Cuando entraron por la ventana los primeros rayos de sol, Izuku se dio la vuelta en la cama y enterró la cara en la almohada. Suspiró. Estaba tan a gusto… Aquella almohada era cálida y olía muy bien. Sonrió aún en su estado de duermevela. Era tan cálida que parecía que tenía vida propia. Casi podía escuchar un corazón latiendo acompasadamente a través de la tela.

Soñó que la almohada lo abrazaba, que le pasaba un brazo por encima de la cintura y lo acercaba a ella. Sintió una respiración profunda y tranquila que acariciaba su cabello. Sus manos se cerraron en torno a la tela y volvió a inhalar aquel olor que emanaba de ella.

Pasaron unos segundos hasta que se dio cuenta de que no estaba soñando y de que todas esas sensaciones eran reales. Abrió levemente los ojos. Sus manos seguían aferradas a una tela, pero no era la de la almohada, sino la de una camiseta negra. Un brazo musculoso rodeaba su cuerpo. Despegó la cara de aquel pecho que subía y bajaba rítmicamente y vio a Katsuki. Sus mejillas enrojecieron y tragó saliva. Había estado durmiendo abrazado a Katsuki sin darse cuenta. No recordaba haberse quedado dormido mientras el chico le contaba una de sus historias, pero mucho menos recordaba que se hubiera quedado a pasar la noche con él.

Katsuki seguía profundamente dormido. En ese estado, su rostro desprendía una paz que consiguió embelesar a Izuku. Observó sus ojos, la suave curva de su nariz, sus labios… y su mente voló irremediablemente al sueño que había tenido hacía dos noches, específicamente en el momento en el que Katsuki le había agarrado la cara y le había besado. Tragó saliva de nuevo y se preguntó a qué sabrían los labios de Katsuki. Seguramente nunca lo sabría.

Se vio tentado a acariciarle la cara. Cualquier parte, la que fuera, pero sus dedos se detuvieron a unos centímetros de su piel por miedo a despertarlo. Volvió a recostarse y se acercó un poco a él. El calor que desprendía el cuerpo del villano llegó hasta él y deseó volver a enterrar la cara en su pecho y acurrucarse entre sus brazos. No obstante, pensó que eso sería abusar de la confianza de Katsuki, por lo que finalmente se levantó deseando no haber abierto los ojos tan pronto para quedarse un rato más junto a él sin remordimientos.

—Voy a ir a Musutafu —le anunció Izuku a Katsuki durante el desayuno.

El rubio levantó la mirada de sus tostadas y enarcó una ceja.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Hoy mismo —respondió Izuku—. Cogeré el primer tren que salga para allá y regresaré por la noche. Quiero ir a ver a mi madre y asegurarme de que todo está bien.

—¿No la has llamado?

Izuku negó con la cabeza.

—No está acostumbrada a que la llame tan temprano. Se preocuparía.

Katsuki dio un sorbo a su taza de café y se pasó una mano por el cabello despeinado.

—¿Y no se preocupará si apareces por allí un día laboral solo porque sí?

—Le diré que tengo el día libre. Además… he estado pensando en algo que podría darnos más pistas sobre tu pasado.

El rubio pareció súbitamente interesado, puesto que se cruzó de brazos y lo miró con atención.

—Ah, ¿sí? ¿El qué?

—Ese recuerdo que tuvimos… fue cuando éramos adolescentes, ¿verdad? Y ambos llevábamos nuestros trajes de héroe. Con esa edad, yo todavía debía estar estudiando en la UA. He pensado que, quizás, tú también estudiases ahí conmigo. Podría ir a hacer una visita a mis antiguos profesores y pedirles que me dejen investigar un poco en los archivos.

—¿Crees que encontrarás algo ahí? —preguntó Katsuki con seriedad y cierto atisbo de esperanza en sus ojos.

—Podría ser… No sabemos qué tan minucioso ha sido Arata al intentar borrar tu pasado, pero sea como sea, no perdemos nada intentándolo. Al fin y al cabo, él no espera que vayas a Musutafu. No tendría por qué haber borrado tus huellas allí. Está a varias horas de Shinjuku.

