¡Buenas!
Estoy de vuelta. Esta vez he tardado una mijilla más en escribir, pero el trabajo últimamente me ha estado exigiendo bastante. Como siempre, espero que disfrutéis el capítulo, el siguiente intentaré tenerlo para dentro de una semana (aunque con tantos exámenes que corregir, no sé yo...), y se agradecen mucho vuestros comentarios. Me encanta cuando analizáis el fic y me decís lo que os ha gustado del capítulo. Me anima mucho a seguir escribiendo.
¡Un saludo a todos y nos vemos en el próximo capítulo!
CAPÍTULO 16: UN DÍA DE MIERDA
Un día de mierda. Katsuki no podía definirlo de otra forma. Estaba siendo un día de mierda y todavía ni siquiera habían dado las once de la mañana. Tumbado en su cama, pensaba en todo lo que había ocurrido en apenas tres horas. Su mente tendía a pensar que todo se había ido a la mierda, pero había conseguido que sus amigos fueran liberados y para él eso representaba un triunfo. No había podido evitar que se le encogiera el corazón cuando Arata les había devuelto sus recuerdos y les había contado que eran libres de marcharse a cambio de que él se quedara. Mina se había lanzado a sus brazos llorando.
—¿Cómo vamos a dejarte aquí, Bakugo-kun? ¡No vamos a irnos sin ti! —había exclamado.
Arata presenciaba la escena desde su sillón con gesto impasible. El muy hijo de puta se había negado a dejarlos solos. Quería tener a Katsuki vigilado en todo momento para evitar nuevas conspiraciones en su contra.
—Ya está decidido —había respondido Katsuki intentando permanecer sereno—. Quiero que os marchéis y sigáis con vuestras vidas. Vuestras familias habrán recuperado también sus recuerdos. Podéis volver a casa.
—¿Y qué pasa contigo? —le preguntó Sero.
—Nunca he sido un buen hijo ni un buen héroe —respondió—. Es mejor así.
—¡No digas eso! ¡Eres el que más talento tenía de todos nosotros! —intervino Jiro—. ¡Siempre estabas por delante de los demás!
Sí, ahora recordaba gran parte de su vida durante la UA. Al menos todo lo que concernía a los momentos que había compartido con Kirishima, Kaminari, Jiro, Ashido y Sero. Resultaba extraño ver imágenes en su cabeza en la que solo sus caras aparecían nítidas, mientras que el resto de sus compañeros aparecían difuminados en un aula de veinte alumnos.
—Que tuviera talento no quiere decir que lo usara con el objetivo adecuado.
Arata tenía razón. Durante su estancia en la UA se había comportado como un niñato inmaduro que solo buscaba el éxito y el poder. Ser el mejor y nada más. No le importaban una mierda el resto de las personas. Quería ser el héroe número 1 por pura vanidad.
—Tío —habló Kaminari. Parecía confuso, como si no encontrara las palabras adecuadas en ese momento—. Eres nuestro amigo… No podemos dejarte aquí.
—Como ya he dicho, es decisión mía. No hay más que hablar.
Katsuki miró a Kirishima. Era el único que no se había pronunciado en todo ese tiempo. Permanecía callado y serio desde que Arata le había puesto la mano en la cabeza. No hacía más que clavar su mirada en él, seguramente intentando encontrar algún rastro de mentira en sus palabras. Katsuki frunció los labios. Kirishima era su mejor amigo, la persona más cercana a él durante todo ese tiempo. Solo esperaba que lo conociera lo suficiente como para saber que aquella solo era una solución temporal, y que Katsuki no estaba dispuesto a rendirse.
Arata carraspeó y señaló el reloj de pared con un gesto. Había quedado con Izuku en un parque cercano en una escasa media hora de la que ya solo quedaban diez minutos.
—Lo siento, chicos, pero Katsuki tiene que ir a una misión que le he encomendado y no queda mucho tiempo —dijo Arata—. Vosotros podéis ir haciendo las maletas. Dispondré de un coche para vosotros para que os lleve al aeropuerto, a la estación de tren o a donde necesitéis.
