¡Buenas!
Ya estoy otra vez por aquí con un capítulo un poco más cortito que los anteriores. Un poquito angustioso también, no os voy a engañar. Pero sin un poco de drama, ¿dónde estaría la gracia?
Espero que os guste. Nos vemos la semana que viene con un nuevo capítulo (o eso espero). Tengo muchas ideas, pero tengo que ver cómo encadenarlas a partir del siguiente capítulo.
¡Pasad un buen fin de semana y comienzo de la que viene!
CAPÍTULO 12: EL TERCERO EN DISCORDIA
Por primera vez en varios días, ni Kacchan ni Izuku necesitaron soñar con el otro. No necesitaron besarse ni tocarse en sueños. Se encontraban desnudos el uno junto al otro en la cama. Abrazándose, dándose calor mutuamente, depositando de vez en cuando besos en los labios del otro.
La noche había pasado entre el sonido de la lluvia que golpeaba los cristales de las ventanas y los truenos que resonaban en la lejanía. Se habían dormido durante unas horas y en mitad de la madrugada Izuku había abierto los ojos para comprobar que Katsuki todavía se encontrara allí, que no había sido parte de un magnífico sueño una vez más. Se había topado entonces con unos ojos rojos que habían estado observándolo mientras dormía. Soñoliento, Izuku se había acercado un poco más a Katsuki.
—¿Estás bien, Kacchan?
El rubio había asentido en silencio para después besarlo en los labios. Al principio había sido solo un roce, un beso tierno que se había convertido en algo mucho más apasionado cuando Izuku había llevado una de sus manos a la cara de Katsuki. Aquel beso llevó a una mirada, la mirada a una caricia, y finalmente terminaron haciendo el amor por segunda vez en la noche. Esta vez sin palabras, sin bromas, sin juegos. Solo el sonido de sus manos al tocarse, de sus bocas al besarse y de sus cuerpos al unirse.
Izuku había caído rendido después de aquello y había sentido los brazos de Katsuki rodeándolo y acercándolo a él. Antes de quedarse dormido, se preguntó cómo miraría al día siguiente al Kacchan a la cara, cuando la noche hubiera pasado y la luz descubriera a los dos amantes uno frente a otro.
Sin embargo, cuando el sol salió y lo primero que vio al abrir los ojos fue aquel cabello puntiagudo y aquellos ojos rasgados, no pudo quitarle la mirada de encima. Había algo mágico en mirar a Katsuki mientras dormía. Había en él una paz que era muy difícil de encontrar cuando estaba despierto. Resultaba hipnótico cómo su pecho subía y bajaba acompasadamente.
Acercó su dedo índice y delineó suavemente la forma de su nariz y su mandíbula. Katsuki se removió en sueños y Izuku sintió deseos de besarlo una vez más. Se acercó un poco más, apoyando su cabeza en la almohada a escasos centímetros de la de él. Se preguntó si sería correcto hacerlo sin su consentimiento. Si bien era verdad que durante la noche habían unido sus bocas innumerables veces, no estaba seguro de que tuviera el derecho de hacerlo sin que el rubio fuera consciente de ello. Al fin y al cabo, ¿qué eran ellos dos? No estaba claro.
Izuku se sentó en la cama y la duda le asaltó: ¿qué serían Kacchan y él a partir de ese día? ¿Seguirían siendo solo amigos? ¿Quizás amigos que tuvieran sexo ocasional? O tal vez…
Volvió a mirarlo y suspiró, intentando contener una sonrisa. No quería hacerse ilusiones. Que Katsuki se hubiera puesto celoso la noche anterior o que hubiera decidido acostarse con él no quería decir que estuviera enamorado de él o que quisiera embarcarse en algún tipo de relación. De hecho, ya le había dicho la noche del sofá que, como villano, lo más fácil era una vida sexual plena sin ningún tipo de sentimiento de por medio. ¿Por qué iba a ser con él diferente?
Pensó que lo mejor sería dejar que los acontecimientos fluyeran de forma natural y no esperar nada para no llevarse después una decepción. Recogió su ropa del suelo y se vistió en silencio para ir a preparar el desayuno mientras Katsuki seguía durmiendo.
Afuera, había parado de llover y el sol brillaba entre las nubes. Había leído en las noticias que estaría lloviendo durante al menos una semana. Recordó haber visto una plantación de fresas en uno de los jardines y pensó que podría sorprender al rubio con unas tortitas acompañadas de deliciosos frutos rojos. Aprovecharía la pequeña tregua que les había dado el tiempo para recoger algunas.
