¡Buenasss!
Ya estoy por aquí de nuevo con un capítulito largo. Muchas gracias a todos los que seguís el fic y me dejáis mensajitos. Me hacen empezar la semana de buen humor.
AVISO A NAVEGANTES: Este capítulo está lleno de contenido sexual explícito. Que nadie se asuste.
Disfrutad, porque a partir de aquí se empieza a complicar la cosa.
Nos vemos en el próximo capítulo. ¡Pasad una buena semana!
CAPÍTULO 11: NOCHE DE TORMENTA
Otra vez. Otra maldita vez había soñado con Deku. Una vez más, lo había tendido en su cama y se había deshecho de sus prendas una por una hasta dejarlo completamente desnudo. Había sido un sueño tan real que, después de despertar, todavía podía sentir el olor que desprendían sus rizos o el aterciopelado tacto de su piel. Podía sentir el vello de sus brazos erizándose con cada una de sus caricias, y podía oír cada uno de los gemidos que le había sacado con todo tipo de besos, roces y mordiscos.
¿Cómo? ¿Cómo podía parar esos sueños que le dejaban tan mal sabor de boca al despertarse por la mañana y descubrir que nada de eso era real? Lo único que le provocaban esas imágenes era frustración. Frustración y unas dolorosas erecciones que tenía que aliviar por sí mismo.
Hacía más de un mes que no mantenía relaciones con nadie y su cuerpo, acostumbrado a un ritmo sexual bastante frenético, estaba empezando a reclamarle. Para colmo, tenía que ver cada día a Deku y refrenar sus ansias de repetir lo ocurrido unas noches atrás en el sofá de la sala de cine. La voz de esa mujer no dejaba de atormentarlo cada vez que pensaba en acercarse a él. «No le hagas daño a Deku. Le vas a romper el corazón» eran palabras que se repetían en su cabeza una y otra vez. Y él estaba haciendo su mayor esfuerzo por ponerle una mano encima, pero entonces llegaba la noche y el joven de ojos verdes volvía a aparecer en sus fantasías con su intensa mirada y su cuerpo desnudo.
Tenía que acabar de raíz con ese problema y la solución era más sencilla de lo que le hubiera gustado admitir: necesitaba sexo. Una noche de desenfreno en la que descargara todas sus tensiones y su deseo sexual. Quizás así se calmaría un poco y dejaría de soñar con el héroe que en esos momentos debía estar durmiendo en la habitación contigua.
Era una solución sencilla, sí, y no era la primera vez que "salía de caza" y volvía con una preciosa mujer o un hombre de cuerpo escultural con el que desahogarse durante unas horas para después no volverlos a ver en la vida. Y sin embargo, la sola idea de traerse a un desconocido a casa y meterlo en su cama en esos momentos le resultaba algo desagradable. Pero, ¿qué más podía hacer? Tenía que quitarse a Deku de la cabeza. Sería lo mejor para los dos. Al fin y al cabo, ese chico se merecía algo mejor que un cabrón como él y tarde o temprano lo encontraría. Alguien con una vida más fácil, posiblemente también un héroe. Alguien que le tratara con delicadeza y que no se metiera con él cada vez que tuviera la oportunidad. Alguien que lo llamara "mi amor" o "cariño" en vez de "nerd de mierda" o "idiota".
Se dio la vuelta en la cama e intentó conciliar el sueño una vez más, pero la imagen de Deku con alguien más le revolvió el estómago. Apretó los labios y decidió que al día siguiente volvería a salir de caza. Necesitaba quitarse a ese nerd de la cabeza de forma urgente.
—Esta noche voy a salir —fue lo primero que dijo Katsuki cuando se sentaron a desayunar.
Izuku levantó la mirada de su plato con curiosidad.
—¿A dónde irás? —le preguntó.
—Voy a ir a un pub que hay en el pueblo.
—Oh… ¿y… vas a ir tú solo?
Katsuki se encogió de hombros.
—Puedes venir si quieres, pero no podré prestarte atención. Voy a… —pareció dudar durante unos instantes, pero finalmente se aclaró la garganta y soltó—: quiero buscar a alguien para follar.
Y ya estaba. No dio más explicaciones. Una oración simple, sin rodeos, e Izuku sintió como si le dispararan una flecha directa al corazón y se lo destrozaran en mil pedazos. Al principio pensó que no había oído bien, pero Katsuki no le miraba a los ojos. Se centraba en remover la comida de su plato de forma aparentemente distraída. Tragó saliva e intentó que no le temblara la voz.
—Ah… bueno, pues… que tengas suerte en tu… búsqueda —rio, pero lo que de verdad quería era echarse a llorar—. Yo me quedaré en casa. Veré una película… o algo.
Se llevó una cucharada de arroz con curry a la boca aparentando normalidad. Estaba haciendo grandes esfuerzos por no salir corriendo. Forzaba una sonrisa, pero sus ojos empezaban a humedecerse contra su voluntad y el estómago se le había cerrado de golpe.
Intentó bloquear todo tipo de pensamientos hasta que hubiese terminado de desayunar, pero no pudo evitar pensar en lo que ocurriría esa noche cuando escuchara la puerta de la entrada. Sintió nauseas de solo imaginar a Katsuki desnudando a otra persona, besándola y llevándola a su habitación. ¿Cómo podría permanecer en la habitación contigua escuchando los gemidos de esa tercera persona y sabiendo que era el rubio quien estaba provocándolos? Solo de pensarlo, le dio ganas de vomitar.
Se levantó cuando todavía quedaba comida en el plato y se excusó diciendo que no se había levantado con demasiada hambre. Colocó la comida sobrante en una fiambrera y la metió en el frigorífico con toda la tranquilidad que pudo aparentar a pesar del temblor de sus manos. Cuando se dio la vuelta y salió por la puerta de la cocina, dos grandes lágrimas cayeron por sus mejillas.
Corrió a su habitación y cerró la puerta para poder desahogarse en paz. Se sentía como un idiota llorando por algo que todavía no había pasado. Quería conservar la esperanza de que Katsuki no lograra encontrar nadie que quisiera tener sexo con él, aunque lo veía bastante improbable. Quizás lo único que podía esperar era que Katsuki no encontrara alguien que le gustara lo suficiente como para llevárselo a la cama.
Cogió su móvil y llamó a Ochako. Esta vez prefirió utilizar el método tradicional y olvidarse de la videollamada. No quería que su amiga le viera con el aspecto que debía presentar con los ojos hinchados y rojos.
—¿Deku-kun?
—Ho-hola, Uraraka-san. ¿Ti-tienes un minuto? —preguntó. Intentaba mantener la calma, pero su pecho subía y bajaba descontroladamente y su voz temblaba.
—Deku… ¿qué te pasa?
Con esa pregunta, se echó a llorar de nuevo. Su cara era un mar de lágrimas.
—Es que… Kacchan… —intentó explicar entre sollozos—. Kacchan… quiere… acostarse con… otro.
Al otro lado de la línea, Ochako tardó unos segundos en contestar.
—¿Eso te ha dicho?
Izuku asintió a pesar de que ella no podía verlo y se limpió las lágrimas con el dorso de su mano.
—Me ha dicho que… va a buscar a alguien… esta noche. Yo… Yo sé que nosotros no somos nada… En realidad, no sé por qué me molesta tanto…, pero no… no puedo parar de… llorar.