Katsuki pudo ver claramente la rabia contenida en los ojos de todos sus amigos. Podía leerlos fácilmente después de tanto tiempo con ellos. Odiaban a Arata. Odiaban la facilidad con la que disponía de sus vidas y las manipulaba a su antojo, como si solo se trataran de piezas de ajedrez sin sentimientos. Tenía tantas ganas como él de agarrarlo del cuello y estrangularlo, pero sabían que no saldrían vivos de allí si lo hacían.
Kirishima se acercó a él sin pronunciar palabra y lo abrazó. Katsuki se temió que fuera una despedida definitiva por su parte, pero el pelirrojo le apretó el brazo durante unos segundos y después clavó sus ojos en los de él. Katsuki entendió las palabras que no podía decir:
Ahora no podemos hablar, pero esto no termina aquí.
Cuando regresó al hotel, sus amigos ya no estaban. Había pensado que podría verlos una vez más antes de que se fueran —al fin y al cabo, la conversación con Izuku no había durado demasiado—, y sin embargo, Arata parecía haberse encargado de que fueran lo suficientemente rápidos guardando sus cosas.
Y ahora allí estaba, totalmente solo y devastado. Preguntándose cuál sería el siguiente paso a seguir.
Las palabras que le había gritado a Izuku le habían dolido en lo más profundo de su alma, pero guardaba la esperanza de que el héroe hubiera entendido su mensaje al escribir el kanji de la palabra "promesa" en el suelo. Lo había visto asentir casi imperceptiblemente, y eso lo tranquilizaba, pero aún le quedaba incertidumbre de si realmente lo habría entendido.
Ahora solo le quedaba esperar. Le habían dejado solo e incomunicado. Arata había hecho lo posible por alejarlo de todos aquellos con los que se pudiera confabular, y en parte lo había conseguido. No podía contactar con nadie sin su teléfono. No podía salir de allí, pues su puerta estaba vigilada. Una precaución temporal, había dicho Arata. Por el momento, él no podría realizar ninguna jugada. Tendría que ser Izuku o Kirishima los que dieran el siguiente paso.
Izuku utilizó su don para flotar y el One for all para llegar cuanto antes al destino que señalaba la ubicación que le había mandado Arata por el móvil de Katsuki. Había corrido a su casa a ponerse su traje de héroe y en ese momento se encontraba de camino a algún lugar en las afueras de Shinjuku.
Desde el aire vio cómo se acababa la ciudad y comenzaba una carretera llena de curvas que subía hacia una montaña y después se internaba en un espeso bosque lleno de pinos. En su móvil, el mapa señalaba el destino justo a sus pies. Bajó esquivando las ramas de los árboles y se dispuso a seguir a pie. Pronto dio con el lugar: unas instalaciones que parecían abandonadas desde hacía años, por cuyas paredes crecía la hierba y el moho.
Tragó saliva y caminó hasta la entrada. Estaba tan nervioso que podía escuchar los latidos de su propio corazón. Al abrir, la puerta soltó un chirrido estremecedor. El interior estaba oscuro y olía a humedad. Un pequeño rayo de luz entraba por una ventana con el cristal roto. La habitación principal estaba llena de cajas y trastos que debían de haber sido abandonados allí hacía años.
Nada más poner un pie dentro, su sensor de peligro se activó. La puerta se cerró tras sí y pronto se vio rodeado por cinco hombres. Activó el One for all una vez más y la luz que despidió su cuerpo iluminó su alrededor. Un llanto llegó hasta sus oídos y buscó su procedencia, desesperado. Finalmente, vio a su madre sentada en una silla al final de la estancia. La tenían amordazada, pero parecía que estaba bien.
—Mamá —la llamó.
Una sombra apareció tras ella y le puso la mano en el hombro. Inko respingó y cerró los ojos, temblorosa. Izuku supo de quién se trataba nada más verlo. Si no fuera por su sonrisa de superioridad y el tatuaje que sobresalía levemente por el cuello de su camisa, Izuku podría haber pensado que se trataba de un hombre normal y corriente. Un empresario, quizás un padre de familia…, pero no el criminal más peligroso de todo Shinjuku.
—Buenos días, Deku —saludó en tono jovial—. Por fin nos conocemos. Tenía ganas de charlar un rato contigo.
—Suelta a mi madre —exigió Izuku, apretando los puños.
