11:00 h

7 de diciembre


El vestido es de Carolina Herrera, sin tirantes, y tiene capas y capas de organza fina como una caricia. Es carísimo y acaba con el mantra de «menos es más», pero como Rosalie dijo el día que lo compramos en el centro de Denver, «cuando lo sabes, lo sabes». Estamos en el suntuoso hotel Midnight Lodge, colgado en las Rocosas de Colorado, y cada diminuto detalle del lugar le cuesta más de un año de salario a mi padre. Los veintitrés invitados de parte de la novia están allí reunidos. Es una escena de fantasía digna del cuento de hadas que toda niña sueña cuando es pequeña.

Es mi fantasía.

Al menos, la que había imaginado hasta hoy, cuando todo ha cambiado. Rosalie me sonríe.

—¿Lista para cumplir tus sueños?

Me miro en el espejo. Parezco Cenicienta, si la madrastra malvada se hubiera materializado en el castillo el día de la boda de Cenicienta y hubiera asesinado al Príncipe Azul a sangre fría. También estoy a tres minutos de vomitar el cóctel que me he tomado a toda velocidad por la mañana. Iba a morderme las uñas, pero he recordado que Rosalie me ha hecho la manicura, y lo último que quiero es que él vea que me las he mordido.

Se fija en esas cosas. Es muy observador. Y quiero estar perfecta para él.

Él.

El único problema es que «él» no es el «él» correcto. Dios mío.

Quiero morderme el labio pero tampoco puedo, porque los tengo lacados con brillo rosado, color rosa chicle, y probablemente también se fijaría si el pintalabios termina en mis dientes. Hoy tengo prohibidos todos mis tics nerviosos.

Es el día de mis sueños, el día que he planeado hasta el último detalle para evitar cualquier calamidad que me haga perder los papeles.

Pero esto es lo que siento. Dios mío, y más fuerte que nunca. Llevo toda la vida esperando este día.

El día perfecto, en que el sol brilla, la nieve se derrite, los pájaros cantan y el cielo es del azul más intenso que he visto jamás.

Pero hay un problema.

Un problema en forma de un hombre atrozmente guapo, pretencioso, con barba y un metro ochenta de altura, que se pasea por el mundo despreciándolo y pensando que es mejor que todos.

El mejor amigo de mi prometido. Su padrino de boda, Edward Cullen. Todo es cuya suya.

—¿Estás bien?— me pregunta Rosalie.

—Sí— insisto y me aparto el infernal velo de novia de la cara por enésima vez—. Es que el vestido me pica como mil demonios.

Me levanto y me estiro el vestido por las axilas, izándolo por encima de mis pechos. Trato de dar un paso, pero hay demasiada tela en todas direcciones. Es un milagro que no me ahogue en este mar textil. En este mar, o en el lío en el que me he metido yo solita. Me vuelvo a sentar en el taburete y me quejo:

—Estoy atrapada.

En más de un sentido.

Rosalie toma puñados y puñados de organza, me ayuda a erguirme y deposita la pila de tela detrás de mí, con cuidado. Me bamboleo hasta el espejo de cuerpo entero y me miro. No parezco ni una novia ni una princesa de cuento de hadas; más bien, un prisionero al que acaban de comunicarle su sentencia de muerte.

—Es demasiado suelto —vuelvo a lloriquear. No tengo un escote despampanante, y el vestido no hace más que evidenciarlo. ¿Por qué me decidí por uno sin tirantes?—. Seguro que he perdido volumen en las tetas por culpa de la dieta. ¿Y si se me cae mientras camino hacia el altar?

Rosalie sonríe, burlona.

—Seguro que a Peter le encantaría.

La mera idea me revuelve el estómago todavía más. Hasta ahora he vivido para agradar a Peter. Cada vez que tenía que elegir entre hacer algo, ya fuera asistir al estreno de una película o comprar un jersey en una tienda, o cambiarme el peinado, me preguntaba qué pensaría Peter de esa decisión. Pero, ahora que Rosalie pronuncia su nombre, me doy cuenta de que lo que piense Peter me importa un comino. La única opinión que me importa ahora es la del hombre que estará precisamente a medio metro a la izquierda de mi futuro marido.