Katsuki unió sus manos y apoyó la cara sobre ella, pensativo. Su mirada se perdió en el infinito mientras pensaba en lo que Deku acababa de decir. Si realmente su pasado estaba en Musutafu, tendría sentido que Arata hubiera querido alejarlo todo lo posible de allí. Puede que hubiera pensado que la distancia sería suficiente para apartarlo de sus recuerdos. Quizás se hubiera confiado y hubiera dejado un camino lleno de pistas que seguir.

Se levantó y llevó al fregadero los platos y las tazas del desayuno. Mientras los lavaba, continuaba preguntándose las posibilidades que tendrían de encontrar alguna pista. Finalmente, se volvió hacia Deku.

—Vístete. Nos vamos en unos minutos.

—¿Vienes conmigo? —preguntó Izuku, sorprendido.

—Sí, si mi pasado está en esa ciudad, tal vez recuerde algo si paseo por sus calles. Además, llegarás antes si te llevo en coche que si vas en tren. ¿Cuánto se tarda en llegar?

—En coche… unas tres horas.

Katsuki miró el reloj de la cocina. Apenas eran las ocho y media de la mañana.

—Bien, si salimos ya, estaremos en Musutafu para la hora de la comida. Pararemos en cualquier sitio a comer y después te llevaré a casa de tu madre.


Unas horas más tarde, Katsuki paró el coche frente a la casa de Izuku y el héroe bajó de un salto. Antes de que pudiera preguntarle si quería pasar, Katsuki ya había arrancado de nuevo y se había perdido por las calles de la ciudad. Le había dicho que iría a dar una vuelta para intentar recordar los alrededores.

—¿Quieres que te recoja después para llevarte a la UA? —le había preguntado.

—No es necesario. Con mi quirk estaré allí en poco tiempo. Mejor te llamo cuando haya terminado y me recoges allí directamente.

Katsuki había asentido con seriedad. Izuku podía intuir entre sus facciones algo de nerviosismo. Debía de estar impaciente por saber si aún quedaban rastros de él en Musutafu, si es que esa había sido alguna vez su ciudad natal.

Izuku subió las escaleras del edificio y se dirigió al apartamento de su madre. Pensó en llamar a la puerta, pero se hubiera sentido como un extraño en su propia casa. Sacó las llaves del bolsillo de su pantalón y abrió.

—¡Estoy en casa! —anunció para no asustar a su madre con el sonido de la puerta—. ¿Mamá? ¿Estás en casa?

De repente escuchó un ruido: una silla que se arrastraba y unos pasos que caminaban veloces hasta la entrada. Supuso que su madre corría al recibidor a darle la bienvenida, pero cuando se vio rodeado con fuerza por unos brazos, se dio cuenta de que estos eran mucho menos rechonchos que los de su madre.

—¡IZUKU! ¡Cuánto tiempo! ¡Dios mío, has crecido muchísimo!

Quien lo abrazaba era Mitsuki, una amiga de su madre desde hacía muchos años. Mitsuki y su marido Masaru nunca habían podido tener hijos, y aquella mujer quería a Izuku como si fuera su propio hijo.

—¡Mitsuki-san, yo también me alegro de verte!

Mitsuki se separó de él y lo miró de arriba abajo.

—¡Estás hecho todo un hombre! Pero… estás muy delgado. ¿Comes bien?

—Como bien, de verdad —respondió Izuku, algo avergonzado por las atenciones de aquella mujer.

Inko apareció unos segundos después por la puerta de la cocina. Al ver a su hijo, se le saltaron las lágrimas y corrió hacia él. Su abrazo fue mucho más suave y tierno que el que Mitsuki le había propinado llena de efusividad.

—¿Qué haces aquí, Izuku? ¿No tienes trabajo hoy?

—Tenía que venir a la UA para continuar con una investigación que tenemos en marcha en el trabajo —mintió. No le gustaba mentirle a su madre, pero prefería no preocuparla con los últimos acontecimientos. Se alegraba infinitamente de encontrarla sana y salva—. Quería darte una sorpresa, por eso no te dije nada. No sabía que tenías visita.

—Ha sido una agradable casualidad entonces —comentó Mitsuki, agarrándolo por la mano y guiándolo hasta el salón—. Inko y yo íbamos a tomar el té. Pasa y cuéntanos cómo te va todo por Shinjuku.