—Me temo que eso no será posible. Tener a tu madre en mi poder me asegura que no harás ninguna tontería. A menos que quieras que ella lo pase mal, por supuesto. Así que… ¿por qué no empiezas por desactivar tu poder?
Izuku dudó durante unos segundos. Intentó pensar en algo lo más rápido posible. Ojeó su alrededor, intentando pensar en una manera de escapar. Pero no encontraba la forma de hacerlo asegurado el bienestar de su madre. Ellos lo superaban en número. Seguramente habría más hombres en los alrededores. Arata estaba peligrosamente cerca de mi padre. Aunque consiguiera atacar y vencer a los que lo rodeaban, nada le aseguraba que Arata no le hiciera daño a Inko antes de que pudiera noquearlo. Y aun así, si consiguieran escapar, el camino hasta Shinjuku era largo y en ese tiempo podrían atacarlos. Si estuviera él solo, no dudaría en luchar, pero estando la vida de su madre en juego…
Suspiró y desactivó el One for all.
—Buen chico —dijo Arata. Izuku lo fulminó con la mirada—. Ay, Deku, entiéndeme. Yo no quería esto. ¿Crees que no estoy lo suficientemente ocupado para tener que encargarme de un estúpido héroe y su pobre madre? —preguntó, acariciando el cabello de Inko—. Pero te has entrometido entre mi mejor arma y yo. Verás, me costó mucho hacerme con Katsuki. No sabes lo que luchó cuando mandé a mis hombres a por él. Casi pensé que no lo conseguiría. Si se hubiera tratado de cualquiera de los otros…, pero Katsuki es demasiado preciado para mí. Y no voy a permitir que todos estos años de trabajo con él se pierdan por tu culpa. Te lo advertí una vez. Te dije que te marcharas de mi ciudad, y no me quisiste escuchar. Ahora, tendrás que afrontar las consecuencias.
Inko lloraba y suplicaba con la mirada. Sus ojos estaban fijos en los de su hijo. No entendía lo que estaba pasando.
—Sea lo que sea lo que piensas hacer —comenzó Izuku, intentando mantener la compostura—, deja ir a mi madre. Ella no tiene nada que ver con todo esto y está muy asustada.
—¿Y piensas que lo estará menos si la dejamos ir mientras tú te quedas? —preguntó Arata con sorna—. Qué poco conoces el corazón de una madre, Midoriya Izuku.
—Por favor…
—Como ya te he dicho, ella es el único seguro que tengo de que no te resistirás ni harás ninguna tontería. ¡Tanaka!
Izuku notó un golpe muy fuerte en la espalda y cayó al suelo. El tal Tanaka, un hombre fornido y totalmente calvo, aprovechó la oportunidad para patearlo con saña en el estómago.
Inko intentó gritar a través de la tela que le tapaba la boca y lloró con más fuerza.
Izuku recibió un golpe tras otro intentando no gritar.
—Tranquila, mamá, tranquila —decía el héroe entre un golpe y otro.
Otro de los hombres de Arata, un treintañero de cabello verde y ojos de gato, lo agarró por el brazo derecho y lo retorció hasta que se escuchó un "crack" en su interior. Izuku aguantó la respiración, pero esa vez no pudo sofocar el grito de dolor. Cayó al suelo con la frente perlada de sudor y la respiración agitada. Arata lo miraba desde arriba con satisfacción.
—Si vas a matarme, al menos no dejes que ella lo vea —le pidió.
Arata negó con la cabeza.
—Lo que tengo preparado para ti es peor que la muerte —le dijo.
Entonces recibió un golpe en la cabeza. Oyó gritos, risas, y de pronto, todo se volvió oscuro.
Yukio jugó con sus dedos, mientras permanecía oculto detrás de una esquina observando a los dos hombres que custodiaban la puerta de Katsuki. Llevaban allí desde el día anterior por orden expresa de Arata. Yukio había acudido dispuesto a contarle al rubio la información que acababa de llegar a sus oídos por parte de uno de sus compañeros, pero había empezado a dudar a medida que se acercaba a su habitación. Ya le había dicho a Katsuki que no quería involucrarse más con todo ese asunto. No quería ponerse a sí mismo o a su familia en el punto de mira de Arata. Pero lo que había escuchado era algo muy grave y sentía que debía decírselo a Katsuki.