—Oh, Izuku…
—Soy un idiota —continuó. Su voz se mezclaba con un llanto desesperado que salía a borbotones—. Solo… solo nos hemos besado una vez… y fue un simple juego…, pero en el fondo… en el fondo tenía la esperanza… ¿sabes?... No sé… pensaba que quizás yo podía… gustarle. No sé por qué ahora de repente quiere… acostarse con alguien.
Ochako suspiró.
—Izuku…, puede que todo eso sea culpa mía —confesó.
Izuku se sorbió la nariz y volvió a secarse las lágrimas de la cara, esta vez con las mangas de su camiseta.
—¿Qué? ¿Por qué dices eso?
—Porque hablé con él en el evento del Día de los héroes. Le dije que tenía miedo de que te hiciera daño y que intentara averiguar lo que siente por ti antes de hacerte ilusiones vanas.
—¿Le dijiste eso? ¡Ochako!
—¡Lo siento! No sabía que iba a reaccionar así. Solo quería que fuera claro contigo y te dijera si le gustas o no.
—Pues, tus palabras han tenido el efecto contrario —se quejó.
—Izuku, escúchame —dijo la chica con voz seria—. Lo estuve observando y estoy segura de que siente algo por ti, pero él todavía no lo sabe o no quiere darse cuenta de ello.
—¿Y eso de qué me sirve si esta noche va a meter a alguien en su cama? No podré soportarlo, Ochako.
—Escúchame —repitió—. Todavía no he terminado. Izuku, el amor es como una guerra. Si no luchas, habrás perdido desde el principio. Tienes que usar todas tus armas para conseguir lo que quieres. Y si realmente quieres a ese chico, yo te voy a ayudar a conseguirlo. Tengo miedo por ti y por lo que pueda surgir de todo este asunto, pero si tú estás decidido, te daré todo mi apoyo.
El chico respiró hondo y soltó el aire lentamente para calmar su corazón.
—Estoy decidido. ¿Qué es lo que tengo que hacer?
Bajó las escaleras en el momento en el que escuchó la puerta de la entrada abriéndose y le pidió a Kacchan que le esperara. El rubio se volvió y se quedó unos segundos observándole mientras descendía. Siguiendo las instrucciones de Ochako, había salido por la tarde y se había dirigido al pueblo para comprar algo de ropa. La dependienta le había mirado un poco raro mientras elegía sus prendas con el móvil en la mano y su mejor amiga al otro lado de la pantalla, asesorándole. Finalmente, se había decidido por unos pantalones ajustados, una camiseta celeste y una chaqueta casual de color azul oscuro. También se había comprado un pañuelo del mismo color que la camiseta y una diadema con la que poder despejar su cara de rizos.
—Al final he decidido ir contigo —le dijo cuando llegó a su lado—. Si no te importa, claro.
Kacchan no le quitaba ojo de encima, pero su expresión seguía siendo seria. Finalmente, le hizo una señal con la cabeza para que lo siguiera hasta el coche.
—¿Y ese cambio de opinión? —le preguntó el rubio mientras se abrochaba el cinturón y ponía el coche en marcha.
—He pensado que no estaría mal salir a divertirse un poco. Quién sabe… quizás yo también encuentre a alguien que me guste.
Le pareció que Katsuki apretaba el volante más de lo normal, pero una vez más, su expresión no reflejaba ningún tipo de emoción. Lo miró de arriba abajo mientras el joven sacaba el coche del garaje y se dirigía hacia la carretera. Llevaba una camiseta negra con una chamarreta de cuero y unos pantalones vaqueros. Se había puesto una cadena plateada de eslabones que contrastaba con el color oscuro de la camiseta. A ojos de Izuku estaba guapísimo.
Se le revolvió el estómago una vez más al pensar en la razón por la que se había arreglado más de lo normal. Desde su asiento podía percibir el olor a perfume caro que desprendía la ropa y el cuerpo de Katsuki. Se imaginó hundiendo la nariz en su cuello y dejándose embriagar por tan delicioso aroma.
—Creía que estabas enfadado —le dijo Katsuki.
—¿Enfadado? —repitió—. ¿Por qué habría de estarlo?
El joven se encogió de hombros.
—Después de comer te largaste y desapareciste durante toda la tarde.
—Me fui de compras —respondió con simpleza—. No tenía nada que ponerme.
Después de eso, no volvieron a conversar hasta llegar al lugar. Izuku estaba intentando seguir todas las indicaciones de Ochako. No estaba seguro de si obtendría los resultados deseados, pero debía intentarlo.
En primero lugar, no le dejes ver que te importa que quiera acostarse con otros. Finge indiferencia. Es más, muestra interés por encontrar tú también a alguien. Tenemos que poner a Bakugo al límite. Si siente algo por ti, le molestará esta actitud.
Era el primer consejo que le había dado. Le estaba costando muchísimo mantener la sonrisa y la serenidad a la vez que aparentaba que no ocurría nada. De vez en cuando miraba a Katsuki, pero la seriedad crónica del chico le impedía ver más allá. No tenía forma de saber si estaba molesto por su actitud o simplemente mantenía la misma expresión con la que lo había conocido.
Cuando aparcaron, Katsuki se dirigió a la entrada sin esperarlo. Era un pub pequeño, pero el ambiente era agradable y la música no estaba excesivamente alta. Había algunas mesas altas a un lado de la barra, una pista de baile tan pequeña que apenas cabían una decena de personas y unos billares al fondo del lugar. Se adentraron entre la gente y se dirigieron a la barra. Pidieron unas bebidas y Katsuki analizó su alrededor mientras tomaba la suya. Izuku se dio cuenta de inmediato de quién sería su presa: una joven pelirroja de cabello corto y cuerpo de diosa que movía las caderas en la pista junto a una amiga.
—Si necesitas algo, avísame —le dijo antes de dirigirse hacia ella.
—Claro —sonrió, aunque le costó la misma vida—. Pásalo bien.
Tan pronto como soltó aquellas palabras se sintió estúpido. Pásalo bien. Katsuki no quería pasarlo bien, o al menos no en ese momento. Tenía planeado emplear todas sus tácticas de seducción para llevarse a esa chica a la cama. Ahí sí que lo pasaría bien.
Gruñó y apuró su bebida hasta que no quedó ni una gota en el vaso. Katsuki no tardó en llegar hasta la joven y mostrar la más sexy de sus sonrisas. La rabia recorrió cada fibra de su cuerpo al ver cómo ella parecía estar receptiva ante los encantos del joven.
Dejó el vaso sobre la barra y corrió al baño. Cerró con pestillo la puerta y se apoyó sobre el lavamanos intentando no llorar. No podía volver a llorar, y mucho menos allí.
—Que no te afecte verle ligar con otras personas, Izuku— le había dicho Ochako—. Olvídate de él durante un rato e imítale. Busca a alguien que te guste entre la gente y acércate. Háblale, coquetea si te apetece. Simplemente, olvida que existe Bakugo por unos instantes. Si siente algo por ti, mostrará alguna reacción. No le gustará verte coquetear con otros.
—¿Y si no reacciona? —había preguntado entre miedos y dudas.
—Entonces sabrás que no siente lo mismo que tú —le había dicho—. Si es así, olvídalo. No merece la pena sufrir por alguien a quien no le interesas. En ese caso, disfruta de la noche y aprovecha para conocer a otras personas. Eres un chico maravilloso, Izuku. Inteligente, amable, sensible, y por supuesto, muy guapo. Puede que tú no lo veas, pero los que están a tu alrededor sí lo hacemos. Vales muchísimo, recuérdalo.
