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6 de diciembre


Se arrodilló en el suelo y me bajó las bragas hasta las caderas. Me separó las piernas y tocó mi zona íntima con suavidad.

Estaba apoyada sobre los codos, pero en cuanto sus dedos se movieron ahí abajo, me dejé caer.

—¡Oh, Dios mío!

—¿Quieres esto? —dijo, con voz ronca. Asentí con la cabeza.

Me frotó el sexo con el pulgar e insertó un dedo. Jadeé.

—¿Esto? Volví a asentir.

—¿Seguro que no eres virgen? Te noto muy estrecha.

Sacudí la cabeza.

Siguió follándome con el dedo y me pasó la otra mano bajo el culo, para arrastrarme hacia el borde del futón.

Casi perdí la cabeza cuando sustituyó el dedo por la lengua. Me lamió lenta y deliciosamente y me vine abajo. Hundió la lengua en la vagina y gimió del gusto.

—¡Edward! —chillé—. Nunca… Yo… Nadie…

—¿Quieres que pare?

Le dije que no. Quería ver qué pensaba hacer. Lo necesitaba.

—Joder. —Me besó la cadera y se instaló de nuevo entre mis piernas—. Si estoy soñando, no me despiertes. Quiero quedarme a vivir aquí.

Y volvió a situar la boca en mi sexo y a chupar.

Estaba segura de que debía de ser lo más cercano al cielo que he conocido jamás.

El último pensamiento que me cruza la mente, mientras el sueño termina, es que nunca he vuelto a sentir algo así.

Cuando despierto, tengo la cara hundida en su pecho, y la sensación es maravillosa. Me abraza y su mejilla roza mi pelo. Sus dedos están entrelazados con los míos. Huele de maravilla. Sonrío y pongo los labios sobre su piel para depositar un beso, para probar su sabor, y me doy cuenta.

Alerta. Alerta roja.

Es Edward, el hombre equivocado. No es mi prometido.

Salto como un resorte y me aparto. Sus ojos centellean y me mira con expresión adormilada antes de bostezar.

—¿Todo bien?

Así que estaba dormido. Bien. Quizá no se ha percatado de que casi le doy un lametón en el pecho hace un segundo.

Al menos, eso espero.

—Sí, sí. Una… una pesadilla.

—¿Pesadilla?

No, no lo era. Por suerte, me he detenido antes de que se convirtiera en una.

—Casi.

Me mira con curiosidad, pero no dice nada. Se levanta y se estira mientras camina hacia la puerta para mirar al exterior. Cuando lo tengo de espaldas, rezo para tener fuerzas suficientes como para no mirarle el culo ni los músculos de la espalda, como una adicta al sexo que se muere de hambre; sin embargo, sucumbo a la tentación.

Silba.

—Hay mucha nieve ahí fuera —dice y mueve los hombros—. Las luces de emergencia se han apagado. Pero creo que ha pasado otra quitanieves a juzgar por la cantidad de nieve acumulada, así que es mejor que nada.

Aparto los ojos de su cuerpo con esfuerzo y tomo el móvil.

—Voy a ver si tengo algún mensaje.

Salgo fuera y miro la pantalla. Tengo uno, de Rosalie:

«Acabo de hablar con la policía estatal. Saben dónde estáis. Van a mandar una grúa a primera hora de la mañana».

Vuelvo dentro para contarle la noticia a Edward y lo veo salir del baño.

Su voz es juguetona. Dice:

—Adivina.

—¿Qué? —digo, con el mismo tono.

—Hoy es el día de tu boda.

Casi se me había olvidado. ¿Por qué se me encoge el corazón, y no es de emoción?

—Ah, sí.

—No te preocupes, princesa. Te llevaremos al altar.

Parece preocupado. Lo dice como si fuera igual de importante para él que para mí. Y al menos ahora me llama princesa en lugar de Novzilla, pero, no sé por qué, todavía me molesta.

—Ya. Rosalie me ha enviado un mensaje, dice que llegará una grúa a primera hora de la mañana.

Llevo más de un año esperando este día. Entonces ¿por qué me siento como si fuera realmente el peor día de la historia?

—Genial. ¿Lo ves? No hay nada de qué preocuparse.

