Capítulo 2: El salvoconducto
Katsuki bajó a cocina en busca de algo de comer. Sentía los músculos entumecidos por pasar tantas horas en la cama. Todavía se preguntaba en qué momento se habría quedado dormido. Solo recordaba haber llegado a su habitación por la mañana, después de seguir a ese estúpido héroe. Se le habían cerrado los ojos y cuando había vuelto a despertar, ya había anochecido.
Abrió el frigorífico y cogió un cartón de leche que se llevó a la boca de inmediato. Bebió hasta que hubo saciado su sed y lo devolvió al frigorífico. En la arrocera que había en la encimera todavía quedaba arroz de la cena. Se sirvió un tazón y comió con avidez sentado en la mesa de madera que había junto a la puerta.
En el salón se escuchaba música, risas y maldiciones que traspasaban las paredes y llegaban hasta la cocina. Lavó el tazón y los palillos y los dejó secar encima del escurridero. Después, dirigió sus pasos hacia el lugar del que procedían aquellas voces. Encontró a cinco de sus compañeros reunidos en torno a una mesa redonda a la que lanzaban cartas y en la que había todo tipo de bebidas alcohólicas y patatas fritas. Uno de ellos, un joven de pelo rojo puntiagudo, lo llamó para que se uniera a la fiesta. Katsuki se acercó y tomó asiento en una de las sillas libres.
—Siempre estáis aquí jugando a las cartas —se quejó Katsuki—. ¿Es que no tenéis nada más que hacer, pelo de mierda?
—¿Y qué quieres que hagamos? —respondió el chico de cabello rojo, poniendo en juego otra carta—. Arata últimamente no nos ha mandado ningún trabajo nuevo. Solo te quiere a ti.
—Sí, Kirishima tiene razón —respondió un chico de cabello rubio que se afanaba en ordenar su baraja. Su tono se tornó burlón—. Solo tiene ojos para su nene Bakugo.
Katsuki frunció el ceño. Se reclinó sobre el respaldo de la silla y subió una pierna a la mesa. Kirishima cogió un vaso limpio, lo llenó de una mezcla de refresco y alcohol y se lo pasó a Katsuki.
—No te pases, Kaminari—. Esta vez la que habló fue una joven de cabello negro. El lóbulo derecho de su oreja se extendía hacia un reproductor de música al que subía y bajaba el volumen a voluntad—. Bakugo no tiene culpa de las elecciones y preferencias de Arata.
—Estoy con Jiro —comentó el más alto de los chicos—. Además, seamos claros: de todos los que estamos aquí, el poder de Bakugo es el que más puede interesar a Arata: un poder de ataque y altamente destructivo. Contra los héroes, no hay nada mejor.
—Sero, le quitas toda la diversión —se quejó una chica de piel rosa y ojos negros—. De todas formas, he oído que ese poder de nada sirvió anoche contra el nuevo recluta de la policía.
Katsuki casi se atraganta con su bebida.
—¡¿Qué?! —exclamó Kaminari, emocionado—. ¿Han derrotado a Bakugo?
—¡Cuenta, cuenta! —le siguió Jiro, bajando totalmente el volumen de la música.
Katsuki se incorporó y golpeó la mesa con el vaso. El cristal estalló en mil pedazos y la bebida se esparció por la mesa, mojando las cartas.
—¡No es verdad! —gritó Katsuki, enfatizando con pequeñas explosiones que salían de sus manos—. ¡A mí nadie me ha derrotado jamás! ¡Mucho menos ese niñato con esa ridícula máscara!
—Pero sí que fue capaz de quitarte el dinero, ¿no es así? —replicó Mina con una sonrisa maliciosa—. Según me he enterado, te tenía contra las cuerdas.
—¡Pues te has enterado mal, ojos de mapache! Si no fuera porque apareció la policía, ese imbécil estaría ahora mismo en el hospital.
—Presumido…
—¡Pero contad el cotilleo completo! —se quejó Kaminari, poniéndose en pie—. ¿Qué es lo que pasó?
