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7 de diciembre
Un alud de imágenes se abre paso por mi mente mientras estoy en el regazo de Edward, medio desnuda y acurrucada a la vez que los efectos del orgasmo se disipan. Recuerdo jugar a la «boda de mis sueños» con mis amigos de la infancia, cuando era pequeña. Los recuerdos de todas las estúpidas listas que redacté para asegurarme de que mi boda era el evento del siglo. Los millones de fotografías de revistas dedicadas a los enlaces que estudié para que todo fuera perfecto.
Pero las cosas relacionadas con la boda se han ido a la mierda.
No me importa. Todavía estoy abrazada a Edward y trato de impedir que esos pensamientos me atrapen. Quiero seguir aferrada a estos últimos minutos de felicidad.
—Bella…
No quiero que la realidad se interponga. No ahora.
—No, no hables.
—¿Y después? ¿Qué vamos a hacer? Tenemos que hablar.
Sacudo la cabeza. No quiero oír nada.
—No, no tenemos que hacer nada.
—¿Lo dices en serio?
Ni siquiera puedo obligar a mi cerebro a que se ponga en marcha. Solo quiero quedarme en esta pequeña burbuja de felicidad, con él.
—¿Cuándo te convertiste en Barbara Walters? —me quejo.
Me deslizo y me bajo de su regazo, agarro la camiseta del suelo y me voy hacia el baño para asearme.
No espero que me siga, pero lo hace. Me agarra de la muñeca.
—Bella, vamos.
—¡No! —lo empujo—. No, por favor. Por favor.
Me abraza con fuerza y lucho tanto por zafarme de él que termino con la mejilla apretada contra la pared. Me aparta el pelo detrás de la nuca y hunde los dientes en mi cuello. Deja un rastro húmedo y caliente por mi cuello y mis hombros.
—Joder, Bella. Te deseo tanto que no puedo pensar.
Dejo caer la camiseta al suelo.
Pasea las manos por mis costados y me baja los pantalones y las bragas. De repente, todo está en el suelo. Me agarra el culo con las manos, lo besa, lo lame y le da palmadas llenas de deseo.
—Joder. Tu culo es perfecto. ¿No te lo había dicho nadie antes?
Suena excitado, y su voz es áspera como un rugido.
Casi me echo a reír. No, nadie me lo había dicho antes. Ni siquiera Peter. Por fin, todos esos meses de pilates y yoga tienen su recompensa.
Edward se estira y me mordisquea los lóbulos, jadeando.
—Lo he admirado de lejos y he pensado en todo lo que tenía ganas de hacerle. Ahora no puedo separarme de él. Ni de ti.
Me estremezco de pura excitación. Jamás he necesitado algo o a alguien tanto, en toda mi vida. Lo único que puedo hacer es asentir.
—Sí —farfullo.
Estoy tan mojada que huelo mi propia excitación. Oigo que se baja la cremallera y los pantalones.
Chillo cuando me aprieta contra él. Mi culo palpita contra su polla, mojada al entrar en contacto con mi sexo.
Me toca los pechos y me besa la espalda, la parte posterior de las orejas, y sus jadeos sensuales hacen que me hierva la sangre todavía más.
—Por favor, Edward… —Me aprieto contra la pared para facilitarle la entrada.
—No tienes que pedírmelo, tendrás lo que quieras porque es tuyo.
Siento la punta de su pene cerca de mi agujero.
—Pero no llevo condones encima, Isabella —murmura, con voz ronca de deseo.
Lo miro por encima del hombro.
—Tomo la píldora. Confío en ti —digo, en voz baja.
Un brillo de agradecimiento y alivio inunda su mirada, como si no soportara el hecho de alejarse de mí. Me gira, encaja mis piernas alrededor de su cintura, me empuja contra la pared y me penetra de una vez. Lo hace con tanta fuerza que casi me corro allí mismo. Gimo.
—Dios —exclamamos al unísono, y se queda dentro de mí. Sin moverse durante un segundo, dos, tres.
Desliza su nariz por la mía. Mi aliento es su aliento.
Mi deseo es el suyo. Mi corazón también.
Ni siquiera puedo razonar en este momento. Las paredes de mi vagina envuelven su pene mientras palpita dentro de mí. Ruge como si no pudiera más y, con el brazo que me envuelve el culo, me agarra las nalgas mientras sale lentamente y luego vuelve a clavármela, cadera contra cadera.
Y volvemos a gemir juntos. El mío queda apagado por el beso que me da, y su lengua explora de nuevo mi boca. Me penetra con un beso que sigue el ritmo de sus caderas, y me folla rápido y duro, tan profundo como puede.
Solo entonces admito que tengo un problema muy grave que se llama Edward Cullen, el mejor amigo de mi prometido.
Pero no puedo parar.