Suspiró y se miró al espejo. Era cierto que su autoestima nunca había sido muy alta. Su mente se había anclado su yo adolescente de cara aniñada y cuerpo flacucho, pero su cuerpo había crecido, se había transformado. Su cara había perdido la redondez de la niñez y sus músculos se habían desarrollado. Tenía unos ojos bonitos y las pecas le daban un toque distintivo. Podía decirse que era atractivo, guapo quizás, pero aunque en el fondo lo supiera, le gustaría sentirlo en los ojos de los demás…en los ojos de Katsuki.
Se armó de valor y salió del baño dispuesto a escuchar los consejos de su amiga. Iba a buscar a alguien que le llamara la atención, iba a conversar con esa persona e iba a pasar un buen rato, pasara lo que pasara con Katsuki.
Miró a su alrededor y volvió a ver a Katsuki, que bailaba pegado a la chica pelirroja. El rubio no era tonto. Había escogido a la joven más bella del lugar y no había dudado un segundo en ir a por ella. Se dijo a sí mismo que él no podía ser menos y recorrió el pub con la mirada. Finalmente, dio con la persona con la que querría entablar conversación. Era un chico mayor que él, posiblemente treintañero, alto, de cabello blanco que caía suavemente por sus hombros y ojos dorados. Izuku pocas veces había visto a un chico tan guapo. Posiblemente, si Katsuki lo hubiera visto antes, se habría decantado por aquel apuesto joven antes que por la chica pelirroja.
El chico se dirigió hacia la barra, dejando un rastro de miradas tras de sí. Estaba a punto de llegar cuando se le cayó la cartera del bolsillo trasero del pantalón. Izuku vio a un par de chicas que se daban codazos entre ellas y señalaban la cartera, viendo la oportunidad perfecta para entablar conversación con el joven, pero Izuku ya había decidido que sería él quien hablaría con el chico peliblanco y no iba a dejar escapar la ocasión. Usó su látigo negro antes de que las chicas pudieran moverse y agarró la cartera. Con ella en mano, se acercó a la barra y se aclaró la garganta para llamar la atención del joven. Sus ojos dorados se encontraron con sus ojos verdes.
—Disculpa, creo que esto es tuyo —dijo Izuku, intentando mostrar seguridad y ocultar sus nervios.
El chico se palpó los pantalones y compuso una expresión de alivio.
—¡Vaya, muchísimas gracias! Un día voy a perder la cabeza y no me voy a dar cuenta —le dijo.
Su voz también era bonita. Suave, melódica… El héroe se preguntó cuál sería su fallo, porque se negaba a creer que existiera alguien tan perfecto.
—Me llamo Midoriya Izuku —aprovechó para presentarse.
—Yo soy Arai Ayame. Un placer conocerte, Midoriya.
—Puedes llamarme Izuku —dijo, con una de sus mejores sonrisas. En su interior, volvió a oír la voz de Ochako: "Tu sonrisa es tu mejor arma. Úsala". Tragó saliva y se lanzó a preguntar—: ¿Puedo invitarte a una copa?
Ayame lo miró con una sonrisa seductora y fingió pensárselo unos segundos.
—Con dos condiciones —dijo, inclinándose suavemente hacia él para quedar a su altura.
—¿Cuáles?
—La primera: que también me llames por mi nombre. La segunda: que después te invite yo a otra.
Izuku rio genuinamente y asintió.
—Trato hecho.
Se sentaron en una de las mesas cercanas a la barra y bebieron mientras conversaban animadamente. Hablaron sobre sus profesiones y sus quirks. Ayame tenía el poder de crear ilusiones en las mentes de aquellos a los que miraba a los ojos fijamente. Actualmente, trabajaba en una oficina de una empresa farmacéutica, pero estaba ahorrando para montar su propio negocio: un lugar dedicado al descanso del cuerpo y de la mente donde utilizaría su don para hacer olvidar a la gente las presiones del día a día y hacerlos viajar a lugares maravillosos a través de sus ilusiones.
—Es una idea fantástica, Ayame. Cuando lo montes, seré uno de tus clientes.
Ayame sonrió y dejó la copa encima de la mesa con cuidado. Pasó su mano por encima de la mesa y agarró uno de los rizos que se habían escapado de la diadema. Lo acarició con suavidad y lo colocó detrás de la oreja de Izuku.
—No me importaría experimentar mi poder contigo —respondió en voz baja—, pero… se me ocurren mejores formas y lugares que en una clínica de salud mental.
A Izuku se le subieron los colores y no supo qué contestar. No estaba completamente seguro de a lo que se refería Ayame, pero por el contexto y el tono de voz se lo podía imaginar. Su mano todavía tocaba sus rizos y aprovechaba para rozar con los dedos sus mejillas.
—¿Te hago sentir incómodo? —preguntó.
Izuku negó con la cabeza. No estaba demasiado acostumbrado a que alguien lo cortejara de forma tan obvia, pero no podía esperar otra cosa después de haber sido él el que había invitado a ese chico a una copa. En cierta forma, se sentía halagado por gustarle a alguien tan guapo.
Ayame retiró la mano de su cara y su expresión se volvió un poco más seria.
—Hay un chico que no para de mirarnos con cara de pocos amigos —dijo—. ¿Lo conoces?
A Izuku casi se le paró el corazón. Había estado tan animado con la conversación que por un momento se había olvidado de cierto rubio explosivo que en ese momento debía de estar desplegando todos sus encantos para llevarse a la cama a la chica pelirroja. Se giró disimuladamente y lo vio. Efectivamente, Kacchan no les quitaba el ojo de encima. Sin embargo, él bien podía discrepar en el hecho de que lo estuviera haciendo "con cara de pocos amigos". Kacchan siempre tenía esa cara. No indicaba nada.
—Sí, es amigo mío. Hemos venido juntos, pero…
—Te ha dejado solo para irse a ligar.
—En realidad, yo ya sabía que lo haría —admitió—. Pero igualmente quise venir a divertirme.
—Me parece que no le gusta que estés hablando conmigo.
—No tendría por qué —respondió. Estaba empezando a ponerse nervioso. Solo hablar de Katsuki hacía que su corazón se acelerara—. Él y yo solo somos amigos. Además, fue él quien quiso venir para buscar a alguien con quien… —carraspeó— mantener relaciones esta noche.
Ayame se quedó mirándolo fijamente durante unos segundos. Izuku bajó la mirada, avergonzado. Estaba siendo demasiado obvio. Estaba seguro de ello. Tanto, que en ese momento no podía mirar a Ayame a la cara.
Escuchó una risa suave y levantó la mirada. Ayame le miraba con ternura.
—Estás enamorado de él —dijo. No era una pregunta. Tampoco necesitaba confirmación. Se lo había dejado muy claro con su comportamiento. Izuku apretó los puños sobre su pantalón y volvió a bajar la mirada.— Te ha dolido que quiera acostarse con otros y por eso has decidido seguirle el juego, ¿verdad?
—No… Yo… —Izuku suspiró. Se sentía tan estúpido—. En realidad, no sé lo que estoy haciendo…
Ayame miró a Katsuki una vez más y sonrió.
—No sé qué es lo que sienta él por ti, pero esta claro que no le eres indiferente —le dijo—. Está claro que tú también le gustas. No te pierde de vista ni un instante.
—Y sin embargo está con esa chica… —masculló Izuku con la voz llena de rabia.
—Eso tiene fácil solución.
Izuku volvió a levantar la mirada, interesado.