—Cuéntanos tu versión —le aconsejó Sero mientras secaba una a una las cartas de póker con un paño— antes de que Mina siga contando lo que ha oído.
Bakugo se dejó caer de nuevo en la silla y dirigió su mirada al techo.
—No hay mucho que contar. Ya tenía el dinero y había conseguido librarme de la policía cuando apareció ese idiota: Deku.
—Y te derrotó —lo pinchó Kaminari.
—¡No me derrotó, estúpido! —bramó el rubio, pegándole una patada a la silla de Kaminari—. ¡Me sorprendió el hecho de que tuviera más de un quirk!
—¿Tiene más de un quirk? ¿Eso cómo puede ser? —preguntó Kirishima.
—¡Yo qué sé! Solo sé que usó uno tras otro: primero flotó en el aire, después utilizó una onda expansiva que salía de sus dedos y luego, un látigo negro que surgía de sus brazos.
—¡Increíble! —exclamó Mina—. ¿Crees que tenga más quirks?
—Eso me hubiera gustado descubrir, pero llegaron varias patrullas de policía y tuve que huir —gruñó—. Odio dejar una pelea a medias.
—Si tantas ganas tienes de continuar la pelea, nosotros podemos echarte una mano —propuso Kaminari.
—Sí, podríamos salir esta noche —dijo Kirishima—. Armaremos un poco de jaleo y con eso será suficiente para echarnos a la policía encima. Seguro que mandarán a ese héroe tan pronto como sepan que tú estás involucrado. Nosotros entretendremos a la policía para que tú puedas enfrentarte con él.
—¿Creéis que Arata se enfadará? —preguntó Jiro, ayudando a Sero a recoger el desastre ocasionado por Katsuki.
—¡No te preocupes, Jiro! ¡No se enterará! —la tranquilizó Mina—. ¡Y será divertido!
—Entonces, ¿qué dices, Bakugo? —preguntó Sero.
Katsuki sonrió ampliamente.
—Que le den a Arata. Vamos allá.
Media hora más tarde, el teléfono sonaba sin parar en las comisarías de la ciudad. Bakugo Katsuki y su grupo estaban ocasionando destrozos en los escaparates de los negocios y en el mobiliario público. Lo extraño, según explicaban los ciudadanos que llamaban a la policía, era que no se estaban llevando nada de las tiendas. No parecían interesados en robar.
Varias patrullas acudieron de inmediato al lugar de los hechos. No tenían que hacer más que seguir el camino marcado por las explosiones de Bakugo para poder encontrar a los criminales. Las calles estaban extrañamente oscuras. Las farolas habían dejado de funcionar y en los edificios no se veía ni una sola luz saliendo de las ventanas. Al llegar, varios héroes se encontraban controlando la situación. En lo alto de una azotea se divisaban ocho sombras que los observaban desde las alturas. Parecían tranquilos.
El comisario al mando bajó del coche patrulla, dejando las luces encendidas para iluminar la zona, y se acercó a Piros, uno de los héroes de la ciudad, capaz de transformar su cuerpo en una llamarada andante.
—¿Cuál es la situación? —le preguntó.
Piros se disponía a responder cuando el grito de Katsuki se escuchó en toda la calle.
—¡¿Dónde mierda está?! ¡¿Acaso no piensa venir?!
—¿De quién habla? —preguntó el comisario.
—Ha mostrado un extraño interés por el nuevo héroe de nuestra agencia: Deku. Ha amenazado con destruir todo lo que encuentre a su paso si no se presenta.
—¿Y dónde demonios está?
—Ya viene en camino. Esta noche no le tocaba montar guardia en la agencia.
—¡Cinco minutos! ¡Si no se presenta en cinco minutos, tendréis que reconstruir vuestra querida ciudad desde cero! —amenazó Katsuki.
El comisario apretó los puños preguntándose por qué tenían que satisfacer los deseos de un niñato caprichoso.
