitanieves?
—Sí, pero hace rato.
Genial. Si no hubiera despeñado el coche por la colina, quizá podríamos haber salido para comprobar si la máquina había despejado la carretera. Miro por la puerta. Parece que todavía nieva con fuerza. Había unos arbustos en la entrada cuando hemos llegado y ahora están completamente cubiertos de nieve.
—Bueno, ¿quieres el agua o no? —Sacude el botellín delante de mí. La acepto.
—Gracias. Mi padre puso un maletín con luces de emergencia en el maletero del coche. Podríamos ir a buscarlas.
—Bien.
Meto la mano en el bolso y le tiendo las llaves. Luego, me siento y lo observo mientras se coloca la gorra en la cabeza. Recuerdo que estoy utilizando su camisa de franela como manta, hago una pelota con ella y se la arrojo.
—Eh, tu camisa.
Gruñe.
—Olvídalo. Vuelvo en cinco minutos.
Sale y lo contemplo mientras me ruborizo un poco porque mis ojos, sin que yo quiera, se recrean en lo bien que le sientan los tejanos. Tiene un cuerpo de ensueño, parece casi de película. Recuerdo que pensé que debía de ser un buen atleta mientras le acariciaba la espalda hasta llegar a la curva de su…
Dios mío.
Temblando, me recojo y me subo la franela hasta la barbilla, pero no sirve de nada porque huele a él. La tiro, tomo un sorbo de agua y doy vueltas sin dejar de pensar en aquella noche. El modo en que me lamía los pechos, como si fuera un ritual de adoración.
Y, de repente, recuerdo.
A Edward le importaban un comino las modelos de tetas grandes. A él le encantaban mis pechos. Fue Peter quien me preguntó una vez si había pensado en operarme. El que siempre comentaba lo grandes que eran los pechos de las chicas en las películas que veíamos. El que tenía pósteres de rubias con tetas enormes en las paredes de su habitación. De hecho, Peter ni siquiera…
Pero ¿qué estoy haciendo? ¿Los comparo como si tuviera elección? Ya elegí.
No puedo hacer esto, ahora no. Tengo que calmarme. Necesito controlarme y evitar que Edward, o su trasero, o sus palabras, o lo que sea, me afecten.
Compruebo el móvil. Es casi medianoche. El día de mi boda. El día más feliz de mi vida.
Y aquí estoy, a kilómetros del lugar donde voy a casarme, soñando con el mejor amigo del novio.
Soy una maldita estúpida.
Empujo la puerta trasera y me atrevo a salir al exterior para ver si han llegado más mensajes, pero no. Es como si todo el mundo se hubiera olvidado de mí.
No es muy distinto de lo que pasa en mi vida.
Suspiro y vuelvo dentro. Justo entonces se abre la puerta delantera, y Edward entra a toda prisa, con el maletín de emergencia en una mano y la otra extendida frente a él.
Gotas de sangre caen al suelo, y también tiene manchas en la camiseta interior térmica.
—¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?
Miro a su espalda y veo que en el exterior ya brillan las luces de emergencia en la oscuridad contra la blanca nieve. Así que eso ya está hecho. Pero ¿cuánto tiempo aguantarán con la tormenta?
—Me he cortado la mano con el guardarraíl cuando me ponía de pie — murmura.
No se mueve, solo observa la sangre.
—¡No te quedes ahí! Vamos. —Lo llevo al baño de mujeres y abro el grifo—. Pon la mano bajo el agua fría.
Me obedece.
Le quito el maletín de emergencia, donde hay un kit de primeros auxilios. Lo abro y encuentro gasas, antiséptico y esparadrapo. Cierra el grifo, pero el corte, que se extiende de la mitad del pulgar hasta la muñeca, no deja de sangrar.
—Tal vez necesites puntos.
—No, no hace falta.
—Eres tan brillante que ahora también eres médico, ¿no? —Pongo un puñado de pañuelos de papel bajo el otro grifo—. ¿Me dejas?
Asiente.
Señalo la encimera.
—Siéntate.
Se apoya en el mármol, entre los dos lavabos, y se inclina contra el espejo. Le tomo la mano y la giro para observarla. Limpio la herida con cuidado. Trato de no distraerme pensando otra vez en aquella noche y en las mil maneras en que lo toqué, ya que ahora también lo estoy haciendo, pero de manera más inocente. Aunque no puedo dejar de volver a eso.
Hace una mueca.
—¿Te duele?
Niega con la cabeza.
—Ya sabes cómo soy.
Es verdad. No le gusta que lo toquen.
—Se llama hipersensibilidad táctil —añade— y es un síndrome de verdad.
Lo dice igual que cuando le conté lo de mi Raynaud.
—Pero ¿hace que todo contacto físico te duela?
—No todo. —Desde luego que no—. Tengo que saber que va a llegar, esperarlo, desearlo. Entonces, no hay ningún problema.
—Ah, ya veo. —Está tan cerca que, si lo mirara, sería como una repetición de aquella noche, así que me concentro en vendarle la mano y en asegurar la gasa a la herida lo más rápido y de la manera más profesional que puedo—. Ya está, perfecto.
—Eres muy amable. No tenías por qué hacerlo.
Sonrío.
—Bueno, es lo mínimo, como forma de pago por tus servicios.
—¿Servicios?
—Sí, ¿recuerdas que solías cuidar de mí? Cuando yo descansaba en la habitación de Peter mientras abajo había una fiesta… O aquella otra vez, cuando fuimos a la fraternidad de TKE y bebí demasiado. Siempre te preocupabas de que nadie se aprovechara de mí.