—¿Cuál? —preguntó, esperanzado.
—Si quieres que ese chico deje de hacer el idiota y se fije en ti, puedo ayudarte. Pero tendrás que seguirme el juego en todo lo que yo te diga.
—Está bien.
Ayame apuró su copa y se levantó. Le ofreció una mano a Izuku y lo guio hasta la pista de baile en el momento que empezaba a sonar una música un poco más lenta. Lo agarró por la cintura y le pidió que pasara sus brazos por su cuello. Ayame lo ayudó para que sus movimientos al bailar fueran mucho más naturales y no tan robóticos y nerviosos. Después, acercó la boca hasta su oído y murmuró:
—Nos está mirando.
Izuku estaba terriblemente nervioso. No le hubiera hecho falta que Ayame le indicara que Kacchan los estaba mirando. Podía sentir sus ojos en la nuca.
—¿Cómo sabes que funcionará? —le preguntó, preocupado.
—Porque yo antes era como él. Un idiota que acudía a los pubs para buscar a alguien con quien pasar un buen rato y nada más. Estaba enamorado de mi mejor amigo, pero me mentía a mí mismo diciendo que estaba confundido. No reaccioné hasta que lo vi besando a otro.
Izuku pudo notar una sombra de tristeza en su cara.
—¿Qué pasó con ese chico?
—Le dije que le quería, pero él ya se había enamorado de otro. Me confesó que él también había sentido algo por mí durante muchos años, pero que se había cansado de esperar.
—Lo siento…
Ayame se encogió de hombros.
—Fue mi culpa y asumo las consecuencias. Esperemos que ese chico no sea tan idiota como yo.
—Katsuki. Se llama Katsuki.
—Katsuki, ¿eh? — preguntó, agarrándolo por la barbilla y acercándose tanto a él que sus labios estuvieron a punto de rozarse—. Bien, Izuku, vamos a hacer que Katsuki se vuelva loco de celos. A ver si así reacciona de una vez, ¿no?
Izuku sonrió de forma nerviosa y asintió.
—Escúchame bien —le dijo con una mirada intensa, seductora. Quienes los vieran desde fuera debían de pensar que ese chico estaba llenándole los oídos de palabras bonitas—. Vamos a salir fuera agarrados de la mano, y cuando Katsuki nos siga (porque nos va a seguir), voy a besarte. Si eso no es suficiente para que actúe, pasaremos al plan B.
—¿Cuál es el plan B?
—Te pediré que vengas a mi casa lo suficientemente alto como para que pueda escucharnos. Si para entonces no ha reaccionado, será mejor que te olvides de él. ¿Está bien?
Izuku asintió.
—¿Estás de acuerdo con el plan?
Volvió a asentir. Lo que fuera con tal de que Katsuki no se acostara con esa pelirroja. Cogió aire y lo soltó lentamente.
—¿Todavía nos está mirando? —preguntó.
—Claro que nos está mirando —respondió Ayame—. Por eso estoy convencido de que el plan funcionará. Vamos.
Lo agarró de la mano y, tal y como le había dicho, lo guio hasta la salida. Se alejaron unos metros de la misma y caminaron un poco hacia los aparcamientos. No tardaron en oír la puerta volviéndose a abrir.
Ayame agarró a Izuku por la cintura y jugó con sus rizos durante unos segundos sin dejar de mirarlo a los ojos.
—Se está acercando —le susurró—. Voy a besarte, ¿vale?
—Vale.
Ayame juntó sus labios con los de Izuku y los besó superficialmente. Era un beso dulce y tierno. Los labios de Ayame sabían a manzana, seguramente por la bebida que había estado tomando hacía unos minutos. Era un beso totalmente diferente al que había recibido de Katsuki. Un beso agradable, pero desprovisto de pasión. Un beso que no conseguía acelerar su corazón ni hacerle temblar las tiemblas.
Escuchó unos pasos acercándose y Ayame se separó de él. Sin embargo, no esperó a que Katsuki interviniera para soltar la bomba.
—¿Te gustaría que continuásemos esto en mi casa? Puedo hacerte sentir muy bien… —le dijo.
Izuku abrió la boca para responder, pero no le dio tiempo. Katsuki ya estaba a unos pasos.
—Oi, Deku, nos vamos —soltó de golpe el rubio—. Me he cansado de este sitio.
Tenía la cara desencajada. Por más que intentara disimularlo, la rabia asomaba por cada una de sus facciones y sus puños estaban fuertemente apretados.
Ayame enarcó una ceja.
—Y ¿tú quién eres? —preguntó.
—El chófer de este idiota —respondió de forma brusca—. Así que si yo me voy, él se viene conmigo.
—Oh…, tranquilo, amigo. Yo puedo llevarlo a casa en un rato.
—Ya, me parece que eso no va a poder ser.
—Ah, ¿no? ¿Y eso por qué?
—Hoy no va a ser la noche en la que te folles a ese nerd, cara bonita. Mala suerte.
—¿Y eso quién lo dice? —preguntó Ayame, soltando a Izuku y encarándose con Katsuki.
—¡Lo digo yo! —exclamó Katsuki, acercándose peligrosamente a Ayame.
Izuku empezó a ponerse nervioso. ¿Por qué Ayame seguía tensando la situación? Kacchan ya había reaccionado. Había hecho lo posible por impedir que él se fuera con otro. Había dejado a esa preciosa joven en el pub para ir detrás de él. Habían conseguido su objetivo. ¿Qué más quería? Empezaba a temer que Katsuki le diera con una de sus explosiones en la cara.
—¡Kacchan, para! —le pidió, interponiéndose entre ellos.
—Entonces, vámonos —insistió el rubio.
—¿Por qué nos molestas? ¿No estabas muy a gusto con aquella pelirroja? —preguntó Ayame, con una sonrisa que puso tenso a al rubio—. ¿Acaso Izuku no tiene derecho a divertirse un poco también? Apuesto a que puedo proporcionarle más placer del que tú podrías darle en diez años de vida.
—¡Ayame! —exclamó Izuku. Ya no sabía si se sentía indignado por la pelea entre ambos, aliviado por la reacción de Katsuki o avergonzado por las palabras de Ayame.
Katsuki resopló como si fuera un toro y se lanzó hacia el chico con el puño en alto.
—¡Voy a matarte, imbécil!
Ayame lo miró a los ojos un segundo y de repente se encontró en un lugar extraño de lleno de sombras que danzaban a su alrededor formando figuras geométricas que se enlazaban y se separaban una y otra vez. Cuando volvió a la realidad, Ayame se encontraba a varios metros, junto a la puerta de un mercedes plateado.
—El único imbécil aquí eres tú. Y si sigues siéndolo, vas a perderle —le dijo con una sonrisa de suficiencia, señalando a Izuku con un gesto de la cara.
Después de eso, entró en el coche y se marchó.
La vuelta a la casa fue de lo más incómoda. Ninguno de los dos hablaba ni miraba al otro. Izuku solo miraba por la ventana del coche distraídamente. Estaba enfadado. No estaba seguro del porqué. Se suponía que debía sentirse bien. Katsuki había reaccionado tal y como Ayame había dicho, lo que significaba que él le importaba. Quizás su malhumor era a causa de todos los nervios, tensiones y lágrimas por los que había tenido que pasar a lo largo del día. Había sido una jornada difícil y se sentía agotado emocionalmente. Todavía le temblaban las manos.
Katsuki dejó el coche en el garaje. Izuku salió del coche y se dirigió hacia la entrada de la casa, pero a medio camino, Katsuki por fin abrió la boca para hablar.
