03:30 h

7 de diciembre


Se dobla y empieza a toser. Se cubre la entrepierna para impedir que vuelva a darle. Su voz es una octava más alta cuando exhala:

—¡Joder! ¿Qué cojones…?

Le planto la fotografía delante de los ojos. No la mira. Hace todo lo posible por no hacerlo.

—¿Has venido a por esto, verdad? —escupo, casi incapaz de pensar. Mi mente es un torbellino de furia, me duele todo y estoy a punto de vomitar.

Se endereza, se pone en pie y sigue sin mirarme a los ojos.

—¿Hola? —exijo mientras le doy patadas, aunque con los pies descalzos casi ni lo nota porque tiene las botas puestas.

Levanta los brazos en señal de rendición.

—Vale, vale. Sí. Peter me envió para que destruyera esa foto antes de que la vieras. Sí, sí.

No soporto mirarla. Lo intento, pero me duele demasiado.

—¿Quién es?

—No me lo dijo. Quizá sea una foto antigua.

—No lo es. Le regalé el cuadro de la pared hace apenas un mes.

Me mira tan sorprendido como yo me he quedado.

—Mierda. ¿En serio?

—¿No te dijo qué había en la foto? —La tiro al suelo y me cubro la cara con las manos. ¡Oh, Dios!

—Bella…

Me aparto las manos:

—Así que, dime… ¿Me ha engañado durante todo este tiempo?

—Sabes que no lo sé. Solo lo he visto un par de veces este año.

—¿Y la última noche? ¿En la despedida de soltero?

Aprieta los labios. Luego dice:

—Había una chica, una bailarina de striptease. Quizá… —Inspira profundamente y lo confiesa mirando al techo—. Estaba borracho. Ya sabes cómo se pone. Salieron un rato y cuando volvió dijo que era la última vez que podía disfrutar de su libertad.

El estómago me da un vuelco. Ahora seguro que vomito.

—¿Se acostó con una bailarina exótica dos noches antes de nuestra boda?

Sus ojos… toda su cara exuda pena. Le doy pena. Se acaricia la barba de dos días y noto que busca la manera más delicada de formular las malas noticias.

—No puedo decírtelo a ciencia cierta.

No puede porque Peter es su mejor amigo y quiere darle el beneficio de la duda. Y yo llevo mucho tiempo haciendo lo mismo. Pero, a veces, hay que dejar de ponerle pintalabios al cerdo y reconocerlo por lo que es.

Y Peter es un cerdo. Mi prometido es un mentiroso asqueroso.

Dios mío. No puedo respirar. Alterno entre el pavor y la furia, y toda la energía dentro de mí amenaza con estallar.

—¿Por qué no me lo dijiste? —le grito, temblando—. ¿Por qué? ¿Dios mío, de verdad me odias tanto?

—Bella, no. No es eso. Es que Peter…

—Lo entiendo. Es tu mejor amigo. Pero déjame decirte algo. —Estoy llorando y no veo nada. Lo empujo con fuerza, en el pecho, y él se encoge ante el contacto inesperado—. ¡Tu mejor amigo es un gilipollas!

—Lo sé. Lo sé —repite una y otra vez, tan bajito que apenas lo oigo.

—Entonces por qué… Te pregunté, te pregunté si sabías algo, si me lo dirías… ¡y mentiste! Dijiste que no sabías nada.

Asiente con un gesto de dolor.

—Lo sé. Pero te juro que lo hice por ti.

—¿Por mí? ¿Me tomas el pelo? —No puedo creer lo que dice. Me enfurece todavía más. Lo vuelvo a empujar.

Se planta y me hace frente.

—Sí, por ti. Escúchame y deja de golpearme por un maldito segundo. ¿Quieres casarte, no? Estás tan animada con el grandísimo evento de tu boda que creo que ni siquiera te importa con quién o con qué te casas.

Lo miro sin dar crédito a lo que oigo.

—¿Qué? ¿De veras piensas que no me importaría casarme con un infiel compulsivo?

—Sí, lo creo. Tú misma dijiste que lo amas. Que lo es todo para ti. Así que no importa, ¿no? Te casarás con Peter haga lo que haga. Por eso pensé que lo mínimo que podía darte es ese día, ese día perfecto que tanto deseas.

