11:16 h

7 de diciembre


Las damas de honor esperan abajo para empezar la procesión. Todos los invitados aguardan. No tengo más remedio que caminar hacia el altar, donde espera el oficiante.

Mi madre me ayuda a recolocar la cola a medida que me dirijo hacia el vestíbulo y el ascensor. Mimi me espera allí.

—¡Estás preciosa! —exclama mi abuela mientras me arreglan el vestido de Cenicienta.

—Gracias, Mimi.

—¿Me equivoco, o no eres feliz? Me obligo a sonreír.

—¿Qué quieres decir? Soy feliz. Solo estoy nerviosa.

—Estoy de acuerdo. —Mi madre me mira, dubitativa—. Sé cuándo estás nerviosa y no es esto. Hay algo que te preocupa.

Por supuesto que mi madre lo sabe. Aparte de Rosalie, mi madre es mi mejor amiga.

—Estoy bien.

Mi madre contempla el vestido de pies a cabeza para asegurarse de que estoy perfecta. Luego se inclina y me da un beso en la mejilla.

—Nunca es demasiado tarde. Lo sabes, ¿no?

—¿Para qué?

Mi madre sonríe.

—Para cambiar de idea.

Las miro a las dos. No es posible que lo digan en serio.

—Por supuesto que no…

—Bueno, tu abuela y yo hemos estado hablando. Y sabemos que a veces esto puede ser como una enorme piedra que rueda montaña abajo. Puede que pienses que está fuera de tu control, pero no es así.

Me río nerviosa.

—Por favor. No le puedo hacer eso a papá. Si me echo atrás ahora, será la desilusión de su vida.

Mi madre sacude la cabeza.

—Estaría de acuerdo con nosotras. Lo último que querría es verte infeliz. Y además, los divorcios también son caros.

Mimi asiente.

—Todo esto es solo dinero. No significa nada. El amor lo es todo, cariño.

Las puertas del ascensor se abren y las dos me miran, expectantes. Las empujo hacia el ascensor.

—Gracias por el consejo. Pero, de verdad, solo me preocupa no tropezar cuando avance por el pasillo. Todo irá bien.

Siguen mirándome con suspicacia, como si no me creyeran.

—¡De verdad! ¡Vamos, vamos! Id a vuestros asientos.

Se miran y se encogen de hombros. Las dos me dan un beso y se dirigen al vestíbulo para aceptar los brazos de los acompañantes que las guiarán a su lugar. Más allá de las puertas dobles veo filas y filas de gente, vestidos de punta en blanco, y a las damas de honor, que esperan mi llegada.

Es la hora de la verdad.

Cierro los ojos e inspiro profundamente. Tú puedes. Te convertirás en la señora de Peter Eberhart y todos tus sueños se harán realidad.

Antes de que pueda dar un paso, una mano me agarra del brazo y me arrastra a un pasillo oscuro. Tropiezo con el vestido y me encuentro metida en un armario para abrigos, frente a frente con Edward Cullen.

El corazón me late como una liebre enloquecida.

Huele a jabón y champú, así que ha tenido tiempo de ducharse. Lleva el mismo traje gris que ayudé a Peter a elegir para sus padrinos. Caigo en la cuenta de que jamás había visto a Edward trajeado. Maldita sea su estampa porque le sienta tan bien… Está para devorarlo vivo.

Luego, me fijo en su ojo morado y la herida en el labio inferior.

—Dios mío… ¿Estás…?

Trato de tocarlo, pero se aparta.

—No. Estoy bien.

—No, es…

—Lo sé, Bella. Pero no te preocupes. No le di en la cara. Así que las fotos serán perfectas.

Tengo ganas de llorar. Siempre piensa en mí y en lo que quiero.

—¡Eso no me importa! —grito, y las lágrimas acuden a mis ojos.

—Rosalie me ha dicho que quieres hablar conmigo, y yo también quería hablar contigo. Lo siento. Siento todo lo que ha pasado. Lo que he hecho no está bien, y lo sé. No debería habértelo dicho, al menos entonces y de esa manera. Pero, de todos modos, no me arrepiento. —Inspira y prosigue—. Quiero que sepas que después de esta noche, cuando dé el discurso del padrino, me iré. No me interpondré entre vosotros y no volveré a veros, ¿de acuerdo?

Sacudo la cabeza. Entiendo por qué lo dice y, aun así, cada parte de mi ser se niega a creerlo.

—¿No volveré a verte nunca más?

—No. Creo que os lo debo a los dos. Ya he causado bastante daño.

Sacudo la cabeza.

—No. No puedes. No puedes hacer eso.

Da un paso atrás y me contempla, de los ojos a los labios pasando por el vestido y el velo, como si estuviera grabando la imagen en su memoria.

—Dios, Bella. Eres la novia más guapa del mundo. La mujer más guapa del mundo. Nunca he dejado de pensarlo.

Más lágrimas amenazan con desbordarse por mi mejilla.

—Edward…

—Y tú ya eres especial. ¿Qué dijiste? ¿Que necesitabas esta boda porque era todo lo que tenías? —Niega con la cabeza, incrédulo—. Lo eres todo, Bella. Dulce, amable, hermosa, inteligente y, además, una gran jugadora de ajedrez.

Sé que voy a hacerlo. Sé que voy a llorar.

—Y tú también, Edward, eres…

Me tiende un pañuelo.

—Lo siento. No llores. No quería hacerte llorar.

Me pongo el pañuelo en el ojo pero no puedo contenerme. Es el único hombre que me provoca ese efecto.

Querría decirle mil cosas y siento que he centrado toda mi energía en no llorar ahora mismo. En no apretarme contra su pecho y suplicarle que haga que todo desaparezca.

Me acaricia la cara y luego me roza la frente con los labios.

—Os deseo a ti y a Peter toda la felicidad del mundo —murmura con una sonrisa triste que me rompe el corazón—. Sois mis dos personas favoritas en este mundo.

Luego se aparta de mí y se alisa la chaqueta y la corbata.

—Nos vemos ahí dentro.

Hace ademán de irse, sus zapatos rechinan en el suelo de madera y solo se me pasa por la cabeza que nunca volveré a verlo. Saldrá de mi vida para siempre.

No lo soporto.

—¡Edward! —grito, con voz ronca. Las lágrimas fluyen sin que pueda impedirlo.

Se detiene y se gira.

—Te quiero —susurro—. Yo también te quiero.

Vuelve a mirarme con esa sonrisa que me rompe el corazón. Pero no dice nada.

Sencillamente, se gira, abre la puerta y se aleja de mí.