Inko se dirigió a la cocina a hacer un poco más de té y cortó en trozos una barra de membrillo que había traído Mitsuki. Pasaron el rato los tres juntos charlando y contando anécdotas de Shinjuku y de Musutafu. Izuku se enteró de que Mitsuki solía visitar a Inko a menudo desde que él se había mudado a Shinjuku, seguramente para que no se sintiese sola. Eso tranquilizaba a Izuku.

Le preguntaron por sus compañeros y por su trabajo en aquella gran ciudad. Les habló de los pocos amigos que había podido hacer en el poco tiempo que había estado trabajando antes de tener que esconderse de Arata (por supuesto, esto último lo había obviado). Les explicó cómo era su nuevo piso y les contó algunas situaciones divertidas que habían ocurrido en el trabajo. El tiempo parecía no haber pasado cuando Mitzuki miró su reloj de pulsera y anunció que tenía que irse a realizar algunas compras.

—Me ha alegrado mucho verte, Izuku —le dijo, ya en la puerta de la casa—. Sigue esforzándote para ser el mejor héroe. Masaru y yo te estaremos animando.

—¡Sí!

Mitsuki se despidió con la mano y cerró la puerta tras sí. Izuku se sentía muy a gusto con aquella mujer. Tenía mucho carácter, pero con él era amable y le gustaba su energía. Le recordaba mucho a cierta persona…

Izuku regresó al salón y ayudó a Inko a recoger la mesa. Inko se dispuso a fregar la vajilla mientras Izuku la ayudaba a secar las tazas y los platos. Era agradable volver a hacer algo junto a su madre, aunque fuera algo como eso.

—Y dime, Izuku, ¿has conocido a alguien en Shinjuku? —le preguntó su madre de repente.

—¿Eh? He conocido a mucha gente, mamá. Ya te lo he dicho.

—No, me refiero a alguien… especial —le guiñó el ojo.

La sangre subió hasta la cara de Izuku y estuvo a punto de tirar una de las tazas que estaba secando en ese momento.

—¡Mamá! —se quejó.

Los ojos de Inko se iluminaron.

—¡Así que sí has conocido a alguien! Cuéntame: ¿quién es? ¿Cómo se llama?

Izuku desvió la mirada, aún rojo como un tomate.

—Se… se llama… Katsuki.

—Katsuki —repitió Inko, feliz—. ¿Y cómo lo has conocido?

Izuku se frotó la nuca. No podía decirle a su madre que Katsuki era el criminal por el que le habían enviado a Shinjuku. No podía decirle que un peligroso mafioso estaba tras sus pasos porque se había acercado demasiado a su hombre más preciado.

—Hemos estado trabajando juntos… —En realidad, no mentía.

—Entonces, también es un héroe.

—Sí, aunque no trabajamos en la misma agencia —Seguía sin mentir—. Nos conocimos en mitad de una misión.

—Y ¿cómo es? ¿Es guapo?

Izuku tragó saliva.

—Sí… es muy guapo. Y también muy fuerte. Valiente, inteligente… Quizás un poco serio. Bueno, demasiado serio a veces —rio—. Pero también tiene sentido del humor.

—Y ¿cuándo me lo vas a presentar?

Las alarmas saltaron en la cabeza de Izuku y comenzó a gesticular exageradamente con los brazos.

—¡E-Espera, mamá! ¡Yo no he dicho que estemos saliendo juntos!

—Pero a ti te gusta, ¿no es así?

La serenidad de su madre siempre conseguía calmarlo. Su sonrisa dulce aliviaba sus temores y relajaba su desbocado corazón.

—Sí…, pero no creo que yo le guste a él, mamá —respondió con una sonrisa que reflejaba cierta tristeza.

—¿Por qué?

—Pues… no lo sé. Supongo que le gustarán más atractivos que yo.

—Izuku, cariño —replicó su madre agarrándole la cara—, pero si tú eres muy guapo.

—No todo el mundo me ve con los mismos ojos que tú, mamá.

—No tiene nada que ver con ser tu madre. Cualquier podría ver en ti lo mismo que veo yo. Eres tú el único que no lo ve.

—Estoy seguro de que él tampoco lo ve —rio, intentando quitarle importancia al asunto.

—¿Te lo ha dicho?

—No, pero esas cosas se notan…

Inko suspiró a la vez que una ligera risa escapaba de sus labios.

