Disclaimer: todos los personajes pertenecen a la serie de RTVE "Acacias 38".
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Querida Maite:
¡Me alegra tanto recibir tus cartas! Pero a la vez me sumen en un trance del que cada vez me cuesta más salir. Las tomo con reverencia, porque esas hojas de papel han tenido la suerte que yo ya no tengo, y es que las han rozado tus manos; leo su contenido como si bebiera un vaso de agua fresca en un día de verano, con ansia y necesidad; pero la sed de saber de ti no se calma. Me pintas París con palabras, y se me figura como el cuadro más hermoso del mundo, pero que yo sólo puedo ver desde lejos, como si esa vida nunca fuera a ser la mía, que está condenada a la infelicidad de este matrimonio en el que creí que podría hallar, si no amor, al menos un remanso de paz.
No ha sido así, y cada día que pasa se me hace más insoportable fingir que vivo, levantarme, andar, hablar con la gente. Me siento vaciada de ilusión, y lo único que me mantiene en pie es esperar tus cartas y saber que con ellas me llega algo de ti: ese lazo invisible que nos une es ahora un lazo hecho de palabras que no quiero que nunca acaben.
No quiero ni por un momento que mis quejas te abrumen y te hartes de ellas, de mis tristezas o de mí. Pero siento que necesito que me ates a la vida, a la vida llena de amor que viví contigo. Necesito que me digas que el amor es más fuerte que todo, que nuestro amor, aunque sea en los breves instantes en que lo vivimos, dará sentido a toda mi vida.
Pienso mucho últimamente en la mujer a la que amaste, Ángela. Sé que te entristece recordar aquella historia, pero yo siento que me gustaría saber mucho más de ella, y de cómo eras tú cuando os conocisteis. Es injusto que una gran historia de amor quede recluida en el olvido porque no tuvo un final feliz, y toda la maravilla de haberos querido se vea manchada y reducida a su final trágico. Si la vida no nos concede la gracia de que volvamos a vernos, no querría que ninguna de las dos sepultara en el olvido los momentos, felicísimos, en que nos enamoramos y fuimos dichosas en tu estudio.
¿Me hablarás de tu relación con Ángela? Necesito que me cuenten historias de amor, para que no se me olvide que debo creer en él por encima de todo.
Tuya, Camino
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Querida Camino:
No dejes que la melancolía se apodere de tu ánimo, porque es mala compañera excepto cuando tienes un lienzo delante y sólo te quedan tonos marrones o azules en la paleta. Quisiera poder decirte que todo se va a arreglar pronto, pero la realidad es que nada ha cambiado desde que tuvimos que separarnos, y las mismas barreras que impidieron nuestro amor siguen tan altas como siempre. Sólo el tiempo dirá cuándo podremos atacar de nuevo esas murallas, y debemos ser fuertes, y confiar en el amor, en nuestro amor, hasta entonces.
Me pides que te hable de Ángela, y es cierto que hacerlo me duele; pero de alguna extraña manera comprendo tu petición (¡qué bien nos entendimos siempre, casi sin una palabra, Camino!), y creo que es justo. El amor que Ángela y yo nos tuvimos no merece ser olvidado sólo por la forma en que terminó; y tanto le debí en su momento, que sin ella quizá nunca hubiera estado preparada para ti.
Te complaceré una vez más, porque te imagino mirándome con esos ojos a los que no puedo negar nada, y espero que de aquella historia saquemos ambas fuerzas para seguir aspirando a la belleza y a la verdad.
Elena era poco más de un año menor que yo, pero parecía todavía una niña, tan menuda y frágil con ese pelo rubio siempre trenzado. Acudíamos a clases de pintura en la misma vetusta academia, en calle Easo, y más de una vez y más de dos había tenido que prestarle algún color porque los suyos desaparecían misteriosamente en cuanto se retiraba de su puesto. Tan tímida y aniñada era que nunca volvía sola a casa, siempre había una criada esperándola al salir. La mayoría de las alumnas preferíamos volver en dúos o grupos ruidosos, charlando por las calles, pero ella nunca intentó unirse a ninguno, y nadie tampoco se lo pidió.
