04:02 h

7 de diciembre


Creo que dormimos unos cinco minutos en total. Me desperté con el sol que entraba entre las cortinas, envuelta entre sus brazos y su polla dura de nuevo contra mi culo. Sus dedos se entrelazaban con los míos, y su cálida respiración me caía sobre el hombro.

En el prístino suelo de la habitación había uno, dos, tres paquetes de condones abiertos. Había tirado los preservativos usados en una lata de Budweiser, que era lo único que había en su mesita de noche además de la alarma.

Decía que eran las 7:09 de la mañana. No era de extrañar que el resto de la casa estuviera en silencio. Quizá todos dormían la mona.

Sonreí, me giré en la cama y me sentí deliciosamente cansada y bien follada. Por fin comprendía por qué todo el mundo pensaba en el sexo todo el rato.

Le miré el rostro. Me sorprendió que a la luz del día fuera todavía más guapo, con una sombra de barba en la mandíbula y el pelo desordenado que le caía sobre los ojos.

Le besé la mejilla, lo saboreé y abrió los ojos.

—Eh —dijo, con voz ronca—. ¿Qué hora es?

—Las siete.

Se apartó de mí y se sentó en la cama.

—Mierda. Tengo entrenamiento de rugby.

—Oh —dije y alargué la mano para tomar mi camiseta—. No te preocupes, te dejo tranquilo en menos de un minuto.

Se puso en pie y los dos bailamos torpemente alrededor del otro, en busca de nuestras prendas de ropa. Cuando me enderecé para ponerme la camiseta, me di cuenta de que me miraba, o mejor dicho, me miraba las tetas, con un brillo de admiración en los ojos. Jamás me había gustado mi pecho, pero a él parecía encantarle.

De repente, me empujó de nuevo a la cama y se puso sobre mí.

—Me gusta que no me dejes tranquilo. Me gusta la idea de que no estemos tranquilos los dos juntos, en mi cama.

Solté una risita mientras me besaba y me acariciaba el cuello.

—Ayer por la noche me lo pasé bien.

—Sí. Yo también.

Miró la hora y me sonrió.

—Tengo algo de tiempo. Ven aquí.

Me metió la mano por debajo del abdomen y me giró en la cama, colocándome sobre él en la posición del sesenta y nueve. Nunca lo había hecho antes. Nunca había tenido la polla de un tío en la boca. Pero cuando empecé a chupársela mientras él me lamía el sexo, decidí que era algo que tenía que hacer más a menudo.

No sabía mucho de penes, pero ese examen de cerca y personal me confirmó que Edward Cullen tenía uno fantástico.

Y cómo me lamía, sorbía mi sexo como si fuera lo más delicioso que había probado jamás y me suplicaba que me corriera encima de él, me hizo llegar al orgasmo en un tiempo récord.

Se corrió en mi boca y me tragué su semen. Otra primera vez.

Después, nos quedamos echados en la cama, jadeando, hasta que me subí sobre él y lo besé. Sabíamos a sal, estábamos sudados y sucios, y por su sonrisa de satisfacción supe que no le importaba un comino.

Un poco más tarde, me besó en la sien y se apartó.

—Ahora sí que debo irme. Tengo que ir al campo de entrenamiento.

Me senté y busqué mis braguitas. Las encontró él, encima de su escritorio. Me las dio.

—Puedo volver —me ofrecí.

En cuanto lo dije, me sentí como una colegiala estúpida. ¿Tan obvio era lo desesperada que estaba por verlo de nuevo?

Pero también estaba segura de que no era un rollo de una noche normal y corriente. Parecía como si el destino nos hubiera unido por una razón que no tenía nada que ver con el increíble sexo que habíamos tenido.

—Sí, aquí hay fiestas cada noche después de las once. Pásate cuando quieras —dijo mientras se ponía los calzoncillos. Parecía distante, despreocupado. Como si cada noche se acostara con alguna chica de primer curso.

—Vale —respondí mientras me ponía las sandalias.

