Capítulo 5: Un pequeño momento de libertad
16 de octubre. Habían pasado casi dos semanas desde que Katsuki había hablado por última vez con Deku. Durante ese tiempo, había intentado relacionarse más con su grupo de amigos, especialmente cuando sabía que Arata o alguien cercano a él lo estaba observando. Quería aparentar normalidad. Su rostro no debía mostrar la más ligera preocupación o sospecha.
Desde que Deku había hablado con él y le había explicado lo ocurrido con los hombres de Arata, se había estado fijando y se había dado cuenta de que siempre había alguien vigilándolo de cerca, especialmente cuando salía a la calle. Sin embargo, parecía que Arata había empezado a convencerse de que Deku se había marchado de Shinjuku y con el paso de los días, la vigilancia fue a menos.
Aquella noche celebraban el cumpleaños de Kirishima en el hotel. Arata había organizado una gran celebración, al igual que hacía cada vez que uno de sus "trabajadores" cumplía años, para agasajarlo con comida, bebida y regalos. Había contratado a uno de los mejores catering de la ciudad y había encargado una tarta de varios pisos. Toda la comida se había dispuesto encima de una larga mesa que se había dispuesto en el salón principal del hotel.
Katsuki fingía divertirse a pesar de que su cabeza estaba llena de ideas que lo perturbaban. Intentó con todas sus fuerzas que la preocupación no se reflejara en su rostro y de vez en cuando le reía las bromas a algún compañero o seguía la conversación del grupo con aportes mínimos, pero necesarios para hacer creer a todos que su mente continuaba en la fiesta.
Sentía una mirada fija en él y se volvió levemente. Sato Yukio lo miraba desde su asiento, al otro lado de la habitación. Decidió ignorarlo, como había estado haciendo las últimas semanas, y se llevó un trozo de salmón a la boca mientras Sero le servía un poco más de sake.
—Pobre Sato —escuchó que decía Ashido, y volvió su atención hacia ella—. ¡Bakugo-kun, estás siendo malvado con él! —le reprochó con un mohín.
Katsuki frunció el ceño.
—¿De qué hablas, ojos de mapache?
—El otro día estuve hablando con él, Bakugo —explicó Kaminari—. Parecía muy afectado porque no lo has buscado durante las últimas semanas.
—¿Sato y tú habéis estado hablando de mí? —preguntó Katsuki. Su tono se había ensombrecido.
—¡Sí, tío! No puedes ir follando por ahí a lo loco sin pensar en los sentimientos de los demás —continuó Kaminari.
Ashido lo secundó.
Los labios de Katsuki hicieron el amago de moverse, luchando por formar una mueca de rabia, pero sabía que no podía mostrar sus verdaderos sentimientos allí delante de Arata y de Yukio. Se bebió su sake de un trago y dejó el vaso de cerámica sobre la mesa con un golpe. Su rostro mostraba una sonrisa peligrosa.
—Eres un reverendo imbécil, Kaminari —le dijo entre dientes.
—¿Eh? ¿Por qué dices eso? —Katsuki se levantó y caminó hacia la salida de la habitación—. ¿A dónde vas?
—Al baño —gruñó.
Caminó hasta el cuarto de baño más cercano, respirando profundamente para no estallar. Ahora todo encajaba. Arata había enviado a Sato a investigar y el idiota de Kaminari le había servido toda la información en bandeja. Estaba claro que no podía confiar en nadie.
Una vez en el baño, abrió el grifo del lavamanos y metió su cabeza bajo el chorro de agua. Le estaba costando muchísimo fingir que no ocurría nada mientras Arata tenía su mirada fija en él para notar cualquier insignificante cambio en su expresión.
—A mí no me engañas, ¿sabes? —dijo una voz a su espalda. Por el espejo del baño pudo ver la sonrisa de Kirishima—. Has estado toda la noche terriblemente tenso. ¿Ha pasado algo que no sé?
—No ha pasado nada, pelo de mierda. Sabes que me incomoda estar con tanta gente.
—Sí, definitivamente no eres demasiado sociable —aceptó Kirishima, acercándole una toalla para que se secara la cara—, pero aun así siento que te ocurre algo.
—Ya te lo he dicho: no me pasa nada.
—Entonces ¿el insulto que le has dirigido a Denki ha sido totalmente gratuito?