Asiento y me abanico un poco. Tengo que calmarme. Por supuesto que Peter también me ha hecho disfrutar en la cama. Me ha provocado muchos orgasmos. Todo va bien en ese aspecto, así que no sé por qué demonios siento que aquella vez con Edward fue mil veces mejor.

Necesito dejar de pensar todo el rato en su cuerpo. Ojalá tuviera un libro para distraerme. Estoy a punto de tomar una decisión importantísima que cambiará mi futuro y que marcará el resto de mi vida; y por eso estoy nerviosa. La hierba siempre parece más verde y frondosa en el jardín del vecino, hasta que te quitas los zapatos y caminas descalza sobre ella.

Son los nervios, nada más.

Me siento en el banco y me recojo las rodillas hasta el pecho. Tengo los pies tan pálidos que casi son de color azul.

De repente, me acuerdo.

—¡Edward!

Está frente a la máquina expendedora, frotándose la barbilla.

—¿Sí?

—Acabo de acordarme… Mierda, no sé por qué no lo he pensado antes. Tengo una bolsa de Macy en el maletero con un par de botas nuevas. Iba a devolverlas porque no estaba segura de que fueran mi estilo, pero mejor eso que ir descalza.

Bosteza, se estira y va hacia la puerta.

—Voy.

Hago ademán de tirarle la camisa, pero me dice que no. Así que piensa salir medio desnudo en plena tormenta de nieve. Está loco. Se la tiro a la cara.

—Póntela. Ya he visto demasiado tus abdominales perfectos.

Sonríe y se la pone.

—Gracias, y esta vez trata de no cortarte la mano. —Me quedo en el banco, me masajeo los pies y trato de no pensar en él.

Pero es imposible.

Vuelve unos minutos más tarde.

—Eh… Bella.

Giro la cabeza, pensando que debe de ser otra persona. Me ha llamado Bella.

¿Se sabe mi nombre? Me tiembla la voz.

—¿S…, sí?

Mira en el interior de la bolsa de Macy arrugada.

—Creo que estarás mejor descalza.

Salto del banco y tomo la bolsa.

—No exageres, no será para tanto.

Miro las botas. Había olvidado lo horrendas que eran. Son de cuero hasta la rodilla, con tacón alto, y una pequeña máscara felina.

—Eh… —Me pongo roja.

—Es verdad que no es exactamente tu estilo. ¿Cuándo ibas a ponerte algo así?

—Bueno… —Arrugo la bolsa y la tiro sobre el banco—. Vale, te lo diré. Peter me contó que tenía una fantasía. Una fantasía con Catwoman. Y pensé que podría… No sé. Pensé que le haría ilusión si su fantasía se convertía en realidad en su noche de bodas. Pero luego dijo algo que me hizo cambiar de opinión, así que lo guardé todo en el maletero, para cambiarlo.

Me mira como si fuera extraterrestre.

—Lo dices en serio.

Asiento.

—¿Qué te dijo?

Me encojo de hombros.

—Bueno, dejé caer que igual podríamos probarlo y casi se parte de risa. Dijo que ni merecía la pena que lo intentara.

Me escucha con atención. No responde, como si esperara a que terminase de contarle lo que pasó. Siento que tengo que seguir hablando, así que farfullo:

—No pasa nada. Es que no soy sexy, y ya está. Me dijo que no le importaba. Que soy una chica normal y que quiere pasar el resto de su vida conmigo, ¿sabes? No con las demás mujeres. Así que supongo que eso debería hacerme feliz. —Me animo y abro la bolsa.

—Ya…

Parece que quiere decir algo más, pero cierra la boca y fija los ojos en el suelo.

—¿Qué? —Saco las botas. Vale, no son botas de escalada ni mucho menos, pero no tendré que ir descalza. Prefiero tener los pies secos y calientes. Me pongo las botas por encima de los leotardos mientras me mira.

—Nada. —Me observa con curiosidad cuando me levanto y doy una vuelta para probarlas—. ¿Así que no te pondrás el resto del conjunto?

Le saco la lengua.

—Ja, ja, ja.

—Solo digo que si todavía no estás decidida, yo me ofrezco a aclararte si estás sexy o no. —–Cruza los brazos y me mira de arriba abajo—. Porque ya te lo puedo decir. Eso que llevas es muy excitante.