—¿De verdad pensabas irte con ese tío?
Izuku bufó. Su malhumor iba en aumento.
—Eso no es asunto tuyo —le respondió con toda la tranquilidad que pudo reunir—. Y te agradecería que, la próxima vez, no te metas en lo que no te concierne.
No sabía de dónde salían esas palabras. No eran ciertas. La reacción de Katsuki era lo que Izuku había esperado con ansias al comenzar todo ese juego con Ayame, pero en ese momento la rabia hablaba por él.
—La razón por la que me he metido en medio es porque dijiste que no querías acostarte con alguien al que acababas de conocer —gruñó el rubio, apretando los puños.
—Si ese hubiese sido el caso, podría haberle dicho que no yo mismo. No necesito que me rescates.
—¡Tú no querías eso, Deku! —repitió Katsuki. Parecía enfadado, quizás algo frustrado.
—¿Y tú qué sabes? —exclamó Izuku encarándolo—. ¿Qué pasa si ahora sí quiero? ¿Acaso tú eres el único con derecho a tener sexo de una noche?
—Deku…
—¡No! ¡Dime qué pretendías, Katsuki, ¿traerte a esa chica a casa, que viniésemos juntos en el coche y yo me quedase tranquilito en mi habitación mientras tú te acostabas con ella en la habitación de al lado? ¿O quizás hubieses tenido un poco más de consideración hacia mí y te hubieses conformado con tirártela en el baño del pub? ¡Dime!
Ese fue el momento en que Katsuki explotó.
—¡Que te jodan! —gritó.
—¡No, que te jodan a ti, Kacchan!
Izuku se dio la vuelta y se alejó hacia el jardín con fuertes pisadas y rabia rezumando por cada uno de sus poros. No había podido contenerse. Tenía que soltar todas las cosas que habían pasado por su cabeza para descargar un poco la pesada carga que había llevado en el corazón durante todo el día.
Media hora más tarde, cuando se tranquilizaron los ánimos, Katsuki salió al jardín para buscar a Izuku. Lo encontró sentado en el borde de la fuente mirando las estrellas con expresión melancólica.
—¿Por qué no entras? —le preguntó tras acercarse a él—. Hace frío y está a punto de llover.
—Ahora voy —contestó Izuku sin dejar de mirar al cielo.
Katsuki suspiró y se sentó a su lado.
—Oye, siento haberme entrometido entre ese chico y tú. Tienes razón. No era asunto mío.
Izuku bajó la mirada por primera vez y lo miró por unos instantes. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Jamás había pensado que Katsuki se disculparía con él.
—No, tú tenías razón. Yo… no quería acostarme con él. Cuando empecé a hablar con él, lo único que quería era sentirme especial por un momento.
Katsuki bufó.
—Deku, eres el 15º en el ranking de héroes de Japón. ¡Eres especial! —dijo, poniendo especial énfasis en el verbo.
—No, no ese tipo de "especial" —rio—. Me refiero a… al tipo de especial que gusta a los demás. Alguien capaz de atraer a otros. Quería sentirme guapo, atractivo… Gustarle a alguien.
—Deku, gustarle a alguien solo por tu físico o por tu cara es una gilipollez —dijo tajantemente—. Te querrán para echar un polvo y después, si te he visto no me acuerdo.
—¿Como haces tú? —preguntó Izuku, pero esta vez no había maldad ni dobles intenciones en su pregunta. Solo quería hacer reír a Katsuki.
—Exacto —respondió el rubio—. ¿De verdad quieres un imbécil como yo, que te diga tres tonterías para llevarte a la cama y después no vuelvas a saber más de él?
—Quizás el imbécil podría cambiar… No sé… Si se enamorara, quizás cambiaría y querría algo más que solo sexo, ¿no crees?
No lo estaba diciendo por Ayame. Era una clara indirecta hacia él, y estaba seguro de que Katsuki la había pillado porque se quedó callado y no dijo nada. Izuku tragó saliva y se volvió hacia él.
—Kacchan… ¿tú crees que yo soy… guapo?
Si no fuera por la oscuridad habría jurado que un leve rubor aparecía en las mejillas de Katsuki.
—Deku, si estás buscando a alguien que te diga piropos, estás acudiendo a la persona equivocada.
—No soy Deku —contestó Izuku, intentando mostrar más confianza de la que realmente sentía—. Soy el chico al que has conocido en el pub y al que quieres llevarte a la cama. Y siento decirte que si no me conquistas, no conseguirás nada conmigo.
Estaba haciendo una referencia al juego que habían empezado hacía unas noches. Esperaba que Katsuki recordara las mismas palabras que él le había dedicado junto antes de que empezaran a besarse. «No soy Kacchan. Soy el tío al que has conocido en una discoteca y que te quieres llevar a la cama.» ¿Funcionaría otra vez el mismo truco?
Katsuki soltó una risa breve y se volvió hacia él.
—Aprendes rápido, nerd —le dijo.
Izuku decidió poner en práctica todos los consejos que le había dado Ochako. Se acercó un poco y le miró directamente a los ojos.
—Dime, Kacchan, ¿qué me dirías si fuera el chico con el que te quieres acostar? Enséñame…
Su tono era tan bajo que, aunque hubiera habido alguien cerca, no habría podido escucharle. «Utiliza tu voz para seducir. Los susurros crean una atmósfera íntima entre los dos».
Katsuki tragó saliva y soltó el aire de sus pulmones lentamente.
—Bueno… probablemente empezaría por tus pecas —le siguió el juego.
Eso fue algo inesperado. De adolescente, Izuku se había sentido un poco avergonzado por las pecas que poblaban su cara y su cuerpo. Nunca había pensado que serían un rasgo atractivo a ojos de alguien.
—¿Qué dirías de mis pecas? —le preguntó.
Sus ojos estaban anclados a los de Katsuki. Ninguno de los ojos aparaba la mirada ni un segundo. Ojos verdes sobre ojos rojos. Rojos sobre verdes.
—Que son jodidamente adorables —admitió finalmente. El corazón de dio un brinco dentro de su pecho—. Posiblemente —continuó Katsuki—, después haría alguna broma sobre el desastre de tu pelo para que no se te subiera mucho a la cabeza.
Izuku rio.
—¡Kacchan, se supone que debes conquistarme!
—Por eso continuaría diciéndote que tu sonrisa ilumina todo el lugar… o alguna jodida cursilería como esa.
—No sabía que el gran Bakugo Katsuki fuera capaz de decir cursilerías —se burló Izuku—. Supongo que el fin justifica los medios, ¿no es así?
—Tú lo has dicho.
—¿Y qué más? —insistió Izuku, acercándose un poco más. Sus manos se rozaron—. Alguna vez has dicho que te gusta mi culo. ¿Eso no lo mencionarías?
—Nah. Eso es mejor reservarlo para más tarde, cuando me hayas dado permiso para poner mis manos sobre él —sonrió de lado.
—Entonces, ¿qué dirías para rematar la faena?
—Te diría que tienes los ojos más jodidamente bellos que he visto nunca, pero… que lo que más me gusta de ellos no es su color o su tamaño…
—Entonces, ¿qué es?
Llegados a este punto, apenas podía respirar. Se habían ido acercando hasta que sus bocas habían quedado apenas a unos centímetros. Estaban tan cerca el uno del otro que casi podían escuchar sus corazones latiendo a toda velocidad.