—¿Cuándo he necesitado yo motivos para insultar a alguien?
Kirishima rio.
—Ahí tienes razón.
Katsuki terminó de secarse, metió una mano en su bolsillo derecho y sacó una pequeña cajita que entregó a Kirishima.
—¿Qué es esto? —preguntó el chico.
—Tu regalo de cumpleaños, idiota.
El pelirrojo miró dentro de la caja y lo que vio lo hizo estallar en una carcajada.
—Bakugo, sabes que ahora no estoy saliendo con nadie —dijo sacando de la caja un puñado de preservativos de distintos tipos y sabores.
—Eso tiene fácil solución —respondió, pasando un brazo por encima de los hombros de su amigo y guiándolo hasta la salida del baño.
—Ah, ¿sí? ¿Cuál?
En ese momento, Mina pasaba cerca de allí con el móvil en la mano, seguramente tras haber recibido una llamada de teléfono.
—Ahí está la segunda parte de mi regalo —dijo Katsuki con una sonrisa traviesa—. ¡Oi, Ashido!
Kirishima se puso casi tan rojo como su cabello y escondió la caja de preservativos tan rápido que casi se le cayó de las manos. Mina se acercó pegando saltos y con su acostumbrada sonrisa en la cara.
—¿Qué quieres, Bakugo-kun? ¿No te habrás enfadado por lo que te hemos dicho Kaminari y yo?
—Ya hablaremos de vuestra jodida costumbre de meteros en asuntos ajenos en otro momento. El cumpleañero quiere preguntarte algo —contestó, empujando a Eijiro suavemente hacia ella y caminando en sentido contrario al borde de la risa al ver su cara de angustia.
Pensó en volver a la sala, pero solo de imaginar los ojos de Arata escrutándolo se le revolvió el estómago y acabó dirigiéndose a la azotea. La contaminación lumínica impedía ver las estrellas, pero solía entretenerse viendo el ir y venir de la gente que frecuentaban los antros cercanos.
Sacó el móvil de su bolsillo y lo tanteó durante unos segundos. Se moría de impaciencia por contactar con Deku y comenzar con su investigación, pero en el fondo sabía que debía esperar un poco más para no levantar sospechas. Además, todavía no había decidido por dónde empezarían a investigar. No tenía la más mínima idea de cómo recabar datos, ya fuera sobre su pasado o sobre el mismo Arata. Se sentía realmente perdido, pero le reconfortaba saber que había alguien que estaba dispuesto a ayudarlo y a unirse a él en aquel peligroso propósito que se habían marcado.
Escuchó la puerta de la azotea y volvió a guardarse el móvil en el bolsillo. Kirishima corrió hacia él, todavía rojo como un tomate, pero con una radiante sonrisa en el rostro. Llevaba en la mano izquierda dos botellines de cerveza. Lo agarró por los hombros con la mano libre y lo zarandeó durante unos segundos.
—¡Bakugo, ¿cómo me haces eso?! —exclamó—. Casi me muerto de la vergüenza.
Katsuki sonrió, divertido.
—¿Acaso te ha rechazado?
—En realidad, ha dicho que sí —reconoció—. Ha aceptado salir conmigo. Vamos a ir mañana al cine.
—Pues claro, pelo de mierda. No te hubiera puesto en esa situación si no hubiera sabido que tenías alguna oportunidad.
—¡Eres un amigo! —dijo extendiéndole uno de los botellines. Brindaron con un suave choque de botellas y bebieron para celebrar. Por un momento, el silencio se hizo entre ellos mientras Katsuki volvía a fijar su mirada en los transeúntes—. Sé que te pasa algo. A mí no me puedes engañar. No sé lo que es, pero me gustaría que confiaras en mí.
Katsuki tomó asiento en el suelo y miró hacia el cielo nocturno.
—¿Nunca has pensado en lo extrañas que son nuestras circunstancias? —preguntó Katsuki—. No solo la tuya y la mía: también la de Jiro, Kaminari, Sero y Ashido. Todos llegamos aquí de la misma forma, tras haber perdido a nuestras familias en un incendio en el que casualmente todos perdimos la memoria. ¿No te parece que hay algo que no encaja?
Kirishima se sentó junto a él con una sonrisa comprensiva.