Se preguntó con qué excusa podría entrar en la habitación sin guardar sospechas y finalmente, bajó a la cocina tras mirar la hora en su reloj. Eran casi las nueve de la noche. Muy tarde para cenar. Y sin embargo, Katsuki apenas había comido desde aquella mañana.
Regresó con algunos alimentos en una bandeja y se dirigió a la puerta. Los hombres no dudaron en dejarlo entrar cuando dijo que traía comida para el preferido de Arata. Katsuki se encontraba tirado en la cama con un libro entre las manos. Ni siquiera le dirigió la mirada cuando entró.
—Si solo has venido a traer comida, déjala encima de la mesa y lárgate —le espetó.
Yukio dejó la bandeja, como él le había pedido, pero en lugar de marcharse se acercó a la cama. Katsuki bufó de exasperación.
—¿No te he dicho que te lar…?
Yukio se llevó un dedo a los labios para pedirle silencio. Su cara debió reflejar preocupación, porque el rubio se incorporó en la cama hasta quedar sentado y escuchó atentamente lo que le tenía que decir.
—He venido a contarte algo —dijo con voz baja—, pero no quiero que te alteres. Sigues teniendo vigilantes en la puerta.
—¿Qué ocurre?
—Arata tiene a tu novio.
La reacción no se hizo esperar. La expresión de Katsuki cambió radicalmente hasta que no quedó un ápice de serenidad en ella. Sus facciones transmitían un cúmulo de emociones entre las que dominaban el miedo, la ira y la sorpresa. Yukio intuyó que iba a gritar y le puso la mano en la boca. Vio cómo estaba a punto de crear explosiones con sus manos y activó su don. Inmediatamente, el rubio quedó paralizado. Le quitó la mano de la boca y le habló con tranquilidad.
—Cálmate. Respira. Te he dicho que no te alteres. Nadie puede saber que te he contado esto.
Katsuki respiraba con dificultad. Sus ojos rojos se habían humedecido a causa del miedo. Yukio ya esperaba una reacción parecida y estaba preparado para lidiar con ella.
—Voy a desactivar mi quirk. Por favor, no vayas a gritar. Contente.
Tan pronto como la parálisis desapareció, Katsuki se llevó las manos a la cabeza y se tiró del pelo con frustración.
—Ese… hijo de puta —susurró. Su voz alternaba graves y agudos como si estuviera realizando un gran esfuerzo por no gritar—. Me dijo que no haría nada contra Deku.
—Al parecer contactó con él a través de tu teléfono. También tiene a su madre.
—¿A su madre? ¿Lo ha atraído con ese sucio truco? ¡Maldito…!
Se levantó de la cama y se dirigió a su armario. Rebuscó entre su ropa y sacó una bolsa que se encontraba escondida al fondo. Vació el contenido encima de la cama y comenzó a desnudarse. Yukio se sorprendió al comprobar que era un traje de héroe.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
—¿Tú qué crees? —le espetó Katsuki, poniéndose los pantalones y las botas—. ¿A dónde demonios se los han llevado?
—Están en las instalaciones del pinar de las afueras de Shinjuku. ¿Las recuerdas?
—Sí, es el lugar a donde llevan a todo aquel que quieren hacer desaparecer —respondió Katsuki, y parece que el simple hecho de recordarlo le hizo angustiarse aún más, porque se apresuró a ponerse el cinturón y los guantes.
Yukio se puso en pie y lo agarró del brazo para que le prestara atención durante unos instantes.
—Bakugo, escúchame —le pidió—. No van a matarlos. Arata sabe que no ganará nada si lo hace, porque tú seguirás pensando en él y la traición seguirá rondando tu cabeza.
—Entonces, ¿qué…? —Entonces se dio cuenta—. ¿Va a borrarle la memoria?
Yukio asintió.
—Pretende borrar todos sus recuerdos y dejarlo abandonado en algún lugar remoto del mundo. Un castigo mucho peor que la muerte. Lo entiendes, ¿no? Si él pierde sus recuerdos, tú volverás a olvidarlo, y Arata podrá seguir manipulándote sin necesidad de ponerte un dedo encima.
