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7 de diciembre
Eché la cabeza hacia atrás y agarré la almohada. Me la puse sobre la cara para no gritar, aunque casi no podía respirar. Olía muy bien, como si la acabaran de lavar.
Noté su nariz pasearse por mis labios mientras su lengua hambrienta exploraba mi sexo. Ningún hombre había estado ahí. En lugar de avergonzarme, ardía y veía colores tan vívidos tras los párpados cerrados que pensaba que me había muerto y estaba en el Paraíso.
Arqueé la espalda, mi mano encontró su nuca y mis dedos se hundieron en su espeso cabello.
Cuando añadió un dedo, con cuidado, y lo metió de manera metódica dentro de mí, me corrí como nunca lo había hecho y jadeé como una loca. Aparté la almohada y me incorporé sobre los codos para tratar de ver al dios entre los hombres que acababa de darme tanto placer.
Se sentó sobre los talones, con la boca húmeda de mí.
—¿Qué pasa?
—Es que… —Creo que todavía me estaba corriendo—. Me he corrido.
Se deslizó sobre el futón y se quitó los pantalones y los calzoncillos.
—De eso se trata, ¿no?
—Sí, es solo que…
Nadie me había hecho correrme tan rápido ni de manera tan intensa.
—Ven aquí. —Me deslizó una mano por el pelo y su boca fue al encuentro de la mía. Me colocó de nuevo sobre el futón y me cubrió con su cuerpo. Noté su polla erecta entre nosotros, y me hizo gemir. Era delicioso— ¿Es lo que quieres?
Asentí.
Estiró la mano hacia la mesita que había junto al futón y sacó un condón.
Lo abrió con los dientes y se lo puso.
Me separó los muslos ligeramente y sentí sus rodillas entre mis piernas. Me pidió permiso con la mirada para entrar. Luego, cubrió mi cuerpo con el suyo y sentí que todos sus músculos temblaban contra mi piel. Me tomó el pelo y me besó de nuevo. Noté la punta de su pene, que se deslizaba por mi sexo mojado, e inspiré, tensándome.
Se detuvo.
—No te haré daño —susurró, y sentí su aliento cálido en mi oreja.
—Lo sé. —Volví a inspirar y esperé algo que no sabía qué era. Algo que me cambiaría la vida.
Y así fue. Lo que imaginaba que sabía del sexo hasta ese momento no era nada en comparación con lo que sucedió.
No dejó de mirarme mientras me penetraba, me abría lentamente y forzaba cada uno de sus músculos. Jadeaba con pesadez y se concentró, como si cada segundo significara algo y los grabara en su memoria.
Cuando me hubo penetrado hasta el fondo, sentí algo que no había sentido con ningún otro antes que él.
Me sentí adorada.
Se inclinó sobre mí, me besó la oreja y dijo:
—¿Te gusta?
Hasta ese momento con él, no sabía que el sexo era algo que podía disfrutar. Sentí una oleada de calor en el vientre que jamás había sentido. Mi sexo lo abrazó, pidiéndole que se moviera, pidiéndole más.
—Sí, sí. Oh, sí.
Soltó un gemido.
—Dios, eres maravillosa. —Me acarició el pelo con la mano.
—¿Estás mejor?
Levanto la mirada. Edward me observa desde el expositor de folletos turísticos, donde toma su enésima taza de café mientras lee el folleto del hotel Stanley en el Estes Park. Encima de él, en el televisor, echan un viejo episodio de Friends. No han emitido noticias en una hora.
Ha vuelto a darme la camisa de franela para que me cubra, y estoy bastante cómoda, aunque no creo que pueda volver a dormirme. Me duelen los dientes después de tantas barritas de golosinas con sabor a fresa. Casi ha dejado de nevar, pero no ha venido ninguna otra máquina quitanieves. A mi teléfono solo le queda un quince por ciento de batería, pero trato de contenerme y no salir fuera cada dos por tres para comprobarlo, porque lo más probable es que nadie me haya enviado ningún mensaje en mitad de la noche.
Situación: más o menos como antes.
Boda: dentro de ocho horas y no sé si llegaré.
Pequeño favor del universo: la camiseta térmica de Edward ya se ha secado y se la ha vuelto a poner, así que está tapado.
Problema: tras la batalla de nieve, la temperatura de la sala se ha disparado. Y no deja de subir a medida que recuerdo aquella noche con él. La tensión es tal que haría falta una sierra para cortarla.
Me aguanto las ganas de tomar una ducha fría de nieve después de ese último recuerdo y digo:
—Estoy bien, ¿y tú? ¿Cómo tienes la mano?
Trato de hablar con normalidad y no como si acabara de recordar cómo me penetró hace cinco años con todo lujo de detalles.
Se pasa la otra mano por la venda y se aparta el pelo de la cara.
—No puedo quejarme.
Los dos estamos más nerviosos. Me doy cuenta porque su postura es más rígida. Está prácticamente erguido en el banco y tiembla casi como si tuviera un caudal de energía sin gastar. Es lo mismo que te pasa cuando hay muchas cosas que hacer, pero tienes las manos atadas.
Lo estudio con suspicacia. Edward parece un barril de pólvora a punto de estallar.
—Pues sería una novedad.
Frunce el ceño.
—¿Qué insinúas?
No tenía intención de pelearme con él, pero yo también estoy de peor humor a cada segundo que pasa. Me siento desesperada y la frustración me supera.
—Bueno, no es ningún secreto que te quejas por todo.
Suelta un bufido.
—¿Ah, sí? Mira quién fue a hablar, Novzilla. Te has quejado de la nieve unas cuatro mil veces. Por no mencionar mi manera de conducir, mi selección de barritas de chocolate, tu…
—¡Oh, basta! ¡Cállate! Siempre buscas alguna forma de burlarte de todo lo que hago.