—¿Como, por ejemplo, el hecho de que todos saliéramos ilesos de ese incendio, sin ningún tipo de quemadura? —Katsuki lo miró, esperanzado. Kirishima también había pensado que había algo que no tenía sentido en toda esa historia—. Sí, sí que lo he pensado. Muchas más veces de las que imaginas.
—¿Y por qué nunca has dicho nada?
—¿Para qué, Bakugo? Aunque las cosas no sean como nos las han explicado, nadie ha venido a buscarnos en estos tres años. Nadie. Además, aquí no se está tan mal. Os tengo a vosotros, a Mina… Supongo que podría ser mucho peor.
—¿Y si nadie nos ha buscado porque ellos tampoco nos recuerdan? —sugirió Bakugo.
La mirada de Kirishima se encendió con una chispa de interés.
—Tú sabes algo, ¿verdad? ¿Hay algo que no me has contado? ¿Tiene que ver con ese héroe, Deku?
Katsuki asintió en silencio con seriedad.
—Kirishima, ahora mismo no puedo contarte nada. Arata me tiene vigilado desde hace dos semanas. Incluso ha mandado a Sato para sonsacar a Kaminari.
—¡Por eso te has enfadado tanto antes! —llegó a la conclusión Kirishima—. ¿Acaso ha dicho algo que te ha puesto en aprietos?
El rubio volvió a asentir.
—Cuando pueda, te contaré todo lo que está pasando. Lo que quiero saber ahora es si puedo contar contigo si la situación se tuerce.
—Sabes que sí, Bakugo. Siempre.
Dos semanas y media. Hacía exactamente dos semanas y media que Izuku llevaba encerrado en su apartamento sin salir para nada. Su jefe había decidido que sería más seguro para él trabajar en su propia casa, realizando toda la parte burocrática que conllevaba el trabajo de héroe.
—Si vas a venir para trabajar únicamente en la oficina, lo mejor será que te quedes en casa y trabajes desde allí. Te daremos un ordenador portátil y estaremos en contacto por teléfono —le había dicho—. Midoriya, lo importante ahora mismo es tu seguridad. Cuanto menos salgas de casa, mejor. Al menos, hasta que la situación con Arata se haya calmado.
Y así había sido. Desde entonces, había estado trabajando durante las mañanas con todos los documentos que le enviaban y había pasado su tiempo libre como buenamente podía, ya fuera leyendo, viendo la televisión o ejercitándose dentro del piso. Suzuki Akina se había ofrecido a ir de compras por él y le traía todo lo que necesitaba para sobrevivir. De vez en cuando, se quedaba para comer con él y hablaban durante largo rato. Habían hecho buenas migas y había significado una compañía muy apreciada por Izuku en esos días de soledad y aburrimiento.
Izuku empezaba a impacientarse. Kacchan le había dicho dos semanas, pero hacía diecisiete días que no sabía nada de él. Le había prometido que no investigaría por su cuenta ni haría nada estúpido o peligroso, pero la casa se le caía encima y no podía evitar preguntarse por qué ese chico no habría contactado todavía con él. ¿Acaso lo habrían descubierto cuando se lo había llevado a la fuerza para hablar? ¿O quizás le había dicho que se aliarían únicamente para hacerle callar y deshacerse de él? ¿Y si no pensaba enviarle ningún mensaje y él estaba allí encerrado, haciendo el idiota?
Hubo momentos en los que pensó seriamente en la posibilidad de regresar a Musutafu. No solo se sentía completamente solo, también cansado y desanimado. Si no podía completar la misión que lo había llevado a Shinjuku y tampoco podía investigar la relación de su estancia allí con las amenazas recibidas por parte de Arata, ¿qué demonios pintaba él en aquella ciudad?
Una noche más, se fue a la cama sin que el teléfono sonara. Los últimos días se había sentido ridículo mirando el móvil cada pocos minutos. Había llegado a sentirse tan frustrado que incluso había empezado a hacer las maletas.
—Si no me habla mañana, me largo —se había dicho a sí mismo.
Pareciera que Kacchan le había leído la mente, porque justo esa madrugada la pantalla de su móvil se iluminó a causa de un mensaje entrante:
¿Me echabas de menos, nerd?
¿Kacchan?
¿Hay alguien más que te llame "nerd"? ¿Estás dormido o qué?
Izuku miró la hora en la parte superior de la pantalla de su teléfono con los ojos entrecerrados.