—Pero eso no tiene sentido. Para que el efecto de su don perdure, tiene que estar en contacto constante con su víctima. ¡Tú me lo dijiste! Deku terminará recuperando sus recuerdos en algún momento.
—¿Recuerdas a los científicos e ingenieros a los que secuestró hace más de tres meses? Están construyendo una máquina. Una máquina que amplifica los poderes de Arata y vuelve sus efectos permanentes. Al parecer todavía no está terminada. Es por eso que mantienen retenido a ese héroe. Arata quiere que sea su conejillo de indias. El primero que pruebe los efectos de la máquina.
—Joder, joder… ¡Mierda! —maldijo Katsuki mientras se ponía la máscara—. ¿Cuánto tiempo lleva allí?
—Desde ayer por la mañana.
—¿Desde ayer? ¿Lleva dos días allí y no me habías dicho nada? —se alteró.
—Acabo de enterarme —se defendió.
—Tengo que sacarlos de allí.
—Es una locura que vayas solo. Arata tiene hombres por todas partes.
—¿Y qué quieres que haga, que me quede de brazos cruzados? —Katsuki apretó los puños. Yukio podía ver en las venas de su cuello y su cara lo deseoso que estaba de gritar y desahogarse—. ¿Para qué me lo has contado entonces?
Yukio suspiró.
—Sabes que no puedo acompañarte —le dijo. La sensación de culpa le inundó el pecho—. Tengo una familia a la que proteger.
—Lo sé —contestó Katsuki, algo más sereno—. No te estoy pidiendo que lo hagas. Con habérmelo contado has hecho más que suficiente, Yukio.
El joven sonrió. Era la primera vez que Katsuki le llamaba por su nombre en lugar de su apellido.
—Pero… si pudieras hacerme un último favor —le dijo el rubio.
—Dime.
—Sé que Arata también ha puesto hombres por la parte de la calle a la que da mi ventana. Sabe que entro y salgo por ella cuando no quiero que nadie me vea. Si pudieras distraerlos el tiempo suficiente…
—Eso está hecho.
Casi dos horas más tarde, se encontraba frente a las instalaciones secretas del bosque. Cuando por fin había podido escabullirse de su habitación sin que nadie se diese cuenta, había tenido correr durante un rato para alejarse lo suficiente del hotel y así usar su poder para propulsarse por el cielo hasta la montaña. Sin embargo, no había podido usar sus explosiones para llegar hasta el punto exacto donde tenían a Deku. El ruido que causaba su quirk podía ser oído a varios kilómetros de distancia, por lo que había preferido continuar a pie.
El bosque estaba tan oscuro que le había costado encontrar el camino, pero la falta de luz, a su vez, representaba una aliada para no ser descubierto. En la puerta había tres hombres que charlaban de forma distraída mientras fumaban y miraban la luna llena. Tenía que noquearlos para poder acceder al interior, pero una explosión alertaría a los que se encontraran dentro, y dudaba mucho que pudiera vencerlos en una pelea cuerpo a cuerpo. ¿Qué podía hacer?
Notó una mano en su hombro y saltó hacia atrás, preparado para atacar. Estaba dispuesto a todo cuando vio a Kirishima levantando las manos. Tras él se encontraban Sero, Kaminari, Jiro y Mina.
—Joder, casi me matáis del susto —masculló Katsuki en voz baja—. ¿Qué hacéis aquí?
—Yukio nos llamó —contestó Kirishima con una sonrisa—. Afortunadamente, no habíamos dejado Shinjuku. Fingimos entrar en la estación de tren, pero nos quedamos para buscar una forma de sacarte del hotel de Arata.
—Hemos recordado a Midoriya —dijo Sero—. Y queremos ayudarte a rescatarlo.
—¿Cómo habéis llegado hasta aquí? —preguntó Katsuki, todavía sorprendido.
—Robamos una furgoneta —admitió Kaminari—. No estamos precisamente orgullosos de ello, pero si hemos sido criminales durante tres años, ¿qué importa un día más?
—Será de utilidad para escapar. La hemos aparcado cerca de aquí —intervino Jiro.
—Estamos preparados cuando tú lo estés, Bakugo-kun —dijo Mina.
Katsuki sonrió.
—Sois unos idiotas —dijo.
Todos sonrieron. Sabían que eso quería decir "gracias" en el idioma de Katsuki.