Poco después, Katsuki se removió en la cama al notar la ausencia de Izuku. Palpó con los ojos cerrados el lado de la cama donde minutos antes había estado durmiendo el héroe y refunfuñó al no sentir su calor.
—¿Izuku? —lo llamó para comprobar que no estuviera en el baño. Nadie respondió.
Se incorporó levemente y miró a su alrededor. Sus ropas tampoco estaban. Se dejó caer sobre la almohada y suspiró. Las sábanas todavía olían a él.
Se sintió un poco frustrado por no verlo allí al abrir los ojos. Le hubiera gustado encontrarse con sus rizos desordenados, observar su cuerpo desnudo, ser testigo del momento en que abriera los ojos soñolientos y sonriera por primera vez en el día. Pero sobre todo, le hubiera gustado quedarse un rato más con él en la cama, recorriendo su cuerpo con las manos y con los labios.
Se llevó las manos a la cabeza. Jamás le había pasado algo así. Nunca había querido pasar más tiempo con alguien después del sexo. Siempre elegía a su presa, se desahogaba y luego le pedía que se fuera o se largaba él, dependiendo de dónde hubiera tenido lugar el encuentro sexual. Solía sentir una sensación agridulce después de terminar, cuando miraba a su lado y encontraba a un total extraño al que conocía de unas pocas horas y al que no querría volver a ver. Nunca había sentido la necesidad de quedarse junto a esa persona, de despertar junto a ella y disfrutar de su compañía y de sus caricias todo lo que pudiera estirar el tiempo.
Tener ese tipo de sentimientos no era bueno para él ni para Izuku y lo sabía. Sin embargo, no podía detenerlos llegados a ese punto. Ambos habían pasado la línea que separaba a unos simples amigos de algo mucho más intenso, y no veía cómo podría detenerse.
Se levantó y recogió sus pantalones del suelo para cubrirse antes de ir a buscar a Izuku. Seguramente estaría en la cocina. Bajó las escaleras, soñoliento, y volvió a llamarlo. En mitad del pasillo, unos brazos lo rodearon por la cintura y Katsuki sonrió.
—Oye, ¿por qué has salido de la cama? —le preguntó, volviéndose hacia él. Lo que vio le congeló la sangre.
No era Izuku el que lo abrazaba por detrás. Era un chico tan alto como él mismo, de cabello oscuro y piel tan blanca como la nieve. El joven lo empujó contra una pared y lo miró a los ojos con una sonrisa.
—Hola, Katsuki.
—Sato…
—¿Ahora me llamas por mi apellido? ¿Ya te has olvidado de todas las veces que viniste a mi habitación? —le preguntó, colocando una mano detrás de su cuello y acercando tanto su boca que rozaba los labios de Katsuki cada vez que hablaba—. Me llamabas por mi nombre una y otra vez mientras lo hacíamos.
Katsuki frunció el ceño y volvió la cara para apartarse de la boca de Yukio. Sabía que no serviría de nada resistirse. El chico ya lo había tocado y podría inmovilizarlo cuando quisiera.
—¿Tanto te desagrado? —le preguntó en el oído—. Ahora que has encontrado a alguien especial ya no me necesitas, ¿verdad?
El corazón de Katsuki se desbocó.
—¿Qué haces aquí? —gruñó el rubio.
—Arata me ha enviado —contestó—. Sabe que ese héroe sigue rondando por Shinjuku y quería comprobar que no estuviera aquí contigo.
—No sé de qué me hablas.
Yukio bufó.
—No intentes mentirme, Katsuki. Le he visto en el jardín. Reconocería esos rizos verdes y esa cara de niño bueno en cualquier parte. Lo tuve frente a frente una vez, cuando Arata me mandó a… darle un aviso. Deberías tener más cuidado si quieres mantener vuestra relación en secreto. El pobre tiene el cuello lleno de chupetones.
Ya sabía que había sido él. Tan pronto como Izuku le había contado que un chico lo había inmovilizado para amenazarle, sabía que había sido Yukio. No podía ser otro.
No podía seguir mintiendo. Sería una pérdida de tiempo. Él sabía que Izuku estaba allí y solo tenía que alzar el teléfono y comunicarse con Arata para que todo se fuera a la mierda.
—¿Vas a delatarme? —preguntó mirándolo fijamente a los ojos.
Yukio negó con la cabeza. Su sonrisa juguetona había desaparecido y su tono de voz había cambiado radicalmente en el momento en el que había hablado de las amenazas que Arata le había enviado a Deku.