Pues teniendo en cuenta que son las 4 de la madrugada… ¡SÍ!
Es la hora más segura. Todos duermen.
He tenido ojos encima de mí todo este tiempo.
¿Por eso has tardado tanto en hablarme?
Sí. La situación ha estado jodida.
Casi no me dejaban ni mear a solas.
¿Siguen vigilándote?
Algo, pero mucho menos que antes.
Parece que Arata realmente se ha creído la trola de que te has largado.
No me extraña. Llevo encerrado desde la última vez que nos vimos.
¡No puedo más!
Tranquilo, nerd. Tengo una idea.
¿Cuánto tardas en hacer una maleta?
Izuku dirigió su mirada hacia el lugar en el que había dejado la maleta preparada para partir al día siguiente.
Poco.
Bien. Te voy a enviar una localización.
Nos encontraremos allí mañana a las cinco de la tarde.
Una ubicación llegó al móvil del héroe. Al abrirla, comprobó que era la dirección de una casa en algún lugar rodeado de naturaleza. Buscó la distancia desde su casa y se sorprendió al ver que había más de una hora de camino en tren.
Kacchan, ese lugar está a una hora y media de Shinjuku.
Por eso necesitarás una maleta.
Katsuki llegó al lugar indicado mucho antes de la hora acordada. La casa de campo de Arata era una enorme mansión de dos pisos rodeada de bellos jardines. Su jefe solía acudir a ella todos los veranos para descansar y siempre celebraba una gran fiesta a la que invitaba a sus amigos y a sus trabajadores más preciados. Katsuki ya había estado allí un par de veces y aún seguía maravillándose del lujo que esta desprendía: las paredes estaban adornadas con magníficos cuadros de pintores famosos, los muebles habían sido tallados con madera de castaño y roble de la mejor calidad, y en cada rincón se podían observar esculturas y exquisitas obras de arte.
La mansión contaba con diez habitaciones con camas de tamaño grande revestidas con sábanas de seda y con su propio cuarto de baño. La cocina y el salón eran inmensos. Este último, estaba equipado con un televisor de 85 pulgadas, una chimenea y dos sofás de seis plazas cada uno. Además, la casa tenía una sala con un proyector de cine y dos piscinas, una interior y otra exterior.
Katsuki eligió una habitación al azar y dejó su maleta en el suelo. La ventana de la habitación estaba abierta para que entrara el aire. Según tenía entendido, Arata tenía varias personas encargadas de la limpieza de ese lugar para que no se acumulara la suciedad y el polvo durante los meses en los que no la utilizaba.
Salió a los jardines y comprobó el cuidado que recibían las flores y las plantas. El césped estaba recién cortado y el agua salía limpia y a borbotones del cántaro que sostenía un ángel en la fuente que se encontraba justo en el centro del jardín.
Katsuki sonrió. Todavía no podía creer que Arata hubiera cedido a permitirle quedarse unos días en aquel paraíso.
—¿Un viaje? —había preguntado, cuando le había dicho que necesitaba unos días lejos de allí para terminar de recuperarse de su malestar reciente—. ¿Tú solo?
Katsuki había asentido.
—No quiero que nadie me moleste. Lo que necesito es tranquilidad y silencio.
—¿Y a dónde irás? —preguntó Arata, escéptico.
—A cualquier sitio. Había pensado alquilar una casa rural durante unos días.
Arata lo había meditado durante unos segundos, y finalmente pareció convencido. Seguramente, había visto oportuno que Katsuki se alejara de Shinjuku durante unos días mientras él investigaba si Deku realmente había abandonado la ciudad. Lo que no sabía Arata era que el plan de Katsuki incluía a aquel héroe.
—Si es así, puedes ir a mi casa de campo.
Katsuki había enarcado la ceja.
—¿A la que sueles ir en vacaciones?
—Esa misma.
—¿No te importa?
Claro que no le importaba. En el fondo, prefería tenerlo localizado en caso de emergencia. Si se iba a ir, ¿a dónde mejor que a un lugar de su propiedad?
—Confío en que la cuidarás bien —le había dicho.
El sonido de un coche lo devolvió al presente. Salió a la entrada y vio a Deku bajando de un taxi con un atuendo bastante extraño. Llevaba una gorra y una sudadera que le tapaba por completo sus rizos verdes, unas gafas de sol cubrían sus ojos y una mascarilla tapaba su boca.