Por eso me extrañó verla rezagada, aún en la puerta de la academia, sin atreverse a salir del zaguán, un día que amenazaba con una lluvia más intensa de lo que era habitual en San Sebastián. El viejo don Ernesto, nuestro profesor, me había entretenido al salir proponiéndome una tarea extra, ya que por aquel entonces yo ya estaba preparando el examen de ingreso en la escuela de Bellas Artes de París, y quería ampliar mi repertorio.
-¿Puedo ayudarte, Elena?
-Mi criada no está y a mi madre no le gusta que vuelva sola cuando cae la tarde.
-Te acompañaré. Vivimos en la misma calle, ¿sabes? Te he visto salir a veces del portal de enfrente, con tu criada.
La acompañé acompasando mis andares, demasiado briosos para ella. Decididamente, le cuadraba el apelativo de "la niña" que las más desenvueltas de mis compañeras le dedicaban con un poco de retintín, tanto por su apocamiento como por la falta de estatura y de un desarrollo físico acorde a la adolescencia. Me daban unas ganas tremendas de pasarle el brazo por los hombros, protegerla y darle abrigo a pesar de que aún no llovía. Intenté darle conversación para hacer más corto el trayecto.
-Me aburro soberanamente cuando Don Ernesto nos manda copiar una y otra vez ese horrible jarrón chino… ¿no te parece?
-Bueno… a mí no me importa hacerlo. Es fácil.
-¿Fácil? ¡Lo fácil es que un día cualquiera dé un bostezo tan monumental que tire el dichoso jarrón al suelo!
-¡No te atreverás, Maite! ¡Te reñiría con esa mirada terrible que tiene!
-¿Que no? O cambiamos de modelo, o ya verás como me atrevo…
Me agradó ver como se animó al más mínimo intento por mi parte, y pensé que su timidez podía tener arreglo con un poco de ayuda. Seguimos charlando y ninguna nos dimos cuenta de que una mujer menuda y vestida de luto se aproximaba apresuradamente a nosotras.
-¡Elena! Menos mal que te he visto. ¿Cómo te has tirado a la calle, con este tiempo? A la atolondrada de Paquita se le ha olvidado ir a recogerte y no me lo ha dicho hasta hace un momento, creí que te encontraría todavía en la academia…
-Maite me ha acompañado, madre.
Ángela era tan rubia y de complexión frágil como su hija, pero a diferencia de ella tenía unos ojos claros en los que, para qué te voy a decir otra cosa, en aquel momento no reparé. Me impresionó más su voz, profunda y cadenciosa, que transitó casi sin variaciones desde las preguntas de preocupación por lo que había pasado con su hija al agradecimiento. Aunque le aseguré que no era necesario, me invitó a merendar en su casa, y la curiosidad me hizo aceptar.
La familia del juez Hierro ocupaba la planta principal de un edificio de la zona vieja, a un paso de donde yo vivía con mis padres. Amueblada con sobriedad, la casa se me antojó oscura y fría, hasta que llegamos a la pequeña salita donde una criadita que se disculpó varias veces con Elena por haber olvidado recogerla nos sirvió chocolate y bizcocho, aunque casi la única que comió fui yo.
Hablamos de las clases; bueno, principalmente hablé yo, contando anécdotas sobre don Ernesto y su manía de insistir en que lo importante era el retoque, "una obra nunca está totalmente terminada, señoritas: si Velázquez se arrepentía, qué no será de nosotros, tristes aficionados". Mi imitación del grueso profesor hizo fortuna, y Elena se carcajeó con ganas mientras su madre la vigilaba como una gallina clueca, con una leve sonrisa en sus labios. Parecía otra persona diferente a la de las clases, animada y divertida,
Hasta que dieron las seis de la tarde en el reloj del salón. Fue evidente que el ambiente en la habitación cambió, y la postura de Ángela se tensó como la piel de un tambor. Sin faltar a las buenas maneras, pero con decisión, me despidió agradeciéndome una vez más que hubiera acompañado a Elena a casa. Al decirnos adiós en la puerta, sin que nada lo anunciara ni un gesto delatara ninguna emoción, me invitó a volver alguna otra tarde, a la salida de las clases.
Escribirte de este primer encuentro me ha hecho bien, Camino. Fue una época feliz en mi vida, en la que hace mucho que no pensaba. Gracias por hacerme volver a ella.
Te quiere, Maite
