¡Bueeeeeenas a todos! Ya estoy de vuelta. Al final, he tardado un poquito más en actualizar, pero a cambio traigo un capítulo un poco más largo y noticias...

Resulta que estando en el viaje del que acabo de volver, me ha surgido una nueva idea para otro fanfic Bakudeku. Todo empezó viendo las estatuas grecorromanas en un museo. Se me ocurrió la idea principal y, de repente, me encontré a mí misma con cientos de ideas que se hilaban unas con otras de manera rápida. Estuve todo el día dándole vueltas a esas ideas y prácticamente ya tengo armado todo el fanfic en mi cabeza. De manera que, tan pronto acabe con este (que todavía queda una mijilla para llegar al final), empezaré una nueva historia. O quizás la impaciencia me gane y la comience antes de terminar este y vaya combinando actualizaciones. Quién sabe. Lo único que sé es que esas ideas tienen que salir de mi cabeza loca, así que os avisaré tan pronto comience a escribirlo por si os interesa y queréis echarle un vistazo.

Dicho esto, no os entretengo más. Espero que lo paséis bien leyendo este capítulo.

¡Hasta la próxima!


CAPÍTULO 14: LA PROMESA


Arata no tardó en cumplir su palabra. Le había dicho que pronto le mandaría nuevos trabajos que se adecuaran a su poder y así fue. Esa misma tarde llamaron a su puerta y le avisaron de que el jefe tenía una misión para él y sus compañeros. Tuvo que hacer grandes esfuerzos para que no se notara su preocupación. Cogió una sudadera con capucha y fue a reunirse con Eijiro y los demás. En la cara del pelirrojo también podía vislumbrarse una angustia creciente.

—¿Estás tan jodido como yo ahora mismo? —le preguntó en voz baja mientras avanzaban hacia el lugar donde tendría lugar la misión.

Katsuki asintió en silencio. Mina y los demás charlaban animadamente sin darse cuenta de nada. El rubio anheló en cierta forma aquellos tiempos en los que todo le daba igual porque no pensaba que pudiera haber un futuro más allá de la delincuencia.

—Tenemos que hacer algo —gimió Eijiro—. No podemos seguir así.

—Lo sé —masculló, pero ¿qué podían hacer? Deku seguía sin dar señales de vida. Ni siquiera el mensaje que le había mandado parecía haber ablandado su corazón, porque no había recibido ninguna contestación. Katsuki era consciente de que el héroe era el único que tenía verdaderas posibilidades de sacarlos a todos de allí. Tenía contactos, influencias. Podía movilizar a cientos de héroes si él quisiera. Ellos, sin embargo, no podían hacer nada contra Arata estando solos. Por más poderosos que fueran, estaban en clara desventaja numérica. Arata solo tenía que chasquear los dedos y al día siguiente habrían desaparecido de la faz de la Tierra. Por el momento, no podían hacer más que seguirle el juego a ese hijo de puta.

La misión que le habían encomendado esa noche era sencilla: Arata quería hacerles una advertencia a una mafia enemiga que habían estado incumpliendo el pacto de paz que había entre ellos metiéndose en su territorio. Katsuki y los demás debían ir a una de las guaridas principales de aquel grupo criminal y destruirla a base de explosiones. No tendría que haber problema puesto que, según informantes de Arata, el lugar estaría vacío aquella tarde.

Se pararon frente a un edificio de mediana altura y Sero asintió.

—Es este.

—Bien, acabemos con esto —dijo Katsuki.

La noche empezaba a caer, pero aún había la suficiente luz como para que pudieran verlos. Katsuki se aseguró de tener bien puesta la capucha antes de disparar la primera explosión. Una de las paredes frontales estalló en mil pedazos e inmediatamente después, empezaron a escucharse voces y gritos en las casas vecinas y las luces empezaron a apagarse en todo el vecindario.

—¡No salgan de sus casas! —gritó Kaminari en forma de una divertida advertencia—. ¡El proceso de demolición tardará unos segundos! ¡Si no quieren que sus casas corran la misma suerte, será mejor que no asomen sus narices por las ventanas!

Katsuki disparó otra vez y otra pared estalló. El edificio empezó a tambalearse. Pronto se vendría abajo sin necesidad de más explosiones. Estaba a punto de disparar otra cuando escuchó algo que le erizó el vello de los brazos: era el llanto de un niño y provenía de dentro del edificio. Jiro fue la primera en reaccionar.