Sacudo la cabeza.

—Estás loco. ¡Voy a llamar a Peter ahora mismo y voy a suspender la boda!

Me aparto de él y avanzo a trompicones hacia el banco con el móvil en la mano. Me alegra que solo me quede un quince por ciento de batería, porque será suficiente para anular la boda y mandarlo al infierno. Empujo la puerta, encuentro cobertura y lo llamo.

Salta el buzón.

Claro, son las tres de la mañana.

Aunque si fuera Peter el que se hubiera quedado atrapado en la nieve, y apenas faltaran unas horas para nuestra boda, yo tendría el móvil debajo de la almohada a todo volumen.

Motivo de más para hacer lo que voy a hacer.

Aprieto los dientes y cuelgo. No puedo anular la boda con un mensaje de voz.

Me pregunto si puedo llamar a Rosalie o a mi madre para que le transmitan el mensaje, y entonces me doy cuenta de lo que estoy a punto de hacer.

Voy a anular mi boda.

La boda en la que mi padre se ha gastado todos sus ahorros. La boda de mis sueños. El evento en el que quinientos invitados van a desearnos lo mejor a mí y a mi marido, poco antes de que nos vayamos de viaje para iniciar nuestra feliz vida en común.

Si anulo la boda, seré el hazmerreír de todos mis amigos y conocidos. Todos hablarán del día en que se suspendió la boda, y no la recordarán con una sonrisa amable. Se preguntarán qué fue lo que me hizo cambiar de idea; quizá se sepa que Peter me engañaba continuamente y sentirán pena por mí hasta el fin de mis días. Nadie volverá a mirarme sin pensar en mi desastrosa casi boda.

Por no mencionar que mis padres se arruinarán y no tendrán nietos en lo que podría ser mucho tiempo.

Me muerdo el labio inferior y me percato de que, una vez más, Edward tiene razón.

Preferiría no haberlo sabido. Incluso si… Dios mío.

Me limpio las lágrimas y entro en el refugio cabizbaja.

Me dejo caer en la silla y siento los ojos de Edward sobre mí.

—¿Qué ha pasado?

Encojo las piernas hasta el pecho.

—Ha saltado el buzón.

—Ah.

No dice nada más.

Se queda donde está, con su metro ochenta de hombre atractivo y taciturno. Edward ocupa un espacio que yo también quiero ocupar. Tengo ganas de acercarme a él. Me enfurece por muchas razones, pero una de ellas es su expresión. Me mira decepcionado porque no he roto con Peter de una vez por todas. Frunzo el ceño. Por supuesto que sabía que no sería capaz de hacerlo. Jodido Dumbledore.

Pero ¿sabes qué? Tal vez tuviera razón acerca de todo lo demás, pero no voy a dejar que la tenga sobre esto. Soy yo quien tiene el control.

Salto del banco, vuelvo fuera y tecleo un mensaje de texto. Puedo anular mi boda con un simple mensaje. Si Peter se rebaja tanto como para engañarme dos días antes de nuestra boda, no se merece nada más. Escribo:

«¡ERES UN JODIDO MENTIROSO, HIJO DE PUTA! LA BODA QUEDA ANULADA».

Y lo envío. Ya está.

Al cabo de un segundo, me tiembla el dedo con el que he apretado el botón.

Madre mía. ¿De verdad acabo de hacerlo? Supongo que sí.

El cielo es de color negro y las estrellas empiezan a asomar. No hay nieve.

Pongo la mano en el pomo, empujo y le muestro el mensaje a Edward para decirle que lo he hecho, que estoy orgullosa, que no me conoce tan bien como cree. Entonces, empieza a sonar el teléfono.

Es Peter.

Todavía estoy procesando lo que ha pasado en los últimos cinco minutos, pero la furia no ha pasado. Respondo:

—Peter.

—¿Qué pasa, nena? ¿Qué…?

—No me llames nena. Ya has leído mi mensaje. Vi la foto que Edward sacó de tu habitación. ¿Quién es la chica?

—¿Qué foto? —Antes sonaba adormilado, pero ahora está despierto del todo—. ¿Quieres decir la rubia? No lo sé. De verdad, no lo sé.