—¿Qué demonios llevas puesto, nerd? —preguntó tan pronto como se acercó a él arrastrando su maleta.
Deku reaccionó quitándose todo aquello que le cubría la cara con una sonrisa avergonzada.
—No quería que me reconocieran al salir de Shinjuku. Se me olvidó por completo que llevaba todo esto —dijo. Entonces, se fijó en la casa y sus ojos brillaron de la emoción—. ¡Guau! ¡Es una casa preciosa!
—Cortesía de mi jefe —aclaró. La cara de Deku se tornó pálida—. Tranquilo, no vendrá por aquí. Está muy ocupado con sus negocios. Vamos, te enseñaré el interior.
Deku dejó sus pertenencias en la primera habitación que vio y siguió a Katsuki por los pasillos infinitos de la casa, observando cada detalle con detenimiento. Finalmente, llegaron al salón y tomaron asiento en el sofá.
—¿Y ahora qué? —preguntó Deku—. ¿Qué vamos a hacer?
—Si te soy sincero, no lo he pensado todavía. He estado tan jodidamente vigilado los últimos días que no he tenido tiempo ni de pensar. Quería contactar contigo a la mayor brevedad, pero lo veía peligroso. Por eso pensé en que estaría bien alejarse un poco de Shinjuku para que podamos decidir cuál será nuestro siguiente paso.
—Va a ser difícil, sobre todo porque no estamos seguros de qué es lo que tenemos que investigar.
Katsuki se cruzó de brazos, pensativo, y se reclinó sobre el sofá.
—Por ahora lo único que sabemos es que hay algo que no cuadra y que seguramente tú y yo ya nos conocíamos —dijo.
—Realmente, solo son suposiciones basadas en sensaciones, recuerdos o sueños que hemos tenido —titubeó Deku—. Lo extraño es que ambos hayamos sentido lo mismo. Supongo que el primer paso que debemos dar es intentar recordar algo más, algo que nos dé una pista de por dónde debemos empezar.
Katsuki resopló.
—No podemos obligar a nuestras mentes a recordar.
—O sí —lo contradijo el héroe—. Quizás solo sea cuestión de conocernos el uno al otro, contarnos cosas sobre nuestras vidas… quizás así se nos vengan recuerdos a la cabeza.
—Puede ser…
—No perdemos nada por intentarlo.
—Está bien. ¿Y por dónde empezamos?
—Por el principio —dijo Deku poniéndose en pie frente a Katsuki e inclinándose hacia adelante a manera de saludo—. Soy Midoriya Izuku. Es un placer.
Katsuki bufó, intentando refrenar una pequeña sonrisa.
—Tch, ¿esto es necesario?
Deku rio.
—Pensé que estaría bien, ya que no empezamos con bien pie. ¡Vamos! Es de buena educación devolver un saludo.
Katsuki suspiró, pero se negó a levantarse.
—Me llamo Bakugo Katsuki. Y no voy a decir que estoy encantado de conocerte porque no me gusta mentir.
—¡Eres malo, Kacchan! —se quejó Deku, haciendo un mohín.
—Dime algo que no sepa —respondió con una sonrisa ladeada.
—Bien, en ese caso, tu castigo será contestar la primera pregunta.
Katsuki se deshizo de las zapatillas con los pies y se acomodó subiendo los pies al sofá.
—Dispara.
—¿Cuántos años tienes y cuándo es tu cumpleaños?
—Esas son dos preguntas —se quejó Katsuki, alzando una ceja.
—Es una pregunta de dos partes —corrigió Deku.
—Tengo veinte años y mi cumpleaños es el 20 de abril.
—Entonces, tienes mi edad —concluyó Deku con una sonrisa—. Eres mayor que yo por unos meses. Mi cumpleaños es el 15 de julio.
—Ya, nadie te ha preguntado.
—Grosero…
—Bien, me toca: ¿por qué tienes más de un quirk?
—¿Eh? Esa pregunta tiene una respuesta muy larga. ¿No prefieres una más breve?
—No —respondió tajantemente—. Tenemos tiempo de sobra.
Deku suspiró.
—La verdad es que yo era un niño sin quirk.
Katsuki se incorporó, sorprendido por la respuesta.
—¿Qué? ¿No tenías quirk?