—Ay, Izuku, hijo mío, estoy segura de que no te darías cuenta de que alguien está enamorado de ti aunque te lo escribiera en letras grandes delante de tus ojos. Para esas cosas no eres muy perspicaz. Definitivamente, tienes que traerlo a casa algún día. Yo te diré si tiene algún interés en ti o no.

Izuku dudó por unos momentos mientras terminaba de secar los platos y colocarlos en el armario. Inko intuyó que había algo que no le había dicho y le preguntó qué ocurría.

—Kacchan está ahora mismo en Musutafu —confesó—. Ha sido él quien me ha traído hasta aquí.


Al llegar a la entrada de la UA, Izuku sintió una oleada de nostalgia recorriendo su cuerpo. Apenas hacía un par de años que había terminado de estudiar en aquella prestigiosa academia de héroes. Todavía recordaba el día de su graduación. Todos estaban radiantes de felicidad. Su madre se había echado a llorar al verle recoger su título mientras apretaba la mano del director Nezu y de sus profesores. All Might había gritado orgulloso que él era su sucesor, el nuevo símbolo de la paz.

Pidió permiso para entrar y se adentró en los pasillos de la academia, recordando el primer día de clase y cómo casi había llegado tarde al perderse por ese laberinto. Se dirigió a la sala de profesores y encontró allí a All Might.

—¡Joven Midoriya, qué alegría verte! —exclamó su antiguo profesor y mentor—. ¿De visita a la UA?

—Algo así, All Might. En realidad, venía para pedir permiso para revisar los antiguos archivos de la escuela. Estoy en mitad de una investigación muy importante.

All Might volvió a sentarse y se llevó la mano al mentón, pensativo.

—¿Han realizado tus jefes una petición oficial a la escuela? ¿Traes alguna orden judicial?

—No, mis jefes ni siquiera saben que estoy aquí. La verdad es que esperaba que me dejaseis entrar como un favor personal.

—Eso es algo muy irregular, joven Midoriya. Los archivos de la academia contienen información confidencial.

—Lo sé, pero es muy importante, All Might.

El antiguo héroe reflexionó durante unos instantes.

—Podría pedírselo personalmente al director Nezu. A mí no me podrá impedimentos. Pero tienes que contarme qué te traes entre manos.

Izuku se sentó a su lado y le contó todo lo que le estaba ocurriendo en Shinjuku. No sin antes pedirle expresamente que no le contara nada a nadie, especialmente a su madre. Le contó cómo había conocido a Katsuki y las extrañas circunstancias en las que ambos se habían visto envueltos.

All Might era el mejor aliado que Izuku podía tener. No tardó en pedir el permiso necesario y llevarlo hasta el almacén donde se guardaban los archivos de años pasados. Se adentraron por un largo pasillo. All Might iba mirando las indicaciones que se encontraban escritas en los filos de las estanterías.

—Aquí está —anunció parándose delante de una de ellas—. Aquí está todo lo relativo a tu promoción, joven Midoriya: matrículas, listado de alumnos, calificaciones, expedientes…

Izuku se abalanzó hacia una de las cajas. Era de hacía dos años, justo cuando había terminado su formación como héroe. Revisó el listado de alumnos, las fotografías, los expedientes…, pero el nombre de Katsuki no aparecía por ninguna parte.

Decidió entonces empezar a buscar por su primer curso en la UA. Cogió la caja correspondiente y buscó el listado de alumnos. El segundo nombre que vio en el listado le pilló por sorpresa:

1. Aoyama Yuga

2. Ashido Mina.

¿Ashido Mina? ¿Quién era esa chica? No la recordaba, pero su nombre se le hacía familiar. Entonces recordó de qué le sonaba. Kacchan la había mencionado un par de veces. Era la chica que solía contar las leyendas que Kacchan le había contado a él. De repente, su corazón se aceleró y su mirada siguió bajando por el listado.

3. Asui Tsuyu.

4. Bakugo Katsuki.

Ahí estaba. Lo sabía. ¡Lo sabía! Algo se lo estaba diciendo. Sabía que Kacchan era un héroe y ahí estaba. La lista lo decía claramente. Kacchan había pertenecido a su promoción en el curso de héroes de la UA.

Continuó bajando por el listado y dio con otros nombres que recordaba haber escuchado de boca de Kacchan y que, sin embargo, él no podía recordar: Kaminari Denki, Kirishima Eijiro, Jiro Kyoka y Sero Hanta.

