06:18 h

7 de diciembre


¿Vas a correrte, Bella? ¿Vas a correrte para mí?

¡Edward!

Córrete para mí, preciosa. Dios mío, eres perfecta, mírame cuando te corras…

Y lo hice.

La mirada en sus ojos me derritió.

Dios, me ha devorado viva y me ha encantado.

—Eh —me dice Edward con dulzura, mientras desliza un pulgar por debajo de mi barbilla y me gira la cabeza para que lo mire—. ¿Estás bien?

De repente, mi mente lo registra todo. Absolutamente todo. El hecho de que su abrazo encaja con el mío, que no quiero salir de aquí jamás. El hecho de que estoy mojada y medio desnuda, que huelo a él y él a mí. Que sus besos me han dejado los labios en carne viva y que mi corazón está herido por todo lo que siento.

Sacudo la cabeza y me abrazo a él con más fuerza. Mis lágrimas caen sobre su camisa favorita y le mojan el hombro.

—No lo sé.

Ahora mismo no sé nada.

Solo sé que no lamento nada de lo que acabamos de hacer. Y creo que eso me convierte en una persona horrible.

—Solo abrázame, por favor.

Lo hace. Me acerca a su pecho, me besa el lóbulo y limpia las lágrimas que corren por mis mejillas. Me acaricia el cuello con la nariz y susurra con un gemido:

—No puedo creer que estés en mis brazos.

—Yo tampoco —murmuro. Me encanta estar aquí, en este rincón de dulzura que es su abrazo. Es perfecto. Como si fuera mi destino. Pensaba que mi boda sería el principio de mi vida perfecta y completa, pero no puedo imaginar nada más completo que estar aquí, con él, así.

Tampoco puedo creer lo que acabamos de hacer. Mis lágrimas se vuelven un río.

Joder. Acabo de acostarme con el mejor amigo de mi prometido, con el padrino de la boda, el mismo día de mi boda.

Soy una tragedia con patas.

—Aunque no vaya a durar —añade y, de repente, su voz es tan vacía y triste que me sacude.

¿Piensa que lloro por Peter? Me pongo de pie y lo miro a los ojos.

—¿Qué quieres decir?

Me levanta la mano y me planta un beso en los nudillos.

—Te conozco, Bella. Dijiste que lo amabas. Llevas cinco años con él. Lo conoces mejor que a mí. Toda tu familia espera que te cases con él. No vas a abandonar eso así como así.

Lo miro asombrada. Algo duro y mordaz crece en la boca de mi estómago.

—¿Y tú qué? ¿Piensas volver a desaparecer? Eso te fue genial la última vez.

—¿Qué quieres que haga? Sí, es verdad, no te olvidaré. Es demasiado tarde para eso. Lo sabía cuando te toqué. Pero quizá tú sí puedas olvidarme a mí.

Me cruzo de brazos y me limpio las lágrimas. Odio esta situación.

—No pasará.

—De acuerdo. Pero tarde o temprano, quizá sí. ¿Cuántas veces has roto con Peter antes?

Frunzo el ceño. Me mira, a la espera de una respuesta, pero tengo que contarlas. Más de cinco. Las relaciones en la universidad no son lo más estable del mundo. Peter era el único de su fraternidad que tenía una novia seria. Los demás solo mantenían relaciones esporádicas que duraban una semana como mucho, de fiesta en fiesta. Así que parte de eso afectó a nuestra relación. No éramos lo más sólido del mundo.

—Bueno, muchas veces, ¿y qué? ¿Qué quieres decir con eso?

—¿Cuántas veces te ha engañado?

—Bueno… —Trago saliva. ¿Adónde quiere ir a parar?—. Si cuentas la vez de la despedida de soltero, dos, pero…

—Sabes que no es cierto.

Me enderezo.

—No te entiendo.

—Peter me lo dijo. Que rompías con él continuamente porque sospechabas que te engañaba.

Lo empujo y lo aparto de mí. ¿Peter se lo dijo? ¿Así que yo no era más que una broma divertida de la que hablaba con sus compañeros? ¿Durante todo este tiempo le decía a Edward que me trataba como a una mierda, solo para hacernos daño a él y a mí?

—Y lo que pasaba era que cada vez tenías razón. Cada vez que te ibas a ver a tus padres, de visita, él se encargaba de que su cama no estuviera vacía. Pero te decía lo que tú querías oír, te daba explicaciones y tú te lo creías y lo aceptabas. Porque, en el fondo, era lo que querías creer, no lo que sabías que era cierto.

Me pongo las bragas y los pantalones. No siento nada. Ese capítulo de mi vida ha terminado, aunque Peter todavía no lo sepa.

—¿Me estás diciendo que me ha engañado como a una imbécil todos estos años y tú lo has permitido?