—No, no voy a hacerlo —dijo, separándose de él para dejarle espacio—. Pero esto que habéis hecho es una estupidez. Si Arata hubiera mandado a otro, estarías jodido. Y tu… amigo… posiblemente estaría muerto. Pensé que tenías más cabeza.
—No voy a ser para siempre la marioneta de Arata después de todo lo que me hizo… nos hizo —corrigió.
Yukio alzó una ceja y por fin comprendió.
—Lo sabes, ¿eh?
Katsuki asintió.
—He estado recordando… y he usado este tiempo para investigar algunas cosas sobre mi pasado.
—Sabía que tenía que pasar tarde o temprano —dijo Yukio—. Ya ha pasado alguna vez, pero Arata al final siempre se sale con la suya.
—¿Cómo lo hace? —se atrevió a preguntar.
—Es el quirk de Arata: influencia. Es capaz de borrar los recuerdos de la mente de las personas con solo tocarlas en la cabeza. También puede devolverlos, pero no es algo que suela hacer. Se adentra en la mente de los demás y elige qué recuerdos borrar. En tu caso y en el de tus amigos, decidió que lo mejor sería acabar con todo vuestro pasado. Lo ha hecho varias veces. Cuando se interesa por el poder de alguien, intenta convencerlo "por las buenas" de que se una a sus filas. Si no lo consigue, les borra la memoria. El resto, ya lo sabes de sobra.
—Pero eso no tiene sentido —masculló Katsuki—. ¿Cómo pudo borrar la memoria de todos los que me conocían? De mis padres, mis amigos, mis compañeros de clase, mis profesores…
—Influencia es un poder que no solo afecta a la mente de la persona a la que toca, también a todos los que la conocían. Si destruye un recuerdo en tu mente, también lo destruye en la mente de los demás. Es como si ese momento nunca hubiese ocurrido.
—Pero yo he estado recordando. Desde la primera vez que vi a Deku, supe que lo conocía de antes.
—Eso es porque el efecto del quirk se va diluyendo con respecto pasan las semanas. Arata tiene que volver a usarlo sobre ti cada cierto tiempo si quiere que tus recuerdos no vuelvas a resurgir.
Entonces Katsuki lo recordó: el día que había llegado al hotel desconcertado y confuso después de haber estado siguiendo a Deku y haberse dado cuenta de que su voz y su rostro le eran terriblemente familiares. Arata había entrado en su habitación y había colocado la mano sobre su cabeza para reconfortarlo. Katsuki apretó los puños. Maldita sabandija…
—¿Qué va a hacer con toda esta información? — le preguntó Yukio—. Sabes lo peligroso que es enfrentarse a Arata.
—Ya lo sé —escupió con rabia—. No… no sé qué voy a hacer. Kirishima y los demás ni siquiera saben nada de todo esto. Tengo que pensar…
—Hagas lo que hagas, no quiero verme involucrado en todo esto.
Katsuki rio.
—Has venido hasta aquí, me has contado todo esto y me vas a encubrir. Quieras o no, estás jodidamente involucrado.
—Eso es todo lo que me involucraré —explicó—. A partir de aquí, no quiero saber nada de lo que pienses hacer. Le diré a Arata que vine hasta aquí y que te encontré solo. Pero no pienso arriesgarme a que ese psicópata se entere de todo y vaya a por mí también. Así que debéis acabar con esto de una vez.
—¿Qué propones?
—Dile que se vaya —sentenció—. Ese héroe debe largarse de aquí inmediatamente. Desaparecer. Tú y yo nos quedaremos aquí un par de días más para evitar sospechas. Le diré a Arata que todavía quieres disfrutar un poco más de "tus vacaciones" y que me voy a quedar contigo para vigilarte.
—Si esto es algún truco… —amenazó.
—No lo es —dijo—. Mira, ese héroe me importa una mierda. Si Arata quiere ir a por él, por mí perfecto. Pero entre nosotros ha habido mucho más que palabras, por si no lo recuerdas. No me gustaría que te pasase nada.
Katsuki bufó.
—Joder, Yukio, no me digas que te has enamorado de mí.
El chico sonrió de lado y agarró al rubio por el mentón mientras se volvía a acercar a él.
—No te hagas ilusiones, Katsuki. Follas bien, pero como novio debes de ser insoportable.
—¿No es despecho eso que escucho? —rio.
—¿Por qué? ¿Porque finalmente has decidido dejar de meter la polla de forma indiscriminada y guardarle fidelidad a un niño bonito de ojos verdes?
—También tiene un buen culo.
—Y es su culo lo que te ha enamorado, ¿no? —se burló Yukio.