Así fueron las cosas, casi sin querer. No tenía mi número de teléfono ni sabía cómo ponerse en contacto conmigo. Me pregunté si se acordaría de mi nombre. No volveríamos a coincidir y quizá no volvería a verme jamás. Y por cómo actuaba, eso no parecía preocuparle en absoluto.

Mi corazón lloraba decepcionado mientras cruzaba su habitación con aire de museo; al mismo tiempo, él apartaba las sábanas del futón, como si quisiera borrar todo rastro de mí, tan temprano.

—Bueno, adiós.

Puse la mano en el pomo de la puerta. Esperaba que dijera algo, pero no lo hizo. «¡Puedo volver!». Menuda tontería había soltado. Me odiaba por haber dicho algo así. Qué pena debía de dar.

Cuando llegué a la parada de autobús, recordé que me había prometido que me acompañaría.

Debió de ser una frase que le decía a todas, como lo de que era enloquecedoramente hermosa, y que eso era lo menos interesante de mí. Si era verdad, ¿por qué no iba a querer volver a verme y descubrirlo? Seguro que esto lo hacía cada noche con una diferente.

Sí, había caído en la trampa, como una estúpida. Era ridículamente guapo. Y todo lo que me hacía sentir en la cama era increíble. No parecía ese tipo de persona, pero, por supuesto, así era él. Era imposible que un chico tan guapo, inteligente y bueno en la cama no tuviera un ego del tamaño de Australia.

Así que cuando volví a mi residencia, estaba un poco decepcionada. Me había engañado al pensar que la noche anterior había sido romántica, un claro caso de amor a primera vista. Que pensaba que yo era fantástica porque era mi media naranja. Que también se daba cuenta de lo bien que encajábamos y no dejaría que me escapara.

Todas las chicas querían saber dónde había pasado la noche y con quién. A mí me daba vergüenza que ni siquiera me hubiera pedido mi número, así que no dije una sola palabra. Todas habían tenido sus rollos con miembros de fraternidades esa noche y habían tenido sus propias aventuras, así que escuché lo que contaban con educación. Pero pasé el tiempo pensando en Edward.

Me tenía comiendo de la palma de su mano. Necesitaba volver a verlo.

Tres días más tarde, cuando volvimos para otra fiesta, no había ni rastro de él. Comprendí que no se hacía el interesante. Simplemente, no quería volver a verme, no tanto como yo a él.

Pero Peter sí estaba allí y fue muy agradable.

No estaba tan bebido como antes, y cuando me ofreció una cerveza, esta vez sí que volvió con ella. Empezamos a hablar y el resto es historia.

Fuera hace más frío que nunca, pero estoy ardiendo. Edward jamás me dijo que le importara. Que yo fuera importante para él.

Desapareció después de aquella primera y única noche. Siempre estaba ocupado, bien en la biblioteca o entrenando o en clase. No volví a verlo hasta dos meses después, cuando ya estaba convencida de que todo había sido producto de mi imaginación, y había empezado a salir con Peter.

Es gracioso. Recuerdo todos los detalles de aquella noche con Edward, pero no estoy segura de lo que sucedió durante las siguientes semanas, cuando empezó mi relación con Peter. Sé que, debido a mi inmensa decepción y a que tenía el corazón roto, me lo tomé con muchísima calma con Peter, e insistí en que tuviéramos muchas citas. Sé que fantaseaba sin parar con volver a acostarme con Edward. Soy consciente de que por culpa de Edward no volví a tener ningún otro rollo de una noche. Nunca jamás. Fue genial, pero me dejó un mal sabor de boca. Esperé meses antes de acostarme con Peter, la noche de la fiesta de invierno, a la que, según recuerdo, Edward no asistió.

No, el resto de ese semestre se convirtió en un fantasma. Desapareció.

¿Y ahora me culpa a mí?

Abro la puerta de un tirón tan fuerte que casi me disloco el hombro. Entro como una tromba, lista para regañarlo por haberlo echado todo a perder.

Está de pie, al otro lado de la sala, con las manos en los bolsillos y mira por la ventana hacia el cielo, que empieza a iluminarse.

Me ama.