—Eh, ¡para ya! —Sé que me toma el pelo. Pero tiene que dejar de hacerme pensar en nada más excepto en que me voy a casar con Peter en menos de nueve horas. Estoy bastante nerviosa de todos modos—. Creo que va a ser que no.

Se encoge de hombros y vuelve a la máquina expendedora.

—¿Me prestas un dólar? —le pido, mientras me tambaleo hacia el banco—. Estoy muerta de hambre. Mi cena de regaliz no ha sido para tirar cohetes.

Sacude la cabeza y me enseña un billete.

—Es mi último dólar.

—Oh.

Vale, no hay problema. Oigo que compra algo y tomo un sorbo del agua que todavía me queda. Me tomaré otro café. La parte buena es que el vestido de novia me quedará de fábula, eso seguro.

En menos de nueve horas.

Diosmíodiosmío. Voy a casarme en menos de nueve horas. Eso creo.

—Otra máquina quitanieves —dice de repente.

Me giro y trato de levantarme para ir a la puerta con mis ridículas botas. Antes de lograrlo, me pone algo en la mano.

—Toma.

Ya está fuera y no me doy cuenta de que es…

Un Twizzler. Para mí, es la mejor golosina del mundo.

Me quedo allí, helada, y trato de centrarme. ¿Cómo lo sabe? ¿Se lo he dicho durante el viaje?

No.

¿Se lo he dicho durante los últimos años? No. Si apenas nos hemos visto.

Pero lo sabe, de algún modo.

¿Por qué?

Lo sé. Dice que no debo darle importancia a las cosas. Que no lea lo que no es. Que no piense que mientras todos sus amigos estaban de juerga en el sótano de la fraternidad, él jugaba al ajedrez conmigo durante horas. Que conducía ida y vuelta desde Denver para darme clases y que pudiera sacarme los exámenes de GRE. Que cuidaba de mí en la fraternidad para que no me pasara nada malo. Que sabe cuál es mi golosina favorita y que creo que Peter no tiene la menor idea de cuál es.

Pero es que no paro de ver señales en todo esto. Soy Novzilla. Enana. Loca. Princesa. Me odia.

¿Me odia, verdad?

Al cabo de un minuto, me envuelvo en el cárdigan y salgo fuera. Me quedo bajo el porche del edificio y veo una máquina quitanieves que avanza lentamente por la otra punta del aparcamiento. Edward está de pie, con nieve hasta las rodillas y las manos en los bolsillos.

La tormenta está amainando.

—¿Crees que puede vernos? —digo desde el borde del porche, donde la nieve se acumula en un enorme montón que hace que el edificio parezca liliputiense.

—Sí —responde, se gira y avanza por la nieve—. Pero es un capullo. Le he pedido que nos ayudara a sacar el coche de la zanja y dice que no puede. Que es una cuestión legal, no puede aceptar la responsabilidad si hay algún desperfecto.

—¿En serio? —Me vengo abajo—. ¿Le has dicho que…?

Me callo. Iba a decir que si le había dicho que voy a casarme, pero hace un rato ha mencionado que el hecho de que sea el día de mi boda no me convierte en nadie especial.

Y tiene razón.

No es como si hubiera curado una enfermedad o hubiera ganado un maratón o hubiera hecho algo que poca gente sea capaz de hacer.

Todo el mundo se casa.

Fuera de mi pequeño círculo de amistades, a nadie le importa un pepino.

Sus ojos se posan sobre mis ridículas botas y me ofrece una sonrisa perezosa.

—Bueno, quizá obtengas un resultado distinto. Sobre todo, si te pones todo el conjunto de Catwoman.

Ajá. Qué gracioso. Vuelve a girarse para observar la quitanieves y me quedo detrás de él mientras contemplo su espalda enfundada en la camisa de franela y trato de fingir que no se me hace la boca agua solo con verlo.

Luego me acuclillo, tomo un poco de nieve y hago una bola. La arrojo contra él con todas mis fuerzas. Contacto. Quería darle en la cabeza, pero le doy en el hombro.

Se gira mientras intento hacer otra bola lo más rápido que puedo.

—¿Quieres morir?

No se empieza una pelea con un cuchillo de mantequilla, pero es lo que acabo de hacer. No soy atlética, llevo botas de tacón en la nieve y Edward es un deportista que disfruta en la nieve.

Aprieta los nudillos y me mira furibundo. He despertado al dragón.