—No. Siempre tuve la ilusión de convertirme en héroe. Estaba deseando que se desarrollase mi don, pero este nunca llegó. Aun así, jamás perdí las esperanzas de convertirme en héroe.
—Ajá, deja los rollos sentimentales y ve al grano. ¿Cómo conseguiste esos dones?
Deku fulminó a Katsuki con la mirada por su falta de empatía, pero continuó con la historia.
—Cuando todavía iba al instituto, conocí al héroe más grande de todo Japón: All Might. Supongo que habrás oído hablar de él.
—Sí, es un héroe que lleva años inactivo, ¿no?
—Sí, All Might fue el héroe que me cedió su quirk: el One for all.
—¿Te cedió su don? ¿Eso se puede hacer? Y ¿qué es eso del One for all?
—No se puede hacer con cualquier quirk, pero One for all es especial. Es un poder que da a su usuario una gran resistencia y fuerza a través del almacenamiento de energía. Nació gracias a un villano llamado All for one, un hombre que tenía la capacidad de robar y regalar quirks a su antojo. Ese villano le cedió el One for all a su hermano pequeño pensando que este no tenía ninguna particularidad, pero se equivocaba. Su hermano tenía la capacidad de traspasar su poder a otras personas, y eso hizo posible que el One for all pasara de un héroe a otro para poder utilizarlo en la lucha contra All for one.
Katsuki escuchaba asombrado. Casi no pestañeaba.
—Parece una historia sacada de un cómic —masculló—. Pero eso no explica por qué tienes varios quirks.
—Con el paso del tiempo, empezaron a desarrollarse en mí otros dones, como el látigo negro o la cortina de humo. Eran los quirks de aquellos usuarios que habían tenido el One for all antes que yo. Esos poderes también me habían sido transmitidos.
—¿Y qué pasó con ese villano, All for one?
—Conseguimos derrotarlo. Fue necesaria la ayuda de muchísimos héroes. Muchos de ellos, cayeron en el combate —murmuró con tristeza.
El silencio se hizo presente en la sala durante unos minutos en los que ninguno habló. Finalmente, Deku se recompuso y decidió que era su turno de hacer preguntas.
—¿Por qué te hiciste villano?
Katsuki chasqueó la lengua. Ya había supuesto que una de las primeras preguntas de Deku iría dirigida a su profesión.
—No fue algo que escogiera —reconoció—. Realmente, no tuve más opción. Es una de las cosas raras que tiene toda esta historia, ¿sabes? Hace tres años desperté junto a un grupo de chicos y chicas en un hospital. Dijeron que había habido un incendio en el edificio donde vivíamos con nuestras familias. Al parecer, todos murieron menos nosotros. Ninguno recordábamos nada de lo ocurrido, pero además nuestras memorias habían sufrido un daño mayor: no recordábamos absolutamente nada además de nuestro nombre. En el hospital nos recordaron nuestra edad, nuestra fecha de nacimiento, el nombre de nuestros padres… Estuvieron trabajando con nosotros para ayudarnos a recordar, pero nada sirvió. Días más tarde, Arata se presentó en el hospital para ofrecernos la opción de unirnos a él.
—Qué conveniente… —comentó Deku.
—Sí. Durante mucho tiempo le he estado dando vueltas. La situación se desenvolvió de manera que no tuviéramos muchas opciones además de la que nos ofrecía Arata. No teníamos familia, casa ni recuerdos. Tampoco dinero ni bienes. Así que irnos con Arata fue lo único que podíamos hacer.
—¿Crees que… todo fue una mentira? ¿Lo del incendio y la muerte de tus padres?
Katsuki frunció el ceño y lo miró a los ojos con seriedad mientras asentía lentamente.
—Perdimos a nuestras familias, nuestras casas y nuestros recuerdos en un terrible incendio, y sin embargo todos aquellos a los que reclutó Arata aquel día habíamos salido ilesos, sin una sola quemadura en el cuerpo. ¿No es un poco sospechoso?
—Si sospechabas algo, ¿por qué nunca investigaste?
—Supongo que me acomodé —dijo, encogiéndose de hombros—. Si sigues las órdenes de Arata, puedes vivir como un rey. Y de todas formas, ¿qué iba a hacer si me descubría? Podría haber mandado que me mataran o podría haberse deshecho de mí. Y entonces, ¿a dónde habría ido? No creo que nadie quiera contratar a un villano.