Dios mío.

En ese momento, la puerta se cierra de golpe tras de mí y me da en el trasero y en la parte posterior de la nuca, porque no había entrado del todo. Me empuja al interior de la habitación con un fuerte ruido.

Ni siquiera siento el dolor. Porque lo que me duele es algo más profundo

Acabo de comprender que tal vez yo también esté enamorada de él.

Y es un problema muy grande.

—¡Edward!— lo llamo, con la voz quebrada y las rodillas temblorosas. Se gira.

Lo miro con los ojos entrecerrados.

—¿Por qué no me pediste el número de teléfono? ¿Por qué no querías volver a verme? —pregunto con los puños apretados. Si estuviera más cerca, los descargaría sobre su pecho. Quiero hacerlo. Grito, y las palabras me duelen—: ¡Es demasiado tarde! ¡Llegas tarde!

—Lo sé. Lo sé. Te lo he dicho. No sabía qué hacer. Jamás me había sentido así. Y cuando por fin comprendí qué era, Peter y tú ya estabais juntos.

Cruzo la distancia que nos separa, todavía con los puños cerrados.

—¿Por qué? ¿Por qué nunca me lo dijiste? ¿Por qué me hiciste algo así?

Me mira con sus ojos azules llenos de dolor.

—Maldita sea, Bella. Yo solo quería que fueras feliz.

Me río con amargura.

—¿Crees que esto me hace feliz?

Aprieta la mandíbula y se le marca un músculo en la frente.

—No, supongo que no.

—Tienes toda la razón. No me hace feliz. Si tuvieras ocasión de repetirlo de nuevo, ¿qué habrías hecho, eh? ¡Dime! ¿Qué habrías hecho?

Me mira con intensidad. Tanto que apenas puedo respirar. Sus ojos se pasean por mis labios como si imaginara lo que le gustaría hacer con ellos. Poseerlos, como lo que su mejor amigo cree que hace.

—No puedo hacerlo otra vez, Bella. Ese es el problema. Y tú estás enamorada de Peter.

—¡No sé lo que siento! —grito avergonzada, y ahora estoy furiosa. Con él, con la vida, con Peter, con todo—. Solo sé que quería más de ti. Quería verte. Estaba jodidamente obsesionada contigo, pero me hiciste sentir que no era lo bastante buena.

—¿Que te hice sentir qué?

—¡No aquella noche! La mañana siguiente. Cuando… desapareciste. Pensaba que simplemente te habías cansado de mí, que con una vez habías tenido suficiente.

Sus ojos resplandecen.

—¿Crees que con una vez tendría bastante?

No. Porque en cuanto lo pregunta, sé que el error fue todo lo que pasó después.

Esto es lo que quiero.

Edward da el paso final que nos pone a menos de un centímetro de distancia, y sus ojos no dejan de mirarme, ni siquiera mientras me piden permiso en silencio. Desliza una mano por mi nuca y tira de la goma que me recoge el pelo. La melena me cae sobre los hombros.

Su mano se queda donde está y yo levanto la cara hacia la suya.

Respiro agitada.

Su boca se pasea por encima de la mía con suavidad.

Jamás he besado a un hombre con barba antes. Pero sabe bien. Es masculino, sexy. Como si por fin estuviera donde debo estar.

Prácticamente me abalanzo sobre él para el siguiente beso, y le envuelvo la espalda con los brazos. No lo dejo escapar. Abro la boca y dejo que deslice la lengua dentro.

Me lame lentamente y jadea. Como si esto, mi boca, también fuera el lugar donde debe estar. Luego, se excita y me devora a la vez que traza un camino húmedo por mi cuello, planta besos hambrientos aquí y allá y me mordisquea, enloqueciéndome. Es posible que su barba me hiciera cosquillas si no estuviera tan excitada. Pasea la lengua por mi mandíbula, como si fuera un náufrago sediento.