—Jamás pensé que fueras una imbécil. Pensaba que estabas enamorada de él. Que no te merecía, y tampoco comprendía por qué no pensabas que merecías algo mejor.

—¿Mejor? ¿Como tú? ¿Eso es lo que merecía?

Se encoge de hombros.

—Estoy acostumbrada a que me traten como a una mierda, Edward. Así que es probable que, si me tratases mal, yo lo aguantara. Quiero decir que a veces pensaba que eras desagradable conmigo solo porque malinterpreté tu distancia, pero la verdad es que siempre has cuidado de mí, de muchas maneras. Y Peter no. Has sido bueno conmigo durante estos últimos cinco años en que no era tuya. Pero ¿cómo sabes que no me tratarás igual que Peter en cuanto te diga que soy tuya?

—¿De verdad crees que haría eso?

—Yo… No lo sé.

—Entonces supongo que no me conoces lo bastante bien. Ni siquiera después de cinco años. —Se mete el pene en los pantalones y se encoge de hombros—. Por eso lo sé. Sé que volverás con él porque es lo que siempre haces.

—No —grito. Porque no debería. Porque no necesito caer en eso de nuevo.

—Solo hablo por lo que sé. Sé que querías esta boda. Y la boda te está esperando, al otro lado de la montaña. Es todo lo que siempre has querido.

—No todo. —Porque quiero más.

—Es lo más importante para ti.

Me cruzo de brazos.

—No me conoces tan bien.

Levanta un hombro, retándome.

—Demuéstrame que me equivoco. Nada me haría más feliz.

—Quizá yo sea la más feliz de todos. —Le sostengo la mirada y lo desafío.

Se levanta, me agarra las muñecas y las eleva sobre mi cabeza mientras me coloca contra la pared.

—Podríamos dar la vuelta y bajar por la montaña hasta Boulder. Podríamos huir juntos.

Me río, pero él no hace lo mismo.

—Basta. No podemos hacer eso.

—¿Por qué no?

—Porque tú eres demasiado puntilloso y yo soy una planificadora nata. Cuando hago algo espontáneo, suelo estropear otras cosas.

—¿Como ahora?

Lo miro a esos ojos azules y tranquilos.

—No, no como ahora. Hace cinco años que empezó lo que hemos hecho esta noche.

—Pero también es la razón por la que te casarás con él. Porque odias que las cosas no salgan tal y como tenías previsto.

Ojalá pudiera decirle que se equivoca en eso. Pero no es así.

Debe haberlo visto en mis ojos. La pequeña semilla de duda y confusión: la mente planea una cosa y el corazón me pide a gritos otra. El pavor de que cada vez que pienso que lo tengo todo claro, algo malo ocurre y me demuestra que me he equivocado.

Gime, me besa el cuello de nuevo y yo ladeo la cabeza y le ofrezco mi garganta, deseando que sí, que pudiéramos irnos los dos juntos como dice, cuando un resplandor naranja me golpea los ojos.

Un rayo de luz solar naranja se filtra por las ventanas.

—¡El sol! —exclamo animada a la vez que lo señalo.

Cuando se vuelve para mirarlo, comprendo que ya no existe el motivo que me hacía sentir emoción por ver el sol. De hecho, ahora debería temer que llegue el amanecer, porque significa que en cuanto dejemos atrás la montaña, tendré que enfrentarme a mi familia y mis amigos y decirles por qué he anulado la boda.

Y más pronto que tarde también tendré que enfrentarme a Peter. Dios mío.

¿Me suplicará que lo perdone?

¿Intentará convencerme para que me case con él, después de todo lo que ha pasado?

¿Quiero que lo haga? ¿O solo que lo intente, para decirle que no, gracias? Que no es lo bastante bueno para mí, que creo que sé lo que quiero de verdad y que la persona que quiero también me quiere a mí.

Trato de abrazarme de nuevo a Edward, quizá para que no tengamos que volver al mundo real, todavía no. Quizá podemos quedarnos aquí durante quince minutos más, o una hora, o una vida, los dos en este pequeño oasis que nos protege, y que hace apenas unas horas pensaba que era una prisión.

Pero se aparta de mí demasiado rápido, se mete la camisa en los tejanos y va hacia la puerta.

—Sí. Vamos a ver si…

Se detiene al llegar a la puerta y mira fuera. Se pone tenso.

—Joder —murmura mientras me paso los dedos por el pelo y me abrocho el sujetador—. Han despejado la carretera del hotel.

—¿De verdad? —Me pongo la camiseta y miro por la ventana—. ¿Cómo lo sabes…?

Me quedo de piedra.

Un Jeep de color verde que conozco muy bien aparca delante del refugio a toda velocidad, tan deprisa que a pesar del agarre de las ruedas, derrapa.

Es el coche de Peter.

Así que parece que voy a tener que hacerle frente más pronto que tarde.