—¿Tenemos un plan, jefe? —preguntó Kirishima.
—Para entrar, antes tenemos que hacernos cargos de esos tres de la entrada —les dijo.
—Un calambrazo los dejará K.O. Desde aquí puedo ver algunos cables de alta tensión —intervino Kaminari.
—Perfecto. Después yo los ataré con mis cintas por si despiertan en algún momento —propuso Sero.
—Es un buen plan, pero ten cuidado de que no se te fría el cerebro —le pidió Jiro a Kaminari—. No podemos permitirnos tener que cargar contigo a las espaldas.
—Tranquila. No descargaré demasiada energía.
No tardaron demasiado en deshacerse de los tres hombres y entrar por la puerta principal. Como habían presupuesto, dentro de la sala había otros cuatro hombres que pronto se vieron derrotados por la superioridad numérica de Bakugo y sus amigos. Katsuki agarró a uno de ellos por la cara mientras amenazaba con explotársela con la otra mano si no le decía inmediatamente dónde se encontraba Deku e Inko.
—La mujer está en la segunda plata, en la puerta del final a la izquierda. El héroe está en la misma planta, pero en el ala oeste, en una habitación que tiene la puerta negra.
Tan pronto como soltó la información, Katsuki lo golpeó con su guantelete y el hombre cayó desplomado.
—Vamos primero a por Inko —anunció Katsuki—. Kaminari, Jiro y Mina la pondréis a salvo y la esconderéis fuera de las instalaciones hasta que lleguemos con Deku.
Antes de ponerse en marcha, escondieron los cuerpos amordazados de los cuatro hombres detrás de unas cajas. Sabían que tarde o temprano alguien sospecharía y acabaría encontrándolos, pero tenían que hacer lo posible para que ese momento se retrasara todo lo posible.
Corrieron hasta la segunda planta. Afortunadamente, no encontraron a nadie por el camino. Katsuki se adelantó hasta la última puerta de la izquierda, esperando que ese hombre no le hubiera engañado. Tan pronto como llegó a ella, escuchó unos sollozos que provenían de su interior. Intentó abrir, pero la puerta se encontraba cerrada con llave.
—Era de esperar —comentó Sero.
—¿Qué hacemos? ¿Buscamos las llaves? —preguntó Mina.
—No hay tiempo. Quiero sacar de aquí a Deku y a su madre cuanto a antes —dijo Katsuki.
—Déjamelo a mí —intervino Kirishima, endureciendo su cuerpo y chocando contra la puerta un par de veces, intentando no hacer demasiado ruido para no hacer saltar la alarma. La puerta cayó sin mayor complicación y Katsuki se adentró en el interior.
Inko se encontraba encogida en un rincón, alarmada por los golpes en la puerta. Tenía la ropa y la cara sucia, pero no parecía herida. Katsuki se fijó en sus ojos enrojecidos de tanto llorar.
—¡Por favor, déjeme! —exclamó Inko.
Katsuki se levantó la máscara y se acercó a ella.
—Inko-san, soy yo, Bakugo Katsuki.
—¿Katsuki-kun? —Un brillo se esperanza apareció en sus ojos antes de lanzarse a los brazos del rubio—. ¡Katsuki-kun, gracias a Dios! ¡Tienen a Izuku! ¡Le han hecho mucho daño! ¡La última vez que lo vi no se movía! —lloraba desconsolada.
El corazón de Katsuki se desbocó. Tenía que ir a por Izuku de inmediato. Intentó mantener la compostura y colocó sus manos en los hombros de Inko.
—Tranquila, voy a ir a por él y voy a sacarlo de aquí. Usted va a marcharse con unos amigos, ¿está bien? La sacarán de aquí para que no corra peligro.
—Pero…
—Le llevaré a su hijo, Inko-san. Lo prometo.
Inko se limpió las lágrimas con las mangas y siguió las instrucciones de Katsuki. El rubio se la entregó a Jiro, Kaminari y Mina tal y como habían pactado y confió en que la llevaran fuera de las instalaciones sana y salvo. Después, él continuó su camino junto con Sero y Kirishima.