—Y cuando llegue, ¿qué pensáis hacer? —le preguntó a Piros—. ¿Qué es lo que se supone que quiere de él?
—No lo sabemos, comisario. Pero no podemos hacer mucho más. Sero Hanta ha atrapado a dos rehenes con sus lazos. Kaminari Denki ha inutilizado la red eléctrica para dificultarnos la visibilidad. Está también con ellos Jiro Kyoka, que puede escuchar nuestros pasos y saber si nos estamos acercando por alguno de los flancos. Ashido Mina y Bakugo Katsuki pueden atacar desde lejos, y Kirishima Eijiro representaría una defensa infalible aunque quisiéramos atacar nosotros desde esta distancia. Han asegurado que soltarán a los rehenes tan pronto como llegue Deku.
—No lo entiendo. ¿Por qué tanto interés en el nuevo?
—Quién sabe. Los villanos están todos locos.
—¡Un minuto! —advirtió Katsuki, empezando a echar chispas por las manos. Apuntó hacia el edificio que tenía en frente y cargó su poder—. ¡Treinta segundos!
—¡No, espera! —gritó uno de los héroes.
—¡Se acabó el tiempo! —respondió Katsuki.
Estaba a punto de lanzar una explosión contra el edificio cuando un escuchó un grito:
—Delaware Smash Air force!
Un fortísimo golpe de viento golpeó a Katsuki en la mano y desvió la explosión hacia el cielo. El rubio se agarró el brazo adormecido del golpe, y mostró una gran sonrisa de satisfacción. Allí se encontraba su rival, vestido con su uniforme verde y su máscara, flotando en el aire y apuntándolo con una de sus manos, preparado para atacar.
—Por fin —masculló Katsuki.
—Ya estoy aquí como habíais pedido —dijo el joven héroe—. Ahora, soltad a los rehenes.
Sero tenía presas entre sus cintas a una madre y a su hija que parecían aterrorizadas. Con una señal de Katsuki, las liberó sin más dilación, y las rehenes corrieron hacia la salida antes de que los villanos se lo pensaran dos veces. En cuestión de un par de minutos, estaban siendo arropadas por la policía y atendidas por el equipo de paramédicos que había acudido en caso de ser necesitados.
—Estamos bien. Estamos bien —aseguraba la madre entre lágrimas—. Solo ha sido un susto.
Katsuki dirigió su mirada a Deku. El héroe parecía confuso a juzgar por su expresión corporal. Seguramente se preguntaba por qué habrían dejado ir a los rehenes con tanta facilidad.
El comisario les pidió a través de un megáfono que se rindieran sin oponer resistencia, pero el grupo lo ignoró. Katsuki solo tenía ojos y atención para Deku.
—Ya va siendo hora de que terminemos lo que empezamos ayer —le dijo—. Esta vez, sin interrupciones. Kaminari.
Kaminari lanzó un ataque al cuerpo de policía, destruyendo las luces de los coches y los focos con los que habían estado iluminándolos. La calle se quedó completamente a oscuras. La policía comenzó a entrar en pánico.
—¡No os mováis! ¡No os mováis o abriremos fuego! —gritaban.
Deku activó el One for all. Su cuerpo se iluminó de inmediato con rayos brillantes de tonalidades verdes. Se escuchó una explosión y sintió una mano que lo agarraba con fuerza por el brazo y tiraba de él, alejándolo del lugar. Se vio arrastrado varios kilómetros a través del cielo con tanta rapidez que no pudo zafarse. Finalmente, llegaron a un enorme descampado a las afueras de la ciudad y Katsuki lo arrojó contra el suelo. Deku cayó sobre uno de sus lados y rodó varios metros hasta chocar con el tronco de un árbol.
Tan pronto como escuchó que Katsuki se acercaba, se puso en pie, colocándose correctamente la máscara y la protección de la boca. Katsuki lanzó una explosión pasó cerca de su mejilla y chocó contra el árbol, incendiándolo.