—¡Hay alguien dentro! —gritó alarmada.

—¡Se suponía que debía de estar vacío! —dijo Sero.

Se escuchó un estruendo y cayó otra de las paredes. Los gritos se escucharon con más fuerza.

—¡Tenemos que ayudarlo! —exclamó Mina—. ¡No podemos dejarlo ahí!

—¡Joder! —gritó Katsuki, corriendo hacia la puerta de entrada a la par que Kirishima.

El pelirrojo endureció su cuerpo y se lanzó contra la puerta, destruyéndola a su paso.

—¡¿Dónde estás?! —gritó Eijiro.

Nadie contestó, pero el llanto continuó sin cesar. Subieron las escaleras a toda velocidad y recorrieron un largo pasillo. El llanto provenía de la última puerta. Al abrirla, encontraron a un chico de unos diez años que temblaba en un rincón. El suelo se había derrumbado justo en el medio de la habitación.

—¡Socorro! —gritó al verlos.

Katsuki pegó un salto hasta el otro lado de la estancia y le ordenó al niño que se subiera a su espalda y se agarrara fuerte a él. Después, dio otro salto para regresar a la salida, pero en ese momento el suelo volvió a ceder y a punto estuvieron de caer al vacío. Se agarró justo a tiempo de un trozo de hierro que sobresalía de entre los escombros del suelo. Se agarró con fuerza, asegurándose de no soltar al niño. Un hilo de sangre cayó por su brazo.

Eijiro lo agarró por el brazo hasta que Sero pudo subirlo con una de sus cintas. Después, Katsuki le pasó el niño a Jiro mientras él se ocupaba de mantenerlos a salvo de cualquier piedra o pared que pudiera caer sobre ellos de camino a la salida.

Entre todos consiguieron sacar al niño ileso de allí antes de que el edificio se cayera por completo con un gran estruendo.

—¡Por poco! —suspiró Mina.

—¡De buena nos hemos librado! —exclamó Kaminari.

Katsuki sin embargo estaba más irritado que aliviado. Había estado a punto de matarse. En la caída se había raspado todo el brazo contra los ladrillos y se había destrozado la palma de la mano al aferrarse a aquel hierro saliente. La sangre seguía cayendo por su brazo y le había manchado la camiseta y los pantalones. Pero lo que más nervioso le ponía con diferencia era pensar que habían estado a punto de convertirse en los asesinos de un niño.

Se volvió hacia el crío y le gritó:

—¡¿Qué demonios hacías tú ahí, enano?!

El niño tembló.

—So-solo quería investigar. Mis amigos me-me habían dicho que había fantasmas. Que a veces se oían lamentos…

Katsuki bufó. Claro que se oían lamentos. Los de los pobres desgraciados que caían en manos de aquella mafia y que eran torturados hasta la muerte.

—Anda, lárgate con tus padres y no vuelvas a meter las narices donde no te llaman.

—S-sí, señor.

El niño salió corriendo, pero cuando estaba lo suficiente a unos metros, se dio la vuelta y les mostró una sonrisa aún asustada.

—¡Gracias, héroes! —les dijo, y después desapareció por una de las callejuelas cercanas.

—¡Je! Héroes… Si supiera… —comentó Sero.

—Menos mal que al final todo ha quedado en un susto —dijo Jiro.

Katsuki frunció los labios y miró al cielo. El viento había empezado a soplar y en el horizonte se vislumbraban nubes negras. El telediario había dicho que estaría lloviendo toda la semana.

A lo lejos, se empezaron a escuchar las sirenas de los coches de policía.

—Vámonos —dijo Katsuki—. Va a empezar a llover.


Las primeras gotas cayeron justo cuando Izuku entraba por la puerta de su apartamento y dejaba la maleta en su habitación. Cansado, se dejó caer en el sofá con el móvil entre las manos. No había recibido ningún otro mensaje de Katsuki, pero él tampoco le había contestado el último que había recibido. Ya había decidido que le llamaría al día siguiente para aclarar las cosas.

Cogió el mando de la televisión y zapeó por los canales sin ningún interés. Solo quería mantener su mente distraída y escuchar algo que no fuera su propia respiración o el latido de su corazón.