—Ya. No lo sabes. Debió de forzar la puerta de tu casa para estirarse en tu cama, desnuda.

—No. Quiero decir que le presté el piso a un compañero de la fraternidad. ¿Recuerdas cuando me fui a Las Vegas por trabajo el mes pasado? Él sacó la foto y la dejó ahí como una broma o un recuerdo.

No quiero escuchar el resto de la excusa. Cabe la posibilidad de que fuera así, pero siempre tiene una explicación para todo. Todo encaja en su mundo.

—Edward me dijo que lo enviaste para que yo no viera la foto.

—¿Te ha dicho qué? —Jadea al otro lado del teléfono—. Bueno, claro. Joder, claro que sí. No quería que pensaras lo que no es si la veías.

—También dice que cree que te tiraste a una bailarina exótica la noche de tu despedida de soltero.

Se queda callado un segundo.

—Mierda. ¿Edward te ha dicho eso? No es cierto.

—Entonces ¿por qué crees que lo ha dicho?

Suelta un bufido exasperado.

—¿Cómo coño voy a saberlo? Pero ya me lo imagino. No pensaba que intentaría joderme dos días antes de mi boda. Creía que ya lo había superado.

—¿Superado el qué? —digo, secamente.

—Superado lo tuyo —responde—. Vamos, no me digas que no lo sabías. Desde aquella primera noche, no te ha perdido la pista. Solo está enfadado porque yo fui el primero en pedirte que salieras conmigo

Abro muchísimo los ojos.

¿Qué?

—Vamos, Bella. No seas estúpida. Tenías que saberlo — murmura— Supongo que tendré que hablar seriamente con él.

La idea de que hablen de mí me pone enferma. Sobre todo porque lo único que hace es desviar la conversación del problema.

—No, no vas a hacerlo. Esto es algo entre tú y yo. Siempre tienes una explicación perfecta para todo. Y ahora mismo no estoy segura de poder confiar en ti. No quiero casarme con alguien en quien no confío.

Exhala un suspiro cansado.

—No sé qué más hacer, Bella. Sabes que desde la última vez he cambiado. Y estoy cansado de que siempre sospeches de mí. Es jodidamente agotador.

Quiero que luche, que pelee por mí. Quiero que me diga con pasión las razones por las cuales sí puedo confiar en él. Quiero que me diga que va a subir a la montaña y que no bajará sin mí y sin haberme demostrado que es un hombre de fiar.

—Joder… yo qué sé, Peter. ¡Dime algo que me haga confiar en ti! — grito, casi sollozando, desesperada.

—¿Como qué? No hay nada que pueda decir. Solo escucharás lo que quieras escuchar —contesta, amargado y con la voz apagada—. ¿Sabes qué? Estoy hasta las narices de esta mierda. Basta, Bella. No habrá boda, ¿vale? Que te jodan.

Y cuelga.

Así como así.

La boda está anulada de verdad.

Al momento me siento hecha polvo. El hombre con el que he estado y al que he amado durante los últimos cinco años acaba de decirme que me jodan, me ha mandado al cuerno como si yo fuera el enemigo.

Pero no me pongo a llorar, todavía no. Quizá porque aún no me lo creo. No sé cuánto tiempo paso a la intemperie, hasta que Edward sale. Mira el móvil y suspira. Supongo que Peter le ha enviado un mensaje porque dice:

—Creo que ya no soy el padrino de boda.

—No importa —añado con voz hueca—. No habrá boda.

—¿No habrá boda? —repite, como si fuera tonto.

—Está anulada.

Espera un minuto como si no me creyera, como si esperara que dijera que es una broma. Entonces parece comprenderlo y parpadea un par de veces mientras sacude la cabeza.

—No lo dices en broma. Mierda, lo siento, Bella.

Hay tantas ideas que se mueven en mi cabeza que no puedo formular ni un solo pensamiento. He planeado mi boda durante casi dos años y en el espacio de unos minutos, se ha ido al garete. No sé cómo sentirme.

—¿De verdad? —Lo miro, herida y confundida. Ni siquiera sé lo que siento…, pero hay algo más—. ¿Por qué no te deshiciste de la foto?

Edward se pasa las manos por la barba y clava su mirada en la mía.

—¿Qué?

—La foto. La imagen que Peter quería que destruyeras. No lo hiciste.