—¡No te cubras la cara! —le gritó—. Quiero ver tu expresión cuando acabe contigo.
Deku apretó los puños. Se quitó la capucha y se bajó la protección. Y allí estaban otra vez esos ojos verdes y ese rostro pecoso, con la diferencia de que esa vez no sintió nada más que rabia al verlos. El héroe se colocó en posición de combate con los puños en alto y las piernas separadas. En sus ojos se veía la determinación de luchar y vencer.
Katsuki se lanzó contra él con la mano derecha en alto, preparada para crear una gran explosión. Deku activó una vez más el One for all. Esperó hasta el último momento para esquivar y le asestó un puñetazo en la cara. Katsuki se repuso rápido del golpe a pesar de la fuerza que este llevaba. Agarró a Deku por el cuello de su uniforme y lo lanzó contra el suelo. Deku se quedó sin aire por unos segundos, pero se movió justo a tiempo para evitar el puñetazo que Katsuki iba a propinarle en el estómago. Levantó la pierna y le dio una patada en la mandíbula. Katsuki retrocedió unos pasos y se llevó la mano a la zona donde había recibido el golpe.
—¡No creas que voy a ser tu saco de boxeo! —exclamó el héroe.
Katsuki frunció el ceño. ¿Dónde había escuchado eso antes?
Saltó en el aire y se propulsó con sus manos. Deku volvió a esquivar justo en el momento en que Katsuki aterrizaba en el punto donde él había estado unos segundos antes. El villano se dispuso a lanzar otra de sus explosiones, pero Deku atacó con su látigo negro, agarrando a Katsuki por los tobillos y haciéndolo caer.
Katsuki rugió y usó el propio látigo de Deku para tirar de él y lanzarlo por el aire. Saltó hacia él con sus explosiones preparadas. El héroe se colocó en posición y disparó antes de que llegara hasta él el ataque de Katsuki.
—¡Smash!
La onda expansiva que se produjo con el coche de los dos ataques los alejó de su rival durante los instantes necesarios para que pudieran reponerse y volver a la pelea. Katsuki lanzó otra explosión, pero en esta ocasión Deku no pudo esquivarla completamente y sintió la quemadura en el brazo izquierdo. Katsuki aprovechó para agarrarlo por el derecho y tirarlo al suelo. Se colocó encima de él, bloqueando sus movimientos con las piernas y agarrando firmemente sus brazos con una sola mano mientras con la otra le tiraba del pelo para que lo mirara a los ojos.
—¿Qué dices? ¿Has tenido suficiente, héroe? —preguntó con tono socarrón—. Ni siquiera tus múltiples quirks pueden contra mí.
Le hubiera gustado ver miedo, furia o desesperación en sus ojos verdes, pero contra todo pronóstico, los ojos de Deku brillaron y en su rostro se formó una sonrisa.
—¿De qué te ríes? —inquirió Katsuki.
—Aún me quedan trucos bajo la manga —contestó.
De repente, de su cuerpo comenzó a surgir una capa espesa de humo que invadió todo el descampado. Cuando Katsuki empezó a toser, Deku tuvo la oportunidad de quitárselo de encima y desaparecer entre el humo. Katsuki se puso en pie y gritó entre toses.
—¡No te escondas, maldito nerd! ¡Pelea de frente!
El humo se disipó tan pronto como había surgido y regresó al cuerpo del héroe, que lo esperaba a unos metros sin poder contener una gran sonrisa.
—Aquí estoy —le dijo.
Katsuki gruñó. Esa maldita sonrisa… ¿Por qué sonreía?
—¡¿Te estás burlando de mí, bastardo?! —le gritó mientras corría hacia él dispuesto a acabar con la pelea.
Deku saltó por encima de su cabeza y lo golpeó en la espalda.
—No me estoy burlando de ti —le dijo.
—Entonces, ¿por qué mierda sonríes? —preguntó, volviendo al ataque.
—¡No lo sé! —exclamó el héroe con una sonrisa aún más amplia—. Simplemente, no puedo parar.