Algo le llamó la atención y regresó al canal anterior. En las noticias, un reportero informaba sobre unas explosiones que habían tenido lugar en un edificio de la zona norte de Shinjuku y había quedado totalmente destruido. Los testigos, que se habían mantenido a cubierto en las casas vecinas, decían que habían sido unos jóvenes los responsables.

—Kacchan…

Cogió el móvil de inmediato e hizo una foto a la pantalla de la televisión. Después, tecleó un mensaje a toda velocidad. Tanto, que ni siquiera se paró a pensar que quizás esas palabras no serían las más adecuadas después de haber estado tres días sin hablar con Katsuki.

¿Tienes algo que ver con esto?

Después de haberlo enviado, pensó en borrarlo, pero la señal de que Katsuki había leído el mensaje no tardó en aparecer. Así que decidió escribir otro mensaje:

¿Cuándo podemos hablar?

He estado fuera de Shinjuku, pero ya estoy de vuelta.

Los mensajes fueron leídos, pero Katsuki no respondió a ninguno de ellos. Izuku se preguntó si sería su venganza personal por haberlo mantenido en vilo durante esos últimos días.

Dejó el móvil sobre la mesa y fue a cambiarse de ropa. Afuera, la lluvia caía con fuerza.


Los golpes sonaron en su puerta veinte minutos más tarde. Izuku miró por la mirilla, alarmado por la hora, pero la oscuridad de la noche apenas le dejó apreciar la silueta de alguien que se recargaba de forma cansada sobre la pared. Abrió despacio y dejó que la luz del pasillo iluminara la cara de su visitante. Tan pronto como vio el cabello rubio de Katsuki, abrió la puerta de golpe.

—¿Kacchan?

El joven estaba empapado y su pecho subía y bajaba con violencia como si hubiera corrido una maratón. Iba vestido con una sudadera que tenía la manga derecha destrozada, gracias a la cual pudo ver un vendaje teñido de color rojo que cubría la mano y el brazo de Katsuki.

—¿Qué haces aquí a esta hora? —preguntó, agarrándolo de la sudadera para hacerlo pasar y examinando su mano—. ¿Qué te ha pasado en…?

Katsuki se lanzó hacia él y lo apretó contra sí. Izuku se vio envuelto entre los brazos fuertes del villano y notó los latidos de su corazón y su respiración entrecortada. Rodeó la espalda de Katsuki con sus propios brazos y escondió la cara entre los pliegues de su sudadera. A pesar de estar empapada, todavía conservaba el perfume propio del rubio.

Katsuki se apartó un poco e Izuku tuvo la oportunidad de mirarle a la cara. Algo andaba mal. Aquellos ojos rojos despedían una infinita tristeza. Se preguntó, angustiado, si él habría sido la razón de la misma o si habría sido provocada por algo más.

Le acarició la cara y Katsuki besó su mano en un gesto que le quitó el aliento.

—¿Puedo besarte? —preguntó. Su voz también sonaba terriblemente triste. Un nudo se formó en la garganta de Izuku—. ¿Puedo besarte, Izuku?

El héroe asintió lentamente con labios temblorosos y alzó la cara para que el rubio pudiera acceder mejor a sus labios. Katsuki depositó un beso suave y corto sobre su boca y después resopló como si estuviera infinitamente cansado. Apoyó su frente contra la de Izuku y cerró los ojos.

—No respondías mis llamadas… —murmuró.

—Lo siento… —respondió Izuku con voz rota, cerrando también los ojos.

—Ya no importa.

Katsuki volvió a besarlo de forma suave, pausada. Permanecieron unos segundos más abrazados con las frentes unidas, sintiendo la respiración del uno sobre el otro. Izuku sintió a Kacchan temblando y entonces volvió a ser consciente del aspecto que presentaba el joven.

—Kacchan, estás empapado —murmuró, tocando de nuevo su mejilla—. Tienes la piel helada. Ven, te prepararé un baño antes de que te pongas enfermo.

Lo agarró de la mano sana y lo guio hasta el cuarto de baño. Prendió la estufa y abrió el grifo del agua caliente. Mientras la bañera se llenaba, salió a buscar en su armario algo que pudiera quedarle bien a Katsuki. Por suerte, solía utilizar camisetas de tallas más grandes para dormir. Al volver, encontró al rubio sentado en el filo de la bañera mientras esta terminaba de llenarse. Todavía no se había quitado la ropa.