Soy una idiota redomada.

En menos de quince minutos estaré avanzando por las losas de piedra en el exterior de Midnight Lodge, hasta una pintoresca glorieta al pie de las colinas, del brazo de mi padre, que se ha gastado todos sus ahorros para hacer que este día sea el sueño perfecto de su única hija. Tomaré la mano del hombre que ha estado a mi lado durante los últimos cinco años, desde que lo conocí en un sótano frío y húmedo de una fraternidad en la universidad, durante mi primer año de carrera. Me uniré a este hombre, con el que he pasado toda mi vida adulta, en sagrado matrimonio, hasta que la muerte nos separe.

Me convertiré en la señora de Peter Eberhart.

Pero sé que estaré mirando más allá de mi futuro marido, al hombre que, hasta hace doce horas, creía que odiaba. Edward Cullen.

Y me preguntaré: «¿Y si…?».

Ojalá escoger marido fuera tan sencillo como elegir vestido.

«Cuando lo sabes, lo sabes».

Yo lo sabía, o eso pensaba. Hasta hace doce horas, creía que Peter Eberhart era mi verdadera media naranja, el hombre con el que pasaría el resto de mi vida, feliz y contenta. Y las cosas han cambiado de repente.

Ahora no sé ni cómo me llamo.

Y tengo la sensación de que estoy a punto de cometer el mayor error de mi vida.

—¿Qué te pasa?

Miro más allá de mi reflejo, hacia Rosalie, que me observa suspicaz mientras le doy vueltas y vueltas al anillo de compromiso.

—Eh… Nada.

—Supongo que son los nervios. —Error—. No te preocupes, en cuanto termine la ceremonia, te sentirás mucho mejor.

¿De verdad? No lo creo.

Endereza la pequeña diadema que llevo en la cabeza y reparte la caída del velo de organza sobre mis hombros.

—Perfecto. Eres una novia muy hermosa.

A mi alrededor, las otras damas de honor y mi madre me miran con admiración. El fotógrafo empieza a sacar fotografías. Trato de parecer feliz. No lo consigo.

Me giro hacia Rosalie. Me da golpecitos tranquilizadores en la mano, pero agarro la suya como si fuera mi última esperanza antes de que se vaya.

—Necesito hablar contigo —le digo en voz baja—. Es importante.

Sabe, por mi tono, que lo digo en serio. Da unas palmadas.

—Eh, gente. Fuera. La novia necesita un rato a solas con la dama de honor.

Todos desfilan mientras Rosalie me recoloca el velo. Debería estar en el ejército porque sabe dar órdenes a la gente. Incluso los fotógrafos me dejan tranquila, gracias a Dios.

—¿Qué pasa? —dice, escudriñando el vestido para asegurarse de que no está arrugado ni manchado.

—Creo que estoy cometiendo un error.

Clava la mirada en la mía. Se queda callada durante casi diez segundos antes de echarse a reír.

—Muy graciosa.

—No bromeo.

Me mira, asombrada.

—Madre mía. No estás bromeando. —Nerviosa, arregla el velo sobre mis hombros—. No te preocupes. No es ningún error. Todo va bien, solo son nervios. Es normal que una novia pase por…

—Esta mañana he follado con Edward. ¿Te parece eso normal?

Suelta el velo y casi da un paso atrás.

—No lo dices en serio.

—Muy en serio.

Tarda un poco, pero su boca forma una O y se queda así un buen rato.

Casi veo las preguntas dando vueltas por su mente.

Finalmente, se decide por:

—¿Cómo fue? —Y, al momento, se arrepiente—: No, no me contestes a eso. Quiero decir, ¿cómo sucedió?