Todo mi cuerpo es como un arma a punto de dispararse. Edward atrapa el pelo en la base de mi cráneo y me acerca a su boca. Sus labios se pegan a los míos, me besa con fuerza y su lengua busca dominar mi boca. Pero yo también quiero marcar mi territorio. Me lanzo con todo el cuerpo en este beso, porque quiero sentirlo en todas partes. Lo necesito como necesito el aire. Y utilizo todo lo que tengo para probar, sentir, explorar y devorarlo. Labios, dientes, lengua, manos.

Con frustración, con venganza, con un amor tan intenso que ni siquiera puedo llamarlo así. Quizá no me atreva jamás.

Edward gime cuando se aparta, sorprendido, tal vez, de ver mi despliegue de pasión al besarlo.

Me relajo, me lamo los labios y me dispongo a disculparme, pero entonces me vuelve a agarrar de la nuca y me acerca a él. Pone su frente contra la mía, sentimos la respiración del otro, y toda su voz resuena en mi cuerpo.

—Joder. Jamás pensé que volverías a besarme así. A mirarme así otra vez.

Me lleva hasta el banco y se coloca a mi lado. Luego, me sube sobre su regazo como un hombre de las cavernas. Ni siquiera me importa porque vuelvo a besarlo como si fuera lo último que hago en mi vida. En cuanto me acerca hacia sí, mi boca ya está pegada a la suya y me absorbe como respuesta. Ni siquiera necesito salir a respirar. Siento como si me hubiera perdido los últimos cinco años, con todo lo que debería haber pasado, y también como si esta fuera la última oportunidad que me da la vida para sentirlo de nuevo.

No me importa nada más. Es como si no existiera nada excepto este momento. Edward y yo. Él, que siempre estaba solo, siempre alejado, y que ahora, de repente, está duro bajo mi culo y muy hambriento contra mis labios porque me desea tanto como yo a él.

Dios, me desea tanto que parece que su cuerpo vibra contra el mío. Es fuerte y palpitante, y me necesita.

Me necesita tanto como yo a él. Yo también estoy hambrienta: de su sabor, de su olor, de su tacto, de los sonidos que emite su garganta. Lo beso más y más profundo, me pierdo en él. Decidida a tenerlo, a dejar que salga todo. Quizá así pueda olvidarlo.

¿A quién quiero engañar? ¡No pienso olvidarlo! Me encanta que esté en mi interior y corra por mis venas. Ha estado allí cinco años. Jamás se fue y, ahora, esta pasión, esta necesidad, este sentimiento, esta conexión es más fuerte que nunca.

Y no creo que lo olvide jamás.

Edward ruge con deseo, se aparta de mí y me acaricia la barbilla con las manos. Me mira los labios como si lamentara alejarse.

—¿Qué estamos haciendo?

Es tan adorablemente inocente.

Le cae el pelo por la cara, la esperanza se refleja en sus ojos y me mira con fervor; estiro la mano y le aparto el mechón.

De repente, me doy cuenta de algo y me aparto un poco.

—Antes de mí… ¿nunca habías tenido un rollo de una noche?

Sacude la cabeza y pone su frente contra la mía.

—Antes de ti, nadie me interesaba lo suficiente.

—¿Y después?

Frunce el ceño, como si se preguntara si esto es una prueba.

—Ya te lo he dicho. Traté de encontrar con otras lo que había sentido contigo. Traté de sentir lo mismo que había sentido por ti.

No puedo respirar.

—Espera, eso es inexacto —añade con énfasis—. Lo que siento por ti.

Ahora. En presente.

Sus ojos son atractivos, oscuros y brumosos. Parece un animal primitivo, jadeando y duro por mí. Me subo sobre él, me aprieto contra su erección y pongo las manos en su mandíbula mientras lo beso.

—Edward.

Cierra los ojos.

—Dios, esto es perfecto. —Se hunde en mi cuello y aspira mi olor—. ¿No te pasa lo mismo?

—Sí. No. No lo sé. Bien o mal, no quiero pensar, no me dejas pensar — murmuro. Arrastro los labios por su barba de dos días e inclino el cuello para que pueda mordérmelo—. Bésame, por favor, Edward. Bésame.