—All Might, ¿reconoces estos nombres? —le preguntó.

El exhéroe frunció el ceño e hizo un esfuerzo, pero no consiguió recordar quiénes eran esos antiguos alumnos.

—Vamos a mirar las matrículas y los expedientes —sugirió.

Izuku sacó de la caja una carpeta en la que buscó rápidamente el expediente y la matrícula de Katsuki. Cogió también los de los otros alumnos y se las tendió a All Might para que las revisara. A pesar de las fotografías de su cara, este no supo identificarlos.

Izuku recorrió la información de Katsuki. Por sus notas, era uno de los mejores alumnos de ese curso. Sus profesores lo describían como un alumno lleno de determinación y arrojo, fuerte, con unas notas sobresalientes, pero con un problema de carácter.

Izuku revisó entonces sus datos personales y lo que vio lo dejó sin aliento. En aquel archivo figuraban los nombres de sus padres: Mitsuki y Masaru Bakugo.

—¿Joven Midoriya? ¿Te ocurre algo? —le preguntó All Might, pero él no lo escuchó. Solo podía pensar en que Kacchan sí tenía familia, sí que tenía unos padres que lo amarían en cuanto se enteraran de que tenían un hijo. Un nudo se le formó en la garganta de la felicidad. Estaba deseando contárselo a kacchan.

Miró también en las carpetas del segundo curso de héroes. Katsuki y el resto de los alumnos todavía figuraban en las listas. Sin embargo, al empezar el tercer curso, sus nombres habían dejado de aparecer en las matrículas.

En una caja aparte descubrieron unos DVDs. All Might le dijo que eran grabaciones que se habían hecho del festival deportivo que se celebraba en la UA. Izuku tenía recuerdos borrosos sobre aquel festival, y a esas alturas dudaba que fuera una coincidencia.

—Aquí no tenemos DVD, joven Midoriya. Tendrías que ir a la sala de profesores.

—No importa, All Might. Prefiero que nadie se entere de esto. Si no te importa, me gustaría llevarme los DVDs que muestran a la clase 1—A. También me gustaría llevarme una copia de los expedientes de todos esos alumnos desaparecidos. Está claro que algo pasó entre el segundo y el tercer año del curso de héroes. Tengo que averiguar qué fue.

All Might asintió y colocó una mano en el hombro de Izuku.

—Joven Midoriya, si en cualquier momento necesitas mi ayuda, sabes que puedes contar conmigo.

—Gracias, All Might. Ya has hecho muchísimo por mí. Solo quisiera pedirte un último favor.


El sol comenzaba a ponerse por el horizonte cuando Izuku salió de la Academia con una bolsa en la mano. Katsuki lo esperaba apoyado contra la puerta del coche, que había aparcado cerca de la entrada. Izuku corrió hacia él, pletórico.

—¿Qué, has descubierto algo? —le preguntó el rubio cuando lo vio llegar.

Izuku mostró una gran sonrisa y señaló la bolsa que traía en la mano derecha. La expresión de Katsuki no tenía precio. Era una mezcla de expectación, impaciencia y emoción. Abrió la puerta del coche y se dispuso a meterse dentro.

—Vamos, me cuentas por el camino lo que has descubierto.

Izuku lo agarró de la muñeca antes de que pudiera introducirse en el coche. Lo miró avergonzado mientras mantenía la cabeza gacha.

—Kacchan… es que… le he dicho a mi madre que iría a cenar con ella… —Katsuki compuso una expresión de extrañeza—… y que tú vendrías conmigo.

Katsuki permaneció callado unos segundos, procesando lo que acababa de escuchar.

—¿Qué?


Katsuki tragó saliva e intentó tranquilizarse. Era la primera vez que alguien lo invitaba a su casa a cenar, al menos desde que tenía memoria. No sabía muy bien cómo debía comportarse frente a la madre de Deku.

—Cenamos y nos vamos —le aseguró Deku.

Katsuki solo había asentido. No entendía por qué estaba tan nervioso ante la perspectiva de conocer a la madre de Deku y que esta lo invitara a cenar. Se preguntó qué pensaría de él e inconscientemente se miró a sí mismo antes de entrar por la puerta. Nunca le había importado lo que pensaran los demás de él, y sin embargo no pudo evitar quitarse las arrugas de la camiseta. Se sentía ridículo.