Katsuki calló. Todavía le costaba asimilar esas palabras. Cada vez que lo pensaba, su corazón daba un vuelco. La palabra amor nunca había tenido un significado real para él hasta ese momento. Quería decirse a sí mismo que no estaba enamorado de Izuku para que todo pudiera ser mucho más fácil, pero cada vez que intentaba convencerse a sí mismo, sus ojos verdes y su sonrisa aparecían en su mente y le daban otro vuelco a su corazón.
—Dile que se vaya —repitió Yukio volviendo a ponerse serio—. Me instalaré en uno de los cuartos de arriba.
Encontró a Izuku sentado en la fuente con la cabeza gacha. A sus pies había un plato lleno de fresas acabadas de recoger. Se acercó a él, pero no se atrevió a sentarse a su lado. No sabía muy bien cómo contarle todo lo que había ocurrido, pero sobre todo, no sabía cómo pedirle que se fuera sin que sus palabras sonaran horribles.
Izuku alzó la cabeza para mirarlo a sus ojos. Pensaba que le sonreiría como hacía siempre que estaba preocupado y quería hacerlo sentir mejor, pero esta vez la sonrisa de Izuku ni siquiera se asomó por sus labios.
—Ese chico es el que me inmovilizó y me amenazó aquella vez —fue lo primero que dijo.
Katsuki tragó saliva. Iba a preguntarle si lo había visto, pero habría sido una pregunta demasiado estúpida.
—Lo sé —respondió.
—¿Va a… decir que yo estaba aquí contigo? —preguntó.
—No—contestó.
Izuku suspiró, pero la tensión de su rostro no se relajó.
—¿A cambio de qué? —preguntó con un hilo de voz.
—Solo quiere que te vayas —respondió—. Sería peligroso que te quedaras aquí. Arata sospecha y…
El héroe asintió y volvió a bajar la cabeza.
—¿Y tú, Kacchan?... ¿Qué vas a hacer?
—Me quedaré aquí un par de días más para no levantar sospechas.
—¿Con… él?
Katsuki apretó los puños. Si hubiera sido otra persona, le habría mentido, pero no quería tener secretos para él. No quería empezar lo que quisiera que tuvieran con mentiras y ocultamientos de información. Al fin y al cabo, Izuku era, junto a Kirishima, la única persona en la que realmente confiaba.
—Sí —dijo finalmente—. Se quedará para fingir que me vigila.
—O para vigilarte de verdad —contestó Izuku. Había intentado enmascarar la oración con un tono bromista, pero no le había salido. Al final, solo había quedado dolor en sus palabras. Se levantó de la fuente, recogiendo el plato de fresas y dándoselo a Katsuki—. Ten cuidado, ¿vale? Iré a hacer la maleta.
Katsuki lo vio alejarse y supo que había algo que iba mal. Se preguntó si sería por haberlo echado de la casa y si habría algo más. Quiso preguntarle, pero Izuku desapareció rápidamente por la puerta de entrada y subió a su habitación.
Cuando subía las escaleras, Izuku se encontró de frente con Yukio, que bajaba. Sus miradas se cruzaron por unos instantes en los que se retaron el uno al otro. Finalmente, Izuku bajó la cabeza con una horrible sensación de derrota rondándole en el pecho, y pasó por su lado sin mirarle.
—Llamaré a un taxi —le escuchó decir, y la rabia lo consumió por dentro.
Corrió a su habitación, sacó la maleta de debajo de la cama y la abrió sobre el colchón. Sacó a toda prisa la ropa del armario y la metió de cualquier manera en la maleta. Cogió las cosas del baño y su ordenador portátil. Se aseguró de que no quedara nada de él en la habitación y se sentó al borde de la cama a esperar mientras que llegaba el taxi.
Una vez más, las lágrimas pugnaban por salir de sus ojos como el día anterior. Apretó fuertemente los párpados y los dientes. No quería que ese villano lo viera irse derrotado y con los ojos enrojecidos. No le daría el gusto. Tenía que ser fuerte y aguantar.
No podía creerse que la situación hubiera cambiado tanto en apenas unas horas. No habían pasado ni cinco desde que se habían estado besando abrazados en la cama antes de caer rendidos ante el sueño. ¿Cómo podía ser que de repente él fuera el que sobrara?
Lo sabía, se dijo. Sabía que no me tenía que haber hecho ilusiones.
Había sido un idiota, y así se había sentido cuando, al regresar de recoger fresas para el desayuno, escuchó la voz de ese chico. No sabía su nombre. No recordaba su cara a causa de la oscuridad que los había rodeado en el momento en el que lo amenazaron. Y sin embargo, nunca podría olvidar su voz. Esa voz que le heló la sangre cuando lo inmovilizó con su quirk y ordenó que le pegaran.