—Puedes darme tu ropa. La pondré a secar. Mientras, puedes usar esta —dijo, dejándola encima del mueble donde guardaba las toallas.

Se dirigía a la puerta cuando Katsuki lo agarró por la muñeca. Por un momento, le pareció vislumbrar su típica sonrisa traviesa asomándose entre tanta tristeza.

—Había pensado que podrías bañarte conmigo —sugirió.

—¿Bañarnos… juntos?

—¿Qué problema hay? Ya me has visto desnudo… y yo a ti.

Izuku desvió la mirada. Katsuki, sin embargo, no le soltó.

—Lo sé, pero… quizás deberíamos… hablar antes.

Sí, debían hablar. Debían aclarar muchas cosas antes de continuar con esas muestras de afecto e intimidad que había entre ellos. Izuku necesitaba saber qué era lo que Katsuki sentía por él, de otra manera seguiría sintiéndose confuso y perdido.

Notó cómo el joven se acercaba por su espalda, apartaba el cabello de su nuca y depositaba un beso en la parte posterior de su cuello que lo hizo estremecer.

—Podemos hablar en la bañera —murmuró—. De todas formas, tendrás que cambiarte de ropa.

Izuku ni siquiera se había dado cuenta hasta ese momento de que Katsuki había mojado su propia ropa al abrazarle en la entrada de la casa. Su camiseta estaba totalmente mojada y los pantalones habían corrido una suerte similar.

Los dedos de Katsuki se introdujeron por dentro de su camiseta y acariciaron su abdomen. Izuku tragó saliva e intentó mantener la compostura.

—¿Puedo? —preguntó Katsuki.

Izuku asintió, preguntándose cómo podría negarle algo así al chico del que estaba enamorado. El rubio jaló su camiseta despacio y la tiró al suelo. Después, besó sus hombros y se deshizo de su propia sudadera. Izuku lo vio sonreír.

—¿Quieres que te desvista yo o puedes hacerlo tú solo? —le preguntó.

Izuku se sonrojó.

—¡P-puedo yo! —contestó, quitándose los calcetines y dándose la vuelta para deshacerse de sus pantalones.

Escuchó el sonido del agua y vio cómo Katsuki se dejaba caer en la bañera de forma relajada. Izuku terminó de desnudarse y se introdujo en ella sin saber muy bien cómo colocarse. Finalmente, Katsuki lo agarró por la cintura y lo atrajo hacia sí, quedando el héroe de espaldas al villano.

Permanecieron unos minutos en silencio mientras ambos entraban en calor. Katsuki cogía un poco de agua con la palma de su mano y la derramaba por el cuello de Izuku, por su espalda, por sus brazos, y de paso aprovechaba para acariciar su piel. El vello del héroe se erizaba con cada roce y un escalofrío recorrió su columna cuando Katsuki volvió a besar su nuca. Parecía que le gustaba jugar con ese punto de su cuerpo después de comprobar que se estremecía cada vez que notaba su respiración en él.

Un poco más tranquilo, se acomodó contra la espalda del rubio, escondiendo la cara en el hueco de su cuello. Kacchan continuaba con su labor e Izuku se dejó hacer, disfrutando de las atenciones que le brindaba. No sabía si aquella situación terminaría bien, pero al menos quería disfrutar y poco y calmar su corazón después de todas las lágrimas que había derramado en los últimos días. Fijó sus ojos en la venda que todavía cubría la mano y el brazo de Katsuki y preguntó qué le había pasado.

Katsuki suspiró.

—Hoy he salvado a un chico… Arata nos había mandado a destruir uno de los puntos de encuentro de una mafia enemiga. Se suponía que no debía de haber nadie allí, pero… —Volvió a suspirar—. Tengo una sensación amarga en el pecho desde entonces. Ese niño podría haber muerto por mi culpa. Podría haberme convertido en un asesino…

—Pero lo salvaste, Kacchan.

—No quiero volver a ser un villano —sentenció. A Izuku le sonó como un lamento, como un grito de ayuda desesperado. Alzó una mano y rozó la mejilla del rubio. Sentía unos deseos enormes de protegerlo de todo mal, de decirle que todo saldría bien, que él estaría a su lado pasara lo que pasase, pero finalmente su voz solo le dejo pronunciar las palabras justas para no echarse a llorar.