Levanta un dedo y me aparta el pelo con cuidado mientras me mira como si fuera un tesoro preciado que no puede creer que por fin tenga en su poder. Desliza una mano por debajo de mi cárdigan y me roza el pecho por encima de la delgada camiseta. Murmura:

—Aquí.

Me quito el cárdigan y me desabrocho el sujetador.

—Por favor.

Me deshago de la camiseta y la arrojo al suelo. Me desnudo para él.

Le brillan los ojos, divertidos, como si no pudiera creer que ya no soy tan vergonzosa como recordaba, pero al mismo tiempo le gustara descubrirlo. Sigo a horcajadas encima de él, con las mallas y nada más entre él y yo. Lo observo en silencio y lo desafío a que dé el siguiente paso.

Fija los ojos en mis pechos y se pasa la lengua por los labios, como un chiquillo frente al escaparate de una tienda de golosinas que no puede decidirse por cuál probar primero.

—Has crecido. Y estás más buena todavía —murmura, estira la mano y me roza uno de los pezones con el pulgar. Se endurece al momento. Sus ojos son fuego sobre mi piel—. ¿Cómo es posible que pienses que no eres sexy, Isabella?

Me estremezco cuando me llama por mi nombre.

Levanta la mirada. Sus labios se curvan en una sonrisa devastadora, pero luego vuelve a ponerse serio.

—¿Quieres vengarte de Peter? ¿Por eso estamos haciendo esto? — pregunta, a la vez que me toma de la barbilla para obligarme a mirarlo a los ojos.

No puedo respirar ni pensar.

Apenas entiendo lo que me ha preguntado.

No contesto, solo jadeo. Edward ruge, lenta y brutalmente.

—¿Sabes qué? No me importa.

De repente, se inclina, me aprieta los pechos entre sus enormes y cálidas manos, y hunde la cara en ellos. Los presiona con fuerza y chupa uno hasta que casi me vuelve loca, mientras tira del pezón con los dientes. Los sonidos húmedos de su lengua llenan la habitación y no deja de lamerlos sin parar. Me doy cuenta de que a mí tampoco me importa.

A veces, no valoramos correctamente una situación, o le damos más importancia, o no nos percatamos de la que realmente tiene hasta que es demasiado tarde.

Ahora mismo no me importa nada excepto el tacto de su mano y su boca sobre mi cuerpo. Su hambre y la mía. La urgencia de sus manos mientras tira de mis pantalones hacia abajo, hasta descubrir mis caderas. La manera frenética en que me muevo encima de él, sobre su erección, hasta que encuentra la V de mis bragas. Y la forma posesiva y reverente en que pone una mano sobre mi sexo y lo frota con los dedos.

Casi pierdo la razón cuando introduce uno de ellos por debajo de la tela y juguetea con el vello púbico. Me había depilado para hoy, pero dejé un poco de vello para Hawái. Lo toca, jadea y deja claro que le gusta. Me arranca otro gemido.

Desliza los dedos dentro de mis labios y me acaricia el clítoris sin dejar de mirarme.

Frente contra frente, pongo los brazos sobre sus hombros mientras me mete un dedo en el interior. Me levanto ligeramente para facilitarle el acceso.

Aprovecha para añadir otro e incrementar el ritmo. Gimo cuando se mueve, cada vez más rápido, hacia delante y hacia atrás sobre mis rodillas, con su mano que baila con furia en mis bragas.

—Córrete para mí, Bella. Eres tan sexy, tan jodidamente sexy cuando te corres…

Y cuando empiezo a correrme, cuando las paredes de mi vagina tiemblan y se contraen contra su mano, se aparta un poco para observarme con una mirada de pura satisfacción masculina en la cara.

Me corro una y otra y otra vez, durante tanto tiempo y con tanta intensidad que juro que la montaña que nos rodea tiembla conmigo.

Me dejo caer contra sus brazos al terminar, incapaz de controlar mi temblor. Sus manos me abrazan y me acarician la nuca. Vuelve a besarme el cuello. Mi mejilla reposa sobre su hombro. Nos quedamos sentados, fundidos, unidos.