11:25 h
7 de diciembre
Las puertas se abren para mí y salgo fuera.
El clima es perfecto, casi primaveral. El sol brilla en el cielo. No hay ni una nube.
Rosalie me pregunta con la mirada si estoy bien. Me inspecciona el rostro, encuentra el pañuelo de Edward en mi ramo y me limpia las lágrimas que se han secado en mis mejillas. En cuanto empieza, vuelvo a echarme a llorar. No puedo parar.
—Shhh —me dice—. Sonríe. Cuando camines hacia el altar, solo mira a Peter, ¿vale? Todo irá bien.
Asiento.
Mi padre se acerca a mí. Está muy elegante con su traje.
—Veo que te has comprado un vestido nuevo para la ocasión.
Me río. Mi padre siempre ha sabido cómo hacerme reír, incluso en los momentos más oscuros.
Me ofrece su brazo.
—¿Lista?
Suena el Canon de Pachelbel, que es la señal para que las damas de honor desfilen por el pasillo. Miro por detrás de las cortinas a medida que lo hacen. Hay muchísimos invitados. No creo que fuera consciente del espacio que ocupan quinientas personas. El oficiante está de pie frente a nosotros, en línea recta. De manera fugaz, veo a mi prometido cuando se apartan las cortinas. Y a su lado…
Dios mío.
Una por una, las damas salen y el vestíbulo se vacía, hasta que Rosalie da la salida a las niñas con las flores y al portador de los anillos. Me hace la señal de adelante con el pulgar hacia arriba, y me deja a solas con mi padre.
No puedo respirar.
El corazón me oprime el pecho.
—¿Bella? —pregunta mi padre, que me aprieta la mano con suavidad. Inspiro profundamente y asiento.
—Estoy bien. Puedo hacerlo.
La música termina y entonces suena la marcha nupcial. Oigo el ruido de los pies de quinientas personas al levantarse y girarse, a la espera de ver los últimos pasos de mujer soltera de Isabella Swan.
Apartamos las cortinas y recorremos el pasillo.
Es tal y como lo había soñado. El cielo es azul, los pájaros cantan y no hay ni un copo de nieve a la vista.
Pero casi desearía que hubiera una tormenta helada.
Peter y Edward y el resto de padrinos del novio esperan frente a la glorieta. A medida que me acerco, distingo sus rasgos. Me digo que solo tengo que seguir el consejo de Rosalie. Bromeo mentalmente: al menos, en ese estrado hay más hombres con los que no he dormido que con los que sí me he acostado.
Clavo la mirada en los ojos de Peter, en la sonrisa de Peter, en la cara de Peter. Me digo que lo ha olvidado todo. Que pasaremos página y construiremos una vida nueva de confianza mutua y de amor.
El rostro de Peter está muy rojo. Parece un poco nervioso y se tira del cuello.
Pero tal y como me prometió Edward no tiene ningún golpe en la cara. Estará perfecto en las fotos.
Porque Edward cumple con su palabra.
Y no puedo evitarlo.
Estoy a pocos pasos de llegar hasta Peter, pero mis ojos se deslizan hacia Edward.
Me mira.
Y no puedo apartar la vista de la suya.
¿Qué me pasa? Estoy avanzando por el pasillo hasta el altar, donde me espera el hombre con el que me voy a casar, y acabo de decirle a su mejor amigo que estoy enamorada de él.
Necesito parar.
Necesito detener esta enorme piedra que rueda colina abajo.
Pienso en lo que me ha dicho mi madre. Siempre hay tiempo para todo.
Si quiero, tengo que ser capaz de parar esto.
Ahora.
O ahora.
Mis pies siguen avanzando. Los tobillos me tiemblan pero no dejo de caminar, guiada por la firme mano de mi padre, como si siguiera un circuito sin un lugar adonde ir.
Llegamos al final del pasillo. Mi padre se acerca y me da un beso en la mejilla.
Esta es la parte en la que me entrega a mi prometido. Y lo intenta.
Pero, de repente, me salgo del circuito. Empujo la bola de piedra con todas mis fuerzas. Doy un paso atrás. Sacudo la cabeza. Me niego.
—No puedo —susurro sin parar, como si estuviera sola—. No puedo.
Peter trata de tocarme, pero me aparto.
—Lo siento. No puedo hacer esto.
En las primeras filas, la gente que me ha oído exclama, sorprendida, y murmuran entre ellos.
La cara de Peter está tensa, pero sus labios todavía forman una sonrisa rígida.
—Isabella —murmura—. Recuerda lo que hemos hablado.
—Sí, me acuerdo.
Rosalie se acerca a mi lado y me susurra algo que no oigo. Miro a mi alrededor y veo caras confusas por doquier, y mi corazón late desbocado. Mi campo de visión se distorsiona.
Todo lo que hay a mi alrededor es perfecto, excepto las montañas que ahora se me echan encima. El canto de los pájaros suena siniestro. El sol brilla con demasiada fuerza.
Y todo está mal. Incluso el novio. Sobre todo el novio.
