09:28 h

7 de diciembre


Hemos decidido casarnos sin anillos.

Al fin y al cabo, fue mi insistencia ciega en que no podíamos celebrar la ceremonia sin anillos lo que lo ha echado todo a perder.

Hace dos horas que nos hemos ido del refugio, y todavía estoy procesando que he dejado a Edward atrás.

Y también he dejado atrás lo que sentíamos.

—Te advierto —digo, todavía agarrada al cinturón de seguridad mientras el Jeep de Peter avanza a toda velocidad— que no voy a tener muy buen aspecto.

De hecho, llevo murmurando cosas parecidas desde que nos hemos metido en el coche.

—¿Crees que me importa? —vuelve a decir, por enésima vez—. Me caso contigo, Bella, no me caso con una supermodelo.

Ya. Lo ha dicho varias veces. Y todavía me pregunto por qué no puedo dejar de repetírselo. No es que me preocupe el aspecto que vaya a tener. De verdad que no me importa un comino. No me importa que las fotografías salgan raras, sin padrino de boda y con las ojeras más grandes que una novia ha tenido jamás. Tampoco me importa si el anillo que me ofrecen está hecho de alambre.

No me importa nada de nada.

Ojalá pisara el freno. De este Jeep y de todo lo demás. Me siento como si cayera por un abismo, cada vez más rápido, y el suelo que viene a mi encuentro es de cemento implacable.

De hecho, me sorprende que no me haya estallado el corazón.

—Peter —digo con voz débil.

Esta vez, he sido yo la que ha salido corriendo.

Esta vez, he sido yo la que ha abandonado a Edward.

La que se niega a pensar detenidamente sobre lo que ha pasado entre nosotros porque es tan enorme que no creo que pueda digerirlo.

De hecho, me sorprende que me haya estallado el corazón.

—Peter— digo con voz débil.

Va a cien por hora y el motor ruge. La capota ondea al viento y no me oye.

—Peter —digo, un poco más alto.

—¿Sí?

—Todavía falta para llegar y vas muy deprisa. No me siento segura.

—No pasa nada, controlo. Llegaremos.

Tiene razón, llegaremos a tiempo.

Lo que pasa es que no estoy tan segura de querer llegar a tiempo.

—Nuestras familias preferirían que llegáramos vivos.

Aprieta un botón en el salpicadero y empieza a sonar un teléfono. Se oye una voz:

—¿Sí?

Es su padre.

—Papá, soy yo.

—¡Peter! ¿Dónde…?

—Escúchame, papá. Estamos volviendo, vengo con Bella. Pero vamos muy justos de tiempo. ¿Puedes hablar con el oficiante y el hotel y preguntarles si podemos retrasarnos un poco? A ver qué te dicen.

—Sí, Peter. La señora Ripley ya lo ha hecho. El oficiante no tiene problema, pero hay otro evento en la glorieta de fuera, donde celebramos la ceremonia, a la una. Así que tenemos que terminar hacia las doce como muy tarde.

Compruebo el móvil para ver la hora.

—Vale, diles que acabaremos a tiempo —responde, justo cuando yo estaba pensando lo mismo.

Cuelga y me mira.

—No nos vamos a aburrir, ¿eh? Espero que esto no sea una premonición de cómo va a ser nuestra vida de casados.

Trato de sonreír, pero estoy agotada. No puedo hacer nada excepto mirar la carretera. El sol brilla con fuerza, el cielo está azul y precioso y la nieve se deshace rápidamente. El pavimento oscuro y húmedo asoma aquí y allá, y el resplandor del sol me provoca dolor de cabeza.

—No sé si… —Me muerdo el labio inferior. Me mira de reojo.

—Ah, ya. Vale. —Mete la mano en el bolsillo y saca su móvil—. Mándale un mensaje a Edward y dile que saque tu coche de la zanja. Y que se venga a toda prisa.

Abro mucho los ojos.

—¿Qué? No. No voy a permitir que…

—Tranquila. Es como mi hermano, Bella. Está claro que la ha jodido. Ya te lo he dicho, no me importa lo que haya pasado entre los dos. Lo hecho, hecho está. Pero si no está allí me sentiré una mierda.

No puedo creer lo que acaba de decir.

—Entonces… ¿no piensas darle una paliza?

—Sí, se la daré. Pero esperaré a que estemos casados, teniendo en cuenta que tiene nuestros anillos y que…

—Nos hemos acostado.

Se calla de golpe.

Se remueve en el asiento.

—¿Tú… qué?

No estoy segura de poder repetirlo, así que digo:

—Ya me has oído.

—Sí, te he oído —dice, parpadeando. Sacude la cabeza como si acabara de recibir un puñetazo—. ¿Cuándo?

—En el refugio.

Aprieta los dientes. Su voz suena dolida y tensa.

—Vale. Vale. Bueno, una cana al aire, ¿no? La última. Joder, ya te lo he dicho, lo hecho, hecho está. No hacía falta que me dieras detalles. Pero vale. Bueno. Solo quiero pasar página y pensar en nuestro futuro.

Joder.

¿Está diciendo lo que creo que está diciendo?

Supongo que me perdona porque me ha engañado… ¿cuántas veces ya? Pero yo no quiero perdonarlo a él.

—Pero, Peter, ¿y si yo no puedo pasar página? —añado y me tapo la cara con las manos—. Es una frase muy bonita. Pero solo porque digas que vamos a empezar de cero no significa que vayamos a tratarnos mejor a partir de ahora. Los problemas de fondo que tenemos tú y yo siguen ahí.

—¿Problemas de fondo? —Frunce el ceño y dice, sarcástico—: ¿Como cuáles? ¿Que te gusta más la polla de Edward que la mía?

Sacudo la cabeza.

—No, eso no es justo. Estoy confundida. Necesito tiempo para pensar.

Su cara se congela.

—Has tenido dos años para pensar, Bella, joder. Dos años. Ya no es el momento de pensar. Todas las personas que nos quieren nos esperan en el hotel. Y no me importa si te has tirado a toda la universidad de Colorado. Hoy me caso contigo.

—Pero…

—Bella, ¿estás intentando que anule la boda? ¿Es eso?

—No, yo… —Pero sí. Es lo que estoy haciendo. Porque no tengo el valor de hacerlo yo misma.

Otra vez.

Lo miro. Tiene la mandíbula apretada y en su cara hay una expresión de resignación cansada. Si al decirle que me he acostado con Edward no le he hecho cambiar de idea acerca de la boda, supongo que nada lo hará.

Así que voy a casarme con Peter.

Abro el móvil y le mando un mensaje a Edward.

«Eh. Soy yo. Por favor, ¿puedes venir con el Mini y los anillos?».

Observo los puntitos bailando que indican que está escribiendo.

«Creo que te has dejado algo más. Pero si no te importa, me lo quedo».

¿Qué quiere decir con eso?

Me palpo. ¿Me he olvidado las bragas? No, las llevo puestas. También el sujetador, toda mi ropa. ¿Qué me he olvidado? Por lo que dice, lo necesita, sea lo que sea, así que no me importa si se lo queda. Supongo que siempre supo que Peter no se casaría sin él a su lado. No importa lo que hiciera.

Me aparto un mechón de pelo de la cara. Estoy sudando.

Cuando imaginaba mi boda, pensaba en algo romántico, en amor, en belleza. En un cuento de hadas.

Pero esta boda va a ser el circo de tres pistas más grande del mundo. Y yo seré el payaso en la pista central.