30 de junio


Me planto frente a la enorme manecilla de metal e inspiro profundamente. Son las nueve de la mañana, y no es mi hora favorita del día ni mucho menos.

Pero es el momento de abrir la recogida de libros.

Esta sección de la Biblioteca Pública de Boulder, según he descubierto, es la favorita de los sintecho. Siempre se amontonan frente a la puerta y nos obsequian con «regalos».

Por eso, es la tarea de la que suelen ocuparse los bibliotecarios recién llegados. No me quejo, porque tengo un empleo decente, un trabajo honesto, que conseguí gracias a mis estudios y que me esperaba incluso antes de que acabara el máster. Y me encanta el trabajo, la gente, el hecho de estar rodeada de libros todo el día. Me gusta todo de mi trabajo.

Solo desearía que tuviéramos suficiente presupuesto como para contratar a un becario que se ocupase de esta parte en concreto.

Cierro los ojos al recordar los restos fecales que recibí hace dos días y me pregunto qué me espera hoy.

La puerta cruje cuando la abro. Hay libros, como de costumbre y… Genial. Una bolsita de papel marrón. Estoy deseando ver qué hay dentro.

La saco y la abro, parpadeando y esperándome lo peor. Hay una botella vacía de Jack Daniels. Gracias a Dios que no es nada letal. Mi amiga Liz, que empezó a trabajar aquí seis meses antes que yo, dice que una vez encontró un montón de condones usados, pegados entre las páginas de un

ejemplar del Kamasutra. Otra, una pila de libros que se había convertido en el hogar de una colonia de cucarachas. Y la gente se ha acostumbrado a dejar aquí la basura, así que también solemos toparnos con restos de comida rápida y pañales sucios.

Así que, ante todo, mucha prudencia.

—¿Algo que valga la pena? —pregunta Liz por encima del hombro, quitándose los auriculares mientras cataloga las novedades. Una vez me dijo que había encontrado un billete de veinte dólares que alguien se había olvidado como punto de libro, así que no todo son porquerías.

—De momento nada.

Ha pasado medio año desde el día D. Y todavía estoy soltera. Qué sorpresa.

¿Qué sucedió después de aquel día? Bueno, siguieron con la fiesta aunque sin los recién casados. Mis padres se habían gastado tanto dinero que insistieron en que todo el mundo se merecía pasarlo bien. En teoría, Peter se emborrachó y se tiró a una de las camareras detrás de la glorieta. Qué tiempos aquellos.

Mis padres no se enfadaron conmigo, pero sí se preocuparon por mi estado mental. Igual que Rosalie, pero al final también aceptó mi postura, sobre todo porque estaba de acuerdo en que Edward era irresistiblemente guapo. Tanto, que se ha aficionado a enviarme un mensajito cada día para ver si me he decidido a «ir a por él». La gran mayoría de mis familiares y amigos se quedaron anonadados. Muchos pasaron bastante tiempo sin decirme nada, porque estoy segura de que no sabían qué decirme. Tampoco he hablado con nadie de la familia de Peter. Creo que todos me odian.

¿Y Peter?

Todavía somos amigos, algo bastante sorprendente. Ayudó el hecho de que se fue a Hawái con uno de sus amigos de la universidad y se dedicaron a emborracharse e irse de fiesta hasta vomitar cada noche. Y el último día del viaje conoció a una rubia alta y guapísima llamada Shana, que estaba pasando unos días en la isla durante las vacaciones de primavera de la universidad. Era de Colorado Springs, y tuvieron un romance de película, a juzgar por las fotos que he visto en el Instagram de Peter. Creo que está loco por ella.

Me invitaron a la boda, que tuvo lugar el último fin de semana después de que Shana se graduara en el Colorado College, pero decliné educadamente.

Me alegro por él. Creo que al final ha encontrado a la mujer de su vida.

Y Edward cumplió su promesa. No lo he vuelto a ver desde que aquel día.

Cuando miré las fotografías de la boda en Instagram, en lugar de fijarme en Peter y Shana, buscaba al padrino en segundo plano. No lo vi. Y Edward no tiene redes sociales, así que es como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra.

Igual que la última vez.

Así que tal vez por eso he rechazado a cualquier aficionado a los libros remotamente guapo que viene a la biblioteca y que me ha pedido salir.

No quiero cometer el mismo error. No quiero dejarlo atrás hasta asegurarme de que realmente todo ha terminado entre nosotros.

Pero ya han pasado seis meses. Así que supongo que falta poco.

Mientras recojo la caja de libros e intento meterla en el carrito para devolverlos a las estanterías, Liz dice:

—Devolución.