Tiro otra bola, pero esta vez no le doy, y él también se pone a preparar su propia artillería. Una bola de nieve enorme.

Chillo y busco donde esconderme. Trato de protegerme detrás de uno de los pilares de piedra bajo el porche, pero antes de llegar, la bola me da en el pecho.

—¡Eh, Sargento Edward! —grito y me sacudo la nieve—. Es posible que hayas ganado la batalla, pero no ganarás la guerra.

Avanza inocentemente hacia mí, con las manos en los bolsillos y una sonrisa.

—Creo que la victoria ya es mía, Soldado Bella. Para ser alguien a quien no le gusta la nieve, estás cubierta de ella.

—Qué divertido. —Me agacho para tomar más nieve—. ¿Quieres más?

Me responde con una bola que me da en la barbilla. Me quedo boquiabierta. ¡Es muy rápido!

—Tú lo has querido. ¡Guerra!

Acepta el reto.

—Vamos a ver de qué estás hecha, enana.

Me duelen los dedos, pero formo otra bola de nieve. Apunto a su cabeza y fracaso de manera estrepitosa. La bola cae a más de un metro de distancia.

—¿A eso llamas guerra? —me provoca.

Frenéticamente, trato de formar otra bola, pero me da en la cabeza. La nieve se deshace y el agua me cae por el cuello. Chillo.

En el siguiente intento, lo engaño al fingir que iba a tirar en una dirección, así que no se lo espera cuando arrojo la bola contra un montón que tiene al lado, de modo que la onda expansiva lo cubre de nieve.

Levanto el puño en señal de victoria.

—¡Sí!

Allí está, medio hundido en la nieve, congelado por la sorpresa.

Mi triunfo apenas dura un segundo, porque en un instante su expresión se transforma en determinación animal.

—Vas a ver lo que es bueno —grita y forma rápidamente otra enorme bola de nieve, casi del tamaño de su cabeza.

Grito, me alejo y trato de ocultarme detrás del pilar, pero tropiezo, me caigo al suelo y termino cubierta de nieve de pies a cabeza. Trato de formar otra bola, y los dos nos damos al mismo tiempo, en el pecho.

Para entonces, estoy demasiado eufórica como para que el frío me importe.

No me siento ni las manos ni los pies, pero no me importa.

Ya no formamos bolas de nieve, simplemente nos arrojamos puñados el uno al otro.

Y me río tan fuerte que no puedo parar. Estoy mareada, mojada, cubierta de nieve y me siento viva.

Estoy perdida en un mar de color blanco mientras él me arroja nieve, se acerca más y se burla porque decía que no me gustaba la nieve.

—Tienes que calmarte. Yo te ayudaré —le digo, mientras se agacha.

Le agarro el cuello de la camisa, que no se había acabado de abrochar, lo abro y le meto un puñado de nieve en la parte de abajo del cuello.

Me señala con una mano y con la otra me agarra la muñeca.

—Estás muerta.

Lo dice como si fuera en serio. Trato de zafarme, pero vuelvo a tropezar con la nieve y un segundo después, él cae sobre mi cuerpo y me retuerzo para huir a la vez que me tira más nieve, como si quisiera enterrarme bajo una montaña helada.

Me río con tanta fuerza que apenas puedo respirar.

—¡Para, para! ¡No, por favor! ¡Para!

Lo hace. No se mueve y yo tampoco. Los dos jadeamos. Clava la mirada en la mía. Su nariz está a un milímetro de mí. Siento el calor de su piel, su barba de dos días casi roza mi barbilla y su pene semierecto está atrapado entre los dos.

Voy a morirme aquí mismo. No tengo frío.

Estoy tan caliente como puede estar un ser humano sin arder en llamas. Tengo tantas ganas de que me bese que no puedo más.

Quiero probar su sabor.

Una brisa fría recorre el valle y me aparta el pelo de la cara. Parpadea y se levanta.

—Admítelo, he ganado —dice como si nada.

Me quedo tirada en el suelo. El corazón me late desbocado.

¿Qué acabo de hacer, maldita sea? Casi…

Todavía mareada, me levanto y me miro los dedos. Están de color rojo sangre, y seguramente las mejillas estarán igual. Edward, al contrario, apenas parece afectado por el frío. Jadea un poco y en su rostro perfecto se dibuja una sonrisa.

—¿Abandonas tan pronto?