Levanto las manos:

—¡No lo sé! Quiero decir que sí, claro que lo sé, pero… Estábamos atrapados en el refugio y al principio lo detestaba, y luego empezó a gustarme, y después me confesó que lleva todo este tiempo enamorado de mí. Desde la primera vez que nos acostamos. Por eso no ha tenido ninguna novia formal. ¿No te parece casi… dulce?

—Espera, espera. —Se inclina en la cómoda para mantener el equilibrio porque parece que vaya a caerse por la sorpresa si la toco—. ¿La primera vez?

Asiento.

—Sí. Eso fue antes de conocer a Peter, de hecho. Primero me acosté con Edward.

Abre la mandíbula.

—Pero ¡serás zorrona! —chilla.

Le indico mediante señas frenéticas que no hable tan alto. Mi madre y toda mi familia están al otro lado de la puerta y podrían oírnos.

Se tapa la boca con las manos.

—Perdona. ¿Y te ha dicho que… que te quiere? ¿Ahora? ¿Y lleva cinco años bebiendo los vientos por ti?

Casi hiperventilo, mi corazón es pequeño y se me encoge en el pecho.

—Sí, más o menos.

Sacude la cabeza.

—Perdón, pero ¿tiene idea de lo imbécil que es al joderte así precisamente el día de tu boda? ¿Y no te lo podría haber dicho hace cinco años? Lo siento, se le ha agotado el tiempo. ¡Hoy te casas con su mejor amigo!

—Estoy casi segura de que Peter me ha estado engañando todo este tiempo.

Parpadea.

—¿Qué dices?

—Sí. En su despedida de soltero, seguro. Y hace un mes. Y cada vez que me iba a ver a mis padres.

Se cubre la boca con la mano de nuevo, anonadada.

—Joder.

Esta es la parte en que Rosalie suele ofrecerme sus acertadísimos consejos de amiga. Así que espero a ver qué me dice. Y espero. Y espero.

—¿Rosalie? ¿Qué me aconsejas que haga?

—¿Consejo? —repite, sin entender—. Pero si no puedo creer que… Joder.

Me vengo abajo. Lo sé, esto es horrendo. Y lo peor es que lo he hecho todo yo sola.

—Vale, vale. Mira, esto es lo que opino: dos errores no suman un acierto. Tienes que hablar con Peter y…

—Peter lo sabe. No le importa. Quiere casarse conmigo de todos modos. Y me ha prometido que jamás volverá a engañarme.

—Dios mío, Bella, ¿estás segura? ¿Crees que de verdad puede cambiar?

La miro, confusa.

Suspira.

—Lleváis juntos cinco años. Eso tiene que significar algo, ¿no? Y el amor todo lo puede, ¿verdad?

Me pongo la cabeza en las manos y la palabra «amor» me transporta a otro lugar y a otro tiempo. Y a otro hombre.

—Pero es que no sé qué siento por Edward ahora mismo. De hecho creo que… Creo que no me disgusta tanto como pensaba.

—¿En serio? ¡Isabella Marie Swan! ¿Te has olvidado de que cada vez que estáis en la misma habitación, os vigiláis agresivamente como si fuerais tiburones? No es que no te guste, es que lo odias. ¡Pues sigue así!

—Lo sé, lo sé. Esto es una mierda. Soy una mierda.

—No, no lo eres. Tú y Edward simplemente sois combustible juntos. Y lo que te ocurre ahora es que estás aterrorizada y nerviosa. Pero Peter te ha perdonado, ¿verdad? Pues cásate con él, Bella. Es lo que siempre habías querido, ¿no es así?

¿Es así? ¿De verdad quiero el sueño que he creado en mi cabeza, o me estoy perdiendo un amor verdadero?

Rosalie me dice que debo casarme con Peter. Pero eso es porque no sabe todo lo que me pasa con Edward. No solo la verdad, sino todo. Ni tampoco conoce a Edward como yo.

Se me encoge el estómago.

—No sé si puedo hacerlo. Edward estará junto a Peter cuando pronunciemos los votos.