—Tranquilo, te ves muy bien —le dijo Deku.

—Te haré pagar por hacerme pasar por esto —respondió él, avergonzado por haber sido descubierto en su momento de debilidad.

Deku abrió la puerta de la casa y anunció que habían llegado. De la puerta del fondo no tardó en aparecer una mujer menuda y expresión amable con los mismos ojos dulces y el cabello verde de Deku.

—Bienvenidos —dijo.

—Mamá, te presento a Kacchan —dijo Deku a medida que la mujer se iba acercando.

—Soy Bakugo Katsuki —se presentó—. Gracias por invitarme.

—Yo soy Midoriya Inko. Es un placer tenerte en nuestra casa, Katsuki —le correspondió la mujer—. Es curioso: te apellidas igual que una buena amiga mía.

Katsuki vio cómo Deku se sobresaltaba al escuchar lo que su madre acababa de decir, pero no tuvo tiempo de preguntarle qué ocurría. Inko lo invitó a entrar al salón y le pidió que la disculpara mientras terminaba de preparar la cena.

Katsuki se adentró en la casa y observó con cierta fascinación los detalles que la decoraban. Siempre se había preguntado qué se sentiría al vivir en una casa como esa, llena de recuerdos familiares, y no en una impersonal suite de hotel.

—Es una casa un poco pequeña, pero es un hogar —comentó Deku.

—¿Me estás restregando tu casa por la cara, nerd?

Deku se puso nervioso y empezó a hacer gestos con las manos en señal de negación.

—¡No, para nada! ¡No era esa mi intención, Kacchan!

—Cállate, nerd, y enséñame tu habitación.

—Mi… ¿mi habitación? —exclamó con las mejillas rojas—. ¿Para qué quieres ver mi habitación?

—Es tu castigo por traerme hasta aquí. Quiero comprobar si tus horribles gustos llegan también hasta la decoración de tu cuarto. ¿Es por aquí? —preguntó, adentrándose en el pasillo que llevaba a las habitaciones.

Izuku lo agarró por la camiseta y tiró de él, pero la fuerza de Katsuki lo arrastró sin esfuerzo.

—¡Para, Kacchan! ¡Entrar así por las casas ajenas es de mala educación!

—¿Es esta? —preguntó señalando una de las puertas e ignorando sus gritos.

—¡No, esa es la de mi madre!

—Mientes fatal, nerd —rio Katsuki, abriendo la puerta.

—¡Kacchan, no! —exclamó, tapándose la cara.

Al encender la luz, se vio abrumado por la cantidad de figuras de acción y pósters de All Might que decoraban la habitación. Las cortinas, las sábanas de la cama e incluso la alfombra contenían los colores del traje del exhéroe. Katsuki se dio la vuelta y vio a Deku con los brazos alrededor de su cara y apoyado contra el marco de la puerta. Katsuki soltó una sonora carcajada.

—¡Mierda, eres un jodido friki!

—¡Kacchan! ¿Por qué eres así?

—En serio, ¿cuánto dinero te has gastado en toda esta mercancía? —preguntó, cogiendo uno de las figuras y observándola con detenimiento. Había algo en ellas que atraía poderosamente su atención—. Con todo lo que hay aquí podrías montar un museo de All Might.

—Es que lo admiro…

—Esto no es admirar a alguien, es una maldita obsesión, Deku.

—¡Los compré cuando era niño… y adolescente!

Katsuki enarcó una ceja y lo miró con una sonrisa maliciosa.

—¿Y no has vuelto a comprar nada más, digamos… en los últimos seis meses?

Deku negó con la cara, pero no llegó a mirarle a los ojos. Ese maldito nerd no sabía mentir.

Inko los llamó para cenar y Katsuki dejó la figura encima de la mesa. Repentinamente, los nervios se le habían pasado y su humor había mejorado considerablemente. Inko había preparado todo un festín con el que se le hizo la boca agua. Todo tenía una pinta fantástica y Katsuki no tardó en dar buena cuenta de ello.

—Katsuki, Izuku me ha dicho que trabajas como héroe en una de las agencias de Shinjuku.

El chico estuvo a punto de atragantarse, especialmente cuando Inko le preguntó su nombre de héroe.