—No lo serás. Eres un héroe.

Katsuki rodeó a Izuku con sus brazos y lo apretó con firmeza, apoyando la cabeza sobre la suya para inhalar el olor de sus rizos.

—Izuku… no tengo nada con Sato, el chico de la casa de campo. Lo tuve, pero eso ya se acabó. Nunca más habrá nada entre nosotros.

—Lo sé —le interrumpió—. Me lo dijiste en el mensaje y te creo.

—Entonces, ¿por qué no me miras? ¿Sigues enfadado conmigo?

Izuku negó con la cabeza y enterró aún más la cara en su cuello.

—No puedo mirarte ahora… Me siento muy avergonzado. Me he comportado como un adolescente estúpido.

Katsuki rio.

—Bueno, para ser justos, no hace demasiado que dejamos atrás la adolescencia—. Izuku también rio—. Quiero que me hables, que me digas cómo te sentiste. Dime lo que sientes ahora… y yo también seré sincero contigo.

Sus manos temblaron. Había llegado el momento que tanto había temido. Tenía que decirle a Katsuki que estaba enamorado de él. Un profundo miedo le recorrió todo el cuerpo y rezó porque Kacchan sintiera lo mismo que él.

Tragó saliva. Todo sería más fácil si no lo tuviera frente a él, si no tuviera que mirarlo a los ojos, esos ojos rojos que se clavaban en los suyos con intensidad.

Como si alguien hubiera escuchado su deseo, la luz se fue en todo el vecindario y quedaron totalmente a oscuras. La luz de un rayo entró por la ventana e iluminó el cuarto de baño los segundos suficientes para comprobar que estaban frente a frente.

Izuku frunció los labios y se decidió a hablar.

—Sentí celos… y rabia. Pensaba que te ibas a acostar con él y yo… no podía soportarlo. Sé que no tengo derecho a sentirme así porque tú y yo no somos nada, y sin embargo, no puedo evitarlo…

Le hablaba a la oscuridad, pero sentía la mirada de Katsuki fija en él, o al menos, en su silueta.

—Lo entiendo —respondió su voz—. Me pasó lo mismo cuando te vi con ese idiota en el pub.

—¿Como si te desgarraran por dentro?

—Sí.

Izuku sonrió. El alivio de saber que no era el único que estaba teniendo ese tipo de sentimientos hizo que comenzara a murmurar, como cada vez que se ponía nervioso.

—Es ilógico. Los celos solo son… son una proyección nuestro miedo.

—Sí, de nuestro miedo a perder a una persona. Pero tú y yo no podemos perdernos el uno al otro, porque no nos pertenecemos —continuó Katsuki. Izuku pudo notar por su voz que estaba sonriendo.

—Pero las personas no pueden pertenecerse unas a otras, solo elegir estar en la vida de alguien y tener a alguien en sus vidas —terminó Izuku, y tras aquella reflexión ambos permanecieron en silencio durante unos segundos. Finalmente, fue Katsuki quien habló.

—Nunca he querido quedarme a pasar la noche con las personas que me acostaba —confesó—. Una vez que habíamos terminado, siempre me largaba. Me repugnaba la idea de pasar la noche junto a esas personas.

—Y… ¿por qué te quedaste conmigo? —se atrevió a preguntar. Sentía el corazón en la garganta.

—Ni siquiera lo pensé en ese momento. Me pareció lo más natural quedarme junto a ti. Y al día siguiente, cuando desperté y no te encontré allí, entendí que quería que tú fueras lo primero que viera por la mañana.

Izuku se mordió los labios mientras una sonrisa nerviosa aparecía en ellos. Al volver a hablar, la voz le tembló y se le humedecieron los ojos.

—Entonces, ¿no era solo sexo?

La mano de Kacchan lo buscó en la oscuridad. Subió por su pecho y rodeó su cuello hasta agarrarlo por la nuca y acercarlo a él. Estaban tan cerca que podía sentir su respiración.

—¿Crees que hubiera venido en mitad de una tormenta a buscar a alguien del que solo quiero sexo? —le preguntó.

—No lo sé, Kacchan, tu fama te precede… —bromeó Izuku, en parte para evitar que las lágrimas salieran de sus ojos de la emoción.