—Cómo me miran —respondió Katsuki—. Parece que me estuvieran suplicando…
—¿Suplicando qué? —preguntó Izuku con un hilo de voz, pero nunca obtuvo respuesta. Katsuki se había lanzado a sus labios y los besaba como si lo hubiera estado deseando durante mucho tiempo.
Se vio impulsado hacia delante para profundizar el beso. Katsuki lo agarraba por el pañuelo que envolvía su cuello y bebía de sus labios. Izuku se agarró con fuerza a la chamarreta de cuero de Katsuki y se dejó llevar.
Sentía ganas de llorar. Después de toda la tensión que había estado acumulando a lo largo del día, los besos de Katsuki eran un bálsamo para su dolor. Resultaba irónico que el mismo chico fuera capaz de provocarle sentimientos tan contrarios como la tristeza más profunda y la felicidad más completa.
El perfume de Katsuki lo embriagó durante los minutos en los que se besaron sin control y por un momento olvidó dónde se encontraban.
Un trueno sonó cercano, después otro, pero solo abrieron los ojos cuando notaron la lluvia cayendo sobre ellos con furia. Izuku vio que se encontraban justo debajo de las ventanas que llevaban a la habitación de Katsuki. Las mismas desde las que días antes le había echado una foto con una mariposa en el pelo. Parecía que estaba entreabierta. Le pidió a Katsuki que se agarrara bien a él y utilizó su don para flotad y el látigo negro para impulsarse hacia la ventana. Para cuando se encontraron a cubierto, sus cuerpos ya estaban totalmente empapados.
En la oscuridad de la noche, un rayo iluminó la habitación y se miraron el uno al otro intensamente. Izuku se quitó el pañuelo y lo tiró al suelo sin apartar sus ojos de los de Katsuki. El rubio le quitó la diadema y pasó su mano por aquellos rizos desordenados antes de besar su frente.
Izuku llevó sus manos hasta la cremallera de la chamarreta de Katsuki y la bajó lentamente, deseando que no le pusiera ningún impedimento. Pasó sus manos por los hombros y los brazos de Katsuki, y la prenda cayó al suelo.
Katsuki le alzó la cara por la barbilla y volvió a besarlo, esta vez lentamente, saboreando sus labios. Izuku desabotonó su propia chaqueta y la dejó caer al suelo.
—¿Sabes lo que estás haciendo? —le preguntó Katsuki entre beso y beso.
—Tú querías esto, Kacchan —Su voz sonó seductora, pero también un poco ansiosa, desesperada—. Dijiste que una de tus fantasías era hacerlo con un héroe, ¿recuerdas?
—No importa lo que yo quiera —respondió él, recargando su frente contra la de Izuku—. Quiero saber si esto es lo que tú quieres también.
—¿Acaso no lo ves? —preguntó el chico, poniéndose de puntillas para rozar sus labios.
—¿Estás seguro?
—Lo estoy. ¿Y tú? —Hizo una pequeña pausa y mostró una sonrisa traviesa—. Si no quieres, me voy… Quizás todavía esté a tiempo de encontrar a Ayame.
Katsuki lo agarró por la cintura.
—Tú no vas a ninguna parte.
Izuku sonrió y se mordió el labio inferior. Katsuki metió sus manos por debajo de su camiseta y se la arrancó sin dudar. Después, se quitó la suya y la echó a un lado. Se agachó levemente para agarrar a Izuku de los muslos y el héroe comprendió inmediatamente. De un pequeño salto, rodeó la cintura de Katsuki con sus piernas y su cuello con sus brazos. El héroe llevó su mano derecha hasta la mejilla del villano y volvió a besarlo sin miedo. Ambos habían dejado claro lo que querían. Ya no había por qué dudar.
Notó cómo Katsuki le recorría los muslos con sus grandes manos y finalmente se posaban sobre sus nalgas. Ese era el momento en que Katsuki pensaba decirle que tenía un buen culo, pensó, y sin embargo, el rubio estaba tan enfrascado en su misión de recorrer su cuerpo con sus manos y su boca con su lengua, que no se detuvo para hacer comentario alguno. En lugar de eso, avanzó hasta la cama y, arrodillándose sobre el colchón, acostó a Izuku sobre las suaves colchas y se acomodó encima de él, deshaciéndose de los zapatos de ambos.
Una vez que encontró sus manos libres, las utilizó para recorrer cada centímetro del torso de Izuku, dejando besos y lametones aquí y allá. Izuku temblaba bajo sus caricias y suspiraba cada vez que Katsuki depositaba un beso en su piel. Casi no podía creerse que aquello de verdad estuviera ocurriendo. Tenía miedo a abrir los ojos y descubrir que todo era un sueño.
Katsuki subió hasta su cuello y lo mordió con demasiada fuerza.
—¡Au, Kacchan! —se quejó Izuku.
Katsuki rio y lamió el lugar donde segundos antes había clavado sus dientes.
—Lo siento, Izuku, daños colaterales.
El héroe se sonrojó aún más al escuchar su nombre en boca del rubio. Solo lo había llamado así una vez, y había sido la noche en la que se habían besado.
Decidió tomar su venganza y alcanzó el cuello de Katsuki con sus dientes, pero no se atrevió a hacerle daño intencionalmente. Al joven pareció gustarle su iniciativa, porque su cuerpo se estremeció tan pronto como su boca rozó su cuello y se quedó quieto durante unos segundos, quizás esperando por más.
Izuku rio suavemente.
—¿Tu punto débil, Kacchan?
Katsuki sonrió.
—Cállate, nerd.
Izuku lo agarró del cuello para atraerlo una vez más hacia sí y se alzó levemente para jugar un poco más con aquella parte sensible, pero esta vez eligió la zona debajo de su barbilla, propinándole pequeños mordiscos que alternaba con juegos de lengua y labios.
Katsuki suspiró. A Izuku le parecía divertido verlo así, tan grande como era, con su ancha espalda y sus musculosos brazos, temblando con sus caricias. Aprovechó que lo tenía a su merced, para desabrocharle el cinturón y tirar de él hasta dejarlo caer al suelo.
Katsuki hizo lo mismo con el suyo, pero decidió ir por la vía rápida y se deshizo de sus pantalones todavía con el cinturón alrededor de ellos. Lo que vio le hizo sonreír.
—¿En serio, calzoncillos de All Might? —se burló—. ¿Con esto pensabas llevarte a alguien a la cama? Es totalmente antimorbo.
Izuku sonrió de lado y elevó uno de sus pies hasta llevarlo a la entrepierna de Katsuki. Bajo sus pantalones, notó un bulto grande y duro que deseaba salir de su prisión.
—Tu entrepierna no piensa lo mismo, Kacchan —dijo Izuku. Nunca se había imaginado que sería capaz de hacer ese tipo de comentarios o de actuar de esa forma.
Katsuki le devolvió la misma sonrisa, volvió a inclinarse hacia él y clavó sus ojos rojos en los verdes de Izuku.
—No te equivoques, nerd. No son tus calzoncillos los que me la ponen dura, sino tú.
Ya estaba. Izuku iba a morir de vergüenza. Pero él mismo se lo había buscado provocando a Katsuki y entrando en un juego en el que el rubio era todo un maestro. Por suerte, no tuvo tiempo de decir nada más antes de que su boca volviera a ser atacada casi con violencia.