—Dynamight —se adelantó Deku, al ver que él no sabía qué contestar—. Se llama Dynamight.

—¡Dynamight! Es un nombre fantástico. Puedo preguntarte cuál es tu poder.

—Puedo crear explosiones —contestó, intentando recomponerse con un poco de agua.

—Parece un quirk muy poderoso. Ten cuidado al usarlo.

—Kacchan tiene mucho control, mamá.

—Claro, debe haber entrenado mucho para convertirse en un héroe.

Katsuki tragó saliva. Sabía que Inko no lo hacía adrede, pero estaba metiendo el dedo en la llaga. En el fondo, la culpa era de Deku por haberle dicho una mentira para no preocuparla.

—Y dime, Katsuki, un chico alto y guapo como tú tendrá mucho éxito en el amor. ¿Tienes novia… o novio?

Ahora fue Deku el que se atragantó con la comida. Katsuki se divirtió viendo cómo el héroe volvía a enrojecer y le reclamaba a su madre por hacer una pregunta tan poco discreta. Se preguntaba cómo podría soportar que la sangre le subiera a la cabeza tantas veces en un mismo día sin que le estallara.

—¡Mamá!

—Oh, lo siento, ¿he hecho una pregunta inadecuada? Lo siento, Katsuki. No quería incomodarte.

—No me incomoda —sonrió Katsuki—. No tengo novia… ni novio.

—¿Y te gustaría tenerlo?

—¡Mamá! —Esta vez la voz de Deku sonó tan aguda y estrangulada que hubiera molestado el oído de un perro. Katsuki se lo estaba pasando en grande. Finalmente, esa cena había sido una tortura para Deku en vez de para él.

—No lo descarto —dijo, siguiéndole el juego a Inko. Quería seguir haciendo sufrir al héroe un poco más por haberlo puesto en esa situación—. ¿Por qué? ¿Le gustaría que fuera su yerno, Inko-san? ¿Puedo llamarla Inko?

—¡Kacchan! —exclamó Deku. Katsuki habría jurado que estaba a punto de desmayarse.

—¡Por supuesto! —contestó Inko.

—¿Por supuesto a si puedo llamarla por su nombre o si quiere que sea su yerno?

—¡KACCHAN! ¡Para ya! —suplicó Deku con las manos tapando su cara.

Tanto Inko como Katsuki se echaron a reír. La cena transcurrió así, entre una conversación relajada y continuas bromas que hacían que Deku estuviera al borde del colapso. Cuando finalmente decidieron que había llegado la hora de marcharse, eran casi las diez de la noche.

—¿Estáis seguros de que no queréis quedaros a pasar la noche? —preguntó Inko—. Es muy tarde y son muchas horas de viaje.

—Lo siento, mamá, pero mañana tengo que trabajar —mintió Deku una vez más. Katsuki estaba seguro de que estaba deseando salir de aquella casa antes de que entre su madre y él consiguieran que tuviera un infarto.

—Está bien. En ese caso, tened cuidado por el camino. Katsuki, no conduzcas muy rápido, por favor. Y cuida de mi Izuku mientras esté en Shinjuku.

Katsuki mostró una sonrisa encantadora.

—Tranquila, suegra. Yo me encargo de que no se meta en líos.

Deku lo empujó por la espalda y lo obligó a salir de la casa antes de que pudiera seguir burlándose de él. Después, se acercó a su madre y la abrazó con fuerza. Desde la puerta, Katsuki vio cómo Inko le decía algo al oído y él asentía.

—¿Podéis hacerme un favor antes de iros? ¿Le llevaríais esta bufanda a Mitsuki? Se la dejó olvidada hace rato. No la molestaréis. Ella suele acostarse muy tarde.

—Claro, mamá.

Bajaron las escaleras del edificio. Hacía bastante frío y apenas llevaban ropa de abrigo. Se metieron en el coche y pusieron la calefacción. Katsuki condujo hasta la casa de la amiga de Inko siguiendo las indicaciones de Deku. Aparcó a un lado y le dijo a Deku que lo esperaría en el coche. Sin embargo, el héroe le sonrió y le pidió que lo acompañara.

—Tengo que enseñarte algo.

Caminaron hasta la entrada de la casa, una vivienda independiente rodeada por una hilera de pinos.