Entreabre los labios, deja caer las manos a los lados y se encoge de hombros.

—Quizá pensé que estaba buena.

No es cierto. Lo sé tan bien como me sé mi propio nombre. No solo soy capaz de ver que Edward miente, sino que, de repente, veo cada aspecto de mi relación con él bajo otra luz. Todos y cada uno de los pequeños detalles desde que lo conocí. Y ahora todo me parece tan obvio que no puedo creer que no lo viera antes.

—Peter me dijo que tú… —Me detengo para inspirar profundamente, porque es como si alguien me oprimiera el pecho—. Dice que has mentido acerca de lo de la bailarina exótica porque estás celoso.

Sus ojos se clavan en mí. Suelta una risita.

—Sí, claro. ¿Porque se va a casar?

—No. Porque se va a casar conmigo.

Se pone serio. Se queda callado durante un largo rato, y los únicos sonidos que llegan son el viento en el exterior, las risas enlatadas de la televisión y el latido de mi propio corazón.

Durante un buen rato no dice nada. Luego, añade en voz baja y huraña:

—¿Qué piensas tú?

Trago saliva y siento cómo la vergüenza se extiende por mi cuerpo, mi cuello y… no sé por dónde más.

—No sé qué pensar. Es ridículo. Y sin embargo… —Un desfile de imágenes pasa por mi mente. Edward, sentado conmigo jugando al ajedrez mientras sus compañeros de fraternidad están de fiesta en el sótano. Edward, que me vigila durante las juergas con borracheras. Que me da mi barrita de chocolate favorita cuando jamás le he dicho que lo era. Insisto—: ¿Es verdad?

No dice nada.

—Edward… —repito, haciendo acopio de valentía. Sacudo la cabeza, incapaz de creer lo que quiero preguntarle. ¿Qué? ¿Que si le gusto? Empiezo a tartamudear—: Edward, dime que soy una idiota —suplico—. Dime que es una ridiculez. Dime lo que sea.

Casi me río. Sueno como una tonta, como si estuviera en el instituto delante del chico que me gusta.

Edward ya no me mira. Ha clavado la vista en un punto en el suelo. Se mordisquea el interior de la mejilla, como si quisiera evitar decirme algo.

—No te he mentido acerca de la bailarina exótica —dice por fin, levantando las manos—. Ojalá fuera así. Desearía que te tratara mejor. Desearía que te tratara como te mereces.

Sonrío. Bueno, está bien saber que al menos uno de los dos tiene conciencia.

—¿De verdad?

Pensativo, sacude la cabeza.

—De hecho… no.

—¿Cómo?

—Sí. No. De hecho, me alegro de que te trate como a una mierda.

La furia me sube por el estómago. Y yo que pensaba que le gustaba.

—¿Te alegras?

Asiente.

—Joder, sí. —Hay fuego en sus ojos, igual que el fuego extraño que me devora por dentro al ver la pasión de su mirada—. Ojalá no se hubiera metido donde no le importaba. Fue como si solo quisiera demostrarme que era capaz de quedarse contigo, de apartarte de mí. Y una vez lo hizo, te balanceaba delante de mí y te trataba como si no fueras nada para provocarme. Pensaba que un día despertarías y te darías cuenta. Pero en todos estos años lo único que has hecho ha sido mirar al otro lado. ¡Cada vez, cada vez que te humillaba! Tengo todo el derecho del mundo a estar furioso.

Parpadeo, incrédula.

Su voz es un sordo rugido.

—Sabes que es verdad.

—No sé nada. Nunca te he importado. Me follaste y luego desapareciste. Han pasado cinco años, Edward. ¿No crees que podrías haberme dicho algo después de aquella noche, si tanto te importaba que él «se quedase» conmigo?

—¿Crees que sabía lo mucho que me importabas entonces? No tenía ni idea. Estaba tratando de comprender. Lo que había pasado entre nosotros, lo que sentí y lo que sentía por ti… Y en cuanto me di la vuelta, ya salías con Peter.

Lo miro, asombrada.

—Desapareciste. No estabas. Durante meses.