El camino hasta la habitación donde tenían a Izuku se le hizo eterno. A cada momento tenían que esconderse porque escuchaban pasos y voces que se acercaban a ellos. Solo podía rezar para que sus amigos hubieran conseguido salir sin problemas.
Llegaron al ala oeste y buscaron la puerta negra. En esta ocasión era una puerta de metal, muy distinta a la puerta de madera que mantenía encerrada a Inko. Como si esa estúpida puerta pudiera con Deku, pensó Katsuki. La única forma que habían tenido esos hijos de puta de retener al héroe había sido con su madre de rehén.
Esta vez no se contuvo y usó su poder para destrozar la puerta. Sabía que la explosión se escucharía en todo el edificio y pronto tendrían a los hombres de Arata encima, por lo que tenían que darse prisa.
En el fondo de la habitación oscura pudo apreciar el cuerpo de una persona tirado en el suelo. Corrió hasta él mientras Sero y Kirishima vigilaban la puerta y lo tomó con cuidado. Tan pronto como sus ojos se acostumbraron a la falta de luz, pudo apreciar los rizos de Izuku y su traje de héroe. Un haz de luna se colaba por una ventana demasiado alta y pequeña como para que alguien pudiera escapar por ella. Su luz le permitió ver un moratón que cubría la mejilla izquierda de Izuku y su labio inferior partido. Un camino de sangre seca caía por su cara y había manchado el suelo. Le tocó la cara y sintió cómo su cuerpo ardía en una fiebre altísima.
—¡Izuku, Izuku! —lo llamó, zarandeándolo con cuidado y palmeando su cara. Sentía ganas de gritar, pero eso solo hubiera empeorado las cosas—. ¡Izuku, despierta! ¡Despierta!
EL héroe frunció el ceño y entreabrió los ojos, claramente dolorido.
—¿Kacchan? —preguntó.
—Sí, soy yo —suspiró de alivio Katsuki—. Estoy aquí.
Izuku movió su cabeza, mirando a su alrededor e intentando entender lo que había ocurrido. Parecía confuso y mareado. Finalmente, recordó lo que había pasado y centró sus ojos llenos de temor en Katsuki.
—Kacchan, mi madre...
—Tranquilo, tu madre está bien —le tranquilizó Katsuki—. Y tú también lo vas a estar. Voy a sacarte de aquí.
Izuku se agarró con la mano izquierda del cuello de Katsuki y enterró la cara en su pecho. Fue entonces cuando el rubio se dio cuenta de que tenía roto el brazo derecho.
—Pensaba que no iba a volver a verte —gimió Izuku.
—Ni lo pienses, nerd —contestó, abrazándolo. Quería infundirle seguridad. No quería que supiera que había estado al borde de un ataque de nervios cuando había sabido que Arata le tenía en su poder—. Vamos, tenemos que salir de aquí.
Con ayuda de Kirishima, se subió a Izuku a la espalda. Estaba tan débil y tenía una fiebre tan alta que dudaba que pudiera caminar más de dos pasos. Con sus cintas, Sero aseguró a Izuku alrededor del cuerpo de Katsuki para impedir que se cayera y para darle al rubio más facilidad de movimiento.
Salieron de la habitación y recorrieron el camino de regreso todo lo rápido que pudieron. Todavía no habían llegado a la escalera cuando dos secuaces de Arata les cortaron el paso. Sero y Kirishima se colocaron delante de Katsuki y de Izuku, dispuestos a pelear. Uno de los hombres se abalanzó hacia ellos duplicando su masa corporal. Kirishima hizo frente a su fuerza endureciendo su cuerpo todo lo que pudo y encajó todos los golpes que recibía de aquella mole. El otro hombre abrió la boca y soltó un chorro de agua que barrió a Sero y lo hizo chocar con una de las paredes. Miró entonces a Katsuki y cogió aire, dispuesto a lanzar otro chorro, pero el chico lo apuntó antes con una de sus manos y lanzó una de sus explosiones.
—¡Muere, jodido idiota!
La onda expansiva de la explosión mandó a volar también al contrincante de Kirishima y a él mismo. Por suerte, Sero fue rápido y lanzó una de sus cintas para agarrarlo.
—¡Tío, mira a donde apuntas! —exclamó Kirishima.
—¡Ya te quejarás después! ¡Vámonos! —gritó Katsuki.