Pongo los ojos en blanco.

Hay máquinas donde los usuarios pueden devolver automáticamente los libros, para ahorrar tiempo a las bibliotecarias.

—¿Necesita ayuda con su devolución? —mascullo, algo enfadada porque es un sistema tan sencillo de utilizar que hasta un idiota sabría hacerlo.

—Prefiero el servicio completo —responde una voz conocida y profunda, justo cuando me fijo en el título que tiene en la mano. Es El lobo estepario de Herman Hesse—. Para eso pago impuestos, al fin y al cabo.

Levanto los ojos en un instante. Es él. Trago saliva.

—¡Edward! Hola— Suelto un poco de aire y me controlo. Digo—: ¿Pagar impuestos? Suenas como si tuvieras ochenta años, por dios.

En su boca se dibuja una sonrisa satisfecha mientras sus ojos se pasean por mi cara.

—Veo que has adoptado un estilo de vestir muy propio de una bibliotecaria, enana.

Me miro. Llevo una falda de tubo y tacones, y es verdad que estoy más arreglada de lo que suelen estar mis compañeras, pero es mi primer mes y quiero causar buena impresión. Llevo el pelo recogido y también…

Ah. Mis gafas de montura de carey.

Hago ademán de quitármelas pero me detiene.

—No, no. Te sientan bien.

Vuelvo a subírmelas.

—Pensaba que no volvería a verte nunca más. Eso fue lo que dijiste.

Se encoge de hombros.

—Te lo dije cuando ibas a casarte con Peter. Pensé que era lo mejor, teniendo en cuenta las circunstancias.

Nos miramos en silencio. Solo eso, clavamos los ojos en los del otro durante un momento que parece contenerlo todo.

Edward está tan atractivo que hasta duele verlo. Oler su aroma que me embriaga y me resulta conocido y familiar. Mi cuerpo parece vibrar en un plano especial cuando está cerca de mí.

Él tampoco puede dejar de mirarme, así que hago un esfuerzo por romper el momento y miro el libro que tiene en la mano.

—No pertenece a esta biblioteca. ¿Cómo sabías que estaba…?

—Peter me lo dijo. En su boda. —Se lleva la mano a la nuca—. Fui su padrino, ¿recuerdas?

—Ah, sí —asiento. Todo mi cuerpo canta.

—Pero esta vez me comporté. No le quité la novia. —Me guiña un ojo.

Bromea, pero en lugar de reírme, contengo el estremecimiento que me sube por el estómago. Edward está tan cerca que podría…

—Eso está bien.

—Pensaba… Esperaba verte allí.

Sacudo la cabeza.

—Me invitó, pero pensé que sería incómodo. Su familia me odia. ¿Cómo está él?

—Bien. Feliz. Ahora están de luna de miel. Y dudo que su familia todavía esté molesta contigo.

—Bueno. Envié a sus padres una nota para disculparme, pero no contestaron. Aunque creo que es mejor así. De este modo, todos podemos pasar página. Obviamente, Peter lo ha hecho.

—Sí, está bien.

—No deberíamos haber salido juntos tanto tiempo, y mucho menos comprometernos. Seguíamos un guion porque no teníamos ni idea. No sabíamos lo que era el amor.

Se inclina sobre el mostrador.

—¿Y ahora lo sabes?

Levanto la cabeza y lo miro.

—Creo que sí.

Definitivamente, lo sé. Sé que por mucho que te esfuerces y quieras que funcione, si va mal, irá mal. Sé que puedes querer a alguien, pero eso no significa que seas su media naranja. Y sé que, por extrañas que sean las circunstancias, cuando descubres el amor, tienes que aferrarte a él, cuidarlo y no dejarlo ir.

Supongo que podría llenar libros con todo lo que he aprendido. Pero también pienso que, quizá, Edward haya aprendido su lección, igual que yo, y no necesita que se lo explique.

—Y tú, ¿cómo estás?

Se encoge de hombros y dice en voz baja:

—Jodidamente triste.

Lo miro comprensiva. Lo entiendo. Yo también he tratado de ordenar mi vida, de definir quién soy, y haberlo tenido tan lejos solo lo ha hecho el doble de difícil. Si a eso le añadimos la idea de que tal vez lo había perdido para siempre y que él podía haber seguido adelante con su vida, después de todo lo sucedido, el resultado era demoledor. Pero le pregunto de manera despreocupada:

—¿Ah, sí? ¿Por qué?

No contesta y me observa como si ya lo supiera.

Me ruborizo. «No lo malinterpretes, Bella». También he aprendido que es importante ver las cosas de forma realista, en lugar de intentar imaginar cómo te gustaría que fueran y creerte lo que has imaginado. Así que miro el libro que sujeta en la mano.