—Idiota —rio el rubio, buscando los labios de Izuku con los suyos.

Izuku acunó la cara de Katsuki con sus manos y se besaron durante varios minutos en los que solo se escuchaba el sonido de la lluvia, el roce de sus bocas y sus respiraciones cuando se separaban para tomar aire.

Katsuki tomó las manos de Izuku y las besó en las palmas. Después depositó un beso en su mejilla derecha, luego en la izquierda, en la punta de su nariz, en la frente, y finalmente volvió a sus labios.

—Oye, nerd —le dijo en un susurro—, creo… que estoy enamorado de ti.

Izuku soltó una risa llena de alegría que vino acompañada de un sollozo.

—Kacchan… eso es genial, porque yo… que estoy enamorado de ti.

—Sabelotodo —soltó Katsuki.

Izuku volvió a reír, pero pronto su risa fue ahogada por los besos de Katsuki. Izuku echó los brazos al cuello de Katsuki y sintió cómo el rubio lo apretaba contra sí como si quisieran fundirse el uno con el otro. Izuku estaba eufórico. Tenía tantas emociones bailando en el interior de su pecho que no sabía si reír o llorar. Sentía mariposas revoloteando en su estómago y el corazón latiendo con tanta fuerza que apenas le dejaba respirar. Pensó que Kacchan debía de sentir lo mismo, porque cada poco tiempo se separaba de él para tomar aire y una vez más regresaba a sus labios como si nunca fuera suficiente.

—Kacchan… no puedo… respirar —susurró contra su boca.

Katsuki se volvió a separar de él.

—¿Quieres que pare? —le preguntó.

Izuku colocó su frente contra la de él.

—No, solo quiero saber… si sientes lo mismo.

Una risa.

—Maldito nerd vanidoso —murmuró, propinándole un mordisco en el cuello—. ¿Quieres que te diga que me dejas sin respiración?

—¡N-no, Kacchan! ¡No es eso!

—Pues es así —respondió entre susurros—. Me dejas sin respiración, Izuku.

Izuku sintió cómo Katsuki recorría su espalda con las manos lentamente, como si quisiera sentir mejor cada centímetro de su piel. El héroe simplemente se dejaba acariciar y besar. En mitad de la oscuridad, con la vista anulada, el resto de sus sentidos parecían potenciarse. Los labios de Katsuki sabían a menta esta vez. Su cabello y su piel olían a coco. A través del movimiento y el sonido del agua podía averiguar con exactitud el punto exacto adonde dirigía sus manos. Las caricias y los roces eran mucho más sensuales, y su cuerpo, mucho más sensitivo.

Y entonces regresó la luz y volvieron a verse frente a frente.

De forma instintiva, Izuku bajó la mirada para evitar los ojos rojos de Katsuki.

—Eh, mírame —dijo él, alzando su mentón—. Todo esto es real. No quiero que vuelvas a dudar de lo que hay entre nosotros. ¿Entendido?

Sus palabras podrían haber sonado como una amenaza, y sin embargo, habían sido suavizadas con un leve tono de súplica. Izuku asintió.

—No volveré a dudar de nosotros. Te lo prometo.

—Bien. Ahora salgamos de aquí antes de que el agua termine de enfriarse.

Izuku no fue consciente hasta ese momento de que el agua había ido perdiendo poco a poco la temperatura. Salieron del baño y se secaron en silencio. Katsuki no podía quitarle los ojos de encima al chico de ojos verdes mientras pasaba la toalla por sus rizos desordenados. El héroe se fijó en su ropa mojada, que todavía yacía en el suelo.

—Voy a por algo de ropa —anunció, dirigiéndose a la puerta del baño.

Sintió un tirón del brazo. Katsuki volvió a atraerlo hacia sí y lo colocó contra la pared de frías losas blancas. Miró al rubio y ahí estaba otra vez esa sonrisa traviesa que lo hacía derretirse.

—Creo que no la vas a necesitar —sentenció—. Ahora, ¿vas a ser un buen chico y me vas a decir dónde está tu habitación o voy a tener que hacerlo contigo aquí mismo?

La sangre subió rápidamente a su cara y sus mejillas ardieron. Katsuki sonrió al notar algo duro que se clavaba contra su propio cuerpo y miró hacia abajo para comprobar que había conseguido excitar a su chico con apenas unas pocas palabras.