—No me siento los dedos —admito e intento moverlos.

Me toma las manos entre las suyas y me mira. A pesar de que me ha arrojado bolas de nieve durante un buen rato, las tiene secas. De inmediato, siento la misma sensación que antes tenía en los pies, pero ahora en las manos; como si me clavasen un millón de agujas, aunque el calor de su masaje ayuda.

—¿Mejor?

Asiento porque me he olvidado de hablar. Lo único que tengo en la cabeza es la sensación de sus manos sobre las mías.

Mis manos están frías, pero las suyas son las que tiemblan.

Me pregunto si se da cuenta, pues, de repente, las suelta y se las limpia en el pantalón, como si acabara de tocar algo contaminado.

El hombre de la máquina quitanieves se acerca y baja la ventanilla. Edward cruza las montañas de nieve para llegar hasta él, y yo lo sigo, bamboleándome con mis ridículas botas.

Estoy empapada, y no me doy cuenta del frío que hace hasta que otro remolino de viento me azota. El dolor se desliza hasta las manos y los pies.

—¿Seguro que no puede sacar el coche de ahí? —insiste Edward.

El tipo, un hombre mayor con barba de Santa Claus, pero no tan blanca, sacude la cabeza.

—Lo siento. Ya he tenido problemas antes con favores así. Pero es que no importa, al pie de la colina hay mucha nieve que todavía tardaremos bastante en retirar.

Edward se rasca la cabeza:

—¿Ah, sí?

—Sí, es un desastre.

Edward me mira.

—Se casa a las once de la mañana. En el hotel Midnight Lodge. ¿Qué le parece?

El viejo me mira con atención y se fija en mis botas.

—¿Va a ir al altar con eso en los pies?

Frunzo el ceño. Contesta a la pregunta y basta.

Se ríe.

—Bueno, sea como sea, con la nieve que hay en la colina, es imposible.

Casi me atraganto con el aire frío.

—¿Cómo?

—Solo le digo la verdad, señorita. Empiezo a hiperventilar.

Edward se acerca al vehículo, se sube al lateral e insiste.

—Mire, está perdiendo los papeles. Si pudiera acercarse donde tenemos el coche y ayudarnos a sacarlo, le aseguro que no le crearemos ningún problema. Considérelo un regalo de boda, por favor.

El hombre repite su negativa.

—Buen intento. —Arranca el motor y Edward se baja—. Protéjanse del frío, todavía queda tormenta. Y felicidades.

La máquina se aleja y Edward me mira como si me pidiera perdón. Me abanico torpemente con las manos.

—No puedo respirar, Edward, no puedo respirar.

—Eh. —Me agarra las muñecas y las mantiene quietas—. Mírame. Aún no está todo perdido.

Me castañetean los dientes.

—Estoy hecha un desastre. Casi noto las bolsas negras formándose en mis ojeras. Voy a estar horrible en el día de mi boda, sobre todo si no llego a tiempo.

—Mira, si no llegas exactamente a las once, no pasa nada. Quizá puedan retrasarlo una hora o dos. —Alarga la mano, me aparta un mechón de pelo y me hundo en el déjà vu—. Y de ninguna manera vas a estar horrible. Eso no es físicamente posible.

Dejo de castañetear y de repente vuelvo a sentir calor.

—¿Qué?

Deja caer las manos y se aclara la garganta.

—Quiero decir que Peter nunca pensará que tienes mal aspecto.

Sí que lo pensará. En los cinco años que llevamos juntos, jamás ha vacilado a la hora de decirme que creía que estaba fea, si era lo que pensaba. Lo descubrí a los pocos meses de salir, cuando me puse una prenda de color púrpura y me dijo que parecía un payaso. Por eso me aseguraba de estar perfecta cada vez que quedaba con él. Me negué a que me viera durante una semana cuando descubrí que era alérgica al marisco y me salió un sarpullido monumental. Cuando tuve la gripe también le prohibí que nos viéramos. Y cuando me hicieron aquel corte de pelo tan horroroso, justo antes de mi último año en la universidad, no nos vimos durante un mes.

—Es obvio que no conoces a Peter tan bien como crees —murmuro.

—Quizá no —reconoce y hunde las manos en los bolsillos—. Pero diría que el día de tu boda es un poco tarde para admitir que ha cometido un error.