Aprovechó para volver a llevar sus manos hasta el pantalón de Katsuki. El rubio le ayudó a deshacerse de él e Izuku enredó sus piernas entre las del rubio. Katsuki levantó una de sus rodillas y rozó con su muslo la entrepierna de Izuku. Un suspiro surgió de su boca. Colocó sus manos en el pecho de Katsuki, intentando esconder su cara entre ellas, pero el rubio no se lo permitió. Lo agarró de las muñecas y las elevó por encima de su cabeza. Quería ver su expresión mientras lo tocaba.
Katsuki besó sus brazos, trazando un camino por ellos hasta su llegar a su cara.
—¿De verdad te habrías acostado con ese tipo? —le preguntó al oído mientras movía su pierna suavemente—. ¿Habrías dejado que te tocara así?
Izuku no sabía qué contestar. Se sentía mareado entre tantas atenciones.
—Kacchan… tú… querías acostarte con esa chica… —dijo con voz entrecortada.
El villano soltó una pequeña risa nasalizada.
—En realidad no quería… —confesó antes de volver a besarlo.
—Pero… ibas a hacerlo —se quejó cuando se separaron para tomar aire—. Eso no me gustó.
—¿Estabas celoso, Izuku? —preguntó con una de sus traviesas sonrisas.
—Sí —admitió—, estaba celoso. ¿Y tú, Kacchan?
Sus ojos volvían a suplicar. Katsuki dudó unos instantes, pero finalmente asintió con la cabeza. Izuku le lamió la comisura de sus labios y pegó su cuerpo todo lo que pudo al suyo.
—Dímelo —le pidió en un susurro—. Dime que estabas celoso.
El aliento del villano cayó sobre su boca cuando lo dijo:
—Estaba jodidamente celoso.
Katsuki soltó sus muñecas y volvió a recorrer su cuerpo con los labios. Al llegar al filo de los calzoncillos de All Might, delineó la prenda con los dedos y jugó con el elástico antes de tirar de él y deshacerse de ellos. Izuku no se atrevió a mirarle. Era la primera vez que se encontraba totalmente desnudo delante de alguien.
—Creo que acabo de ponerte nervioso —comentó Katsuki.
Se incorporó y alzó una de las piernas de Izuku para poder ver su reacción a medida que besaba sus tobillos, su pierna, el interior de su muslo. Izuku cerró los ojos y tragó saliva. Sentía los ojos rojos fijos en él y sentía el impulso de taparse la cara con las manos. Katsuki le propinó un mordisco en el inicio de la pelvis, provocando que Izuku brincara. El rubio rio.
—¿Te sientes vulnerable estando desnudo frente a mí? —le preguntó, regresando a sus labios—. Quizás eso se solucione si tú también me desnudas a mí.
Izuku no contestó. Solo acercó las manos temblorosas a la última prenda de Katsuki y tiró de ella hacia abajo, primero con duda y después decidido a continuar. Sin embargo, cuando los calzoncillos cayeron al suelo, no se atrevió a mirar al rubio. Sus ojos bajaban por su cuerpo inconscientemente, pero nunca terminaban de pararse en su objetivo.
—¿Quieres verme, Izuku? —Otra sonrisa de lado.
Empezaba a faltarle el aire. Estaba demasiado nervioso como para que le tomaran el pelo.
—Kacchan, por favor…
—Katsuki —corrigió, delineando con sus labios su mandíbula—. Llámame Katsuki.
—Katsuki…
Sintió cómo se pegaba aún más a él con solo pronunciar su nombre. Sin la tela que los separaba, Izuku pudo notar plenamente el miembro de Katsuki contra el suyo. El corazón le iba a mil por hora. Ambos despedían un calor insoportable. El temblor se hizo más presente en su cuerpo y Katsuki volvió a separarse unos centímetros para mirarlo a los ojos.
—Estás temblando. ¿Quieres que pare?
—N-No. Solo estoy nervioso.
El rubio respiraba agitadamente a causa de la excitación. El héroe podía ver que estaba reuniendo toda su fuerza para controlarse.
—Izuku, no pasa nada si no estás preparado. No quiero que te sientas obligado a hacer algo que no quieras hacer.
—Quiero hacerlo, Kacchan —insistió con seguridad en su voz—. Contigo —añadió.
El villano lo meditó unos segundos y después soltó el aire de sus pulmones como si hubiera estado todo ese tiempo sin respirar.
—Si en algún momento estás incómodo o hay algo que no te guste, dímelo —le pidió con seriedad.
—Tranquilo —contestó, con una sonrisa—. Sigue, por favor.
Después de esta petición, Katsuki no podía contenerse más. Agarró a Izuku por la cintura y lo obligó a levantarse para que se diera la vuelta. Lo hizo ponerse de rodillas en la cama con las manos en el cabecero. Abrió uno de los cajones de la mesilla de noche y sacó un botecito y una caja de preservativos. Vertió parte del contenido del bote en su mano derecha y juntó ambas manos para repartirlo uniformemente. Hasta Izuku llegó un olor dulce: era un lubricante con olor a fresa.
Se tensó cuando notó las manos de Katsuki en la parte interior de sus muslos, haciéndole cosquillas a medida que subía con sus dedos. Izuku resopló cuando finalmente una de sus manos rodeó su pene y otra avanzó hasta su culo, introduciéndose entre sus nalgas y masajeando la parte interior.
Izuku comenzó a gemir tan pronto como Katsuki empezó a mover sus manos en una deliciosa y tortuosa danza. Sintió los labios y los dientes del rubio en su nuca y un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Te gusta así… Izuku? —le preguntó al oído.
El héroe asintió con la cabeza.
—Dímelo —pidió el rubio—. Dime que te gusta.
—Me gusta… me gusta que me toques, Katsuki.
Las manos del villano eran expertas en esos menesteres. Subían y bajaban cambiando el ritmo y la velocidad para hacerle disfrutar al máximo de la experiencia. A veces, se movían con suavidad, despacio, para sacarle los gemidos más profundos; otras veces, se movían más rápido y de forma frenética.
Katsuki introdujo sin previo aviso uno de sus dedos en el ano. Izuku apretó las manos contra el cabecero de la cama, experimentando las nuevas sensaciones que el rubio le ofrecía. No tardó en habituarse a la sensación, y Katsuki introdujo un segundo dedo que vino seguido de un tercero.
—¿Te duele? —le preguntó, sin dejar de mover los dedos y su mano izquierda.
—Un… un poco… pero está bien. No vayas a parar, por favor.
Era algo que nunca había sentido. El placer se incrementaba considerablemente siendo masturbado por delante y penetrado por detrás. El dolor se mezclaba extrañamente con el placer, originando una montaña rusa de emociones.
Izuku arqueó la espalda y apoyó su cabeza en el hombro de Katsuki. Estaba a punto de llegar al orgasmo. Llevó su mano derecha hasta el pelo rubio del villano y lo agarró con fuerza mientras gritaba su nombre en el momento en el que sintió todo su cuerpo llegar al éxtasis.
Izuku volvió a recargarse sobre el cabecero, intentando recuperar la respiración. Katsuki buscó un pañuelo con el que limpiarse las manos y después lo besó en el inicio de la espalda.
—¿Estás bien? —le preguntó—. ¿Quieres continuar o…?
—Sí, quiero continuar —le dijo, antes de que pudiera acabar su pregunta. Se dio la vuelta para mirarlo a los ojos—. Quiero que tú también disfrutes, Kacchan.
—Estoy disfrutando como nunca, idiota —le corrigió, besándolo—. El sexo no es solo penetración, nerd. Hay muchas cosas que podemos hacer.