Un escalofrío recorrió la espalda de Katsuki. Una vez más, la sensación de que conocía a ese chico regresó a su cuerpo. Fue algo rápido, fugaz, un presentimiento extraño. Él había visto esa sonrisa antes y le había puesto de tan mal humor como lo estaba poniendo ahora. Una voz resonó en su cabeza. Era la voz de un niño pequeño.
«¡Kacchan, eres genial! ¡Cuando tenga mi propio poder quiero que sea tan chulo como el de Kacchan!»
Se llevó la mano a la cabeza. ¿De quién? ¿De quién era la voz que recordaba? ¿Acaso se estaba volviendo loco?
—¿Estás bien? —le preguntó Deku y su furia resurgió. ¿Acaso ese estúpido se estaba preocupando de él?
—Tch… ¿Le preguntas eso a todos los villanos contra los que te enfrentas, idiota?
De repente, la expresión de su rival mostró la misma confusión que debía de haber mostrado la suya propia.
—No… —contestó, dubitativo—. No sé por qué… Me ha salido solo.
Por unos momentos solo se escucharon las respiraciones agitadas de ambos. Katsuki se limpió el sudor que le caía por la frente y mostró una sonrisa torcida.
—Definitivamente, eres más estúpido de lo que creía. La humanidad no lamentará tu pérdida cuando acabe contigo.
—Te meteré en la cárcel antes de que puedas acabar conmigo —amenazó Deku.
—¡Inténtalo!
El héroe y el villano se disponían a realizar su ataque último y definitivo. Corrieron el uno hacia el otro con los puños en alto. El One for all se había vuelto a activar en el cuerpo de Deku. Katsuki desprendía chispas aún con los puños cerrados. Estaban a punto de descargar todo su poder contra el otro cuando unas cintas rodearon sus cuerpos, inmovilizándolos.
—¡¿Qué mierda…?! —exclamó Katsuki.
Deku se retorcía en el suelo como una lombriz. Una cinta cubría también su boca y le impedía hablar. Kirishima llegó hasta Katsuki y se lo colocó sobre el hombro mientras Sero se disculpaba por haberse entrometido en la pelea.
—Tenemos que irnos, tío. Arata se ha enterado de todo —explicó Kirishima, levantando la voz por encima de los gritos de su amigo.
Con Katsuki bien sujeto, salieron corriendo del descampado. Deku consiguió desprenderse de la cinta que le cubría la boca justo a tiempo para que Katsuki lo oyera.
—¡Eh, no huyáis! ¡Volved aquí!
—¡YO NUNCA HUYO, MALDITO NERD! ¡ESTO NO HA ACABADO! —gritó Katsuki antes de desaparecer en la oscuridad.
Unos días más tarde, Katsuki recorría el centro comercial de Shinjuku con las manos en los bolsillos y los auriculares en las orejas intentando buscar algo para distraerse. Después de la bronca que les había echado Arata tras su escapada nocturna, no le quedaban ganas de seguir buscando problemas. Arata había decidido que lo mejor sería que Katsuki y su grupo se tomaran unos días de vacaciones.
—Tch… Vacaciones —masculló.
Llevaba apenas cuatro días de descanso obligado y se estaba aburriendo como una ostra. Kirishima y los demás preferían quedarse en el hotel, ya fuera bebiendo, jugando a las cartas o pasando el tiempo en la piscina del spa, pero a él sentía que se ahogaba si estaba demasiadas horas encerrado. Necesitaba salir, caminar, tomar el aire. Era la única forma que encontraba para despejarse después de haber aguantado en silencio los reclamos de Arata.
—¿Acaso os habéis vuelto todos locos? —les había dicho—. ¿En qué demonios estabais pensando?
—Solo queríamos salir a divertirnos un poco —había respondido Kaminari.
—Hay otras formas de divertirse. ¿No entendéis que vuestros actos conllevan consecuencias? Llevo toda la noche recibiendo llamadas de los jefes de la policía de la ciudad. Están pensando en romper el pacto al que llegamos. ¿Y sabéis que pasará si eso sucede?