—Bueno, es que…
—¡Basta, te digo! —Me cruzo de brazos y me aparto. Señalo algún punto de la sala—. Vete al otro lado.
—Perfecto —masculla y sale de mi campo de visión, agarrando un puñado de folletos.
Sí. Mucho mejor así.
Empezaba a parecer humano, y ese era el problema. Debo odiarlo.
Si seguimos peleados, no habrá lugar para nada más. Para… lo otro.
Miro un fragmento del capítulo de Friends, pero el volumen está tan bajo que apenas oigo nada excepto las risas enlatadas. Mientras tanto, trato de no ser consciente de que Edward está detrás de mí. Cruzo los brazos y noto algo duro en el bolsillo de su camisa.
Meto la mano y doy con el saquito de terciopelo donde están los anillos.
Lo abro y los miro. Los compramos en la misma joyería donde elegí mi anillo de compromiso. Nos dieron la opción de grabar un mensaje dentro de cada anillo, así que miro el que escogí para Peter: «Solo tú». Y la fecha, 7 de diciembre.
Sonrío. Es cierto, a pesar del infierno por el que me ha llevado mi mente durante estas últimas horas. Lo quiero, y Peter me quiere a mí. Es lo que debe ser. Nos casamos hoy y todo saldrá bien.
Miro el anillo que Peter va a ponerme en el anular. Trato de leer su mensaje grabado, pero no hay nada. Está vacío.
Inspiro profundamente, inquieta. Bueno, no es ninguna sorpresa. Le dije que llamara al joyero para decirle lo que quería grabar, para que fuera una sorpresa para mí. Es posible que se le olvidara. Igual que olvida otras cosas.
No importa. Bah, ¿qué más da? Solo es una frase grabada en un anillo.
No es nada.
Pero quizá sea el principio de algo. Si no recuerda eso, ¿qué pasará cuando la emoción de la boda haya quedado atrás? ¿Se olvidará de nuestro aniversario? ¿Del día de San Valentín?
No importa. Como dijo Edward, quinientas personas están esperando para ver mi boda con Peter Eberhart. Ya he repasado todas mis dudas una y otra vez, y he tomado una decisión.
Abro el bolsillo de la camisa y meto el saquito dentro, pero no entra bien. Hay otra cosa dentro. Un pedazo de papel rígido. Una fotografía doblada por la mitad.
La saco para aplanarla, y la sospecha se abre paso en mi mente incluso antes de verla.
Es la reveladora imagen de una rubia de pelo largo y piernas todavía más largas, recostada sobre una cama, de lado y con una mirada seductora. Está desnuda, tiene las tetas enormes y el pubis rasurado. Y lo enseña todo.
Es la chica de los sueños de Peter.
Primero pienso que es lógico. Necesitaba una foto para correrse, así que debió de arrancar la foto de alguna revista. Peter siempre bromea al decir que a él le gustan las rubias imponentes y que yo soy demasiado normal. Pero también dice que eso es bueno, que soy el tipo de chica con la que uno se casa, y eso es mucho mejor que ser un objeto sexual.
Pero no dejo de mirarla hasta que se me graba en el cerebro, hasta que me aprendo la postura de memoria, y entonces me fijo en algo que cuelga en la pared del fondo.
Es el cuadro de las montañas Flatiron que le regalé el mes pasado. Me tiembla la mano.
No nos hemos acostado desde hace dos meses porque así lo acordamos.
Porque decidimos que, de ese modo, la noche de bodas sería especial.
¿Qué cojones hace esa tía ahí?
Trato de repasar todas las posibles explicaciones, pero ninguna tiene sentido.
La explicación más verosímil es la que he tratado de evitar de manera desesperada durante toda la noche.
Peter me ha mentido. Después de esto, después de sus miles de promesas de que íbamos a estar juntos él y yo, y nadie más… todo es mentira.
Me laten las sienes como si el corazón me hubiera subido hasta la boca.
Necesito preguntárselo. Necesito que se explique. Llamarlo y oír su versión. Eso es lo que hacen las parejas casadas, después de todo. No llegan a conclusiones precipitadas. Se comunican. Hablan.
Incluso ahora, cuando mi lado irracional está peligrosamente cerca de hacerse con el control.
Porque mi lado irracional quiere darle una patada en los huevos.
Trato de controlarme. «Relájate, Bella. No debes perder los nervios hasta que te explique qué ha pasado».
Pero ¿qué explicación va a haber para esto? Para eso, para los condones, para el lubricante…
Y teniendo en cuenta que no es la primera vez que me engaña… Solo significa una cosa.
Que soy una imbécil de campeonato. Mi lado irracional vence la batalla.
Quiero gritarle.
Quiero golpearlo hasta que se muera de dolor. Pero está a kilómetros de distancia.
Me giro lentamente hacia Edward. Está encorvado en el rincón, donde lo he enviado, con la cabeza en las rodillas. No se mueve. Quizá se haya dormido.
Edward el traidor. Edward el mentiroso. Confiaba en él. Y también me ha mentido.
No ha venido conmigo para protegerme. O ayudarme. O porque quisiera asegurarse de que no sospechaba al ver el lubricante.
Ha venido a engañarme. Porque Peter se lo ha pedido. Esta fotografía es la única razón por la que está aquí ahora.
Me levanto y camino hacia donde está. Respiro con cuidado, para no romperme, y cuando llego a su rincón me planto delante de él y pongo la fotografía frente a sus ojos.
Levanta la cabeza.
—Hola… —dice, cauteloso, antes de ver la foto. Cuando lo hace, abre mucho los ojos.
No es Peter, pero es lo que más se le parece.
—Jodido hijo de puta —mascullo, y le doy una patada en las pelotas.