Se había asomado a la esquina un segundo para ver qué era lo que ocurría. No quería que lo descubrieran. Ni siquiera sabía si ese chico sabía que él se encontraba allí. Pero no quería perder la oportunidad de ver su cara.
Entonces los vio: Katsuki contra la pared y ese chico rozando sus labios mientras le recordaba las veces que había pronunciado su nombre mientras mantenían sexo. Y Katsuki… Katsuki no había hecho nada por separarse de él.
Escuchó cómo le decía que Arata lo había enviado porque sospechaba que ellos podían estar allí juntos. Después de eso, no pudo oír mucho más. Las voces sonaban lejanas en un casi inaudible murmullo. Izuku no se atrevió a volver a mirar. Se le revolvía el estómago de solo pensar que ese chico estaba besando a Katsuki. Ni siquiera pensó en la posibilidad de que lo hubiera inmovilizado como había hecho con él. Prefirió alejarse y volver al jardín.
Cuando Katsuki se le había acercado en el jardín, ya sabía que lo que le iba a decir no le iba a gustar. Se le veía en la expresión de su rostro. Lo que no esperaba era que fuera a pedirle que se fuera mientras él se quedaba con ese chico otros dos días.
Escuchó un coche que paraba en la puerta y recogió sus cosas. Bajó las escaleras todo lo rápido que pudo y se encaminó hacia el coche. Katsuki lo esperaba en la puerta. Lo ayudó a colocar sus pertenencias en el maletero y se dirigió a él antes de que se montara en el coche. Izuku pensó que iba a tomarle la mano, pero en el último momento la retiró.
—Llámame cuando llegues para saber que estás bien —le pidió.
Izuku asintió, pero no dijo nada más. Se montó en el coche y le pidió al conductor que lo llevara a la estación de tren. Mientras se ponía el cinturón, vio por la ventanilla a ese chico parado en la puerta de la casa con los brazos cruzados. Y lo odió. Por primera vez en toda su vida, odió a alguien.
Su mirada se centró en él hasta que el coche arrancó y se alejó por la carretera. No quiso mirar a Katsuki. No quería saber a dónde estaba mirando el rubio, si al coche que se alejaba o a la entrada de la casa.
Para cuando Ochako llegó a su casa después del trabajo, el sol empezaba a ponerse en el horizonte. Había tenido que trabajar más de lo habitual después de estar ausente durante el Día de los Héroes para ponerse al día.
Subió las escaleras de su edificio y vio algo que la frenó en seco. Había alguien sentado junto a su puerta con las piernas flexionadas hacia el pecho y la cabeza escondida entre los brazos. Se acercó lentamente por el pasillo y entonces visualizó aquellos rizos verdes inconfundibles.
Corrió hacia él y se agachó a su lado.
—¿Deku-kun? ¿Estás bien? ¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le preguntó.
Izuku alzó la mirada. Su cara estaba empapada en lágrimas. Se lanzó hacia ella y la abrazó con fuerza mientras lloraba de forma amarga. Escondió su cara en el hueco entre el cuello y el hombro y sollozó con la voz entrecortada.
—Oh, Izuku-kun…
Pero él no hablaba. No podía hablar. Solo lloraba y lloraba. No le preguntó lo que había pasado. Podía imaginarse quién era el responsable de esas lágrimas.
Lo ayudó a levantarse y lo guio hacia el interior de su casa, donde le preparó una tila y lo reconfortó con su presencia. El móvil de Izuku empezó a sonar, pero tan pronto como vio quién lo llamaba, cortó la llamada y puso el móvil en silencio.
Ochako preparó algo de comer y lo animó a darse una ducha calentita que calmara su cuerpo. Mientras tanto, preparó el cuarto de invitados y puso una colcha nueva en la cama para que su mejor amigo pudiera descansar. La pantalla de su móvil se encendía una y otra vez, esta vez sin ningún tipo de sonido. Finalmente, Izuku decidió apagar el móvil y dejarlo encima de la mesa del salón durante la noche.
Ochako le dio un gran abrazo antes de desearle buenas noches. Antes de que el chico se fuera a la cama, le recordó que podía contar con ella y hablar de lo sucedido cuando se sintiera con fuerzas suficientes. Izuku la había abrazado una vez más.
—Gracias, Ochako-chan —le había dicho, y acto seguido había cerrado la puerta de su habitación para intentar dormir.
Continuará…