—¿Qué querías enseñarme?

Deku señaló la placa que indicaba los nombres de aquellos que habitaban la casa. Katsuki ensanchó los ojos al leer lo que ponía: "Residencia Bakugo". Las manos empezaron a temblarle y se le hizo un nudo en el estómago.

—Es la casa de tus padres, Kacchan. La amiga de mi madre, Mitsuki, es tu madre. Lo descubrí hoy en la Academia.

Katsuki tenía la mente en blanco. No sabía qué decir ni qué pensar. Solo podía mirar a Deku sin mostrar más reacción que la que expresaban las facciones de su cara. Deku lo agarró de la mano y lo guio hasta la puerta como si fuera un niño pequeño. Llamó al timbre y esperó a que respondieran. Una señora de ojos rojos y cabello rubio como los suyos abrió la puerta.

—¡Ah, eres tú, Izuku!

—Perdone las horas, Mitsuki-san. Vengo a traerle la bufanda que se dejó en casa de mi madre.

—Muchas gracias. No tenías que molestarte. De todas formas, pensaba acercarme por casa de tu madre en estos días—. Su mirada fue de Deku a Katsuki—. ¿Quién es ese chico, Izuku? ¿Es tu novio?

—¿Eh? ¿Mi no-nov…? —empezó a tartamudear Deku.

—Oye, mocoso, más te vale que trates bien a Izuku o te las verás conmigo —le dijo Mitsuki con una sonrisa llena de complicidad.

Katsuki sintió una sensación cálida en el pecho, pero no dijo nada. Solo asintió y giró sobre sus talones para marcharse de allí.

—¿Ah, Kacchan? —lo llamó Deku—. Buenas noches, Mitsuki-san. Tenemos que irnos.

—Hasta pronto, Izuku. ¡Cuidaos!

Katsuki salió a la calle y se dirigió hacia el coche a paso ligero. Deku le pisaba los talones.

—¡Kacchan! ¡Kacchan, espera! —le pidió—. ¿Por qué no le has dicho nada? ¿Por qué no…?

El joven se paró en seco, pero no se atrevió a mirar a la cara al joven héroe.

—¿Y qué quieres que le diga, Deku? ¿Que soy su hijo? Ni siquiera me acuerdo de ella, y ella tampoco se acuerda de mí… ¿Qué derecho tengo a irrumpir en su vida de esa manera y trastornarla? No sería justo para ella.

—Pero, Kacchan, eso tampoco es justo para ti. Si no se lo dices, ella nunca lo sabrá.

—Algún día se lo diré… Algún día, cuando sepa de verdad quién soy, cuando recupere mis recuerdos y haya solucionado toda esta situación. Se lo diré únicamente cuando tenga un hijo del que sentirse orgullosa.

Su voz era tranquila, serena. Estaba luchando con todas sus fuerzas para que no se resquebrajara como un cristal. Estaba luchando con su mente para convencerse de que eso era lo mejor para todos.

—Kacchan…

—¿Cómo podría ir ahí y decirle que soy su hijo, Deku? ¿Qué… qué le diría? ¿Que soy un delincuente? ¿Que llevo años cometiendo crímenes al servicio de un peligroso yakuza? No…, para eso es mejor que siga pensando que no tiene un hijo…

Lo había conseguido. Había conseguido que no se le notara en la voz que tenía un nudo en la garganta. Había conseguido mantenerse fuerte y calmado. Pero ahí estaba Deku para estropearlo todo. De un momento a otro, se vio rodeado por la espalda por unos brazos que lo apretaban con fuerza. Deku enterró su rostro bañado en lágrimas en su camiseta. Notó cómo su pecho se contraía violentamente por el llanto y sus dedos se aferraban a la tela de su camiseta.

—Lo siento, Kacchan. Yo… solo quería hacerte un regalo. No quería… no quería hacerte sufrir.

Fue entonces cuando la primera lágrima cayó de sus ojos y rodó por su mejilla. Y ya no pudo parar.

—Idiota —dijo para quitarle un poco de hierro al asunto—. Si querías hacerme un regalo, hubiera bastado con una camiseta o un libro…

Izuku lo abrazó más fuerte y permanecieron allí en silencio por unos minutos, llorando juntos mientras el frío y la humedad caían sobre sus cabezas.

Continuará...