Vuelve a mirarme estupefacta.

—¿Insinúas que Edward todavía es el padrino de boda de Peter?

—Eso parece. Ya sabes, los hombres se perdonan cosas y a las mujeres que nos den.

Se ríe, apenada.

—Madre mía.

—Así que ¿qué puedo hacer? No puedo anular la boda.

Miro a mi mejor amiga y rezo para que tenga sabios consejos. O una galleta de la fortuna. O un par de ovarios, que creo que necesitaré.

Rosalie chasquea la lengua ante la mera idea de suspender la boda y se frota las manos con nerviosismo.

—No. Has planeado esto durante años, Bella. No puedes anular la boda.—Sacude la cabeza, enfadada—. ¿De verdad iba en serio lo de Edward?

Ahora parece tan o más confundida que yo. Me muerdo el labio inferior.

¿Cómo puedo explicárselo todo en un minuto? Me llevaría días recordar cada detalle de lo que nos hemos dicho. Cada acción que malinterpreté en el pasado. Cada arrebato de intensa emoción que siento por Edward.

Y todas las formas en que Edward me comprende; no todas malas ni todas buenas, pero algunas, definitivamente, mucho mejor que buenas.

Me llevaría toda una vida descifrar a Edward. Y ni siquiera puedo empezar a explicarle a Rosalie por qué.

—Mira, Bella. Edward solo disfruta provocándote. Olvídalo —zanja Rosalie, echándole la culpa de mi ataque. Y, en parte, es así, pero no como ella cree—. Pero sí, tienes que hablar con Edward antes de recorrer el camino al altar. Dile que todo ha terminado, que tomaste una decisión hace diecinueve meses y que tú y Peter vais a casaros. Dile que te deje en paz. Y luego bailaré sobre su entrepierna en la fiesta y agitaré mis tetas delante de su cara para asegurarme de que se olvida de ti —añade, a la vez que comprueba su maquillaje en el espejo y se sube el pecho para que su escote destaque en el vestido de color aguamarina.

Suelto una risita triste.

—Ni se te ocurra tocarlo.

—Ah. No, claro que no. Al parecer solo puedes hacer eso.

Me cubro la cara con las manos. Recuerdo la forma en que me dejó tocarlo. La manera en que…

—Dios mío. —Cierro los ojos y trato de no pensar en Edward. Intento volver al presente, a este momento. A mi vida de hace menos de veinticuatro horas—. Tienes razón. Tengo que hablar con Edward. Pero ¿cómo? Probablemente ni siquiera haya bajado de la montaña todavía.

Rosalie sostiene un juego de llaves delante de mi. Son las de mi coche.

—¿Está aquí?— digo, tan animada que Rosalie me mira con decepción.

—Sí. Ha llegado hará unos veinte minutos. No te preocupes, yo me encargo. Quiero verte feliz, Bella. ¡Este día es especial, es tu día! No dejes que nadie lo estropee. Olvida el miedo y haz lo que te pida el corazón.

Suspiro y levanto la mano para jurarlo.

—Lo prometo —respondo, sin aclarar que mi corazón no está demasiado contento ahora mismo, y no sé por qué. ¿Quizá porque mi novio me ha engañado otra vez? ¿O por su mejor amigo, el hombre por el suspiro desde hace años y que ahora me dice que ha sido mutuo?

Comprueba el móvil y dice:

—Vale, tenemos que salir o será el hotel el que suspenda la ceremonia. ¿Estás lista?

Me hundo, físicamente. Encorvo los hombros.

—¿Tengo aspecto de estar lista? Porque no me siento así.

Me estudia, parpadea y luego mete la mano en una caja y me da mi ramo de gardenias blancas.

—Toma. No eres una novia sin un ramo.

—Gracias —murmuro.

He asistido a muchos enlaces deseando que llegara el momento de ser yo la novia, la que está al principio de una hermosa historia de amor, y ahora preferiría ser cualquier otra persona.