10:38 h

7 de diciembre


Después de eso, Peter y yo no hablamos demasiado. Pone el aire acondicionado porque ambos sudamos y estamos tensos. Cuando el hotel se dibuja en el horizonte, aprieta la mano en un puño.

—¡Por fin! Te dije que llegaríamos.

Abro el móvil y le mando un mensaje a Rosalie:

«Ya casi estamos. Llegamos en cinco minutos».

«Todo está listo. Y además te he preparado un cóctel bien cargado, porque creo que te hará falta».

Sonrío, nerviosa. No tiene ni idea de lo bien que me irá. Jamás he necesitado tanto una bebida. Pero creo que me sentaría mejor un vodka doble sin hielo. Gracias.

Peter entra en el aparcamiento y se detiene frente al porche de la recepción. Abro la puerta, salgo antes de que pare el motor siquiera y casi choco con una hilera de carritos para transportar maletas. Rosalie, mi madre, Jessica y Angela me están esperando. Las damas de honor están enfundadas en sus vestidos de color azul turquesa y mi madre se ha puesto el vestido de lentejuelas que encargó para la ocasión. Todas están tan elegantes que tengo ganas de echarme a llorar.

Hoy, el día en que las veo a todas juntas y vestidas de punta en blanco, se suponía que iba a ser distinto. Yo no iba a estar hecha un desastre, por dentro y por fuera.

Rosalie me abraza con fuerza.

—¡Oh, cariño! No te preocupes. Todo está bajo control. Vamos.

Corremos contrarreloj hacia la suite nupcial, donde todo está preparado para que mis damas de honor y yo nos arreglemos. Cuando avanzo por el vestíbulo, pienso que no le he dicho nada a Peter al salir del coche y la próxima vez que lo vea será cuando camine hacia él, en el altar.

Tropiezo porque sigo descalza, pero Rosalie me ayuda y me sostiene. Mi madre dice que mi padre está reuniendo a la gente que espera en la glorieta al pie de las montañas, y que si llegamos allí antes de las once y media, no habrá ningún problema.

Mi mejor amiga empuja las puertas dobles de la suite y me tiende el cóctel. Me lo bebo de un trago. Tal y como Rosalie había prometido, está bien cargado y me quema la garganta cuando el alcohol baja por mi esófago.

Y tal y como sospechaba, necesito otro.

No creo que puedan preparar suficientes cócteles en el estado de Colorado para ayudarme en este momento.

La habitación está llena de gente: mi peluquera, mi maquillador, un fotógrafo y el videógrafo. Y yo estoy sudando como una cerda. Me sacan fotografías continuamente, la cavernícola que va a casarse. Es una escena radicalmente distinta de cómo había imaginado el día de mi boda.

—¡Qué rapidez! Me encanta —dice Rosalie; los ojos le brillan de la emoción.

Me aparto el vaso de alcohol de la boca mientras el fotógrafo dispara la cámara, y levanto la mano como si fuera una famosa:

—¡No, no más fotos, por Dios! ¡Y apagad la maldita cámara!

Todo el mundo se gira para mirarme.

—¿Por favor? —añado, tan educada como puedo, abanicándome.

Tengo un calor horrible. Voy a desmayarme.

—Vamos, querida —me riñe mi madre—. Les estamos pagando una fortuna, así que será mejor que hagan un montón de fotografías y vídeos. Les he dicho que no se perdieran detalle.

Ya. Lo que mi madre no sabe es que no me hace especial ilusión tener constancia gráfica de mi crisis nerviosa.

—Ah, sí. Claro, claro. Vale. Lo siento. ¿También quieres que se metan en la ducha conmigo?

La mirada de mi madre denota que no le divierte mi comentario.

Una dama de honor me toma la copa de champán de la mano y salto a la ducha que me está esperando.

Cuando cierran la cortina y estoy sola, empiezo a sollozar. Sí, me alegra que los fotógrafos no inmortalizen esto.

Inclino la cabeza y lloro tanto que olvido que necesito ponerme a punto. Pienso en Edward y en Peter. Y en que no puedo dejar de llorar en el que se supone que es el día más feliz de mi vida.

Antes de que me dé cuenta, oigo la voz de Rosalie.

—¿Bella? ¿Estás bien, guapa?

Me sorbo la nariz a la vez que me pregunto si me ha oído llorar.

—Eh, sí…

—¿Estás limpia? Tenemos un poco de prisa, ¡por si no lo sabías!

Miro hacia abajo y me percato de que tengo la piel de las yemas de los dedos arrugada. Cierro el grifo y salgo. Rosalie me recibe con una toalla y un albornoz blando y mullido.

—Vamos, bonita. Te pondremos muy guapa.