—Peter —susurro aún en voz baja—. Lo siento mucho. Te quiero, lo sabes.
Se estira el cuello del traje.
—¿Entonces cuál es el…?
—¡El problema es que no estamos enamorados! —grito en voz tan alta que el eco recorre las montañas.
Se oyen más exclamaciones. Mis ojos suplican.
—Tienes que saberlo, tienes que haberte dado cuenta.
Sacude la cabeza.
—¿Qué quieres decir? Pensaba que tú y yo…
—No. —Miro a mi abuela Mimi, en primera fila, y pienso en ella y en mi abuelo, paseándose por el muelle de Santa Mónica como si estuvieran solos en el mundo entero—. Si nos quisiéramos de verdad, nada de esto importaría. Pero ahora solo importa lo que nos rodea. ¿Qué pasará después?
Me mira confundido.
—Bueno, tenemos la luna de miel. En Hawái.
—No, después de eso. Esto que hacemos ahora se supone que es la parte más fácil. Ya te lo dije, Peter, no sé lo que siento. Pero creo que tú tampoco lo sabes. Empezamos a salir hace cinco años. Fue nuestra primera relación para los dos. No sabíamos lo que hacíamos. Pero ahora creo que lo entiendo. Sabes que lo que he hecho está mal, y estás dispuesto a perdonarme porque eres un buen hombre. Nos hemos acostumbrado a ignorar las señales de que algo iba mal, porque es lo que hacemos. Pero tenemos que dar un paso atrás y admitir lo que llevamos tiempo ignorando. Si estuviera enamorada de ti, no necesitaría todo este circo. Y si tú me amases, Peter, no necesitarías una última cana al aire antes de casarte conmigo. No sería la segunda en todos tus pensamientos, ni vendría detrás de tus compañeros de la fraternidad o de un barril de cerveza. Yo sería la primera para ti, lo más importante, siempre —le digo—. Y tú eres una buena persona. Te mereces alguien que también te ponga en primer lugar. Alguien que te enloquezca, de la que te enamores hasta que apenas puedas pensar. Sé que no soy esa mujer.
—Sí que lo eres, Bella.
—No, no lo soy. No puedo serlo. No quiero esto.
La furia llena sus ojos y señala a su espalda.
—¿Qué? ¿Lo quieres a él?
Los asistentes vuelven a exclamar, sorprendidos.
No puedo ver a Edward detrás de la ancha espalda de Peter y me alegro, porque una sola mirada me derretiría. Lo último que necesito es que los dos se peleen delante de nuestros familiares y amigos.
—¡No sé qué quiero! Lo que sé es que esto es un error.
Peter se pone rojo, como le ocurre cuando bebe mucho. Su voz suena tensa.
—Si te vas ahora, cometerás un error, Bella. No me hagas esto.
Me quito el anillo y bajo la cabeza. Lo pongo en la palma de su mano.
—Lo siento. Vete a Hawái. Seguro que puedes llevarte a algún amigo.
Me recojo la falda y corro hacia la puerta.
Cuando llego al hotel, estoy llorando tanto que no veo donde piso. Choco contra alguien que fuma en la entrada y, antes de poder apartarme, me toma de la mano. Levanto la mirada.
—¡Garret! —Abrazo a mi hermano con fuerza.
Arroja la colilla al suelo, la apaga y me envuelve entre sus brazos.
—Eh, Bells. ¿Qué pasa? ¿Llego tarde a la boda? Me ha entrado una llamada, he tenido que salir y…
Se calla mientras sollozo ruidosamente contra su camisa blanca y su corbata de rayas.
—He salido corriendo. No puedo casarme con él.
Me acaricia el pelo.
—Bueno, ya era hora de que te dieras cuenta, Cacahuete.
Me aparto, sorprendida.
—¿Cómo?
Sonríe con ironía.
—He tratado de llevarme bien con él, Bells. Te lo juro. Pero es un imbécil. Te mereces a alguien mucho mejor.
Me limpia las lágrimas y suelto un gemido.
—Si pensabas eso, podrías habérmelo dicho antes.
—Como si fueras a hacerme caso. Vamos, tienes que calmarte. —Me pone el brazo sobre el hombro y lenta, pero firmemente, trata de llevarme hacia el hotel. No me muevo.
—No puedo volver ahí.
—¿Adónde quieres ir?
—A casa.
—De acuerdo —responde, y me ayuda a recogerme el vuelo del vestido—. Pues vámonos.
Me ayuda a subir a su enorme camioneta y mete el resto de la cola detrás. Estoy sentada en un montón de organdí hasta el cuello, y alarga la mano para acariciarme el hombro con ternura.
—Todo irá bien, Cacahuete. Te lo prometo. Eres muy fuerte.
Lo miro a través de una cortina de lágrimas. No me siento fuerte, todo lo contrario. Siento que he decepcionado a muchas personas.
Mientras nos alejamos, observo cómo el Midnight Lodge desaparece en la distancia, junto a mis sueños de una boda perfecta. Ya no parecen importarme tanto.
¡Tan solo queda un capítulo más y el epílogo! ¿Qué creéis que pasará?