Arquea una ceja.
—¿Y cómo lo sabes, si estabas dormida?
—Descansaba los ojos, nada más.
Sacude la cabeza.
—Bebías demasiado con Peter. Hacías estupideces.
Me molesta que lo diga. Como él nunca bebía, seguro que catalogaba todas y cada una de mis borracheras.
—Gracias, papá —suelto.
Luego suspiro. En el fondo, tiene razón. Edward no quiso que Peter lo arrastrara a su mundo de juergas, pero yo sí me dejé llevar por su ritmo de siete días a la semana de fiestas. Sacaba peores notas que en el instituto porque siempre tenía resaca, y me perdía muchas clases. En ese momento, pensaba que hacer eso era lo más guay, pero ahora entiendo qué quiere decir Edward. Mis cuatro años de universidad se funden en una fiesta confusa y apenas recuerdo nada.
—Vale, quizá sí. Sabía que te parecía mal. Así que nunca comprendí por qué lo hacías. Seguro que tenías cosas más divertidas que hacer, en lugar de vigilar que a la novia borracha de Peter no le pusieran un dedo encima.
Se arregla el vendaje de la mano y baja de la encimera de mármol del lavabo.
—Ya, bueno. Solo cuidaba de la chica de mi mejor amigo. Pero cualquier tío que no sea un imbécil haría lo mismo. No le des más importancia de la que tiene.
Abre y cierra la mano unas cuantas veces para que la sangre vuelva a fluir, y luego se mira en el espejo mientras le digo:
—¿Qué quieres decir? ¿Darle más importancia? Claro que…
Y me callo cuando, de repente, se agarra el extremo de la camisa y se la quita por encima de la cabeza.
Dios mío de mi vida.
No, eso no. Mi corazón no lo resistirá.
He hecho lo posible por no mirarlo en el refugio. Pero aquí solo existen las paredes de cerámica rosa del lavabo de mujeres y él es como un oasis en el desierto. Así que no puedo evitarlo. Me recreo en el placer de poder mirarlo hasta haber alimentado mis fantasías durante una década. Desde luego que no es el chico que conocí hace cinco años. Está más musculado. Ha pasado de estar delgado a estar definido. Tiene los abdominales de un atleta. Y bíceps de los que me colgaría para siempre. Y…
Antes ya pensaba que estaba hecho para el placer. Ahora…
Me mira en el espejo mientras abre el grifo y pone la camisa debajo.
—Es mi favorita.
Lo dice con diversión. Seguro que no se le ha escapado mi expresión, sabe leerme como si fuera un libro abierto. Me ha pillado. Así que aparto la vista del país de las maravillas que es su cuerpo y regreso al vestíbulo con la cabeza baja y recitándome, para mis adentros, ruborizada: «Idiota, idiota, idiota».
Cuando llego, me abanico con las manos y me limpio la baba que me estará cayendo por las comisuras de los labios.
Madre mía. Necesito ayuda. Tengo que controlarme.
Unos minutos después, aparece por la puerta, sin camisa, y yo sigo alterada.
Se sienta en el banco, tiene una ceja arqueada. Me siento como una colegiala.
—¿Has podido dormir antes?
—Un poco. Está dura —murmuro a la vez que le miro el pecho—. La madera, quiero decir.
«Isabella, qué desastre».
Está sentado en el banco y solo lleva puestos los pantalones. Es puro ego masculino, estirado con las piernas y los brazos abiertos sobre el respaldo del banco, como si supiera que es especial.
No puedo mirar y no puedo no mirar. La guerra que se ha desatado en mi cabeza debe de reflejarse en mis ojos, porque su boca se retuerce, divertida.
Le encanta hacerme jadear.
Me señala con el dedo, como hizo aquella primera noche, cuando impidió que la cerveza del juego me empapara. Probablemente por eso me siento como si me hubiera tragado un anzuelo y fuera directa a mi perdición, igual que cuando me atrajo hacia su dormitorio.
Señala el espacio que hay junto a él en el banco.
—Puedes descansar sobre mi hombro.
Mi corazón se siente atraído a ese lugar y a él como un imán, pero mi cabeza grita que ni se me ocurra. Me toco el anillo de compromiso, inconscientemente.
—Ponte la camisa.
—¿Por qué? —Me desafía y posa la mirada en el anillo.
Murmuro algo incoherente acerca de que estaré más cómoda así, pero sabe perfectamente que es una excusa.
—¿Te doy miedo? Solo lo decía porque pensaba que necesitabas dormir para estar perfecta en tu día, princesa.
Suspiro. Sí. Es Edward, nada más y nada menos. Si no puedo confiar en él, no puedo confiar en nadie.
Me siento en el banco y me envuelve con el brazo. Dejo caer la cabeza en su hombro. Trato de ignorar lo bien que encaja ahí. Lo cómodo y blando que es en los lugares necesarios, aunque su cuerpo sea puro músculo. Lo bien que huele. Cómo cada parte de mi cuerpo vibra. Cómo pasea los dedos suavemente por la parte superior de mi brazo, para calmarme.
Cierro los ojos y trato de evitar que mis pensamientos vuelvan a aquella noche.
De alguna manera, por fin logro dormir.
¡Por fin soy libre, y por fin puedo volver a la normalidad! No hay hiatus, queridos lectores, he vuelto y nos adentramos de cabeza en la segundad mitad de la historia. Todavía tienen ellos dos mucho que contar, y este capítulo está calentito calentito...
Intentaré en la medida de lo posible traer un capítulo diario o cada dos días.
Espero siga alguien todavía por ahí(?