—¿Que no podremos volver a salir a la calle con normalidad? —preguntó Mina.
Arata la atravesó con la mirada.
—Que podáis salir o no con normalidad es el menor de nuestros problemas—respondió—. Si la policía no cumple lo pactado, nos veríamos obligados a actuar para demostrar nuestro poder, y eso conllevaría grandes problemas, no solo para nosotros, sino para la ciudad entera. No os confundáis: el orden y la paz que reina en Shinjuku no es gracias a la policía o a esos héroes de pacotilla. Es gracias a nosotros, porque pactamos no perjudicar demasiado a la ciudad a cambios de ciertos beneficios. Si ese pacto se llegara a romper, sería un desastre.
El grupo parecía arrepentido por sus actos impulsivos. Todos menos Katsuki, que mantenía sus brazos tras la cabeza y escuchaba con expresión aburrida. Arata frunció el ceño, pero no le recriminó a él directamente.
—¿Qué podemos hacer para remediarlo? —preguntó Jiro con la cabeza agachada.
—¡Nada! —exclamó Arata—. Ya he solucionado yo. Les he prometido a la policía que durante un tiempo estaréis inactivos por los problemas causados.
—¿De cuánto tiempo estamos hablando? —preguntó Katsuki, hablando por primera vez.
—Del tiempo que sea necesario para que las cosas se calmen. Ya os avisaré cuando podáis volver a trabajar. Mientras tanto, no quiero que llaméis la atención sobre vosotros. No os metáis en peleas ni busquéis problemas. Si necesitáis dinero, me lo pedís a mí directamente. ¿Está claro? —preguntó, mirando directamente a Katsuki.
—Clarísimo —había respondido él sin pestañear.
Lo que no había esperado Katsuki era que iba a aburrirse tantísimo sin tener ningún trabajo que hacer. Usualmente, había sido el miembro más activo de la organización criminal de Arata. Apenas tenía tiempo libre y no le importaba. Luchar contra los héroes que llegaban a la ciudad era lo que más le gustaba. No había nada mejor que sentir la adrenalina corriendo por sus venas y su corazón latiendo exaltado. Nada podía compararse con esa sensación.
Sacó el móvil del bolsillo para cambiar de canción y giró en una esquina. Chocó con alguien y el móvil cayó al suelo, junto con varias bolsas de cartón llenas de enseres para una casa.
—¡Lo siento muchísimo! —dijo la persona con la que había chocado—. Estaba distraído.
El chico se agachó para coger el móvil y se lo tendió a Katsuki. Fue entonces cuando se dieron cuenta de quién era su interlocutor.
—¡Tú! —exclamaron los dos a la vez.
Deku se puso en guardia, olvidándose completamente de las bolsas que seguían tiradas por el suelo. Katsuki se fijó en su vestimenta: una camiseta holgada y unos pantalones cortos deportivos. Le resultaba extraño verlo sin su uniforme de trabajo. Sin los guantes, pudo apreciar unas horribles cicatrices que recorrían su mano y su brazo derecho.
—¿Qué haces aquí? —lo increpó Deku—. ¿Has venido a robar?
Katsuki frunció el ceño.
—Tranquilo, héroe. Hoy tengo el día libre. Solo estoy dando una vuelta —respondió, pasando por su lado, esquivando las cosas que estaban regadas por el suelo.
Deku lo agarró por el brazo antes de que pudiera seguir avanzando.
—¿Qué haces? —gruñó Katsuki.
—El otro día escapaste, pero hoy no voy a dejar que huyas.
Una vena palpitó en la frente de Katsuki a medida que sentía que su malhumor iba en aumento. Agarró a Deku por el cuello de su camiseta y acercó su cara todo lo que pudo para no gritar delante de toda la gente que paseaba por el centro comercial. Tenía que controlarse. Arata le había ordenado que no se metiera en problemas y que no llamara la atención.