—La puerta de la izquierda… —murmuró Izuku.

Katsuki lo agarró de la mano y, siguiendo las instrucciones del héroe, lo guio hasta su habitación. Lo tiró sobre la cama y se encaramó sobre él. Su atención se vio captada unos segundos por los posters de All Might que decoraban la pared. Izuku frunció los labios.

—Adelante, búrlate —le dijo antes de que el rubio pudiera hacer algún comentario—. Vas a decir que soy un friki y que esta habitación no es nada erótica.

—Efectivamente, no lo es —confirmó Katsuki, agarrándolo del pie y tirando de él para obligarlo a tumbarse—, pero tú sí lo eres —recalcó mientras pasaba sus manos por su torso. Izuku sintió sus ojos rojos clavándose en cada centímetro de su cuerpo. Se lo estaba comiendo con la mirada—. Eres jodidamente perfecto.

Izuku no pudo contenerse más. Se apoyó sobre sus hombros y usó su mano derecha para atraer a Katsuki tirando de su cuello. El rubio gimió sobre su boca cuando sus lenguas se entrelazaron.

Los movimientos de ambos eran frenéticos. Se besaban, se mordían y se tocaban con tanta intensidad que ni siquiera pensaban en lo que estaban haciendo. Cuando Izuku pensó en ese momento horas más tarde, se dio cuenta de que ambos habían descargado toda la tensión, la frustración y la rabia que habían sentido durante los días pasados y la habían canalizado a través de aquellos movimientos rápidos y desesperados.

Después de aquella noche, ambos habían quedado llenos de marcas de dientes y labios. Katsuki había intercambiado posiciones con Izuku, quedando él abajo mientras que el héroe quedaba montado a horcajadas sobre él. Solo se habían detenido unos instantes en los que Izuku había notado una pequeña sombra de tristeza en el rostro de Kacchan.

—¿Qué ocurre? —había preguntado con voz entrecortada.

Katsuki se había incorporado e Izuku había quedado sentado frente a él, rodeando su cuerpo con las piernas.

—Izuku…, antes te he dicho que creía que estaba enamorado de ti… y yo…

El chico de ojos verdes lo besó antes de que pudiera terminar.

—Tranquilo. Todo está bien —lo calmó.

—Pero…

—Lo importante es que ambos sentimos algo por el otro. Eso es todo lo que importa. Y ahora deja de dudar y de comportarte como yo y compórtate más como Kacchan —bromeó.

Katsuki rio.

—Y cómo se supone que se comporta Kacchan, ¿eh? ¿Qué es lo que haría? —preguntó, acercando su cara a la de él.

Izuku sonrió y delineó su mandíbula con los dedos. Adoraba tocar esa parte de la cara de Katsuki.

—Kacchan nunca permitiría que me quedara insatisfecho a causa de unas tontas palabras… —comenzó, rozando sus labios con el dedo pulgar—. Kacchan me diría que tengo un buen culo y me haría el amor hasta que me quede sin voz y sin fuerzas.

Katsuki tragó saliva y su respiración se volvió pesada. Llevó sus manos a las nalgas de Izuku y lo alzó para sentarlo encima de sus muslos. Izuku buscó estabilidad abrazando al rubio por el cuello.

—Tienes razón —gruñó Katsuki—. Kacchan haría eso y mucho más.

Después de eso, ya no hubo más palabras además de gemidos y sonidos guturales. Una vez más, ambos perdieron la razón en aquel frenesí de roces, besos y embestidas. También horas más tarde, cuando Izuku vio la hora y se dio cuenta de que las agujas del reloj marcaban la 1 de la madrugada, se avergonzó tremendamente del poco cuidado que habían tenido en no despertar a los vecinos con sus gritos enfervorizados. Esperaba no recibir una queja formal en los próximos días y se prometió a sí mismo que la próxima vez sería mucho más comedido en sus expresiones de placer.

Pero en ese momento, poco importaba todo aquello. Kacchan estaba tumbado a su lado, abrazándolo por la cintura mientras se dejaba acariciar el pelo. A Izuku le gustaba la sensación de paz que transmitía el rubio cuando se dedicaba a mimarlo de esa manera. Katsuki no solía mostrarse vulnerable ante nadie, pero en esos momentos mostraba una sonrisa complacida y soltaba pequeños gruñidos que a Izuku le recordaban a los ronroneos de un gato.