Trago saliva. Exacto. Por eso no voy a pensar en errores de ahora en adelante. Todo es como debería ser.

Caminamos hacia la puerta del refugio.

—Gracias. Y gracias por el intento con el idiota ese. ¿Por qué crees que todo el mundo piensa que nos vamos a casar?

—Ni idea.

Lo miro de reojo.

—¿De verdad?

Se encoge de hombros.

—Sí, quiero decir, es raro. Está claro que tú no eres mi tipo.

Oh. Así que eso de «enloquecedoramente hermosa» solo era una frase para ligar.

—Ya. Es obvio que eres como Peter. Quizá no quieras una modelo con tetas grandes, pero te va Catwoman. Al menos, a juzgar por lo mucho que te han gustado las botas.

—Exacto —dice.

—Mira, hagamos una cosa. ¿Qué te parece si te regalo el conjunto, y así convences a tu novia de que se lo ponga? Es decir, si alguna vez tienes una.

Sacude la cabeza.

—Qué amable por tu parte. Pero de nuevo, es un gran «si».

—Ah, sí, se me olvidaba. A ti te van más los rollos de una noche. Nadie está a la altura de tus estándares imposibles, al menos lo bastante como para repetir, ¿verdad?

Me mira y dice en voz baja:

—¿Otra vez con esas? ¿Por qué te importa tanto? ¿Es porque fuiste una de todas mis legiones de mujeres guapas? ¿Quieres saber en qué lugar estás en la clasificación? ¿Es por eso?

Me quedo boquiabierta. Luego comprendo que tengo la manera perfecta de salir del embrollo:

—¿Crees que soy guapa?

—Ja, ja. Muy divertida. —Abre la puerta y me deja pasar—. Quizá no deberías ser tan curiosa. Ya sabes lo que dicen.

Cuando entro, todavía caen copos de nieve al suelo. No espera a que conteste. Mira mis botas y dice:

—La curiosidad mató al gato… y a la gata también.

—Eres muy gracioso.

El calor me ataca en cuanto entro en el refugio y me quema la piel. Tengo la ropa tan mojada que la humedad me irrita la piel, ya de por sí enrojecida. Me envuelvo en el cárdigan empapado para contener el temblor.

—Ven aquí —dice, observándome.

Por un segundo, me pregunto si va a ofrecerse a hacerme otro masaje, pero no lo hace. Lo cual está bien, porque no puedo aceptar. Fuera, he estado a meros milímetros de volver a besarlo. De hecho, lo deseaba. Dos milímetros han sido lo único que me ha separado de ser una buena esposa o un ser humano horrible.

Lo sigo hasta el baño de señoras, castañeteando. En cuanto entramos, aprieta el botón del secador de manos y me pone delante. No es que sea ninguna maravilla, pero ayuda.

—Me parece que estas botas han sido un error. —Bajo la larga cremallera y me las quito. No son botas de nieve, así que se han echado a perder y además tengo los pies tan helados como si hubiera ido descalza.

—Ya te lo dije —masculla.

Me siento en el borde de la encimera del lavabo y levanto los pies para que me dé el aire caliente. Mucho mejor.

—Y lo hiciste, Dumbledore.

Se ríe.

—¿Dumbledore?

Vaya, ¿lo he dicho en voz alta? Bueno, no es uno de los nombres más terribles por los que lo he llamado.

—Sí, porque incluso cuando no lo sabes todo, lo sabes todo. O al menos, eso crees.

—No lo sé todo —responde, orgulloso, reclinado sobre la pared—. Solo sé bastantes cosas. La gran mayoría.

Pongo los ojos en blanco. Me quito el cárdigan, mojado, y me muevo por el baño con la intención de secarme lo más rápido posible. Me contorsiono como puedo para acercarme a la fuente de calor y, al hacerlo, miro en el espejo y veo que me observa.

Su mirada es posesiva y masculina. Como si ni siquiera el apocalipsis pudiera alejarlo de donde está.

Solo me ha mirado así una vez. La noche que lo conocí.

Por un instante, lo miro fijamente. Sus ojos vuelven a oscurecerse y se pasean por mi cuerpo igual que sus manos hicieron aquella noche, como si quisiera recorrer el camino que dibujó aquella noche, hace años.

Y esa mirada me lo confirma todo. Tampoco me odia tanto como creía.