Deku reflexionó durante unos instantes, y después dejó escapar sus pensamientos.
—Pero esta vez has decidido arriesgarte. ¿Es porque ya no estás solo en esto?
Katsuki gruñó, molesto en cierta forma por la pregunta. En el fondo sabía que era precisamente eso lo que le había hecho decidirse. Sabía que se adentraba en una zona peligrosa que podría volverse contra él en cualquier momento, pero al saber que había otra persona acompañándolo en el camino y asumiendo con él las posibles consecuencias que pudieran derivar de aquella situación el miedo que había sentido anteriormente se disipaba.
—Me toca a mí preguntar, nerd.
—Oh, sí, perdona.
—¿Por qué decidiste convertirte en héroe aun sabiendo que no tenías un quirk?
—Todo fue culpa de All Might —rio—. De pequeño estaba obsesionado con él. Veía una y otra vez un vídeo en el que salía rescatando a varias personas sin perder la sonrisa. Yo quería ser como él. Quería salvar a las personas con una sonrisa.
Katsuki cogió un cojín y se lo tiró a la cara.
—¡Eres un jodido cursi!
—¡Pero eso solo fue al principio! —aclaró—. All Might me contó que la verdadera razón por la que siempre sonreía era porque a veces estaba aterrorizado y quería ocultar su miedo a los villanos y eso me hizo reflexionar. Además, durante mi época de estudiante pasé por varios momentos peligrosos en los que hice sufrir mucho a mi madre. Por eso, mi objetivo pasó a ser un poco más ambicioso. Quería ser el mejor héroe de todos, el más fuerte, para que nadie tuviese que preocuparse de mí.
—Tch… héroes. Siempre con unas razones tan nobles…
Continuaron hablando, haciéndose preguntas sobre sus vidas. Katsuki había pensado que no tendría mucho que contarle teniendo en cuenta que sus recuerdos se reducían a un límite de tiempo de tres años. Sin embargo, Deku siempre se aseguraba de hacer preguntas que Katsuki pudiera responder.
Así pasaron casi dos horas en las que se fueron conociendo el uno al otro. Sin embargo, ningún recuerdo llegó a sus mentes y tampoco sintieron nada extraño al conocer los pormenores de la vida del otro. El estómago de Katsuki se quejó y entonces se dio cuenta de que el frigorífico estaba vacío.
—Una última pregunta, Kacchan —sugirió Deku al escuchar los sonidos que provenían del estómago de Katsuki—. ¿Cuál es tu comida favorita?
—Cualquier comida que tenga picante —respondió.
—Eso es muy poco específico —comentó el héroe—. La mía es el Katsudón. Al venir en el taxi he visto un pueblo cerca de aquí. ¿Crees que hay algún sitio donde sirvan Katsudón?
—Seguro que sí. Vamos.
—¿Quieres que llame a un taxi?
—No hace falta —dijo Katsuki, acercándose a la chimenea. Encima había una cajita de madera. La abrió y sacó unas llaves. Indicó a Deku que lo siguiera hasta la entrada de la casa y llegaron al garaje. Dentro descubrieron un coche todoterreno, un descapotable rojo y una gran motocicleta de color negro. —Arata siempre deja aquí algunos de sus juguetes. Tiene tantos que ni se acuerda.
—¿Podemos usarlos? —preguntó Deku con los ojos brillantes.
—Pues claro, nerd. ¿Quién se va a enterar?
Katsuki cogió un par de cascos de una estantería y le tendió uno a Deku. Subió a la moto y metió la llave en el contacto. Era tan pesada que los músculos de los brazos del rubio se marcaron al enderezarla. El sonido del motor llenó la estancia con una fuerte estridencia.
—¿A qué esperas? Sube.
El héroe se puso el casco y subió a la parte trasera.
—¿Alguna vez has conducido una de estas?
Katsuki rio.
—La verdad es que no —reconoció.
—¡¿Qué?!
Katsuki arrancó y la moto salió disparada del garaje. Instintivamente, Deku se abrazó con fuerza a su espalda y cerró los ojos. La noche había caído hacía rato. La luna llena iluminaba las calles oscuras. Katsuki sintió el viento en el cuerpo y respiró profundamente, apreciando aquel pequeño momento de libertad.
Continuará…