—Es bueno. Pero pensaba que ya lo tenías.

Observa la cubierta.

—Así es. ¿Lo has leído?

Me muerdo una uña y lo miro de reojo. Las llevo igual de mal que siempre y estoy segura de que se ha fijado.

—Eh… Unas doce veces.

Vuelve a sonreír.

—¿Sí? Entonces tengo que ponerme al día. —Mira a su alrededor—. Eh, ¿a qué hora sales de aquí?

Miro por encima del hombro. La biblioteca no está muy llena, pero me siento como si todo el mundo estuviera pendiente de nuestra conversación.

—Al mediodía, a la hora de comer.

Mira el móvil.

—¿Te puedo invitar, entonces? ¿A comer? Para hablar.

Asiento distraída, porque Dios mío, solo son las nueve y media. Y no quiero esperar ni un minuto.

—De hecho, tengo una idea mejor. ¿Por qué no vienes conmigo?

Tomo su libro y dejo atrás el despacho del director. Salgo del mostrador de devoluciones y le indico que me siga. Cuando lo hace, me lo llevo detrás de las estanterías, al fondo, a un rincón de la biblioteca donde sé que estaremos solos.

Mientras caminamos, me susurra:

—Pensaba que vendrías a verme. Cada día. Te he esperado cada día.

El corazón me da un vuelco. ¿De verdad? Trato de responder sin darle importancia, pero estoy segura de que ha visto cómo me tiemblan las manos mientras sostengo su libro.

—Trataba de organizar mis ideas.

Es lo que hago.

—Ah. Eso me suena. —Reconoce sus propias palabras de hace mil años, y sonríe de manera adorable—. Eh, ¿sales con alguien?

Sonrío.

—Después de lo que hice, estoy en el banquillo hasta nueva orden.

—¿Ah, sí?

—Ajá. Tarjeta roja. Incluso deberían decretar una ley sobre eso. Las chicas como yo deberíamos limitarnos a tener solo amigos.

Me detengo en la sección H de ficción, y él se recuesta sobre una de las estanterías.

—No lo veo así.

—Bueno, no será la primera vez que tú y yo no estamos de acuerdo. — Guardo el libro en su estantería y lo observo con los ojos entrecerrados.

Él toma el libro y lo gira para que el lomo quede hacia arriba y chasquea con la lengua, como si estuviera disgustado ante mi supuesto error.

—Eres una bibliotecaria muy mala —dice con voz seductora. Me estremezco, pero intento disimularlo.

—¿Mala? Eres tú quien está robándome mi precioso tiempo —añado con una leve sonrisa—. No has venido hasta aquí solo por el libro, ¿verdad?

—Me has pillado. He venido a por otra cosa, sí.

Es un juego divertido y sonrío, pero me quedo sin aliento cuando el espacio entre nosotros desaparece y, de repente, Edward está indeciblemente cerca de mi piel. Sé a ciencia cierta que no es uno de los mil sueños que he tenido con él desde la última vez que lo vi.

—¿Vienes a devolverme lo que me dejé en el refugio?

Sacude la cabeza y se ríe suavemente.

—No, ya te lo dije. Eso me lo quedo.

Estoy confundida.

Su sonrisa se desvanece, pero sigue reflejada en su mirada, que brilla con ternura al mirarme.

—Lo sabes, Bella. Lo sabes a la perfección —dice, y su voz es como una caricia—. Y si no lo sabes, quizá tenga que hacerte esperar seis meses más para que te des cuenta de que tengo tu corazón en mis manos. Y no se va a mover de ahí, Bella.

Espera un instante, con una mirada intensa e inquisitiva, y me muestra sus manos. Son grandes y masculinas y están vacías, pero mi pecho se llena con su presencia de una manera que no ha hecho en mucho tiempo. Comprendo que no están vacías. En absoluto.

Maldita sea. Maldito Edward.

Tiene razón, como siempre.

Mi voz es un suspiro.

—¿Y qué si es verdad? ¿Qué quieres de mí, Edward Cullen? —agrego casi sin aliento, como si el estómago no me diera mil vuelcos.

—¿Por qué no intentas adivinarlo? —Edward estira la mano y me recoloca un mechón de pelo detrás de la oreja. Posa un dedo en mi barbilla para guiar mi boca hacia la suya. Me besa con mucha dulzura; es un beso casi casto. Noto su sabor a menta y la barba de un día, y jamás me he sentido mejor. Estoy donde debo estar. Entre sus brazos.

No necesito adivinar nada. Cuando lo sabes, lo sabes.