—Mira, pedazo de mierda, yo no hui. Nunca he huido de una pelea y nunca huiré. ¿Te ha quedado claro? Y si no te rompo esa cara de niño bonito ahora mismo es porque no me lo permiten. Así que lárgate y déjame en paz.
—No puedo hacer eso —contestó Deku—. Tienes que acompañarme a comisaría.
Katsuki resopló, metiendo la mano y en bolsillo de su pantalón para sacar su cartera. Rebuscó en ella y finalmente encontró una tarjeta roja que mostró al héroe.
—¿Qué es eso? —preguntó, confundido.
—Esto, idiota, es mi salvoconducto.
—¿Salvoconducto?
—Sí, salvoconducto. Me permite transitar por donde me dé la maldita gana sin que la policía o cualquiera de vosotros pueda detenerme. Siempre que no esté haciendo nada malo, por supuesto. Pero, como puedes ver, ahora mismo estoy jodidamente tranquilo paseando sin molestar a nadie. Así que aquí no tienes nada que hacer, De-ku —explicó con sorna.
La expresión de Deku había pasado de una de total confusión a otra de consternación. Katsuki rio. El novato no entendía nada.
—¿Qué? Eso no puede ser.
—Mira, te lo pondré fácil para que hasta un estúpido como tú pueda entenderlo: mi jefe es un pez gordo, uno de los mayores mafiosos de este jodido país. La policía sabe que, si él quiere, puede formar una buena en la ciudad, pero esto no le conviene ni a mi jefe ni al gobierno, y ya no digamos a los ciudadanos. Así que llegaron a un acuerdo: la policía y los héroes solo pueden enfrentarse a nosotros e intentar encarcelarnos si nos pillan haciendo algo fuera de la ley. De otra manera, somos totalmente libres para ir donde nos plazca en el momento en que nos dé la gana. A cambio, mi jefe les promete moderación en los altercados públicos o en los robos, total discreción en el narcotráfico y, de vez en cuando, algún cabeza de turco que la policía pueda meter en chirona para que tengan su momento de gloria.
—No me lo creo. ¡Te lo estás inventando! —exclamó Deku.
Tenía los puños tan apretados que empezaban a volverse blancos. Katsuki sonrió de lado. Cogió su móvil y marcó un número que parecía haberse aprendido de memoria. Después, le tendió el teléfono a su rival.
—Si no me crees, ¿por qué no se lo preguntas al jefe del cuartel de policía de Shinjuku norte? Fue él el que expidió esta tarjeta para mí.
Deku agarró el móvil y esperó a que una voz madura respondiera al otro lado de la línea.
—Sí, soy Deku —dijo el joven, alejándose unos pasos para hablar con el jefe de la policía. A medida que le explicaba lo que había ocurrido y recibía su esperada respuesta, su cara perdía el color y sus manos temblaban de indignación—. Sí, señor. Está bien.
Deku colgó la llamada y regresó hasta donde se encontraba Katsuki con una sonrisa victoriosa. Le devolvió el teléfono sin mirarlo a los ojos y se dispuso a recoger sus compras del suelo. Katsuki se dedicó a observarlo durante unos segundos. Tenía los ojos entornados y los labios fruncidos en una mueca de rabia.
—Siento haber roto tu burbuja, héroe, pero esto es la vida real. Y en la vida real pasan estas cosas. Supongo que ya nos veremos en otra ocasión —le dijo y se marchó sin esperar a que Deku le respondiera.
Continuó con su camino y paró en un puesto de batidos de frutas para refrescarse. El encuentro con Deku le había dejado la garganta seca. Pagó por la bebida y se sentó en un banco a ver la gente pasar mientras cambiaba una y otra vez de canción y tomaba pequeños sorbos de su batido. Apenas llevaba allí unos minutos cuando algo llamó su atención y en su rostro asomó una sonrisa socarrona. Lo había visto: unos ojos verdes que lo espiaban desde lejos y que se habían ocultado detrás de una columna tan pronto como había dirigido su mirada hacia allí. Ese idiota podría estar en el top 20 de los héroes, pero como detective se hubiera muerto de hambre.