—Aun así quiero hacerlo —insistió, y acto seguido desvió la mirada—. No me hagas que te suplique…
Katsuki lo agarró de la barbilla y le obligó a levantar la cabeza.
—Ahora que lo dices, quizás eso no estaría mal…
—¡Kacchan!
El villano rio y extendió la mano para alcanzar la caja de preservativos. Sacó uno y rompió el plástico que lo envolvía con los dientes. Después, le tendió el látex a Izuku.
—Pónmelo —le pidió—. Si quieres que sigamos, tendrás que ponérmelo tú.
Izuku se sonrojó y por primera vez bajó la mirada hacia la entrepierna de Katsuki. Con cuidado, puso el preservativo en la punta de su miembro y lo deslizó hacia debajo de forma torpe, pero adorable a los ojos del rubio. Izuku acababa de terminar de desenrollar el profiláctico y se disponía a retirar sus manos, cuando Katsuki las agarró, manteniéndolas un poco más en alrededor de su erección.
—¿Kacchan?
—Quiero grabarme esta imagen —explicó él—. No te puedes ni imaginar lo caliente que me pone verte así.
Katsuki agarró a Izuku de la cintura y lo guio para que volviera a recostarse. Lo agarró de los muslos para que el héroe rodeara su cintura con las piernas y lo besó antes de preguntar:
—¿Estás listo?
—Sí.
La realidad es que Izuku no esperaba poder estar preparado para algo así nunca, y sin embargo en ese momento lo deseaba más que nada. Enlazó sus manos tras el cuello de Katsuki y esperó a que la experiencia no fuera demasiado dolorosa. Pronto, notó cómo algo grande y duro pugnaba por entrar en su interior. Cerró los ojos y apretó los dientes. Katsuki volvió a besar su mandíbula mientras se introducía centímetro a centímetro dentro del héroe.
—Relájate —le dijo—. Respira. ¿Quieres que siga?
—Sí.
—Ya casi está. ¿Un poco más?
—Sí, Kacchan.
Pronto, Izuku notó el tope y supo que Katsuki estaba totalmente dentro de él. Respiró hondo y soltó el aire poco a poco para asimilar el dolor. Katsuki acariciaba su espalda. Había colocado las manos en sus caderas para levantar el culo y que la penetración fuera menos dolorosa. Nunca había pensado que aquel villano pudiera ser un amante tan tierno que se preocupara por el bienestar del otro. Se preguntó si siempre sería así o solo se comportaba de esa manera por él.
—¿Puedes moverte? —le preguntó—. Despacio.
Katsuki salió un poco para volver a entrar. Izuku clavó sus uñas en su espalda, pero Katsuki todavía podía ver dolor en su expresión, así que volvió a repetir el proceso de forma lenta y pausada para que se acostumbrara a la sensación.
—Un poco más rápido.
Katsuki obedeció sin dudar y su balanceo comenzó a subir de velocidad. Poco a poco, la expresión de Izuku fue cambiando radicalmente de una de dolor a una de intenso placer. Fue en ese momento en el que Katsuki no pudo controlarse más e incrementó el ritmo de sus embestidas. Tomó a Izuku por las nalgas y le guio para que acompañara el movimiento con sus caderas.
—¿Te he dicho ya que tienes un buen culo? —le preguntó.
Izuku rio.
—Lo estaba esperando, Kacchan.
El héroe soltó el cuello del villano y alzó los brazos por encima de su cabeza. Katsuki no pudo resistirse a enlazar sus dedos con los de Izuku mientras continuaba moviendo las caderas envuelto entre las piernas de chico de los ojos verdes.
—Mírame —le pidió, e Izuku abrió los ojos.
Sus miradas se cruzaron un solo instante antes de que volvieran a besarse, jugando con sus lenguas en una lucha sin fin. Izuku apretó las manos de Katsuki y su cuerpo se tensó.
—¡Ah, Katsuki! —exclamó, llegando por segunda vez al orgasmo.
El cuerpo del villano también se tensó segundos más tarde. Enterró su cara en el hueco que había entre el cuello y el hombro de Izuku y dejó escapar un gruñido cuando alcanzó el clímax. Poco después, se quitó el preservativo y lo hizo a un lado, dejándose caer encima de Izuku con el cuerpo totalmente exhausto y relajado.
Ambos respiraban agitadamente y tenían el cuerpo ligeramente sudado. Izuku recorrió con sus dedos la espalda de Katsuki, provocando espasmos en el villano, que aun así, no quiso levantarse de encima de él. Volvió a realizar la misma acción, esta vez subiendo los dedos desde el punto en el que la espalda perdía su nombre hasta el cuello. Una vez más, Katsuki se estremeció. Izuku rio.
—No sabía que tenías cosquillas, Kacchan —se burló.
El chico gruñó.
—Cállate, nerd —le dijo. Su voz sonaba adormilada.
Izuku cambió de objetivo e introdujo sus dedos entre los mechones rubios que le hacían cosquillas en el cuello. Los acarició suavemente y jugó con ellos. La respiración de Katsuki se hizo más pesada.
—¿Estás a gusto? —El chico gruñó en respuesta—. ¿Quieres que siga?
Otro gruñido.
Izuku sonrió y continuó acariciando el cabello del rubio. Se sentía tranquilo y feliz. No podía creerse que hiciera apenas unas horas que había estado desesperado llorando por los rincones. Dio gracias a Ochako y a Ayame por haber podido tener aquella oportunidad con el chico del que estaba enamorado.
Cerró los ojos y se acomodó bajo el cuerpo de Katsuki. Sus dedos seguían moviéndose sobre su cabeza, agarrando mechones de pelo tirando suavemente de ellos a pesar de que su dueño ya se había quedado dormido hacía unos minutos. Lo miró: tenía una expresión apacible. Lo besó en la frente y se dispuso a dormir junto a él.
—Te quiero, Kacchan —le susurró. Sabía que él no lo iba a escuchar, pero no le importaba. Tenía que decirlo.
Desde el último piso del hotel que servía de guarida para Arata y sus hombres, el mayor mafioso de Japón miraba el cielo nocturno de Shinjuku con el ceño fruncido.
Un hombre entró en la habitación y Arata se volvió hacia él.
—¿Lo habéis encontrado? —preguntó con tono severo.
—No, señor —contestó—. Hemos desplegado a todos nuestros hombres por Shinjuku, pero no hay ni rastro de él. Quizás esté escondido o ya se haya marchado.
Arata gruñó y miró un momento la pantalla de su ordenador portátil. En ella, se podía ver la foto de unos niños abrazando a su héroe favorito acompañada de un mensaje de uno de sus hombres: «Mi sobrina me ha mandado esta foto que se hizo en el Día de los Héroes. Deku estaba allí.»
Apretó los puños. Había algo que no le gustaba de todo aquello. Tenía un mal presentimiento. Le hizo al hombre un gesto para que se marchara y este salió rápidamente de la habitación, prácticamente chocando con Yukio, que estaba por entrar.
—¿Me has llamado, Arata? —preguntó el joven, manteniendo la distancia.
—Tengo una misión para ti —le dijo—. Quiero que vayas mañana a la casa de campo a echarle un ojo a Katsuki. Ya lleva bastante tiempo fuera y quiero asegurarme de que todo va bien.
Yukio asintió.
—¿Tiene que ver con ese héroe? —se atrevió a preguntar.
—Sí —confirmó—. Quiero saber si se encuentra allí con él. Avísame tan pronto sepas algo.
—Sí, señor.
Continuará…