—Sí. Es mi manera de hacer frente a las cosas, Bella. Pero me acuerdo de todo. De cada detalle. De ti, de aquella noche, de cómo me destrozó verte con Peter. ¿Pero sabes lo que más recuerdo? Aquella maldita noche. Tú. Cómo me enloquecía tu piel. Estabas avergonzada, estabas un poco bebida, ni siquiera me dejaste que te quitara la camiseta. Incluso con ese pedazo de tela que tapaba poco o nada, eras dulce y tímida.

—Yo… —Siento que me ruborizo. Supongo que tiene razón. Era muy joven e inocente. Pero ahora soy mayor y, aun así, Edward es capaz de hacer que pierda los papeles con apenas una palabra. ¡Solo una palabra!

—No me malinterpretes. Eras deliciosa. Hiciste que me derritiera. — Cierra las manos en un puño y el fuego brilla con más fuerza en sus ojos azules—. Tu sabor, la manera en que te movías debajo de mí. Eras guapísima. Me gustaba. Quería más.

Mi corazón palpita.

—¿Querías…? Pero…

—Lo sé, desaparecí. Estaba confuso. Jamás había sentido algo así en mi vida. Ni siquiera sabía qué sentía. Para cuando comprendí que era de verdad, tú y Peter ya salíais juntos y me mirabas por encima del hombro.—Sonríe con amargura, como si estuviera enfadado—. Pensé que era lo mejor. Al menos uno de los dos sería feliz. Pero ahora no estoy tan seguro. Para mí no es nada fácil. Y dices que lo quieres, pero cada vez que te trata mal, siento que debería haber hecho más para contarte lo que sentía. Lo que siento. En presente.

—Edward, yo…

No puedo hablar. Ahora soy incapaz de razonar.

Edward. El engreído todopoderoso, que piensa que nadie es lo bastante bueno para él. Edward, capaz de hacer que pierda los estribos en dos minutos y medio. Edward, cuya piel y cuyo cuerpo nunca he olvidado. Edward, el hombre al que jamás he superado.

¿Quién es el hipócrita aquí? ¿Él, por no decir nada? ¿O yo, por fingir que no había significado nada todo este tiempo? Por esconderme detrás de una manta de odio durante años, cuando lo único que ansiaba era… esto.

Él. Ahora. Esto.

—Así que por eso no destruí la fotografía —masculla y aprieta la mandíbula, frustrado—. Esperaba, incluso ahora, que comprendieras que lo que tienes con Peter jamás será tan bueno como lo que podríamos haber tenido tú y yo.

Vuelvo a quedarme helada. No puedo abrir la boca. Me lanza una mirada oscura y se ríe amargamente.

—¿Quieres saber por qué no tengo novia? ¿Por qué siempre éramos tres cuando salíamos? ¿Por qué me he alejado de vosotros dos? Porque aquella noche comprendí que eras tú. Tú eras todo lo que deseaba. Y cada minuto que pasaba contigo, que te veía en los brazos de Peter, consciente de que era yo quien debería haber estado contigo… Enloquecía y me hacía sentir con más fuerza que estoy totalmente loco por ti.

Sacudo la cabeza.

—Bromeas, Edward. Y no es divertido. Por favor, no te rías de mí. —Me agarro el vientre para evitar que me dé un vuelco o que se consuma en las llamas que me devoran.

Se pasa la mano por la cara y sacude la cabeza mientras me mira otra vez.

—Ojalá fuera broma. Dios, ojalá no estuviera viviendo este infierno. ¿Sabías que antes de ti jamás tenía rollos de una noche? Y después, en mi último año de universidad, dormí con cincuenta o cien chicas para tapar el agujero que habías dejado. No tengo expectativas. No tengo estándares imposibles. Solo hay un estándar: tú. Nadie será suficiente. No sabía lo que sentía la primera vez que te vi. Pero ahora lo sé, y hace tiempo que lo sé. ¿De acuerdo, Bella?

Abro la boca para contestar, pero no logro hablar.

Me mira fijamente, sin apartar los ojos, a la espera de que diga algo, y a mí solo se me ocurre pensar que bromea. Que lo que acaba de decir no puede ser real.

Al final, señala a la puerta y murmura.

—Bueno, ahora que he dicho lo bastante como para humillarme del todo, me voy.

Abre la puerta de un tirón y desaparece en el interior del refugio.