Cerca de allí había varios niños corriendo y jugando a héroes y villanos. Katsuki se acercó al puesto de batidos y compró uno de fresa y plátano. Después, llamó a uno de los chicos más mayores y le pidió que se acercara. El chaval tuvo ciertas reticencias, seguramente porque lo había reconocido, pero con tal de mostrar a sus amigos que no tenía miedo, obedeció y fue hacia Katsuki.
—¿Quieres ganarte cinco pavos, chaval? —le preguntó.
El chico, de unos diez años, asintió enérgicamente. Katsuki le tendió el batido y señaló a la columna en la que estaba escondido Deku. El chico corrió hacia allí y tiró de la camiseta de Deku.
—Bakugo me ha dicho que te dé esto —escuchó que decía el niño—. Por si te entra sed mientras lo estás espiando.
Una maraña de rizos salió de detrás de la columna y le dirigió una mirada acusadora. Su cara pecosa estaba tan roja que Katsuki hubiera jurado que iba a explotar. Contuvo la risa y se puso de pie para marcharse antes de que Deku le viera riéndose.
Una de las niñas que corría por la plazoleta se cayó de bruces frente a él y la muñeca que llevaba bajo el brazo se deslizó hasta sus pies. La niña estaba a punto de llorar, pero reconoció a la persona frente a la que se había caído y se apresuró a marcharse de allí. Katsuki recogió la muñeca y se quedó mirando a la niña, que lo miraba desde una distancia prudencial. Katsuki extendió el brazo y la niña se acercó poco a poco. Finalmente, cogió la muñeca despacio y volvió a salir corriendo.
—Gracias —murmuró la pequeña con una pequeña sonrisa antes de marcharse.
Katsuki se metió las manos en los bolsillos y continuó su camino con expresión de indiferencia. Durante el tiempo que estuvo dando vueltas por el centro comercial, Deku no dejó de seguirlo, pero esta vez sin esconderse.
Entró en una tienda de ropa y echó un vistazo a las perchas. Una dependienta se acercó con expresión nerviosa.
—¿Puedo ayudarle en algo, señor?
—No puedo decidirme entre estas dos camisas —explicó Katsuki. En una mano, una camisa roja con detalles en negro; en la otra, una camisa azul celeste.
—Oh, cualquiera de las dos le sentaría muy bien, señor.
—Sí, puede ser… Oi, Deku —exclamó al chico que lo observaba desde la puerta de la tienda—. ¿Tú qué dices? ¿La azul o la roja?
Deku volvió a fruncir el ceño y Katsuki sonrió una vez más. Había descubierto un nuevo hobbie: molestar a su nuevo rival. Era tremendamente fácil y absolutamente divertido.
—La azul está bien —contestó el héroe, girando la cara.
—Me llevaré la roja —le dijo a la dependienta—. Ese nerd tiene un gusto horrible para la ropa.
—¡Entonces, ¿para qué me preguntas?! —exclamó Deku.
Katsuki no pudo aguantarlo más y estalló en una carcajada que dejó a Deku sin palabras. Se acercó al mostrador a pagar por la camisa y salió de la tienda con una bolsa en la mano y una ceja enarcada.
—Tranquilo, nerd —le dijo—. Ya puedes descansar. Es hora de irse a casa.
El sol empezaba a descender y el cielo se había pintado con tonos anaranjados y dorados. Deku suspiró. Acababa de darse cuenta de que había perdido toda su tarde libre en seguir a un criminal que se había dedicado a reírse de él una y otra vez.
—Nos veremos pronto, Midoriya Izuku —le dijo Katsuki antes de salir del centro comercial.
La reacción del chico no se hizo esperar: un escalofrío recorrió su cuerpo y los vellos de la nuca se le erizaron. ¿Cómo sabía ese villano su nombre?
Continuará…