—No quiero regresar —dijo de repente—. No quiero volver a ese sitio.

—No lo hagas —respondió Izuku—. Quédate conmigo. Aunque sea esta noche.

Katsuki lo besó en los labios, sellando el trato, y después pasó sus dedos entre los rizos verdes.

—He descubierto cuál es el don de Arata —dijo, y antes de que el héroe pudiera preguntar, continuó—: puede borrar los recuerdos de las personas a la que toca en la cabeza, y cuando lo hace, borra también el mismo recuerdo en la cabeza de las personas que lo conocen. Pero no es permanente. Tiene que seguir tocándome para que el efecto del don se mantenga. Antes cuando regresé de la misión a la que me había mandado, intentó tocarme de nuevo dándome la enhorabuena, pero no le dejé.

—¿Crees que sospechará? —preguntó, preocupado.

—No lo sé. Le dije que estaba harto de que me despeinara. No sé si se lo habrá creído, pero… no voy a volver a dejar que me toque. Tarde o temprano, mis recuerdos regresarán. Arata lo sabe, y esto podría ponerle nervioso. Tenemos que actuar cuanto antes.

Izuku asintió.

—Mañana mismo me pondré en contacto con varias agencias de fuera de Shinjuku. Hablaré con mis amigos y con All Might. Necesitamos muchos refuerzos, pero no pueden ser héroes de Shinjuku.

—Lo sé. Podrían estar involucrados en el pacto que Arata hizo con la policía. Generalmente, la policía y las agencias de héroes van por separado, pero Arata tiene mucho poder aquí. No creo que los héroes de Shinjuku quieran involucrarse en algo que puede amenazar a sus familias.

—No serán necesarios. Me encargaré de organizarlo todo cuanto antes, Kacchan. Para que puedas ser libre, volver con tu familia y ser un héroe.

—Olvidas algo, nerd.

—¿Qué cosa?

—A ti —rio—. No te has mencionado en ninguna parte. ¿Acaso saldrás de mi vida cuando deje de ser un villano? ¿Ya no me querrás?

—¡No digas eso, Kacchan! ¡Claro que te seguiré queriendo! Yo solo… no quería presuponer nada ni… agobiarte.

—¿Qué hemos dicho de las dudas, nerd? —preguntó, apoyándose sobre sus hombros para posicionarse sobre Izuku.

—No dudaré más, Kacchan. No volveré a dudar de ti —repitió, mirándolo a los ojos.

—Más te vale… Porque quiero que estés a mi lado cuando sea proclamado el mejor héroe de todo Japón —Sonrió.

—¡Pero yo voy a ser el mejor héroe de todo Japón! —se quejó Izuku.

—Lo siento, Deku, si no querías competencia, no deberías haberme mostrado tu mundo. Ahora Dynamight será el héroe número uno.

—Tendrás que conformarte con el segundo puesto.

—¿Y perder contra ti? ¡Nunca!

—Yo tampoco perderé, Kacchan.

—Dynamight —corrigió—. De hecho: Gran dios de las explosiones, Dynamight.

Izuku soltó una carcajada que resonó en toda la habitación.

—Esperaba que no descubrieras ese nombre tan pomposo que te pusiste —confesó.

—No te burles, idiota—ordenó, propinándole un mordisco en el cuello.

—¡Ay, Kacchan!

—¡He dicho que soy el gran dios de las explosiones, Dynamight!

—¡Deja de morderme!


En la calle, alguien había aparcado hacía horas un coche negro frente al edificio donde vivía Izuku. En su interior, un hombre observaba la segunda casa del tercer piso mientras escuchaba la radio y bebía café de un vaso de cartón para evitar que el sueño le venciera.

Vio pasar las horas en su reloj de pulsera, pero no ocurrió nada hasta las siete de la mañana, cuando la puerta del apartamento de Izuku se abrió y vio salir a Katsuki de él. Bajó las escaleras a toda velocidad y caminó con la capucha de la sudadera puesta en dirección contraria.

El hombre cogió entonces el teléfono móvil y marcó un número. La voz de Arata respondió a la llamada, como si la hubiera estado esperando durante toda la noche.

—Tenía razón, jefe. Estaba con él.

Continuará…