Bajaron las escaleras a toda prisa. Desde la barandilla, Izuku vio cómo unos hombres llegaban a la planta baja y los apuntaban con pistolas. Apuntó con su mano izquierda hacia ellos y disparó el One for all con todas sus fuerzas.
—Smash!
La fuerza de su quirk destrozó gran parte del suelo y la estructura se vino abajo. Los hombres que habían estado a punto de atacarlos cayeron por un gran foso que se había creado en la tierra.
—¡Bien hecho, nerd!
Llegaron a la planta baja y corrieron hacia la puerta. Estaban tan cerca de la libertad que casi podían saborearla. Kirishima salió primero, seguido de Katsuki y de Sero. Ya se encontraban bajo la luz de la luna cuando se vieron rodeados por otro grupo de hombres armados hasta los dientes.
—¡Joder! —masculló Katsuki.
—¡No se acaban nunca! —exclamó Kirishima.
—Ni se os ocurra moveros —dijo uno de los hombres—. Si intentáis cualquier cosa, no dudaremos en disparar.
Izuku apretó el uniforme de Katsuki y dijo algo en su oído. El chico asintió y agarró fuerte las piernas de Izuku.
—Smokescreen! —exclamó el héroe.
De repente, todo se llenó de un humo denso y asfixiante. Los hombres empezaron a maldecir y a gritar, confundidos. Katsuki aprovechó la oportunidad para escabullirse entre ellos y adentrarse en el bosque. Kirishima y Sero lo seguían de cerca. Corrieron con todas sus fuerzas dejando atrás los gritos.
—¡¿DÓNDE ESTÁN?!
—¡NO LOS DEJÉIS ESCAPAR!
—¡ARATA NOS MATARÁ!
Katsuki hacía su mayor esfuerzo para continuar adelante. Le dolían las piernas y la espalda de sostener tanto tiempo el peso de Izuku, pero no podía parar ahora que estaban tan cerca de escapar.
—¡Chicos, por aquí! —escuchó la voz de Mina, y cambió de dirección.
Una furgoneta azul apareció entre la maleza. Jiro iba al volante.
—¡Vamos, subid!
Se introdujeron a toda prisa en la parte trasera de la furgoneta. Las voces se acercaban cada vez más. Jiro arrancó y pisó el acelerador todo lo que pudo. Los chicos se vieron propulsados hacia detrás y se agarraron como pudieron para no caer. Jiro condujo la furgoneta entre los árboles del bosque, esquivándolos a duras penas. Finalmente, salió a la carretera y siguió el camino a mucha más velocidad de la legalmente permitida.
—Tranquilos, parece que no nos sigue nadie —dijo Mina.
—Pero tú, por si acaso, no bajes la velocidad —le pidió Kaminari a Jiro.
Katsuki suspiró y se quitó las cintas de Sero que lo unían a Deku y lo tumbó en el suelo de la furgoneta, apoyando la cabeza en sus piernas.
—¡Izuku! —exclamó Inko, que se encontraba en los asientos traseros de la furgoneta. Con una habilidad más propia de un gato que de una señora de su edad, escaló por encima de los asientos y saltó a la parte de atrás—. ¡Izuku, ¿estás bien?!
Izuku sonrió a su madre, al borde de las lágrimas. Se incorporó y abrazó a su madre.
—¡Mamá! Estoy bien. ¿Cómo estás tú, mamá?
—Estoy bien, cariño. ¡Dios mío, mira lo que te han hecho esos horribles hombres! —lloró, pasando una mano por su cara—. ¡Oh, cielos, estás ardiendo!
—Tranquila, mamá. Voy a estar bien. Tranquila.
Inko le besó la frente y después ambos miraron a Katsuki. El rubio se sonrojó. Ya había visto esa mirada antes: una mirada llena de agradecimiento y reconocimiento. Era la misma mirada que había recibido del chico al que había salvado de morir en el edificio que habían derrumbado.
—Katsuki-kun, gracias por venir a por nosotros —lloró Inko, tomando su mano con inmenso cariño—. Gracias por salvar a mi niño.
El rubio no sabía que decir. Desvió la mirada, avergonzado. Por suerte, Mina interrumpió aquel momento.
—Bien, ahora ¿adónde vamos?
Continuará…
